Estudios americanos (primera serie)
Part 2
Por lo demás, penetrando en el tohu-bohu de Washington Street y en el centro comercial de State Street, donde se aglomeran los Bancos, las Bolsas, los altos edificios que, como el Ames Building, pueden competir ventajosamente con cualquiera de las enormes estructuras de Nueva York o de Chicago, el perfume de la intelectualidad se evapora y caemos en la fiebre de los negocios, en el estruendo abrumador de la colmena humana alborotada, en la actividad enfermiza de una labor de todos los minutos, en la lucha terrible por la fortuna con todos los desbordes y peculiaridades excesivas de la tierra del omnipotente Dollar. Y esta parte de la ciudad, ya modernizada, se parece a todos los barrios análogos de Filadelfia, de Baltimore, de Chicago, de San Luis, tiene las mismas casas, los mismos letreros, los mismos tranvías, la misma platitud monótona y grandiosa.
En compensación, ninguna ciudad americana posee un sistema de parques más completo y extenso, ni suburbios más pintorescos y poblados. El Common, con sus juegos de _base-ball_, _hockey_, _foot-ball_, etc., es una delicia de sombra y de frescura, de céspedes de un verde tan claro y puro que recuerda el de las residencias señoriales de la campiña inglesa. Los jardines públicos, que forman como una prolongación del primero, están graciosamente dibujados y abundan en plantas de una maravillosa frondosidad y de un cultivo irreprochable. Franklin Park, finalmente, ofrece un campo casi ilimitado a los placeres de la bicicleta, a los paseantes a caballo y a pie, y constituye uno de los más hermosos adornos de que podría enorgullecerse una ciudad de varios millones de habitantes, tan grande es su extensión y tan perfectos sus detalles. Esta red de boscajes y de prados de yerba fina y menuda está ligada entre sí por avenidas igualmente arboladas, y entre ellas merece visitarse detenidamente la de la República (Commonwealth Avenue) con su doble hilera de alamedas y sus palacios grandiosos a la derecha y a la izquierda, una calle ideal, silenciosa y tranquila, en que han levantado sus lares los favorecidos de la fortuna y que goza la reputación merecida de ser la más hermosa tal vez que existe en los Estados Unidos.
En las viejas calles de Cambridge se respira una atmósfera igualmente tranquila, pero saturada de intelectualidad. Sin poseer la vetustez ni el escenario incomparable de Oxford, la situación de Harvard College es sencillamente admirable, y todo en los jardines de la universidad y en sus alrededores invita al estudio, al trabajo sereno, a la contemplación y la investigación de las verdades eternas. ¡Ah! si fuera posible desandar el camino recorrido y volver a los días de la adolescencia lejana--me decía a mí mismo--¡con qué placer enterraría algunos años de mi vida en este rincón apacible y hermoso, tan alejado del tumulto humano que bulle en el hirviente crisol de la vasta democracia americana! Esos árboles centenarios que sombrean calles solitarias con _cottages_ de madera a través de cuyas ventanas se ven perfiles femeninos inclinados sobre el libro abierto o sobre el bordado; la majestad severa de los edificios de la universidad, los pasos juveniles de los estudiantes que cruzan las avenidas o se extienden sobre el césped con su autor favorito en la mano, la tradición de respeto moral y de pureza cristiana de la vieja academia, las modestas viviendas de los profesores que consagran todas sus horas al cultivo de la ciencia, de las letras o de las artes,--todo inspira en Cambridge pensamientos elevados, todo parece desprendernos de las preocupaciones de la vida diaria para hacernos meditar en más grandes y puros ideales. «Con la calma favorable al estudio se tiene allí--ha dicho un viajero distinguido--reunidos en un espació reducido todos los elementos de trabajo, los más abundantes recursos intelectuales; cerca está la ciudad con sus museos, sus galerías de arte, su Ateneo, sus clubs literarios y científicos; en la universidad misma se encuentran cursos de toda especie, profesores de hebreo, de sánscrito, de filología romana, de arqueología, de etnología, de historia política; museos de biología, de paleontología, de botánica, colecciones de cristales y de piedras preciosas, de medallas, de bajorrelieves y de estatuas antiguas, bibliotecas, salas de lectura, laboratorios, todos inmensos y soberbiamente provistos; el Boylston Hall tiene 250 mesas para las manipulaciones; el laboratorio de física, de 250 pies de largo, tiene una mesa construída sin hierro para los experimentos magnéticos, mesas de piedra y una torre con cimientos especiales para los trabajos que exigen el empleo de instrumentos de precisión; la biblioteca, científicamente clasificada, de manera de simplificar las investigaciones, contiene 300 mil folletos y 400.000 volúmenes».
