Estudios americanos (primera serie)

Part 12

Chapter 123,899 wordsPublic domain

«Para producir dicha incubación basta algunos receptáculos en que el agua se renueva incesantemente: aparatos muy ingeniosos han sido inventados por Mr. Marshall MacDonald en particular, y en 5 o 6 días, si el tiempo es propicio, la pescadilla aparece bullente, delicada, casi transparente. Se le lanza al agua para que cada uno se maneje como pueda. Los resultados son tan buenos que para aumentar el número de la pescadilla se ha inventado la construcción de un vapor acondicionado para estación de Piscicultura. Dicho vapor se dirige a las proximidades de los puntos de pesca; envía sus botes hacia las barcas en que un empleado experto recoge los huevos y los gérmenes, que son conducidos a bordo e instalados en aparatos de incubación algunos de los cuales ocupan un laboratorio especial y otros cuelgan en el agua sobre los bordes del navío, alternativamente sumergidos y sacados del «radical húmedo» por medio de una excéntrica. Todo eso ha sido concebido muy ingeniosamente, funciona a la perfección y a la labor de la comisión se debe la repoblación gradual que beneficia a los pescadores.

«La alosa no existía en el Pacífico y se pensó que tal vez sería posible aclimatarla en él. Con transporte de los huevos, de la pescadilla o de vagones especialmente acondicionados para el transporte de los huevos, de la pescadilla o de los pescados adultos, éstos hicieron la travesía de los Estados Unidos en 1871 en número de 12 mil y fueron arrojados a las aguas del río Sacramento. Más tarde se transportó cerca de un millón de partidas sucesivas. El resultado no se hizo esperar: dos ó tres años después de la primera siembra se encontraban alosas adolescentes en el Sacramento, que con el tiempo se convirtieron en respetables matronas, madres Cigogne por la fecundidad, como la mayor parte de los pescados, pues es sabido que un solo bacalao encierra a veces hasta 10 millones de huevos. El medio les convenía a las mil maravillas. La especie se multiplicó y se extendió. Del mar a donde bajaba en el otoño remontó a la primavera a casi todos los ríos de la costa del Pacífico, y en la actualidad desde San Francisco a Vancouver, la alosa abunda en 3.200 kilómetros de costa. Una prueba bien sencilla de su abundancia se encuentra en el hecho de que al principio la alosa valía en California de 6 a 7 francos la libra: actualmente se vende de 10 a 20 centavos. Esta pesquería produce cerca de 150 mil francos por año y para establecerla se han gastado 25 mil. Ha sido un buen negocio y una buena acción. Es también un experimento interesante. Se ve por él que la naturalización aún a distancias considerables es perfectamente posible y este es un ejemplo alentador. Podría suceder muy bien que la tentativa de que se trata tuviera consecuencias imprevistas y no sería sorprendente que la alosa franqueara la distancia relativamente corta que separa la América del Asia y se instalara sobre la costa Oriental de la última.»

XI

JOHN HAY

El telégrafo ha llevado a todos los ámbitos del orbe civilizado la noticia de la suspensión de las hostilidades, como un preliminar del tratado definitivo de paz entre los Estados Unidos y España, que debe ser ajustado por una comisión mixta de representantes de ambas naciones, que se reunirán en París, antes de octubre próximo. Las negociaciones han sido rápidas, merced no tanto al deseo de la península, como a la energía del embajador francés, M. Cambon, que actuó como su representante y que explicó claramente al señor Sagasta la inutilidad de pretender apelar a términos dilatorios. Así, hasta el fin de esta deplorable cuestión, los políticos españoles han actuado con una ignorancia incomprensible del carácter de este pueblo y de los procedimientos de su diplomacia. Al recibir la respuesta del gobierno de Washington, estableciendo las exigencias de los Estados Unidos para terminar la campaña, ellos creyeron posible, por medio de notas y argumentos jurídicos, obtener una modificación de las condiciones impuestas. La pretensión de España fué considerada como un acto de mala fe por los _leaders_ americanos, y por un momento todo estuvo en peligro de malograrse. Felizmente, M. Cambon obtuvo aplazar el rompimiento de las negociaciones, y el gobierno de Madrid tomó al fin el camino único que le quedaba, y se sometió sin reserva a la ley del vencedor.

