Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo
Part 5
—Prelados, infantes, gentiles-homes, escuderos, donceles y pajes de mi corte —dijo el rey así que vio a todos colocados en los sitios que por su posición o clase a cada uno pertenecía—. Dos son los objetos que me traen hoy a reunirme con vosotros. El primero creo que os llenará de tanta complacencia como a mí. Mi augusta esposa, la reina doña Constanza, se halla encinta, y según el pronóstico de los sabios que ven el porvenir de las criaturas escrito en los astros, pronto tendrá la corona de Castilla un digno sucesor de don Pelayo. El segundo, señores, me cuesta harto dolor y sentimiento anunciároslo; pero como padre que debo ser de los pueblos que la Providencia ha puesto en mis manos para que los gobierne, es deber mío premiar a aquellos que procedan bien y castigar asimismo a los que infringen las leyes y mandatos de Nos. Os doy una prueba, nobles señores, de lo recto e imparcial de mi justicia, cuando no he vacilado en que esta se haga ostensiva hasta a los miembros de mi misma familia.
Don Fernando se sentó algo afectado, y haciendo seña a uno de los farautes, se oyó a poco en el salón la voz de un hombre que decía:
—Oíd, oíd, oíd.
Los cortesanos prestaron atento oído. El justicia mayor leyó entonces con voz clara y sonora lo siguiente:
—«Don Fernando IV, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de León, de Galicia, de Sevilla, de Toledo, de Córdoba, etc., etc., etc., por el presente escrito hacemos saber a los que viven hoy, como también a la memoria de los venideros, que el infante don Juan, nuestro tío carnal, nos ha hecho graves y repetidas injurias, habiéndoseles perdonado ya algunas; pero ha llegado muy mucho a nuestro corazón la acción de abandonar el campo con sus mesnadas y caballeros en tiempo que Nos, con la ayuda de Dios y de las nuestras leales tropas y de nuestros fieles vasallos, poníamos sitio a la ciudad de Algeciras y a Gibraltar, para arrancarlas del poder de los moros. Oído los consejos de los barones buenos e ilustres de estos mis reinos y por el convencimiento que Nos tenemos de que el referido infante ha sido, y es, ingrato, contumaz e inobediente, hemos resuelto quede desde este momento destituido y exonerado de todos los títulos y consideraciones que como príncipe y caballero tenía. Otrosí, es nuestra real voluntad dar a los justicias, alcaldes y oficiales de estos nuestros reinos, facultades amplias y omnímodas para que si se hacen con la persona del ya referido infante, le conduzcan preso y maniatado al lugar o pueblo donde Nos a la sazón residamos».
La lectura del documento arriba escrito produjo gran sensación en todos los cortesanos. Un murmullo de desagrado fue la respuesta que recibió el rey. Cuentan las crónicas que hubo caballero de aquellos que sacaron hasta la mitad sus aceros, movidos de lástima por don Juan, y llenos de indignación contra don Fernando.
Una voz de mujer que decía a grandes voces, fuera de la cámara real, «dejadme chusma insolente, dejadme ver al rey», distrajo la atención de los cortesanos del monarca castellano. Este se apresuró a decir al capitán de sus guardias:
—Enteraos, don Tello, qué ruido es ese.
—Señor, una mujer que pugna por entrar aquí, a pesar de los esfuerzos que hacen los soldados por impedirle el paso. Si quiere recibirla tu alteza, la haré entrar.
—Sí, hacedla entrar, don Tello —repuso el rey deseando satisfacer su curiosidad.
Apareció en seguida de haber salido el capitán una mujer de bellas y elegantes formas cubierto el rostro y seguida de otras dos que parecían sus dueñas. Pasó la dama muy cerca de don Lope de Haro, y se dirigió con resolución al trono, donde permaneció postrada hasta que el rey le dijo:
—Alzad, señora, alzad y exponed los motivos que os inducen a presentaros en este lugar de esa manera. Levantaos y contad vuestras cuitas, si las tenéis.
—¡Justicia, noble rey, justicia! —exclamó la enlutada besando con sumisión el borde del manto real.
—Hablad, señora, hablad, que nunca la he negado a nadie.
