Part 13
¿Qué sería esa nación sin la posición insular que ocupa y sin los grandes tesoros minerales que le brinda su suelo? Aun la explotación de esos mismos tesoros y el aprovechamiento de su situación han sido precedidos de grandes movimientos intelectuales. Según Buckle, del desarrollo del escepticismo, a fines del siglo XVI y principios del XVII, resultó en Inglaterra el amor a las investigaciones científicas, que produjeron el progreso constante de los conocimientos a los cuales debe esta gran nación su prosperidad. La época de Bacón, que fué un resultado del Renacimiento, que dió al mundo una concepción nueva de las ciencias y de la vida, influyó poderosamente en los descubrimientos que se hicieron más tarde y en el vuelo que tomaron las industrias. Todos estos hechos no han sido efecto de una educación que enseñe únicamente a ganarse la vida. El clima ha influído también, como todos sabemos, en las actitudes de la raza. Le ha impuesto en un principio una lucha dura para poder vivir y ha desarrollado en ella esas cualidades de utilitarismo, previsión y energía que le son propias. El hábito de la resistencia y del trabajo seculares ha hecho nacer en ella, conforme a la opinión de E. Boutmy, su cualidad característica dominante, la pasión del esfuerzo por el esfuerzo, el amor a gastar sus fuerzas con o sin resultado. ¿Qué sería esa nación sin esas cualidades y otras, cuyos obscuros orígenes es muy difícil investigar, que produjeron a principios y a mediados de los tiempos modernos, junto con la reforma religiosa, la concepción de un ideal moral superior, elevadísimo, severo, intransigente, que hizo de cada pecho una fortaleza y de cada hombre un héroe? Al analizar el poder colonizador de Inglaterra, dice el último autor citado, es preciso pensar en la gran acción ejercida en ese sentido por las religiones disidentes. Los puritanos, los cuáqueros, los wesleyanos, han sido colonizadores por excelencia; son personas que ocupan en la historia un lugar preeminente por el valor moral inapreciable que desplegaron para defender sus conciencias, donde ellos encontraban sus ideales, su noción de la divinidad; todo lo que puede valorizar la vida, y las fuerzas suficientes para lanzarse a tierras desconocidas, a climas malsanos, no arredrándose ni por los bosques impenetrables ni por desiertos, buscando sólo un sitio donde plantar de manera inconmovible el pabellón de su independencia.
Estos acontecimientos no son consecuencia de la educación, que se nos presenta ahora como modelo.
Hasta el siglo XVII otras potencias superaron a Inglaterra en poder colonial y marítimo y sólo en el siglo XVIII llegó a tomar esta nación las grandes proporciones que creciendo han formado el vasto imperio de hoy. Si fuera la educación la causa principal de esa gran evolución, su acción debería haberse manifestado claramente en aquella época. Pero no ha sido así: la educación que se nos ofrece a manera de imagen, o es muy restringida en la esfera de influencia que abarca, lo cual debe haberla hecho incapaz de ejercer un extenso poder sobre la masa de la nación, o ha sido muy defectuosa y reformada sólo en la segunda mitad del siglo XIX. De suerte que antes de este tiempo tampoco se ha hallado dotada de las virtudes que se le atribuyen.
Probémoslo.
En 1868 se nombró una comisión para que examinara el estado en que se encontraba la llamada instrucción secundaria. Uno de los miembros de la comisión, Mr. James Bryce, autor y profesor bastante conocido, resume así las conclusiones de la comisión:
«Las escuelas eran insuficientes en número y no estaban situadas donde se tenía necesidad de ellas. La instrucción era a menudo de mediocre calidad y no existían relaciones orgánicas, sea entre los diferentes grados de las escuelas secundarias o entre las escuelas secundarias tomadas en conjunto, o entre éstas y las escuelas primarias y las superiores. En algunas escuelas el exclusivismo religioso había aumentado el mal, ya haciendo la escuela impopular, ya excluyendo de ella toda una categoría de ciudadanos. Los medios de que el poder central disponía para vigilar o reformar eran lentos, costosos y tan sobrecargados de formalidades legales, que eran totalmente ineficaces. Algunos maestros eran con frecuencia incapaces y muy a menudo positivamente iletrados; y sus enseñanzas, salvo algunas excepciones, pobres y superficiales. Algunas de estas escuelas se llamaban prácticas para atraerse sobre todo la clientela de los comerciantes; pero convertidas en establecimientos estrechamente comerciales quedaban muy lejos de preparar bien a sus alumnos para los trabajos de la vida real».