Si los consejeros de la reina regente hubieran demostrado la misma sensatez y cordura en su manejo de la cuestión de Cuba, desde el principio de sus dificultades con la gran república, ¡cuánto sufrimiento y cuántos sacrificios se habrían evitado! Desgraciadamente, desde el primer momento reinó entre ambos adversarios un _mal entendu_ completo y permanente. Jamás podrá caber en la cabeza de un americano que un gobierno que puede vender por una fuerte suma de dinero un territorio que no está en condiciones de defender, y que infaliblemente tendrá que perder por la fuerza, se obstine en no realizar una operación comercial a todas luces ventajosa. Entre el castellano y el _yankee_ hay un abismo insalvable de ideas, de educación, de carácter, de instintos y modalidades que han llevado a ambos países a la crisis terrible que termina con el desastre de España. Si hay algo incomprensible, sin embargo, en la presente cuestión, es la ignorancia absoluta de los políticos de la península, sobre el poder efectivo y los recursos militares de esta nación. ¿Cómo pudieron imaginarse un solo minuto los estadistas españoles, que estaban en condiciones de ofrecer a este coloso la más mínima resistencia? Lo único que disculpa esta ceguedad, es que ella era más general en Europa de lo que cualquiera imaginaría.

El embajador francés M. Cambon ha sido durante una semana el hombre más en evidencia en los Estados Unidos. Es un diplomático distinguido, y sin duda un hombre de suerte. No ha permanecido seis meses en los Estados Unidos y las circunstancias lo han puesto en el caso de escribir su nombre al pie del protocolo que termina la campaña hispanoamericana. Su antecesor, M. Patenôtre, que hace muchos años estuvo en Buenos Aires como secretario de legación, está hoy en Madrid. Casado con una americana, su posición aquí era excelente y debe sentir sin duda su alejamiento de un país que conoce a fondo, y donde pudo prestar servicios de importancia.

Con la firma del protocolo del día de hoy, el secretario de estado Mr. Day abandona su cartera para tomar un descanso exigido por su salud antes de empezar las nuevas tareas que se le han confiado, de presidente de la comisión americana, destinada a ajustar los términos del tratado de paz definitivo. El funcionario que sale, posee dotes de circunspección y de carácter altamente apreciables. Es un hombre silencioso y frío, de aspecto tímido y delicado. Durante el tiempo en que Mr. Sherman figuró a la cabeza del departamento de estado, el verdadero secretario fué Mr. Day. Un ministro extranjero, famoso por sus _bons mots_, refiriéndose al estado mental de Mr. Sherman, al mutismo de Mr. Day y a la sordera del segundo subsecretario, Mr. Adee, decía en aquel tiempo: «Es imposible entenderse con un departamento compuesto de un hombre que no piensa, un hombre que no habla y un hombre que no oye». Las condiciones cambiaron pronto. El juez Day ha estado acompañado por Mr. John B. Moore, internacionalista y profesor de gran mérito, que también anuncia su intención de retirarse, y en cuanto al señor Adee, que habla el español y el francés con rara perfección, sus dotes son tan caballerescas y distinguidas que solamente como una broma sin importancia puede repetirse el chiste en que su nombre está envuelto.

Para sustituir al señor Day ha sido designado Mr. John Hay, actual embajador americano en Londres. Como sucede con muchos hombres superiores, él es más conocido por lo que menos importancia tiene en su valiosa obra intelectual. Sully-Prudhomme se subleva ante el calificativo exclusivista de «autor del _Vase Brisé_». John Hay, para un buen número de sus compatriotas, no es el autor de la obra monumental escrita en colaboración con Nicolay, sobre la vida de Lincoln, ni de las seductoras inspiraciones de los _Wanderlieder_, sino el cantor popular de _Jim Bludso_ y _Little Breeches_. Por mi parte, confieso que tal vez no hubiera tenido la curiosidad de estudiarlo detenidamente, si una circunstancia feliz no hubiera puesto en mis manos, entre otras muchas producciones, uno de sus libros más seductores: _Castilian Days_. El brillo del talento penetrante, que se desprende de cada una de las páginas de aquella obra, la belleza de su estilo, fluido y elocuente, la seguridad de criterio y delicadeza de análisis que distingue su trama fina y consistente me bastaron desde el primer momento para evaluar la importancia del escritor y el peso de la autoridad legítima de que debe gozar en los centros intelectuales de su patria. No existen sensaciones más gratas que la de estos encuentros fortuitos con personalidades eminentes cuya existencia no se sospechaba. Ellas sólo son posibles para los que estudian un país con ansia de penetrarlo y comprenderlo, pero al mismo tiempo con esa deficiencia de información natural del que sólo posee los grandes rasgos distintivos de su nacionalidad, y esas figuras salientes, clásicas y consagradas por el didacticismo de la crítica oficial que se destacan de los manuales de literatura corriente y que, antes de llegar a los Estados Unidos, se recogen en la obra de Stedman sobre los poetas de América, y en los compendios de John Nichol y Charles Richardson sobre literatura americana. Los largos desfiles de nombres que llenan las páginas de aquellos trabajos están lejos de agotar el catálogo de los escritores eminentes de esta nación.

