Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo

Part 4

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También sufría horriblemente la reina doña María: las palabras de su confesor, el abad, a quien creía y respetaba como a un oráculo, las tenía continuamente grabadas en su corazón; cuanto más trabajaba por olvidarlas tanto más se fijaban en su memoria. Aquella infeliz madre, tan buena como desgraciada, temía con razón por el porvenir de su amado hijo. Y decimos con razón porque sabía, o mejor dicho, no se había escapado a su natural penetración, el designio del de Haro y el infante. Desde entonces trató de captarse la amistad de los dos enemigos del rey. Pero nada bastó con don Juan, que, deseoso de vengarse, había reunido, según las instrucciones que recibiera del conde, un buen ejército, y declarádose enemigo de don Fernando, cometiendo los más inauditos atentados con los pueblos, talando los campos y poniendo a este monarca en gran aprieto. Todas estas cosas que llegaban a oídos de la reina madre, contribuían, como era natural, a llenarle de inquietud y zozobra. La infeliz doña María lloraba amargamente, y echaba mucho de menos a la amante de Carvajal, que más que su dama era una amiga tierna con quien se espontaneaba sin recelos de ninguna especie, recibiendo, en cambio de su franqueza y deferencia, palabras dulces y consoladoras que aliviaban en algún tanto el enorme peso de sus cuitas. Pero esta amiga, gala y ornato de su corte, había sido arrancada del lugar donde era querida por un amante tierno, que en vano se esforzaba en averiguar el paradero de su prometida. Con efecto, los dos hermanos, y más principalmente don Juan, buscaban en vano, como queda dicho, en Valladolid a la desgraciada doña Beatriz. Cansados de infructuosas pesquisas, decidiéronse a volver a la corte donde los llamaba su deber y donde con más facilidad podrían saber algo de tan extraordinario como singular suceso.

A pesar de tener el buen abad de San Andrés el hilo de todas las tramas que se urdían cerca y contra el rey Fernando, inquietábale el porvenir de tan desgraciado monarca. Desde que sorprendió el noble confesor de doña María al conde de Haro y a su amigo el infante proyectando la terrible venganza que ya conoce el lector, no perdía de vista ni un solo instante el menor movimiento del hijo del último señor de Vizcaya.

El de doña María Alfonsa ignoraba completamente todo lo que pasaba en su derredor, y lo revoltosos y poco fieles que eran sus vasallos, porque su madre, para evitar nuevas guerras y disensiones, todo se lo ocultaba. Este monarca, bondadoso, magnánimo y enemigo de derramar sangre, tenía sus defectos como todo hombre, y sus afecciones como joven de viva imaginación y corazón volcánico. Casado a la edad de diecisiete años con una mujer extranjera, conceptuábase harto infeliz viéndose privado del amor de una hija de su mismo país, de una española de ojos negros y esbelto talle; de esas que saben despertar, con sus voluptuosas caricias en el corazón del que aman, sentimientos dulces y desconocidos. No por eso don Fernando se creía en su corazón faltar a su amable y sencilla esposa; el sentimiento que esta le inspiraba distaba mucho de parecerse al deseo inquieto y ardiente que los ojos de Piedad encendieron en el alma del inexperto joven. La legítima consideración que doña Constanza podía exigir de su esposo ofrecíasela este con el más vivo y tierno interés, y, según graves autores, nunca llegó el caso de que el rey faltara a la fidelidad jurada a su esposa. Sea de esto lo que quiera, conviene a nuestro relato decir que el rey, en la mejor inteligencia con doña Constanza cuando los asuntos del gobierno o los negocios de la guerra no le separaban de su lado, procuraba apartar de sí la frenética idea unida siempre al recuerdo de la hermosa y hechicera gitana.

Conociendo el infante don Juan el temperamento del rey, cuando lo tenía en Castrojeriz, creyó conveniente proporcionar a Fernando la mujer que su corazón de diecisiete años ambicionaba. Con esto, el astuto y ambicioso infante consiguió prolongar su favoritismo. Al día siguiente de concebir don Juan su proyecto, trajo de Burgos una joven que hizo pasar por sobrina de Aben-Ahlamar, y que era tal como el rey la había visto en sus dorados sueños. La manera que tuvo el infante de presentarla al monarca se ha visto ya en el capítulo segundo de la introducción.