Después de recorrer la universidad, no puede dejarse Cambridge sin visitar la histórica casa de Longfellow, conservada como el tiempo en que la habitó el poeta, y ennoblecida también por haber residido en ella Washington. «La pintoresca mansión--dice Wolfe en una página que prefiero reproducir por sus detalles minuciosos--tiene el aspecto de una antigua conocida, y el interior con sus proporcionados cuartos principescos, espaciosas chimeneas, amplios halls, y curiosos tallados, tiene muchas cosas que Longfellow ha compartido con sus lectores. En la puerta de entrada está el poderoso llamador; un descanso de la escalera mantiene «el viejo reloj de la escalera»; a la derecha del hall está el estudio, con sus recuerdos sin precio del tierno y simpático bardo que pasó aquí lo mejor de su vida de trabajo, desde la temprana virilidad hasta el suave crepúsculo de la edad dulce y benigna. Aquí está su silla, desocupada por él sólo unos pocos días antes de su muerte; su escritorio, su tintero, que antes fué de Coleridge; su pluma con «un eslabón de la cadena de Bonnivard», la antigua jarra de su «Canto a la bebida», la chimenea de «El viento en la chimenea», el sillón tallado en la madera del «dilatado castaño» del herrero, que le fué ofrecido por los niños de la aldea y celebrado en su poema «Desde mi sillón». Alrededor nuestro, están sus libros preferidos, sus cuadros, sus manuscritos, todas preciosas reliquias, y desde sus ventanas vemos, a través del Parque Conmemorativo de Longfellow, el río cantado tan a menudo en sus versos «resbalando como el curso de la vida». En ese cuarto, Washington celebró sus consejos de guerra. De las muchas sesiones intelectuales que sus muros han presenciado, contemplamos con el mayor placer las reuniones de los miércoles por la tarde del Club del Dante, en que Lowell, Howells, Fields, Norton, Greene y otros amigos y discípulos se sentaron con Longfellow para revisar la nueva traducción del _Dante_. El cuarto tapizado de libras que está sobre el estudio--en un tiempo dormitorio de Washington y más tarde de Talleyrand--fué ocupado por Longfellow cuando vivió, primero como un huésped en la vieja casa. Fué allí que oyó las «Pisadas de los Angeles» y las «Voces de la Noche»; aquí escribió «Hyperion» y los tempranos poemas que le hicieron conocer y amar en todos los climas.»
Otro tributo indispensable al talento es la visita de Elmwood, el hogar de Lowell, la tranquila residencia colonial de uno de los espíritus más nítidos y brillantes de la intelectualidad americana, encerrada en un cerco de árboles seculares como en un muro impenetrable. Finalmente, antes de abandonar la pintoresca ciudad, contemplemos un instante los restos del histórico olmo, a cuyo pie Washington asumió el mando del ejército patriota. Así, a cada momento, en una evocación constante, el pasado surge a nuestra vista, mezclando la gloria de las armas con el brillo de las letras, y mientras nos alejamos de Brabble Street, en dirección a la metrópoli, vamos repitiendo los versos que el poeta dedicó al árbol histórico y que pueden aplicarse igualmente a los demás momentos de la vieja Cambridge: «De nuestro rápido pasaje a través de este escenario de vida y muerte, más duradero que nosotros, ¿qué mejor piedra miliaria que un árbol que repite su verde leyenda cada primavera y con un círculo anual mantiene el recuerdo de las hermosas estaciones fugitivas, tipo de nuestra breve, pero siempre renovada mortalidad?... Los monumentos humanos envejecidos olvidan los nombres que debieron eternizar, pero los lugares en que almas luminosas han pasado se embeben de una gracia más que terrestre; la dulzura de su fama deja en el suelo una huella inextinguible, mordiente, patética, sombreada por la tristeza de los más nobles fines, que penetra nuestras vidas y las eleva o las avergüenza.»
