Flor de mayo

Part 18

Chapter 181,477 wordsPublic domain

El ribereño había crecido desmesuradamente á los ojos de todos aquellos emancipados que le rodeaban, y de regreso á Valencia, por la polvorienta carretera, se quitaban la palabra unos á otros para darle consejos.

Á la policía no había que tenerle cuidado. Entre valientes era de rigor el silencio. El pequeño diría en el Hospital que no conocía á quien le hirió, y si era tan ruin que intentara cantar, allí estarían sus hermanos para enseñarle la obligación.

Á quien debía mirar de lejos era á los _Bandullos_ que quedaban sanos. Eran gente de cuidado. Para ellos lo importante era pegar, y si no podían de frente, lo mismo les daba á traición. ¡Ojo, Pepet! Aquello no lo perdonarían, más que por el hermano, por el buen sentimiento de la familia.

Pero al valentón ribereño aun le duraba la excitación de la lucha y sonreía despreciativamente. Al fin aquello tenía que ocurrir. Había venido á Valencia para pegarles á los _Bandullos_; donde estaba él no quería más guapos: ya había asegurado á uno; ahora que fuesen saliendo los otros y á todos los arreglaría.

Y como prueba de que no tenía miedo, al pasar el puente de San José y meterse todos en la ciudad, amenazó con un par de guantadas al que intentara acompañarle.

Quería ir solo por ver si así le salían al paso aquellos enemigos. Conque... ¡largo y hasta la vista!

¡Qué hígados de hombre! Y la turba bravucona se disolvió, ansiosa de relatar en cafetines y timbas la caída de los _Bandullos_, añadiendo con aire de importancia que habían presenciado la terrible _gabinetá_ de aquel valentón que juraba el exterminio de la familia.

Bien decía el ribereño que no tenía miedo ni le inquietaban los _Bandullos_. No había más que verle á las once de la noche marchando por la calle de las Barcas con desembarazada confianza.

Iba á la Peña, á oír á su adorada novia la _Borriquera_.

¡Mala pécora! Si resultaba cierto lo que aquel chiquillo insultador le había dicho antes de recibir el golpe, á ella le cortaba la cara, y después no dejaba botella ni títere sano en todo el café.

Aun le duraba la excitación de la riña, aquella rabia destructora que le dominaba después de haber _hecho_ sangre.

Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al encuentro los _Bandullos_, uno á uno ó todos juntos. Se sentía con ánimos para de la primera rebanada partirlos en redondo.

Estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un disparo, y el valentón sintió un golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba su vista y le zumbaban los oídos.

¡Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.

Y llevándose la mano al cinto, tiró de su pistola del quince, pero antes de que volviera la cara, sonó otro disparo y Pepet cayó redondo.

Corría la gente, cerrábanse las puertas con estrépito, sonaban pitos y más pitos al extremo de la calle, sin que por esto se viese un kepis por parte alguna, y aprovechándose del pánico abandonaron los _Bandullos_ la protectora esquina, avanzando cuchillo en mano hacia el inerte cuerpo, al que removieron de una patada como si fuese un talego de ropa.

--_Ben mòrt está._

Y para convencerse más, se inclinó uno de ellos sobre la cabeza del muerto, guardándose algo en el bolsillo.

Cuando llegaron los guardias y se amotinó la gente en torno del cadáver, esperando la llegada del juzgado, vióse á la luz de algunos fósforos la cara moruna de Pepet el de la Ribera, con los ojos desmesurados y vidriosos y junto á la sien derecha una desolladura roja que aun manaba sangre.

Le habían cortado una oreja como á los toros muertos con arte.

III

El entierro fué una manifestación.

Aun quedaba sangre de valientes: la raza no iba á terminar tan pronto como muchos creían.

Los amos de las casas de juego marchaban en primer término tras el ataúd, como afligidos protectores del muerto, y tras ellos todos los matones de segunda fila y los aspirantes á la clase: morralla del Mercado y del Matadero que esperaba ocasión para revelarse, y hacía sus ensayos de guapeza yendo á pedir alguna peseta en los billares ó timbas de calderilla.

Aquel cortejo de caras insolentes con gorrillas ladeadas y tufos en las orejas, hacía apartarse á los transeuntes, pensando en el gran golpe que se perdía la guardia civil.

¡Qué magnífica redada podía echarse!

Pero no; había que respetar el dolor sincero de aquella gente que lloraba al muerto con toda su alma, con una ingenuidad jamás vista en los entierros.