Trasladémonos al alcázar del rey y a la habitación del judío Juffep Aben-Ahlamar, si se interesa el lector por los personajes de nuestra mal pergeñada historia, y quiere presenciar con nosotros una escena que le vaya poniendo al corriente de ciertos sucesos hasta aquí ignorados.

—Buenos días —dijo el conde de Haro penetrando en la morada del judío.

—Dios te guarde, poderoso y magnánimo señor —contestó este levantándose y ofreciendo al conde su cómoda poltrona.

—¿Qué sabéis de...?

—¡Ah!, tienes razón —repuso el judío interrumpiendo a don Lope—, sé que están ya en Burgos de vuelta de su expedición.

—¿Y cuánto os ha valido el engaño, brujo maldito?

—¿Cuánto? Una cadena de más valor que la catedral.

—¡Magnífico negocio!

—Hacía ya mucho tiempo, noble conde, que no se me presentaba tan bueno.

—Vaya, pues tomad esta, que aunque no de tanto precio es del mismo metal —dijo el de Haro, quitándose al mismo tiempo del cuello una cadena de abultados eslabones, que adornaba asaz bien su pecho.

—¿Qué méritos he contraído para tanto favor, señor?

—Decidme, ¿cómo sigue? —repuso don Lope sin hacer caso de las palabras del nigromántico.

—Lo mismo que siempre.

—¡Qué me has dicho, perro viejo!

—Que su abatimiento es grande, pero se halla más dispuesta en tu favor.

—¡Ah, me volvéis la calma! ¿Puedo verla?

—Cuando tu grandeza guste —contestó el sabio.

Y al mismo tiempo levantó la losa por donde había salido la vieja Simeona.

El conde se precipitó, con una alegría inefable, en el hueco abierto por el judío. La losa volvió a tapar perfectamente el agujero.

Así que hubo desaparecido don Lope, presentose una mujer encubierta, más hermosa que cuanto oro y preciosidades guardaba Juffep en su arca oculta en la pared. La tapada se echó sobre los hombros un capuchón negro que ocultaba completamente su cabeza, y dejó ver un cabello más lustroso y negro que el ébano, y unas facciones bellísimas, si bien un tanto desfiguradas por la viva indignación de que estaba poseída. Sus grandes ojos parecían querer salirse de sus órbitas; su pálido semblante contrastaba con sus labios cárdenos, que se abrían de vez en cuando para dejar salir una sonrisa capaz de hacer temblar a otro hombre que no fuese Aben-Ahlamar. En fin, la ira, los celos, el desprecio... y multitud de otros afectos encontrados veíanse dibujados con los más subidos colores en aquel rostro embelesador.

También el judío se sonrió al verla. Pero notando la mortal palidez de la joven y su sarcástica sonrisa, le dijo con cariño paternal:

—¿Qué tienes, hija mía?

—Nada, nada, Aben-Ahlamar —contestó la bella inclinando la cabeza sobre su turgente pecho.

—Y dime, ¿te has desengañado ya? —dijo con alegría Juffep.

—¡Oh, sí, sí; pero me vengaré! —exclamó apretando sus preciosos dientes hasta hacerlos crujir de una manera espantosa.

—Tenéis razón.

—¡Venganza! —repitió retorciendo las manos con loco frenesí.

—¿Te sirvo para algo, hermosa hija del Guadalquivir?

—¡Venganza, Aben-Ahlamar! —volvió a decir cayendo al mismo tiempo medio desfallecida en el colosal sillón de alquimista.

—Nada más justo, hermosa mía; pero escúchame.

La joven levantó sus ojos hasta fijarlos de una manera imperiosa en el rostro del judío. Este repuso, anonadado con aquella mirada:

—Mi objeto era...

—Habla.

—Oh, oh, ¿te enfadarás?

—Habla —repitió la joven con aire de reina.

—Pues bien: acabo de descubrir un agua, cuyo olor solamente...

—¡Detente, hombre execrable, detente!

—La víbora picada se venga de su opresor clavándole si puede el aguijón —repuso el judío con intención.

—Tienes razón, viejo maldito; pero también el perro lame con cariño la mano que le da golpes.

Razón tenía Aben-Ahlamar para no atreverse a mirar a la joven, que no era otra que la hechicera Piedad, de hito en hito, y para temer su mirada llena a veces de veneno, a veces de amor o de humildad, pero siempre imperiosa, siempre magnética e irresistible.