A propósito de esto mismo decía el sabio Huxley en ese tiempo: «La posteridad nos infamará si no ponemos un remedio a esta situación deplorable. Y si nosotros vivimos veinte años más, nuestras propias conciencias nos infamarán».
He aquí gran parte de la educación inglesa de hace menos de medio siglo juzgada por dos hombres de ciencia ilustres. ¿Puede haber sido esta educación la creadora del poderío del imperio británico?
Otro error, especie de error callejero, es el que nos pone ante la vista como tipo único de inglés, que debemos imitar, un personaje que anda a trancos largos, afanado en ganarse la vida y que restaura sus fuerzas por medio del foot-ball y del cricket; personaje serio, estirado, sincero e implacable en la lucha por la vida, que aplasta, siempre que puede, sin inmutarse y correctamente a su rival, y que no se preocupa de especulaciones intelectuales, desdeñándolas como algo vano y fútil más adecuado para las naturalezas afeminadas y fantásticas de los latinos. ¡Qué cuadro tan falso, superficial e incompleto!
Es verdad que en Inglaterra jamás ha estado en boga la metafísica y que las más superiores inteligencias no le han dedicado a ella ni ratos de ocios, en lo que han obrado muy cuerdamente. Pero de aquí a la afirmación de que en Inglaterra no ocupan un lugar preeminente las cuestiones intelectuales entre las cosas que interesan vivamente a un grupo selecto y al gran público, hay un abismo. Basta para corroborar este aserto, recordar que ha sido la patria de hombres de ciencia y filósofos que han ocupado puestos sobresalientes en los anales del espíritu humano por sus servicios, sus descubrimientos y estudios. Desde Bacón y Newton en los comienzos de la edad moderna, hasta Stuart Mill, Alejandro Bain, Herbert Spencer, Huxley, Lublock, Macaulay y muchos otros, en el siglo XIX, la Inglaterra ha contribuído poderosamente al progreso de las ideas y de las ciencias. Los franceses dicen que los ingleses no tienen aptitudes para manejar abstracciones; pero esto no significa que no sean eximios como hombres de ciencia que emplean métodos positivos y experimentales, ni tampoco que los que se consagran a tales estudios dejen de necesitar la abnegación indispensable para renunciar a los goces y triunfos mundanos, abnegación que sólo resulta de un desarrollo superior de ciertos sentimientos altruístas y de la concepción de la vida, no como un campo de lucha por la satisfacción de apetitos, sino como una arena de esfuerzos equilibrados en que, sin descuidar las bases necesarias de la propia existencia, se siente el impulso de cooperar en la obra inmensa e indefinida de la humanidad entera. Esto es vivir vida completa, dilatar los horizontes de nuestra conciencia, aumentar la órbita de nuestras sensaciones en el tiempo y en el espacio y experimentar los goces más superiores de que es susceptible la naturaleza humana, ya que todo buen desarrollo de actividad es fuente de placer.
Pero nada de esto nos hablan los que nos incitan a que imitemos a los ingleses.
Las grandes Universidades inglesas son centros donde se forma una parte distinguida de la sociedad, muy selecta por su elevadísima cultura intelectual. Sólo en una sociedad que ha llegado a un alto grado de intelectualismo se encuentran vidas como la de James Mill, educaciones como las de J. Stuart Mill, hijo de éste, de Macaulay, de Ruskin, etc. James Mill era padre de una numerosa familia y carecía de fortuna; los recursos necesarios se los procuraba escribiendo artículos para los diarios y revistas, y simultáneamente encontraba tiempo suficiente para consagrarse personalmente y con un celo digno de imitación a la educación de sus hijos y para escribir una vasta y bien documentada obra sobre la India. Más o menos por 1840 apareció la primera edición del «Sistema de Lógica» de Stuart Mill, y un libro tan abstracto y especulativo como ese fué agotado rápidamente por el público.
También sólo es concebible en una sociedad que goza de una alta y general instrucción la propaganda casi revolucionaria que hacen contra el estado actual del mundo, espíritus tan sobresalientes como un Díckens, un Thackeray, un Carlyle; y lo que es más, esos autores eminentes atacan precisamente la situación actual de Inglaterra, las injusticias sociales y los múltiples defectos de una colectividad que han estudiado con ciencia y arte muy de cerca.
Pero de esto no se ocupan los que nos presentan a Inglaterra como ideal intachable.
