Flor de mayo

Part 9

Chapter 93,945 wordsPublic domain

Por _el Retor_ no había inconveniente. El pacífico panzudo gallardeábase con fiereza al pensar que su barca iba á llamarse _Escupehierro_, y la veía ya surcando en el mar con la arrogancia enfática de un falucho portugués.

Pero las mujeres protestaban. ¡Vaya un nombre! ¡Cómo se reirían en el Cabañal! ¿Y qué hierro iba á escupir una barca pescadora? Lo mejor era la proposición de la _siñá_ Tona: que se llamase _Ligera_, como la otra en que pereció el tío Pascualo y había servido de refugio á toda la familia.

Protesta general. Un título así forzosamente había de tener mala sombra. La suerte de la otra lo demostraba.

El de Dolores era mejor: _La rosa del mar..._ ¡Qué bonito! ¡Qué gusto tenía para todo su mujer! Pero _el Retor_ recordaba que había otra con el mismo título. ¡Era lástima!...

Y Roseta, que había callado, haciendo un mohín de disgusto á cada título, soltó el suyo. Debía llamarse _Flor de Mayo_. Aquella misma noche lo pensaba ella en la barcaza de la playa, mirando una estampa de las que adornaban las libras de tabaco «Flor de Mayo» que venían de Gibraltar. La seducía el título tan bonito, formando una aureola de colores sobre la marca, que era una señorita vestida como una bailarina, con rosas como tomates sobre la faldilla blanca, y en la mano un manojo de flores que parecían rábanos.

_El Retor_ se entusiasmaba. Sí; _¡recristo!_ aquello estaba puesto en razón. La barca se llamaría _Flor de Mayo_, como el tabaco que fabrican en Gibraltar. Era de justicia; la barca se hacía principalmente con el dinero del alijo, y éste se componía en su mayor parte de aquellos paquetes con la alegre señorita. Tenía razón su hermana; _Flor de Mayo_, nada más que _Flor de Mayo_.

Todos se entusiasmaban con el título; lo encontraban dulce y bonito; sus rudas imaginaciones agitábanse con un estremecimiento de poesía. Le encontraban algo misterioso y atractivo, sin sospechar que el mismo nombre era el de la histórica barca que, llevando hacia las costas americanas el perseguido éxodo de los puritanos ingleses, presenció la gestación de la mayor república del mundo.

_El Retor_ estaba radiante. ¡Qué talento tenía Roseta! ¡Á cenar, caballeros!... y á los postres se brindaría por _Flor de Mayo_.

Y Pascualet, al ver que la sartén del pescado se entraba en la casa con toda la familia, abandonó el orfeón de gente menuda, con lo que terminó el monótono concierto de _la lluna, la pruna_.

Con la facilidad de transmisión de los pueblos pequeños, pronto supo todo el Cabañal que la barca se llamaba _Flor de Mayo_, y cuando en la víspera de la bendición la arrastraron hasta la orilla, frente á la _casa del bòus_, llevaba ya en la borda de popa, por la parte interior, pintado con hermoso azul, su dulce título.

Al día siguiente por la tarde, el barrio de las Barracas parecía estar en domingo. Fiestas como aquella se veían pocas. Era padrino de la barca nada menos que el señor Mariano _el Callao_, un ricachón que, aunque del puño prieto, en obsequio á su sobrino estaba dispuesto á derrochar un dineral. En la playa iban á rodar los confites y á circular las copas como una bendición de Dios.

_El Retor_ sabía hacer bien las cosas. Había ido á la iglesia para escoltar hasta la playa con los hombres de su tripulación á don Santiago el cura. El párroco lo acogió con una sonrisa de las que se guardan para los buenos parroquianos. ¡Qué! ¿Ya era la hora? Pues que llamasen al sacristán para que preparara el calderillo y el hisopo. Él se arreglaba en un momento; cuestión de calarse el roquete y nada más.

Pascual protestó indignado. ¿Qué era aquello de roquete? Capa, y la mejor que tuviera. El bautizo de su barca no era cualquier cosa; además, él estaba allí para pagar lo que fuese.

Don Santiago sonrió. Bueno; la capa no correspondía, pero lo haría por él, que era un buen cristiano y sabía quedar bien con las personas.

