Part 16
Así como comprende y sabe amar a Jesús sólo el que desprecia de corazón las riquezas y quiere a los pobres, a los humildes y a los niños; así como comprende y estima el alma de Marco Aurelio aquél que obedece en su vida espiritual a una austeridad benévola y a una ecuanimidad severa; así como penetra mejor el ser de un Spencer, de un Comte, o de un Stuart Mill el que consagra sus desvelos al estudio y a la ciencia, de igual suerte será capaz de apreciar y de celebrar las hazañas de los héroes de nuestra independencia sobre todo el que tenga el ánimo, como ellos lo tuvieron, de consagrar su individualidad a un ideal humano y nacional.
¿Se dirá, acaso, que ya pasaron los tiempos del heroísmo y que las espadas de San Martín, de Belgrano y de O'Higgins descansan en los museos para que nosotros las miremos sonrientes y evoquemos tranquilos el recuerdo de una edad homérica que no ha de volver?
¡Ah, no! Las espadas pueden descansar en los museos y quizás no sea necesario el heroísmo de la guerra (y esto aun desgraciadamente puede no ser cierto); pero, qué hermosas jornadas nos presenta el heroísmo de la paz, cómo reclaman nuestra acción la pluma, la palabra, el laboratorio, las masas incultas y los errores imperantes, con un apremio que parece que aun centuplicándonos seríamos pocos. Así como creía John Ruskin, allá por 1860, en su bella y solitaria residencia de Los Alpes, tener su cabeza sumida en un haz de hierbas de un campo de batalla, empapado en sangre, y oir los gritos que se levantaban de la tierra, los gritos de la inocencia que quería ser socorrida y los de la miseria que quería ser consolada, así me imagino que brotan de nuestra tierra y de la América en general, voces por doquiera, voces que claman por hombres que trabajen con fe y entusiasmo en las cosas del progreso espiritual; me imagino que hay verdades que palpitan en el aire esperando quien con valor las sostenga y las proclame; reformas que esperan un adalid que las convierta en realidades; y pobrezas, dolores e injusticias que, si no han de ser remediadas, suspiran a lo menos por la pluma atrevida de un Galdós, de un Zola o de un Díckens que, con obras de aliento, los inmortalicen en el arte.
Este heroísmo de la paz no es algo brillante y que sólo requiera el esfuerzo de un día. No; es labor modesta, a veces obscura, de energía tenaz, de perseverancia que llega a ser un hábito; es la existencia entera del hombre noblemente vivida; es marchar con la augusta serenidad del estoico para cumplir sus deberes y con la fuerza propulsora del amor para efectuar creaciones; es tener la convicción de que en la vida social nada se improvisa, y de que los hombres no somos más que las madréporas solidarias de un monumento colosal que en el mar del espacio está construyendo la humanidad.
En el heroísmo de la guerra se lanza la voz de «al abordaje» una o varias veces en una o más campañas. En el heroísmo de la paz hay que vivir siempre, como Cirano, con el penacho en alto, para combatir sin tregua a los verdaderos enemigos del hombre: la pereza y el egoísmo, el misoneismo, los prejuicios y el dogmatismo. En el heroísmo de la guerra bajan del cielo las walkirias a coronar a los guerreros después de las batallas; en el heroísmo de la paz llevan los guerreros las walkirias en el alma en forma de virtudes, que celebran sus triunfos y entonan sólo para ellos himnos de aliento cuando desmayan.
Se puede decir que los esfuerzos de los hombres se encaminan al mejor aprovechamiento y desarrollo de dos clases de energías: energías materiales y energías espirituales y sociales. Entre nosotros, movidos por el gran afán de las cosas prácticas, se ha gastado especial cuidado sobre todo con las primeras. No obstante, nuestros campos y las entrañas de nuestros montes y las caídas de agua de nuestras cordilleras están todavía casi vírgenes y encierran tesoros incalculables para los trabajadores que a arrancarlos se consagren. No es raro que esto suceda en Chile, cuando al decir de W. Ostwald, la explotación de las energías del sol y de la tierra se encuentran en la infancia aun en los países más adelantados. Si es verdad, pues, que se pierden en Chile muchísimas energías de la tierra, es preciso también apresurarse a reconocer que son inmensas las fuerzas sociales que se despilfarran. El pueblo ignorante de que hemos hablado, la mujer que por preocupaciones de casta no sigue una profesión que le permita mantenerse, los ociosos que podrían robustecer los músculos en las fábricas, los parásitos de todas clases que pululan en los clubs, en el foro o en los templos; los llevados por la ventolera de la idea ramplona dominante de que en la vida, con el dinero que bien o mal gasta, no hay otra cosa que hacer que gozar hoy y preparar los placeres de mañana; todas estas son fuerzas sociales que se malgastan.
