Flor de mayo

Part 8

Chapter 83,936 wordsPublic domain

_El Retor_ adivinó los propósitos de sus perseguidores. El tiempo no era muy seguro, y la escampavía prefería esperarle costeando, con el convencimiento de que más pronto ó más tarde iría la _Garbosa_ hacia tierra para echar sus fardos.

Puesto que les concedía tal respiro, muchas gracias. Ahora á buscar un refugio, hijos míos, que el tiempo no estaba para permanecer en alta mar en un zapato como la _Garbosa_. ¡Á las Columbretas, refugio de los hombres honrados que tienen que huir en el mar por ser protectores del comercio!

Y á las nueve de la noche, cuando las aguas se hinchaban con sordas y lívidas tumefacciones que hacían danzar locamente á la cansada _Garbosa_, ésta, guiada por la roja luz del faro, entró en la Columbreta Mayor, cráter apagado y roído por las olas; herradura de altas rocas, que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de los fareros, y en cuyo seno ábrese una pequeña bahía de agua tranquila siempre que no sopla el Levante.

La isla es un murallón encorvado, sin un solo palmo de tierra llana; una alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito roído por el ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por donde ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto á los esqueletos de los pescados que las olas arrojan á prodigiosa altura en los días de tempestad. Más allá, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable distancia, están las Columbretas menores; la _Foradada_, surgiendo de las olas como el arco de un templo submarino, y las restantes, mogotes rectos, colosales é inabordables como los dedos de un coloso prehistórico sepultado en las misteriosas profundidades.

La _Garbosa_ quedó anclada en la bahía. Nadie bajó á verla. Los fareros estaban acostumbrados á las misteriosas visitas de gentes que se refugiaban en el solitario archipiélago con el deseo de que no se fijaran en ellos.

Los de la barca veían en el avanzado promontorio las luces de las habitaciones del faro. El viento les traía algunas veces gritos humanos, pero hacían tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas que, refugiadas en los peñascos, gemían lastimeramente como niños á quienes estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera escarpada, mugía el mar alborotado, y su oleaje, corriendo á lo largo del promontorio, amortiguábase entrando en la obscura bahía con violenta ondulación.

Al amanecer, Pascual saltó á tierra, y por la tortuosa escalera de peldaños cortados en la roca llegó á la altura, mirando la vasta extensión comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la cerrazón del tiempo.

No se veía ni una vela; pero _el Retor_ estaba intranquilo, temiendo que sus perseguidores vinieran á buscarle en aquel lugar tan conocido como refugio de contrabandistas.

La inquietud del patrón iba en aumento. Presentía que más ó menos pronto la escampavía vendría á buscarle en las Columbretas, pero á pesar de su audacia temía hacerse á la mar con su barca vieja. La vida era lo de menos; pero ¿y el cargamento en que iba su fortuna?

El egoísmo de la propiedad aceleró su determinación. ¡Á la mar, aunque el cargamento se lo fumasen los tiburones! Todo era preferible á que los ladrones guardacostas se hicieran dueños de lo que no era suyo.

Y después que la tripulación engulló su olla, aparejó la _Garbosa_ y salió de la isla tan misteriosamente como había entrado, sin saludar á nadie, seguida por la mirada curiosa de las familias de los fareros, agrupadas en la plazoleta frente á la torre.

¡Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la _Garbosa_ tan pronto se encabritaba casi vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba de cabeza en las profundas y sombrías hendiduras, en cuyo fondo agitaban los remolinos sus giratorios centros, que parecían los traidores ojos del abismo. Nubes de agua pulverizada alzábanse de las bordas á cada choque, rociando toda la cubierta; los espumarajos de las olas resbalaban sobre el hule de los fardos, y la tripulación, agachada y atenta para no ser arrastrada por las acometidas del mar, chorreaba de cabeza á pies.

Hasta Tonet estaba pálido y apretaba los dientes. En otra barca... bueno; pero en aquélla resultaba una locura haber abandonado la isla.