Al lado, y codeándose con ellos, existen inteligencias superiores, críticos penetrantes, oradores elocuentes, poetas delicados que esperan la hora de la consagración definitiva y que están en el período de la plena producción. Muchas veces es en ellos donde se encuentran los elementos típicos del carácter intelectual de una nación. La lectura de uno de sus versos citados incidentalmente en la página de un crítico, despierta de pronto nuestro interés, y nos impulsa a procurar sus obras. El estudio de uno de sus libros nos sugiere una invencible curiosidad respecto a la vida y las condiciones personales del autor. Inquirimos entonces los antecedentes y los detalles de su carrera, y el vínculo intelectual que nos liga con el nuevo espíritu encontrado tiene toda la seducción y el encanto de esas amistades de ocasión, de esos lazos sólidos que por circunstancias mínimas se forman a veces en el ocaso de la vida y que ayudan a hacer más ligero el viaje fatigoso.

John Hay nació en Salem (estado de Indiana), el 8 de octubre de 1838, y desde los primeros años de su vida se distinguió por sus excelentes aptitudes literarias. Estudió leyes en Springfield e ingresó al foro en el estado de Illinois en 1861, interrumpiendo sus labores para trasladarse a Washington, como secretario del presidente Lincoln, a quien acompañó hasta el momento de su muerte, con una lealtad que no se ha desmentido un minuto, y con una consagración que nada ha debilitado. Durante el tiempo que permaneció a su lado lo acompañó también como edecán y ayudante. Sirvió más tarde por varios meses bajo las órdenes del general Hunter y del general Gilmore. Al final de la terrible guerra de secesión entró en el servicio diplomático, como secretario de legación y encargado de negocios en París, de 1865 a 67, y estuvo en la última categoría en Viena, de 1867 a 68. Después fué trasladado a Madrid como secretario de la misión confiada al general Sickles, de la cual ha dicho el año pasado Emilio Castelar: «América envió uno de sus más inquietos, pero también uno de sus más inteligentes y más audaces políticos, Mr. Sickles. Cuantos desempeñaron la cartera de estado y la presidencia del consejo y del gobierno, saben que diplomático tan experto no nos dejó vivir, teniéndonos en un pie, desde el 29 de junio de 1869 hasta enero de 1874, en que presentó su dimisión. He conocido pocos estadistas más pertrechados de noticias políticas que Sickles. Al dedillo sabía los comentarios clásicos de la constitución americana. Respecto a tradiciones, alegaba todas las imaginables; y cuando a mano para su litigio no las había, inventábalas con una fertilidad envidiable de ingenio. Encarecíamos su amistad y presentábamos sus buenos oficios. Mas luego se decía encargado: primero, de proponer la independencia cubana; segundo, de imponer a Cuba el rescate a oro de la unión histórica con España, hipotecando al pago el valor de todas las propiedades públicas y los rendimientos arancelarios; tercero, de agenciar una tregua o armisticio entre los beligerantes hasta la terminación del conflicto.»

El año 1870, John Hay regresó a los Estados Unidos, y entró en la redacción de _Tribuna_ de Nueva York, siendo más tarde redactor en jefe de dicho diario, durante la ausencia de Mr. Whitelaw Reid. Durante la administración del presidente Hayes, fué subsecretario de estado. Tomó parte activa en muchas de las campañas presidenciales que desde 1876 han agitado a su país. Representó a éste en el congreso Sanitario Internacional de Washington, de que fué elegido presidente. Luego fué llevado a Londres, donde, como hemos dicho, desempeñó la embajada de los Estados Unidos.