En la necesidad de salvar y aprovechar estas energías sociales, necesidad que concuerda con la tendencia constante de la especie de dar intensidad y facilidad a su existencia, radica el motivo de hacer germinar y cultivar en la juventud un concepto superior de la vida, un concepto armónico en que, a la base de la riqueza material, se agregue el florecimiento de la cultura espiritual, sintetizada en una filosofía que sea a la vez positivista e idealista evolucionista y meliorista.
Al cultivo de la ciencia y de la filosofía en Hispano América quiero llamar la atención de las almas jóvenes, considerándolo como el supremo trabajo del heroísmo de la paz, en cuanto significa la empresa más digna de continuar la obra de los padres de la patria, tanto por su valor intrínseco, cuanto por la reacción que debe operar sobre la vida realmente práctica.
¿No merecen esta clase de homenaje los héroes de 1810? ¿O es homenaje inadecuado que tratemos de retemplar nuestro espíritu con el ejemplo de aquéllos para practicar las principales formas de heroísmo que las condiciones de la época presente permiten? ¿O viviremos en nuestra vida espiritual y social únicamente de imitaciones y repeticiones?
Proceder así sería decirle a la juventud que la forma en que hemos vivido nosotros es la mejor forma de vida posible, o que la existencia social no es susceptible de mejoramiento. Ninguna persona puede con seguridad decir esto; y la que lo hace no ve en su pesimismo que lo que falta no son tanto las virtudes en el corazón de los hombres, como quizás la fuerza en su propio pecho, la fuerza generosa que sube al alma en vapor de esperanza y de aliento.
¿O no tenemos tal vez los elementos para dar a las mejores enseñanzas de la ciencia y de la filosofía modernas formas adecuadas a nuestras condiciones de pueblos nuevos, que nos permitan establecer y aplicar principios, conceptos e innovaciones que a su vez recobren sobre el resto del mundo?
Aunque dudemos de esta posibilidad, debemos tentarla. Como ha dicho Hoffnidg, el que no se atreve a equivocarse no acierta jamás con la verdad.
Si queremos dar a nuestra patria y a nuestra raza personalidad en el concierto de la humanidad, debemos esforzarnos por darle personalidad espiritual, es decir, artística y científica.
El que no nos atreviéramos a esto encontraría una mengua para nuestro carácter, así como es en cierto grado dolorosa, vergonzosa, la situación internacional de nuestro idioma castellano.
Nuestra bella lengua, que es el órgano de cincuenta millones de hombres, no ocupa en el universo intelectual un lugar de primera fila, ni mucho menos. En las aulas en que se celebran los Congresos científicos europeos, el español no resuena. Hasta en un congreso sobre educación moral que se verificó en Londres en Septiembre de 1908, los únicos idiomas que circularon fueron el inglés, el alemán y el francés. Y se trataba de una materia que no exige para realizar experiencias en ella ni institutos especiales, ni una técnica científica muy complicada.
Creo que esta situación nos apocará, nos enfermará moralmente, si nos resignamos sólo a ser siempre satélites y no encaminamos el ánimo hacia el fin de dar a la lengua castellana y a la cultura hispanoamericana un lugar eminente y de igualdad con las primeras de la tierra. Empecemos por sentir la necesidad de hacerlo. Al lado de los pocos que con igual propósito trabajan en la madre patria, luchemos con constancia, con energía de cíclopes, para encender los focos de la cultura hispanoamericana que deben marcar una nueva faz en la historia de la humanidad.