Y salieron de la casa rectoral; el sacristán delante con el hisopo y el sagrado cuenco, y detrás, escoltado por el patrón y sus marineros, don Santiago, en una mano el libro de oraciones y levantándose con la otra, para no rozar el barro, la capa vieja y suntuosa, de una blancura mate, con los pesados bordados de oro de un tinte verdoso, mostrando por entre la deshilachada trama el relleno del realce.

Acudían á bandadas los chiquillos á restregar la mocosa nariz en aquella mano santa, que á cada instante había de soltar la capa. Las mujeres saludaban sonrientes al _pae capellá_, hombre campechano, tolerante, con sus puntos de malicia, sabiendo amoldarse á las costumbres de su _ganado_, y que muchas veces veíase detenido en medio de la calle por alguna pescadera de las que encargaban misas, pidiéndole que bendijera las cestas y la balanza para que los municipales de Valencia no la pillasen con las pesas cortas.

Al salir á la playa la comitiva, comenzaron á voltear las campanas, confundiendo su parloteo juguetón con los murmullos de las olas. La gente corría por la playa para llegar á tiempo y ver toda la ceremonia, y allá lejos, en un espacio libre de barcas, alzábase sobre la arena la _Flor de Mayo_, rodeada de negro y bullidor enjambre, brillante, charolada, bañada por el sol que doraba sus costados, y destacando sobre el espacio azul el mástil esbelto y graciosamente inclinado, en cuyo tope agitábase el distintivo de toda barca nueva, un ramillete de gramíneas y flores de trapo que habían de quedar allí hasta que el viento de los temporales fuese arrebatándolas.

_El Retor_ y sus hombres abrían paso al cura entre el gentío que se apelotonaba en torno de la barca. Frente á la popa estaban los padrinos; la _siñá_ Tona con mantilla y falda nueva, y el señor Mariano, puesto de sombrero y bastón, hecho un caballero, ni más ni menos que cuando iba á Valencia para hablar con el gobernador.

Toda la familia ofrecía un aspecto de suntuosidad que alegraba la vista. Dolores, con traje de color rosa, en el cuello un pañuelo de seda de vistosas tintas y los dedos cargados de sortijas; Tonet, pavoneándose en la cubierta con la chaqueta nueva, la gorra flamante caída sobre una oreja y atusándose el bigotillo, muy satisfecho de verse en la altura expuesto á la admiración de las buenas mozas; abajo, al lado de Roseta, su Rosario, que en gracia á la solemnidad había hecho las paces con Dolores y se presentaba con su mejor ropa; y _el Retor_, deslumbrante, hecho un inglés, con un traje de rica lana azul que le había traído de Glásgow el maquinista de un vapor, y ostentando sobre el chaleco--prenda que usaba por primera vez en su vida--una cadena de _doublé_ tamaña como un cable de su barca.

Sudaba con aquel hermoso traje de invierno; daba codazos y se esforzaba por que no empujase la muchedumbre al capellán y los padrinos. ¡Á ver, señores!... un poco de silencio. Un bautizo no es cosa de risa. Después sería el jaleo.

Y para dar ejemplo á la irrespetuosa masa, puso el gesto compungido y se quitó la gorra, mientras el capellán, no menos sudoroso bajo su pesada capa, ojeaba el libro de oraciones buscando la de «_Propitiare Domini supplicationibus nostis et benedic navem istam_», etc.

Los padrinos, graves y con la mirada en el suelo, estaban á ambos lados del cura; el sacristán espiaba á éste, pronto á contestar _¡amén!_ á todo, y la multitud calmábase y quedaba suspensa, con la cabeza descubierta, esperando algo extraordinario.

Don Santiago conocía bien á su público. Leía la sencilla oración con gran calma, deletreando las palabras, abriendo solemnes pausas en el silencio general, y _el Retor_, á quien la emoción convertía en un pobre mentecato, movía la cabeza á cada frase, como si estuviera empapándose de lo que el cura decía en latín á su _Flor de Mayo_.

Lo único que pudo pillar fué lo de _Arcam Noe ambulantem in diluvio_, y se infló de orgullo al adivinar confusamente que su barca era comparada con la embarcación más famosa de la cristiandad, y con esto quedaba él mano á mano con el alegre patriarca, el primer marinero que hubo en el mundo.

