Filosofía Americana: Ensayos

Part 3

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A este respecto dice Fouillée: «ser verdaderamente determinado por _sí mismo_, es pues, ante todo, ser determinado por su carácter adquirido, no innato. Además, es preciso que hasta cierto punto seamos _independientes aun del carácter adquirido_, que no seamos por ningún motivo esclavos de nosotros mismos, ni de la forma que la naturaleza nos ha dado ni de la que nosotros nos hemos dado _hasta el presente_.»

Cuando somos verdaderamente _libres_ somos más bien determinados por nuestro carácter _virtual e ideal_. La libertad tiene los ojos vueltos hacia el porvenir, hacia lo posible, hacia lo que nos representamos como contingente en el sentido de que no concebimos que pueda salir de la ambigüedad en que se encuentra sin nuestro esfuerzo personal. Esta reacción complicada de uno sobre sí mismo, en la plena luz de la reflexión, por medio de la idea, es la que constituye la libertad moral. Se la ha definido siempre como «ser determinado por sí mismo y determinarse a sí mismo.» (_Morale des idées forces_, p. 279).

¿Significa esta libertad virtual de que trata Fouillée otra cosa que la posibilidad de concebir nuevos fines para la acción, que reemplazar las ideas directrices de edades anteriores por ideas que son novadoras respecto de aquéllas? ¿Y qué quiere decir esa reacción complicada que ha de efectuarse en la _plena luz de la reflexión_ sino que para alcanzar esta libertad virtual debemos considerar maduramente y estudiar los móviles que nos determinan a un cambio de nuestros ideales, para cambiarlos cuando llegamos a tener por más acertado proceder así? Y la modificación de nuestros ideales traerá consigo la transformación de nuestra conducta, porque, como se sabe, toda idea es un principio de acción. Basta cultivarla, encendiendo a la luz de ella el fuego del sentimiento, para convertirla en acto.

No es otro pensamiento que el de la libertad virtual de Fouillée el que afirma Rodó cuando dice, al empezar sus _Motivos de Proteo_, que «vivir es reformarse». Igualmente la amplitud de criterio para juzgar y comprender, sin aplicar los moldes rígidos de escuelas y dogmas intransigentes, las obras de la literatura o del arte, revela la posesión de esa libertad virtual.

De esta suerte, la libertad virtual, expresión altísima de la libertad moral y de la falta de espíritu de sistema, coincide con la concepción o con la aceptación y comprensión de ideales nuevos, coincide con la fuerza fresca y creadora de la mente, capaz de renovarse a sí misma y de ponerse en el caso de los demás. El llegar a disfrutar de este estado de ánimo es el resultado de una educación bien organizada y de una obra de perfeccionamiento y cultivo llevado a cabo sin cesar, después de salir de las aulas, por cada individuo en su propia personalidad.

Y esta labor no encierra nada de misterioso ni de indeterminado.

VI

EL DETERMINISMO SOCIAL Y EL INDIVIDUO

Mirada la humanidad entera en las perspectivas que nos ofrecen la antropogeografía, la etnografía, la historia, la sociología y la estadística, la libertad individual desaparece, se diluye en el gran todo, se esfuma. Desde las alturas a que nos elevan estas ciencias vemos moverse a los individuos en manadas como títeres o muñecos, impulsados por resortes ocultos que ellos no conocen y que, en su soberbia, suelen no estar dispuestos a conocer tampoco. El determinismo social que obra de esta suerte sobre los individuos es evidente. La acción del medio geográfico y climatológico sobre los pueblos es colosal.

Las costas de Siria y los bosques del Líbano hicieron de los fenicios comerciantes y marinos, señores del Mediterráneo, y precursores de los helenos y latinos. Los indoeuropeos, partiendo del centro del Asia, llegaron a las llanuras orientales de la Europa; aquí, después de una gigantesca bifurcación, unos se establecieron en el Norte y otros en el Sur.

