Flor de mayo

Part 17

Chapter 173,888 wordsPublic domain

Oyéronse á lo lejos campanas que daban horas. Eran las tres... ¡Cuánto había dormido! Por esto se sentía ya sin sueño, dispuesto á emprender la tarea diaria.

Desde aquella ventana, abierta en las espaldas de la modesta casita, veíase la inmensa vega, que á la difusa luz de las estrellas marcaba sus masas de verdura y las moles de sus innumerables viviendas. La calma era absoluta. No soplaba ya el poniente, pero la atmósfera estaba caldeada, y los ruidos de la noche parecían la jadeante respiración de los tostados campos.

Perfumes indefinibles había en aquel ambiente que aspiraba con delicia el joven cura, como si quisiera saturar el interior de su organismo del aire puro de los campos.

Su vista vagaba en aquella penumbra, intentando adivinar los objetos que tantas veces había visto á la luz del sol. Esta distracción infantil parecía volverle á los tranquilos goces de la niñez, pero sus ojos tropezaron con una débil mancha blanca, en la que creía adivinar la alquería de la _siñá_ Tona y... ¡adiós tranquilidad, propósitos de fortaleza y de lucha!

Fué un rudo choque, una conmoción rápida; huyeron arrolladas la calma y la placidez; desapareció el dulce embotamiento, despertó la carne, sacudiendo la torpeza de los sentidos, y otra vez subió hasta sus mejillas aquella llamarada que le hacía pensar en el fuego del infierno.

Sintió en su imaginación que se desgarraba denso velo, como si aun estuviera en la tarde anterior, aquellos brazos morenos de sedoso y ardiente contacto, al par que percibía la fragancia de la carne, cuyo misterio acababa de revelársele.

Y en aquel momento, ¡oh _Malo_ tentador! el infeliz, mirando la obscura vega, veía, no la blanca é indecisa alquería, sino el _estudi_ envuelto en voluptuosa sombra, aquella cama cuya blandura tanto había ensalzado la _siñá_ Tona, y sobre el mullido trono lo que para otros era felicidad y para él horrendo pecado, lo que jamás había de conocer y le atraía con la irresistible fuerza de lo prohibido.

La maldita imaginación ponía junto á sus ojos las tibias suavidades, los dulces contornos, los finos colores de aquella carne desconocida; y la agitación del infeliz iba en aumento, sentía crecer dentro de sí algo animado por el espíritu de la rebelión, la virilidad, que se vengaba de tantos años de olvido inflamando su organismo, haciendo que zumbasen sus oídos, enturbiando su vista y dilatando todo su ser, como si fuese á estallar á impulsos del deseo contenido y falto de escape.

Aquello era la tentación en toda regla; pensó en los santos eremitas, en San Antonio tal como le había visto en los cuadros, cubriéndose los ojos ante impúdicas beldades, tras cuyas seducciones se ocultaban los diablos repugnantes; pero allí no habían espíritus malignos por parte alguna: lo único real que acompañaba á las evocaciones de su imaginación, era la cálida noche con aquel suave ambiente de alcoba cerrada y los ruidos misteriosos del campo que sonaban como besos.

Ellos allá, en el tibio lecho, rodeados de la discreta obscuridad que había de guardar en profundo secreto los delirios de la más grata de las iniciaciones: él, solo, inaccesible á toda efusión, planta parásita en un mundo que vive por el amor, sintiendo penetrar hasta su tuétano el eterno frío de aquella cama de célibe.

De allá lejos, de la blanca casita, parecía salir un soplo de fuego que le envolvía calcinando su carne hasta convertirla en cenizas. Creyó que la vista de aquel nido de amores y la voluptuosa noche eran lo que le excitaba, y huyó de la ventana, moviéndose á ciegas en su lóbrega habitación.

No había calma para él. También en aquella lobreguez la veía, creyendo sentir en su cuello el roce de los turgentes brazos y en sus labios ardorosos aquel fresco beso que le había despertado de su desvanecimiento el día de la primera misa. La combustión interna seguía, y el sufrimiento ya no era moral, pues la tensión de todo su ser producíale agudos dolores.

