Part 13
_¡Recontracordons!_... ¡Cobarde él! ¡Un hombre que había ido en falucho á la Habana y naufragado dos veces! _¡Redeu!_ (y que le perdonase el pecado el Santo Cristo del Grao); si tuviera veinte años menos, por aquella palabra ya hubiera sacado la faca, tirándole las tripas al suelo. ¡Á la mar! Que todo se lo llevase el demonio! Bien lo decía el refrán: _Donde hay patrón no manda marinero_.
Y mascullando su indignación, ayudó á colocar las últimas viguetas, cuando la proa de _Flor de Mayo_ tocaba ya el agua.
Otra pareja de bueyes arrastraba al mismo tiempo la barca vieja que _el Retor_ tenía alquilada para formar pareja con la suya.
Al poco rato ambas embarcaciones balanceábanse sobre las rompientes de la playa é izaban su gran vela latina, tomando viento con rapidez.
Los patrones agrupábanse en la playa perplejos y agitados, mirando con codicia las dos barcas que se alejaban y haciendo indignados comentarios.
Aquel _lanudo_ se había vuelto loco. El muy ladrón iba á hacer su negocio, y ellos, por cobardes, se quedarían con las manos en los bolsillos.
Esta suposición les irritaba, como si _el Retor_ fuese á apoderarse de toda la pesca que había en el mar. Los más codiciosos y audaces se decidieron. ¡Ea! ellos eran tan hombres como el que más y podían ir donde fuese otro. ¡Barcas al agua!
La resolución fué contagiosa, y los boyeros no sabían dónde acudir, pues todos querían ser los primeros, como si se hubiera generalizado la locura del _Retor_. Parecía que todos temiesen ver agotada la pesca de un momento á otro.
Las mujeres en la playa gritaban de miedo al ver á sus hombres lanzarse en tal aventura, y proferían maldiciones contra _el Retor_, un _lanudo_ que quería perder á toda la gente honrada del Cabañal.
La _siñá_ Tona, en ropas menores, con la escasa cabellera gris flotando sobre el cráneo, acababa de llegar á la orilla. Estando en la cama le habían dicho la locura de su hijo y corría á evitarla. Pero las dos barcas ya estaban muy lejos.
--_¡Pascualet!_--gritaba la pobre mujer formando bocina con las manos--. _¡Fill meu!_... _Torna_... _torna_.
Y al conocer que no podían oirla, tirábase de los escasos pelos y prorrumpía en gemidos y aclamaciones.
María Santísima: su hijo iba á morir. Se lo decía el corazón. ¡Ay, reina y soberana! Todos morirían; sus dos hijos, su nieto: parecía que una maldición pesase sobre la familia. La mar cochina se los tragaría á todos, como ya había devorado á su pobre Pascual.
Y mientras la pobre mujer gritaba como una loca y las demás le hacían coro, los marineros, ceñudos y sombríos, empujados por el egoísmo de la existencia, por la conquista del pan, que hace afrontar los mayores peligros, entraban en el agua hasta la cintura y montaban en sus barcas, tendiendo las grandes velas.
Y poco después, un enjambre de manchas blancas marcábase en la bruma de aquel amanecer tempestuoso, corriendo desbocadas mar adentro, como si las atrajera el imán de la fatalidad.
X
Á las nueve navegaba la _Flor de Mayo_ á la vista de Sagunto, en el espacio libre que el _tío Batiste_--con su afición á guiarse más por el fondo del mar que por los accidentes de la costa--marcaba entre la _Roca del Puig_ y el _Algar de Murviedro_.
Ninguna pareja se había atrevido á ir tan lejos.
Por la parte de Valencia, y prolongándose hacia Cullera, marcábanse como puntos blancos las otras barcas emparejadas.
El cielo estaba gris; la mar era de un morado tan intenso, que en la lustrosa curva formada entre dos olas, tomaba el color del ébano. Ráfagas largas y frías agitaban las velas, causando ruidosos estremecimientos.
La _Flor de Mayo_ y la otra barca de la pareja avanzaban con las velas desplegadas, arrastrando la red del _bòu_, que cada vez se hacía más pesada y tirante.
_El Retor_ iba en su sitio de popa, empuñando la caña del timón. Apenas si miraba el mar: el instinto era quien movía su mano para enderezar la marcha de la barca.
