Flor de mayo

Part 14

Chapter 143,922 wordsPublic domain

La quebrantada _Flor de Mayo_ vióse de pronto como en el fondo de una sima, entre dos muros brillantes, pulidos, de sombría agua, que avanzaban en opuesta dirección é iban á chocar, pillando en medio la barca.

Esta vez hasta el patrón dió un grito de pavor. Fué instantáneo el choque. La barca vióse envuelta en un torbellino de agua, dió un crujido horrible, como uno de los truenos secos que conmovían el espacio, y cuando al fin salió á flote pesadamente, su cubierta estaba rasa como la de un pontón; el mástil se había roto á ras de las tablas, y palo y vela, con los hombres amarrados, habían desaparecido.

_El Retor_ aun creyó ver entre las espumas de una ola que se alejaba el cadáver mutilado, y junto á él la cabeza del _tío Batiste_, mirando á lo alto con expresión de asombro.

Ahora sí que podían darse por perdidos.

La rotura del mástil la habían visto todos desde la escollera, y un grito de horror proferido por centenares de bocas sonó cuando _Flor de Mayo_ reaparecía sobre las aguas desmantelada y á merced de las olas.

Todo el barrio de las Barracas estaba allí sobre el murallón de rojos pedruscos, con el pecho palpitante y la mirada ansiosa, tan atento á la lucha de los hombres con el mar, que apenas si se fijaba en las olas que escalaban el escollo, amenazando arrastrar consigo á la muchedumbre.

Al sonar los primeros truenos habían corrido todos cual rebaño asustado á la punta de la farola, como si su presencia pudiese ayudar á los parientes y amigos en la terrible lucha por entrar en el puerto. Llegaron corriendo bajo el aguacero furioso, combatidos de frente por el vendaval, que arremolinaba las faldas, oprimía los vientres y zumbaba cruelmente en los oídos; las mujeres, con los brazos en alto, cubiertas de la lluvia por el ondeante mantón; los hombres, con chubasqueros y botas altas, todos gritando de terror, saltando de pedrusco en pedrusco, deteniéndose muchas veces para dejar pasar alguna ola que, saltando la escollera, caía en el antepuerto, y resbalando en el rodeno mojado que parecía sudar la cólera de la tempestad.

En el sitio más avanzado, sobre las últimas rocas donde bullían los espumarajos y se rompían las olas, estaba Dolores, pálida, desmelenada, agarrándose á la _siñá_ Tona, que parecía próxima á la locura.

Su chico, su Pascualet, estaba allá... y también los otros. Y se tiraban del pelo, lanzando los más atroces juramentos de la Pescadería, hasta que de pronto, deteniéndose y cruzando las manos sobre el pecho, hablaban con tono suplicante de pagar misas, de enormes cirios, dirigiéndose á la Virgen del Rosario ó al Santo Cristo del Grao, como si estuvieran allí junto á ellas.

La mujer de Tonet, agazapada tras una piedra, arrebujándose en el mantón, miraba el mar con la inmovilidad de una esfinge, dejándose alcanzar por los espumarajos de las olas, que la mojaban de pies á cabeza. Arriba, en lo más alto de la escollera, erguíase soberbia, con expresión amenazante, la enorme mole de la _tía Picores_. Temblaba de ira su arrugada boca, amenazaba á las olas con el puño cerrado, y á pesar de su grotesca figura, había en ella cierta sublimidad, algo que recordaba los apóstrofes del trágico inglés.

--_¡Sorra!_--gritaba con su voz ronca, amenazando á la mar--. _¡Dòna habíes de ser!_

Y la lluvia cayendo cada vez con más fuerza, el vendaval bamboleando como cañas á los que se separaban de los grupos, y las ropas, empapadas por el agua del mar y la del cielo, pegándose á las carnes, chorreando, haciendo toser á la gente, que se olvidaba de sí misma mirando el rebaño de barcas que se aproximaban en tropel.

¡Qué de maldiciones contra _el Retor!_

Aquel _lanudo_ tenía la culpa de todo: él era quien había inducido á tanto hombre de bien á lanzarse en el peligro. ¡Ojalá se lo tragase la mar!