¡Aire! ¡frescura! Y en el silencio de la lóbrega habitación sonó un chapoteo de agua removida, los suspiros de desahogo del pobre cura al sentir la glacial caricia en su abrasada piel.

Lentamente volvió á la ventana, calmado por la fría inmersión. Un sentimiento de profunda tristeza le dominaba. Se había salvado, pero era momentáneamente: dentro de él llevaba el enemigo, el pecado que acechaba pronto á dominarle y vencerle, y aquella tremenda lucha reaparecería al día siguiente, al otro y al otro, amargando su existencia, mientras el ardor de una robusta juventud animase su cuerpo. ¡Cuán sombrío veía el porvenir! Luchar contra la Naturaleza, sentir en su cuerpo una glándula que trabajaba incesantemente y que con sólo la voluntad había de anular, vivir como un cadáver en un mundo que desde el insecto al hombre rige todos sus actos por el amor, parecíale el mayor de los sacrificios.

La ambición, el deseo de emanciparse de la miseria, le había enterrado. Cuando creía subir á envidiadas alturas, veíase cayendo en lobregueces de fondo desconocido.

Sus compañeros de pobreza, los que sufrían hambre y doblaban la espalda sobre el surco, eran más felices que él, conocían aquel atractivo misterio que acababa de revelársele y que el deber le obligaba á ignorar eternamente.

Bien pagaba su encumbramiento. ¡Maldita idea la de aquella buena señora que quiso hacer un sacerdote del mocetón fornido, que antes que continencias necesitaba esparcimiento y escapes para su plétora de vida!

Subía, sí, pero encadenado para siempre; se hallaba por encima de las gentes entre las que nació, pero recordaba sus estudios clásicos, la fábula del audaz Prometeo, y se veía amarrado para siempre á la roca inconmovible de la fe jurada, indefenso á merced de la pasión carnal que le devoraba las entrañas.

Su firme devoción de campesino aterrábase ante la idea de ser un mal sacerdote; el sexo, que había despertado en él para siempre como inacabable tormento, desvanecía toda esperanza de tranquilidad, y en este conflicto, el cura, asustado ante el porvenir, se entregó al desaliento, é inclinando su cabeza sobre el alféizar, cubriéndose los ojos con las manos, lloró por los pecados que no había cometido y por aquel error que había de acompañarle hasta la tumba.

Una húmeda sensación de frescura le hizo volver en sí.

Amanecía. Por la parte del mar rasgábase la noche marcando una faja de luminoso azul: la verdura de la vega y la dentellada línea de montañas iban fijando sus esfumados contornos; lanzaban sus últimos parpadeos las estrellas, rodaba el fiero alerta de los gallos de alquería en alquería, y las alondras, como alegres notas envueltas en volador plumaje, rozaban las cerradas ventanas anunciando la llegada del día.

¡Magnífico despertar! Tal vez á aquella hora Toneta, recogiéndose el cabello y cubriendo púdicamente con el blanco lienzo los encantos que solo un hombre había de conocer, saltaba de la cama y abría el ventanillo de su _estudi_ para que la aurora purificase el ambiente de pasión y voluptuosidad.

El cura salió de su cuarto con los ojos enrojecidos y la frente contraída por penosa arruga, perenne recuerdo de aquella noche de bodas en que la compañera de su infancia había visto de cerca el amor, y él se había unido con la desesperación, la más fiel de las esposas.

Abajo, en la cocina, encontró á su madre que preparaba el desayuno, y la pobre vieja no pudo comprender aquella amarga mirada de reproche que el cura le lanzó al pasar.

Paseó maquinalmente por el corral hasta que sus pies tropezaron con una espuerta de esparto, vieja, rota, cubierta por una costra de basura, igual á la que él llevaba á la espalda cuando niño.

Era el pasado que reaparecía para echarle en cara su infidelidad.

¿No se había emancipado de la miseria de su clase? Pues ya lo tenía todo; que comiera, que se regodeara con la satisfacción de ser considerado como un ser superior.

Lo otro, lo desconocido, lo que le hacía temblar con intensa emoción, era para los infelices, para los que luchaban por la vida.

