Estudios americanos (primera serie)
Part 6
En New London, en Manchester, y en otros puntos frecuentados de la costa de Nueva Inglaterra, se encuentran los representantes de la verdadera aristocracia americana, los miembros de las viejas familias patriarcales, todos más o menos emparentados con Washington, por supuesto, y provenientes del sur, especialmente de Virginia, la antigua «madre de presidentes», hoy desbancada por Ohío y otros estados de origen más moderno. Aquí se entrega la gente a las delicias del _golf_, se disputa el «championship» del _base-ball_ y otros juegos semejantes, y finalmente, se goza de las facilidades que presta el mar que baña esas costas para navegar a la vela en yates de todas clases y dimensiones. Al oeste van los aficionados a la vida de campo, sin afectaciones ni complacencias, los que llevan desde la tienda de campaña que les ha de servir de vivienda hasta las provisiones que sustituirán a la caza y a la pesca en bosques primitivos y en lagos donde todavía no ha resonado el silbato del vapor. Esa pasión por _camping_ es uno de los más curiosos rasgos del espíritu americano, algo como un atavismo de raza, impulso hereditario de la sangre de los descendientes del antiguo _pioneer_ que hace medio siglo construía su cabaña donde hoy se elevan ciudades de medio millón de habitantes. Finalmente, en Newport, el más conocido de los _summer resorts_ americanos en el extranjero, se aglomera la nueva aristocracia del dinero, los _four hundred_ de Nueva York, de Chicago, de Filadelfia, de Boston, los millonarios y archimillonarios cuyo nombre resuena en todas partes con mezcla de admiración y de envidia, la señora Potter-Palmer, la «reina de Chicago», los Vanderbilt, con su acompañante Chauncey M. Depew, el más popular y cosmopolita de los políticos y hombres de mundo americanos, los Ogden Goëlet, los Astor, los Bryce, los Belmont, y otros muchos cuya mención sería fatigosa.
Todo este grupo _fin de siècle_ o _up-to-date_, como se dice aquí, se encuentra ahora preocupado de «entretener» al conde de Turín, y lo hace a la moda y con el padrón habitual de la hospitalidad americana, hospitalidad estruendosa, infatigable, delirio de atenciones, de mimos, de fiestas, de paseos, de comidas, de bailes, de _five o’clock teas_, de _sailing parties_, de _bicycle parties_, de _parties_ a caballo, en carruaje, a vapor, en automóvil, en todos los medios de locomoción imaginados e imaginables. El héroe de estas manifestaciones sociales, naturalmente se encuentra feliz, y sería un monstruo de ingratitud si no conservara de su paso por este país un recuerdo adorable. No hace mucho tiempo, el príncipe heredero de Bélgica agotó el mismo programa de diversiones. Ahora le toca el turno al conde de Turín, en tanto no lo sustituya algún otro personaje de sangre real.
La hospitalidad americana es realmente, y sin ironía, espléndida y abrumadora. En ninguna parte del mundo el extranjero es recibido con las manos más abiertas ni se le introduce tan pronto en el seno de la sociedad más distinguida. Y esta condición es inherente al americano rico como al de mediana fortuna, al de las grandes ciudades como al de los pueblos en formación. Naturalmente, son las familias pudientes las que principalmente hacen el gasto en las recepciones de los viajeros de nota. Pero todos son iguales en este sentido y cada uno invita al extranjero en la medida de sus recursos y de su posición. La mezquindad de miras europeas es aquí desconocida. ¿Se trata solamente de gozar de la sociedad de gentes de otras tierras o existe también el orgullo ingenuo de deslumbrar al recién venido con las maravillas y grandezas de la patria, cubierta por los _stars and stripes_, de imponerle la admiración que no puede menos de sentir por la potencia y civilización de esta raza, si tiene dos dedos de sentido común, de forzarlo a alejarse con un sentimiento de gratitud cuando deje las playas encantadas de la Unión? ¿Es esta generosidad universal, esta amabilidad ilimitada un testimonio de nobleza de alma o un rasgo de rastacuerismo? ¿Es esta llaneza de aborde, esta facilidad de contacto, la suprema manifestación de una cultura y una civilización características o simplemente el apresuramiento del _parvenu_ que quiere hacer gozar a los otros de las sorpresas de su lujo postizo?...
