Flor de mayo

Part 15

Chapter 153,901 wordsPublic domain

Movimiento de asombro, de estupefacción. Calló el organillo, cesó el coro y Pepeta levantó fieramente la cabeza. ¿Qué quería aquel pillete? ¿Había por allí algún borrego que robar?...

Pero sus insolencias de nada sirvieron. El licenciado se levantaba estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.

--Me paese... me paese que eso muchachillo se la va a cargar por torpe.

Y salió del corro, á pesar de las protestas y consejos de todos.

Pepeta se había serenado. Podían estar tranquilos; ella lo aseguraba. No llegaría la sangre al río. El _Menut_ era un chillón que no valía un papel de fumar, y si se atrevía á hacer pinitos, ya le limpiaría los mocos el otro. Vaya... á cantar. No debía turbarse la buena armonía por un bicho así.

Y la tertulia reanudó su canto débilmente, de mala gana, mirando todos con el rabillo del ojo á los dos que estaban plantados en el arroyo, frente á frente.

Que la que aquí es prima donna reina en mi casa será... á... á

Pero al hacer una pausa, se oyó la voz del _Menut_, que decía lentamente con rabia y acentuando las palabras como si las mascase:

--_Tú eres un morral... sí señor, un morral_.

Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cayó el acordeón al suelo, lanzando un quejido; pero... ¡quiá! por pronto que acudieron ya era tarde.

Se habían agarrado como gatos rabiosos, clavándose las uñas en el cuello, empujándose, resbalando en las cortezas de sandía y lanzando sucias blasfemias.

Y el _Cubano_ de pronto se bamboleó para caer como un talego de ropa; en aquel momento desvanecióse la melosidad antillana, y el lenguaje de la niñez reapareció junto con la desgracia.

--_¡Ay mare mehua!... ¡Mare mehua!_

Retorcíase sobre los adoquines como una lagartija partida en dos, agarrábase el vientre allí donde había sentido la fría hoja de la navaja, comprimiendo instintivamente el bárbaro rasgón, al que asomaban los intestinos cortados, rezumando sangre é inmundicia.

Corría la gente desde los dos extremos de la calle, para agolparse en torno del caído; sonaban pitos á lo lejos; poblábanse instantáneamente los balcones, y en uno de ellos la _siñá_ Serafina en camisa, desmelenada, sorprendida en su primer sueño por el grito de su hijo, daba alaridos instintivamente, sin explicarse todavía la inmensidad de su desgracia.

Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones entre los brazos de varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no pudiendo llegar hasta el _Menut_, le escupía á la cara siempre los mismos insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba á todo el barrio: _¡Lladre!_... _¡Granuja!_

Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su figurilla triste y desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el brazo derecho teñido en sangre hasta el codo y la navaja caída á sus pies. Tan tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al sentir en sus hombros las manos de la policía, con una sonrisita que plegaba ligeramente los extremos de su boca.

Salió de la calle con los brazos atados sobre la espalda y la blusa encima; la innoble cara llena de arañazos, hablando con su escolta de municipales, satisfecho en el fondo de que la gente se agolpase á su paso, como en la entrada de un personaje.

Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez á sus amigotes, que asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban qué había hecho.

--_Res; còses d'hòmens_.

Y contento con su suerte, erguido y triunfante, siguió el camino de la cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la prosopopeya de la estupidez satisfecha.

La apuesta del esparrelló

La oí una tarde de invierno, tumbado en la arena, junto á una barca vieja, sintiendo en los pies los últimos estremecimientos de la inmensa sábana de agua que espumeaba colérica bajo un cielo frío, ceniciento y entoldado.

Nazaret, con su extenso rosario de blancas casuchas, estaba á nuestras espaldas, y á mi lado un viejo pescador, momia acartonada, que parecía bailar dentro de su traje de bayeta amarilla, hinchado de aire. Echábase la gorrilla de seda sobre una oreja y chupaba su pipa con la gravedad de un moro, en cuclillas, trazando con la mano, como un manojo de sarmientos, complicados arabescos en la arena.