—Dime —continuó la gitana—, ¿no me indicaste hace poco que mañana se reunía la corte con no sé qué motivo?

—Cierto, eso te he dicho.

—¿Estará el conde de Haro?

—Es muy probable.

—¡Oh, Dios lo haga, para que se efectúe mi venganza!

—¿Piensas presentarte al rey delante de él?

—Pienso...

Dos golpes dados en la puerta interrumpieron a la gitana. Esta se escondió al instante en el mismo paraje donde había permanecido oculta durante la visita del conde de Haro. Después de esto, dejó Aben-Ahlamar la entrada libre a don Juan Alonso Carvajal. El caballero preguntó al judío con melancolía:

—¿No habéis descubierto nada?

—Nada hasta ahora. Pero descuidad que no dejaré de consultar a los astros hasta que indague el paradero y situación de tu infeliz amante.

—¡Hacedlo, por Dios, Aben-Ahlamar!

—No lo dudes, señor.

—Exigid de mí cuanto queráis.

—Nada quiero.

—¡Siempre desinteresado, siempre!

—Relévame de esos elogios, gran señor. Mañana, según tengo entendido, una persona que se interesa por vuestra amante dará cuenta al rey de ese suceso, para vos tan funesto.

—¡Lo sabe ya su alteza, Juffep! —exclamó el amante de doña Beatriz con profunda tristeza.

—Sin embargo, no faltéis, que tal vez diga esa persona el nombre del raptor de vuestra prometida —replicó el médico lanzando una mirada furtiva hacia el punto donde estaba la gitana.

No se sorprendió esta poco de que el nigromántico hubiera adivinado el proyecto que meditaba.

—¡Cielos! —exclamó fuera de sí el caballero.

—No faltéis, no faltéis, don Juan.

—¡Ah, no, no, buen Aben-Ahlamar! —repuso el joven besando con entusiasmo la descarnada mano del físico del rey.

—¡Tanto honor! —se apresuró este a decir, aparentando sorpresa.

—¿Y al fin le veré?

—Queréis saber más de lo que yo puedo deciros.

—¡Ah, contestadme que sí!

—Caballero, no tengo la dicha de hacer milagros —dijo el judío deseando poner término a tan enojoso diálogo.

En esto, una sombra de mujer atravesó ligera la galería a que daba salida la habitación del judío. Don Juan exclamó al verla:

—¡Oh, será Beatriz!

Y quiso lanzarse en pos de la encubierta. Pero esta, que era la gitana, desapareció como por encanto de la vista del desconsolado caballero.

CAPÍTULO V.

_De cómo el conde de Haro fue por lana y salió trasquilado._

En una lóbrega y triste habitación ricamente amueblada, y cuyo abovedado techo estaba sostenido por magníficas columnas de mármol jaspeado, veíase a dos personas, la una desencajada y cadavérica, pero hermosa a pesar de eso, asida fuertemente a una de las columnas, y la otra furiosa, apoyada en el respaldo de una poltrona que había frente al ser cuya vida, según lo indicaba su rostro, se iba acabando por momentos. Estas dos personas no eran otras que el conde de Haro y su infeliz víctima, doña Beatriz de Robledo. El primero decía, cogiendo con rabia su birrete de terciopelo recamado de plata y oro:

—Basta ya, señora: si os negáis a aceptar mi mano, digna de una reina, seréis mía por fuerza.

—¡Oh, nunca, nunca!

—¿Conque me desprecias, según eso?

—Sí, porque os aborrezco, os odio, como se puede aborrecer y odiar al mismo demonio.

—¡Desgraciada!

—¡Huid de mi vista, don Lope, que me causáis un horror indecible! ¡Marchaos, marchaos si no queréis verme morir!

—¡Horror os causo —repuso el conde fuera de sí—, cuando tanto es mi respeto por vos! ¡Horror, cuando no me atrevo a acercarme a vos por temor de ofenderos!

—Dejadme, conde de Haro, dejadme y os perdono —dijo Beatriz dejando el tono acre con que hasta entonces había tratado a don Lope.

—¡Perdonadme! —exclamó el conde furioso—. ¿Y a ti se te figura, desgraciada, que quedo yo satisfecho con tu perdón? Oh, no lo creas, no. Yo necesito tu amor, necesito...

—¡Deteneos, que hay un hombre en la tierra con más derechos que vos a esos favores! Un hombre tanto o más noble que vos; un hombre a quien mi corazón idolatra; un hombre, por último, que con el valor de su brazo conseguirá arrancarme de vuestro poder.