En los rostros de las circunstantes pintose el asombro y la admiración. El conde de Haro palideció visiblemente al hablar la encubierta dama. Esta continuó con voz clara y sentida:
—¡Un crimen se ha cometido en Burgos, señor; en tu corte, en el mismo alcázar donde moras!
—¿Un crimen, decís?
—Sí, señor, un crimen, y crimen destinado a quedar impune.
—¡Acabad, por Dios, señora! —exclamó el rey impaciente.
—Los grandes que te adulan y lisonjean son, señor, los que más infringen tus mandatos...
—¡Fuera esa mujer! —dijeron todos los caballeros a una, y tumultuosamente.
—Y validos —continuó la encubierta sin arredrarle los gritos y amenazas de los caballeros— de tu favor y de la sombra de tu trono cometen las acciones más feas y villanas.
—¡Explicaos! —repuso don Fernando.
—Señor —dijo el conde de Haro trémulo de ira—, no debe tu alteza dar oído a una mujer que está demente, a juzgar por las palabras que dice.
—Dejad, don Lope —replicó el rey—. Y vos, señora, apresuraos a exponer brevemente vuestras cuitas, sin meteros a más.
—Ya veo —contestó la advenediza— que es un crimen de lesa majestad decir a los reyes la verdad...
—¡Acabad!
—Doña Beatriz de Robledo, digna hija de uno de los más leales vasallos de tu padre y dama de tu augusta madre, doña María Alfonsa de Molina, ha sido robada de la cámara real, sin saberse todavía el paradero de tan noble joven.
—Lo sabíamos, señora, y ya se han dado las oportunas órdenes para descubrir a los autores del atentado que todos deploramos. ¿No se sabe nada aún de este negocio, señor justicia mayor?
Iba el interpelado a contestar, pero se apresuró a decir la encubierta:
—El autor, señor, recibe de tu mano inmensos beneficios; el autor se ampara en tu misma corte; y por último, nos está escuchando.
—¡En mi corte!
—¡Sí, en tu corte! —repuso la desconocida con entereza.
—¡Nombradle! —dijeron todos con el más marcado interés.
Don Lope cambió una mirada de sorpresa con el judío Aben-Ahlamar. La voz de la desconocida había penetrado hasta lo más recóndito de su corazón. La repentina aparición de aquella mujer le dejó más frío y parado que una estatua de piedra. Su cuerpo sintió un estremecimiento involuntario al rozar el vestido de la tapada con el suyo, cuando esta pasó al trono del rey, y, en fin, su voz, las miradas tan terribles que al través del antifaz le asestaba, hizo temblar más de una vez al orgulloso conde de Haro. A pesar de todo esto, aparentó serenidad y dijo uniendo su voz a la de los demás:
—¡Nombradle!
—¡Sí, nombradle, decid quien es, señora! —exclamó el rey.
—Es...
—¡Hablad, hablad pronto, por Cristo! —dijo don Fernando.
—¡El conde de Haro!
—¡Don Lope! —exclamó el monarca mirando alternativamente al acusado y a la acusadora.
—¡Yo! —preguntó el conde—. ¿Yo?
—¡Don Lope! —repitieron todos admirados.
—¿Sabéis —repuso el rey— el nombre que habéis tomado en boca y la persona a quien ultrajáis?
—Sí, lo sé, y por eso he venido a acusarlo; por eso lo he nombrado sin temor.
—¿Y sabéis, mal aconsejada dueña, el castigo que tiene el impostor?
—Es la verdad, señor, y por lo mismo permanezco tranquila.
—¿Sabéis que si os faltan pruebas o un caballero que sostenga vuestra acusación, seréis puesta en tormento por calumniadora?
—¡Ah!...
—A tiempo estáis; si os desdecís..
—¡Jamás! —repuso la desconocida interrumpiendo al rey.
—En ese caso, presentad las pruebas de vuestra acusación.
La tapada guardó silencio.
—Bien está: tres días se os dan de término. Faraute, cumplid con vuestro deber.
Adelantose uno según la usanza de aquel tiempo, y dijo tres veces la acusación formulada contra el conde de Haro. Después añadió:
—¿Hay algún caballero que tome a su cargo la demanda de la acusadora?
Un silencio sepulcral fue la respuesta que recibió el faraute. En los pechos de todos los caballeros lucían prendas del amor de sus damas. A más de esto, ¿quién se iba a exponer, por sostener la demanda de una mujer desconocida, que tal vez resentida con el de Haro quisiese vengarse de él achacándole el rapto de doña Beatriz?