_Of our swift passage through this scenery Of life and death, more durable than we, What landmark so congenial as a tree Repeating its green legend every spring, And, with a yearly ring, Recording the fair seasons as they flee, Type of our brief but still renewed mortality._
* * * * *
_Men’s monuments, grown old, forget their names They should eternize, but the place Where shining souls have passed imbibes a grace Beyond mere earth; some sweetness of their fames Leaves in the soil its unextinguished trace Pungent, pathetic, sad with nobler aims, That penetrates our lives and heightens them or shames._
Los recuerdos históricos y la belleza natural del paisaje hacen también sumamente interesante una excursión a la llamada _north shore_, la ribera norte de Boston, que abarca muchas millas de extensión y en la cual se agrupan numerosos pueblos de verano. El tren que recorre esos diferentes _resorts_ pasa primero por Lynn, el centro de la manufactura de zapatos de Nueva Inglaterra, una ciudad bulliciosa con alrededores encantadores, situada a la orilla del mar y donde los comerciantes pudientes de State Street han edificado preciosas villas de recreo. Uno de sus ramales nos conduce a Marblehead, uno de los más viejos pueblos de Massachusetts y de todo el país, con casas de madera que remontan a 1646, con calles tortuosas, irregulares, que cortan la roca viva, donde los edificios curiosos de la población se escalonan como cabras silvestres. El otro conduce a Salem, famoso por el auto de fe de unas brujas que tuvo lugar hace tres siglos, así como por haber vivido en ella Hawthorne y escrito allí algunas de sus obras. Luego, sucesivamente, se pasa por Beverly, Manchester, hasta llegar a Rockport, después de haber recorrido las sinuosidades de una costa imponente cuyas altas murallas graníticas están interrumpidas de trecho en trecho por playas suaves y apacibles, como la de Clifton y Bay Ridge, donde en los días caniculares pululan los bañistas y abundan las enormes estructuras de madera de los hoteles veraniegos.
Por todas partes, la tierra fatigada rinde su tributo anual, merced al trabajo del hombre y al aprovechamiento científico del abono. Las aldeas de casitas de madera, limpias y alegres, se suceden a las aldeas y hacen de la vía del tren una especie de calle interminable. El césped brilla con una frescura de color desconocida en el sur. Los bosques que corta la línea férrea empiezan a cubrirse de esas tintas amarillentas y rojizas que hacen tan hermoso el paisaje otoñal en estas regiones. La actividad y la inteligencia de un pueblo culto y moral se adivina en todos los detalles de la campiña. Todos los hogares respiran el bienestar y la alegría satisfecha del que ve su trabajo recompensado. Y cuando se piensa en todo lo que aquí se ha hecho en el espacio de la vida normal de un hombre, no puede menos de sentirse admiración y cariño por esta nueva prueba de la energía y la voluntad americanas.
II
DE PASO POR CHICAGO
La vida americana está hecha de contrastes. En las mismas grandes ciudades de este país, al lado de los edificios majestuosos de veinte pisos de altura, hay barrios enteros de casas de madera, con aceras del mismo material, en que habitan millares de seres humanos en un hacinamiento y promiscuidad que nada tiene que envidiar al de las viejas capitales del antiguo continente. Hace quince días me encontraba en Boston y ayer dejé a Chicago, sorprendido una vez más de la variedad de aspectos y de fenómenos que presenta esta nación maravillosa. En el espacio de cuarenta horas acababa de tocar los dos polos de este mundo inmenso y cosmopolita. Después de haber transitado paso a paso, en medio del silencio y el recogimiento del estudio, por las calles frondosas del viejo Cambridge, la entrada en la tumultuosa «reina de las praderas» me produjo un choque difícil de olvidar. Un día gris, nublado, empapado en vapores gelatinosos en que el polvo del carbón y el humo de las altas chimeneas trazaba pinceladas negruzcas, disponía el espíritu a la impresión avasalladora de la metrópoli colosal. Desde las ventanas del _Auditorium_, el lago encrespado se esfumaba y desvanecía en una perspectiva crepuscular. Abajo, un desfile incesante de coches que resbalaban con un redoble continuo sobre el piso macadamizado de la Avenida de Michigan. A los lados, las alas de la calle magnífica con sus soberbios edificios que parecen construidos para ser habitados por una raza de cíclopes y en que el humo y el clima han puesto una cáscara de moho, envejeciendo prematuramente el granito y los mármoles de sus pórticos babilónicos. Más lejos, la sucesión interminable de los trenes elevados que se precipitan los unos tras de los otros, empeñados en una carrera fantástica, como ansiosos de alcanzarse y de unir los trozos dispersos de su cuerpo fragmentado. En las calles desigualmente pavimentadas, muchedumbres enteras sucediéndose sin interrupción, en medio de un tumulto ensordecedor, millares de vehículos cruzándose en todas direcciones y evitando a cada instante de una manera milagrosa el golpe de ariete de los carros eléctricos que en convoy de tres o cuatro se precipitan en medio de sus filas con la ceguera de la fiera que ve delante de sus ojos el rojo trapo del capeador.
