Fígaro (Artículos selectos)

Chapter 18

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Un extranjero--seguí--que corre a un país que le es desconocido para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero; si pierde, es un héroe; si gana, es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya, ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera: sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el de dinero; ha dado de comer a los pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros; a su grande hospitalidad ha debido siempre Francia su alto grado de resplandor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado Rusia, ha debido llegar a ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las últimas; a los extranjeros han debido los Estados Unidos... pero veo por sus gestos de usted--concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo--que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes esperanzas!

Concluida esta filípica, fuíme en busca de mi Sans-délai.

--Me marcho, señor Fígaro--me dijo;--en este país no hay tiempo para hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más notable.

--¡Ay! mi amigo--le dije,--idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia: mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.

--¿Es posible?

--¿Nunca me habéis de creer? Acordaos de los quince días...

Un gesto de M. Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.

--_Vuelva usted mañana_--nos decían en todas partes,--porque hoy no se ve.

--Ponga usted un memorialito para que le den a usted un permiso especial.

Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y... contentose con decir: _soy extranjero_. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos! Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres, diciendo, sobre todo, que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino volver siempre mañana, y que a la vuelta de tanto mañana, enteramente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.

¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen M. Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo y pereza de abrir los ojos para hojear las hojas que tengo que darte todavía, te contaré cómo a mí mismo que todo esto veo, y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa, abandonar más de una pretensión empezada, las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once y duermo siesta, que paso haciendo quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué, y siempre fue de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé _Vuelva usted mañana_; que todas las noches y muchas tardes he querido, durante todo este tiempo, escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz, diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones: _¡Eh! ¡mañana le escribiré!_ Da gracias a que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!

CUASI

PESADILLA POLÍTICA

Hay hombres que dan su nombre a su siglo, hombres privilegiados que, calculada la fuerza de cuanto los rodea y la suya propia, saben hacer a la primera tributaria de la segunda; que se constituyen manivelas de la gran máquina en que los demás no saben ser más que ruedas. Dan el impulso, y su siglo obedece. Hombres fascinadores, como la serpiente, que hacen entrar cuanto miran en la periferia de su atmósfera; hombres reverberos, cuya luz se proyecta toda al exterior sobre los demás objetos y les da vida y color. Son los grandes mojones que el Criador coloca a trechos en la creación para recordarle su origen: por ellos se ha dicho sin duda que Dios ha hecho el hombre a su semejanza.

¡Sesostris, Alejandro, Augusto, Atila, Mahoma, Tamerlán, León X, Luis XIV, Napoleón! ¡Dioses en la tierra! Sus épocas participaron de su energía y de su grandeza: en derredor suyo y a su ejemplo se produjeron, a modo de emanaciones de ellos, multitud de hombres notables, que recorrieron como satélites su misma carrera. Después de ellos nada. Después del coloso los enanos.

Actualmente empezamos a dejar atrás una época que tendrá nombre; el último hombre reverbero ha desaparecido. Después del hombre grande, todo hombre es chico. Uno solo falta, y se necesitan cien mil para llenar su vacío. ¡Y aún! Expirado el reino del hombre, entran los hombres. Agotados los hechos, nacen las palabras.

¡Si habrá épocas de palabras, como las hay de hombres y de hechos! ¡Si estaremos en la época de las palabras!

Acababa de hacer estas reflexiones, cuando sentí sobre mí algo, más fuerte que yo; oí sin ver, y mudé de sitio sin andar.

--Ven conmigo, dame la mano. ¿Ves esa mancha enorme que se extiende sobre la tierra, y crece y se desparrama como la gota de aceite que ha caído en el papel de estraza? Es la segunda Babel. Estás sobre París. Mira los mortales de todos los países. Cada cual se apresura a traer aquí una piedra para contribuir al loco edificio. ¿No oyes ya la confusión de las lenguas? El inglés, el alemán, el español, el italiano, el... ¡Babel la nueva! Empiezan a no entenderse. Ya en una ocasión se han tirado unos a otros a la cabeza los materiales de la grande obra; el suelo ha salido de madre como un río de su álveo; las casas se han desmoronado... era el amago de la confusión, de la no inteligencia. ¡Una cadena nos pesa!--dijeron:--y en vez de añadir: ¡Fuera cadena!--clamaron: ¡Otra qué no pese! _Risum teneatis._ El lobo los comía, y en lugar de comerse ellos al lobo, se comieron unos a otros. Raro modo de entenderse. Corrió la sangre, y hoy están como estaban.