El cura gimió con desesperación, sintiendo en torno de él el vacío y la frialdad, pensando que si sus manos ahora consagradas hubiesen seguido porteando el mísero capazo, estaría en tal instante arrebujado en aquella blanda cama del _estudi_ nupcial, viendo cómo Toneta, al aire sus hermosos brazos y marcada bajo el fino lienzo su robustez armoniosa, se contemplaba en el espejo sonriendo ruborizada con los recuerdos de la noche de bodas.

Y el pobre cura lloró como un niño; lloró hasta que el esquilón de la iglesia con su gangueo de vieja comenzó á llamarle á la misa primera.

Guapeza valenciana

I

Buenos parroquianos tuvo aquella mañana el cafetín del _Cubano_. La flor de la guapeza, los valientes más valientes que campaban en Valencia por sus propios méritos; todos cuantos vivían á estilo de caballero andante por la fuerza de su brazo; los que formaban la guardia de puertas en las timbas, los que llevaban la parte de terror en la banca, los que iban á tiros ó cuchilladas en las calles, sin tropezar nunca, en virtud de secretas inmunidades, con la puerta del presidio, estaban allí, bebiendo á sorbos la copita matinal de aguardiente, con la gravedad de buenos burgueses que van á sus negocios.

El dueño del cafetín les servía con solicitud de admirador entusiasta, mirando de reojo todas aquellas caras famosas, y no faltaban chicuelos de la vecindad que asomaban curiosos á la puerta, señalando con el dedo á los más conocidos.

La baraja estaba completa. ¡Vive Dios!, que era un verdadero acontecimiento ver reunidos en una sola familia, bebiendo amigablemente, á todos los guapos que días antes tenían alarmada la ciudad y cada dos noches andaban á tiros por Pescadores ó la calle de las Barcas, para provecho de los periódicos noticieros, mayor trabajo de las casas de Socorro y no menos fatiga de los policías, que echaban á correr á los primeros rugidos de aquellos leones que se disputaban el privilegio de vivir á costa de un valor más ó menos reconocido.

Allí estaban todos. Los cinco hermanos _Bandullos_, una dinastía que al mamar llevaba ya cuchillo, que se educó degollando reses en el Matadero y con una estrecha solidaridad lograba que cada uno valiera por cinco y el prestigio de la familia fuese indiscutible. Allí _Pepet_, un valentón rústico que usaba zapatos por la primera vez en su vida y había sido extraído de la Ribera por un dueño de timba, para colocarlo frente á los terribles _Bandullos_, que le molestaban con sus exigencias y continuos tributos; y en torno de estas eminencias de la profesión, hasta una docena de valientes de segunda magnitud, gente que pasaba la vida penando por no trabajar: guardianes de casas de juego que estaban de vigilancia en la puerta desde el mediodía hasta el amanecer, por ganarse tres pesetas, lobos que no habían hecho aun más que morder á algún señorito enclenque ó asustar á los municipales, maestros de cuchillo que poseían golpes secretos é irresistibles, á pesar de lo cual habían perdido la cuenta de las bofetadas y palos recibidos en esta vida.

Aquello era una fiesta importantísima, digna de que la voceasen por la noche los vendedores de _La Correspondencia_ á falta de _¡el crimen de hoy!_

Iban todos á comerse una _paella_ en el camino de Burjasot, para solemnizar dignamente las paces entre los _Bandullos_ y Pepet.

Los hombres, cuanto más hombres, más serios para ganarse la vida.

¿Qué se iba adelantando con hacerse la guerra sin cuartel y reñir batalla todas las noches? Nada; que se asustaran los tontos y rieran los listos; pero en resumen, ni una peseta y los padres de familia expuestos á ir á presidio.

Valencia era grande y había pan para todos. Pepet no se metería para nada con la timba que tenían los _Bandullos_ y éstos le dejarían con mucha complacencia que gozase en paz lo que sacara de las otras. Y en cuanto á quiénes eran los valientes, si los unos ó el otro, eso quedaba en alto y no había por qué mentarlo: todos eran valientes y se iban rectos al bulto; la prueba estaba en que después de un mes de buscarse, de emprenderse á tiros ó cuchillo en mano, entre sustos de los transeuntes, corridas y cierres de puertas, no se habían hecho el más ligero rasguño.