Mas _el Retor_ no atendía razones. ¡Diablo de panzudo! ¡y cómo se crecía en el peligro! Su ancha cara de cura sonreía á los golpes de mar más furiosos; estaba rojo, apoplético, como si acabase de levantarse de la mesa de la taberna después de alegre alboroque, y sus manazas no abandonaban la pesada caña ni se agitaba su corpachón con los terribles vaivenes que estremecían la barca de proa á popa, haciéndola lanzar un estertor de agonía.

Se reía el maldito con la carcajada bonachona que tantas burlas le valía allá en el Cabañal.

Aquello no era nada, _¡recordons!_ No había que apurarse. Y si la zaparrastrosa se cansaba de navegar y daba la voltereta, ¡cómo había de ser! Allí se veía á los hombres y no haciendo el majo en las tabernas... ¡Atención con esa que viene!... _¡Brrum!_ Ya pasó. Si llegaba la mala, un credo al Cristo del Grao y á cerrar los ojos. De todos modos el infierno está en este mundo, y allá arriba ni se come ni se trabaja. Además, aunque se llegue á viejo, nadie escapa; y para morir, vale más que se lo coman á uno los marrajos y tiburones, que son gente brava, que no ser chupado por los gusanos como estiércol. ¡Atención, que viene otra!...

Y _el Retor_ hablaba á sus compañeros soltando todo el caudal filosófico adquirido en su aprendizaje con el _tío Borrasca_. Pero el único que le oía era el _gato_, el muchachuelo que, pálido y verdosillo por la emoción, permanecía en pie agarrado al mástil, mirando á todas partes, como si no quisiera perder nada del espectáculo.

Cerraba la noche. La _Garbosa_ navegaba á media vela, dando espantosas cabezadas y sin luz alguna, como barco á quien importa más pasar desapercibido que evitar un choque.

Una hora después vió el patrón una luz cercana que saltaba sobre las olas. Era una barca navegando en opuesta dirección.

_El Retor_ no pudo verla bien en la obscuridad: pero su instinto reconoció á la escampavía que, cansada de costear, en un arranque de audacia iba á las Columbretas afrontando el mal tiempo, para pillar á los contrabandistas en su refugio. Y por si acertaba, se dió el gusto de soltar el timón y con sus manazas hizo dos ó tres acciones indecentes, en señal de alegre desprecio. ¡Tomad, para el viaje!

Á la una de la madrugada vieron los de á bordo el faro de la iglesia del Rosario.

Tenían enfrente el Cabañal. La noche era á propósito para un alijo. ¿Pero les esperarían?

_El Retor_, conforme se aproximaban á tierra, perdía su asombrosa serenidad. Demasiado conocía él aquella costa. Permanecer allí aguantando, era ir antes de dos horas, arrastrado por el mar y el viento, á estrellarse contra la escollera de Levante ó á encallar frente á Nazaret. Retroceder mar adentro, era imposible. Ya hacía rato que por ciertos crujidos de la barca, adivinaba el agua en la cala abarrotada de fardos. Si seguía algunas horas más en el mar, los golpes la irían desmenuzando, hasta hacerla astillas.

Había que ir á tierra, aunque esto fuese buscar el peligro. Y la _Garbosa_ marchó recta, empujada más por las olas que por el viento, hacia la obscura playa.

Un punto luminoso brilló por tres veces, y el patrón y Tonet dieron un grito de felicidad.

Allí estaba el tío; les aguardaba. Aquella era la señal. Había encendido tres fósforos, como lo hacen los contrabandistas, agazapado tras una manta tendida á sus espaldas para ser vista únicamente desde el mar.

La _Garbosa_ extendió toda su vela. Aquello era una locura. Volaba, sacando tan pronto la quilla al viento como hundiéndose en las olas; marchaba como un caballo desbocado, cayendo de un costado y encabritándose por otro; crecían espantosamente los mugidos del mar, hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vióse la playa con un enjambre de negras siluetas, y sonó un golpe seco, terrible. La barca se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompió la vela y el agua invadió con terrible fuerza la cubierta, derribando hombres y arrebatando fardos.

Acababan de encallar á pocos metros de tierra.

Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas, lanzóse al asalto de la barca, y sin decir palabra á los aturdidos marineros, apoderóse de los fardos, que comenzaron á pasar de mano en mano por la sombría cadena de brazos tendida hasta la playa.

--_¡Tío, tío!_--gritó _el Retor_ lanzándose al agua, que no le pasó del pecho.

--_Presente_--contestó una voz desde la playa--. _Mutis y á la faena_.

Era un espectáculo extraño: una pesadilla.

El mar mugiendo en la densa lobreguez, los cañares de la playa doblándose á impulsos del vendaval como cabelleras de colosos enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y una legión de sombríos demonios agitándose mudos é incansables, sacando fardos de la barca, que se deshacía por instantes, pescándolos en las espumosas aguas para enviarlos como pelotas á la playa, donde desaparecían cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al calmar por momentos el vendaval, oíase el chirriar de carros que se alejaban. _ El Retor_ vió á su tío Mariano que iba de una parte á otra con sus enormes botas de agua, la voz enérgica é imperiosa y un revólver en la mano.

No había cuidado; los carabineros del puesto más próximo estaban _untados_ y vigilaban para avisar si llegaba el jefe. Á los que no había que perder de vista era á la tropa silenciosa que hacía la descarga, gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse del barullo, y creía aquello de _quien roba á un ladrón_, etc. No; pues de él no se reirían, _¡redeu!_ al primero que escondiera un fardo, le pegaba un tiro.

La descarga fué como un sueño. Cuando _el Retor_ comenzó á reponerse de la impresión sufrida al encallar y le dolieron menos las magulladuras, se alejaba ya el último carro. Los cargadores desaparecieron sin decir palabra, en distintas direcciones, como si se los tragara la arena.

Ni un solo fardo se había perdido: hasta los del fondo de la cala habían sido extraídos de entre las rotas costillas de la barca hundida en la arena.

Tonet y los demás tripulantes se alejaban también cargados con la vela y lo poco que quedaba en la barca de aprovechable. Al _gato_ lo pescaron cuando estaba á punto de ahogarse; había caído de la barca en el momento de encallar.

_El Retor_, al verse solo con su tío, lo abrazó. ¡Ay, tío Mariano! Por fin lo podía decir. Había pasado muy malos ratos, pero gracias á Dios todo estaba terminado. Ya arreglarían cuentas. Se había portado como un hombre, ¿verdad? Ahora se iba á dormir con su Dolores, que bien ganado lo tenía.

Y se fué con su tío hacia el lejano Cabañal, sin echar una última mirada á la infeliz _Garbosa_, que se quedaba allí pataleando, prisionera de la arena, recibiendo en su pecho los puñetazos del mar, sintiendo á cada empujón que se le desencuadernaba el cuerpo y salía flotando un pedazo de sus entrañas; muriendo sin gloria, en la obscuridad, tras una larga vida de trabajo, como el caballo viejo, abandonado en medio del camino, cuyo blanco esqueleto atrae el revoloteo de los cuervos.

VII

El producto de la aventura fueron unos doce mil reales, que el tío Mariano entregó al _Retor_ pocos días después.

Algo más ganó el marido de Dolores: el aprecio de su tío, que le consideraba un hombre de pro y estaba satisfecho de haber sacado su parte sin grave riesgo, y el elogio de la gente de playa, que se había enterado del viaje. La salida de las Columbretas resultaba una buena jugada. La escampavía fué allá á riesgo de anegarse y no encontró nada.

_El Retor_ estaba como aturdido por su buena fortuna. El producto del _alijo_, mas aquellos ahorros amasados peseta sobre peseta, que estaban escondidos donde él y Dolores sabían, formaban una bonita suma, con la que un hombre honrado podía meterse en _algo_.

Y este _algo_, ya se sabía, estaba en el mar, pues él no tenía el carácter de su tío para explotar en tierra y descansado la miseria de la pobre gente.

El contrabando no había que pensar. Era bueno para una vez; como el juego, que siempre ayuda al principiante. No había que tentar al diablo: para un hombre como él, lo mejor era la pesca, pero con medios propios, sin dejarse robar por los amos, que se quedan en casa sacando la mejor parte.