Había llovido fuerte allá por las montañas de Teruel; el río arrojaba en el mar su agua arcillosa y fría, y todo el golfo teñíase de un amarillo rabioso, que á lo lejos debilitábase hasta tomar tonos de rosa. La estrecha faja verde que recortaba el límite del horizonte delataba que era un mar lo que parecía inundación de tisana.

Y mientras mirábamos la rojiza extensión en cuyo límite se marcaba como ligera nubecilla el cabo de San Antonio, la arremangada gente de Nazaret tiraba de los _bolichones_ ó se arrojaba en el agua sucia.

El viejo adivinaba el éxito de la pesca. Aquel era un buen día. Iban á caer los _esparrellons_ como moscas.

Y eso que el _esparrelló_ era el bicho más ladino y malicioso que se paseaba por el golfo.

¿Que no lo sabía yo? Pues atención, que para comprender cómo las gastaba el tal animalito, iba á contarme un cuento, que indudablemente sería un sucedido, pues de no ser así no se lo habría contado á él su padre.

Y el buen viejo, siempre en cuclillas, sin soltar la pipa, comenzó á contarme el _sucedido_ con su seriedad de lobo de playa, en un valenciano pintoresco, cuyas palabras silbaban al pasar por entre las despobladas encías.

* * * * *

También aquel día había crecido el río, y cerca de la orilla resbalaba el _bolichó_ traidoramente por entre las turbias olas, arrastrando hacia la arena seca á los incautos peces, atraídos por la frescura del agua dulce y sucia.

El _esparrelló_ del cuento, panzudo, pequeñito y vivaracho, un pilluelo que correteaba por los escondrijos y rincones del golfo con grave disgusto de su familia, acababa de ver caer á todos los suyos entre las mallas de una red. Se salvó él por ligereza, y como era un perdis y los sentimientos de familia no están muy arraigados en su especie, sólo se le ocurrió huir mar adentro, moviendo graciosamente la colita, como si quisiera decir:

--Sálveme yo y perezca la familia; mejor es el agua turbia que el aceite de la sartén.

Pero cerca de la entrada del puerto oyó un poderoso ronquido que conmovía las aguas, como si el suelo del mar se estuviera desgarrando.

El _esparrelló_ dejóse caer en la línea recta, y en una hondonada abierta por las dragas en el fango, vió tumbado como un canónigo á un _reig_ corpulento, que lo menos pesaba cuatro arrobas; un animalote insolente y matón que cobraba el barato en todo el golfo y apenas movía una agalla hacía temblar á todo el escamado enjambre.

¡Vaya un modo de dormir! Cansado de las aguas verdes y tranquilas cargadas de calor y de luz, le placía la frescura y la semiobscuridad del barro líquido que arrastraba el río, y roncaba como si estuviera en una alcoba con las cortinas corridas.

El _esparrelló_ quiso pasar un buen rato con el terrible personaje, pero sus malas intenciones no iban más allá del deseo de divertirse á costa ajena, y se limitó á pasar y repasar por las jadeantes narices del coloso, haciéndole cosquillas con las finas púas de su cola.

¡Pero bueno era el _reig_ para inquietarse por tales caricias! Á fuerza de sufrir cosquillas cesó de roncar y se incorporó un poco, moviendo su poderosa cola, pero tumbóse sobre el otro costado, y siguió bramando con la tranquilidad del que, seguro de su fuerza, no teme peligros.

--¡Animal!--le gritaba el pececillo junto á una agalla--, ¡animal, despiértate!

--¿Eh?--exclamaba el _reig_ entre dos ronquidos con su bronca voz de borracho.

--Que te despiertes. Hay por ahí un belén de mil demonios. La gente de Nazaret ha roto hostilidades, y á miles se lleva prisioneros á los nuestros.

--Allá vosotros. Eso va con la morralla y no con personas de mi clase.

--Es que para ti también hay. Por arriba va la barca del _Toto_ explorando, y si ha oído tus ronquidos, ahora mismo tienes aquí el _bolichó_ de cuerdas, y mañana estás en la Pescadería hecho cincuenta cuartos.

--¡Cincuenta demonios!--roncó con furia el _reig_, y dando un furioso coletazo abandonó la cama de barro, poniéndose en facha de escapar, mientras al ladino _esparrelló_ le temblaban todas las escamas con las convulsiones de una risita aguda é insolente.

