Part 12
Esta concepción es grandiosamente hermosa, casi poética. El hombre, formador y trasformador de la realidad; el hombre cooperador en la creación universal; y, para los deístas como Mr. James, en este gran movimiento de la vida universal, Dios es un cooperador también (_helper_) y nada más; es _primus inter pares_.
Examinando con calma la dirección del pensamiento de Mr. James, se ve de sobra y se ha dicho ya que es voluntarista en oposición a intelectualista: afirma que es de más importancia para nosotros obrar que perdernos en disquisiciones sobre el conocimiento. Este rumbo no es una novedad en las orientaciones del espíritu humano.
A fines del siglo XIX empezó una reacción antiintelectualista, no sólo en Estados Unidos e Inglaterra, sino muy principalmente en Francia. La conocida obra de Mr. Jules Payot sobre «La educación de la voluntad», es fundamental en esta materia y las predicaciones pragmatistas de Mr. James, lejos de agregar, después de lo escrito en esa obra, algo a la veneración de la voluntad, señalan en parte un retroceso respecto de ella. Los estimulantes que Mr. James indica para la voluntad en sus conferencias, quedan reducidos a tener confianza en ella, a creer en el _fiat_ de los librearbitristas, a esperar la cooperación divina y providencial en un mundo guiado por un supremo designio misterioso del cual nosotros alcanzamos a percatar tanto como pueden percatar de nuestros proyectos «nuestros gatos y perros domésticos». No se puede negar que esta comparación es capaz de entumecerle las alas al hombre dotado de más impulsos creadores.
Mr. James no cree seguramente en tal peligro, porque mientras en una conferencia nos eleva a la categoría de cooperadores en la creación universal, dentro de la cual Dios, como se ha dicho, es un auxiliar (_helper_), _primus inter pares_, en otra nos coloca respecto del gran designio que imprime movimiento al universo, en la deprimida situación de animalitos domésticos.
Mr. Payot ni nos eleva ni nos abate tanto. Antes de exponer su doctrina se hace cargo de los dos peligros extremos existentes para conseguir el desarrollo de la voluntad: el uno lo constituye el desfallecimiento, el desaliento fatalista, el _aboulie_ que no tiene fuerza para reaccionar; el otro lo forma la excesiva confianza en el poder de la libertad humana, en el _fiat_ de los espiritualistas.
Esta última disposición de ánimo es expuesta a fracasos irremediables. Las dificultades no previstas de la acción o de una empresa, desalientan hondamente al que se ha lanzado a ella armado sólo de su confianza en el valor del querer.
En medio de estos dos extremos el hombre puede triunfar estudiando el mecanismo de su voluntad, confiando en la formación de hábitos y esperando obtener más y más relativa libertad entre los deslumbramientos del libre albedrío y las obscuridades del fatalismo, merced al aprovechamiento de las lecciones del determinismo. Corroborando este aserto debemos agregar que el determinismo es la única salvaguardia, casi el único creador de la menguada libertad de que podemos disfrutar. Lejos de confundirse con el fatalismo, es precisamente lo contrario. El determinismo implica la existencia y funcionamiento de una ley de causalidad en el orden universal. Según ese principio, unas mismas causas o unos mismos antecedentes producen siempre unos mismos efectos o unos mismos consecuentes.
Nuestro obrar, o si queréis hablar como los espiritualistas, el ejercicio de nuestra libertad, consiste siempre en hacer algo, es decir, producir algún efecto por medio del movimiento de alguna cosa. Por ejemplo, yo me propongo ir a Valparaíso esta tarde; para conseguirlo ejecuto una multitud de movimientos, como son la preparación de mi equipaje, el proveerme de dinero, trasladarme a la estación, adquirir los billetes respectivos.
No hago ningún caudal de que la resolución misma de mi viaje no puede ser indeterminada. El hecho de encontrarme en nuestro puerto a media noche es el efecto de mi voluntad; pero este no habría sido posible sin el determinismo y la ley de causalidad.
Que una locomotora se mueva por medio del vapor de agua, que a su vez se ha producido por medio de la combustión del carbón, son meras aplicaciones de la ley de causalidad y del determinismo. Si os imagináis un mundo no regido por estos principios y si sois consecuentes debéis convenir en que dentro de tal mundo, para efectuar un viaje, estaríamos en peores condiciones que los volantines de los muchachos de la calle, cuyo encumbramiento depende de los caprichos del viento.
