Part 12
Esa canalla, que danzando veo, llena está de malicia y de ponzoña. Fieras domaba con su lira Orfeo: a estos los domestica la zampoña.
UN DOGMÁTICO[40]
Ni crítica mordaz, ni duda fiera destruyen mi doctrina bien probada; existe el diablo, pues si no existiera, dejara de ser diablo y fuera nada.
[40] En esta estrofa y las siguientes se refiere el autor a las tendencias de las diversas escuelas filosóficas de su época. El _Dogmático_ admite como probado lo mismo que se ha de probar, y por este flaco lo ridiculiza el poeta.
UN IDEALISTA[41]
La fantasía dominó mi mente, y siervo es mi sentir de su mandato: pues que todo lo soy, es consiguiente que soy también un pobre mentecato.
[41] Sátira del idealismo fichtiano. Fichte concebía el _no yo_ como producto del _yo_.
UN MATERIALISTA
El Ser es mi suplicio y mi tormento, y comienza a cansarme y aburrirme. Hoy por primera vez experimento que no estoy en mis pies seguro y firme.
UN SUPERNATURALISTA
Me encuentro bien entre estos malhadados, cuando en el aquelarre me introduzco; al ver diablos aquí por todos lados, que existen también ángeles deduzco.
UN ESCÉPTICO[42]
Les engaña el fulgor de un espejismo cuando de la verdad van al encuentro; Demonio y duda casi son lo mismo; por eso estoy aquí como en mi centro.
[42] Hay en esta estrofa un juego de palabras intraducible en castellano. El _Escéptico_ dice que riman diablo y duda, y así es en alemán (Diablo, _Teufel_; duda, _zweifel_). Hemos procurado conservar en la versión castellana la idea, aunque la forma haya perdido la viveza y la gracia del original.
EL MAESTRO DE CAPILLA
¡Callad, moscas, mosquitos y moscones! ¡Callad, por Dios, malditos diletantes! ¡Callad ranas y grillos de agrios sones! ¡Músicos todos sois horripilantes!
LOS APROVECHADOS[43]
Somos gente feliz y positiva, y vivimos sin pena y sin trabajo. ¿Pasó la moda de ir cabeza arriba? Pues iremos también cabeza abajo.
[43] A las alusiones literarias y filosóficas siguen las políticas. Este epigrama y los sucesivos se refieren a las diferentes clases y partidos que figuraban en la vida pública en tiempo de Goethe. Los _Fuegos fatuos_ son los hombres sacados de la nada y enaltecidos por la Revolución. Las _Estrellas caídas_ los aristócratas que perdieron su prestigio y su influencia. Los _Amazacotados_ los hombres nuevos que van a su negocio, atropellándolo todo.
LOS AHÍTOS
Algún día llenamos bien la panza; mas ya no atiende el cielo nuestros votos, y de tanto bailar en esta danza, vamos al fin con los zapatos rotos.
FUEGOS FATUOS
Nacimos en los fétidos pantanos, engendro de la negra podredumbre: hoy, galanes espléndidos y ufanos, resplandecemos todos en la cumbre.
UNA ESTRELLA CAÍDA
Caí, rodando de la eterna altura donde brillaba, luminosa estrella. Tendida estoy sobre la tierra dura: ¿quién podrá, cielos, levantarme de ella?
LOS AMAZACOTADOS
¡Escuchad! Tiembla el suelo al choque rudo. ¡Plaza! ¡Ya viene el escuadrón obeso! Si es que Espíritus son --que no lo dudo-- digo que son Espíritus de peso.
PUCK
¡Escuadra de hipopótamos bravía! ¡Moderad y tened el rudo trote! ¡Dejadme a mí la gloria, en tan gran día, de ser el más pesado y mazacote!
ARIEL
Si la Naturaleza cariñosa, o el Espíritu os dan ligeras galas, a la cumbre seguidme do la rosa feliz ostenta sus purpúreas alas.
LA ORQUESTA, _pianissimo_
La neblina se aclara y desvanece; deshácese la nube de igual modo: sonora brisa la enramada mece, y se disipa y se evapora todo.
