Chapter 19
--Es la baronesita viuda de ***. Es una señora que, a fuerza de ser hermosa y amable, a fuerza de gusto en el vestir, ha llegado a ser aborrecida de todas las demás mujeres. Como su trato es harto fácil, y no abriga más malicia que la que cabe en veintidós años, todos los jóvenes que la ven se creen con derecho a ser correspondidos; y como al llegar a ella se estrellan desgraciadamente los más de sus cálculos en su virtud--porque aunque la ves tan loca al parecer, en el fondo es virtuosa,--los unos han dado en llamar coquetería su amabilidad, los otros, por venganza, le dan otro nombre peor. Unos y otros hablan infamias de ella; debe, por consiguiente, a su mérito y a su virtud el haber perdido la reputación. ¿Qué quieres? ¡esa es la sociedad!
--¿Y aquella de aquel aspecto grave, que se remilga tanto cuando un hombre se le acerca? Parece que tema que le vean los pies según se baja el vestido a cada momento.
--Esa ha entendido mejor el mundo. Esa corresponde con bufidos a todo galán. Una casualidad rarísima me ha hecho descubrir dos relaciones que ha tenido en menos de un año: nadie las sabe sino yo: es casada; pero como brilla poco su lujo, como no es una hermosura de primer orden, como no se pone en evidencia, nadie habla mal de ella. Pasa por la mujer más virtuosa de Madrid. Entre las dos se pudiera hacer una maldad completa: la primera tiene las apariencias, y ésta la realidad. ¿Qué quieres? ¡en la sociedad siempre triunfa la hipocresía! Mira; apartémonos: quiero evitar el encuentro de ese que se dirige hacia nosotros: me encuentra en la calle y nunca me saluda; pero en sociedad es otra cosa: como es tan desairado estar de pie, sin hablar con nadie, aquí me habla siempre. Soy su amigo para los momentos de fastidio: también en el Prado se me suele agregar cuando no ha encontrado ningún amigo más íntimo. Esa es la sociedad.
--Pero observo que huyendo de él, nos hemos venido al _écarté_. ¿Quién es aquel que juega a la derecha?
--¿Quién ha de ser? Un amigo mío íntimo, cuando yo jugaba. Ya se ve; ¡perdía con tan buena fe! Desde que no juego no me hace caso. ¡Ay! este viene a hablarnos.
Efectivamente, llegósenos un joven con aire marcial y muy amistoso.
--¿Cómo le tratan a usted?--le preguntó mi primo.
--Pícaramente; ciento sesenta pesos he perdido. ¿Y a usted?
--Peor todavía; adiós...
Ni siquiera nos contestó el perdidoso.
--Hombre, si no has jugado--le dije a mi primo,--¿cómo dices?...
--Amigo, ¿qué quieres? Conocí que me venía a preguntar si tenía suelto. En su vida ha tenido ciento sesenta pesos, la sociedad es para él una especulación; lo que no gana lo pide...
--Pero, ¿y qué inconveniente había en prestarle? Tú que eres tan generoso...
--Sí, hace cuatro años; ahora no presto ya hasta que no me paguen lo que me deben; es decir, que ya no prestaré nunca. Esa es la sociedad. Y sobre todo, ese que nos ha hablado...
--¡Ah! es cierto; recuerdo que era antes tu amigo íntimo: no os separábais.
--Es verdad; y yo lo quería: me lo encontré a mi entrada en el mundo; teníamos nuestros amores en una misma casa, y yo tuve la torpeza de creer simpatía lo que era comunidad de intereses. Le hice todo el bien que pude, ¡inexperto de mí! Pero de allí a poco puso los ojos en mi bella, me perdió en su opinión, y nos hizo reñir: él no logró nada; pero desbarató mi felicidad. Por mejor decir, me hizo feliz; me abrió los ojos.
--¿Es posible?
--Esa es la sociedad: era mi amigo íntimo. Desde entonces no tengo más amigos íntimos que estos pesos que traigo en el bolsillo: son los únicos que no venden: al revés, compran.