Sus ojos estaban fijos en Tonet, el cual desde que salieron parecía huir de él. Cuando no miraba á su hermano, contemplaba á Pascualet, erguido al pie del mástil, como si con su desmedrada figurilla quisiera desafiar á aquel mar que en su segundo viaje comenzaba á mostrarse alborotado.
La barca daba algunos tumbos al saltar las olas, cada vez más violentas, pero los tripulantes eran gente avezada al mar y andaban sobre la movediza cubierta con gran seguridad, expuestos á cada paso á caer al agua.
_El Retor_ no apartaba la vista de su hermano y su hijo, y sus ojos iban con expresión interrogante de uno á otro, como si mentalmente hiciese una minuciosa comparación.
Su calma era de las que inspiran pavor. Estaba pálido, á pesar de lo bronceado de la tez; sus ojos tenían el enrojecimiento de la vigilia, y apretaba los labios como si temiera que se escapasen las palabrotas de ira que afluían á su lengua y que mascullaba sordamente.
No le había engañado Rosario. ¿Dónde tenía antes los ojos, que no había visto la asombrosa semejanza? ¡Cómo se habría reído de él la gente! Su deshonra estaba visible; era la misma cara, el mismo gesto. Pascualet le recordaba al otro chicuelo delgado y nervioso, al que él sirvió de niñera en la playa. Era el hijo de Tonet, no podía negarlo.
Y el patrón, conforme se convencía de su deshonra, arañábase el pecho y lanzaba miradas de odio al mar, á su barca y á los marineros, que á hurtadillas le examinaban con inquietud, creyendo que aquella ira se la causaba el mal tiempo.
¿Para qué quería ya trabajar? No mantendría más á la perra que por tanto tiempo le había puesto en ridículo: ¡adiós ilusiones de crear un porvenir á Pascualet, de hacerle el pescador más rico del Cabañal! ¿Era acaso suyo para interesarse tanto por su suerte? Nada deseaba ya en el mundo; morir y que pereciera con él toda su obra.
Odiaba ahora á su _Flor de Mayo_, la hija de madera, á la que hablaba como si fuese un ser animado; deseaba su extinción, su inmediata pérdida, como si le avergonzase el recuerdo de las dulces ilusiones que acariciaba cuando estaba ocupado en su construcción. Si el mar hubiera obedecido á sus deseos, cualquiera de aquellas olas, en vez de levantar á la barca rudamente sobre su espumeante cima, se hubiera abierto para tragarla.
La red era cada vez más pesada, y las barcas, arrastrando la enorme pesca, cabeceaban sobre las olas con dificultad.
De la barca vieja que formaba pareja con _Flor de Mayo_, preguntaban si era llegado el momento de _chorrar_.
_El Retor_ sonrió con amargura. Bueno, que _chorrasen_; lo mismo le importaba ahora que después. La tripulación de _Flor de Mayo_ agarró el cabo de la red que arrastraba la _pareja_ y comenzó á tirar con gran esfuerzo.
Tonet y los marineros, á pesar de lo ruda que era la faena y del mal tiempo, mostrábanse alegres. ¡Vaya una pesca! Á quintales iba á salir el pescado.
El _tío Batiste_, tendido en la proa y mojado por los espumarajos de las olas, miraba al horizonte por la parte de Levante, donde el celaje plomizo parecía condensarse, formando una masa de negruzco vapor.
Llamaba á Pascual para que prestase atención; pero _el Retor_ tenía fijos sus ojos en el grupo de tripulantes que tiraban de la red. Por una casualidad, Tonet y su sobrino estaban juntos, y la semejanza de sus rostros resaltaba aun más ante la mirada del patrón.
--_Pascualo_... _Pascualo_--gritó el viejo pescador con voz algo temblorosa--. _Ya está ahí_.
¿Quién?... ¡Quién había de ser! La tempestad, la tormenta que desde el amanecer estaba esperando el _tío Batiste_.
La masa de sombras que se aproximaba agrandándose por momentos, se abrió con la luz cárdena de un relámpago; después sonó el trueno, como si todo el cielo fuese una inmensa pieza de tela que se rasgaba con estrépito.