Los que penetran superficialmente en las cosas de este país, se inclinan por la segunda teoría y encuentran de muy mal tono la francachela y sencillez americana. A mi modo de ver, nada es más injusto que esta apreciación de viajeros superficiales u observadores prevenidos, si bien no dejo de reconocer que algunas veces las manifestaciones de la hospitalidad y de la obsequiosidad yankee carecen un poco de proporción y de aticismo. Tal sucede ahora con respecto al recibimiento del almirante Cervera y sus compañeros de cautiverio. Ayer no más, los marinos españoles, los soldados de aquélla nación, eran presentados por la prensa y mirados por la sociedad como seres de una raza inferior, monstruos de brutalidad y de infamia. La bizarra conducta del infortunado marino, al arrojar el guante a una escuadra más poderosa que la suya, sin otra perspectiva ni esperanza que la de la pérdida de sus buques y quizá la de su vida, merece, sin duda alguna, que se le dispensen las consideraciones personales, dignas y serias, con que se debe acoger a un enemigo desgraciado y reducido a la impotencia. Pero, ¿qué pensar del entusiasmo social que se ha despertado en favor de Cervera y de los oficiales de su estado mayor? Los pedidos de autógrafos les llueven de todas partes de la Unión; en las calles de Annapolis donde se encuentran detenidos bajo su palabra de honor, los jóvenes y las señoras se disputan el honor de tratar a los prisioneros. Si entran a una tienda, los vendedores por poco no se empeñan en hacerles aceptar gratis sus compras. Si van a la iglesia, el capellán sale a recibirles, los instala en el mejor banco, y en su sermón dirige alusiones veladas pero no menos halagadoras a su conducta. Si los desgraciados marinos y su jefe repartieran todos los botones de sus uniformes que les piden otras tantas entusiastas muchachas americanas, se verían en serios aprietos para andar decentemente vestidos. Y esta efusión inmoderada de cortesía, no se limita al público.
El superintendente de la escuela de marina, el almirante McNair, ya ha iniciado la serie de las fiestas sociales, dando un gran banquete en su casa en honor del almirante Cervera, de su hijo, del capitán Eulate del _Vizcaya_, todavía no del todo restablecido de su herida, y otros sobrevivientes del combate del 3 de julio, y en torno de la mesa destinada a agasajarles y adornada, como es de rigor, de rosas american-beauties y la france (a 2 dólares por flor, entre paréntesis), se sentaron numerosas señoritas y caballeros americanos. ¿No es realmente extraordinario este modo de tratar a un alto oficial de una nación con la que se está en guerra y a la que se piensa aliviar de todas sus posesiones coloniales?
Suponemos que este exceso de atención y de amabilidad será una de las peores torturas del desgraciado almirante español y que él habrá hecho esfuerzos plausibles por esquivar el agasajo. Pero no lo condenemos demasiado pronto, porque su caso es difícil, casi desesperado. ¿Cómo evitar el apretón franco y vigoroso de dos brazos americanos, cómo librarse de la efusión entusiasta de una raza que tiene, acabo de decirlo, la manía generosa de la hospitalidad, sin herir profundamente los sentimientos de personas dignas de toda simpatía y respeto, culpables, en todo caso, de una inocente falta de tino y de medida? El festivo Larra, algo olvidado ahora, trató de hacerlo en cierta ocasión, pero todos sabemos que no tuvo éxito, y que nada es más difícil que huir de las seducciones amables del «Castellano viejo», aunque este personaje, traducido al inglés, se disfrace de Uncle Sam.
Uno de los atractivos más poderosos de los «summer resorts», es la presencia en ellos de una raza especial femenina que prospera al halago de las brisas marinas o a la sombra de las altas montañas. La «summer girl», la «veraniega», como podríamos traducirlo libremente, es un tipo esencialmente americano, y, por consiguiente, completamente original. Este interesante espécimen de la raza, no pertenece al grupo tan conocido y visto en todas partes, de las niñas que parecen resucitar con los primeros rayos del sol estival y llenan los parques y los paseos de todas las grandes ciudades, con la nota alegre de sus toilettes ligeras, y bulliciosas, para desaparecer como tragadas por la tierra con las primeras ráfagas del otoño. ¿Qué se hace esa eclosión amable, dónde se oculta durante la estación fría, que no vuelve a vérsele más y se busca en vano la huella de su paso juvenil? Ese es un misterio que ningún observador ha resuelto de una numera satisfactoria. La «summer girl» tampoco tiene ningún punto de contacto con la semiaventurera alegre que llena las playas del viejo mundo y va a tejer sus intrigas cosmopolitas en el campo neutral de los casinos y los hoteles a la moda. No es una demimondaine ni una explotadora. Es simplemente el producto típico de una civilización especial, de una educación _sui géneris_, de la independencia femenina convertida en dogma, de la vida grandiosa, toda de placer y de movimiento, que es lote común de un número considerable de muchachas americanas.