--¿Y tampoco has tenido más amores?
--¡Oh! eso sí: de eso he tardado más en desengañarme. Quise a una que me quería sin duda por vanidad, porque a poco de quererla me sucedió un fracaso que me puso en ridículo, y me dijo que no podía arrostrar el ridículo; luego quise frenéticamente a una casada: ésa, sí, creí que me quería sólo por mí; pero hubo hablillas, que promovió precisamente aquella fea que ves allí, que como no puede tener amores, se complace en desbaratar los ajenos; hubieron de llegar a oídos del marido, que empezó a darle mala vida: entonces mi apasionada me dijo que empezaba el peligro y que debía concluirse el amor; su tranquilidad era lo primero. Es decir, que amaba más su comodidad que a mí. Esa es la sociedad.
--¿Y no has pensado nunca en casarte?
--Muchas veces; pero a fuerza de conocer maridos, también me he desengañado.
--Observo que no llegas a hablar a las mujeres.
--¿Hablar a las mujeres en Madrid? Como en general no se sabe hablar de nada, sino de intrigas amorosas, como no se habla de artes, de ciencias, de cosas útiles, como ni de política se entiende, no se puede uno dirigir ni sonreír tres veces a una mujer; no se puede ir dos veces a su casa sin que digan: «Fulano hace el amor a Mengana». Esta expresión pasa a sospecha, y dicen con una frase por cierto bien poco delicada: «¿Si estará metido con Fulana?» Al día siguiente esta sospecha es ya una realidad, un compromiso. Luego hay mujeres, que porque han tenido una desgracia o una flaqueza, que se ha hecho pública por este hermoso sistema de sociedad, están siempre acechando la ocasión de encontrar cómplices o imitadoras que las disculpen, las cuales ahogan la vergüenza en la murmuración. Si hablas a una bonita, la pierdes; si das conversación a una fea, quieres atrapar su dinero. Si gastas chanzas con la parienta de un ministro, quieres un empleo. En una palabra, en esta sociedad de ociosos y habladores nunca se concibe la idea de que puedas hacer nada inocente, ni con buen fin ni aun sin fin.
Al llegar aquí no pude menos de recordar a mi primo sus expresiones de hacía cuatro años:
--Es encantadora la sociedad: ¡qué alegría! ¡qué generosidad! ¡ya tengo amigos, ya tengo amante!
Un apretón de manos me convenció de que me había entendido.
--¿Qué quieres?--me añadió de allí a un rato;--nadie quiere creer sino en la experiencia: todos entramos buenos en el mundo, y todo andaría bien si nos buscáramos los de una edad; pero nuestro amor propio nos pierde: a los veinte años queremos encontrar amigos y amantes en las personas de treinta, es decir, en las que han llevado el chasco antes que nosotros, y en los que ya no creen: como es natural, le llevamos entonces nosotros y se lo pegamos luego a los que vienen detrás. Esa es la sociedad; una reunión de víctimas y de verdugos. ¡Dichoso aquel que no es verdugo y víctima a un tiempo! ¡pícaros, necios, inocentes! ¡Más dichoso aún, si hay excepciones, el que puede ser excepción!
LAS PALABRAS
No sé quién ha dicho que el hombre es naturalmente malo: ¡grande picardía por cierto! nunca hemos pensado nosotros así: el hombre es un infeliz, por más que digan: un poco fiero, algo travieso, eso sí; pero en cuanto a lo demás, si ha de juzgarse de la índole del animal por los signos exteriores, si de los resultados ha de deducirse alguna consecuencia, quisiera yo que Aristóteles y Plinio, Buffon y Valmont de Vaumare, me dijesen qué animal, por animal que sea, habla y escucha. He aquí precisamente la razón de la superioridad del hombre, me dirá un naturalista: y he aquí precisamente la de su inferioridad, según pienso yo, que tengo más de natural que de naturalista. Presente usted a un león devorado del hambre (cualidad única en que puede compararse el hombre al león), preséntele usted un carnero, y verá usted precipitarse a la fiera sobre la inocente presa, con aquella oportunidad, aquella fuerza, aquella seguridad que requiere una necesidad positiva que está por satisfacer.