Y las mujeres de la familia bajaban la cabeza, anonadadas por la indignación pública.

Las barcas, aunque con gran trabajo, doblaban la escollera é iban entrando en el puerto saludadas por los gritos de alegría de las familias que corrían hacia el Grao para abrazar á los suyos.

Conforme entraban las embarcaciones de pesca, disminuía la muchedumbre en la punta de la farola.

La embocadura del puerto iba haciéndose por momentos más inabordable. Tres barcas quedaban á la vista, y durante una hora tuvieron á toda la muchedumbre con el corazón en un puño, luchando con la marejada feroz que las empujaba sobre las piedras.

Entraron por fin: un suspiro de satisfacción dilató los pechos, y entonces fué cuando en el brumoso horizonte comenzó á marcarse una barca solitaria avanzando velozmente, á pesar de que navegaba casi á palo seco.

Los marineros que estaban entre las rocas tendidos sobre el vientre para presentar menos blanco á las voraces olas, se miraron con un gesto de tristeza. Aquella pagaba el pato. Lo que es la rezagada no entraba: lo afirmaban como hombres expertos en tales luchas. Llegaba demasiado tarde.

Y su prodigiosa vista de hombres de mar reconoció al poco rato la barca, que tan pronto parecía volar como se sumergía por algunos instantes. Era la _Flor de Mayo_.

La madre y la mujer del _Retor_ gritaban como locas. Querían arrojarse al mar; ir cuando menos hasta los peñascos más avanzados que asomaban entre la espuma como cabezas de gigantes submarinos.

La conmiseración popular, el afecto que la desgracia despierta en las muchedumbres, rodeaba á las dos pobres mujeres.

Ya nadie maldecía al _Retor:_ todos se olvidaban de su temeridad contagiosa y procuraban consolar á las dos mujeres con falsas esperanzas. Algunos marineros se colocaban entre ellas y el mar, evitando que presenciasen la fiera lucha, cuyo triste fin adivinaban.

La angustiosa situación duró una hora: lo bastante para encanecer. Cuando la _Flor de Mayo_ fué envuelta por las dos olas y reapareció sin mástil, con la cubierta rasa, un alarido de horror sonó en la muchedumbre. Estaban perdidos: ¡á morir!

La barca ya no obedecía al timón. El mar la hizo emprender una carrera loca hacia los peñascos, y lo único que conseguía el patrón á costa de muchos esfuerzos, fué que no presentara sus costados al oleaje.

Por una casualidad no chocó contra las piedras. Un golpe de mar la elevó á tiempo y pasó como una flecha ante el extremo de la escollera, viendo Pascualo como aparición momentánea aquellos pedruscos, y sobre ellos muchas caras amigas.

¡Qué angustia! ¡Estar á la vista de ellos, poder oir su voz, y sin embargo, morir! A los pocos instantes estaban ya lejos de la escollera. Iban rectamente hacia Nazaret, á perecer en el arenal donde tantos barcos estaban enterrados.

Tonet, que parecía amodorrado por los golpes de mar, se reanimó al pasar frente á la escollera. Fué una visión de vida que iluminó su resignada desesperación.

No; él no quería morir, se defendería del mar y de la tempestad mientras pudiese. Entre ahogarse de allí á media hora en el arenal ó despedazarse en la escollera en un intento de salvación, prefería esto. Por algo era el mejor nadador del Cabañal.

Y á gatas, expuesto á ser arrastrado por las olas, llegó hasta una escotilla, destrozada por los golpes de mar, y se hundió en la cala.

_El Retor_ le miraba con desprecio. No estaba arrepentido de su obra. Dios era bueno y le evitaba un crimen. Dentro de unos instantes perecería con el hermano traidor, y en cuanto á la que estaba en tierra, que viviese. ¿Había acaso peor tormento que seguir en el mundo? Ahora conocía él el engaño de la vida. La única verdad era la muerte, que nunca falta ni engaña. Y también era verdad la hipocresía feroz del mar, que calla sumiso, se deja robar por los pescadores, los halaga, haciéndoles creer en su eterna bondad, y después, con un zarpazo hoy y otro mañana, los extermina de generación en generación.