Había que respetarse, caballeros, y campar cada uno como pudiera.

Y mediando por ambas partes excelentes amigos, se llegó al arreglo.

Aquella buena armonía alegraba el alma, y los satélites de ambos bandos conmovíanse en el cafetín del _Cubano_ al ver cómo los _Bandullos_ mayores, hombres sesudos, carianchos y cuidadosamente afeitados con cierto aire monacal, distinguían á Pepet y le ofrecían copas y cigarros; finezas á las que respondía con gruñidos de satisfacción aquel gañán ribereño, negro, apretado de cejas, enjuto y como cohibido al no verse con alpargatas, manta y retaco al brazo, tal como iba en su pueblo á ejecutar las órdenes del cacique. De su nuevo aspecto sólo le causaba satisfacción la gruesa cadena de reloj y un par de sortijas con enormes culos de vaso, distintivos de su fortuna que le producían infantil alegría.

El único que en la respetable reunión podía meter la pata era el menor de los _Bandullos:_ un chiquillo fisgón é insultadorcillo que abusaba del prestigio de la familia, sin más historia ni méritos que romper el capote á los municipales ó patear el farolillo de algún sereno siempre que se emborrachaba, hazañas que obligaban á sus poderosos hermanos á echar mano de las influencias, pidiendo á este y al otro que tapasen tales tonterías á cambio de sus buenos servicios en las elecciones.

Él era el único que se había opuesto á las paces con Pepet, y no mostraba ahora, en un día de concordia y olvido, la buena crianza de sus hermanos. Pero ya se encargarían éstos de meter en cintura aquel bicho ruin, que no valía una bofetada y quería perder á los hombres de mérito.

Salieron todos del cafetín formando grupo, por el centro del arroyo, con aire de superioridad, como si la ciudad entera fuese suya, saludados con sonriente respeto por las parejas de agentes que estaban en las esquinas.

¡Vaya una partida! Marchaban graves, como si la costumbre de hacer miedo les impidiese sonreir; hablaban lentamente, escupiendo á cada instante, con voz fosca y forzada, cual si la sacaran de los talones, y se llevaban las manos á las sienes, atusándose los bucles y torciendo el morro con compasivo desprecio á todo cuanto les rodeaba.

Por un contraste caprichoso, aquellos buenos mozos malcarados exhibían como gala el pie pequeño, usaban botas de tacón alto adornadas con pespuntes, lo que les daba cierto aire de afeminamiento, así como los pantalones estrechos y las chaquetas ajustadas, marcando protuberancias musculosas ó míseros armazones de piel y huesos en que los nervios suplían á la robustez.

Los había que empuñaban escandalosos garrotes ó barras de hierro forradas de piel, golpeando con estrépito los adoquines, como si quisieran anunciar el paso de la fiera; pero otros usaban bastoncillos endebles ó no se apoyaban en nada, pues bastante compañía llevaban sobre las caderas, con el cuchillo como un machete y la pistola del quince, más segura que el revólver.

Aquel desfile de guapos detúvose en todos los cafetines del tránsito, para refrescar con medias libras de aguardiente, convidando á los policías conocidos que encontraban al paso, y cerca de las doce llegaron á la alquería del camino de Burjasot, donde la _paella_ burbujeaba ya sobre los sarmientos, faltando sólo que la echasen el arroz.

Cuando se sentaron á comer estaban medio borrachos, mas no por esto perdieron su fúnebre y despreciativa gravedad.

II

Eran gente de buenas tragaderas, y pronto salió á luz el fondo de la sartén, viéndose, por los profundos agujeros que las cucharas de palo abrían en la masa de arroz, el meloso _socarraet_, el bocado más exquisito de la _paella_.

De vino, no digamos. Á un lado estaba el pellejo, vacío, exangüe, estremeciéndose con las convulsiones de la agonía, y las rondas eran interminables, pasando de mano en mano los enormes vasos, en cuyo negro contenido nadaban los trozos de limón, para hacer más aromático el líquido.