Sube a lo más alto, y oirás el ruido inmenso, el ruido del siglo y de sus palabras, y oirás sobre todas ellas la gran palabra, la palabra del siglo.

--Lo que veo es los hombres muy pequeños; pero la distancia sin duda...

--¡Bah! de aquí no se ve más que la verdad. ¿Los ves pequeños? Ahora es únicamente cuando los ves como ellos son. De cerca la ilusión óptica--esta es la verdadera física--te los hace parecer mayores. Pero advierte que esas figuras que semejan hombres, y que ves bullir, empujarse, oprimirse, retorcerse, cruzarse y sobreponerse, formando grupos de vida como los gusanos producidos por un queso de Roquefort, no son hombres tales, sino palabras. ¿No oyes el ruido que se exhala de ellos?

--¡Ah!

--Palabras del derecho, palabras del revés, palabras simples, palabras dobles, palabras contrahechas, palabras mudas, palabras elocuentes, palabras monstruos. Es el mundo. Donde veas un hombre, acostúmbrate a no ver más que una palabra. No hay otra cosa. No precisamente a palabra por barba; tampoco. Despacio. A veces en uno verás muchas palabras, tantas, que aquél sólo te parecerá cien hombres; en cambio otras veces, y será lo más común, donde creas ver cien mil hombres, no habrá más que una palabra.

Mira las palabras de dos caras, palabras-bifrontes, Janos: son las palabras de honor, llamadas así por apodo; según te necesiten las verás del bueno o del mal frente. A su lado las _palabras-promesas_, _palabras-manifiestos_, regularmente coronadas, siempre escuchadas y creídas, pero tan ambiláteras como las otras; _palabras-callos_, endurecidas, incorregibles, que han de arrancarse de raíz si han de dejar de doler.

¿Ves esa multitud de figurillas que se agitan, se muerden, se baten, se matan?... Todo eso es la palabra _Honor_. ¿Ves ese sinnúmero, muchedumbre armada, toda erizada y hostil? Lo llamáis ejército, y no es más que _ambición_; _palabra-monstruo_, _palabra-puerco-espín_, llena de púas: _palabra-percebe_, toda patas y manos. Mira qué de furiosos; teas encendidas, sangre, saqueo, confusión: todo ese ruido son nueve letras: _fanatismo palabra-loco-de-atar_; sin embargo, nadie la ata.

¡Ah! aquí viene la _palabra-arlequín_, la _palabra-camaleón_. ¡Qué de faces, qué soltura! todos corren tras ella: inútilmente. Mira cómo la quiere coger la _palabra-pueblo_, gran palabra. La primera tiene ocho letras, _libertad_. Siempre que el _pueblo_ va a cogerla, se mete entre las dos la _palabra-promesa_, _palabra-manifiesto_; pero la _palabra-pueblo_ es de las que llamé palabras-contrahechas; ciega, sordomuda, se deja guiar e interpretar, sin hacer más que dar de cuando en cuando palo de ciego; como no ve, da ciento en la herradura, y ninguna en el clavo: por lo regular se da a sí misma.

Pero todo ese vano ruido se apaga y se confunde. ¡Sitio, sitio! ¡Plaza, plaza! La gran palabra, la nuestra, la de nuestra época, que lo coge y lo atruena todo. En ella se cifra nuestro siglo de medias tintas, de medianías, de cosas a medio hacer: de todas las palabras que reinan en figuras de hombres y cosas por allá abajo, ésta es en el día la que reina sobre todas, CUASI. Ese es todo el siglo XIX. Obsérvala: a cada una de sus facciones le falta algo; no es más que un perfil: ni está de pie, ni sentada. Vestida de blanco y negro, día y noche. Más breve: _palabra-cuasi_, _cuasi-palabra_.