Sólo faltaba lo otro, el terrible Levante, que barre impetuosamente con hálito de muerte todo el golfo de Valencia; y el Levante llegó.
La _Flor de Mayo_ tendióse de costado sobre el agua, como si una mano poderosa, agarrando su quilla, pugnase por voltearla. El agua invadió la cubierta, y la gigantesca vela se extendió como una sábana sobre las olas, aleteando, volviendo á caer como un pájaro moribundo.
Esta caída de lado, que iba á hacerles zozobrar, fué obra de un instante: el primer impulso del vendaval que, pillando de lleno la tendida vela, la aplastó sobre el agua, tumbando á la barca.
El _tío Batiste_ y _el Retor_, arrastrándose por la cubierta, llegaron hasta el mástil, y deshaciendo el nudo de las jarcias, arriaron la vela.
Esta maniobra salvó á la barca que, libre de la presión de la vela, se enderezó con un golpe de mar.
La _Flor de Mayo_, con el timón abandonado, giraba como una peonza en las aguas bullentes, que se hinchaban con lívidas y arrolladoras tumefacciones.
_El Retor_ corrió á popa á agarrar la caña. La barca se movía con dificultad. Arrastraba la pesadísima red que momentos antes había contribuído á su salvación, sirviendo de contrapeso á la vela combatida por el huracán.
El patrón vió á la otra barca de la _pareja_ sin aparejo, con el mástil roto, alejarse, presentando la popa.
Los tripulantes habían cortado la red para no zozobrar con su peso y huían hacia Valencia, perseguidos por el furioso Levante, que levantaba enormes olas, rectas como muros, arrolladoras y voraces y que de pronto se combaban y caían con ensordecedor estrépito, sólo comparable al de los truenos que rasgaban continuamente el espacio.
Era preciso imitar el ejemplo, librarse del peso que entorpecía la maniobra y poner la proa hacia Valencia.
La cuerda de la red fué cortada, desapareció arrastrado por las olas el peso que parecía apresar á la barca, y la _Flor de Mayo_ obedeció con más facilidad el timón.
_El Retor_ ostentaba la serenidad sublime de las grandes ocasiones. ¡Oído todo el mundo! Atención á lo que él mandase y á obedecer con prontitud.
La vela estaba caída sobre cubierta; la verga podía tocarse con las manos, y á pesar de la poca lona puesta al viento, la barca corría con vertiginosa rapidez, pasando el agua sobre la cubierta, mientras el mástil crujía lastimeramente.
Era llegado el momento de virar; el instante supremo: si les cogía de lado uno de aquellos _còlls_ de mar rectos, que se desplomaban como murallas viejas, podían dar el adiós á la vida.
El patrón, puesto de pie valientemente, sin soltar el timón, examinaba todas las tumefacciones gigantescas que avanzaban veloces. Buscaba en la cordillera movible un espacio llano, un momento de calma que le permitiera virar sin riesgo de que la barca fuese pillada de costado.
¡Ahora! Y la _Flor de Mayo_ giró rápidamente, cambió el rumbo entre dos montañas de agua, pero tan oportunamente que, apenas terminada la maniobra, un golpe de mar casi recto la entró por la popa, la puso vertical, con la proa hundida en la espuma hirviente, la elevó hasta su cima y la arrojó por la espalda, dejándola balanceante y trémula en un espacio relativamente tranquilo.
Los tripulantes, conmovidos aún por el zarandeo colosal, seguían absortos la marcha veloz y arrolladora de aquella muralla verdosa.
Viéronla inclinarse, formando como una bóveda sombría esmeralda sobre la otra barca, que huía desmantelada; se desplomó estallando como una mina, con hervor de espumas y nubes de agua que subían en columna. Cuando la ola deshecha y anonadada desapareció para dejar espacio libre á otras tan arrolladoras y ruidosas, los de la _Flor de Mayo_ sólo vieron en los bullentes estremecimientos asomar un pedazo de palo y el lomo cóncavo de un tonel.
--_Requiescat in pace_--murmuró el _tío Batiste_ santiguándose y hundiendo su barba en el pecho.
Tonet y los otros dos mocetones que se burlaban del viejo estaban pálidos, sombríos, é instintivamente contestaron: _Amén_.
--_¡Pare! ¡pare!_...--gritaba con terror Pascualet, mirando al patrón y señalando la proa de la barca.