—¡Necia! ¿No ves que estás en un paraje donde tus gritos se estrellarán en la piedra de sus paredes? ¿No ves, desgraciada, que serás mía el día que yo quiera? Pues entonces, ¿a qué me insultas?, ¿a qué esa temeridad en negarme tu mano?

—Escuchadme, don Lope: conozco, por mi desgracia, que es verdad cuanto habéis dicho; pero al mismo tiempo tengo esperanza en un Dios justo y vengador que con su justicia divina existe para consuelo del que padece. Mis gritos, es verdad, no serán oídos por los hombres, pero sí por Él. Yo sucumbiré víctima de vuestros bárbaros deseos, pero Él se encargará de abrumar vuestra conciencia con el enorme peso de los remordimientos. Y, de todos modos, yo gano, porque he sido mártir y sacrificada, y vos viviréis con la intranquilidad del malvado y tendréis el fin del criminal.

—¡Infeliz! —exclamó el conde con sarcástica sonrisa.

—¿Infeliz, decís? ¿Me creéis ya en vuestro poder? ¡Oh, cuánto os engañáis!

—Tened la lengua, señora —repuso el conde disimulando mal su rabia—, mirad que va a alcanzar mi venganza a otra persona que tanto como vos la amáis, tanto la aborrezco yo.

—¡Hasta él! ¡Cuán engañado vivís, don Lope! Pues qué, ¿no maneja mi amante una espada tanto o mejor que vos?

—¿Y no sabéis, señora, que el conde de Haro se sabe vengar de aquellos que no son dignos de cruzar su acero con el suyo, sin ser visto ni sentido?

—¡Seríais tan villano!...

—Sí —contestó el conde con la mayor tranquilidad.

—¡Ah, callad, don Lope, callad, por Dios! —exclamó Beatriz horrorizada.

—Si me das tu mano, le perdono.

—¡Oh, perdón, perdón para él, noble don Lope!

—Sé mi esposa.

—¡Jamás!

[Ilustración: Doña Beatriz y el conde de Haro]

—Pues entonces ya sabéis mi determinación, señora; o vuestra mano, o su muerte.

—¡Cielos!...

—Si queréis que viva ese hombre, para mí tan odioso, y por quien tanto padezco, sed mía, doña Beatriz; consentid en que os llamen condesa de Haro.

—¡Antes morir!

—No moriréis vos antes que él, yo os lo ofrezco; porque dentro de poco veréis sobre esa mesa la cabeza de vuestro amante.

—¡Callad, callad!...

—Y después...

—Callad, callad, y...

—¡Hablad!

—Oh, nunca, nunca...

—¡Hablad, hablad pronto!

—Bien está..., y... ¡seré vuestra! ¿Le perdonaréis ahora?

—Sí, ídolo mío, le perdono en cambio de tu amor: ¿no es cierto?

—¡Ah!

—Ámame, celestial criatura, ámame y verás cuán feliz eres; ámame, y verás siempre en torno tuyo...

—¿A don Juan?

—¡Oh, maldición sobre él y sobre ti!

—¿Cómo, don Lope, maldices a la que dentro de pocos días ha de llevar tu ilustre nombre?

—¡Ah, perdóname, perdóname! Pero ¿es cierto que serás mía?, ¿es cierto?...

—¿Dudas, señor? —dijo Beatriz al conde.

—Oh, no, ya no dudo, esposa mía; y en prueba de ello, voy a hacerte una confianza que solo a una madre o a la persona que se ama, debe de hacerse. Hace ya algún tiempo, querida mía, que abrigo la esperanza de ceñir a mis sienes la corona de Castilla, corona que tú me ayudarás a llevar.

—¿Y el rey? —dijo doña Beatriz casi maquinalmente.

—Oh, el rey morirá antes de dos años.

—¡Jesús mil veces! —exclamó la amante de Carvajal aparentando sorpresa—. ¿Yo reina de Castilla? ¿Yo esposa de tan noble y cumplido caballero como el conde de Haro? ¿Qué he hecho, señor, para que de tal manera me colméis de tantos beneficios?

Y la infeliz doña Beatriz con los ojos desencajados por la demencia, se separó de la columna donde tan fuertemente estaba asida y, precipitándose convulsa sobre el conde de Haro, le quitó una daga que este llevaba en el cinto.