[Ilustración]
[Ilustración]
DÍA NEBULOSO
_Campo_, FAUSTO, MEFISTÓFELES[44]
[44] Esta escena está escrita en prosa en el original, y en prosa la hemos dejado. Nos ha parecido esto más respetuoso para el gran poeta alemán, que traducirla en verso, como ha hecho Andrés Maffei en su versión italiana. En España no es una novedad mezclar prosa y verso en las obras de forma dramática: así lo han hecho autores ilustres, como el duque de Rivas en su _Don Álvaro_.
FAUSTO
¡En la miseria! ¡En la desesperación! ¡Abandonada en el mundo, largo tiempo errante, y al fin presa! ¡En la cárcel, como una malhechora, reservada a tormentos horribles, ella, la amable, la infeliz criatura!... ¡Hasta ese extremo! ¡Hasta ese extremo!...
¡Traidor, indigno Espíritu! ¿Te has atrevido a ocultármelo?
¡Basta ya! ¡Basta! Revuelve colérico en sus órbitas tus ojos diabólicos. Provócame aún con tu insufrible presencia. ¡Presa! ¡Sumida en irreparable infortunio! ¡Entregada a los Espíritus malos y a la despiadada justicia de los hombres! Y entre tanto, arrullándome con insulsos placeres, ocultábasme sus crecientes desdichas, y la dejabas morir sin amparo.
MEFISTÓFELES
No será la primera.
FAUSTO
¡Perro! ¡Execrable monstruo!
Vuélvele --¡Eterno Espíritu!--, vuélvele a ese bicho su canina forma, la forma que tomaba a menudo para trotar, negro fantasma, ante mis pasos, roncar a los pies del pasajero inofensivo, y derribarle, colgándose a sus hombros. Devuélvele su forma predilecta, para que arrastre otra vez el vientre por el suelo, para que pueda yo patearle, al réprobo.
¡Que no es la primera!...
¡Horror! ¡Horror incomprensible para toda alma humana, que en el abismo de tal infortunio haya podido caer más de una criatura, y que, a los ojos de la Eterna Misericordia, la primera, con sus mortales congojas, no haya pagado por todas! ¡La desdicha de esta sola penetra hasta la médula de mis huesos, llega hasta el fondo de mi vida; y tú te mofas satisfecho de millares de ellas!
MEFISTÓFELES
Hétenos otra vez en la linde de vuestra comprensión, donde a vosotros, los mortales, se os dispara el juicio. ¿Por qué te asociaste a mí, si no podías seguirme? ¡Quieres volar, y aún te marea el vértigo! ¿Fui a buscarte, o viniste a buscarme?
FAUSTO
No rechines los dientes voraces. ¡Me das asco!
¡Grande y sublime Espíritu, que te dignaste acudir a mi voz!; tú, que conoces mi corazón y mi alma, ¿por qué me encadenas a un vil compañero, que se alimenta de males y se goza en las ruinas?
MEFISTÓFELES
¿Acabaste?
FAUSTO
Sálvala..., o ¡ay de ti! ¡Sobre tu frente irá por siglos de siglos la maldición más espantosa!
MEFISTÓFELES
No puedo romper las ligaduras de los vengadores, ni descorrer sus cerrojos.
¡Sálvala!
¿Quién la perdió? ¿Tú o yo?
(FAUSTO _lanza en torno miradas feroces_.)
¿Asir quisieras un rayo? No están, por fortuna, a vuestro alcance, míseros mortales. Aplastar al que, inocente, contradice, tal es, caso de aprieto, el proceder de los tiranos.
FAUSTO
Llévame a ella. ¡Hay que librarla!
MEFISTÓFELES
¿Y el riesgo a que te expones? Piensa que aún no se ha secado en la ciudad la sangre de la muerte que hiciste. En aquel sitio se ciernen implacables Espíritus, aguardando a su vez la muerte del matador.
FAUSTO
¿Eso más de ti?... ¡Destrucción y ruina de todo un mundo sobre ese monstruo! Llévame allá, te digo, y libértala.
MEFISTÓFELES
Te llevaré; y escucha lo que puedo hacer. ¿Acaso soy señor de cielos y tierra? Turbaré los sentidos del carcelero. Cogerás la llave, y con tu mano de hombre podrás sacar a la presa fuera de la prisión. Vigilaré yo en tanto. Los caballos mágicos estarán a punto, y os llevaré. Eso es lo que puedo hacer.
FAUSTO
Vamos, pues.
[Ilustración]
[Ilustración]
NOCHE
_Campo raso._ FAUSTO _y_ MEFISTÓFELES _galopando en caballos negros_
FAUSTO
¿Por qué bullen aquellos alrededor de un cadalso?