Preséntele usted al lado un artículo de un periódico, el más lindamente escrito y redactado; háblele usted de felicidad, de orden, de bienestar; y apártese usted algún tanto, no sea que si lo entiende, le pruebe su garra que su única felicidad consiste en comérselo a usted. El tigre necesita devorar al gamo; pero seguramente que el gamo no espera a oír sus razones. Todo es positivo y racional en el animal privado de la razón. La hembra no engaña al macho, y viceversa, porque como no hablan, se entienden. El fuerte no engaña al débil por la misma razón: a la simple vista huye el primero del segundo, y éste es el orden, el único orden posible. Déseles el uso de la palabra: en primer lugar, necesitarán una academia para que se atribuya el derecho de decirles que tal o cual vocablo no debe significar lo que ellos quieren, sino cualquiera otra cosa; necesitarán sabios, por consiguiente, que se ocupen toda una larga vida en el hablar de cómo se ha de hablar; necesitarán escritores que hagan macitos de papeles encuadernados, que llamarán libros, para decir sus opiniones a los demás, a quienes creen que importan. El león más fuerte subirá a un árbol y convencerá a la más débil alimaña de que no ha sido criada para ir y venir y vivir a su albedrío, sino para obedecerle: y no será lo peor que el león lo diga, sino que lo crea la alimaña. Pondrán nombre a las cosas, y llamando a una _robo_, a otra _mentira_, a otra _asesinato_, conseguirán, no evitarlas, sino llenar de delincuentes los bosques. Crearán la vanidad y el amor propio: el noble bruto que dormía tranquilamente las veinticuatro horas del día, se desvelará ante la fantasma de una distinción; y al hermano, a quien sólo mataba para comer, matarále después por una cinta blanca o encarnada. Deles usted, en fin, el uso de la palabra y mentirán: la hembra al macho por amor; el grande al chico por ambición; el igual al igual por rivalidad; el pobre al rico por miedo y por envidia; querrán gobierno como cosa indispensable, y en la clase de él estarán de acuerdo ¡vive Dios! éstos se dejarán degollar porque los mande uno sólo, afición que nunca he podido entender; aquéllos querrán mandar a uno solo, lo cual no me parece gran triunfo; aquí querrán mandar todos, lo cual ya entiendo perfectamente; allí serán los animales nobles, de alta cuna, quiere decir... (o mejor, no sé lo que quiere decir) los que manden a los de baja cuna; allá no habrá diferencia de cuna... ¡Qué confusión! ¡Qué laberinto! Laberinto que prueba que en el mundo existe una verdad, una cosa positiva, que es la única justa y buena, que esa la reconocen todos y convienen en ella: de eso proviene no haber diferencias.
En conclusión, los animales, como no tienen el uso de la razón ni de la palabra, no necesitan que les diga un orador cómo han de ser felices: no pueden engañar ni ser engañados, no creen ni son creídos.
El hombre, por el contrario, el hombre habla y escucha; el hombre cree, y no así como quiera, sino que cree todo. ¡Qué índole! El hombre cree en la mujer, cree en la opinión, cree en la felicidad... ¡Qué sé yo en lo que cree el hombre! Hasta en la verdad cree.--Dígale usted que tiene talento.--_¡Cierto!_ exclama en su interior.--Dígale usted que es el primer ser del universo.--_Seguro_, contesta:--Dígale usted que le quiere.--_Gracias_, contesta de buena fe.--¿Quiere usted llevarle a la muerte? trueque usted la palabra, y dígale: _te llevo a la gloria_: irá--¿Quiere usted mandarle? dígale usted sencillamente: _yo debo mandarte_.--_Es indudable_, contestará.