—¡Venganza, infame conde de Haro, venganza por mí y por el rey de Castilla! —exclamó la joven sepultando al mismo tiempo la daga en el pecho de don Lope.

Pero una finísima cota de malla, que el traje del conde ocultaba completamente, se negó a dar paso al flexible acero damasquino.

Un rayo que hubiera caído entre los dos no los hubiera sorprendido tanto. A doña Beatriz, porque se veía otra vez en poder del conde; a este, porque se vio engañado de tal manera. Sin embargo, ni una palabra de queja o de venganza profirió. Subió la escalera que conducía al cuarto del judío dejando sumergida a doña Beatriz en profundo dolor y amargo llanto.

Así que se hubo marchado el conde, la desgraciada amante de don Juan enjugó las lágrimas que inundaban su rostro, y paseó triste y abatida por la estancia que la servía de cárcel, diciendo al mismo tiempo que acariciaba la daga que quitó a Don Lope:

—Mi determinación está ya tomada: el conde se ha marchado sin vengarse; pero volverá a satisfacer sus deseos, o tal vez a darme muerte. No hay duda en esto, Dios mío; antes me respetaba porque le ablandaban mis súplicas y lágrimas; pero ahora que ha comprendido toda la energía de mi carácter, toda la constancia de mi amor, ahora que se ve engañado, de seguro, ¡me horrorizo en pensarlo!, de seguro se vengará de mí terriblemente. ¿Y lo habéis de consentir, Dios justo y piadoso? —decía arrodillándose con religioso fervor—. ¿Habéis de consentir que ese malvado se goce en hacerme víctima de su venganza? Vuelva o no —repuso con firmeza—, debo yo de poner término a mis muchos e insoportables males con este arma que el cielo sin duda me ha deparado. Perdonadme, señor, y dadme valor para clavarme este acero que pondrá fin a mis días, tal vez dentro de un momento. Pero no, es imposible que yo muera tan pronto cuando vive en mi corazón la esperanza de un puro y tierno amor; al fin él vendrá a sacarme de esta prisión lúgubre y estrecha, castigará a mi cruel opresor y viviremos felices; sí, porque hemos nacido el uno para el otro, ¿no es verdad, don Juan? ¿Cuándo vendréis? Mirad que si tardáis un poco más, solo hallaréis mi cadáver en este calabozo, que en vano han querido adornar para ocultar su lobreguez y lo negro de sus paredes. Oh, venid, venid pronto; mirad que siento una cosa, un peso en el pecho que me ahoga; abrid esa puerta de hierro que da paso, que sé yo, tal vez al infierno; rompedla si no podéis entrar y sacar a vuestra amante de aquí; libradla de la muerte. No tardéis, que ya me quedan pocos momentos de vida.

Y la infortunada amante de Carvajal cayó exánime sobre la mullida alfombra que cubría el frío pavimento de su prisión.

Pero fuerza es, si hemos de seguir el orden que nos hemos propuesto, apartarnos de este lugar y trasladarnos a la parte del alcázar que habitaba el rey para presenciar la escena mas inesperada y notable de cuantas contiene esta peregrina historia.

CAPÍTULO VI.

_De cómo el conde Haro se empeñó en no conocer a uno que llevaba el rostro cubierto._

El salón donde celebraba corte su alteza hallábase, una mañana del mes de septiembre de 1310, ocupado por multitud de caballeros, donceles, pajes de lanza y estribo, y escuderos.

Los caballeros que más habían madrugado discurrían en corros o pequeñas reuniones sobre las noticias del día. Acerquémonos, si le place al lector, a uno donde se hallaba el poderoso conde de Haro.

—Conque va a ser destituido de sus honores y consideraciones como príncipe y caballero el infante don Juan —preguntó a don Lope un joven de gallarda presencia, llamado don Diego de Fajardo.

—Con efecto, repuso el conde; y aquí para nosotros fue acción fea y desleal la que cometió el infante en el sitio de Algeciras.

—Cierto, señor conde; pero observad que el rey obra muy de ligero, y que no es ese suficiente motivo...

—¡Cómo! ¿Así pensáis? —replicó el conde con calor—. Pues si no hubiese sido porque el cielo favorecía nuestra causa, con tan poca gente y tan débil como quedó el ejército real, ¿cómo era posible que hubiésemos conquistado los pueblos que hoy nos pertenecen?