Como consecuencia de estos razonamientos que por la noche rumiaba agitándose entre sábanas y molestando á su Dolores, á la que no dejaba de consultar, decidió invertir su capital en una barca; pero no una barca cualquiera, sino la mejor, si era posible, de todas cuantas se daban á la vela frente á la casa _del bòus_.

Ya era hora, _¡rediel!_ No le verían más como marinero ni patrón alquilado; sería amo de barca, y como distintivo de su rango plantaría á la puerta de su casa el mástil más alto que encontrase para secar en la punta sus redes.

Señores, sépanlo todos: _el Retor_ hace una barca; Dolores la guapa, si va á la Pescadería ahora que es rica, venderá el pescado propio. Y las vecinas del barrio que comentaban tales noticias, al pasar por la acequia del Gas acercábanse á los tinglados de los calafates para contemplar con cierta envidia al _Retor_ que, mascullando el cigarro, se estaba el día entero vigilando á los carpinteros que aserraban y cortaban maderos amarillos, frescos y jugosos, unos rectos y fuertes, otros encorvados y finos, para la nueva embarcación.

La faena se hacía con calma. Nada de precipitaciones ni de errores; no había prisa. Lo único que deseaba Pascualo es que su barca fuese la mejor del Cabañal.

Y mientras él se dedicaba en cuerpo y alma á la construcción de la barca, su hermano Tonet pasaba una de sus buenas temporadas con la parte que le correspondía del alijo, y que el bueno del _Retor_ procuraba hacer lo mayor posible.

En la vieja barraca donde se albergaban él y Rosario con todo su miserable acompañamiento de rencillas, brutalidades y palizas, no se notaba la menor abundancia después de la afortunada aventura. La infeliz mujer seguía cargando al amanecer con sus cestos de pescado para ir á Valencia, y muchas veces á Torrente ó Bétera, siempre á pie, para mayor economía; y cuando el tiempo no era favorable para la venta, pasábase los días en su agujero, sin más compañía que el fastidio y la miseria. Pero su Tonet estaba más buen mozo que nunca, con trajes nuevos, un puñado de duros en el bolsillo y metido siempre en el café, si es que no iba á Valencia con sus amigotes á arriesgar unas cuantas pesetas en las timbas de _cuartos_ ó á alborotar en el barrio de Pescadores. Á pesar de esto, cuando veía á su tío, por no perder el derecho de la importunidad, le recordaba aquel empleíllo en las obras del puerto que perseguía en su época de penuria.

Bañábase complacido en la abundancia momentánea que le volvía á los felices tiempos de su casamiento, y con su eterna imprevisión, con ligereza cínica que le hacía adorable para las mujeres, no pensaba en que tendría fin lo que su hermano le había dado, pequeña cantidad cuyo término iban prolongando los obsequios de los amigos y las alternativas del juego.

Á altas horas de la noche llegaba á su barraca para acostarse, ceñudo y jurando entre dientes, dispuesto á contestar con bofetadas la menor protesta de Rosario. Ésta pasaba sin verle dos ó tres días muchas veces, pero no así en casa de su hermano, adonde iba con frecuencia, quedándose en la cocina si _el Retor_ estaba fuera, al lado de Dolores, oyendo con la cabeza baja y ademán sumiso las acusaciones de su cuñada por su mala conducta.

Si en una de éstas entraba _el Retor_, celebraba mucho el buen sentido de su mujer. Sí señor; Dolores le decía todo aquello porque le quería bien, porque era una mujer honrada y no podía consentir que su cuñado fuese tan loco y diera tanto que hablar. Y el panzudo bonachón, ante las reprensiones de su Dolores, una gran mujer, una verdadera madre para aquel hermano loco, llegaba hasta enternecerse... ¡Ira de Dios!