El espíritu de don Lope se tranquilizó algún tanto en vista de que ningún caballero salía por defensor de la desconocida.
El faraute volvió a decir otra vez:
—¿Hay algún caballero que salga por defensor de la acusadora?
—¡Yo! —contestó una voz varonil.
Y entró al mismo tiempo en la cámara un hombre armado de pies a cabeza y calada la visera.
—¡Ah, triunfé! —exclamó la dama por lo bajo.
Volvieron los ojos de los cortesanos al temerario y denodado caballero que tomaba a su cargo tan arriesgada demanda. Don Lope tembló a la vista del advenedizo defensor de su contraria.
Llegó el armado al trono, e hincando una rodilla en tierra, dijo al rey con el mayor respeto:
—Señor, ¿me concede tu alteza licencia para tomar la demanda de esta desconocida?
—La tenéis —contestó el rey.
—Y vos, conde de Haro, ¿me admitís por contrario? —dijo el desconocido acercándose a don Lope.
—No acostumbro a hacer caso de los enmascarados —repuso con calma.
—¿Y me conocéis ahora? —dijo el armado levantándose la visera.
—¡El de Carvajal! —exclamó don Fernando sorprendido.
—¡Don Juan! —repitieron asombrados los caballeros.
—El mismo, señores.
—¿Tenéis que pedirme alguna cosa, don Juan? —dijo el monarca.
—Ninguna —respondió el amante de doña Beatriz—, sino que oiga tu alteza y todos los aquí presentes mi desafío: Atended, ricos-homes, caballeros, escuderos y todos los que me escucháis. Yo, don Juan Alonso Carvajal, infanzón del muy poderoso rey de Castilla, don Fernando IV; a vos, don Lope López Díaz de Haro, conde de Haro, señor de Santa Olalla y de Balmaseda, te desafiamos por mal caballero, aleve y descortés, y te retamos a muerte, tomando por testigos a los presentes, por raptor de Doña Beatriz de Robledo, dama de su alteza la reina Doña María; a lanza o espada, mientras dure sangre en nuestras venas.
Concluido que hubo don Juan el reto, arrojó a los pies del conde de Haro su manopla. Don Lope se apresuró a cogerla, diciendo al mismo tiempo:
—No obstante ser falso el delito que se me imputa, acepto gustoso, porque de este modo verán todos mi inocencia, el desafío de don Juan Alonso Carvajal.
Autorizó el rey el desafío, según era costumbre entonces, declarando traidor y digno de muerte al que en la lid saliere vencido.
Toda la corte se puso en movimiento después que don Fernando bajó del trono.
El justicia mayor se acercó al rey y le dijo:
—¿Qué hacemos de la acusadora, señor?
—Ah, tenéis razón. ¿Aben-Ahlamar?
—Señor —contestó el judío presentándose al monarca.
—Encargaos de la desconocida hasta que yo fije el día del combate.
El sabio médico inclinose en señal de obediencia y dirigiéndose a la encubierta dama:
—Tened la bondad de seguidme, señora —le dijo.
En la noche que siguió a día tan fecundo en sucesos, no podía conciliar el sueño el justiciero y buen rey de Castilla. Su imaginación, acalorada con las escenas de la mañana, no cesaba de representarle la de la acusación de Haro. Los hermosos ojos de aquella mujer, que cual dos luceros brillaban al través del antifaz, no los olvidaba ni un momento el joven monarca. Durmiose al cabo para soñar con Castrojeriz, y con la bella y hechicera Piedad; entonces se sonrió y dijo con inefable alegría: «Es la misma, sí, he conocido su voz... La impresión que ha experimentado mi corazón, ¿quién sino esa adorable criatura era capaz de hacérmela sentir? ¿Quién sino ella, que en tan cortos instantes encendió en mi pecho esta llama que me abrasa?».
Tan luego como el día asomó por el horizonte, se dirigió el rey, envuelto en un cumplido ropón, a la habitación de su físico, el judío Juffep Aben-Ahlamar.
CAPÍTULO VII.