¿Era así como se mataba á los hombres? ¡Cobardes!... _¡morrals!_... ¡y después querían los _Bandullos_ pasar por bravos! Santo y bueno que le hubiesen tirado el hígado al suelo riñendo cara á cara, pues á esto están expuestos los hombres que valen; pero matarlo por la espalda y con pistola para no acercarse mucho, era una canallada que merecía garrote. ¡Morir á manos de unos ruines un chico que tanto valía! Parecía imposible que la prensa no protestase y que la ciudad entera no se sublevara contra los _Bandullos_. ¿Y lo de cortarle la oreja? _Ambusteros_, más que _ambusteros_. Eso está bien que se haga con uno á quien se mata de frente; en casos así hay que guardar un recuerdo; pero... ¡vamos! cuando no hay de qué y sólo tienen ciertas gentes motivo para avergonzarse, irrita que se pongan moños. Y lo más triste era que muerto Pepet, el valiente de verdad, el guapo entre los guapos, los _Bandullos_ camparían como únicos amos, y las personas decentes, que eran los demás, tendrían que juntarse para que les diesen las sobras y poder comer. ¡Tan tranquilos que estaban, amparados por aquel león de la Ribera que se había propuesto acabar con los _Bandullos_!...

Los que más irritados se mostraban eran los neófitos, los aprendices que no habían estrenado la _tea_ que llevaban cruzada sobre los riñones; los que no tenían aún categoría para vivir de la tremenda, pero que sentían por Pepet la misma adoración de los salvajes ante un astro nuevo.

Y todos ellos, que pretendían meter miedo al mundo con sólo un gesto, lloraban en el cementerio, en torno de la fosa, al ver los húmedos terrones que caían sobre el ataúd.

¿Y un hombre así, más bien plantado que el que paró el sol, se lo habían de comer la tierra y los gusanos?... _¡Retapones!_ aquello partía el corazón.

La chavalería esperaba con ansiosa curiosidad las ceremonias de costumbre en tales casos; algo que demostrase al que se iba que aquí quedaba quien se acordaba de él.

Sonó un _glu-glu_ de líquido, cayendo sobre la rellena fosa. Los compañeros de Pepet, foscos como sacerdotes de terrorífico culto, vaciaban botellas de vino sobre aquella tierra grasienta que parecía sudar la corrupción de la vida.

Y cuando se formó un charco rojizo y repugnante, toda aquella hermandad del valor malogrado tiró de las _teas_ y uno por uno fueron trazando en el barro furiosas cruces con la punta del cuchillo, al mismo tiempo que mascullaban terribles palabras mirando á lo alto, como si por el aire fueran á llegar volando los odiados _Bandullos_.

Podía Pepet dormir tranquilo. Aquellos granujas recibirían las tornas... si es que se empeñaban en comérselo todo y no hacer parte á las personas decentes. ¡Lo juraban!

Y al mismo tiempo que los cuchillos de la comitiva trazaban cruces en el cementerio, los _Bandullos_ entraban en el Hospital, graves, estirados, solemnes, como diplomáticos en importante misión.

El pequeño sacaba por entre las sábanas su rostro exangüe, tan pálido como el lienzo, y únicamente en su mirada había una chispa de vida al preguntar con mudo gesto á sus hermanos.

Debía saber algo de lo de la noche anterior y quería convencerse.

Sí; era cierto. Se lo aseguraba su hermano mayor, el más sesudo de la familia. El que atacase á los _Bandullos_ tenía pena de la vida. Mientras viviesen todos, cada uno de los hermanos tendría la espalda bien cubierta. ¿No le habían prometido venganza? Pues allí estaba.

Y desliando un trozo de periódico, arrojó sobre las sábanas un muñón asqueroso, cubierto de negros coágulos.

El pequeño lo alcanzó sacando de entre las sábanas sus brazos enflaquecidos, ahogando con penosos estertores el dolor que sentía en las llagadas entrañas al incorporarse.

--_¡La orella!... ¡La orella d'eixe lladre!_

Rechinaron sus dientes con los dos fuertes mordiscos que dió al asqueroso cartílago, y sus hermanos, sonriendo complacidos al comprender hasta dónde llegaba la furia de su cachorro, tuvieron que arrebatarle la oreja de Pepet para que no la devorase.

INDICE

Págs.

Flor de Mayo (novela) 3

CUENTOS VALENCIANOS

¡Cosas de hombres! 249

La apuesta del «esparrelló» 261

Noche de bodas 273

Guapeza valenciana 303

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errores corrigidos por el transcriptor:

admiracion=> admiración {pg 153}

emjambre de moscas=> enjambre de moscas {pg 28}

las guesas capas de algas=> las gruesas capas de algas {pg 47}

iban prolongado los obsequios=> iban prolongando los obsequios {pg 139}

sobre un oreja=> sobre un oreja {pg 149}

hermoso traje=> hermoso traje {pg 150}

las evidiosas á Roseta=> las envidiosas á Roseta {pg 164}

End of Project Gutenberg's Flor de mayo, by Vicente Blasco Ibáñez