Concebid un mundo no regido por los principios de que hablo y sed consecuentes: dentro de ese mundo la dosis de neurosina con que hoy alentáis a un neurasténico puede ser mañana o una cosa inútil o un veneno. Las cualidades esenciales y duraderas de las cosas dejarían de ser tales y se cambiarían al azar movidas por un hado caprichoso y loco.
¿Qué sería de nosotros si los múltiples antecedentes que hacen que las golondrinas sean lo que son, no obrasen, y de la noche a la mañana pudieran convertirse en víboras de mortal picadura? Tal universo sí que sería un caos si es que alcanzábamos a vivir en él un segundo para concebirlo así y decirlo. Si tales cosas no suceden es en virtud de la uniformidad esencial de la naturaleza, de la ley de causalidad y del determinismo.
He dicho que el conocimiento y aplicación del principio determinista es lo único que puede aumentar la menguada y mal llamada libertad de que disfrutamos. Es claro que si queremos hacer una cosa o evitar otra, lo mejor es conocer las causas y los agentes que nos conducirán a esos fines, y, lo repetimos, poner en acción esos agentes es aplicar y confiar en el determinismo. Estamos en situación de aumentar nuestra libertad especialmente, cuando disponemos de tiempo para la consecución de nuestros objetos.
_El determinismo está en razón inversa del tiempo que falta para que se efectúe el fenómeno._ No cabe dentro de ninguna facultad el evitar que los hijos de una familia dada sean raquíticos, débiles y torpes si sabemos que sus padres, además de tener complexiones enfermizas, eran parientes muy cercanos entre sí. El que nazcan niños degenerados en tales circunstancias se halla casi fatalmente determinado; pero el hombre tiene el poder de impedir que este mal se repita en lo porvenir haciendo que no se verifiquen matrimonios entre parientes cercanos y que no se liguen por los lazos del amor conyugal sino personas sanas. El aumento de nuestra propia voluntad se verifica de la misma suerte. Si un hombre de hábitos desarreglados, glotón y perezoso, lanza una tarde el _fiat_ y resuelve trabajar inmediatamente después de su almuerzo o de un _lunch_ suculento, no conseguirá nada, sino adelantarse. Pero si al día siguiente se levanta temprano, se baña, reforma su régimen alimenticio y se modera en el comer y en el beber, empezará a sentir inmediatamente mayor elasticidad en sus músculos, fuerza para trabajar, viveza de imaginación, más voluntad y más libertad.
Por todas estas razones hemos dicho que la obra de Mr. Payot corresponde mejor a sus tendencias voluntaristas que las conferencias de Mr. James.
El voluntarismo del psicólogo de Harvard (por lo menos tal como aparece en sus conferencias pragmatistas y en su ensayo sobre la _Voluntad de creer_), puede no sólo carecer de eficacia, sino aun ser perjudicial.
Decidle a un dispéptico que confíe sólo en su voluntad para levantar su ánimo abatido, no le proporcionéis las pócimas y régimen adecuados a sus dolencias y le habréis infligido uno de los mayores males de su vida.
Es de advertir que Mr. James, psicólogo, no es voluntarista de la misma manera que Mr. James, pragmatista. En los _Principios de Psicología_ trata científicamente de la formación de hábitos y de la educación de la voluntad.
Ya he dicho también que Mr. James considera el problema de la libertad como un problema metafísico y cree en ella sólo por motivos morales. Así las ideas de libertad y responsabilidad pasan a ocupar la categoría, no de poderes y estados reales, sino de postulados éticos, necesarios al educador y al moralista.
VII
Antes de concluir, permítansenos algunas últimas observaciones. Vamos a explotar una de las cualidades esenciales del propio pragmatismo, para poner en claro cómo su principal característica resulta ser la carencia de carácter distintivo, cómo es un término general que no tiene connotación en sentido lógico.
Ya sabemos que se vanagloria de ser antidogmático; y que cobija bajo sus alas anhelantes de poder, cualquiera idea que sirva para la acción. De aquí se infiere que, disintiendo de Mr. James, se puede, no obstante, reclamar el dictado de ser tan pragmatista como él, siempre que el contradictor sostenga que sus ideas, distintas de las del psicólogo de Harvard las considera más aptas que cualesquiera otras a robustecer su voluntad.