Empecemos por aquí. Mira al suelo perpendicularmente. A tus pies está la Francia. Un pueblo _cuasi-libre_ la ocupa. En otro siglo hubiera hecho una revolución entera: en éste, y en su año 30, no ha podido hacer más que una _cuasi_ revolución; en el trono un _cuasi_ rey, que representa una _cuasi_ legitimidad. Una cámara _cuasi_ nacional, que sufre en el país de nuevo una _cuasi_ censura, _cuasi_ abolida, por la _cuasi_ revolución; un rey _cuasi_ asesinado; una gran nación _cuasi_ descontenta, y por otra conmoción política _cuasi_ próxima.

¿Qué ves en Bélgica? Un estado _cuasi_ naciente y _cuasi_ dependiente de sus vecinos, mandado por otro _cuasi_ rey.

Mira la Italia. Tantos estados _cuasi_ como ciudades: _cuasi_ presa del Austria. La antigua Venecia _cuasi_ olvidada. Un Supremo Pontífice, en el día _cuasi_ pobre, y del cual _cuasi_ nadie hace caso.

Vuélvete al Norte. Pueblos _cuasi_ bárbaros, regidos por un Emperador _cuasi_ déspota en un país _cuasi_ despoblado y desierto. En Alemania los pueblos _cuasi_ más civilizados con un gobierno _cuasi_ absoluto, _cuasi_ temperado por sus dietas, instituciones _cuasi_ representativas. En Holanda, nación _cuasi_ toda mercantil y navegante, un rey _cuasi_ rabioso, y cuyo poder _cuasi_ se desmorona.

En Constantinopla mismo, un Imperio _cuasi_ agonizante, una civilización _cuasi_ naciente, y un sultán _cuasi_ ilustrado con costumbres _cuasi_ europeas.

En Inglaterra, una industria y un comercio, monopolio _cuasi_ del mundo; un orgullo nacional _cuasi_ insufrible; y otro _cuasi_ rey que no decide _cuasi_ nada; una mayoría _cuasi_ whig. Un gobierno _cuasi_ oligárquico, que tiene la audacia de llamarse liberal.

En Portugal una _cuasi_ nación, con una lengua _cuasi_ castellana, y recuerdos de una grandeza _cuasi_ borrada. Un _cuasi_ ejército, y una _cuasi_ protección a España, de _cuasi_ seis mil hombres, _cuasi_ todos portugueses.

En España, primera de las dos naciones de la Península (es decir, de la _cuasi-ínsula_), unas _cuasi_ instituciones reconocidas por _cuasi_ toda la nación: una _cuasi-Vendée_ en las provincias con un jefe _cuasi_ imbécil: conmociones aquí y allí _cuasi_ parciales: un odio _cuasi_ general a unos _cuasi_ hombres, que _cuasi_ sólo existen ya en España. _Cuasi_ siempre regida por un gobierno de _cuasi_ medidas. Una esperanza _cuasi_ segura de ser _cuasi_ libres algún día. Por desgracia muchos hombres _cuasi_ ineptos. Una _cuasi_ ilustración repartida por todas partes. Una _cuasi_ intervención, resultado de un _cuasi_ tratado, _cuasi_ olvidado, con naciones _cuasi_ aliadas. El _cuasi_ en fin en las cosas más pequeñas. Canales no acabados: teatro empezado: palacio sin concluir: museo incompleto: hospital fragmento; todo a medio hacer... hasta en los edificios el _cuasi_.

Por último, tiende la vista por doquiera: una lucha _cuasi_ eterna en Europa de dos principios: reyes y pueblos, y el _cuasi_ triunfante de ella y resolviéndola con su justo medio de tener _cuasi_ reyes y _cuasi_ pueblos. Epoca de transición, y gobiernos de transición y de transacción: representaciones _cuasi_ nacionales, déspotas _cuasi_ populares: por todas partes un justo medio, que no es otra cosa que un gran _cuasi_ mal disfrazado.

--¡Oh! dejadme respirar, por Dios; estoy _cuasi_ mareado.

Plutarco ha dicho que los pueblos serían felices _cum reges philosopharentur_, _aut cum philosophi regnarent_. Respetando la opinión de Plutarco, yo me atrevería a decir que los pueblos no serán nunca felices, ni más ni menos que los individuos que los componen. Pero pudieran al menos ser hombres y ser pueblos si no fueran en el día _cuasi-nada_. Luchando entre principios contrarios, sufren el tormento del que descuartizan cuatro caballos que corren en direcciones opuestas.