He aquí todo el arte de manejar a los hombres. ¿Y es malo el hombre? ¿Qué manada de lobos se contenta con un manifiesto? Carne pedirán y no palabras. _El hambre ¡oh lobos!_ decidles, _se ha acabado, ahogado el monstruo para siempre_...--_Mentira_--gritarán los lobos...--_al redil; el hambre se quita con cordero_...--_La hidra de la discordia ¡oh ciudadanos_!--dice por el contrario un periódico a los hombres,--_yace derribada con mano fuerte: el orden, de hoy más, será la base del edificio social: ya asoma la aurora de justicia por qué sé yo qué horizonte: el iris de paz_ (que no significa paz) _luce después de la tormenta_ (que no se ha acabado): _de hoy más la legalidad_ (que es la cuadratura del círculo) _será el fundamento del procomún_... etcétera. ¿Ha dicho usted _hidra de la discordia_, _justicia_, _procomún_, _horizonte_ y _legalidad_? Ved en seguida a los pueblos palmotear, hacer versos, levantar arcos, poner inscripciones.--¡Maravilloso don de la palabra! ¡Fácil felicidad! Después de un breve diccionario de palabras de época, tómese usted el tiempo que quiera: con sólo decir _mañana_ de cuando en cuando y de echarles palabras todos los días, como echaba Eneas la torta al Cancerbero, duerma usted tranquilo sobre sus laureles.
Tal es la historia de todos los pueblos, tal la historia del hombre... palabras todo, ruido, confusión: positivo nada. ¡Bienaventurados los que no hablan, porque ellos se entienden!
POR AHORA
En nuestro último artículo dejamos ligeramente apuntado que hay _cosas buenas_ en el mundo; y probamos hasta la evidencia, como solemos, que una de ellas es la policía. Como no nos pasa por la imaginación que uno solo de nuestros lectores se haya resistido a nuestras razones, tratamos de probar hoy otra verdad más indisputable todavía, a saber: que, sentado el principio de que hay cosas buenas, hay _palabras_ que parecen _cosas_, es decir, que hay _palabras buenas_.
A primera vista parece que buenas deben ser todas las palabras, puesto que sirven todas para hablar, o sea para gastar conversación, que es el fin que parecemos proponernos; esto es un error, sin embargo, y error grave. Palabras hay malas, profundamente malas por sí mismas, y sin necesidad de accesorios, que forman por sí solas oración y sentido, por más que suelan ellas no tener sentido común. Palabras que valen más que un discurso, y que dan que discurrir; cuando uno oye, por ejemplo, la palabra _conspiración_, cree estar viendo un drama entero, y aunque no sea nada en realidad. Cuando uno oye la palabra _libertad_, sólo ella, solita, cree uno estar oyendo una larga comedia. Cuando uno oye la palabra _imprenta_, ¿no cree ver detrás la censura, el imposible vencido, la cuadratura del círculo, la gran quisicosa? ¿No hay quien ve en ella el abismo, la anarquía, aquel qué sé yo, que nadie sabe explicar ni comprender? Cada una de estas palabras son verdaderas linternas mágicas; el mundo todo pasa al través de ellas. Una vez encendidas todo se ve dentro.
Estas palabras que encierran por sí solas una significación entera y determinada, son malas generalmente; las buenas son aquéllas que no dicen nada por sí, como por ejemplo: prosperidad, ilustración, justicia, regeneración, siglo, luces, responsabilidad, marchar, progreso, reforma, etc. Estas no tienen un sentido fijo y decisivo; hay quien las entiende de un modo, hay quien las entiende de otro, hay, por fin, quien no las entiende de ninguno. Estas son buenas, porque, blandas como cera, adáptanse a todas las figuras; éstas son, en fin, el alimento de toda conversación. Con ellas no hay discurso que no se pueda sostener, no hay cosa que no se pueda probar, no hay pueblo a quien no se pueda convencer. Estas son las palabras que parecen cosas.
Ahora bien; cuando dos de estas palabras insignificantes y maleables se llegan a encontrar en el camino una de otra, únense al momento y se combinan por una rara afinidad filológica; y entonces no toman por eso mayor sentido; todo lo contrario, juntas, suelen querer decir menos todavía que separadas; entonces estas palabras buenas suelen convertirse en lo que vulgarmente llamamos buenas palabras.
