Part 7
Al día siguiente, cuando las campanas comenzaban á voltear el toque de gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los muchachos aporreaban las puertas con garrotes, la _Garbosa_, aquella ruina del mar, aparejada como una barca pescadora, extendía su gran vela latina, blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabañal; contoneábase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que oculta su vetustez, marchando en busca de la última conquista.
VI
Muy entrada la noche navegaba la _Garbosa_ en aguas del cabo de San Antonio.
Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego los encendidos reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad de las aguas.
Destacábase el cabo con su gigantesca cortadura, recta, trabajada y bruñida por las tempestades, y detrás, tierra adentro, erguíase con ascensión interminable el sombrío Mongó como un borrón sobre la inmensidad azul.
El faro brillaba sobre la obscura masa como el inflamado ojo de un cíclope acechando á los navegantes.
Era flojo el viento de la costa, y la _Garbosa_ había pasado todo el día en atravesar el golfo. Ahora tenía ante su proa el mar libre: estaban en la entrada del verdadero camino de Argel.
_El Retor_, sentado en la popa, junto á la caña del timón, miraba la obscura masa del cabo como orientándose, y al mismo tiempo examinaba un viejo compás de su tío, sobre cuyo empañado vidrio proyectábase la luz del farolillo que iluminaba el barco.
Tonet, sentado junto á él, ayudábale con su experiencia. De todos los de á bordo, él era el único que había estado en Argel.
El camino era fácil; recto como una carretera. Al llegar al cabo, ¡caña al Sudeste! y no había más que dejar á la _Garbosa_ que siguiese su camino si el viento era bueno.
_El Retor_ se agarró con ambas manos á la caña del timón; viró la barca, exhalando quejidos como un enfermo que muda de postura; el manso oleaje que la mecía de lado comenzó á acometerla por la proa, obligándola á dar lentos cabeceos, en los que hervía la espuma, brillando en la obscuridad, y el faro vióse por la popa, confundiéndose su inquieta faja rojiza con el rebullir de la estela.
Ahora á dormir.
Tonet se tendió al pie del mástil con un rollo de cuerdas por almohada y cubierto con un pedazo de lona. Su hermano estaría en el timón hasta media noche, y después le relevaría él hasta la madrugada.
_El Retor_ era el único que velaba á bordo de la _Garbosa_. Á pesar del rumor del oleaje, oía los ronquidos de la tripulación, dormida casi á sus pies.
Él, que en el mar vivía siempre libre de cuidados y arrojaba las redes hasta en mal tiempo, no podía dominar cierta inquietud al hallarse solo. Los temores de la propiedad comenzaban á dominarle. El negocio por cuenta propia hacíale miedoso. ¿Cómo saldría de aquella aventura? ¿Resistiría la _Garbosa_ si se les echaba encima el mal tiempo? ¿Le pillarían cuando volviese cargado hacia España?
Y con una atención de padre que cuenta las toses y pulsaciones del hijo enfermo, atendía á los crujidos dolorosos de la vieja _Garbosa_ como si los quejidos se los arrancase á él el dolor, y miraba á lo alto, á la punta de la vela, gigantesca sábana cóncava que, vista desde abajo, parecía rasgar con su punta el cielo, aquella bóveda de raso apolillado, por cuyos innumerables agujeros escapábase con vivo parpadeo el resplandor de lo infinito.
Pasó la noche con tranquilidad, y el día amaneció entre nubecillas rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano.
Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada apenas por las tibias ráfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruñida, inmóvil y azulada como espejo veneciano.
La tierra habíase perdido de vista. Á babor, disfuminadas en el horizonte como vapores del amanecer, marcábanse vagamente dos manchas de color de rosa, Tonet las señalaba á sus compañeros. Aquéllo era Ibiza.
La _Garbosa_ avanzaba lentamente por la inmensidad circular, vasto anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos límites, como puntos indecisos, marcábanse las nubecillas de humo de las embarcaciones de vapor.
Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si su proa agitaba las aguas: la vela pendía muchas veces inmóvil del mástil, barriendo la cubierta con su orla.
Desde la cubierta de la _Garbosa_ alcanzaba la vista las hondas profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma barca reflejábanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de estaño; jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines, sacando á flor de agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de polvo brillante; aleteaban los peces voladores, mariposas del mar, que se hundían en el misterio de las aguas después de algunos instantes de vida atmosférica; y todos los seres extraños, de figuras fantásticas, de colores indefinibles, pintarrajeados unos como tigres, negros y fúnebres otros, gigantescos y fornidos, diminutos y nerviosos, de enormes bocas y cuerpo reducido ó de pequeña cabeza é hinchado vientre, bullían y se agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de aquellos esquifes mitológicos á los que daban escolta las divinidades del mar.
Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma para echar sedales. El _gato_ de la barca vigilaba el fogón de proa, donde burbujeaba la olla del mediodía, y _el Retor_, paseando por la estrecha popa y mirando al horizonte, se daba á todos los demonios ante la calma. La _Garbosa_, aunque no estaba inmóvil, parecía enclavada siempre en el mismo sitio.
Á lo lejos veíase un pailebot con las velas caídas, apresado por la calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta ó de Suez. Pasaban por la línea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de ancha chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la línea de flotación; _trigueros_ que venían del Mar Negro é iban hacia el Estrecho, llevando en sus entrañas la inmensa cosecha de la Rusia del Sur.
El sol llegaba á su mayor altura. Brillaban las aguas como inflamadas, burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldeábase la atmósfera como si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la _Garbosa_ ardían las viejas tablas crepitando con ruido de leña vieja.
La comida estaba á punto, y patrón y marineros sentáronse al pie del mástil á la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara en el mismo plato.
Todos estaban despechugados, sudorosos, anonadados por la calma bochornosa; rodaba sin cesar el porrón de mano en mano para refrescar las secas fauces, y algunas veces miraban con envidia las aves de mar que revoloteaban á ras del agua como si temiesen cruzar la atmósfera caliginosa.
Al terminar la comida, los marineros entornaban los ojos y se movían perezosamente, como si estuvieran borrachos más de sol que de vino.
Iban á dormir en la _zorra_ de aquel carro viejo, y uno tras otro deslizáronse en la cala de la barca, tumbándose sobre las maderas que rezumaban, quejándose al menor vaivén.
Pasó la tarde y la noche sin ningún incidente. Al amanecer refrescó el viento, y la _Garbosa_, como un caballo viejo de buena casta que siente la espuela, comenzó á encabritarse, cabeceando sobre las rizada olas.
Al mediodía marcáronse en el límite del mar algunas manchas de humo, y poco después todos los tripulantes de la _Garbosa_ vieron salir pausadamente tras la verde faja del horizonte mástiles como campanarios, con plataformas enormes; torres de fortaleza; castillos flotantes pintados de blanco: toda una ciudad cargada de miles de hombres que avanzaba envuelta en humo, trazando caprichosas evoluciones, formando una sola pieza ó disgregándose hasta ocupar todo el horizonte; rebaño de leviatanes que conmovían las aguas agitándolas con sus ocultas aletas.
Era la escuadra francesa del Mediterráneo que marchaba haciendo evoluciones. Ya se aproximaban á Argel. Todos la contemplaban con asombro y temor. ¡Recristo y qué cosas tan grandes hacen los hombres! El más pequeño de tales barcos, el cañonero blanco que empavesado de banderas y bolas negras iba por entre los grandes navíos haciendo señales como un cabo que vigila la formación, no necesitaba más que rozar la barca para convertirla en sémola. Y no se diga nada de las vigas negras y redondas que asomaban por las aberturas de las torres. ¿Adónde irían á parar ellos si á los tales animalotes se les ocurría estornudar?...
Y los contrabandistas contemplaban la escuadra con la inquietud y el respeto del raterillo que viese desfilar un batallón de guardia civil.
Se alejaron los acorazados, borrándose al poco rato en el horizonte, sin dejar más rastro que algunas nubecillas flotantes, absorbidas por el inmenso azul.
Á media tarde comenzó á marcarse vagamente una sombra que parecía el arqueado lomo de un cetáceo. Ya tenían la tierra á la vista. Tonet recordaba aquello; era el centinela avanzado de la costa, el cabo de la _Mala Dòna_. A babor estaba Argel.
La brisa refrescaba cada vez más; la vela, hinchada, describía una atrevida curva sobre el inclinado mástil; la proa hundíase y se levantaba saludando gentilmente el hervor del agua cortada que la cubría de espumarajos, y toda la _Garbosa_, crujiente y conmovida, avanzaba veloz, como esas bestias débiles que se esfuerzan al percibir la cuadra y el descanso.
Caía la tarde, y en los flancos de la _Mala Dòna_, esfumados por la distancia, íbanse marcando nuevas tierras, montañas bajas con manchas blancas de caseríos. La barca navegaba cada vez más veloz, como si la atrajera la tierra, y ésta se alejaba como esos países de los cuentos de hadas que huyen conforme el viandante acelera su marcha.