Convenzámonos de que esos fines no los alcanzaremos únicamente con el cultivo de las letras. Sólo la ciencia nos conducirá a ellos, la ciencia que disciplina el carácter y la inteligencia, la ciencia que endereza el espíritu hacia la libertad del pensamiento y de la acción, y de la cual ha dicho Ostwald, el sabio profesor de la Universidad de Léipzig, que es la raíz de toda cultura y al mismo tiempo su más espléndida flor.
Las tareas de este heroísmo de la paz son las que os propongo como divisa, ¡oh, jóvenes! y podemos estar seguros de que con un movimiento intelectual de carácter social, científico y filosófico, conseguiremos, por lo menos, dos cosas: hacer algo que tenga un alto valor en sí mismo, dando a nuestras vidas orientaciones elevadas y morales, y simultáneamente recobrar sobre nuestro organismo social, arrostrando en esta procesión de las antorchas del porvenir, a los rezagados, a los perezosos, a los egoístas, e imponiendo las reformas que reclaman el examen racional e histórico de nuestra sociabilidad en sus relaciones con la cultura humana general, reformas que las interminables querellas y la ambiciosa o epicúrea inacción de los políticos, indefinidamente dilatan.
Tales son las águilas y las banderas de las legiones del heroísmo de la paz, que sostienen el imperio de la ciencia que ya existe, y avanzan hacia el de la justicia que existirá.
Si logramos que estos sentimientos arraiguen en nuestras entrañas, y, al calor de noble entusiasmo, que nos ha agitado en estos días y nos agita ahora, nos es dado fundirlos con nuestro ser, podremos decir que hemos celebrado el centenario de la independencia argentina uniendo fraternalmente a los héroes de la República hermana con los nuestros, y buscando en el recuerdo de ellos luz, fuerza moral y orientaciones para el porvenir. Nos imaginaríamos que, armados de un bagaje espiritual digno de un dios germánico de la familia de Odin, a saber: de energía, de valor y de sinceridad, habríamos realizado una romería al templo de la gloria para decirles a los héroes de nuestra raza:
«En la sagrada cohorte de la humanidad somos los que vosotros érais al empezar vuestra carrera, somos peregrinos del ideal. En estos instantes consagrados a vuestros nombres, acudimos a vosotros y rememoramos vuestras hazañas para beber en ellas las fuerzas necesarias. En estas horas solemnes os decimos que anhelamos ser vuestros continuadores y completadores. Os ofrecemos estos votos cual coro de voces del alma con que acompañamos íntimamente las músicas que os ensalzan; os los ofrecemos como flores que han de dar frutos de nuestra voluntad.»
«Así como vosotros cortasteis, hace un siglo, las amarras que mantenían atadas las naves de estos pueblos al tronco de una monarquía decrépita por la falta de toda libertad, así queremos nosotros a nuestra vez cortar las cuerdas que aún atan las velas y limpiar los cascos de las naves de las rémoras que las entorpecen al marchar. Queremos dotar a las naves de luz propia y de recursos abundantes, y a la tripulación ignara, floja y timorata, disciplinarla con equidad e ilustrarla para que no la detenga ningún «más allá», para que no se detenga cuando vea que conoce los nuevos horizontes, el cielo y los mares y sus escollos, de una manera experimental; queremos acudir a donde nos llaman otras escuadras más avanzadas que la nuestra para vivir en concierto solidario y concluir de sondar los misterios del espacio, de la tierra y de la vida inmaterial.»
«Así como vosotros realizasteis, hace un siglo, la que era entonces en el terreno político utopía de la libertad, así aspiramos nosotros a ser los ejecutores de las nuevas concepciones científicas y sociales que el espíritu del tiempo nos pone por delante, como mandatos de las a veces desconocidas, pero siempre inmortales y modestas diosas de la humanidad: la verdad, la justicia y la belleza».
UN CONGRESO DE LIBREPENSADORES
Qué grato placer nos produjo la idea de celebrar en Santiago un Congreso de Librepensadores.
Nos pareció que por este solo hecho ya recorriera a todo Chile en su larga extensión de Norte a Sur, un soplo suave de vida que alegrara los espíritus y dejara tras de sí una estela luminosa.