El _reig_ se amoscó al ver que tomaban á broma su prudencia, y avanzando el cuerpo hacia el diminuto bicho quiso reconocerle en la semiobscuridad.

--¿Eres tú, granuja? Tú acabarás mal; y si no fuera porque me tacharían de ingrato, lo que no corresponde á una persona de mi edad y mi peso, ahora mismo te tragaba. ¿Crees tú, mocoso, que me dan miedo todos esos pelambres que vienen á buscarnos en el fondo de las aguas? Soy demasiado guapo para dejarme coger. Pregúntale á ese _Toto_ de quien hablas cuántas veces de una _morrá_ le he roto el bolichón de cuerdas. Si repito muchas veces la fiesta le arruino. Pero tengo conciencia; antes que hacer daño á un padre de familia prefiero huir á tiempo, y me va tan ricamente con este sistema, que mientras los de mi familia han ido á morir faltos de respiración en la playa, yo escapo siempre, y aquí me han de caer las escamas de puro viejo.

--Lo mismo soy yo--dijo con petulancia el pececillo--; los míos se han dejado arrastrar, pero á mí no me falta ligereza, y aquí estoy. Es gran cosa el ser pequeño.

--Quita allá, bicho ruin. Lo que vale es ser grande como yo, con más fuerza que un caballo y capaz de llevarse por delante de un empujón todas las redes de esos pelagatos.

Y para demostrar su fuerza, en menos de un segundo dió dos ó tres coletazos con la aviesa intención de pillar desprevenido al _esparrelló_, y con tanto empuje, que si lo alcanza lo revienta.

Pero el granuja se echó á un lado oportunamente, amoscado por tan villanas caricias.

--Fuerte sí que lo eres; convenido. Si no salto me partes, y eso no está bien entre personas decentes, que deben ser agradecidas. Pero en cambio soy más ligero: corro más que tú. Mira como tu cola no me alcanza.

--¿Tú correr más?... ¡Jo! ¡jo! ¡jo!

Tan graciosa era la afirmación del petulante pececillo, que el _reig_ se revolcaba en convulsiones de risa, y sus carcajadas, sonoras como ronquidos, hacían hervir el agua.

--¡Calla, condenado, que el _Toto_ debe andar por arriba!

La advertencia devolvió al _reig_ su seriedad, pero le cargaba que aquel bicho insignificante sacara á colación á cada momento el nombre del pescador, y quiso vengarse.

--¿Que tú corres más?--dijo con su expresión de jaque testarudo--: eso pronto se verá. Hagamos una apuesta: á ver quién llega antes al cabo de San Antonio. Apostaremos... ¡vaya! ya está. Si yo llego antes te dejarás comer en castigo á tu fanfarronería, y si quedo rezagado te protegeré siempre y seré tu siervo. ¿Conviene, chiquitín?

¡Pobre _esparrelló!_ Le temblaban todas las escamas al verse metido en porfía con tan peligroso bruto, pero entre ser devorado al momento ó de allí á unas horas, optó por lo último.

--Conforme, grandullón--contestó con risita forzada--; cuando quieras empezaremos.

--Vámonos á las aguas verdes, que esto está turbio.

Y lentamente, moviendo con indolencia la cola, como dos buenos amigos que salen á tomar el fresco el _reig_ y el _esparrelló_ llegaron al sitio donde se aclaraban las aguas con un dulce tono de esmeralda líquida.

El gigante dió unos cuantos coletazos alegres, roncó, haciendo hervir el agua con sonoras burbujas, y se puso en facha para correr.

--Mira, chiquitín; sé que te quedarás atrás, pero no pienses en huir, porque te buscaría por todo el golfo. Aunque grandote, no soy tan bruto como crees.

--Menos palabras, y al avío.

--¿Va ya, chiquillo?

--Cuando quieras.

--Pues ¡va!

¡Caballeros y qué modo de correr! Aquel _reig_ era una tempestad. Al primer coletazo salió como un rayo, envuelto en espuma, moviendo un estrépito de todos los demonios. Tan ciego iba, que casi se estrelló los morros contra la popa de una fragata inglesa cargada de guano que había naufragado veinte años antes, y estaba hundida en la arena como una carroña carcomida por los miles de pececillos que se albergaban en su vientre.