La «summer girl» no puede existir sin la prosperidad general que reina en todas las secciones de este país. Ella pertenece generalmente a una familia que tiene amplios recursos, aunque no haya sido lanzada todavía en la _fashionable set_ de Nueva York, ni haya asistido a las recepciones diplomáticas de la Casa Blanca, es decir, aunque no haya calzado las espuelas del caballero. Sale de todos los puntos del horizonte, con especialidad de las ciudades colosales del joven Oeste, de Cincinnati, de Saint Louis, de alguno de los centros manufactureros donde se forman las grandes fortunas industriales, Pittsburgh, Providence, etc. Tiene las espaldas cubiertas por un padre que guarda el incógnito, y sigue imperturbable en su escritorio del piso decimosexto de algún «Equitable Building» de su ciudad natal, acumulando dólares, mientras los suyos disfrutan de la vida al aire libre. Va «chaperoneada» por una madre pacífica o turbulenta, por una tía que aún conserva bríos, por un hermano que desde la madrugada hasta el anochecer pasa sucesivamente de la bicicleta al _base-ball_, al _golf_, al _cricket_, al _polo_, al _yachting_, y se envejece inocente, con una expresión infantil, aumentada por los largos cabellos lacios de los profesionales de esos interesantes _sports_, y cuya única misión en la vida parece ser la de obedecer y halagar a su hermana. Por eso mismo no es indispensable y se la ve frecuentemente viajar con una amiga o instalarse por una temporada como visita o «guest» de una familia de su círculo. Su uniforme diario, como si dijéramos su traje de trabajo, se compone de un elegante vestido de ciclista, sabiamente cortado, que permite ver el nacimiento de la pantorrilla encerrada en botas elegantes de piel de Rusia, un pequeño canotier y una blusa o camisa semimasculina con cuello rígido y deslumbrante y puños de una blancura inmaculada. Durante la noche, naturalmente, este traje útil para todos los paseos y juegos imaginables, es sustituído por las toilettes complicadas que hacen tan brillante el aspecto de la sociedad de las estaciones de verano, trajes abiertos sin mezquindad y sin falsos pudores, que muestran complacientes las redondeces de bustos generalmente poco desarrollados, alhajas en profusión, numerosos anillos de un gusto y una riqueza exquisitos, que hacen resaltar el minucioso cuidado de una mano fina y el contorno perfecto y brillante de uñas entregadas al sabio desvelo de la manicura; encajes y sedas demasiado ricos, pero no por eso menos elegantes y reveladores de un lujo nuevo y desmedido. Con estos elementos y armada de estos requisitos la «summer girl» se lanza a cuerpo perdido en el movimiento social, es un _boute-en-train_ de todas las horas, un _flirt_ intrépido y convencido. Su única misión en la vida, su única preocupación es el placer, el ruido, la alegría, la actividad de una coquetería infatigable. No va en busca de un marido ni de una aventura, porque su posición social es demasiado envidiable para cambiarla sin reflexión madura y porque, como la mayoría de sus compatriotas, sabe reservarse siempre, conoce demasiado la vida y sus asechanzas para ignorar dónde está el peligro y cómo evitarlo. Pero si encuentra a su paso un noble europeo, un título sonoro, un diplomático que le presente en el futuro las posibilidades de un _drawing room_ en Buckingham Palace, con la obligada reverencia a la reina Victoria, en traje de corte y bouquet de orquídeas, su frialdad y su indiferencia real desaparecen de pronto para dar lugar a admirables maniobras de secuestro, que hacen caer infaliblemente en sus redes seductoras al objeto de sus anhelos. Cuando este hallazgo no tiene lugar la alegre mariposa vuela a otras playas después de un tiempo más o menos largo, dejando muchos corazones heridos, que tienen tiempo de cicatrizar hasta la próxima estación, para volver a ser víctimas de las torturas deliciosas de otros nuevos representantes de la misma especie femenina.