Á los postres, aquellas caras perdieron algo de su máscara feroz; se reía y bromeaba, con la pretina suelta para favorecer la digestión y lanzando poderosos regüeldos.

Salían á conversación todos los amigos que se hallaban ausentes por voluntad ó por fuerza; el tío _Tripa_, que había muerto hecho un santo después de una vida de trueno; los _Donsainers_, huídos á Buenos Aires por unos golpes tan mal dados, que el asunto no se pudo arreglar aun mediando el mismo gobernador de la provincia; y la gente de menor cuantía que estaba en San Agustín ó San Miguel de los Reyes, inocentones que se echaron á valientes sin contar antes con buenos protectores.

¡Cristo! Que era una lástima que hombres de tanto mérito hubieran muerto ó se hallaran pudriendo en la cárcel ó en el extranjero. Aquéllos eran valientes de verdad, no los de ahora, que son en su mayoría unos muertos de hambre, á quienes la miseria obliga á echárselas de guapos á falta de valor para pegarse un tiro.

Esto lo decía el _Bandullo_ pequeño, aquel trastuelo, que se había propuesto alterar la reunión pinchando á Pepet, y á quien sus hermanos lanzaban severas miradas por su imprudencia. ¡Criatura más comprometedora! Con chicos no puede irse á ninguna parte.

Pero el escuerzo ruin no se daba por entendido. Tenía mal vino y parecía haber ido á la _paella_ por el sólo gusto de insultar á Pepet.

Había que ver su cara enjuta, de una palidez lívida, con aquel lunar largo y retorcido, para convencerse de que le dominaba el afán de acometividad, el odio irreconciliable que lucía en sus ojos y hacía latir las venas de su frente.

Sí señor; él no podía transigir con ciertos valientes que no tienen corazón, sino estómago hambriento; _ruqueròls_ que olían todavía al estiércol de la cuadra en que habían nacido y venían á estorbar á las personas decentes. Si otros querían callar, que callasen. Él no; y no pensaba parar hasta que se viera que toda la guapeza de esos tales era mentira, cortándoles la cara y lo de más allá.

Por fortuna, estaban presentes los _Bandullos_ mayores, gente sesuda que no gustaba de compromisos más que cuando eran irremediables. Miraban á Pepet, que estaba pálido, mascando furiosamente su cigarro, y le decían al oído, excusando la embriaguez del pequeño:

--_No fases cas: está bufat._

¡Pero buena excusa era aquella con un bicho tan rabioso! Se crecía ante el silencio é insultaba sin miedo alguno.

Lo que él decía allí lo repetía en todas partes. Había muchos embusteros. Valientes de _mata mòrta_ como los melones malos. Él conocía un guapo que se creía una fiera porque le habían vestido de señor: mentira, todo mentira. El muy fachenda, hasta intentaba presumir y le hacía corrococos á María la _Borriquera_, la cordobesa que cantaba flamenco en el café de la Peña... ¡Ya voy!... Ella se burlaba del muy bruto: tenía poco mérito para engañarla; la chica se reservaba para hombres de valía, para valientes de verdad; él, por ejemplo, que estaba cansado de acompañarla por las madrugadas cuando salía del café.

Ahora sí que no valieron las benévolas insinuaciones de los hermanos mayores. Pepet estaba magnífico, puesto de pie, irguiendo su poderoso corpachón, con los ojos centelleantes bajo las espesas cejas y extendiendo aquel brazo musculoso y potente que era un verdadero ariete.

Respondía con palabras que la ira cortaba y hacía temblar:

--_Aixó es mentira... ¡Mocós!_

Pero apenas había terminado, un vaso de vino le fué recto á los ojos, separándolo Pepet de una zarpada é hiriéndose el dorso de la mano con los vidrios rotos.

Buena se armó entonces... Las mujeres de la alquería huyeron adentro lanzando agudos chillidos; todo el honorable concurso saltó de sus silletas de cuerda, rascándose el cinto, y allí salió á relucir un verdadero arsenal: navajas de lengua de toro, cuchillos pesados y anchos como de carnicería, pistolas que se montaban con espeluznante ruido metálico.