Pasó adelante sin sentir el encontronazo, jadeante, enfurecido, moviendo á un tiempo cola, aletas y agallas, de un modo vertiginoso, con un ruido y un hervor que conmovía todo el golfo.

¿Y el _esparrelló?_ ¡Pobrecito! quiso seguir á su corpulento enemigo; pero el hervor de la espuma le cegaba, la violenta ondulación producida por cada coletazo del _reig_ le hacía perder camino, y á los pocos minutos se sentía rendido por una carrera tan loca.

Pero el animalito panzudo era un costal de malicias. Esforzándose, llegó hasta la cabeza del _reig_, y fijándose en las grandes agallas que se abrían y cerraban con movimiento automático, hizo una graciosa evolución y se coló por una de ellas.

No se estaba mal allí. Viajar gratis á doble velocidad y acostadito en aquel nido forrado de suave escarlata, era una dicha.

--¡Je! ¡je! ¡je!--reía socarronamente el pececillo sacando la cabeza por la ventana de su guarida.

Y el _reig_ daba un salto, murmurando:

--Ese bicho ruin me da alcance. Oigo su risita burlona. Corramos, corramos.

Y cada carcajada del _esparrelló_ era como un espuelazo para el pescadote.

¡Qué loca carrera! Aquella cola poderosa batía los profundos algares, y en el verdoso espacio flotaban arremolinados los pardos hierbajos, mientras que las larvas, las indefinibles mucosidades que vivían misteriosamente en el seno de los estercoleros submarinos, salían escapadas huyendo del brutal azote.

Después de los algares las colinas sumergidas, aquellos peñascales en cuyas cuevas jugueteaban los peces recién nacidos, transparentes y diáfanos como sombras.

¡Qué espantosa revolución llevaba el _reig_ á estos tranquilos lugares!

Le conocían bien por sus brutales majaderías, por sus caprichos de matón, que alarmaban todo el golfo; y las plantas submarinas que tapizaban los peñascos agitaban sus puntiagudas y verdes cabelleras, como si quisieran gritar con angustia:

--Atención, que llega ese loco.

Las almejas, gente tranquila que huye del ruído, al ver aproximarse el torbellino de espuma y furiosos coletazos, replegábanse medrosicas, cerrando herméticamente las dos hojas de su negra vivienda; los erizos apelotonábanse, formaban el cuadro, presentando por todos lados sus haces de agudas bayonetas; los calamares sentían tal miedo, que se envolvían en su diarrea de tinta; los gatos de mar sacaban por entre las piedras sus chatas cabezas y vientres atigrados con trémula inquietud; las lapas agarrábanse á la roca con más fuerza que nunca; los langostinos ocultaban su transparencia de nácar bajo el brillante fanal de alguna caracola hueca; los salmonetes huían en bandadas, esparciéndose como el brillante chisporroteo de una hoguera aventada; y en aquel mundo verdoso é inquieto, el paso veloz del enfurecido animalote producía entre los torbellinos de la espuma un hervor de carmín y plata, de escamas que despedían al huir fantásticos reflejos y colas que se agitaban con la ansiedad del pánico.

Una rozadura del _reig_ bastó para arrancarle dos patas á una langosta, y la pobrecita, apoyada en un salmonete que se prestaba á ser su procurador, emprendió la marcha hacia las Columbretas, para pedir justicia y venganza á algún tiburón de los que rondan aquellas islas.

Dos alegres delfines que estaban acabando de merendarse un atún putrefacto, levantaban sus morros de cerdo y se burlaban de su amigote, gritando:

--¡Á ese, á ese, que está loco!

Y decían verdad; si no estaba loco, poco le faltaba. Aquella maldita risa del _esparrelló_ la tenía siempre en los oídos, y el pobre animal corría y corría espoleado por la vergüenza de ser vencido.

Por fortuna, en el verdoso y confuso horizonte comenzaron á marcarse las masas negras de las estribaciones submarinas del cabo, con sus profundas cuevas, donde las señoras del golfo en estado interesante iban á depositar sobre el tapiz de hierba fina sus innumerables huevos.