La _Garbosa_ inclinábase al Sudeste, y al cerrar la noche dejaba á estribor el cabo y seguía de cerca la costa, saltando por encima del pequeño oleaje, que la hacía danzar alegremente.
Sobre el cielo de un hermoso azul turquí destacábase la dentellada crestería de la costa; venía de tierra un aliento cálido, como de misteriosa habitación cargada de extraño perfume, y surgía de la tierra la luna al principio de su creciente; una verdadera luna oriental y delgada, de cuernos encorvados, como la que figura en el estandarte del Profeta y corona la cúpula de los minaretes. Aquello era estar en África.
Percibíase desde la _Garbosa_ el choque del oleaje sobre los acantilados, las lucecillas de los pueblos ribereños, los gritos de los moros del campo; y á lo lejos, al término de la montañosa línea, donde el mar parecía precipitarse tierra adentro, en caprichosa revuelta, brillaban algunos puntos rojos de vivo fulgor.
Allí estaba Argel. Tardaron unas tres horas en llegar. Las luces se multiplicaban, como si por todas partes brotasen del suelo rosarios de luciérnagas; clasificábanse en diverso brillo é intensidad; las había á centenares, en línea serpenteando, como si bordeasen un camino de la costa; al fin, tras una orzada para doblar un pequeño promontorio, apareció la ciudad con todo su resplandor de puerto levantino.
Á excepción de Tonet, todos en la barca se quedaron embobados contemplando el espectáculo. ¡Recristo! ¡Debía hacerse el viaje sólo por ver aquello! Podían ir al infierno el Grao y su puerto.
Estaban en una gran bahía de aguas sombrías é inmóviles, en cuyo fondo abríase el puerto con faroles verdes y rojos en la embocadura. Detrás, la ciudad, escalonándose colina arriba, blanca hasta en las sombras de la noche, moteada por millares de luces, como si se celebrase alguna fiesta con espléndida iluminación. ¡Vaya un derroche de gas! En las aguas del puerto culebreaban las líneas rojas, como si en el fondo se divirtieran los peces disparando cohetes voladores; brillaban las linternas rojas en el bosque de mástiles, unos escuetos con la sobriedad de la marina mercante, otros con cofas y ametralladoras; y arriba, sobre los baluartes, en la ciudad baja puramente europea, destacábanse con resplandor de incendio las fachadas de los cafés cantantes, las grandes tiendas y los bulevares atravesados por negro hormigueo y veloces carruajillos con toldos de lienzo blanco.
Llegaban hasta la barca plegados, confundidos y revueltos por la brisa de la noche, las musiquillas de los cafés, el toque de retreta de los cuarteles, el rumor del gentío en las calles, los gritos de los boteros árabes que atravesaban el puerto: toda la agitada respiración de una ciudad comercial y exótica, que, después de cometer durante el día las mayores felonías por conquistar el franco, se entrega al placer al llegar la noche con el apetito excitado.
_El Retor_, repuesto de su sorpresa, pensaba en el negocio. Recordaba las instrucciones de su tío, y mientras la tripulación recogía la vela para que darse al pairo, él prendía fuego á un calabrote embreado y agitaba la rojiza antorcha sobre su cabeza, ocultándola por tres veces tras una lona que sostenía el _gato_ de la barca.
Esto lo repitió un sinnúmero de veces, mirando fijamente la parte más obscura de la costa. Tonet y los otros tripulantes seguían con curiosidad tales señales. Por fin vióse brillar en tierra una luz roja. Los del _entrepôt_ contestaban: no tardaría á llegar el cargamento.
_El Retor_ explicaba á los suyos las ventajas de este sistema. No convenía cargar dentro del puerto. El tío Mariano sabía por experiencia que allí habían muchos _moscas_ prontos á telegrafiar á España el nombre y la matrícula de la barca para ganarse una parte de la presa. Lo mejor era recibir la carga fuera, en la sombra de la noche; al amanecer hacerse á la vela antes de que nadie se enterara, llegar á la costa de Valencia sin avisos de ninguna clase, y ¡adivina quién te dió!
Y el bondadoso pescador se reía de su propia malicia, aunque mirando interiormente á su experto tío, que le había dado tan buenos consejos.
Mientras el patrón esperaba la llegada de la carga mirando el punto de la sombría costa donde había brillado la luz, Tonet y los marineros, sentados en la proa con las piernas colgando sobre el mar, contemplaban codiciosos la iluminada ciudad.