Ese tercero imaginario podría decirle a Mr. James:
«Aceptamos su fe meliorista; pero precisamente por creerlo más apto, más eficaz, más fecundo, más salvador, oponemos a su meliorismo providencialista, vago, metafísico, especie de panacea espiritual y moral, un meliorismo humano que no esté reñido con el conocimiento objetivo de las cosas y confíe en las inducciones y deducciones de la ciencia para introducir ideas nuevas y realizar obras melioristas. Este pragmatismo reformado, por llamarlo así, cree en la verdad y descansa exclusivamente en las virtualidades de la acción humana para transformar al mundo.»
«Es menester, continúa el tercero imaginario, convencerse de una vez por todas de que la necesidad más urgente para el hombre es mejorar la vida de la especie, pensando por ahora nada más que en ella misma y contando nada más que con sus medios humanos. Si existe un Supremo Hacedor, dejémosle tranquilo entre lo incognoscible, en la caprichosa e insondable sombra del misterio que envuelve el principio de las cosas. Procediendo así estamos de acuerdo con su indudable norma de no intervención, porque si alguna vez ese Supremo Hacedor dió dentro del caos el primer impulso para el desenvolvimiento de las cosas inorgánicas y orgánicas, no se puede negar que desde aquel instante dejó a los mundos entregados a la suerte que le resultara del funcionamiento de sus leyes mecánicas, complejas e invariables; no ha vuelto a mezclarse en el destino de sus criaturas y se ha retirado por completo a su enigmática mansión de lo eterno, de lo infinito y de lo misterioso».
«Esta concepción es franca y además profundamente religiosa. Establece la más santa hermandad entre los hombres, liga a los hijos de esta tierra con sólidos lazos para que venzan mejor las peripecias de su común destino; y en lugar de las vanas palabras y pequeñas formas e imágenes, todas muy vanas y pequeñas hasta ahora, con que se ha pretendido llenar el arcano sin fondo de lo desconocido y de los orígenes del universo, coloca sonriente al frente el término _Misterio_. No adora al indescifrable Supremo Hacedor en los ríos, en los mares, en las montañas, en los templos ni en representaciones antropomórficas, sino que lo busca donde palpita la esencia de la vida que es y de la vida que aspira a ser más, en el corazón de los que sufren y de los que aman, en el alma de los ignorantes que esperan más luz para ser también conscientes cooperadores en la creación, en las pasiones de los extraviados y de los desequilibrados, para estudiar ensayos fracasados de las infinitas formas de la palpitante vida, en las esperanzas locas y en las quimeras de la juventud, que suelen constituir anuncios inconscientes de lo porvenir, en el espíritu de los místicos sinceros, porque se olvidan de sí mismos, en el corazón de los héroes, de los genios y de los esforzados, porque viven para los demás y forman cristalizaciones del alma popular.»
«Llevados en alas de esa concepción, el tiempo que gastábamos en invocaciones y súplicas debe ir a aumentar las vigilias que consagramos a nuestras aspiraciones y tareas melioristas, y entonces la serenidad de un espíritu verdaderamente moral y religioso se expresará diciendo: Estoy bien en conciencia con Dios porque estoy bien en conciencia conmigo y con los hombres; porque he tratado de descifrar la obscuridad del destino humano, he puesto con ahinco mi alma en la solución de este problema y sinceramente no he encontrado otra que buscar el conocimiento de las leyes de nuestro universo para mejorar las cosas de esta tierra y las relaciones de los hombres entre sí».
Tales serían las palabras que un espíritu lógico podría pronunciar, reclamando para ellas el calificativo de ser, por el hecho de creerlas alentadoras de la acción, tan pragmatistas como las que pronuncia Mr. James, que predica ideas contrarias; tales son algunas de las inferencias que irrefutablemente cabe deducir de los principios teóricos y método lógicos del pragmatismo.
Pero el pragmatismo aplicado, aplicado por el mismo Mr. James, resulta otra cosa: es una forma de escepticismo encaminada principalmente a apuntalar al tradicionalismo. Lo que hace que el conjunto de la obra de nuestro filósofo resulte contradictorio, porque empieza alardeando de antidogmatismo para concluir doblando la cerviz bajo el dogmatismo.