MEFISTÓFELES
No sé qué arreglan o guisan.
FAUSTO
Corren acá y allá, se ladean, se agachan.
MEFISTÓFELES
Brujas en aquelarre.
FAUSTO
Parece que rocíen con el hisopo y que consagren.
MEFISTÓFELES
¡Adelante! ¡Adelante!
[Ilustración]
[Ilustración]
CÁRCEL
FAUSTO, _con un manojo de llaves y una luz, ante una puertecilla de hierro_
FAUSTO
Horror ha largo tiempo no sentido siento otra vez. Me asaltan y me rinden los males todos que lamenta y llora la pobre Humanidad. Aquí ella vive; tras ese húmedo muro está encerrada: ¡y una ilusión querida fue su crimen! Voy a encontrarla, y azorado tiemblo; voy a verla, y mi pie duda y resiste. ¡Valor! Puede matarla mi tardanza. ¡No más dudar! Su salvación lo exige.
(_Toma la llave._)
(_Cantan dentro del calabozo._)
Mi madre, ramera, me dio muerte fiera; mi padre, el perdido, mi carne ha comido; lo poquito que quedó mi hermanita lo enterró. Abriose la fosa; salió un pajarito de pluma vistosa. ¡Tiende, pajarito, tiende pronto el vuelo! ¡Vuela, pajarito, piérdete en el cielo!
FAUSTO, _abriendo_
¡Cuán ajena a pensar que oye su amante el son siniestro de los hierros viles estará la infeliz!
(_Entra._)
MARGARITA, _ocultándose en la cama_
¡Vienen! ¡Ya vienen! ¡Funesta muerte!
FAUSTO, _en voz baja_.
Calla y serás libre. Vengo a salvarte.
MARGARITA
Si eres ser humano, duélete de mi suerte.
FAUSTO
No así grites; que el dormido guardián despertar puede.
(_Toma las cadenas para quitárselas._)
MARGARITA, _de rodillas_
¿Quién te dio este poder? ¿Por mí viniste, verdugo, y ahora suena medianoche? Vete; deja que viva y que respire hasta el amanecer. ¿Piensas acaso que mucho ha de tardar la hora terrible?
(_Levantándose._)
¡Aún soy joven, muy joven, y ya muero! ¡Y bella fui también! Ese el origen fue de mi mal. Entonces a mi lado él estaba; ¡ahora lejos! De la virgen rota está la guirnalda, y esparcidas las flores todas. ¡Ay! ¿Por qué me oprime tu diestra airada, y hacia ti me arrastras? Suelta, suelta... ¡Perdón! Mal no te hice; jamás te he visto. ¿Inútiles y vanos mis clamores serán?
FAUSTO
¿A quién no aflige tanto dolor?
MARGARITA
En tu poder me tienes: deja, al menos, que el pecho al infelice niño le dé. Toda la noche, toda lo estreché en mi regazo. Para herirme, para culparme --¡oh cielos!--, lo robaron de mis amantes brazos, ¡y ahora dicen que lo maté! ¡Mis dichas concluyeron! Con malignas canciones me persiguen. ¡Infames! Así acaba vieja historia; pero ¿es justo, gran Dios, que me la apliquen?
FAUSTO, _echándose a sus pies_
Tu amante está a tus plantas, y la puerta de esta horrorosa cárcel viene a abrirte.
MARGARITA, _arrodillándose también_
¡De rodillas caigamos, de rodillas para invocar a Dios! Allí, en el linde de la puerta, las llamas infernales arden, y en medio lúgubre sonríe Satanás.
FAUSTO, _gritando_
¡Margarita! ¡Margarita!
MARGARITA, _atenta_
La voz era esa del amante: ¡ay triste!
(_Yérguese y caen las cadenas._)
¿Dónde está? Me llamaba. ¿Habéis oído? ¡Libre estoy! ¡Libre estoy! Nadie me impide volar ansiosa a sus amantes brazos y en ellos reposar. Me llama: erguirse veo su sombra entre las rojas llamas, y en el fragor diabólico distingue mi oído, entre infernales carcajadas, de su querida voz el dulce timbre.
FAUSTO
Sí, yo soy.