Conforme se acababa el dinero de Tonet, se metía éste cada vez más en casa de su hermano. Bien aprovechaba los consejos maternales. Y para que la gente no tuviese motivo de murmuración, acompañaba algunos días á su hermano al tinglado de los calafates, siguiendo la formación del enorme esqueleto de madera que iba cubriendo sus flancos y marcaba sus gallardos perfiles bajo los mazos, sierras y hachas que lo golpeaban incesantemente.

Así fué llegando el verano.

El trozo de playa entre la acequia del Gas y el puerto, olvidado en el resto del año, presentaba la animación de un campamento. El calor empujaba á toda la ciudad á aquel arenal, del que surgía una verdadera ciudad de _quita y pon_. Las _barraquetas_ de los bañistas, con sus muros de lienzo pintado y sus techumbres de caña, formaban en correcta fila ante el oleaje, empavesadas con banderas de todos los colores, rotuladas con extravagantes títulos, y ostentando, además, en el vértice, monigotes, miriñaques, barcos, muestras grotescas que distinguían el establecimiento para evitar errores. Detrás, en previsión del apetito que el aire del mar despierta en el gastado estómago, esparcíanse los merenderos, unos con aspecto pretencioso, escalinatas y terrazas, todo frágil, como decoración de teatro, supliendo lo endeble de su construcción y lo misterioso de su cocina con pomposos títulos: _Restaurant de París, Fonda del buen gusto_; y entre estos pedantes de la gastronomía veraniega, los bodegones indígenas con su sombrajo de esteras, las mesas cojas con porrón en el centro y el fogón al aire libre; establecimientos que ostentaban con aire fiero sus rótulos de regocijada ortografía: _El Nap, Salvaor y Neleta_, y ofrecían como plato del día desde San Juan á Septiembre, los caracoles en salsa.

Y por entre esta población improvisada, que se desvanecía como humo con las primeras borrascas del otoño, pasaban los tranvías y ferrocarriles pitando antes de aplastar; corrían las tartanas desplegando como banderas de alegre locura sus rojas cortinillas, y hormigueaba la gente hasta bien entrada la noche, con zumbido de avispero, en el que se confundían los gritos de las galleteras, el lamento de los organillos, el puntear de las guitarras, el repiqueteo de castañuelas y el agrio ganguear de los acordeones, á cuyo son bailaban los de tufos y blusa blanca, gente apreciable que, después de tomar un baño interno, y no de agua, volvía á Valencia dispuesta á andar á navajazos ó á dar dos bofetadas al primer municipal.

Los hombres de mar miraban desde el otro lado de la acequia la invasión alegre, sin mezclarse en ella. ¡Que se divirtiera la gente! Aquella temporada era como una vaca gruesa que ordeñaba el Cabañal para el resto del año.

Á principios de Agosto llegó por fin el día en que la barca del _Retor_ pudo darse por terminada. ¡Vaya una joya! Su patrón hablaba de ella como un abuelo que pondera el desarrollo de su nieto. Madera de lo mejor que se había encontrado; el mástil recto, terso, sin una mala grieta; el casco panzudito para que resistiera bien las marejadas, pero con una proa tan fina, que era _talmente_ una navaja de afeitar; pintado de negro charolado y brillante como un zapato de señor, y el vientre blanco, deslumbrante, ni más ni menos que una anguila: lo que era.

Ya no faltaba más que el cordaje, las redes y demás artefactos; pero para eso estaban trabajando los mejores hilanderos de la playa, y antes del 15 la barca estaría completa y podría presentarse tan hermosa como una novia que va á casarse vestida de nuevo de cabeza á pies.

Esto lo decía _el Retor_ una noche, sentado en el corro que se formaba á la puerta de su casa.

Había convidado á cenar á su madre y á su hermana Roseta; Dolores estaba al lado de él, y un poco más allá, con la silleta de cuerda apoyada en el tronco de un olivo y mirando la luna á través del empolvado ramaje con cierta expresión de trovador de cromo, punteaba Tonet una guitarra.

Sobre la acera, á pocos pasos, chirriaba la enorme sartén cargada de pescado sobre un picudo fogón de barro; correteaban los chicuelos de la vecindad por el fangoso arroyo persiguiendo á los perros, y en todas las puertas formábanse corrillos buscando la escasa brisa que venía del mar. _¡Redeu!_ ¡Cómo estarían asándose en Valencia!