Estas ideas se sucedían en él rápida y desordenadamente, como si la proximidad de la muerte excitase su pensamiento.

Pero al ver que reaparecía Tonet en la ruinosa cubierta, profirió una exclamación de sorpresa, incorporándose sobre las movedizas tablas. Su hermano llevaba en las manos el chaleco salvavidas, el regalo de la _siñá_ Toná, que había quedado olvidado en la cala.

Tonet no se inmutó ante la mirada fulgurante y la voz bronca de su hermano... ¿Que adónde iba? A lanzarse al mar. Había llegado el momento del ¡sálvese quien pueda! Él no quería morir encerrado allí como una rata, quería mejor que le aplastasen las olas sobre la escollera.

_El Retor_ lanzó un terrible juramento. No; su hermano no saldría de la barca: no intentaría salvarse, moriría con él, y aun así no lo pagaba todo.

Lo supremo de la situación hacía reaparecer en Tonet el matoncillo del puerto, el perdido incapaz de respetos, y sonreía feroz y despreciativamente, mirando á su hermano.

En la actitud de los dos hombres había algo que asustaba más que la tempestad.

--_¡Pare!_... _¡Pare!_--repitió el niño con voz débil, agitándose en sus ligaduras.

Entonces recordó _el Retor_ que el muchacho estaba allí; y sombrío, silencioso, soltó el timón. Llevaba en la mano su faca de marinero, y de un solo golpe cortó las ligaduras del muchacho.

--_¡Tú... el chaleco!_--ordenó con voz seca é imperativa á su hermano.

Pero éste le contestó con un ademán indecente, é intentó introducir sus brazos en el armazón de corcho.

¡Canalla! Pascual sentía la necesidad de hablar, de decirlo todo, aunque fuese con pocas y atropelladas palabras. ¿Creía que aun estaba ciego? Lo sabía todo; él era quien en la noche anterior le había perseguido por las calles del Cabañal cuando salió de dormir con la... _púa_ que estaba en tierra. Si no le mataba era porque iban á morir juntos.

Pero aquel chico, el que él llamaba antes su Pascualet, no era culpable y no debía morir. Tal vez se ahogase; sería lo más seguro; pero como á niño inocente, á él le correspondían las probabilidades de salvación. ¡Pronto... el chaleco, Tonet! Era para su hijo, para el fruto del engaño y de la infamia. Aunque era tan canalla, debía acordarse de ser padre. ¡A obedecer, ó lo mataba como un perro!

Pero Tonet sonreía de un modo feroz y le contestaba con cinismo. Tal vez no se engañase Pascualo y el chico fuese su hijo; pero la piel propia era lo primero.

É intentó vestirse el salvavidas, pero no tuvo tiempo. Fuése sobre él su hermano, y en la cubierta resbaladiza, movible, invadida á cada instante por el mar, sonó un pataleo de lucha y Tonet cayó de espaldas.

Su hermano le había hundido dos veces la faca en un costado. Por fin satisfacía la fiebre de destrucción que le animaba desde la noche anterior.

Sin saber casi lo que hacía, enfardó al muchacho en el salvavidas, y como si fuera un saco de lastre, lo arrojó por encima de la popa, viendo cómo flotaba y desaparecía tras la cresta de una ola.

Ahora á morir como todos los de la familia; á ser recogido en la playa como un salivazo de las olas, como recogieron á su padre.

Todo había pasado á bordo de la barca con gran rapidez.

La muchedumbre que estaba en la punta de la escollera, veía la _Flor de Mayo_ saltando como un ataúd sobre las olas, sin dirección, cual un juguete de la tempestad.

Los truenos sonaban cada vez más lejanos: cesaba la lluvia, pero el vendaval seguía soplando furioso y el oleaje era cada vez más fuerte.

Los hombres de mar nada vieron de la lucha ocurrida en la barca; el drama quedó ignorado. Pero distinguieron cómo _el Retor_ arrojaba por la popa un gran fardo que, flotando sobre las revueltas aguas, iba aproximándose á la escollera para estrellarse sobre las rocas.

Poco después sonó el último grito de angustia. _Flor de Mayo_ era cogida de costado por una ola enorme y rodaba por algunos instantes con la quilla al aire, desapareciendo por fin.