Arrastrado por las olas de la multitud, llevado por la corriente de aquel Niágara humano, me parecía encontrarme en el corazón de Londres, pero un Londres magnificado y mirado a través de un vidrio de aumento, en que las calles se hubieran ensanchado, en que los edificios se hubieran subido sobre zancos, en que la uniformidad de los _hansom-cabs_ y de los _omnibus_ hubiera sido substituida por una feria rodante de toda clase de especímenes de los medios de locomoción inventados por el hombre, en que el metropolitano, como un monstruo de las edades prehistóricas, hubiera desarrollado sus anillos férreos saliendo de su vivienda subterránea para lanzarse desbocado sobre una red de acero a la altura de las casas, como una visión de ensueño, en medio de la bruma espesa, pegajosa, desgarrada a cada instante por el relámpago rojizo de sus ojos encendidos.
He visitado muchas veces a Chicago, y cada vez me he sentido más impresionado por la grandeza y la vitalidad de aquella ciudad. Pero nunca como ayer ha llegado esa impresión a lo más profundo de mi ser, haciéndome entonar un himno sin palabras a la potencia de la raza capaz de formar un centro de esa magnificencia. La extensión de Nueva York está interrumpida y cortada por los brazos fluviales que rodean la vieja isla de Manhattan. Sin duda, el espectáculo de Broadway en un día de trabajo exalta la mente e impone su grandeza al más frívolo espectador. Para tener una idea de la vida de la gran metrópoli comercial conviene seguir la corriente interminable que a todas horas se dirige al City Hall cruzando el puente de Brooklin. Jamás he hecho esa excursión sin que mi corazón apresurara sus latidos: tan grandioso es el cuadro que se desarrolla desde aquella estupenda filigrana de acero, ante la cual las más grandes obras mecánicas del mundo parecen tentativas de pigmeos. A pesar de todo, para tener una idea de la magnitud de la ciudad, es necesario hacer un esfuerzo mental y pensar en que ella absorbe en su seno la población de tres grandes capitales unidas y separadas por los brazos del río.
En Chicago no se necesita este esfuerzo. El damero inmenso se extiende a vuestra vista sin solución de continuidad, porque no puede llamarse así el río que atraviesa una de sus secciones. Si entráis en un elevado, recorreréis millas y millas de calles igualmente espléndidas, igualmente bulliciosas, y después de mucho tiempo os encontraréis todavía muy lejos de haber llegado cerca de sus límites. Para la indispensable visita de todos los turistas a los corrales y al establecimiento de Armour, es necesario hacer un verdadero viaje. Y por más que el establecimiento en sí mismo os produzca una ligera decepción por no encontrarlo ni tan limpio ni tan espléndido como lo habías imaginado, el movimiento de trenes que convergen a él y a sus congéneres, el área que ocupan los corrales, los miles de reses que se aglomeran en ellos, el mecanismo admirable de la distribución de la carne a todas las secciones de este inmenso país, todo ello es todavía digno de Chicago, todo ello manifiesta la fuerza, la actividad, el trabajo, la gloria, la opulencia de la Babilonia comercial americana.
Recorriendo los bulevares y los parques, resalta bajo un nuevo aspecto esa impresión de grandeza, inherente a todas las manifestaciones de la vida americana.
¿Cómo han podido llegar estos rudos «pioneers» que hace cincuenta años encontraban aquí un erial despoblado, a los refinamientos de lujo, de amor al arte y a la belleza de que son revelación las viviendas que se suceden a lo largo de las magníficas avenidas o reflejan sus torreones señoriales en las aguas del mar dulce que baña el Lake Shore Drive? ¿Cómo han tenido tiempo estos infatigables trabajadores para cultivar su gusto y hacer de su ciudad natal, tan joven todavía, una de las más hermosas de la tierra? ¡Qué perspectivas deliciosas las de las calles de los parques de Lincoln, de Washington, de Humboldt, de Douglas, de Garfield, para no citar sino los lugares prominentes de recreo de la población! ¡Qué elevación de sentimientos y qué amplitud de ideas revela el cuidado minucioso de esos jardines deliciosos, el orden y la limpieza del pueblo que llena sus boscajes y sus prados en los días de fiesta!