Como un pequeño eco del gran Congreso de Librepensadores celebrado recientemente en Roma, y también como necesaria manifestación de nuestra vida propia, vendrá este Congreso--si los chilenos lo queremos--a grabar una de las mejores páginas de nuestra historia de pueblo civilizado.
Anhelamos que la noticia sola de este acontecimiento que se prepara conmueva hondamente a cada hombre y a cada joven que se crea con alma y le haga sentir la importancia de ese Congreso: movidos por los sentimientos más elevados, amor a la humanidad, amor a la patria, amor a la verdad, acudir de los diferentes puntos de la República a reunirse en un mismo sitio, ligados por los delicados lazos de aspiraciones intelectuales y morales comunes, para exponer los resultados de trabajos modestos y sinceros, confortar las voluntades para las nobles luchas de la verdad y dar generosos ejemplos a la juventud: éstos son algunos de los valores de semejante Congreso.
Si no somos capaces de pensar libremente, debemos de renunciar al concepto de civilizados. Tendremos de la civilización su perfume y su ropaje; pero no su esencia, si no tenemos fuerzas para elevarnos a la vida superior del pensamiento.
Este Congreso viene a ser como un oasis en el camino de la vida para los que no se contentan ni con las satisfacciones vulgares y mundanas, ni se consuelan con las fantasías místicas que son sólo errores seculares.
No hay centro importante en nuestro país que no cuente con un pequeño núcleo de personas ansiosas de luz, de ideal, de arte, de ciencia y de una vida mejor y más justa, realizada y construída en este mundo. Pasan, es cierto, algo inadvertidos, porque en el ajetreo mundano sólo se oyen las músicas de fanfarria y no las canciones apenas rumorosas de los soñadores.
Pero, hay también otras personas a las cuales se puede aplicar lo que un poeta decía de sí mismo: «que llevan en el corazón de hielo, como un sepulcro, de su entusiasmo los despojos» y que van a engrosar el grande y turbio río de las multitudes para quienes la vida es sólo hacer papel y gozar.
A aquéllas, a las que aún creen en ideales, a fin de que perseveren, y a éstas, a las desprovistas de entusiasmo, para que vuelvan en sí, hay que recordarles que la verdadera vida es amar, pensar obrar y luchar noblemente; y hay que recordarles el caso referido por Darwin en su autobiografía, para que no olviden cuán importante es consagrar siquiera cortos instantes al idealismo.
Cuenta el ilustre naturalista, que en su juventud gozaba con la música, la pintura y la lectura de Shakespeare; pero en su edad madura encontró al genial dramaturgo tonto y aburridor y que no gozó con la música ni la pintura. Se había privado de estos goces, había atrofiado algunas de sus facultades por no haberlas ejercitado.
Algo análogo acontece a todos los hombres con la facultad de pensar y de idealizar. Movidos únicamente por el interés y el goce, pierden el poder de elevarse a concepciones superiores a esos dos móviles. Con la decantada experiencia que adquieren destruyen sus ilusiones, por lo que Goethe decía que preferiría más bien no ser nunca hombre de experiencia y continuar escuchando siempre a los grillos y ruiseñores que en los cerebros jóvenes entonan los más deliciosos cantares de la existencia.
Todo lo dicho significa, que por la propia felicidad conviene conservar en el fondo de su ser un santuario libre de egoísmo y de sensualismo dedicado a las puras concepciones artísticas y científicas.
En un Congreso de Librepensadores esos fuegos individuales se confortarán y robustecerán al contacto de otros fuegos semejantes.
El pensamiento desinteresado y libre es felicidad.
* * * * *
Ese Congreso no es tampoco una amenaza para nadie.
El pensar libre es un pensar sin dogmas, pero no sin principios.
Al revés de lo que se pudiera imaginar a primera vista, es la forma más difícil del pensar, la que requiere más carácter, más precauciones y más ilustración. No es el pensamiento desenfrenado, sino armado de todos los recursos de la lógica para defenderse de los errores que con tanta sutileza se introducen en la mente.
El libre pensamiento es lógico.