La «summer girl», en suma, es una de las infinitas variedades de este producto refinado, excepcional, interesante, anómalo, que se llama la mujer americana y que desafía impávida las teorías de los observadores y el análisis de los psicólogos. Presentar todas las facetas de este Proteo es una tarea superior a las fuerzas humanas. Muchos han querido hacerlo sin conseguir su objeto y acaban por caer en el terreno de la caricatura. Bourget, con todo su talento fino y complicado, con todas las sutilezas de su visión intelectual, lo he dicho antes, no ha tenido más éxito que el autor anónimo de _America and the Americans_ «bajo un punto de vista francés», un librito reciente, ingenioso y entretenido pero superficial como la charla de un _boulevardier_. Un autor americano europeanizado, un hombre de talento penetrante y de buen gusto exquisito, un psicólogo forrado de artista, Henry James, es a mi modo de ver, el único que ha penetrado a fondo muchos de los rasgos del carácter independiente y peculiar de la americana. Los que quieran tomar la punta del hilo de Ariadna que los guiará en ese delicioso laberinto, deben leer cuidadosamente _Daisy Miller_, _An international episode_, _Confidence_, y, sobre todo, _The Portrait of a Lady_, una obra maestra de observación microscópica, y al cerrar sus páginas, tan nutridas de análisis, encontrarán en Isabel Archer la heroína de la novela, el tipo representativo de toda una clase social brotada como una flor preciosa y rara en este inmenso invérnaculo de caracteres humanos.
VII
UN POCO DE FILOSOFIA POLITICA
Refiriéndose a la celebración del aniversario de la independencia de los Estados Unidos, observa un escritor distinguido de esta nación, el hecho de que cualquiera que sea la opinión que individualmente abriguen los ciudadanos sobre la política contemporánea, es evidente que los acontecimientos que se desarrollaron el año pasado han propendido inmensamente a la formación del espíritu nacional. La conciencia de ese espíritu ha crecido en esta república en los últimos años de una manera visible. Jamás la historia de la vida política de este gran estado despertó un interés tan intenso en todas las capas sociales. Las órdenes patrióticas se han multiplicado y difundido por todos los ámbitos del territorio de la Unión. Las prevenciones que pudieron subsistir después del duelo heroico de la guerra de secesión, han acabado de desaparecer al calor del entusiasmo que produjo la campaña de Cuba. En medio de esta época de prosperidad sin tasa, en que todo sonríe al pueblo americano, la confianza en lo futuro y la seguridad de los gloriosos destinos que le reserva lo porvenir, son hoy universales, y es necesario confesar que tienen una base sólida en que fundarse. He tenido tan frecuentes ocasiones de estudiar las manifestaciones materiales de la grandeza americana, que tal vez no estará de más aprovechar esta fecha para hacer un poco de filosofía histórica y política e investigar las raíces étnicas y las causas morales de aquella grandeza. Al hacerlo me referiré a menudo a los estudios del más completo de los escritores contemporáneos de la gran república, el profesor John Fiske, y especialmente a su libro _American Political Ideas_, que en el espacio de menos de doscientas páginas encierra más substancia intelectual y más médula científica que muchas obras en diez volúmenes.
Se habla de los Estados Unidos, generalmente, como de un país nuevo en el sentido de la Australia o de la Nueva Zelandia; sin embargo, como lo hace notar John Fiske, la historia de Nueva Inglaterra, por lo menos, remonta hasta los tiempos de Jacobo I, y muchos de sus centros rurales mantienen todavía un aire de respetable vetustez. Es en estos centros apartados del tumulto de los negocios donde se ve patente la base o, por mejor decir, la célula orgánica del cuerpo político americano. En todos ellos la población respira el bienestar y la alegría; no se ve allí ni mendigos ni vagos; la cultura de los ciudadanos es extraordinaria; el vínculo de solidaridad y la franqueza democrática que ligan al rico y al pobre mantiene entre todos los habitantes un espíritu de cordial benevolencia. La tradición de los primeros tripulantes de la _May Flower_ que desembarcaron en las rocas de Plymouth en busca de libertad para su credo religioso, subsiste en ellos del mismo modo que se conserva allí casi sin alteraciones la primera forma de gobierno local ideada por sus abuelos, en la institución del Town-meeting (asamblea del municipio). Los primitivos pobladores, desde el momento de pisar el suelo de América, trataron de establecer un gobierno democrático. Para precaverse de los ataques de los indios y con propósitos de educación y de culto religioso, se agruparon en pequeñas aldeas que, con el distrito rural circunvecino, constituyeron municipios. Una vez por año la población de aquellos distritos era convocada para discutir y resolver todos los problemas que interesaran a la comunidad. Más tarde, para administrar los asuntos en el intervalo de una asamblea a otra, se eligieron representantes de la voluntad popular llamados «selectmen». En esta organización peculiar a la Nueva Inglaterra y que ha sido estudiada en toda su trascendencia y su significado por John Fiske radica toda la vida política de los Estados Unidos. «Mantener la vitalidad en el centro sin sacrificarla en las partes, se ha dicho con razón; perpetuar la tranquilidad en las relaciones mutuas de cuarenta estados poderosos, teniendo al pueblo en todas partes hasta donde sea posible en contacto directo con el gobierno; tal es el problema político, para resolver el cual existe la Unión Americana; y cada ciudadano americano posee, por lo menos, una vislumbre de esta gran verdad.»