Aquéllos tuvieron por mansión tierras pantanosas y selváticas y costas inhospitalarias, barridas por furiosas tormentas. Los otros llegaron a las comarcas benignas y sonrientes del mediodía, pusiéronse en contacto con los pueblos más civilizados del antiguo Oriente y fueron los creadores de la civilización occidental. Accidentes geográficos, climatológicos y sociales hicieron de dos razas idénticas y hermanas, naciones tan distintas que ellas mismas se miraron recíprocamente, dos mil años más tarde, como los polos opuestos de la humanidad. Los normandos medioevales fueron piratas a causa de la pobreza de su suelo y de las leyes sobre las herencias que regían entre ellos.

Las razas primitivas han sido el producto de la adaptación a medios geográficos diferentes. En seguida, la raza misma pasa a constituir una forma de energía social que se deja sentir a través de todas las generaciones futuras.

En las grandes corrientes de la historia, el individuo es, como si dijéramos, un elemento de cantidad y no de calidad. Los individuos participan de las pasiones y preocupaciones de sus pueblos, de sus amores y odios, de sus creencias religiosas y costumbres, sin detenerse generalmente a analizarlas, juzgarlas, y, en consecuencia a aceptarlas o rechazarlas en virtud de un acto reflexivo de su conciencia. No es fácil concebir que un hindú del siglo VIII a. de J. C. no fuera _bramanista_; que un griego o romano de antes del siglo primero no fuera pagano; que un árabe del califato de Bagdad no fuera musulmán; ni tampoco que un hijo de la América Latina, desde la colonia acá, no crea, por lo general, en el catolicismo.

En los marcos de la estadística el hombre pierde toda la calidad individual y se somete a nuestra consideración como un guarismo inconsciente. En la vida social, así contemplada, los hombres nacen, contraen matrimonio, tienen hijos, producen, roban, matan, o se suicidan con una regularidad anual pasmosa, con más precisión que la que se observa en la cantidad de centímetros de agua que debe caer en una estación en cierta región dada, sin que los matrimonios, los robos o los suicidios sean otra cosa que engendros de circunstancias sociales existentes, y no los frutos de voluntades que obren reflexivamente.

Así M. G. Tarde ve en el hombre social un verdadero sonámbulo. «El estado social--dice--como el estado hipnótico, no es más que una forma del sueño en acción. No tener más que ideas sugeridas y creerlas espontáneas; tal es la ilusión propia del sonámbulo e igualmente del hombre social.

«Para conocer la exactitud de este punto de vista sociológico, es menester no considerarnos a nosotros mismos, porque aceptar esta verdad en la parte que los concierne, sería aceptar la ceguedad que ella afirma y, por consiguiente, suministrar un argumento, en contra de ella.

«Pero es menester pensar en algún pueblo antiguo de una civilización bastante distinta de la nuestra, en los egipcios, esparciatas, hebreos...

«¿Acaso aquellas gentes no se creían autónomas, como nosotros nos creemos, y eran sin saberlo autómatas, cuyos resortes movían sus antepasados, sus jefes políticos o sus profetas, cuando no se los movían recíprocamente los unos a los otros?

«Lo que distingue a nuestra sociedad contemporánea y europea de aquellas sociedades extrañas y primitivas, es que la magnetización ha llegado a ser ahora mutua, por decirlo así, hasta cierto punto por lo menos; y, como dentro de nuestro orgullo igualitario, nos exageramos un poco esta mutualidad, y como además nos olvidamos de que esta magnetización, fuente de toda fe y obediencia, al hacerse mutua se ha generalizado, nos jactamos sin razón de ser menos crédulos y menos dóciles, menos imitativos en una palabra, que nuestros antepasados. Es un error[2]».

[2] _Les lois de i'imitation_, III.