Bajemos ahora de las cumbres. El amor al estudio desinteresado, que recrea, ilustra y eleva el pensamiento, es igualmente intenso en las clases medias e inferiores. Algunos ejemplos serán suficientes. En Birmingham se fundó por una sociedad particular el «Birmingham and Midland Institute», que da clases nocturnas a obreros, a los cuales se les enseña no sólo química industrial y otros ramos de utilidad práctica, sino también historia y literatura. Este establecimiento en 1886 contaba con 4.190 alumnos. Proporcionalmente Santiago debería tener 3.000 asistentes a sus escuelas nocturnas. Aquella institución hace ir un profesor universitario de Londres u Oxford una vez por semana a dar conferencias.
La llamada extensión universitaria es una prueba brillante de los gustos intelectuales de los ingleses. En 1867 existían en varias grandes ciudades asociaciones de señoras que tenían por objeto organizar conferencias que debían ser dadas por profesores universitarios llamados especialmente para ello. Fué tal el éxito de esta novedad, que las personas ocupadas solicitaron de los profesores que repitieran en las noches las conferencias dadas en las tardes antes a las señoras. Conviene tener presente que esos profesores no hablaban gratuitamente. Además, no han tratado en los temas que han elegido asuntos que fuesen más o menos de utilidad y provecho inmediatos para su auditorio, sino al contrario, cuestiones muy generales, casi abstractas, si se considera que el público era no pocas veces compuesto en su mayor parte de obreros. Delante de trabajadores de Sheffield han pintado el siglo de Perícles; a los tejedores de Oldham les han contado la historia de Florencia; a los mineros de New-Castle han entretenido con narraciones sobre la tragedia griega y la Iliada.
Los profesores, encuentran que la seriedad y el ardor con que estos hombres escuchan y aprovechan y la precisión de su lenguaje son admirables. Un conferencista conversaba con un grupo de mineros y se llegó a hablar de la Historia de las ciencias inductivas de Whewell. Un minero exclamó: «Ah, he ahí un libro que desde hace mucho tiempo deseo conocer. Stuart Mill lo ataca en un punto; pero, por lo que puedo juzgar, Mill no tiene razón». ¿Qué tal? Un minero discutiendo sobre Stuart Mill y ciencias inductivas. ¿Carecerá de inclinaciones intelectuales un pueblo así?
No existe país en el mundo como Inglaterra donde el pueblo lea más diarios, revistas y libros, dice Max Leclerc. El inglés lee toda su vida, no sólo para distraerse, sino para instruirse aun después que ha salido de la escuela, porque está naturalmente penetrado de la idea de que el hombre jamás ha concluído de aprender.
_El Times_ anuncia cada día tantos libros recientemente publicados, como todos los diarios de París en una semana.
Con razón ha podido decir Johnson, que Inglaterra, es el país que cultiva mejor su suelo y su espíritu.
Todos estos detalles son seguramente muy conocidos; pero la verdad es que en los últimos tiempos se les ha silenciado por completo y se ha insistido, recargando de colores los cuadros que se han hecho, en dos de las otras cualidades de los ingleses: la fuerte musculatura y el egoísmo sincero que no miente. Se ha proclamado, en consecuencia, que es de urgente necesidad educar a la juventud con dos fines principales: Adquirir fuerza física y actitud para ganarse la vida.
Una de las razones que más o menos expresa o implícitamente ha hecho valer para sustentar esta propaganda, es la de que los ingleses han obrado y han obtenido la supremacía en el mundo.
Ya se ha visto cuánto de inexacto envuelve esta afirmación, cuántas inolvidables lecciones deberíamos sacar de la educación intelectual del pueblo inglés y cuánto podría enseñar un minero de Newcastle, no digo sobre cosas de su oficio, sino sobre la antigüedad clásica, a muchos ciudadanos de esta tierra.
En realidad, grandes ejemplos que imitar nos ofrece la Inglaterra; pero debemos proceder a seguirlos sin desequilibrarnos.
La familia es la primera escuela donde los niños empiezan a desarrollar el carácter que hace más tarde de ellos verdaderos hombres. Los padres no miman al niño, no aumentan la natural timidez infantil asustándose demasiado por cada nuevo paso que el niño da o por algún insignificante peligro de que se vea amenazado; acostumbran fríamente, y se entiende que con cuidado, al pequeñuelo a sufrir las consecuencias de que lo hace. Así ejercitan más su actividad y lo hacen adquirir confianza en sí mismo.
En igual atmósfera de iniciativa y responsabilidad crece el joven. Puede tener un padre millonario; pero éste goza del derecho de disponer de su fortuna a su antojo y en aquél domina el sentimiento de que precisa empezar por combatir solo. No pone sus ojos ni en la futura herencia paterna ni espera surgir por medio de empeños. Respira un aire viril, adquiere carácter, confía soberanamente en sus esfuerzos y no deja penetrar en sí aquella idea desconsoladora, germen destructor de la voluntad, de que sin apoyos superiores nada se consigue, creencia por desgracia demasiado difundida entre nosotros.