Bien se acordaba el marido de Rosario de su estancia allí, y relataba á sus embobados compañeros las alegres correrías por Argel. Les designaba las fachadas con grandes rótulos de gas, por cuyas ardientes ventanas escapábase una música chillona y confuso rumor de avispero. Eran los cafés cantantes. ¡Caballeros, cuánto se había divertido allí! Y el _gato_ de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja á oreja, brillándole los ojuelos de muchacho vicioso, creía ver las cantatrices casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el tablado moviendo á compás las caderas y el vientre.
Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda de arcos y en cada hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era el _Boulevard de la República_, con sus grandes cafés, donde iban los señores oficiales á tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los morotes ricos de enorme turbante y los negociantes judíos de túnica de seda sucia y vistosa. Detrás estaban otras calles, también con arcos y hermosas tiendas; la _plaza del Caballo_ con la mezquita principal, un gran caserón blanco, donde entraban los bobos descalzos y recién lavados á hacerle cortesías al zancarrón de Mahoma, mientras que arriba, en lo último de la torrecilla que se veía desde la barca, un tío con turbante pateaba y gritaba á ciertas horas como si estuviera loco. Por todas las calles madamas muy bien vestidas que olían á gloria, andando como patitos y diciendo _mersi_ á cada chicoleo; soldados con gorro de datilero y unos pantalonazos dentro de los cuales cabía la familia; gente de todos los países, lo mejorcito de cada casa, que había ido allí huyendo del rey, y cada dos puertas una cantina con sus mesas en la acera, donde se servía la absenta á vasos.
Tonet lo había visto todo y lo describía á los suyos con manoteos y guiños, subrayando muchas veces la palabra con acciones que hacían prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas.
¿Y la ciudad alta donde vivían los moros? _¡Redeu!_ Aquello sí que era notable. ¿Se acordaban del callejón junto al mercado del Grao? ¡Aquel en que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera, comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre cuesta arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de inmundicia bajando por los escalones del empedrado.
Había que tomar fuerza en todos los cafetines del tránsito para subir tales calles y taparse las narices ante las tiendas, miserables tabucos en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos diciéndose Dios sabe qué cosas en su jerga de perros.
Allí se vivía como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal año. El que tuviera buen estómago y no le importara ver comer el alcuzcuz á puñados con las manos después de acariciarse los pies, por un real se zampaba un plato bien colmado, un par de huevos pintados de rojo como los de Pascua, y aun podía tomar café en una tacita como un cascarón, tendido sobre la tarima de cualquier cafetín moruno, y hasta dormirse al son de una flauta y dos panderos.
Había también sus cosas buenas. Moritas caritativas del dominio común, que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada, las uñas teñidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas de los establecimientos de baños que sonreían como perros ofreciendo frotaros con sus manazas, y otras _¡rediel!_... otras que eran las señoras, con la cara tapada de tal modo, que sólo se veía la nariz y un ojo, con sus anchos calzones bamboleándose al andar y enseñando por bajo del manto la chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de platería, y sobre el abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y medias lunas.
¡Y qué ojos, chiquillos! ¡Qué curvas! Aun se acordaba él de una negrota rica, con la que tropezó en un callejón de allí arriba. Como él era así... no pudo remediarlo; la pellizcó por la espalda en los zaragüelles, que parecían hinchados y estaban duros como la piedra; la negra chilló como una rata, cayeron sobre él tíos y más tíos, todos feos y con enormes trancas; él y sus dos amigotes tiraron de la faca marinera, y aquello se acabó cuando subieron los zuavos y se los llevaron al _violón_, de donde los sacó el cónsul después de dos días de encierro.
Los marineros le oían ansiosos, admirando su superioridad, y mientras reían comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba mirándose los pies con expresión de hombre cansado:
--_¡Ay!_... _Entonses tenía yo més humor_.
El patrón dió un grito desde la popa. Alguien se acercaba de tierra. Una luz roja agrandábase por momentos y oíase un sordo chapoteo, como si nadase un perrazo con dirección á la barca.
Era el vaporcito del _entrepôt_. Saltó á la cubierta de la _Garbosa_ un buen mozo con bigote rubio y gorra azul, y en ese idioma híbrido de los puertos africanos, mezcla de italiano, francés, griego y catalán, dió cuenta al _Retor_ de su comisión.