Concluido este _cuasi_ sermón, cesé de oír: y a poco cesé de ver: dejado de la mano del ser fantástico que me sostenía sobre Babel la nueva, volví a caer en París, donde me encontré rodeado entre la confusión de palabras vestidas de frac y de sombrero, que a pie y en coche corren las calles de la gran capital. Volví a ver los hombres de nuevo, grandes como no son; y abrí los ojos buscando mi cicerone.

No vi nada, sino el gran _cuasi_ por todas partes.

LA SOCIEDAD

Es cosa generalmente reconocida que el hombre es animal social, y yo, que no concibo que las cosas puedan ser sino del modo que son; yo, que no creo que pueda suceder sino lo que sucede, no trato por consiguiente de negarlo. Puesto que vive en sociedad, social es sin duda. No pienso adherirme a la opinión de los escritores mal humorados que han querido probar que el hombre habla por una aberración, que su verdadera posición es la de los cuatro pies, y que comete un grave error en buscar y fabricarse todo género de comodidades, cuando pudiera pasar pendiente de las bellotas de una encina el mes, por ejemplo, en que vivimos. Hanse apoyado para fundar semejante opinión en que la sociedad le roba parte de su libertad, si no toda, pero tanto valdría decir que el frío no es cosa natural, porque incomoda. Lo más que concederemos a los abogados de la vida salvaje, es que la sociedad es, de todas las necesidades de la vida, la peor: eso sí. Esto es una desgracia, pero en el mundo feliz que habitamos, casi todas las desgracias son verdad: razón por la cual nos admiramos siempre que vemos tantas investigaciones para buscar ésta. A nuestro modo de ver no hay nada más fácil que encontrarla: allí donde está el mal, allí está la verdad. Lo malo es lo cierto. Sólo los bienes son ilusión.

Ahora bien; convencidos de que todo lo malo es natural y verdad, no nos costará gran trabajo probar que la sociedad es natural, y que el hombre nació por consiguiente social; no pudiendo impugnar a la sociedad, no nos queda otro recurso que pintarla.

De necesidad parece creer que al verse el hombre solo en el mundo, blanco inocente de la intemperie y de toda especie de carencias, trate de unir sus esfuerzos a los de su semejante para luchar contra sus enemigos, de los cuales el peor es la naturaleza entera; es decir, el que no puede evitar, el que por todas partes le rodea; que busque a su hermano--que así se llaman los hombres unos a otros por burla sin duda,--para pedirle su auxilio: de aquí podría deducirse que la sociedad es un cambio mutuo de servicios recíprocos. Grave error, es todo lo contrario: nadie concurre a la reunión para prestarle servicios, sino para recibirlos de ella: es un fondo común donde acuden todos a sacar, y donde nadie deja, sino cuando sólo puede tomar en virtud de permuta. La sociedad es, pues, un cambio mutuo de perjuicios recíprocos. Y el gran lazo que la sostiene es, por una incomprensible contradicción, aquello mismo que parecería destinado a disolverla; es decir, el egoísmo. Descubierto ya el estrecho vínculo que nos reúne unos a otros en sociedad, excusado es probar dos verdades eternas, y por cierto consoladoras, que de él se deducen: primera, que la sociedad, tal cual es, es imperecedera puesto que siempre nos necesitaremos unos a otros: segunda, que es franca, sincera y movida por sentimientos generosos; y en esto no cabe duda, puesto que siempre nos hemos de querer a nosotros mismos más que a los otros.

Averiguar ahora si la cosa pudiera haberse arreglado de otro modo, si el gran poder de la creación estaba en que no nos necesitásemos, y si quien ponía por base de todo el egoísmo, podía haberle substituido el desprendimiento, ni es cuestión para nosotros, ni de estos tiempos, ni de estos países.

Felizmente no se llega al conocimiento de estas tristes verdades sino a cierto tiempo; en un principio todos somos generosos aún, francos, amantes, amigos... en una palabra, no somos hombres todavía; pero a cierta edad nos acabamos de formar, y entonces ya es otra cosa: entonces vemos por la primera vez, y amamos por la última. Entonces no hay nada menos divertido que una diversión; y si pasada cierta edad, se ven hombres buenos todavía, esto está sin duda dispuesto así para que ni la ventaja cortísima nos quede de tener una regla fija a que atenernos, y con el fin de que puedan llevarse chasco hasta los más experimentados.