De tal suerte florece ese individualismo que tanto se admira y que es efectivamente por tantos aspectos digno de admiración. El individualismo que consiste en el respeto exagerado de la propia conciencia sin consideración a nadie ni al que dirán, siempre que no se violen derechos ajenos, que sugiere valor moral para no faltar nunca a la verdad, aunque sean heridos con ella sentimientos de otros y perjudicados intereses propios; y que hace que cada cual sea capaz de apreciar en sí mismo el mérito de lo que hace sin buscar el aplauso de los demás: este es un individualismo grande y viril que debemos tratar de inculcar a nuestra juventud.
Pero si es cierto que la actual educación de Inglaterra contribuye a desarrollar esas altas cualidades individualistas, también es indudable que en su origen no se deben a ella. Fueron fomentadas en un principio por la reforma religiosa y afianzadas soberanamente por la energía y sacrificios de los puritanos, cuáqueros y wesleyanos, héroes de la libertad personal, que consagraron a la conciencia humana como el santuario inviolable de toda autonomía, rectitud y justicia. Milton, Jorge Fox, Penn, son algunos de los adalides de ese individualismo elevadamente humano, puro e ideal.
Entre otros puntos que se recomiendan en la educación inglesa, se olvida que no son prácticas propias de ella, sino que han sido ya establecidas, por lo menos entre nosotros, por la pedagogía alemana. El estudio del carácter de los niños efectuado con atención durante todos los años que permanecen en el colegio; el cultivo de relaciones francas, sinceras entre los alumnos y el profesor, de tal suerte que aquéllos consideren a éste casi como un padre cariñoso; el cuidar particularmente de la moralidad, no por medio de sermones, sino con ejemplos, y condenar la mentira con severidad inflexible, constituyen principios de educación que han sido enseñados por los profesores del Instituto Pedagógico desde su fundación. Desmolins en su libro «La educación nueva» cuenta como un gran rasgo de moralidad inglesa que entre los estudiantes de esa nacionalidad se considera una cobardía no confesar una falta. Precisamente, lo mismo nos dijo durante las lecciones del primer curso nuestro profesor de pedagogía y nosotros con nuestro espíritu ladino de niños mal educados, nos reimos de semejante prueba de valor.
A la implantación completa de todas esas sanas prácticas educativas, y en lo que se refiere muy especialmente a la moralidad, se han opuesto varias circunstancias sociales y de otro carácter, y no ha sido ignorancia de los procedimientos lo que ha faltado. Para estudiar detenidamente y mantener relaciones estrechas con cada alumno, es preciso que las clases sean poco numerosas. Ahora bien, por diversas causas son frecuentísimas en nuestros Liceos las clases con más de 50 alumnos: he visto hasta con 70, sin que se consiguiera en todo el año seccionarla. La ley misma no permite dividir una clase sino cuando han entrado más de 50 alumnos. Con esta enorme acumulación de niños es absolutamente imposible dedicar a cada cual una regular atención.
Se nos dice que una mentira se castiga en Inglaterra con la expulsión. Con no menos severidad se procede en Alemania.
Imaginémonos el efecto que una medida de esta naturaleza produciría por ahora entre nosotros. El padre del niño expulsado, que, como muchos de nuestra sociedad, sin ofender a nadie, considera la mentira una prueba de ingenio, un inofensivo juego de artificio, un deleite mundano, entre aspavientos e interjecciones enérgicas protestaría delante del mismo niño contra semejante determinación y la calificaría de injusta, torpe e inadecuada. Pondría en seguida en movimientos sus empeños y sus relaciones, hablaría a sus amigos, algunos de los cuales pueden ser diputados y senadores, y se cernería sobre el desgraciado rector o profesor que había tenido la malhadada idea de imitar a los ingleses, sin reflexionar en qué país se encontraba, una atmósfera de desprestigio y se diría de él que era un sujeto sin tino, que carecía de don de gentes, y quién sabe hasta dónde se llegaría si se presentara una situación política adecuada y el padre fuera un elector influyente.
Imitemos a los ingleses en fundar asociaciones que difundan la ilustración en todas las clases sociales. No es posible silenciar en estos momentos una bella iniciativa tomada por algunas personas entusiastas y emprendedoras para establecer con recursos privados un colegio como los mejores ingleses, para lo cual una de esas personas ha obsequiado ya generosamente el terreno adecuado en Peñalolen. Que nuestros hombres acaudalados imiten a los millonarios británicos y echen las bases de escuelas, universidades y bibliotecas ricamente dotadas, que tengan asegurada en el porvenir una existencia del todo independiente, de modo que algún día podamos decir de nuestra patria algo parecido a lo que Johnson dijo de la suya: «Ningún país en el nuevo mundo cultiva mejor su suelo y el espíritu de su pueblo que Chile.»