He aquí las reflexiones que teníamos presentes al sentar en el papel el titulillo de este artículo. Nadie nos negará que la palabra _por_ quiere decir poco cuando va sola; pues de la palabra _ahora_, no decimos nada. He aquí, pues, dos palabras excelentes, y combínense como se combinen. Júntese el _por_ con el _que_, y resultará el _porque_. Siempre se ha dicho que el _por qué_ de las cosas es inaveriguable; por consiguiente, no quiere decir nada. Póngase el _ahora_ en _oración_, y digamos, por ejemplo: «¿Qué hay ahora? ¿Qué se hace ahora?» Nada. Ambas son, pues, palabras nulas, y buenas, por consiguiente. Combínense ahora juntas, y digamos: _por ahora_, y se verá el efecto peregrino de la suma de todas las nulidades.
Pocas palabras hay tan buenas, tan útiles en el día, tan en boga; pocas palabras buenas que puedan tan fácilmente convertirse en _buenas palabras_. ¿A qué nos contesta usted con el _por ahora_? Es la espada de Alejandro, que corta todo nudo gordiano; es la panacea universal que templa todos los dolores. Buena jornada habíamos echado, si no pudiéramos contestar a todo: _por ahora_.
¿Cuánto no suaviza esta frase toda mala contestación? Por mejor decir, no hay con ella mala contestación posible, y todo aquel que sepa lo que es una repulsa seca, sabrá apreciar cuánto valen las buenas palabras. Son el vino que se mezcla con el agua para quitarle su crudeza. Ejemplo: _No_, quiere decir que _no_. Pero si en vez de decir _no_, dice usted _por ahora no_, aunque usted quiera decir lo mismo, si habla usted sobre todo con un tonto, como suele suceder, ha dicho usted una gran cosa. ¿Y qué cuesta decir dos palabras más?
Convencidos hombres muy ilustrados de esta verdad, ¿cómo pudieran no usarlas continuamente?
Lluevan sobre ellos en buena hora demandas y peticiones, renuévese la tabla de los derechos, clamen por todas partes tribuna y periódicos por la libertad de imprenta; no le responderán a usted con un _no_ seco, sino que _por ahora no conviene_. Pida usted más garantías; abogue usted por una verdadera seguridad individual; porque tal o cual estado es absurdo. _Lo vemos_--responderán,--y lo que es más, _con dolor_; empero _por ahora_ no es oportuno. Para que un pueblo esté bien gobernado, para que sea feliz, es preciso que se difunda la _ilustración_; para que un pueblo sea libre, es preciso que sepa mucho... y esté bastantemente ilustrado... véanse si no Grecia y Roma; aquéllos eran pueblos libres... ¡pero lo que se sabía allí! ¡qué pueblos tan ilustrados! ¿Qué tiene que ver la España del siglo XIX con la Grecia de Licurgo y la Roma de Numa?
Venga usted a decirme que el sistema judicial no es gran cosa. Que cada uno multa como le da la gana, y juzga como le parece. Pero eso es _por ahora_ no más. Deje usted que llegue aquel día raro, aquel día particular, que ha de ser el decisivo; día, en fin, de la oportunidad, el día que nos convenga pasarlo bien, que ese día será otra cosa.
Que hay confusión de poderes, de palabras y de cosas; que no nos entendemos; que es una verdadera Babel; que no andamos un paso, un solo paso; pero eso es _por ahora_. Todavía no conviene que nos entendamos. Es preciso buscar el momento oportuno. Pues qué, ¿no hay más que entenderse cualquier día del año, cualquier año del siglo?
¿Y quién es el encargado, preguntarán ustedes, de conocer el momento? ¿quién es ese sabio sagaz y penetrante, que ha de conocer cuándo nos conviene ser iguales, ser libres, poder hablar, ser, en una palabra, felices? ¿dónde está la línea divisoria entre la inoportunidad y la oportunidad? ¿quién es el ilustrado encargado de medir nuestra ilustración?