—Tenéis razón, don Lope. Mi objeto tendía a probar que otros delitos de más gravedad ha cometido don Juan y han quedado sin castigo.

—¿Qué queréis...? Y bien puede el infante dar gracias a Dios de que se ha librado de la pena capital.

—¡Cáspita!

—Lo que oís, amigo mío.

—El objeto de nuestra reunión ya lo sé; pero ¿sabéis si se ha procedido contra la memoria del papa Bonifacio en la corte pontificia? —dijo un tercer caballero que, según su traje, indicaba pertenecer a la orden de Santiago.

—Creo que no, don Álvar Núñez —contestó el de Haro, haciendo lado al santiaguista—. A Clemente V le ha podido mucho el mensaje enviado por su alteza el rey de Castilla advirtiéndole de que no tiene facultades para hacer una cosa semejante; y a más de esto, que resultarían graves daños a toda la cristiandad.

—¡Oh, bien hecho! —dijo don Álvar con alegría—, porque si no ese pontífice, hechura del rey de Francia, nos iba a venir todos los días con exigencias tan nuevas como raras. Vean ustedes, haber extinguido ahora la orden del Temple, tan necesaria como era, y mucho más en estos reinos, para la completa destrucción de los moros.

—Tenéis razón, don Álvar —repuso el joven Fajardo—. Yo no puedo creer de ninguna manera que sean ciertos los delitos que imputan a tan nobles y cumplidos caballeros; además que el Papa, que se sujeta por reinar a las condiciones más onerosas, no puede hacer cosa buena.

—¡Bien dicho, valiente joven, bien dicho! —exclamó el santiaguista con entusiasmo.

—Moderaos, don Diego, y no habléis de esa manera del jefe supremo de la Iglesia —dijo el anciano arzobispo de Galicia, acercándose al círculo que habían formado nuestros interlocutores.

—Bien venido, padre mío —dijeron todos los caballeros besando uno por uno con respeto el anillo del prelado.

—Conque hoy, señores, hemos sido convocados para oír de boca del mismo rey grandes novedades, según dicen.

—Así parece, señor —contestaren todos a la vez.

—Pues yo, si he de dar mi opinión tal como la siento —dijo el de Núñez—, no creo que esa medida que ha tomado su alteza sea ni oportuna ni prudente.

—Silencio —repuso Haro—, que ya sabéis que en palacio se debe callar, maguer se le seque a uno la lengua en el paladar.

—Sí, ya sé —contestó don Álvar con malicia— que es un crimen decir la verdad a...

—¡El rey!... —dijeron las voces de los farautes y guardias.

—¡El rey! —repitieron todos haciendo paso al monarca y a sus magnates.

Presentose efectivamente el joven don Fernando, seguido de los caballeros, donceles, escuderos, pajes y empleados de su casa. Subió con paso firme las gradas del trono y saludó, al mismo tiempo de tomar asiento, a todas las personas que se hallaban presentes, con la más amable sonrisa.

Las que acompañaban al rey y las que en el salón había, se fueron colocando en sus sitios respectivos: detrás del sillón que ocupaba don Fernando, sus donceles, escuderos y pajes, y los físicos Aben-Ahlamar y mosén Diego de Valera; cerca del trono, sus hermanos don Pedro y don Felipe, nombrado el primero general de la frontera, y el duque de Bretaña; a más de estos el justicia mayor, el maestre de Castilla y el canciller; ocupaban las gradas del trono el mayordomo mayor de palacio don Juan Núñez de Lara, el arzobispo de Toledo don Gutiérrez segundo, los de Galicia y Sevilla y el delegado del papa Clemente V, el muy entendido en armas y en letras Pedro López de Ayala, adelantado de Murcia, Fernán Gómez de Toledo, camarero mayor y muy querido del rey, y los infantes de la Cerda, vestidos con ornamentos reales; cerca del trono y en primer término, veíase a don Lope López Díaz de Haro, don Juan Alonso Pérez, Guzmán el Bueno, señor de Sanlúcar, don Pedro Ponce de León, muy estimado del rey y su antiguo ayo, el abad de San Andrés, canciller de doña María Alfonsa, los maestres de las órdenes militares con sus respectivos caballeros; el alguacil mayor Gómez Pérez de Lampar con los procuradores de la ciudad; y, por último, multitud de donceles, escuderos y pajes, de los muchos y distintos caballeros que había en la corte del poderoso y egregio rey de Castilla y León.