_En el que se ve que una persona muy principal le pide a la gitana cierta cosa que el lector sabrá leyendo este capítulo._
Dirigiose efectivamente el rey, tan luego como amaneció, y según dejamos dicho en el capítulo anterior, a la morada de su físico Aben-Ahlamar, a conocer, o mejor dicho, a saber si la acusadora del poderoso conde de Haro era la siempre para él encantadora Piedad. El enamorado monarca sabía que el judío vivía en su mismo alcázar, pero ignoraba completamente en qué parte de él. No había pensado en esta circunstancia, y se paró sin saber qué partido tomar en tal aprieto.
En aquel momento llegó a su oído la estridente voz de un soldado que le decía, al mismo tiempo que preparaba su ballesta:
—¿Quién sois? ¡Alto!
Si bien don Fernando se alegró de haber dado con un centinela, que al instante le diría en qué lado del alcázar moraba su médico, vaciló en responderle, temiendo ser conocido.
—¡Voto a tal, don Bellaco, o don Demonio —dijo el soldado amostazado—, que si no me decís quién sois y a dónde vais, os haré probar mi ballesta!
—Soy —repuso don Fernando, cubriéndose el rostro cuanto pudo con la capucha de su ropón— un paje de su alteza el rey, que llevo órdenes suyas para...
—¡Engañado vivís, pajecico, si creéis haberme convencido! ¡Buena hora es, en verdad, para que su alteza os mande a ninguna parte, cuando no hay un alma viviente que haya dejado el lecho aún! Vaya, vaya, dejaos de conversación y volveos por donde habéis venido.
—Ya os he dicho...
—¡Atrás! —repuso el ballestero haciendo ademán de herir a Don Fernando.
—¡Mirad lo qué decís! —replicó el hijo de doña María replegándose y echando mano a su espada.
—¡Voto va! —exclamó el soldado riéndose estrepitosamente—. ¿Qué he de hacer sino quitar a un villano de en medio?
No pudo sufrir más el impaciente joven. Cogió por el cuello al soldado y le dijo descubriéndose el rostro con la mayor ligereza:
—¿Conoceisme, don Bellaco, conoceisme ahora?
—¡El rey! —exclamó el pobre soldado anonadado.
—¡Chito!
—¡Perdón! —repuso cayendo de rodillas.
—Está bien, pero cuida de no decir que me has visto, porque te mando colgar del árbol más alto de Burgos.
—Señor...
—Bien, alza y condúceme, si sabes, a la habitación del judío Aben-Ahlamar.
Levantose el ballestero loco de alegría, y echó a andar, seguido del rey, con dirección a una puerta que se veía al extremo de la galería donde tuvo lugar la escena que, a fuer de exactos cronistas, no hemos querido dejar de referir.
—Toma y retírate —dijo don Fernando a su guía, entregándole así que hubieron llegado a la misma puerta que daba entrada a la morada del nigromántico, una moneda de plata.
Hubiérase echado de nuevo el soldado a los pies del monarca, si este no se apresurase a decir:
—Vete, vete cuanto antes de aquí.
El soldado desapareció, y don Fernando dio tres golpes con suavidad en la claveteada puerta.
Refunfuñando la abrió el judío, y con mal talante y peor modo dijo al joven monarca:
—No os conozco. ¿Qué queréis a esta hora?
—Soy... Pero pasemos adentro —repuso el rey— y entonces me descubriré.
—Si antes no me decís quién sois, no os dejaré penetrar en mi morada —dijo el judío impidiendo la entrada al señor de Castilla y de León.
—¡Vive Cristo, Aben-Ahlamar, que estáis por demás imprudente! —replicó don Fernando entrando, a pesar de los esfuerzos del judío, en la vivienda de este, y cerrando la puerta tras sí.
Estupefacto quedó Juffep en vista de la osadía del misterioso personaje que tan temprano y de una manera tan brusca le visitaba. Conocía la voz de su huésped pero no se acordaba a quién pertenecía.
El rey se apresuró a decir, así que hubo penetrado en la estancia donde su médico confeccionaba las medicinas y brevajes que se hacía pagar a peso de oro:
—Dispensad, Aben-Ahlamar, si antes no os he dicho quién era; pero temía ser conocido por alguien.
Y al mismo tiempo se echó el monarca sobre los hombros la capucha de su rico y elegante ropón.