MARGARITA
¿Eres tú? ¡Dios soberano! ¿Eres tú? (_Asiéndolo._) No me engañes. Ven, repite esa dulce palabra. ¿Qué se hicieron los tormentos, la cárcel, la terrible cadena?... ¡Es él! ¡Es él! A libertarme viene, y ya libre estoy. ¡Libre, sí, libre! Mira; aquesa es la calle en que nos vimos por vez primera; aquellos los jardines donde con Marta te aguardaba ansiosa...
FAUSTO, _arrastrándola_
¡Oh, ven, conmigo ven!
MARGARITA, _acariciándolo_
¡Son tan felices las horas a tu lado!
FAUSTO
Es peligrosa la menor detención.
MARGARITA
¿Y por qué, dime, ya no me besas? En tan breve ausencia, ¿cómo tan dulces hábitos perdiste? ¿Y por qué tiemblo y gimo, al abrazarte, yo que dichosa, en éxtasis sublime, sentí, al calor de tu pupila ardiente, el cielo todo a mi deleite abrirse, cuando, sin miedo a sofocarme en ellos, me estrechaban tus brazos varoniles? Di: ¿por qué callas? Bésame, o te beso.
(_Abrazándole y besándole._)
¡Ah! Tu labio está frío, está insensible... ¿Qué fue --¡oh Dios!-- de tu amor? ¿Quién me lo roba?
(_Apártase de él y vuelve la cabeza._)
FAUSTO
¡Oh, ven, ven por piedad! Constante y firme es mi pasión. Sosiégate, bien mío, oye mis ruegos, y mis pasos sigue.
MARGARITA, _volviéndose a él_
¿Y eres él? ¿Eres él? ¿Estás seguro?
FAUSTO
Sí, yo soy: ven conmigo.
MARGARITA
¿Y tú viniste a libertarme, abriéndome los brazos? ¿Podrá ser que de mí no te horrorices? ¿No te han dicho, no sabes a quién salvas?
FAUSTO
Ya las nocturnas sombras, más sutiles, se aclaran. ¡Pronto, ven!
MARGARITA
Maté a mi madre; ahogué al hijo mío. ¿Lo entendiste? ¡Al hijo nuestro! ¡A entrambos nos fue dado! ¡A ti también! Mas, ¿eres tú? Imposible paréceme. ¡Tu mano! ¡A ver tu mano! ¡Cielo! ¿Es su diestra, o la ilusión lo finge? Es ella, sí; ¿por qué está humedecida? ¡Enjúgala, por Dios; sangre la tiñe! ¡Insensato! ¿Qué has hecho? Envaina el hierro. ¡Envaina el hierro, por piedad!
FAUSTO
Lo que hice hecho está ya. ¿Por qué mentarlo? ¿Quieres matarme?
MARGARITA
No, no mueras: ¡vive, vive! Yo te diré las tumbas que en la tierra desde mañana tus cuidados piden. Será el lugar mejor para mi madre; la de mi hermano mísero ha de abrirse al lado suyo, y apartada un tanto, no muy lejos, la mía, ¡sola y triste! ¡No, no sola! ¡A mi pecho el tierno infante! ¡Él, él no más, mi sepultura humilde quisiera compartir! Al lado tuyo yacer por siempre, fue de mis abriles lisonjera ilusión, que me han robado. Si me dirijo a ti, fuerza invisible mi pie detiene, y si a tus brazos llego, me rechazan también y me despiden; despídenme --¡gran Dios!-- ¡cuando aún tus ojos, las usadas ternezas me repiten!
FAUSTO
Si sabes que soy yo, sígueme.
MARGARITA
¿Adónde?
FAUSTO
A salvarte.
MARGARITA
La tumba --¿no la viste?-- está allí fuera, y en constante acecho la Muerte. Vamos, sí; quiero seguirte no más hasta ese lecho de reposo, ¡de eterna paz!... Tú marcharás, Enrique. ¡Oh, si pudiera acompañarte!
FAUSTO
Puedes; la cárcel está abierta.
MARGARITA
¿Y de qué sirve la fuga? ¡Nada espero! Tras nosotros vendrán. ¿Quieres que mísera mendigue de puerta en puerta el pan; que errante y sola vaya, cuando me acosan y persiguen mis propios pensamientos, y que al cabo me alcancen mis verdugos inflexibles?
FAUSTO
Contigo quedo, pues.