Las mujeres santiguábanse, mientras que otras rodeaban á Dolores y Tona, sujetándolas para que no se arrojasen al mar.

Todos adivinaban qué era el objeto que flotaba hacia las rocas. Era el chico; los marineros le distinguían envuelto en el salvavidas.

Iba á matarse contra los peñascos. La madre y la abuela daban alaridos pidiendo socorro sin saber á quién. ¿No habría una buena alma que salvase al muchacho?

Un mocetón de buena voluntad, con la cintura amarrada por un calabrote que sostenían sus compañeros, se lanzó violentamente en las rocas bajas, en los escollos submarinos, donde se sostuvo entre las bullentes aguas á costa de fuerza y destreza.

Varias veces chocó el inanimado cuerpecillo con las salientes piedras, arrebatándolo de nuevo el mar entre alaridos de horror, pero por fin el marinero pudo alcanzarlo cuando iba á golpear de nuevo con su débil cuerpecillo el murallón gigantesco.

¡Pobre Pascualet! Tendido sobre la fangosa plataforma de la escollera, su cara ensangrentada, sus miembros amoratados, fríos y desgarrados por las aristas del rodeno, asomaban por entre el voluminoso salvavidas como las extremidades de una tortuga.

La abuela intentaba reanimar entre sus manos aquella cabecita cuyos ojos se habían cerrado para siempre, y Dolores, arrodillada junto á él, se arañaba el rostro, se mesaba la suelta y hermosa cabellera, mirando fieramente á todas partes con sus ojos dorados.

Un lamento de dolor cruzaba incesantemente el espacio.

--_¡Fill meu!_... _¡fill meu!_...

Las mujeres lloraban: Rosario, la esposa despreciada y estéril, conmovíase ante la locura de la maternidad herida y con honda conmiseración perdonaba á su rival.

Y en lo alto, dominándolos á todos, estaba la _tía Picores_, erguida y soberbia como la venganza, indiferente á todos los dolores, con las faldas ondeantes como una bandera que azotaba sus piernas.

Ya no enseñaba el puño al mar. Volvíale la espalda con marcado desprecio, pero amenazaba á alguien que estaba tierra adentro, al Miguelete, que á lo lejos alzaba su robusta mole sobre la masa de tejados de la ciudad.

Allá estaba el enemigo, el verdadero autor de la catástrofe. Y el puño de la bruja del mar, hinchado y enorme, amenazaba siempre á la ciudad, mientras su boca vomitaba injurias.

¡Que viniesen allí todas las zorras que regateaban en la Pescadería! ¿Aun les parecía caro el pescado?... ¡Á duro debía costar la libra!

FIN

Valencia, 1895

CUENTOS VALENCIANOS

¡Cosas de hombres!...

Cuando Visentico, el hijo de la _siñá_ Serafina, volvió de Cuba, la calle de Borrull púsose en conmoción.

En torno de su petaca, siempre repleta de picadura de la Habana, agrupábase la chavalería del barrio, ansiosa de liar pitillos y escuchar estupendas historias con credulidad asombrosa.

--En Matanzas tuve yo una mulatita que quería nos casáramos lueguito... lueguito. Tenía millones, pero yo no quise porque me tira mucho esta _tierresita_.

Y esto era mentira. Seis años había permanecido fuera de Valencia, y decía tener olvidado el valenciano, á pesar de lo mucho que le _tiraba la tierresita_. Había salido de allí con lengua, y volvía con un merengue derretido, á través del cual las palabras tomaban el tono empalagoso de una flauta melancólica.

Por su lenguaje y las mentiras de grandiosidad con que asombraba á la crédula chavalería, Visentico era el soberano de la calle, el motivo de conversación de todo el barrio. Su casaquilla de hilo rayado con vivos rojos, el bonete de cuartel, el pañuelo de seda al cuello, la banda dorada al pecho con el canuto de la licencia, la tez descolorida, el bigotillo picudo y la media romana de corista italiano, habíanse metido en el corazón de todas las chavalas y lo hacían latir con un estrépito sólo comparable al _fru-fru_ de sus faldas de percal almidonadas en los bajos hasta ser puro cartón.