Es el pensamiento provisto de poderosos telescopios y de la precisión de las matemáticas para escudriñar los misterios de los cielos; es el que armado de balanzas, microscopios, alambiques, retortas y de cien aparatos más, analiza, disuelve y estudia la materia para arrancar los secretos a la tierra; es el que para establecer un solo hecho histórico, consulta, compara y critica centenares de documentos y monumentos; es el que para establecer una sola ley social se basa en lo posible en las estadísticas de todos los países y de todos los tiempos.
El libre pensamiento es trabajo.
Es el que incorporado en Jesús, en Sócrates y en Jordán Bruno, los condujo al cadalso; es el que brillando en la mente de un Galileo, lo arrastró a las prisiones de la Inquisición; es el que ha inspirado la labor de un Newton en la mecánica, de un Claudio Bernard en la fisiología, de un Darwin y un Haeckel en las ciencias naturales; el que produjo los esfuerzos agotadores y casi mortales de un Comte y un Spencer en la filosofía.
El libre pensamiento es severo y heroico.
En el campo de la moral y de la conducta su acción es inmensa. Sólo ciertas inteligencias y muy contados caracteres gozan de esa libertad superior que consiste en sustraerse a la masa abrumadora de prejuicios que se sugieren con el uso como verdades inconclusas, a esas normas de vida que la tradición impone y que las muchedumbres siguen sin discutir como reglas dictadas por su majestad anónima e irresistible «La opinión pública». Es un fruto del pensar libre concebir y practicar modos superiores de vida que ataquen usos irracionales, que restablezcan la verdad en las relaciones del hombre con el hombre, o del hombre con la naturaleza, que arrojen un poco de ideal sobre la realidad y que echen sobre esta vida surgida del enfriamiento de la corteza terrestre, el velo embellecedor tejido con el calor del alma humana.
El libre pensamiento es creador y revela carácter.
FIN
ÍNDICE
I
LA LIBERTAD, EL DETERMINISMO Y LA RESPONSABILIDAD
I.--Las ideas de libertad y el determinismo 2
II.--El determinismo y su influencia sobre la acción humana y el pensamiento 10
III.--La libertad absoluta 17
IV.--El determinismo psíquico y las ideas nuevas 26
V.--La fuerza coordinadora de la voluntad y la libertad virtual 34
VI.--El determinismo social y el individuo 40
VII.--El fundamento de la responsabilidad 50
VIII.--El sentimiento de responsabilidad y su educación.--Conceptos definitivos de libertad y responsabilidad 57
II
EL MELIORISMO O LA FILOSOFÍA SOCIAL DE LESTER F. WARD
I.--Mr. Lester F. Ward.--Sus obras principales.--Lo que es una filosofía social 66
II.--La Sociología pura.--La materia de la Sociología 69
III.--La síntesis creadora.--El dualismo cósmico.--El principio de la sinergía.--Base psicológica de la Sociología.--El alma.--Las fuerzas sociales 80
IV.--La sinergía social.--Las estructuras sociales.--La lucha de razas.--Origen del Estado y del derecho.--El darwinismo social 93
V.--Optimismo o pesimismo.--Meliorismo 115
VI.--Economía de la naturaleza y economía de la mente 119
VII.--La Sociología aplicada.--Interpretaciones de la historia. Consecuencias del error 135
VIII.--La lucha contra el error.--El genio.--La educación 145
IX.--La Sociocracia 151
X.--Conclusión 159
III
EL PRAGMATISMO O LA FILOSOFÍA PRÁCTICA DE WILLIAM JAMES
I.--Origen del pragmatismo.--Mr. Charles Peirce 167
II.--Juicio general 170
III.--Caracteres lógicos y psicológicos del pragmatismo.--El concepto de verdad 172
IV.--Crítica de esos principios 184
V.--El pragmatismo y algunos problemas metafísicos 198
VI.--El pragmatismo meliorista y voluntarista 200
VII.--Últimas observaciones 209
IV
LA EDUCACIÓN INTELECTUAL Y LA IMITACIÓN INGLESA 217
V
LA MISIÓN DEL PROFESOR Y LA ENSEÑANZA DE LA HISTORIA 249
VI
IDEALES PARA LA JUVENTUD 269
VII
UN CONGRESO DE LIBREPENSADORES 287
Tip. GARNIER (Chartres). 296.4.14.
* * * * * *
Nota del Transcriptor:
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.