El jadeante _reig_, que no podía ya con su alma, llegó junto á las rocas y dijo con angustioso ronquido:

--Ya llegué.

Pero la vocecilla cargante contestó con timbre de falsete:

--Yo primero.

El muy granuja acababa de saltar desde el interior de la agalla, y se pavoneaba ante el hocico del cansado _reig_, como si hubiera llegado mucho antes.

El sencillo animalote no sabía qué hacer. Sintió tentaciones de darle un trompis al insolente bicho que lo convirtiese en papilla, pero encorvándose se llevó varias veces la cola entre los ojos y se rascó con expresión reflexiva.

--Bueno--roncó por fin--. En esto debe haber trampa, pero la palabra es palabra. Mocoso, manda lo que quieras: seré tu criado.

* * * * *

Y el viejo pescador, terminado su cuento, sonreía y guiñaba los ojos maliciosamente.

Aquello era de los tiempos en que los pescados hablaban, pero tenía _intrínguilis_.

¿Que no lo adivinaba? Pues era sencillo: que en este mundo puede más el listo y el astuto que el fuerte que todo lo fía al corazón y á la acometividad. Que vale más ser _esparrelló_ pequeño y malicioso, que _reig_ enorme y sencillote. Que acometiendo de frente y arrollándolo todo sólo se consigue ser vehículo del listo que se esconde en la agalla para salir á tiempo.

Y el vejete me miraba con tal expresión de malicia y lástima, que me ruboricé, murmurando para adentro:

--Este tío me conoce.

Noche de bodas

I

Fué aquel jueves para Benimaclet un verdadero día de fiesta.

No se tiene con frecuencia la satisfacción de que un hijo del pueblo, un arrapiezo, al que se ha visto corretear por las calles descalzo y con la cara sucia, se convierta, tras años y estudios, en todo un señor cura; por esto pocos fueron los que dejaron de asistir á la primera misa que cantaba Visantet, digo mal, don Vicente, el hijo de la _siñá_ Pascuala y el tío Nèlo, conocido por el _Bollo_.

Desde la plaza inundada por el tibio sol de primavera, en cuya atmósfera luminosa moscas y abejorros trazaban sus complicadas contradanzas brillando como chispas de oro, la puerta de la iglesia, enorme boca por la que escapaba el vaho de la multitud, parecía un trozo de negro cielo, en el que se destacaban como simétricas constelaciones los puntos luminosos de los cirios.

¡Qué derroche de cera! Bien se conocía que era la madrina aquella señora de Valencia de la que los _Bollos_ eran arrendatarios, la cual había costeado la carrera del chico.

En toda la iglesia no quedaba capillita ni hueco donde no ardiesen cirios; las arañas cargadas de velas centelleaban con irisados reflejos, y al humo de la cera uníase el perfume de las flores, que formaban macizos sobre la mesa del altar, festoneaban las cornisas y pendían de las lámparas en apretados manojos.

Era antigua la amistad entre la familia de los _Bollos_ y la _siñá_ Tona y su hija, famosas floristas que tenían su puesto en el mercado de Valencia, y nada más natural que las dos mujeres hubiesen pasado á cuchillo su huerto, matando la venta de una semana para celebrar dignamente la primera misa del hijo de la _siñá_ Pascuala.

Parecía que todas las flores de la vega habían huido para refugiarse allí, empujándose medrosicas hacia la bóveda. El Sacramento asomaba entre dos enormes pirámides de rosas y los santos y ángeles del altar mayor aparecían hundidos hasta el dorado vientre en aquella nube de pétalos y hojas que, á la luz de los cirios, mostraban todas las notas de color, desde el verde esmeralda y el rojo sanguíneo, hasta el suave tono del nácar.

Aquella muchedumbre que estrujándose olía á lana burda y sudor de salud, sentíase en la iglesia mejor que otras veces, y encontraba cortas las dos horas de ceremonia.