La _siñá_ Serafina estaba orgullosa de aquel hijo que la llamaba _mamá_. Ella era la encargada de hacer saber á las vecinas las onzas de oro que Visentico había traído de allá, y al número que marcaba, ya bastante exagerado, la gente añadía ceros sin remordimiento. Además se hablaba con respeto supersticioso de cierto papelote que el licenciado guardaba, y en el cual el Estado se comprometía á dar tanto y cuanto... cuando mudase de fortuna.

No era extraño, pues, que un hombre de tantas prendas, rodeado del ambiente de la popularidad y poseedor de irresistibles seducciones, trajese loca á Pepeta (a) _la buena mosa_, una vaca brava que por las mañanas revendía fruta en el Mercado y con su falda acorazada, pañuelo de pita, patillas en las sienes y puntas de bandolina en la frente, pasaba la vida á la puerta de su casa, tan dispuesta á arañarse con la primera vecina, como á conmover toda la calle con alguno de sus escándalos de muchachota cerril.

La gente consideraba naturales y justas las relaciones cada vez más íntimas entre Visentico y Pepeta. Eran la pareja más distinguida del barrio, y además, antes de que él se fuese á Cuba, ya se susurraba si había algo entre ellos.

Lo que ya no le parecía tan claro á la gente es lo que diría el _Menut_, un chicuelo enteco y vicioso, empleado en el Matadero para repartir la carne, un pillete con la mirada atravesada y grandes tufos en las orejas, que siempre iba hecho un asco, y de quien se murmuraba si en distintas ocasiones había afanado borregos enteros.

La Pepeta estaba loca; sólo una caprichosa como ella podía haber aguantado dos años los celos machacones y las exigencias tiránicas de un granuja rabiosillo, al que ella con su potente brazo de buena moza era capaz de deshacer la cara de un solo revés.

Y ahora iba á ocurrir algo. ¡Vaya si ocurriría! Adivinábanlo los vecinos sólo con ver al _Menut_, quien con aspecto de perro abandonado pasaba el día vagando por la calle, tan pronto en el cafetín de _Panchabruta_, como frente á la casa de Pepeta, siempre sucio, con la camiseta listada de azul y la blusa al cuello impregnadas de la hediondez de la sangre seca.

Ya no repartía carneros á los cortantes de la ciudad; olvidaba su carrito mugriento, y embrutecido por la sorpresa, queriendo llenar aquel algo que le faltaba, sólo sabía beberse _águilas_ en el cafetín, ó ir tras Pepeta, humilde, cobarde, encogido, expresándose con la mirada más que con la lengua.

Pero ella estaba ya despierta. ¿Dónde había tenido los ojos?... Ahora le parecía imposible que hubiese querido á aquel bruto, sucio y borrachín. ¡Qué abismo entre él y Visentico!... una figura de general, un chico muy gracioso en el habla, que cantaba guajiras y bailaba el tango como un ángel, y que, en fin, si no tenía millones y una mulata, ya se sabía que era por lo mucho que le _tiraba la tierresita_.

Indignábase al ver que aquel granujilla forrado en la mugre de la carne muerta aun tenía la pretensión de que continuase lo que sólo había sido un capricho... una condescendencia compasiva... ¡arre allá! Cuando no manifestase su cariño con zarpadas y aprendiese á decirla: ¡flor de guayaba! y ¡mulatita! como el otro, entonces podría ponerse en su presencia.

La buena moza fué inflexible, acabó por no escuchar, y desde entonces la calle de Borrull tuvo un alma en pena, que fué el _Menut_.

En las noches de verano, cuando el calor arrojaba á las familias en medio de la calle y se formaban corros en torno de las cenas servidas sobre mesitas de zapatero, la gente veía pasar al celoso chiquillo recatándose en la sombra, misterioso y fatídico como un traidor de melodrama.

La aparición terrorífica pasaba varias veces ante la puerta de Pepeta, lanzando miradas espeluznantes al coro que hacía la corte á la buena moza, y después desvanecíase por un escotillón, el cafetín donde el _Menut_, cual nuevo Prometeo, entregaba sus entrañas á las rampantes garras de las águilas amílicas.