Momentos antes de virar estaba allí el compañero de Pascualet, el otro _gato_ de la barca. La ola monstruosa se lo había llevado sin que lo notaran los tripulantes.
En la _Flor de Mayo_ dominaba el terror y el asombro de los primeros momentos de peligro.
El trance era supremo. Los truenos se sucedían sin interrupción; rasgábase el plomizo horizonte por todas partes en el zigzag de los rayos, culebras de fuego que se sumían en las aguas para apagar sus entrañas incandescentes; sobre el estrépito de las olas retumbaban los truenos; unos secos, espeluznantes, como descargas de artillería, que el eco repetía hasta lo infinito; otros prolongados, silbantes, como una rasgadura interminable; y cruzaba el espacio un furioso aguacero, como si quisiera desbordar el mar furioso, dándole nueva fuerza.
_El Retor_ se sobrepuso pronto al terror de los suyos.
¿Qué era aquello, _recordons?_ ¿Pescadores del Cabañal y temblaban? Parecía que se hubieran embarcado por primera vez. ¿Acaso no conocían las bromas del Levante? Aquello pasaría; y si no pasaba, ¿qué remediaban con el miedo? Los valientes deben morir en el mar. Ya sabían el dicho: «más valía ser comido de _carranchs_ que no que les cantasen _els capellans_». ¡Ánimo, _recristo!_ Á atarse todo el mundo, que por el momento nada necesitaba la barca, y lo importante era librarse de los golpes de mar.
El _tío Batiste_ y los dos marineros se amarraron al mástil por la cintura; Tonet ató sólidamente á su sobrino á una argolla de popa, y él, viendo que su hermano por un alarde de serenidad seguía sentado junto al timón con el cuerpo libre, le imitó, agazapándose tras la borda, agarrando con sus manos crispadas los salientes de la barca.
Reinaba un silencio fúnebre á bordo de _Flor de Mayo_. La furiosa marejada agitaba los algares del fondo; la espuma era amarillenta, sucia, biliosa, y los pobres marineros, calados por la lluvia y por las olas, sufrían los latigazos del mar, los golpes de agua y algas que les cortaban cruelmente la dura epidermis.
Cuando la ola los elevaba á prodigiosa altura y la barca quedaba con la quilla al aire como si fuese á emprender prodigioso vuelo, veía _el Retor_ á lo lejos, perdidas en la bruma del horizonte, las otras barcas del Cabañal navegando casi á palo seco, empujadas por el temporal hacia el puerto, cuya entrada era un peligro aun mayor que permanecer en el mar corriendo la borrasca.
El marido de Dolores sentía hondo remordimiento. Parecíale que despertaba después de penoso sueño: la noche pasada en las calles del Cabañal, la borrachera de la playa y el imprudente embarque, recordábalos ahora como vagas pesadillas.
¡Loco! ¡miserable! Se avergonzaba de sí mismo. Era más criminal que los que le habían hecho traición. Si estaba cansado de la vida, podía haberse atado una piedra al cuello y arrojarse al mar de cabeza en la escollera de Levante. ¿Pero con qué derecho su locura había llevado á la muerte á tanto padre honrado? ¿Qué dirían de él en el Cabañal, viendo que por su culpa medio pueblo se había arrojado en medio de la tempestad?
Recordaba á los tripulantes de la vieja barca de su _pareja_ que habían sido tragados por el mar casi á su vista; pensaba en las muchas embarcaciones que seguramente habrían perecido á aquellas horas y miraba avergonzado á sus compañeros de tripulación, amarrados, azotados por las olas y lanzados en el peligro por obedecerle.
Á su hermano y su hijo no quería mirarles: nada se perdía con que pereciesen; aun renacía en él la ferocidad de la venganza; pero ¿y los otros? ¿y los dos marineros que tenían sus madres, viejas pescaderas á las que mantenían? ¿y aquel _tío Batiste_, el amigo de su padre, salvado milagrosamente de tantos peligros?