Más adelante agrega:

«¿No es cierto que las experiencias y las observaciones más claras son rechazadas, las verdades más palpables combatidas, siempre se encuentran en oposición con las ideas tradicionales, hijas antiguas del prestigio y de la fe? Los pueblos civilizados se vanaglorian de haberse escapado de este _sueño dogmático_.»

«Su error se explica. La magnetización de una persona es tanto más pronta y fácil cuanto, más a menudo ha sido magnetizada.»

«Esta observación nos explica por qué los pueblos van imitándose con facilidad y rapidez crecientes, dándose menos cuenta de este hecho a medida que se civilizan, cuando por lo mismo se han imitado más».

En un sentido análogo Mr. Lester F. Ward, citando la opinión de varios filósofos, dice lo siguiente:

«La base esencial de la ciencia psíquica es que los fenómenos psíquicos obedecen a leyes uniformes. La aceptación de esta verdad, desde un punto de vista colectivo, aplicándolo a la historia por ejemplo, es la primera condición de toda ciencia de las sociedades. Pero como la acción colectiva se forma con el conjunto de las acciones individuales, lo dicho debe ser también cierto de las últimas, por más contrario que ello parezca a la observación diaria.

Nuestra incapacidad para percibirlo (el hecho de que las acciones individuales obedezcan a leyes determinadas) es debido a lo que se llama «la ilusión de lo cercano». De Herbart se dice que afirmaba que las ideas se movían en nuestra mente con la misma regularidad con que las estrellas se mueven en el cielo.»

Kant, decía, que si pudiésemos contar hasta sus fundamentos últimos todos los fenómenos de la volición, no habría una sola acción humana que no pudiéramos predecir y que no debiéramos tener por necesaria en vista de sus antecedentes. (_Kritik der reinen Vernunft_, p. 380.)

Kant es considerado generalmente como un partidario del libre albedrío, y no obstante en su único ensayo sociológico se expresa así:

«Sea cual sea nuestra noción de la _libertad de la voluntad_, metafísicamente considerada, es evidente que las manifestaciones de esta voluntad, es decir, las acciones humanas, se encuentran bajo el imperio de las leyes universales de la naturaleza, como cualquier fenómeno físico.

Es propio de la historia narrar estas manifestaciones; y aunque sean sus causas todo lo secretas que se quiera, sin embargo, sabemos que la historia, contemplando la acción de la voluntad humana a la distancia y en grande escala, aspira a desarrollar ante nuestra vista una regular corriente, una tendencia, en la gran sucesión de los acontecimientos; de tal suerte que los incidentes que, tomados separada e individualmente, habrían parecido incoherentes y rebeldes a toda ley, vistos dentro del nexo que los une y considerados como acciones de la especie humana y no de seres independientes, nunca dejan de presentar un desarrollo continuo y constante.

Así, por ejemplo, considerando cuán dependientes son de la voluntad humana los nacimientos, los matrimonios y los suicidios, si se les mira separadamente, podría parecer que no estarían sujetos a ninguna ley que permitiera calcular su monto de antemano; y, sin embargo, las cifras anuales de estos sucesos en los grandes países prueban que ellos marchan tan sometidos a las leyes de la naturaleza como las oscilaciones de las aguas». (Kant, _Idea of a Universal History_, citado por L. F. Ward, _Preu Sociology_, p. 151 y 152.)

Las limitaciones y determinaciones de la actividad son, como venimos viendo, considerables. El hombre no elige el nacer o el no hacer y, junto con este primer paso de su destino, se le imponen innumerables sellos del pasado. De él no ha dependido elegir el lugar de su nacimiento y de su infancia, o sea, las condiciones de clima, de vegetación, de belleza panorámica, de proximidad o distancia del mar, que han de formar uno de los lados del molde de su ser; de él no ha dependido escoger a sus padres y velar porque sean sanos y vigorosos, buenos, inteligentes, sobrios y trabajadores, ni tampoco por consiguiente ha estado en sus manos el pertenecer a una raza superior. Si nace de padres raquíticos, alcohólicos, corrompidos y viciosos, o si viene al mundo en el seno de una raza abyecta y degenerada, ya no hay remedio, ya el dado está echado, no se puede jugar de nuevo, y la voz de orden es «vivir venga lo que venga». El hombre no elige tampoco la educación que le dan o que no le dan, ni las costumbres que van formando su idiosincrasia espiritual.