La _siñá_ Tona se llevaba el pañuelo á los ojos, apretándolos para impedir que saltasen las lágrimas.

Terminada la oración, el cura empuñó el hisopo:

--_Asperges_...

Y envió á la popa de la barca un polvo de agua que resbaló en menudas gotas por las pintadas tablas. Después, siempre seguido por el _amén_ del sacristán y precedido por el patrón, que abría paso, dió la vuelta en torno de la barca, repitiendo hisopazos y latines.

_El Retor_ no podía creer que la ceremonia hubiese terminado. Faltaba bendecir lo de arriba, la cubierta, el fondo de la cala; ¡vamos, don Santiago, un esfuerzo; ya sabía que él quedaba bien! Y el cura, sonriendo ante la actitud suplicante del patrón, se aproximó á la escalerilla aplicada al vientre de la barca y comenzó á ascender con su incómoda capa que, bañada por el sol de la tarde, parecía de lejos el caparazón de un insecto trepador y brillante.

Terminó la bendición. Se retiró el cura sin otro acompañamiento que su monago, y arremolinóse la multitud en torno de la barca como si fuese á entrar al asalto.

¡Buena se iba á armar! Toda la pillería del Cabañal estaba allí, ronca, desgreñada, increpando á los padrinos con su chillona canturía.

_Armeles, confits_...

El señor Mariano sonreía omnipotente desde la cubierta. Ahora verían lo que era bueno. Una onza de oro se había gastado para quedar bien con su sobrino. Y se agachó, metiendo las manos en los cestos que tenía entre las piernas. ¡Allá va! Y el primer metrallazo de confites, duros como balas, cayó sobre la vociferante chusma, que se revolcaba por la arena disputándose las almendras y los canelados, al aire las sucias faldillas ó mostrando por los rotos pantalones sus carnes rojizas y costrosas de pillos de playa.

Tonet destapaba los tarros de Ginebra, llamando á los amigotes con aire protector, como si fuese él quien pagara. La caña blanca medíase á jarros, y todos acudían á beber; los carabineros, fusil al brazo, los viejos patronos, los de las otras barcas, que llegaban descalzos, vestidos de bayeta amarilla, como payasos, y los grumetillos que, sobre los harapos y atravesado en la faja, ostentaban pretenciosamente un cuchillo tan grande como ellos.

Arriba estaba la juerga. La cubierta de _Flor de Mayo_ resonaba con alegre taconeo como el entarimado de un salón de baile; un vaho de taberna esparcíase en torno de la barca, y Dolores, atraída por la alegría de los de arriba, se encaramó por la escalera, increpando en cada peldaño á los grumetillos que se agazapaban con la malsana intención de ver las medias encarnadas de la soberbia moza.

La mujer del _Retor_ estaba en su elemento arriba, entre tanto hombre, rodeada de un ambiente de voraz admiración, pisando fuerte las tablas que eran suyas y muy suyas, contemplada desde abajo por muchas mujeres, y especialmente por su cuñada Rosario, que debía estar muriéndose de envidia.

Pascual no abandonaba á su madre. En aquel día solemne para él y tantas veces ansiado, sentía como un recrudecimiento de su cariño filial, y se olvidaba de su mujer y hasta de su Pascualet, que se atracaba de confites en la barca, para no pensar más que en la _siñá_ Tona.

--_¡Amo de barca!_... _¡Amo de barca!_

Y abrazaba á la vieja, besándola los ojos abotagados, que lloraban también.

Algo renacía en la memoria de Tona. La fiesta en honor de la barca evocaba el pasado, y por encima de la loca aventura con el carabinero y de los largos años de viudez y aborrecimiento á los hombres, resucitaba el tío Pascual joven y vigoroso, tal como le conoció al casarse, y lloraba desconsolada, como si acabase de perderlo en aquel instante.

--_¡Fill meu!, ¡fill meu!_--gemía abrazando al _Retor_, en quien veía una asombrosa resurrección de su padre.