La _siñá_ Tona estaba muy vieja. Acababa de dar el salto, como ella decía. De la obesidad bien conservada había pasado bruscamente á la vejez, y á la luz cruda y azulada de la luna veíase su cabeza escasa de pelos, en la que éstos, tirantes y grises, formaban como un sutil enrejado sobre la sonrosada calvicie; el rostro arrugado, con las mejillas flácidas y colgantes, y los ojos negros, de los que tanto se había hablado en la playa, asomaban apenas tristes y mates por entre las abotagadas carnosidades que pretendían sepultarlos. Aquella decadencia era por los disgustos. ¡Lo que los hombres la habían hecho rabiar! Y aludiendo con esto á su hijo Tonet, pensaba sin duda en el carabinero.

Además, los tiempos empeoraban. La tabernilla de la playa daba una miseria, y la chica, su Roseta, había tenido que meterse en la fábrica de Tabacos, y todas las mañanas, con la cestita al brazo, emprendía el camino de Valencia, formando en las bandas de caras jóvenes, graciosas y procaces que, con airoso taconeo y faldas revoloteantes, iban á estornudar encerradas en el ambiente cargado de rapé de la antigua Aduana.

¡Y qué chica se había hecho la tal Roseta! Bien puesto tenía el nombre: su madre la contemplaba muchas veces á hurtadillas, recordando en ella la gallardía del _siñor Martines_.

Ahora mismo, al lamentar que su hija tuviera que ir á la fábrica en las mañanas de invierno, mirábala al pie del olivo con la rubia cabellera alborotada, los ojos inmóviles y aquella tez blanca que resistía al sol y á la brisa del mar, jaspeada por las sombras del ramaje, al través del cual pasaba la luna trazando arabescos de luz y sombra sobre el rostro de la muchacha.

Roseta paseaba de Dolores á Tonet sus ojazos fijos y melancólicos de Virgen que todo lo sabe. Al oir á Pascual que elogiaba á su hermano, cada vez más apartado de la vida alegre y aficionado á meterse en aquella casa para gozar de la calma y las buenas palabras que no encontraba en la suya, la hermanastra sonrió sarcásticamente.

¡Oh, los hombres! Lo que ella y su madre decían. El que no era un pillo como Tonet, era un bestia como Pascualo. Por eso los aborrecía, y causaba la admiración de todo el Cabañal, rechazando á los que la proponían noviazgos. No quería nada con los hombres. Y en su memoria retoñaban todas las maldiciones que había oído á su madre en los momentos de desesperación, cuando apostrofaba en la soledad de su barcaza.

En el corro reinaba el silencio. Chillaba el pescado en la sartén, punteaba Tonet vagos arpegios en su guitarra, y la revuelta taifa de chiquillos plantados en mitad del arroyo miraban la luna con el mismo asombro que si la viesen por vez primera y cantaban con monótona tonadilla, sonando sus voces como campanillas de plata:

_La lluna, la pruna_ _vestida de dòl_...

¡Á ver si callaban! Lo mandaba Tonet, á quien le dolía la cabeza. Pero ¡que si quieres!...

_sa mare la crida_ _son pare no vòl_.

Y los perros vagabundos uníanse al himno infantil extravagante en honor á Diana, enviándola sus más fieros ladridos.

_El Retor_ seguía hablando de su barca. Nada faltaba para el día 15; hasta el cura estaba apalabrado para ir á media tarde á echarla la bendición. Pero algo faltaba, _¡futro!_... ¡y no haberlo pensado! Faltaba el nombre. ¿Cómo iba á llamarse la barca?

Tan inesperado problema conmovió el corro, y hasta Tonet dejó en el suelo la guitarra, quedando en actitud pensativa.

Ya tenía él el nombre. Sus aficiones belicosas, sus recuerdos de marino del Rey se lo habían sugerido. Se llamaría _Escupehierro_. ¡Eh! ¿qué tal?