* * * * *

Pero que el individuo resulte una cantidad despreciable, un autómata dentro de las grandes perspectivas históricas y sociológicas, no quiere decir que en realidad sea así en todos los círculos de su actividad. Formular tal afirmación no sería proceder respetando los hechos, como no sería acertado tampoco estimar el valor de la humanidad por lo que ella representa cuando se estudia a la tierra desde un punto de vista exclusivamente astronómico. En este caso la humanidad aparece también como una cantidad despreciable.

La tierra efectúa sus movimientos y cruza los espacios sin que le importen un ardite la vida de nuestra pobre especie, sus planes y pretensiones, sus alegrías y sus dolores. Y no obstante, la humanidad se ha enseñoreado del planeta. Por idéntico modo, el individuo, aunque arrastrado inevitablemente por las grandes corrientes sociales de su tiempo, goza, dentro de un círculo inmediato a su persona, de la posibilidad de obrar de diversas maneras.

Dentro de un mismo instituto de educación y dentro de circunstancias idénticas (fuera de la diferencia personal característica de los maestros), un profesor logra infundir entusiasmo, amor y nobles anhelos en el pecho de sus discípulos, y otro no pasa de ser entre ellos un ganapán que los provoca a risa.

De varios padres de familia de una misma sociedad y condición, unos tienen una comprensión clara de sus deberes, y carácter e ideas sólidas para dirigir la educación de sus hijos, mientras que otros, o son unos corrompidos, víctimas de sus vicios, o unos calzonazos, juguetes de sus mujeres. Hay sacerdotes débiles y despreciables, y otros de la misma época, lugar y situación, que despiertan respeto por su virtud y sinceridad y son escuchados como oráculos por los creyentes. En una misma edad y dentro de un propio país políticos viles, de índole menguada, que apenas cuentan con partidarios asalariados, mientras que otros, enaltecidos por el valor moral, elevación de ideas y abnegación que los distingue, son capaces de dar grandes movimientos a las masas sociales que creen en ellos.

La historia de estos individuos capaces de originalidad y carácter y la de algunos grupos sociales es en un cierto sentido heroica respecto de estas fuerzas geográficas, hereditarias y sociales, que tratan de encaminarlos y determinarlos ciegamente.

Al lado de la adaptación resignada al medio, del sometimiento a la tradición, se nos presenta el cuadro alentador de la labor ciclópea de los hombres, encaminada a transformar el medio y a mejorarlo en un sentido humano. La lucha contra las influencias hereditarias y sociales funestas, el anhelo de _librarse_ de ellas, es un afán continuo que va marcando los pasos de la humanidad en su conquista de las energías de la tierra y en su acción eliminadora de los agentes del pasado, que va considerando inadecuados a sus nuevos fines. La humanidad, en este combate, se sustrae a algunas determinaciones, para obedecer a otras que se le presentan revestidas de valor más alto y definitivo.

Así, a las determinaciones a que dan lugar las tradiciones falsas y los prejuicios sociales, opone el espíritu humano las de la ciencia y del amor a la verdad, a las de las preocupaciones de castas, las de la justicia social; a las del respeto ciego de los códigos, las de la evolución del derecho.

VII

EL FUNDAMENTO DE LA RESPONSABILIDAD

Se ataca también el determinismo diciendo que, al negar la libertad, destruye la responsabilidad moral, y que, en consecuencia, mina por su base el orden social y ético.