Esta escuela filosófica ha encontrado en la gran República del Norte su cuna y una tierra propicia para su difusión, por dos razones: una es la primacía que tiene la actividad sobre el pensar especulativo entre los hijos de aquella nación, y la otra la constituyen los temores que inspira el desarrollo de una democracia desbordada que sin freno religioso pueda ser víctima de su egoísmo y de su concupiscencia.
Como ha dicho A. Schinz[15], el pragmatismo es la escolástica moderna, de igual suerte que la escolástica fué el pragmatismo de la Edad Media. En ambos casos se ha sacrificado la verdad a la consecución de fines considerados superiores.
[15] Antipragmatismo.
En la Edad Media la filosofía escolástica se cortó las alas para seguir los pasos de la teología, y ahora el pragmatismo quiere maniatar a la filosofía para hacer de ella la humilde servidora de la ética tradicional.
En el pragmatismo hay no sólo escepticismo y tradicionalismo; es un nuevo aspecto del sutil obscurantismo. Podría verse en él también una especie de decadentismo filosófico, de igual manera que el decadentismo propiamente dicho es un género de obscurantismo literario.
Cabe decir que en la producción de obras obscuras y decadentes, ya sean filosóficas o literarias, no toca toda la responsabilidad a los escritores que las dan a luz; no: parece que una gran masa del público pide, desea o fomenta tales obras. Así como hay gentes que prefieren contemplar las pequeñas realidades de la vida, las realidades cotidianas, al través de los vapores del alcohol o del humo de los cigarros, a pesar de que no ignoran cuan funestos son esos hábitos para su salud y la nitidez de sus percepciones, de idéntico modo muchas otras, al tratarse de los grandes problemas de la existencia, rechazan las ideas claras y coherentes, se niegan a examinarlas; prefieren la confusión que no choca con la imitación tradicional o los impulsos hereditarios; prefieren el engaño tranquilo a las inquietudes de la duda y de la reconstrucción mental.
Felizmente no hay cuidado de que entre nosotros prendan en forma tan amenazante tales retoños de escepticismo intelectual y de obscurantismo filosófico. Entre nosotros ha echado bastantes raíces la filosofía científica europea, que por nuestra parte la consideramos _positiva_, en cuanto al método, _evolucionista_ en cuanto a la ley que rige los procesos de los fenómenos y _monista_ en cuanto supone la existencia de una sola substancia. No es tampoco su positivismo tan estrecho que niegue a la _psiquis_ la facultad de efectuar síntesis creadoras, de crear formas nuevas, de ser una cooperadora de la creación universal y de transformarse y perfeccionarse a sí misma. Esa filosofía auna y armoniza las aspiraciones del naturalismo y del humanismo, prestando a la acción humana la base del conocimiento objetivo y científico, sin el cual el espíritu humano, entregado a los inconsistentes espejismos pragmatistas de Mr. James, sería como una ave poderosa que, entendiendo que el aire era un estorbo para emprender un alto vuelo, saliera de la atmósfera, y por su ilusión temeraria se viera con las alas plegadas rodando al abismo.
La filosofía científica de que hablamos no se halla reñida con la más elevada vida ética y ofrece a los hombres de estudio los más ciertos y fecundos métodos de investigación y principios sólidos de interpretación del mundo, de previsión y de acción. En esta época de crisis moral y mental en que se cruzan y luchan las corrientes de ideas más contrarias, aparece la filosofía científica como el evangelio dotado de superior eficacia para librarnos del escepticismo que nos echa en brazos de los placeres sensuales; del diletantismo literario que señala a la inteligencia desorientada un fin y un goce en las brillantes frases de hueca sonoridad; para apartarnos de la superidolatría del dinero y del pesimismo social que engendra el desánimo de la voluntad.
Y si ponemos con amor la conciencia atenta a las sagradas esperanzas contenidas en las almas jóvenes, una voz íntima nos dice que la filosofía científica, que aún exige luchas, es la única disciplina seria, es el único mentor sólido para esa juventud intelectual que busca con agitado entusiasmo la senda que debe seguir.
LA EDUCACIÓN INTELECTUAL Y LA IMITACIÓN INGLESA
Causa placer considerar el gran interés con que se estudian y discuten actualmente las cuestiones de educación. La opinión pública recibe y da en este sentido impulsos que han de producir magníficos resultados.