Habían recibido á tiempo el aviso de _mosiú_ Mariano, de Valencia; les esperaban desde la noche anterior; habían visto la señal y allí estaba el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las autoridades francesas hacían la vista gorda, convenía en tales negocios despachar pronto.
--_¡A la faena!_--gritó el Retor á su gente--. _Cárrega á bordo_.
Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si asomaba un palmo sobre el montón de la carga, comenzaron á pasar á la barca los gruesos fardos envueltos en lona embreada, impregnados de picante olor.
Las dos embarcaciones estaban amarradas una á otra, y el transbordo de la carga se hacía con facilidad. La abierta escotilla engullíase los fardos, y la _Garbosa_, conforme avanzaba la operación, iba hundiéndose, lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente que se lamenta de la excesiva carga.
El mocetón rubio del vapor examinaba con creciente asombro la barca. ¿Pero era posible que aquel ataúd resistiera tanto? Y _el Retor_ contestaba golpeándose el pecho como para darse una convicción que comenzaba á faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le ayudaba Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de allí á dos noches en la playa del Cabañal.
La cala estaba atestada y los fardos se apilaron sobre la vieja cubierta, colocándose en la borda palitroques y cuerdas para contenerlos y que no cayesen al mar.
--_Buona sorte, patrón_--chapurreó el rubio quitándose su gorrilla y estrechando con fuerza la mano del _Retor_.
Se alejó el vaporcillo; la _Garbosa_ extendió su vela, y comenzó á correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminación cada vez menos brillante.
Al _Retor_ se le encogía el corazón viendo marchar su barca. ¡Ay! ¡Que Dios no se olvidase de ellos y no les enviara un poco de mal tiempo! Aun con buena mar, la barca navegaba milagrosamente, hundida casi hasta la borda, cabeceando torpemente y elevándose con tal lentitud sobre las olas, que éstas, á pesar de ser flojas, le entraban por la proa como si estuviera corriendo un temporal.
Tonet, ajeno á los cuidados que inspiraba la propiedad, se reía de la barca, que, según él, parecía un torpedero navegando con la cubierta á flor de agua.
Cuando amaneció, el cabo de la _Mala Dòna_ veíase por la popa como una vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar.
La carga, hecha con tanta rapidez frente á Argel y en la sombra de la noche, la recordaba _el Retor_ como si fuese un sueño, ahora que se veía de nuevo en medio del Mediterráneo, sin tierras á la vista. Pero para no dudar, allí estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la tripulación fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre _Garbosa_, que navegaba torpemente como una tortuga.
Lo único que tranquilizaba al _Retor_ era el tiempo. Buen viento y mar bella; aun así, á la barca le vendría justo el llegar á Valencia. Ahora comprendía el patrón su temeridad al acometer el negocio con tal zapato. Y á pesar de que no conocía el verdadero miedo, pensó algunas veces en su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un amigo manso, lo que no impidió que lo recogiesen en la playa deshecho y corrompido como un salivazo de las olas.
La barca navegó sin novedad hasta el amanecer del día siguiente. El cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la superficie del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas, así como el Mongó, cuya cumbre aparecía suspendida en el espacio con la base cortada por dos fajas de nubes.
La _Garbosa_, inclinada sobre babor de un modo alarmante y con la ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba rápidamente.
El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrón, que debía aguantar hasta la noche para hacer el alijo.
De pronto púsose en pie de un salto y abandonó la caña del timón. Fijábase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del cabo... _¡Futro!_ No se equivocaba; bien conocía aquella embarcación. Era una escampavía de Valencia que parecía al acecho costeando frente al cabo. Algún _mosca_ había hecho de las suyas en el Cabañal, diciendo que la _Garbosa_ había salido á algo más que á pescar.
Tonet también adivinaba la clase de la embarcación, y miraba á su hermano con inquietud.
Aun era tiempo; á tomar mar. Y la _Garbosa_, inclinando un poco su proa, se alejó del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El viento la favorecía en esta maniobra, y la _Garbosa_ navegaba con gran rapidez hundiendo muchas veces bajo las olas su abrumado casco.
La escampavía al poco rato imitaba la maniobra, dándola caza. Aquella barca era mejor y más ligera, pero la distancia entre las dos resultaba considerable, y _el Retor_ pensaba huir, huir siempre, aunque fuese á dar en el mismísimo puerto de Marsella, si antes no se tragaban las aguas á la guitarra vieja con todo su cargamento.
La persecución duró hasta mediodía, cuando estaban indudablemente á la altura de Valencia. Pero allí la escampavía viró, dirigiéndose á tierra.