MARGARITA
¡No! ¡Corre, salva al hijo tuyo! ¡Pronto! Marcha, sigue aquel arroyo, el puentecillo pasa, entra en el bosque lóbrego, y dirige el paso hacia la izquierda... Allí, en la balsa, ¡allí está!... Mira, mira: ya va a hundirse; ¡y aún se remueve el pobrecito! ¡Vuela!
FAUSTO
¡Vuelve en ti! Un solo paso, y estás libre.
MARGARITA
¡Si hubiéramos traspuesto la montaña! Allí mi madre, que los años rinden, está sentada en una piedra --¡Oh cielos!, ¡soplo glacial me acosa y me persigue!-- Sentada está mi madre en una piedra, y mueve la cabeza, ya insensible. Ni oye, ni ve. ¡Durmió, la pobre, tanto, que no despierta ya! ¡Días felices aquellos --¡ay!-- en que su grave sueño dulce fue a nuestro amor!
FAUSTO
Pues que resistes mis instancias y ruegos, a la fuerza tendrás que obedecerme y que seguirme.
MARGARITA
¡Aparta! ¡No me toques! No con esas duras manos me agarres y lastimes. ¿No hice bastante por tu amor?
FAUSTO
¡Bien mío! ¡Dulce amada! ¿No ves que el cielo tiñe el alba?
MARGARITA
El día nace: ¡el postrer día! El que alumbrar debiera los festines de nuestra unión. No digas nunca a nadie que a Margarita amaste y conociste. ¡Ay, mi corona!... ¡Terminó ya todo! Aún te veré: mas no en el baile. A miles vienen las gentes; mas con tal silencio, que nada se oye. Estrechos los confines son de la plaza y las cercanas calles para tal multitud. La hora terrible da la campana, y el bastón se rompe. Ya me agarrotan, y en sus brazos viles el verdugo al patíbulo me arrastra. Ya pende sobre todas las cervices la cuchilla fatal, contra mí alzada; y es el mundo una tumba muda y triste.
FAUSTO
¿Por qué, por qué nací?
[Ilustración]
MEFISTÓFELES, _apareciendo a la puerta_
¡Salid al punto, o nos perdemos! ¡Miedos mujeriles, dudas, ayes; y mientras, mis caballos piafando están, y el alba ya sonríe!
MARGARITA
¿Qué funesta visión surgió del suelo? ¡Es él! ¡Es él! ¡Es él! ¿Qué buscas, dime, en el santo lugar? ¡A mí me buscas!
FAUSTO
¡Has de vivir!
MARGARITA
¡Mi espíritu recibe, Eterno Juez!
MEFISTÓFELES, _a_ FAUSTO
Os dejo en la estacada, si al punto no venís.
MARGARITA
Esta infelice es tuya, ¡oh Padre! ¡Sálvala! Y vosotros, ángeles, celestiales adalides, vuestras divinas huestes desplegando en mi redor, guardadme y conducidme. ¡Enrique! Horror me das.
MEFISTÓFELES
¡Está juzgada!
VOZ DE ARRIBA
¡Salvada!
MEFISTÓFELES, _a_ FAUSTO
¡Tú, conmigo!
(_Desaparece con_ FAUSTO.)
VOZ INTERIOR, _que se va apagando_
¡Enrique! ¡Enrique!
[Ilustración]
BREVE RESEÑA
DE LA SEGUNDA PARTE DE LA TRAGEDIA
[Ilustración]
BREVE RESEÑA
DE LA SEGUNDA PARTE DE LA TRAGEDIA
ACTO PRIMERO
Goethe dividió en actos la segunda parte de su tragedia, lo cual no hizo en la primera, quizás por entender que la rápida sucesión de sus acontecimientos y episodios no consentía estos intervalos y descansos, admitidos por casi todos los escritores dramáticos.
En el primer acto de la segunda parte nos presenta a Fausto adormecido, mientras una falange de Espíritus aéreos disipa en su corazón los amargos recuerdos y remordimientos que lo encadenan a la vida real por la mísera muerte de la infeliz Margarita. Fausto despierta y parece otro hombre: el hirviente deseo que lo agitó está desvanecido o, cuando menos, amortiguado por pensamientos más suaves y tranquilos, y por un conocimiento más profundo y más severamente filosófico, de las fuerzas vivas de la Naturaleza, hacia las cuales parece que el protagonista del drama quiera dirigir su espíritu investigador. Acompañado de Mefistófeles, llega a la corte del Emperador, de la cual nos ofrece Goethe ingeniosa y animadísima pintura. Los apuros de la hacienda, la anarquía de la administración, el descontento del pueblo, inducen al Emperador a recibir bien a los dos misteriosos extranjeros, con mayor motivo porque uno y otro se dan a conocer por varias señales como seres de sobrenatural poder. Acepta gozoso su ayuda para la busca de tesoros ocultos en las entrañas de la tierra, y ordena que se solemnice el alegre Carnaval, demorando para el día de Ceniza aquella pesquisa de las suspiradas riquezas.