Él era la honra de la familia; quien le hacía recobrar su perdida importancia á fuerza de trabajo. Y si ella lloraba era porque sentía remordimiento: se acusaba de no haberle querido todo lo que merecía. Ahora se desbordaba su cariño; sentía prisa de amarle mucho, y temía... sí señor, temía que su Pascualet, su pobre _Retor_, tuviese igual suerte que su padre. Y al manifestar sus temores con voz entrecortada por el llanto, miraba la vieja tabernilla que se veía desde allí: la barcaza que guardaba en sus entrañas la espantosa tragedia de un mártir del trabajo.

El contraste entre la barca nueva, gallarda, deslumbrante, y aquel ataúd que, falto de parroquianos, iba haciéndose cada vez más tétrico y negruzco, impresionaba á Tona, y hasta creía ver ya á _Flor de Mayo_ rota y tumbada, como vió un día la otra llevando en su seno á su pobre marido.

No; ella no se alegraba. La hacía daño la algazara de la gente. Era burlarse del mar, de aquel hipócrita que ahora susurraba marrulleramente como un gato traidor, pero que se vengaría apenas _Flor de Mayo_ se confiase á él.

Sentía miedo por su hijo, al que amaba de pronto como si le encontrase tras larga ausencia; nada importaba que fuese un gran marinero; también lo era su padre y se burlaba de las olas. ¡Ay! se lo decía el corazón. El mar se la tenía jurada á la familia y se tragaría la nueva barca como destrozó la otra.

No, _¡recristo!_ eso no. _El Retor_ protestaba indignado. ¡Vaya una conversación oportuna en un día tan alegre! Todo eran escrúpulos de vieja; remordimientos que la acometían por no haberse acordado en tantos años de su primer marido. Lo que debía hacer era encenderle un cirio bien gordo al alma del pobre marinero por si estaba _en pena_. ¡Afuera tristezas! Á él que no le hablasen mal del mar. Era un buen amigo que se enfadaba algunas veces, pero que se dejaba explotar por los hombres honrados y mantenía á la pobreza. Á ver, una copa, Tonet. Que siguiera la broma; había que bautizar bien á _Flor de Mayo_.

Bebió, mientras su madre seguía gimoteando con la mirada fija en la trágica barcaza que sirvió de cuna á sus hijos. _El Retor_ púsose serio.

¿Pero no iba á callar? ¡En un día como aquel acordarse de que el mar tiene malas bromas! ¿Y qué? Si no quería verle en peligro, haberlo criado para obispo. Lo importante es ser honrado, trabajar, y venga lo que venga. Ellos nacían allí; no veían más sustento que el mar; se agarraban á sus pechos para siempre y había que tomar buenamente lo que diesen: el agrio de la tempestad ó lo dulce de las grandes pescas. Alguien tenía que exponerse para que la gente comiese pescado; le tocaba á él, y mar adentro se iría como lo estaba haciendo desde chico. _¡Rediel, agüela!_... _¡calle ya!_... ¡Que viva _Flor de Mayo!_ Otra copa, caballeros. Un día es un día. Él pagaba, y le darían disgusto los que estaban allí si no los recogían a media noche roncando sobre la arena como si _talmente_ fuesen unos cerdos.

VIII

Volvía Pascual á su casa después de pasar la tarde en Valencia, y al llegar á la Glorieta detúvose frente al palacio de la Aduana.

Eran las seis. El sol daba un tinte anaranjado a la crestería del enorme caserón, suavizando la sombra verdinegra que las lluvias depositaban en los respiraderos de las buhardillas. La estatua de Carlos III bañábase en el ambiente azul y diáfano, saturada de luz tibia, y por los enrejados balcones escapábase un rumor de colmena laboriosa, gritos, canciones ahogadas y el ruido metálico de las tijeras, cogidas y abandonadas á cada instante.

Por el ancho portalón comenzaban a salir como rebaño revoltoso las operarias de los primeros talleres; una invasión de rameada indiana, brazos arremangados y robustos con la cesta como eterno apéndice, y menudos e incesantes pasos de gorrión. Era un confuso vocerío de llamamientos y desvergüenzas, extendiéndose ante la puerta, en el espacio donde paseaban los soldados de la guardia y se levantaban algunos aguaduchos.

_El Retor_ quedó parado en la acera de la Glorieta, entre los vendedores de periódicos. Atraíale la algazara de las cigarreras, aquel rebaño revoltoso que, con sus blancos pañuelos avanzados sobre la frente, tenía un aspecto de comunidad rebelde, de monjas impúdicas que con sus negros ojos medían á los hombres de pies á cabeza como si los desnudaran con la desdeñosa mirada.