Si grande fue la sorpresa del ballestero cuando reconoció al rey, no fue menor la del judío. Inclinose, hasta besar la fimbria del traje del joven, diciéndole al mismo tiempo con el mayor respeto:
—No me levanto, muy poderoso señor, hasta que tu alteza se digne perdonarme.
—Alzad, Aben-Ahlamar, alzad, que yo en vuestro caso hubiera hecho lo mismo.
—Esperaba, noble rey, tamaño beneficio de tu magnanimidad y...
—Basta, basta, no hablemos más de eso —repuso el monarca interrumpiendo a su físico y tomando posesión del colosal sillón de este.
Hubo un momento de silencio que fue interrumpido por Juffep, el cual ardía en deseos de saber el objeto de la visita del rey en aquella hora intempestiva. Así es que aparentando la mayor timidez, dijo a su ilustre huésped:
—Puede saber, señor, este tu más fiel vasallo y servidor, a qué debe la muy alta honra de que le visite el poderoso e ínclito rey de Castilla.
—¿Es esta, por ventura, la primera vez que vengo a vuestra morada?
—Creo que sí, gran señor.
—¡Cómo la primera! Pues qué, ¿no os acordáis ya, cuando...?
—Perdona, rey don Fernando —repuso el judío interrumpiendo al monarca—, perdona; pero de nada me acuerdo.
—Frágil sois de memoria, en verdad; dijo el rey con tono bromista.
—Tengo efectivamente esa desgracia, señor, y lo siento en este momento por tu alteza.
—¿Os acordáis —continuó don Fernando— cuando en Castrojeriz fui a veros a causa de que una sobrina vuestra...?
—¡Ah!, recuerdo, señor, recuerdo ahora perfectamente.
—¿Veis, señor desmemoriado, veis? —repuso el rey con alegría.
Pero antes de seguir escuchando la conversación del rey y de su físico, fuerza es referir la primera visita que hizo el monarca a Aben-Ahlamar, y que, como acabamos de observar, el primero ha recordado al segundo.
En el capítulo segundo de la introducción de este relato, tuvimos ocasión de ver al rey víctima de los encantos y hechizos de la gitana Piedad. ¿Y a qué persona no subyugaría una belleza tan perfecta como la de aquella mujer? No es de extrañar, pues, que el rey, joven entonces de dieciséis años, quedase altamente prendado de la sobrina de Aben-Ahlamar, verdadero tipo de las hijas del Guadalquivir. Joven, muy joven era, en verdad, don Fernando para haber concebido una pasión como la que le inclinaba a Piedad. Pero tenemos que advertir que era también el joven monarca castellano hijo de la hermosa Rómula. Y allí, en la dichosa patria de los Teodosios y Trajanos; en la pequeña Roma, llamada así por Julio César; en la ciudad que tantos varones ilustres ha dado a la altiva España y que tantas bellezas y maravillas encierra; en la sin par Sevilla, cuyas murallas y praderas están bañadas por el delicioso y nunca bien ponderado Betis, el de las arenas de oro, y cuyas aguas son tan mansas como la sonrisa de sus hijas, allí, decimos, todo es precoz, todo, hasta el amor mismo...
Al día siguiente de haber conocido don Fernando en Castrojeriz a la que pasaba por sobrina de su físico, dirigiose a la misma hora en que le hemos visto la segunda vez, a la habitación de este.
Omitiremos, contando con la benevolencia del lector, la sorpresa del judío al encontrar al rey en su vivienda, sus impertinentes cumplimientos y las adulaciones y lisonjas con que salpicaba las palabras que dirigía al nieto de San Fernando.
Don Fernando interrogó en estos términos a su siempre interesado y codicioso médico:
—Decidme, Aben-Ahlamar, ¿no tenéis en vuestro poder a una joven, asaz hermosa por cierto?
—¿Habláis de una —repuso el judío con intención— cuyos hermosos ojos negros parece que despiden fuego?
—¡Sí, sí, esa misma es! —exclamó el rey loco de alegría.
—Pues esa joven, señor, es mi sobrina.
—¿De veras?
—¡Dudáis!
—Perdona. ¿Y cómo se llama?
—Piedad.
—¡Oh, oh, hasta el nombre!...
—Su corazón, don Fernando, es tan puro como el de un ángel.