Las ideas corrientes se desarrollan en este asunto en una especie de ecuación o progresión muy sencilla en apariencia; pero engañosa en realidad. El hombre, se dice, es libre, y siendo libre es responsable, y siendo responsable autoriza, justifica la reacción social contra los actos voluntariamente malos.

En este razonamiento o, si se quiere, en esta construcción que se tiene como la base _sine qua non_ de la moral, hay mucha argamasa de mala calidad, y a poco que se escarbe en ella, se desmorona, y puede observarse lo endeble de la fábrica.

Cuando afirmamos que un hombre es responsable porque ha obrado consciente y libremente, lo que queremos decir en realidad es: 1.º Que ha debido tener una idea completa de las consecuencias de sus actos, que ha debido concebir perfectamente una relación de causalidad, en que él mismo es la causa que va a producir ciertos efectos; y 2.º Que teniendo esa idea, ha de obrar en conformidad a ella.

Respecto de la proposición del 1.º, no está demás dejar establecido que de ella se desprende que,--a pesar de que se ataca al determinismo en nombre de la responsabilidad,--sin embargo no es posible imaginarse que una persona sea responsable, sin suponerla al mismo tiempo determinista. Afirmar que hay entre los actos de una persona y las consecuencias de ellos una relación necesaria (hecho en virtud de la cual aquella es responsable), no es otra cosa que efectuar una aplicación de la ley de causalidad y del determinismo. Así tenemos que mientras los partidarios del libre albedrío quieren destruir al determinismo para salvar la idea de responsabilidad, resulta después de un breve análisis, que la responsabilidad es inconcebible sin el determinismo.

Esa misma primera proposición establece una especie de ecuación insostenible entre la idea de las consecuencias de los actos y la responsabilidad. Un hombre tiene que sufrir las consecuencias de sus actos hasta en sus más remotas derivaciones, y es imposible suponer en una inteligencia humana, una capacidad de previsión que llegue tan lejos. Un ejemplo característico es el matrimonio. Rara vez es posible ejecutar este acto importantísimo en buenas condiciones de previsión; pero las responsabilidades que de él se desprenden no dejan de pesar jamás hasta el fin de la vida sobre los cónyuges. Y aun cuando dos seres se unen con los mejores auspicios de felicidad ¡cuántas veces el hado trágico desgarra sus almas bienintencionadas, trocando en suerte infeliz la que ellos se imaginaron senda de dicha al jurarse amor eterno!

Otro ejemplo es la elección de una carrera.

Toda carrera profesional depara sorpresas imprevistas al que se inicia en ella. Generalmente se hacen con ardor juvenil los primeros estudios que conducen a la obtención del título anhelado, y los primeros ensayos en la práctica de la profesión producen engaños enervadores.

Cuántos jóvenes abogados no sienten casi asco y repugnancia al verse convertidos, para vivir, en agentes de la mentira y de la farsa judicial. Pero ya se han invertido ingentes sumas de dinero y mucho tiempo para llegar a esa meta y no es posible volver atrás. Las consecuencias de una primera determinación pesan de una manera indefinida sobre el sujeto que no pudo preverlas.

La proposición 2.ª, constituye un postulado, una suposición de causalidad que, a poco que se examine, resulta muy discutible. Cuando decimos que alguien ha obrado mal pensamos al mismo tiempo que habría que tomar otra línea de conducta que llamamos buena; pero al afirmar esto, lo único que estamos en situación de sostener, es que nosotros, colocados en las circunstancias externas en que ese individuo se ha encontrado, habríamos procedido de la manera que consideramos buena.

Mas, ignoramos entonces que, o no ha tenido él la fuerza necesaria para proceder así, o que esa fuerza se ha hallado inhibida por otras fuerzas.

Establecemos de esta suerte, como decíamos, un postulado de causalidad que es insostenible. Este error proviene de querer dar a la responsabilidad una base lógica cuando no tiene otra que la de una necesidad social.