_El Retor_ vió á Roseta que, apartándose de un grupo, fué en busca de él. Sus compañeras esperaban á otras de diferente taller, que tardarían algunos minutos en salir. ¿Iba él á casa? Bueno; harían el camino juntos: á ella no le gustaba esperar.

Y emprendieron la marcha por el camino del Grao; él, pesado, como marinero patizambo, haciendo esfuerzos por conservarse siempre en la misma línea que aquel diablo de chica que no sabía andar más que de prisa, con garboso contoneo, haciendo ondear su falda como una bandera de regatas.

Su hermano quería descansarla llevándola la cesta. Muchas gracias; pero estaba tan acostumbrada á sentirla en su brazo, que sin ella no sabía moverse.

El patrón, antes de llegar al puente del Mar, hablaba ya de su barca, de aquella _Flor de Mayo_, por la cual hasta se olvidaba de Dolores y su Pascualet.

Al día siguiente comenzaba la pesca del _bòu_ y salían todas las barcas. Ahora se vería de lo que era capaz la suya. ¡Barca más hermosa!... El día anterior la habían arrastrado los bueyes al agua, y ahora estaba en el puerto confundida con las demás. ¡Pero qué diferencia, chica! Llamaba la atención, lo mismo que una señorita de Valencia metida entre las zaparrastrosas de la playa.

Había estado en la ciudad para comprar lo que le faltaba en su equipo de mar, y apostaba un duro á que todos los ricachos del Cabañal, los amos que se comían lo mejor de la pesca sin exponer la piel, no presentaban una barca tan maja como la suya.

Pero como todo tiene término, á pesar de los entusiasmos del _Retor_, se agotó el capítulo de las excelencias de la barca, y al llegar frente al horno de Figuetes callaba ya, oyendo á Roseta, que se lamentaba de las perrerías de las maestras de la fábrica.

Abusaban de una y hasta daban motivo para que á la salida se las agarrara del moño. Y menos mal que ella y su madre podían pasar con poca cosa; pero ¡ay de otras infelices! otras que habían de trabajar como negras para mantener á un marido vago y á las polladas de chiquillos que esperaban en la puerta con unas bocas que nunca tragaban bastante pan.

Parecía imposible que con tanta miseria aun tuviesen algunas mujeres ganas de broma. Y siempre grave, con ademán pudoroso, la virgen rubia é inabordable, criada entre la pillería de la playa, contó á su hermano una historia escabrosa, empleando los términos más crudos, como mujer que lo sabe todo, pero con tal pulcritud de acento, que las palabras más duras parecían resbalar por sus rojos labios sin dejar rastro alguno. Tratábase de una compañera de taller, una mala piel que ahora no podía trabajar por tener un brazo roto. Era á consecuencia de una paliza del marido, que la había pillado con uno de sus muchos amigos. ¡Qué escándalo! ¡Y aquella _púa_ tenía cuatro hijos!

_El Retor_ sonreía con ferocidad. ¡Un brazo roto! _¡Redeu!_ no estaba mal, pero le parecía poco. Duro con las malas hembras. Debía ser una pena insufrible vivir con una mujer así. ¡Cuántas gracias tenían que dar á Dios los que como él gozaban la suerte de tener mujer honrada y casi tranquila!

Sí; él era dichoso y podía dar muchas gracias. Y Roseta, al decir esto, envolvíale en una mirada de compasiva ironía; sus palabras tenían una vibración sardónica demasiado sutil para ser apreciada por _el Retor_.

Este parecía transfigurarse, indignado por la mala conducta de una mujer á quien no conocía y por la desgracia de un hombre cuyo nombre ignoraba. Es que le enfurecían tales perrerías. Porque eso de que un hombre se mate trabajando para dar pan á la mujer y á los hijos, y cuando vuelva á casa se la encuentre abrazada al querindango, francamente, es cosa para hacer una barbaridad, yendo á presidio para toda la vida. Y lo que decía él: ¿quién tiene la culpa, señores? Pues las mujeres, las maldecidas mujeres, que están en el mundo para que los hombres se pierdan y nada más... Pero arrepentido, rectificábase, haciendo una excepción en favor de su Dolores y de Roseta.