Sin embargo, se ha dejado sentir en los últimos tiempos una marcada tendencia a señalar a la educación rumbos exclusivamente prácticos y a presentarnos como el perfecto modelo que debemos imitar: la educación inglesa. Este propósito es algo erróneo y extraviado, porque nace de ideas inexactas sobre las instituciones pedagógicas inglesas y no es quizás más que el resultado del deslumbramiento superficial producido por el actual poderío británico, cuyas complejísimas causas no se estudian detenida y hondamente, y porque revela la carencia de una concepción clara, propia y llena de alientos de lo que debe ser la educación de un pueblo nuevo que quiere dejar grabado con brillante vigor el paso de su nacionalidad por la historia humana. Los pueblos como los individuos han de ver ejemplos que seguir en las grandes personalidades y naciones del pasado y del presente; pero teniendo al mismo tiempo la serenidad suficiente para conocer los defectos de sus modelos y ánimo inquebrantable de corregirlos y afrontar la vida con ideales superiores.
Se ha dicho entre nosotros últimamente en la prensa, en revistas y discursos, que la educación que proporcionan nuestros Liceos es mala y no corresponde a las necesidades del día, por dar sobrada importancia al cultivo de la inteligencia y no habilitar a los jóvenes para ganarse la vida en cuanto salgan de los establecimientos de instrucción secundaria.
Naturalmente, nuestros Liceos están lejos, muy lejos de ser perfectos; pero son infundadas las críticas que se hacen y en parte inadecuados los remedios que se proponen. Al criticar nuestros sistemas de enseñanza se ha caído en el juicio inexacto de ver intelectualismo exagerado donde no existe, por la sencilla razón de que observamos muchas cosas a través de libros franceses. Algunos franceses, preocupados de una manera anhelante y casi angustiada de la expansión comercial y colonial de su país, dominados con obsesión por la idea de la potencia abrumadora del imperio británico, han ido a estudiar en Inglaterra las causas de ese poder para ver si es cosa que se puede imitar, ni más ni menos como en tiempo de Luis XIV observaron los procedimientos y quisieron seguir los pasos de los holandeses que entonces tenían en el mundo la hegemonía de los mares.
Han creído encontrar esos motivos en las diferencias de educación y han iniciado un movimiento poderoso de reforma de su instrucción nacional. Y han tenido en parte razón.
El programa de enseñanza clásica ha consagrado diez horas semanales durante seis años al estudio del latín y del griego, las lenguas modernas se estudiaban mal; apenas se ha dejado lugar para las ciencias naturales y para la física y la química, a las cuales se ha consagrado unas pocas horas como partes subordinadas de la filosofía que se ha estudiado en el último año. En contra de este programa se han levantado las voces de Lemaitre y Desmolins y en contra del intelectualismo--excesivo también--las de Payot y Thomas. Pero ¿ocurre en Chile algo semejante? ¿Dónde se cultiva y prospera ese intelectualismo absorbente? Los programas actuales recargan tal vez la memoria de los alumnos en algunas materias; pero eso no es un intelectualismo ni defectuoso ni de ninguna clase. Lo que deberían haber dicho los críticos de nuestra enseñanza es que ella conduce al profesionalismo, lo que es algo enteramente distinto. Precisamente, entre otras cosas, y dicho sea esto en honor de las excepciones, que son las que más sufren con ello, lo que falta en Chile en alto grado es cultura intelectual general. El mismo Desmolins en su programa de enseñanza nueva y moderna conserva en la sección de letras el estudio del griego y del latín y en todos los cursos de su escuela consagra durante los seis años cuatro horas semanales a la historia y a la geografía, mientras nosotros sólo les dedicamos tres en los primeros años y pronto les dedicaremos tres en todos los años de las humanidades. El programa de Desmolins, que es la última palabra de lo práctico, reserva tiempo suficiente a estudios que nosotros o hemos suprimido o restringido por considerarlos poco útiles. Y aun quieren que seamos más utilitarios.
Es igualmente un grave error histórico atribuir el colosal desenvolvimiento de Inglaterra a la influencia de sus sistemas de educación práctica. Al contrario, debe pensarse, que tanto su vasto imperio como su educación son efectos de una complicada multitud de causas históricas y sociales, que han obrado durante varios siglos, causas entre las cuales es menester reconocer un valor importantísimo a la situación geográfica de la Gran Bretaña y a la raza de sus pobladores.