Pero como no basta estar convencidos de las cosas para convencer de ellas a los demás, inútilmente hacía yo las anteriores reflexiones a un primo mío que quería entrar en el mundo hace tiempo, joven, vivaracho, inexperto, y por consiguiente, alegre. Criado en el colegio, y versado en los autores clásicos, traía al mundo llena la cabeza de las virtudes que en los poemas y comedias se encuentran. Buscaba un Pilades; toda amante le parecía una Safo, y estaba seguro de encontrar una Lucrecia el día que la necesitase. Desengañarle era una crueldad. ¿Por qué no había de ser feliz mi primo unos días como lo hemos sido todos? Pero además hubiera sido imposible. Limiteme, pues, a tomar sobre mí el cuidado de introducirlo en el mundo, dejando a los demás el desengañarle de él.

Después de haber presidido al cúmulo de pequeñeces indispensables, al lado de las cuales nada es un corazón recto, un alma noble, ni aun una buena figura; es decir, después de haberse proporcionado unos cuantos fraques y cadenas, pantalones colán y mi-colán, reloj, sortijas y media docena de onzas siempre en el bolsillo, primeras virtudes en sociedad, introdújelo por fin en las casas de mejor tono. Un poco de presunción, un personal excelente, suficiente atolondramiento para no quedarse nunca sin conversación, un modo de bailar semejante al de una persona que anda sin gana, un bonito frac, seis apuestas de a onza en el _écarté_, y todo el desprecio posible de las mujeres, hablando con los hombres, le granjearon el afecto y la amistad verdadera de todo el mundo. Es inútil decir que quedó contento de su introducción.

--Es encantadora--me dijo,--la sociedad. ¡Qué alegría! ¡Qué generosidad! ¡Ya tengo amigos, ya tengo amante!

A los quince días conocía a todo Madrid: a los veinte no hacía caso ya de su antiguo consejero: alguna vez llegó a mis oídos que afeaba mi filosofía y mis descabelladas ideas, como las llamaba:

--Preciso es que sea muy malo mi primo--decía,--para pensar tan mal de los demás.

A lo cual solía yo responder para mí:

--Preciso es que sean muy malos los demás, para haberme obligado a pensar tan mal de ellos.

Cuatro años habían pasado desde la introducción de mi primo en la sociedad: habíale perdido ya de vista, porque yo hago con el mundo lo que se hace con las pieles en verano; voy de cuando en cuando, para que no entre el olvido en mis relaciones, como se sacan aquellas tal cual vez al aire para que no se albergue en sus pelos la polilla. Había, sí, sabido mil aventuras suyas de éstas que, por una contradicción inexplicable, honran mientras sólo las sabe todo el mundo en confianza, y que desacreditan cuando las llega a saber alguien de oficio, pero nada más. Ocurriome en esto, noches pasadas, ir a matar a una casa la polilla de mi relación; y a pocos pasos encontreme con mi primo. Pareciome no tener todo el buen humor que en otros tiempos le había visto; no sé si me buscó él a mi, o le busqué yo a él; sólo sé que a pocos minutos paseábamos el salón de bracero, y alimentando el siguiente diálogo:

--¿Tú en el mundo?--me dijo.

--Sí, de cuando en cuando vengo: cuando veo que se amortigua mi odio, cuando me siento inclinado a pensar bien, cuando empiezo a echarle menos, me presento una vez, y me curo para otra temporada. Pero, ¿tú no bailas?

--Es ridículo: ¿quién va a bailar en un baile?

--Sí, por cierto... ¡si fuera en otra parte! Pero observo, desde que falto a esta casa, multitud de caras nuevas... que no conozco...

--Es decir, que faltas a todas las casas de Madrid... porque las caras son las mismas; las casas son las diferentes; y por cierto que no vale la pena de variar de casa para no variar de gente.

--Así es--respondí,--que falto a todas. Quisiera por lo tanto que me instruyeses... ¿Quién es, por ejemplo, esa joven?... linda por cierto... baila muy bien... parece muy amable...