Los historiadores de la talla de Stubbs, Kemble, sir Henry Maine, etc., han estudiado los antecedentes del Town-meeting, encontrando sus raíces en la primitiva y rudimentaria constitución teutónica descripta en la _Germania_ de Tácito. Sin entrar en ese género de disquisiciones, es curioso el hecho señalado por Fiske de la semejanza que existe entre aquella forma de organización municipal y la que se encuentra en la aldea rusa de nuestros días, cuyo gobierno es dirigido por una asamblea a la que concurre todo jefe de familia para discutir y votar en asuntos de interés común. Esta junta democrática elige al _mayor_ de la aldea o jefe ejecutivo del municipio, al colector de impuestos, al guardián y al zagal comunal; dirige la repartición de la tierra arable y se ocupa de materias generales de legislación local. Con razón, dice el autor citado, al hacer notar esta similitud curiosa, que ella no dejará de sorprender a los que están acostumbrados a mirar a Rusia como un país despóticamente gobernado; en tanto que en el _mir_ o comunidad de aldea, conserva aquel país un elemento de vida política sana, cuya importancia puede calcularse teniendo en cuenta que cinco sextas partes de la población de la Rusia europea está comprendida en estas comunidades.
Las formas representativas del gobierno autónomo de la comunidad teutónica, representadas en la institución de la asamblea del municipio (Town-meeting), son la fuente pura y cristalina de que emana todo el sistema político que ha hecho la grandeza de la Inglaterra y que se ha trasmitido a los Estados Unidos. El sistema político de la Grecia antigua estaba basado en la idea de la independencia soberana de la ciudad. La concepción romana era semejante a la griega, y ambas ignoraron el principio representativo peculiar a la mente teutónica. Se ha tratado de explicar estas diferencias en el hecho de que la civilización teutónica nunca atravesó un período en que el papel soberano estuviera representado por comunidades civiles. «Por el contrario,--dice Fiske,--la civilización teutónica pasó del estado de tribu al de organización nacional, antes de que ninguna ciudad teutónica hubiera adquirido suficiente importancia para tener derecho de reclamar su propia autonomía; y en el tiempo en que las nacionalidades teutónicas se hallaban en vías de formación, todas las ciudades de Europa habían estado tan largo tiempo acostumbradas a reconocer un amo superior a ellas en la persona del emperador romano, que hasta la misma tradición de la autonomía cívica tal como existía en la antigua Grecia, había quedado extinguida. Esta diferencia entre la base política de la civilización teutónica y la grecorromana es un hecho de una importancia difícil de exagerar, y una vez penetrado a fondo, él contribuye tal vez mejor que cualquier otro elemento a explicar los fracasos sucesivos de los sistemas políticos griego y romano y a inspirarnos confianza en la estabilidad futura del sistema político creado por el genio de la raza inglesa.»
La expansión y coalescencia de municipios populosos y de la división territorial llamada _hundred_, contribuyó a la formación de la ciudad teutónica. En ningún caso figura ésta como equivalente al lugar de residencia de una tribu o una comunidad de tribus. Las unidades políticas agregadas, cuya aglomeración forma la nación en el sistema teutónico, no se componían de ciudadanos, sino de _shires_, distritos o departamentos rurales en que entran varias comunidades de aldea. La ciudad era simplemente una porción del _shire_ caracterizada por densidad mayor de población. El crecimiento de la sociedad política grecorromana fué muy diferente. En aquélla la agregación de aldeas en tribus y la confederación de las tribus constituyó la ciudad, grupo político y religioso, completo y soberano. «El primer magistrado de la ciudad no era el _ealdorman_ de la historia inglesa primitiva, dice Fiske, sino el _rex_ o _básileus_ que combinaba las funciones de rey, general y sacerdote. Así, políticamente, en el mundo grecorromano había una separación entre la ciudad y el distrito rural, desconocida en el mundo teutónico.» La diferencia fundamental entre el sistema basado en el _shire_ y el basado en la ciudad, por eso, entraña consecuencias que contienen la clave de toda la historia de la civilización europea considerada bajo su aspecto político.