_Por ahora_, amigo lector, no se columbra todavía a ese sabio--responderemos;--ni nosotros hemos hecho ánimo de responder _por ahora_ a todas las preguntas; ni nos dejarán responder tampoco _por ahora_, aunque quisiéramos. Limitámonos _por ahora_ a probar que, como hay cosas buenas entre nosotros, hay palabras que parecen cosas, y _palabras buenas_ que nos dan por _buenas palabras_. Que las voces _por ahora_ son las primeras de ese género, y si bien se mira, bastante hemos dicho _por ahora_.
EL MINISTÉRIAL
¿Qué me importa a mí que Locke exprima su exquisito ingenio para defender que no hay ideas innatas, ni que sea la divisa de su escuela: _Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu_? Nada. Locke pudiera muy bien ser un visionario, y en ese caso, ni sería el primero ni el último. En efecto, no debía de andar Locke muy derecho: ¡figúrese el lector que siempre ha sido autor prohibido en nuestra patria!... Y no se me diga que ha sido mal mirado, como cosa revolucionaria, porque, sea dicho entre nosotros, ni fue nunca Locke emigrado, ni tuvo parte en la constitución del año 12, ni empleo el año 20, ni fue nunca periodista, ni tampoco urbano. Ni menos fue perseguido por liberal; porque en sus tiempos no se sabía lo que era haber en España ministros liberales. Sin embargo, por más que él no escribiese de ideas para España, en lo cual anduvo acertado, y por más que se le hubiese dado un bledo de que todos los padres censores de la Merced y de la Vitoria condenasen al fuego sus peregrinos silogismos, bien empleado le estuvo. Yo quisiera ver al señor Locke en Madrid en el día, y entonces veríamos si seguiría sosteniendo que porque un hombre sea ciego y sordo desde que nació, no ha de tener por eso ideas de cosa alguna que a esos sentidos ataña y pertenezca. Es cosa probada que el que no ve ni oye claro a cierta edad, ni ha visto nunca ni verá. Pues bien, hombres conozco yo en Madrid de cierta edad, y no uno ni dos, sino lo menos cinco, que así ven y oyen claro como yo vuelo. Hábleles usted, sin embargo, de ideas; no sólo las tienen, sino que ¡ojalá! no las tuvieran. Y de que estas ideas son innatas, así me queda la menor duda, como pienso en ser nunca ministerial; porque, si no nacen precisamente con el hombre, nacen con el empleo, y sabido se está que el hombre, en tanto es hombre en cuanto tiene empleo.
Podría haber algo de confusión en lo que llevo dicho, porque los ideólogos más famosos, los Condillac y Destutt-Tracy, hablan sólo del hombre, de ese animal privilegiado de la creación, y yo me ciño a hablar del ministerial, ese ser privilegiado de la gobernación. Saber ahora lo que va de ministerial a hombre, es cuestión para más despacio, sobre todo cuando creo ser el primer naturalista que se ocupa de este ente, en ninguna zoología clasificado. Los antiguos, por supuesto, no le conocieron: así es que ninguno de sus autores le mienta para nada entre las curiosidades del mundo antiguo, ni se ha descubierto ninguno en las excavaciones de Herculano, ni Colón encontró uno solo entre todos los indios que descubrió; y entre los modernos, ni Buffon le echó de ver entre los racionales, ni Valmont de Vaumare le reconoce; ni entre las plantas le coloca Jusieu, Tournefort, ni de Candolle, ni entre los fósiles le clasifica Cuvier; ni el barón de Humboldt, en sus largos viajes, hace la cita más pequeña que pueda a su existencia referirse. Pues decir que no existe, sin embargo, sería negar la fe, y vive Dios que mejor quiero pasar que la fe y el ministerialismo sean cosas para renegadas que para negadas, por más que pueda haber en el mundo más de un ministerial completamente negado.