La reunión dividióse instantáneamente en dos bandos. Á un lado los _Bandullos_ cuchillo en mano, pálidos por la emoción, pero torciendo el morro con desprecio ante aquellos mendigos que se atrevían á emanciparse, y al otro, rodeando á Pepet, todos, absolutamente todos los convidados, gente que había sobrellevado con paciencia el despotismo de la familia bandullesca y que ahora veía ocasión para emanciparse.

Miráronse en silencio por algunos segundos, queriendo cada uno que los otros empezaran.

¡Vaya, caballeros! La cosa no podía quedar así... Allí se había insultado á un hombre, y de hombre á hombre no va nada.

Al fin el reñir es de hombres.

Era una lástima que la fiesta terminase mal, pero entre hombres ya se sabe: hay que estar á todo. Dejar sitio y que se las arreglen los hombres como puedan.

Los amigos de Pepet, que estaban en sus glorias y se mostraban fieros por la superioridad del número, colocáronse ante los _Bandullos_ mayores, cortándoles el paso con los cuchillos y sus palabras.

En ocasiones como aquella había que demostrar la entraña de valiente. Nada importaba que fuese su hermano. Había insultado y debía probar sin ayuda ajena que tenía tanto de aquello como de lengua.

Pero las razones eran inútiles. Estaban frente á frente los dos enemigos, á la puerta de la alquería, bajo aquella hermosa parra por entre cuyos pámpanos se filtraban los rayos del sol dorando las telarañas que envolvían las uvas.

El pequeño, extendiendo la diestra armada de ancha faca, y cubriéndose el pecho con el brazo izquierdo, saltaba como una mona, haciendo gala de la esgrima presidiaria aprendida en los corralones de la calle de Cuarte.

Todos callaban. Oíase el zumbido de los moscardones en aquella tibia atmósfera de primavera, el susurrar de la vecina acequia, el murmullo del trigo agitando sus verdes espigas y el chirriar lejano de algún carro junto con los gritos de los labradores que trabajaban en sus campos.

Iba á correr sangre, y todos avanzaban el pescuezo con malsana curiosidad, para dar faltas y buenas sobre el modo de reñir.

El bicho maldito no se aquietaba y seguía insultando. ¡Á ver! Que se atracara aquel guapo y vería cuán pronto le echaba la _tanda_ al suelo.

¡Y vaya si se atracó! Pero con un valor primitivo; no con la arrogancia del león, sino con la acometividad del toro; bajando la dura testa, encorvando su musculoso pecho, con el impulso irresistible de una catapulta.

De una zarpada se llevó por delante tambaleando y desarmado al pequeño _Bandullo_, y antes de que cayera al suelo le hundió el cuchillo en un costado, de abajo arriba, con tal fuerza que casi lo levantó en el aire.

Cayó el chicuelo, llevándose ambas manos al costado, á la desgarrada faja que rezumaba sangre, y hubo un murmullo de asombro casi semejante á un aplauso.

¡Buen pájaro era aquel Pepet! Cualquiera se metía con un bruto así.

Los _Bandullos_ lanzáronse sobre su caído hermano, trémulos de coraje, y hubo de ellos que requirieron sus armas con desesperación, como dispuestos á cerrar con aquel numeroso grupo de enemigos y morir matando para desagravio de la familia, que no podía consentir tal deshonra.

Pero les contuvo un gesto imperioso del hermano mayor, Néstor de la familia, cuyas indicaciones seguían todos ciegamente. Aun no se había acabado el mundo. Lo que él aconsejaba y siempre salía bien: paciencia y mala intención.

El pequeño, pálido, casi exánime, echando sangre y más sangre por entre la faja, fué llevado por sus hermanos á la tartana, que aguardaba cerca de la alquería desde que trajo por la mañana todo el _arreglo_ de la _paella_.

¡Arrea, tartanero!... ¡Al Hospital! Donde van los hombres cuando están en desgracia.

Y la tartana se alejó dando tumbos que arrancaban al herido rugidos de dolor.

Pepet limpió su cuchillo con hojas de ensalada que había en el suelo, lo lavó en la acequia y volvió á guardarlo con tanto cariño como si fuese un hijo.