La fiesta del Carnaval en la corte del Emperador ofrece ocasión a Goethe para desplegar su lozana fantasía, y dar, con símbolos y alegorías mitológicas, ancho campo y rienda suelta al espíritu satírico que informa casi todo el poema. Comienza el espectáculo con un coro de lindas y amables floristas, al que responden en poético lenguaje las mismas flores con que van adornadas. Pero interrumpe su alegría la aparición de pescadores, cazadores, leñadores, parásitos y poetas, que con su incesante alboroto perturban la fiesta. Entonces el heraldo que la preside evoca la mitología clásica, y al punto se presentan en escena las tres Gracias, Aglaya, Hegémone y Eufrósine, y tras estas las tres Parcas, Átropos, Cloto y Láquesis, y las tres terribles Furias, Alecto, Megera y Tisífone.
Nuevas figuras intervienen para animar el júbilo carnavalesco. En una espléndida carroza aparece sentada una divinidad poderosísima: es la Victoria. Junto a ella están el Temor, inquieto y tembloroso; la alegre y festiva Esperanza; la Prudencia, de ojo avizor. Zoilo-Tersites, extravagante amalgama de dos personajes de la antigua Grecia, quiere mover cuestión a la diosa Victoria; pero el heraldo lo arroja airadamente, y al retirarse fugitivo se convierte en víbora y en murciélago.
Llega otra carroza; va guiada por un gentil mancebo, que se llama a sí mismo el genio de la Prodigalidad y de la Poesía. Aquella carroza es el trono de Pluto, el dios de la Riqueza, hacia quien todos se vuelven admirados, y recogen ansiosos los donativos con que los obsequia. Pero, molestado por las exigencias y la murmuración de la turbamulta, promueve Pluto un vasto incendio, que aparece lejano, mientras el gran dios Pan, con las Ninfas, los Faunos, los Sátiros, los Gnomos y los Gigantes que le acompañan, toma parte en la mascarada. El incendio prende en el palacio imperial. Huye en tumulto el pueblo aterrorizado, y el dios Pluto atrae nieblas y nubarrones, que desprenden un aguacero muy a tiempo para apagar el fuego y dar fin a la estrambótica y divertidísima farsa.
Fausto y Mefistófeles no estuvieron ociosos mientras tanto. Encontraron los tesoros que habían prometido al Emperador, y con tan feliz hallazgo se pagaron las deudas, se llenaron las arcas del Tesoro, y volvió a reinar la tranquilidad en el esquilmado imperio. En esta extraña escena, Goethe quiso simbolizar el invento del _papel-moneda_. La fantasmagoría concluye con el reparto de dádivas que hace el Emperador a sus súbditos.
Sigue la admirable escena de las _Madres_. Entre las varias interpretaciones que los comentaristas del FAUSTO dan a estas Madres, parece la más aceptable considerarlas como las fuerzas elementales de la Naturaleza, como el principio oculto de las cosas creadas o por crear. Para comprender esta escena, hay que fijarse en la pintura que el mismo Goethe hace de las _Madres_; parece que el misterio y la incertidumbre de que las ha rodeado, ayudan a la profunda impresión que el tremendo episodio debe producir.
El hecho es que, por intercesión de las _Madres_, puede el afortunado Fausto evocar y dar vida a los dos tipos de la belleza clásica, Paris y Helena, y traerlos como personas vivientes a presencia de la corte, y hacerles representar el memorable drama amoroso, al que la poesía griega erigió un monumento inmortal. Pero Fausto, impaciente y ya enamorado de la helénica beldad, no recuerda que su evocación es un nuevo fantasma de apariencia vana, y queriendo estrechar entre sus brazos la ideal figura, rompe el encanto, y todo concluye entre sombras y vapores, que se desvanecen.
ACTO SEGUNDO