No; él no tenía ningún derecho para arrastrarles á la muerte: era un criminal. Y al ver al viejo marino y sus dos jóvenes compañeros casi tendidos sobre la chorreante cubierta, amarrados con tanta fuerza que las ligaduras les penetraban en las carnes y aturdidos por los golpes de mar que caían sobre ellos como triturante martillo, se olvidaba de que él también estaba en peligro; apenas si se fijaba en las olas que le envolvían sin conmover su corpachón, que parecía incrustado en la popa, y sentía dentro del pecho una pena semejante á la de la noche anterior.
Era preciso vivir, salvarse. Cuando estuviera en tierra ya arreglaría sus asuntos de familia ó se mataría; ahora lo interesante era llegar al puerto con toda su tripulación. Bastante le pesaban sobre la conciencia el pobre grumetillo que desapareció al virar y los que tripulaban la otra barca de la pareja.
Y _el Retor_ ponía toda su atención en el gobierno de la _Flor de Mayo_. El presente no le inquietaba. La barca era fuerte y el temporal se presentaba por la popa; pero pensaba con terror en la entrada del puerto, aquella lucha suprema donde tantos perecían.
Á lo lejos, esfumada en el ambiente denso de la lluvia y las nubes que levantaba el oleaje, marcábase la escollera como el lomo de una ballena encallada por el temporal. ¡Ah! ¡Si él consiguiera doblarla!...
Y cuando la barca, después de quedar hundida en el agua, surgía remontándose á la cumbre de una ola, el patrón miraba ansiosamente la aglomeración de rocas que asaltaba el mar, y en cuya cima bullían innumerables puntos negros, gente, sin duda, que presenciaba con angustia el terrible combate de la tempestad con los hombres.
_El Retor_ temblaba al pensar en la próxima lucha. No se veía ninguna barca. Muchas estarían ya en el puerto: las demás se habrían perdido.
En su inquietud, sentía la necesidad de fortalecerse, y habló al _tío Batiste_.
Él que tan bien conocía el golfo, ¿qué opinaba de aquello?
El viejo, como si despertase, movía tristemente la cabeza, y en su cara de chivo viejo marcábase un gesto de valiente resignación que le embellecía. Todo tendría fin dentro de una hora; hombres y barca. La entrada en el puerto era imposible. Lo aseguraba él, que en toda su larga vida no había visto otro Levante tan furioso.
Pero _el Retor_ se sentía con ánimo para todo. Si no podían entrar en el puerto seguirían á lo largo corriendo el temporal.
El _tío Batiste_ movía su cabeza con la misma expresión triste. Tampoco podía ser. El temporal duraría dos días por lo menos, y si la barca resistía el mar, no por esto iba á librarse de encallar en Cullera, ó de ir, cuanto más, á hacerse trizas en el cabo de San Antonio. Más valía intentar la entrada en el puerto. Para morir de todos modos, era mejor allí, á la vista de sus casas, en el mismo lugar donde habían perecido muchos de sus antecesores, cerca del milagroso Cristo del Grao.
Y el _tío Batiste_, revolviéndose en sus ligaduras, hurgábase el pecho para sacar por entre la camisa un crucifijo de bronce oxidado por el sudor, y que besaba con devoción.
Esto reanimaba á los demás. ¡Cristo! Bueno estaba el tiempo para beaterías. Tonet se burlaba con risa fúnebre, y los otros dos marineros increpaban al viejo con las más terribles maldiciones, como si el peligro, en vez de aterrarles, aumentara su desesperación, que se traducía en impiedades.
_El Retor_ levantaba los hombros con indiferencia. Él era buen creyente; el cura del Cabañal podía atestiguarlo, pero estaba seguro de que allí no había más Cristo milagroso que él, si la barca le obedecía y á la entrada del puerto daba con oportunidad un golpe de timón.
Bien se adivinaba en la _Flor de Mayo_ la proximidad de la escollera. El mar presentábase cada vez más agitado; ya no eran las olas únicamente de popa, sino que retrocediendo el mar al encontrarse con el obstáculo de piedra, acometía á la barca por la proa, formando las aguas espantosos remolinos. Eran dos mangas las que había de sufrir: la del temporal y la del gigantesco escollo formado por los hombres.
La _Flor de Mayo_, crujiendo dolorosamente á pesar de su sólida construcción, apenas si obedecía al timonel é iba como una pelota lanzada de ola en ola, tan pronto impulsada hacia adelante por el vendaval, como retrocediendo casi sumergida por un golpe de mar.