La sociedad no se preocupa de la mayor o menor responsabilidad para defenderse de los actos antisociales y malos que puedan dañarla. Una sociedad toma o debe tomar medidas contra los alcohólicos y los criminales, no porque sean responsables, sino porque son nocivos.

Los poderes públicos encierran a los locos y velan porque los niños se sustraigan a los males que no pueden prever y porque no constituyan una amenaza para nadie. En cualquier orden de la vida social que se contemple, se encuentra siempre esta rectitud consciente o ciega, firme e implacable de la sociedad en contra de lo que ella cree perjudicial o simplemente inconveniente para sus fines, sin detenerse a considerar si hay realmente culpa o no de parte de los individuos que ella condena. ¿Qué culpa tienen el idiota, el degenerado, el débil, el corporalmente monstruoso de ser como son? Ninguna. Verdad es también que la sociedad no les atribuye por eso una responsabilidad moral, pero, en cambio, hace pesar sobre esos desgraciados una responsabilidad _real_ terrible, que llega a asumir caracteres trágicos. La sociedad los desprecia, trata de alejarlos de su seno, les niega honores y placeres hasta que los elimina. Hay que advertir también que cuando son sólo tontos inofensivos los convierte en sus bufones. ¿Qué culpa tiene la mujer fea o antipática de no haber podido casarse? Ninguna tampoco; y, sin embargo, desde que pasa para ella la juventud, tiene que llevar en su corazón la carga de una responsabilidad real, a que no ha dado origen con el más insignificante de sus actos.

La sociedad o la especie, en su afán apasionado de belleza y procreación, persigue sordamente a las solteronas y las ridiculiza con tenacidad implacable hasta hacer de ellas seres que inspiran compasión.

Estos casos prueban que cada cual tiene que soportar sobre sus hombros no sólo el peso de las consecuencias de sus actos, sino también las determinaciones de su destino. Las limitaciones que impone a la conducta el determinismo social son, por otro lado, fuentes de responsabilidades reales que no se derivan de los actos de las personas.

La vida social por sí sola exige todas las responsabilidades necesarias a la vida social misma, responsabilidades que son relativas y se desprenden de la convivencia de los hombres y de la reciprocidad que debe reinar entre ellos. El libre albedrío no hace falta para establecer esta clase de responsabilidad, la única necesaria a la vida social.

Al contrario. «Ya que es imposible, dice Simmel, fundar la responsabilidad sobre la libertad se puede justificar el ensayo de hacer nacer a ésta de aquélla. Del instinto de defensa, que la finalidad natural ha desarrollado por selección, ha podido brotar el impulso de rechazar el mal, venga de donde venga, sin distinguir en un principio si el causante ha sido realmente culpable y si ha procedido intencionalmente o sin libertad; el salvaje golpea a su fetiche. Jerjes hizo azotar al mar, y el niño da golpes a la piedra en que tropieza. Estas represalias, en virtud de su propio carácter impulsivo, comenzaron por practicarse sin excepción. Pero pronto se cayó en la cuenta de que en una cantidad de casos no se alcanzaba ningún fin, porque el objeto inculpado era insensible o no resultaba resguardo alguno de reaccionar en su contra. Aceptando, pues, que la represalia es un hecho que debe servir a la custodia del individuo, se introdujo en ella una diferenciación, y en lugar de la reacción ciega que reclamaba ojo por ojo, diente por diente, se consideró más acertado aplicar la imputabilidad sólo cuando podía cumplir con el fin indicado. No me cabe la menor duda de que un individuo es considerado «responsable» _cuando la reacción punitiva es capaz de alcanzar sobre él el fin del castigo, sea este fin su mejoramiento, su intimidación o cualquiera otra cosa_. Cuando las cualidades del hechor dan lugar a pensar que el procedimiento del castigo será inútil o superfluo, entonces se dice que se encuentra en estado de irresponsabilidad». (_Einleitung in die Moralwissenschaft_, II, p. 212.)