—¡Sí, tanto mejor, Aben-Ahlamar, tanto mejor! ¿Ese será un nuevo motivo para que yo... pudiera verla?
—Señor...
—Mirad que la amo frenéticamente, mirad...
—¡A una gitana! —exclamó el judío con gozo y aparentando sorpresa.
—¡Gitana decís!
—Con efecto.
—¡Eh, qué me importa si es hermosa!
—Pero ¿es cierto que amáis a la sobrina de un judío?
—¡Oh, callaos, callaos por Dios, no me recordéis esas cosas! Yo la amo, Aben-Ahlamar, la amo mucho, mucho, ¡más que a mi corona! Para mí no es gitana, Aben-Ahlamar; para mí no es judía, solo es un ángel, una diosa... ¿Pudiera verla? —insistió el joven con impaciencia.
—Quisiera complacer a tu alteza, pero en este momento...
—¡Fatalidad, fatalidad! —exclamó el rey con desesperación—. ¿Qué hace ahora?
—Descansa, señor. Pero si tu alteza quiere...
—Oh, pues entonces déjala, deja que duerma, Aben-Ahlamar; pero ofréceme en cambio que le has de hablar de mí... Dile que un joven de su misma edad la ama mucho..., con delirio... Haz por que me conozca, mas no le digas que ciñe mis sienes una corona real, porque entonces tal vez no haya en su amor toda la abnegación que yo apetezco. ¡Oh, cuánto diera en este momento por no ser rey! Escucha, Juffep, si inclinas a tu sobrina a que me ame..., te ofrezco..., te doy mi palabra real de que has de quedar contento: ¿entiendes?
Y el enamorado joven salió de la habitación de su médico, el cual sin perder tiempo buscó al infante don Juan y le dijo:
—Señor, el pájaro ha caído por sí solo en la red.
—Explícate.
—Quiero, decir, gran señor, que el rey está ya muerto de amor por esa muchacha que tú has querido hacer pasar por sobrina mía.
—No me dices nada nuevo.
—¡Cómo!, ¿lo sabíais? ¿Y sabes también que acaba de estar ahora mismo en mi morada?
—Tanto... Pero ¿qué os ha dicho?
—Que si hago porque esa aventurera llegue a amarle, me recompensará más que suficientemente. ¡Cuerpo de Cristo, y qué enamorado está el rapazuelo!
—Reíos, Aben-Ahlamar, de las promesas de los reyes.
—Sin embargo...
—Más positivas son las mías.
—Ya te he dicho, magnánimo príncipe, que puedes disponer eternamente de mí, de mi ciencia y de todo cuanto me pertenece.
—Lo sé, Juffep —repuso el infante—. Lo que conviene ahora —continuó—, es que tú te desentiendas de todo, y dejes a mi cargo ese negocio. ¿Me comprendes?
—Perfectamente.
El infante y Aben-Ahlamar lograron su deseado intento. El primero pasó con el monarca por el protector, por el medianero de sus ilegítimos amores. Con esto consiguió que el joven Fernando le tomara un cariño grande y le entregase el mando absoluto del reino, que el perverso infante repartía con su amigo el conde de Lara; pero sin revelarle ni explicarle nunca les medios de que se había valido para que el rey le dispensase segunda vez su confianza y amistad. El segundo, Aben-Ahlamar, fiel a la palabra dada a don Juan de no tomar cartas en el asunto de los amores del rey, recibía a manos llenas del infante cuantiosas sumas que atesoraba con insaciable avaricia.
Permítanos ahora el lector que digamos algo de los amores de Piedad con el raptor de doña Beatriz de Robledo.
Instruida estaba perfectísimamente la gitana por el judío Aben-Ahlamar del papel que en aquella escena le tocaba representar y de la manera que debía de conducirse con el joven e inexperto monarca. Cumpliolo todo al pie de la letra y a las mil maravillas. Jamás sintió por don Fernando ni un cariño fraternal siquiera; pero no por eso dejaban de ser ardientes sus miradas cuando iban dirigidas al joven que con loco desvarío la amaba; no por eso dejaban de ser sus besos abrasadores, siempre que los estampaba en la tersa frente o en los finísimos labios de su augusto amante. Sus amorosas palabras no las hubiera pronunciado acaso la mujer más frenética por el objeto querido de su corazón.