Acostumbrados los más de ellos á recoger como oro los nauseabundos residuos de la ciudad, á revolver á cada instante en sus campos los estercoleros, en los cuales estaba la cosecha futura, su olfato estremecíase con intensa voluptuosidad, halagado por las frescas emanaciones de las rosas y los claveles, los nardos y las azucenas, á las que se unía el oriental perfume del incienso. Sus ojos turbábanse con el incesante centelleo de aquel millar de estrellas rojas, y les causaba extraña embriaguez el dulce lamento de los violines, la grave melopea de los contrabajos y aquellas voces que desde el coro, con acento teatral, cantaban en un idioma desconocido, todo para mayor gloria del hijo del _Bollo_.

La muchedumbre estaba satisfecha. Miraba la deslumbrante iglesia como un palacio encantado que fuese suyo. Así, entre músicas, flores é incienso, debía estarse en el cielo, aunque un poco más ancho y sudando menos.

Todos se hallaban en la casa de Dios por derecho propio. Aquel que estaba allí arriba sobre las gradas del altar, cubierto de doradas vestiduras, moviéndose con solemnidad entre azuladas nubecillas y á quien el predicador dedicaba sus más tonantes períodos, era uno de los suyos, uno más que se libraba del rudo combate con la tierra para hacer concebir incesantemente á sus cansadas entrañas.

Los más, le habían tirado de la oreja por ser mayores; otros, habían jugado con él á las chapas, y todos le habían visto ir á Valencia á recoger estiércol con el capazo á la espalda, ó arañar con la azada esos pequeños campos de nuestra vega que dan el sustento á toda una familia.

Por esto su gloria era la de todos; no había quien no creyese tener su parte en aquel encumbramiento, y las miradas estaban fijas en el altar, en aquel mocetón fornido, moreno, lustroso, resto viviente de la invasión sarracena, que asomaba por entre níveos encajes sus manazas nervudas y vellosas, más acostumbradas á manejar la azada que á tocar con delicadeza los servicios del altar.

También él, en ciertos momentos, paseaba su mirada con expresión de ternura por aquel apiñado concurso. Sentado en sillón de terciopelo, entre sus dos diáconos, viejos sacerdotes que le habían visto nacer, oía conmovido la voz atronadora del predicador ensalzando la importancia del sacerdote cristiano y elogiando al nuevo combatiente de la fe que con aquel acto entraba á formar parte de la milicia de la Iglesia.

Sí; era él: aquel día se emancipaba de la esclavitud del terruño, entraba en este mundo poderoso que no repara en orígenes; escala accesible á todos, que se remonta desde el mísero cura, hijo de mendigos, al Vicario de Dios; tenía ante su vista un porvenir inmenso, y todo lo debía á sus protectores, á aquella buena señora obesa y sudorosa bajo la mantilla de blonda y el negro traje de terciopelo, y á su hijo, al que el celebrante, por la costumbre de humilde arrendatario, había de llamar siempre el señorito.

Los peldaños del altar mayor, que le elevaban algunos palmos sobre la muchedumbre, percibíalos él en su futura vida como privilegio moral que había de realzarle sobre todos cuantos le conocieron en su humilde origen. Los más generosos sentimientos le dominaban. Sería humilde, aprovecharía su elevación para el bien; y envolvía en una mirada de inmenso cariño á todas las caras conocidas que estaban abajo, veladas por el intenso vaho de la fiesta; su madrina, el tío _Bollo_ y la _siñá_ Pascuala, que gimoteaban como unos niños con la nariz entre las manos, y aquella Toneta, la florista, su compañera de infancia, excelente muchacha que erguía con asombro la soberbia cabeza de beldad riffeña, como si no pudiera acostumbrarse á la idea de que Visantet, aquel mozo al que trataba como un hermano, se había convertido en grave sacerdote con derecho á conocer sus pecadillos y á absolverla.

Continuaba la ceremonia. El nuevo cura, agitado por la emoción, por la felicidad y por aquel ambiente cargado de asfixiantes perfumes, seguía la celebración de la misa como un autómata, guiado muchas veces por sus compañeros, sintiendo que las piernas le flaqueaban, que vacilaba su robusto cuerpo de atleta, y sostenido únicamente por el temor de que la debilidad le hiciera incurrir en algún sacrilegio.