¿Qué talismán secreto posee la vida de esta democracia que así transforma y funde en su crisol los más variados caracteres de la raza humana y los eleva a la dignidad de ciudadanos, conscientes de su valer y respetuosos del deber y del derecho? Por todas partes se ve el espectáculo de la vida amplia, generosa y abierta del pueblo americano. En los teatros rebosa una multitud tranquila y disciplinada. Los hoteles majestuosos albergan diariamente a 80.000 viajeros que entran y salen o se esparcen en sus vestíbulos de ónix y de pórfiro con un diario en la mano. Las bibliotecas, los museos, las academias de arte, las universidades, todas las instituciones benéficas de la capital, se deben a la munificencia de sus hijos. Y cuando se piensa en la generosidad de estos hombres que algunas veces han empezado la vida desde los más bajos escalones de la escala social y han comido en su niñez el pan negro de la pobreza; cuando se piensa en su valor y su energía viril, en su adaptación fácil a condiciones tan diferentes, en su orgullo patriótico y en su anhelo de facilitar para otros los pasos que para ellos fueron tan árduos poniendo al alcance de sus conciudadanos los elementos de la educación y los medios de elevarse en la vida, uno no puede menos de sentirse atraído por las condiciones de este pueblo y comprender cuan justo es en el fondo su rápido engrandecimiento.
Nada más asombroso que las cifras reveladoras de este progreso extraordinario. Ellas nos demuestran que Chicago, que se organizaba en 1837 como ciudad con una población de 4.170 habitantes, es hoy la sexta ciudad del mundo y tiene cerca de dos millones de almas. En 1833, el Congreso votó 25.000 pesos para establecer un puerto en el lago Michigan, en el punto en que hoy se extiende la ciudad. Hoy este puerto tiene siete millas de muelles y está iluminado por siete faros mantenidos por el gobierno. En 1850 el comercio de la ciudad era de unos veinte millones de dólares. El censo de 1890 eleva esa cantidad a pesos 1.459 millones. En el mismo año el total de los salarios pagados a los obreros en las fábricas de Chicago llegó a 104 millones, mientras el capital empleado en las fábricas era de 210 millones. El desarrollo de la educación ha seguido una marcha paralela y en 1894 se gastaba en mantener las escuelas públicas de la ciudad seis millones de dólares, mientras el valor de la propiedad de las mismas llegaba a 18 millones. Más singulares aun son las cifras que se refieren al movimiento marítimo de Chicago, situada al borde de un lago, en el corazón de este vasto continente. En 1894 el número de navíos que entraron y salieron del puerto de Nueva York fué de 14.121; mientras en el mismo año entraron y salieron del puerto de Chicago 16.768 navíos. Del movimiento de tráfico terrestre puede formarse una idea aproximada teniendo en cuenta que Chicago es el centro de una red de caminos de hierro de 90.000 millas de extensión.
Al tomar el tren para Omaha la espléndida ciudad desarrolla una vez más a nuestros ojos la inmensidad de sus proporciones. Las calles suceden a las calles, la poderosa locomotora vuela sobre las cintas de acero, y cuando creemos que por fin vamos a salir a campo abierto, nos encontramos de nuevo en medio del dédalo gigantesco, en el vaivén de la población interminable. En la rapidez de la marcha, todo el panorama de su vida febriciente desarrolla sus cuadros pintorescos y animados. Los obreros marchan a sus labores, con paso diligente y con esa mirada franca y leal, característica del trabajador americano. Los trenes elevados cruzan como una exhalación a derecha e izquierda, mientras los carros eléctricos pasan con el chirrido peculiar de los trolleys o el rumor sordo del cable subterráneo. Las altas chimeneas de los establecimientos industriales lanzan al espacio bocanadas de humo espeso y perezoso, que se extiende como un inmenso velo sobre los edificios y se mezcla lentamente con la bruma impalpable de la mañana nebulosa. Poco a poco el movimiento va decreciendo, la atmósfera empieza a recuperar su diáfana transparencia y los primeros soplos de la brisa campestre apaciguan los nervios irritados por la tensión continua de aquel tumulto atronador. Al fin, la visión del Chicago atormentado y dantesco acaba de desvanecerse como una pesadilla, mientras el tren cruza la región de las llanuras del oeste, desiertas hace medio siglo, o cruzadas tan sólo por el indio, y que hoy están habitadas por una población próspera e industriosa.
La pradera americana, cantada por Bryan en un poema inolvidable, recuerda las llanuras argentinas, aunque en general es más accidentada que nuestra Pampa y más cultivada que ella. Después de pasar por Fulton, última estación del estado de Illinois, el tren cruza el río Mississippi sobre un puente soberbio de 1.500 metros de extensión que nos introduce en Iowa. Más tarde se desciende el valle del río de Des Moines, en medio de un escenario imponente. A la montaña sucede nuevamente la pradera hermosa y cultivada sembrada de aldeas que respiran prosperidad. Al fin empieza el descenso del valle del Missouri, que nos conduce a Council Bluffs, ligada por dos puentes de acero de cerca de un kilómetro de largo a la ciudad de Omaha, fundada en una hermosa altiplanicie limitada por ásperas barrancas.