¡Qué noches aquellas! Los nuevos amores de Pepeta tenían la acera por escenario y por coro aquel corrillo donde sonaba el acordeón y ella recibía honores de reina festejada. Á su lado, la madre, una vieja insignificante que no abría la boca sin recibir un bufido de Pepeta.

La calle, tostada todo el día por el sol, revivía con los primeros soplos de la noche.

Los lóbregos faroles, cuyos palmitos de gas parecían pintados en la pared con almazarrón, dejábanlo todo en fresca penumbra; en las puertas destacábanse las manchas blancas de la gente casi en paños menores; chorreaban rítmicamente los balcones con el riego de las plantas; en cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo obscuro que parecía un lienzo apolillado transparentando lejana luz, descendía un soplo húmedo que reanimaba á la tierra, arrancándola suspiros de vida.

En todas las puertas sonaban el acordeón con su chillona melancolía, la guitarra con su rasgueo soñador, el canto á coro desentonado y estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de aullidos, el estrépito de la lucha cuerpo á cuerpo, y los antipáticos perros chatos chocaban sus amenazantes cabezas de foca, hasta que el silletazo de algún vecino de buena voluntad los ponía en dispersión.

Despedazábanse en los corros enormes sandías; hundíanse las bocas en tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el rojo zumo; extendíanse los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse, y al fin la gente, con el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce beatitud, escuchando, como angélicas melodías, los arañazos de los acordeones.

Y á esta hora de digestión líquida, al cantar el sereno las once y estar los corrillos más animados, era cuando á lo lejos la difusa luz de los faroles marcaba algo que se aproximaba balanceándose, trazando _zigzags_ como una barca sin timón, echando la pesada ancla en cada esquina.

Era el padre de Pepeta que con la gorra desmayada y el pañuelo de hierbas en una mano, volvía de la taberna. Saludaba á la reunión con tres gruñidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hundía por fin en la obscuridad de su casa, maldiciendo á los avaros caseros que, para fastidiar á los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.

En aquellas horas de regocijo público, en medio de la calle, acariciados por la expansión de todos los vecinos, se arrullaban el licenciado y Pepeta; él, dulzón y empalagoso, hablándole al oído; ella, grave, estirada y seria, apretando los labios como si estuviera ofendida, porque una chavala que se respete debe poner siempre al novio cara de perro. Los hombres son muy presuntuosos, y si llegan á comprender que una está chiflada por ellos... ya, ya.

Y mientras tanto la pobre alma en pena á la puerta del cafetín, con la garganta abrasada por el amílico y el corazón en un puño, oyendo de cerca las bromitas de sus amigachos y á lo lejos las canciones del corro de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotonía abrumadora.

¡Pero qué cargantes eran los amigos del cafetín! ¿Que Pepeta no le quería ya? Bueno; dale expresiones... ¿Que él era un chiquillo y le faltaba esto y lo de más allá? Conforme; pero aun no había muerto y tiempo le quedaba para hacer algo. Por de pronto á Pepeta y al _Cubano_ se los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una _carasera_ y él un mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les arreglaría las cuentas... Á ver, tío _Panchabruta:_ otra águila de petróleo refinado. De aquel que está en el rincón, en el temible tonel que ha enviado al cementerio tres generaciones de borrachos.

Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada cortina de la puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del cafetín, cargado del calor del gas y los vahos alcohólicos.

Ahora cantaban á coro en casa de Pepeta:

Vente conmigo y no temas estos parajes dejar...

Adivinaba la voz de ella, rígida y fría como siempre, y la otra aguda y mimosa, la del _Cubano_, que decía: _Vente conmigo_, con una intención que al Menut parecía arañarle en el pecho. Conque _vente conmigo_, ¿eh?... ¡Cristo! Aquella noche iba á arder todo en la calle de Borrull.

Y se lanzó fuera del cafetín, sin llamar la atención de los bebedores, acostumbrados á tan nerviosas salidas.

Ya no era el alma en pena; iba rectamente á su sitio, á aquel corro maldito que tantas noches había sido su tormento.

--_Tú, Cubano, escolta_.