Me ha inducido particularmente a escribir este trabajo la propaganda activa, constante, apasionada que se ha hecho en estos años en contra de la educación de nuestros Liceos y a favor de la llamada educación práctica y del desarrollo corporal. Sentí el temor de que se fuera a producir un desequilibrio lamentable en la cultura de nuestra patria. Nadie niega la vital importancia de la educación física y la necesidad de dotar a la juventud de aptitudes que la habiliten para tomar parte con confianza y éxito en los trabajos de la vida; pero insistir únicamente en estos puntos, sea por considerar que lo relativo al cuidado de la inteligencia ya está alcanzado entre nosotros, o, lo que sería peor, por creer que se le ha prestado hasta ahora excesiva atención, es concebir de una manera muy incompleta la educación total e integral de un pueblo; es cerrar los ojos sobre algunas de las exigencias más claras de una nación, interrumpiendo un proceso histórico de noventa años, muchísimo antes de que esté terminado, porque la historia de la educación en Chile, como pueblo libre, ha sido y debe continuar siendo la reacción contra las herencias coloniales que viven latentes entre nosotros, aunque a fuerza de verlas nos hayamos acostumbrado a no notarlas, y si ese fin se ha de conseguir en realidad en alto grado por medio de la educación técnica e industrial, la educación intelectual es indispensable también para elevar el nivel general de la nación. Hay tal vez en mi manera de concebir el porvenir de mi patria, mucho de subjetivismo y casi de sentimentalismo al imaginármela como la tierra de un pueblo primeramente robusto, sano y, por consiguiente, alegre, que sabe sacar del seno de su suelo todas las riquezas que las transformaciones gigantescas de la naturaleza han depositado en él; que luego procede a combinar esas riquezas primitivas y produce las maravillosas combinaciones de la industria que esparce por el mundo por medio del comercio; de un pueblo que de su abundante savia reserva una cantidad importante de ella a las labores del pensamiento y del sentimiento, a las ciencias y a las artes; de un pueblo que en los trajines mismos del comerciante y del industrial siente refrescado su espíritu por una alegre visión de idealismo que le promete para las horas de descanso los placeres más puros y reales de que puede disfrutar la naturaleza humana: sentir, amar y pensar. Y no se diga, para no reflexionar sobre estas cosas que son fantasías. Todas las concepciones de la mente tienen derecho a la vida; son las fuerzas que contribuyen a diseñar las formas de lo futuro; los pensamientos de la conciencia nacional, cuya única condición esencial para poder existir ha de ser la sinceridad. Los ensueños tienen en sí una especie de realidad particular casi tan efectiva como la llamada comúnmente realidad.
Renunciar a los ensueños que tienen una base inductiva en el pasado de la humanidad, que es una garantía y promesa para el perfeccionamiento posible de alcanzar, es renunciar al progreso, es destruir el único mundo verdadero que existe para cada hombre, el mundo de su conciencia; es llevar el limbo por dentro y Babel por fuera; es cegarse para mirar por los ojos de una multitud anónima; es dejarse cortar las alas por los que no las tienen.
Sentí profundo pesar cuando me impuse de esa propaganda que más o menos ha dicho: «Jóvenes, preocupaos únicamente de ganaros la vida, y para esto desarrollad vuestra musculatura, lanzaos a la refriega, acumulad dinero y para distraeros aprended a jugar foot-ball, cricket, lawn tennis, remad, andad a caballo; y sobre todo lo demás de cuanto existe, bellos cuadros, hermosas estatuas, música soñadora, libros conceptuosos, inspirada poesía, ideas humanitarias, regeneración social, sobre todo eso corred un denso velo, no penséis en ello y seréis felices».
Me imaginé la criatura que resultaría de esa educación y el pueblo que resultaría de la suma de esas criaturas. Vi un ser bien conformado, de fuertes brazos, de amplio pecho, de andar aplastador, admirablemente dotado para comer, beber, dormir y procrear, movido por un espíritu egoísta, no con el egoísmo franco y sincero de un inglés que no miente, sino con el egoísmo solapado y disimulado de un latino, y vi un pueblo de fenicios, de vientres abultados, miradas sin brillo, y cabezas huecas, especies de pequeños sistemas planetarios que llevaban en el centro un astro, el oro, alrededor del cual giraban en confuso torbellino, alumbrados por él, los apetitos.