Las escotillas estaban bien cerradas, y por esto la barca, después de pasar sobre ella las montañas de agua, volvía á reaparecer flotando valientemente.
El patrón se convencía de lo desesperado de la situación. Estaban cogidos por la horrible marejada de la escollera. Seguir adelante corriendo el temporal, era ya imposible; había que meterse en el puerto ó perecer en la entrada.
Distinguía ahora claramente la muchedumbre que pululaba sobre la escollera, alcanzada muchas veces por el oleaje; llegaba á la barca su griterío de terror.
_¡Recristo!_ Era muy triste morir á la vista de los amigos, oyendo casi sus voces y sin poder recibir auxilio. ¡Perra mar!... ¡Chochino Levante! Y _el Retor_, enfurecido, insultaba á las olas, y en su desesperación las escupía, mientras la barca tan pronto se encabritaba hasta ponerse derecha, como se arrojaba proa abajo en los hirvientes remolinos. Causaba vértigos el zarandeo interminable, y el mástil lo mismo se inclinaba á babor metiendo la verga en el agua, como caía sobre el costado opuesto, desapareciendo en las olas la mitad de la cubierta.
¡Allá va! ya empezaban los golpes de muerte. Y una ola lívida, traidora, sin espuma y sin ruido, cayó sobre la popa, cubriendo toda la barca, barriéndola con una manotada feroz.
El patrón recibió el golpe en la espalda y se dobló hasta juntar la cabeza con los pies, pero sin soltar el timón ni moverse de aquellas tablas, en las que parecía incrustado. Sintióse sumergido por algunos instantes, oyó un chasquido enorme, como si la barca se despedazase, y al surgir del agua sintió el roce de un objeto que, empujado por las olas, iba de una parte á otra como un proyectil.
Era la pipa del agua. El furioso golpe de mar había roto sus amarras y rodaba sobre la cubierta con velocidad arrolladora, aplastándolo todo á su paso.
Dió un golpe á Pascualet en el rostro, ensangrentándole, y después, como un enorme martillo, cayó sobre la base del mástil, donde estaban amarrados el _tío Batiste_ y los dos marineros.
Aquello fué tan rápido como espantoso. Sonó un grito horrible. _El Retor_, á pesar de su ánimo, se cubrió los ojos con sus manazas.
El barril, como poderosa catapulta, había caído de lleno sobre uno de los marineros, el más joven, aplastándole la cabeza; después de su crimen, la barrica, manchada de sangre, saltó fuera de la barca como criminal que huye, hundiéndose en la espuma.
La cabeza aplastada era una repugnante masa sanguinolenta, de la cual arrancaba el oleaje nuevas piltrafas. El viejo pescador y el otro marinero tenían que permanecer amarrados en contacto con el mutilado cadáver, sintiendo en sus rostros, con los rudos vaivenes de la barca, las rozaduras del muñón espantoso que les rociaba de sangre.
El _tío Batiste_ clamaba con desesperación. ¡Señor! que acabase pronto aquel tormento nunca visto. ¿Cuándo se había hecho sufrir á hombres honrados una prueba semejante?
Su voz débil y cascada sonaba con esfuerzos de desesperación sobre el pavoroso mugido del viento y la tempestad. Llamaba al _Retor_ rogándole que abandonase el timón y no se esforzara en luchar contra lo imposible. Su última hora había llegado, y antes de prolongar tales angustias, era preferible dejar que la barca se fuera sobre las rocas, haciéndose mil pedazos.
Pero _el Retor_ no le escuchaba. El chasquido que oyó á continuación del golpe de mar, le preocupaba, y adivinando el peligro, no apartaba la vista del mástil, que á pesar de su robustez se cimbreaba de un modo alarmante.
En el tope agitábase el ramillete del bautizo, manojo de hierbajos y flores secas que el huracán iba arrebatando como señal de muerte.
Ni siquiera oía á Pascualet que, con el rostro desfigurado por una mascarilla de sangre y aterrado al presentir la catástrofe, gritaba con voz que parecía un balido:
--_¡Pare!_... _¡Pare!_
¡Ah! su padre poco podía hacer. Evitar como podía los furiosos golpes, meter la barca muchas veces entre dos olas y librarla de que fuese pillada de costado. Pero doblar la escollera, resultaba imposible.