De poco le servía la aclaración, pues su hermana, al ver iniciado el tema favorito de ella y su madre, hablaba con gran apasionamiento y su dulce voz vibraba con tonillo irritado. ¡Los hombres! ¡Vaya una gente! ellos eran los culpables de todo. Lo que decían su madre y ella: el que no era pillo resultaba imbécil. Ellos, solamente ellos tenían la culpa de que las mujeres fuesen como eran. De solteras iban á tentarlas; podía ella asegurarlo, pues á ser tonta y creer á ciertos hombres, estaría Dios sabe cómo. De casadas, si se hacían malas, también era por culpa de los hombres que, ó por pillos las irritaban, arrastrándolas á la imitación, ó por tontos nada veían y no aplicaban á tiempo el remedio. No tenía más que mirar á Tonet. ¿No le sobraba razón á Rosario para hacerse una perdida, aunque nada más fuese que por vengarse de las perrerías de su marido?... Y de los otros no quería presentar ejemplos. En el Cabañal se conocían demasiados maridos que tenían la culpa de que sus mujeres fuesen como eran.

É irreflexiblemente miró de tal modo al _Retor_, que éste, á pesar de su rudeza, pareció entender, lanzando á su hermana una ojeada interrogante. Pero tranquilizado en seguida por su inmensa confianza, protestó dulcemente de lo que decía su hermana. ¡Bah! Era más lo que hablaba la gente que la verdad. En el pueblo tenían mala lengua. Trataban los asuntos de familia con la mayor ligereza: hacían tema de risa la fidelidad de la mujer y la dignidad del marido; lanzaban los chistes más atroces sobre la tranquilidad de las familias, pero todo junto no pasaba de ser una broma dicha sin intención de ofender. Falta de educación, como aseguraba muy bien don Santiago el cura.

Él mismo, si fuera á hacer caso, ¿no tenía razón para ofenderse? ¿No se habían atrevido á hacer suposiciones maliciosas sobre su Dolores, gastándole bromas a él en la playa? ¡Y con quién, señores!... ¡Con quién dirás tú!... Pues había para asombrarse; con Tonet, con su hermano; ¡vamos, que era para reirse! ¡Creer que á él, con una mujer tan buena, le adornaban la casa y que el encargado de ello era Tonet, que miraba á Dolores con el mismo respeto que á una madre!

Y _el Retor_, aunque algo molestado por las murmuraciones, se reía al recordarlas con la misma expresión de desprecio y de fe que un labriego á quien negasen los milagros de la Virgen de su lugar.

Roseta le miraba fijamente, deteniendo el paso. Examinaba á su hermano con sus ojazos profundos, como si dudase sobre la espontaneidad de aquella risa. No había duda: era natural. Aquel zopenco estaba á prueba de sospechas.

Por esto se irritó ella, é instintivamente, sin darse cuenta del daño que causaba, soltó lo que parecía escarabajearle en la lengua. Lo dicho: todos los hombres eran unos pillos ó unos brutos. Y con la mirada parecía señalar á su hermano, incluyéndolo en la última categoría.

Por fin adivinó aquel hombre rudo. ¿Quién era el bruto? ¿él? ¿Sabía acaso Roseta algo?... Á ver: que hablase... y clarito.

Estaban entonces en mitad del camino, junto á la cruz, y se detuvieron por algunos instantes. _El Retor_ estaba pálido y se mordía uno de sus dedazos; dedos de marinero, romos, callosos y con las uñas roídas.

Á ver: podía hablar claro. Pero Roseta no hablaba. Veía en su hermano algo que no la gustaba. Temía haber ido demasiado lejos; su conciencia de buena muchacha protestaba y arrepentíase ante la palidez y el duro gesto de aquel rostro siempre bondadoso.

No; ella no sabía nada: las murmuraciones del pueblo y nada más. Pero lo que debía hacer para que la gente no hablase, era obligar á Tonet á que visitara su casa lo menos posible.

_El Retor_ la oía encorvado sobre la fuente cercana á la cruz, engullendo por entero el chorro de agua, como si la reciente impresión hubiese encendido una hoguera en su estómago.