El bagaje literario de John Hay no es de los más pesados, si exceptuamos su colaboración en la prensa, que daría probablemente materia para muchos volúmenes, y los diez compactos tomos de _Abraham Lincoln_, la mitad de los cuales, por lo menos, deben haber sido escritos por él. Se ha dicho hace mucho tiempo que éste es el mejor modo de llegar a la posteridad. No creemos sea éste el pensamiento que ha limitado la producción intelectual del autor de los _Días castellanos_. Nos parece más bien que su sobriedad relativa nace de la circunstancia que se revela claramente en sus obras de que él no es un literato «profesional». Las famosas _Pike County Ballads_ son la _gageure_ humorística de un perfecto hombre de mundo, de un refinado y de un artista exquisito, que se da el lujo de hacer hablar a sus héroes en una jerga peculiar, _slang_ del bajo pueblo, dialecto pastoso y fantástico de los negros americanos que torturan la prosodia y ponen muecas simiescas en la gimnástica flexibilidad de la pronunciación inglesa. Ninguna traducción puede dar una idea de la curiosa gracia de esta poesía. Ella es tan imposible de trasladar a otra lengua como lo sería verter al inglés o al alemán las décimas gauchescas de nuestro Estanislao del Campo, o los productos similares de la musa popular española escritos en el _caló_ gitano que tanto deleitaba a Mérimée. Se necesita un conocimiento íntimo del idioma, una familiaridad relativa con la curiosa psicología de la masa popular americana y del alma primitiva del «hombre de color», para gozar con la belleza peculiar de las _Baladas del condado de Pike_. Otros escritores de este país han ensayado algo análogo con un éxito desigual. Bret Harte, quizá por la mayor amplitud de su producción, ha sido citado como el maestro del género. Pero, lo que en el autor de las escenas californianas es un sistema, en John Hay, es un accidente. Y es en esto precisamente que reside lo picante de la aventura, en este contraste enorme entre el hombre de letras fino, espiritual, imbuído de arte y habituado a la atmósfera de los más altos círculos aristocráticos, y el negro maquinista de una de sus _Baladas_, el generoso y rústico Jim Bludso, el patrón de la _Bella Pradera_, con manos ennegrecidas por el carbón y el humo de la hornalla, con «una esposa en Natchez al pie de la colina y otra en Pike», con su ingenua petulancia y su fondo de nativa grandeza, empeñado en no dejar vencer en velocidad a su embarcación y jurando que «si alguna vez la _Bella Pradera_ se incendiaba, él la mantendría con la proa contra el banco, hasta que la última alma saliera a la playa»:

_And if ever the Prairie Belle took fire,-- A thousand times he swore, He’d hold her nozzle agin the bank Till the last soul got ashore...._

El cumplimiento de la promesa del héroe anónimo, es el tema de la balada; lo que es imposible expresar es la ligereza conmovida e _insouciante_ al mismo tiempo con que el trágico suceso está tratado, es el íntimo sentimiento que se desprende de sus estrofas ante el sacrificio de Jim Bludso, víctima de su deber, y cuya «alma subió sola, envuelta en el humo de la _Bella Pradera_». La simpatía que inspira al poeta el humilde maquinista, se contagia al lector, y se siente pena de no poder conocer al bravo negro, mientras en el fondo del corazón despiertan un eco los últimos versos de la pieza encantadora: «No fué un santo, pero en el día del Juicio final apostaría en favor de _Jim_, contra algún piadoso caballero, que no se hubiera dignado cambiar con él un apretón de mano. Vió su deber, una cosa tan segura como la muerte; lo cumplió entonces sin vacilar; y Cristo no será demasiado duro para un hombre que murió para salvar a otros hombres»:

_He weren’t no saint,--but at jedgment I’d run my chance with Jim, Longside of some pious gentlemen That would not shook hands with him He seen his duty, a dead--sure thing,-- And went for it thar and then; And Christ ain’t a going to be too hard On a man that died for men._

La misma emoción humana y sencilla, risueña y melancólica al propio tiempo, se desprende de _Pantaloncillos_ (Little Breeches). Se trata en esta ocasión de un padre que acude a la ciudad para vender legumbres y acompañado de su pequeño _Gabe_ «a quien ninguno de los muchachos de cuatro años del condado supera en hermosura y en fuerza, activo, brillante y conservador, siempre dispuesto a jurar y a pelear». Su padre ha querido hacer su educación perfecta «y lo ha enseñado a mascar tabaco, para conservar la blancura de sus dientes de leche».

_And I’d larnt him to chaw terbacke: Jest to keep his milk-teeth white..._

Little Breeches, a pesar de estas condiciones y de esta precocidad, se pierde en medio de una tormenta de nieve y su padre lo busca en vano desesperado y lleno de angustia. Al fin, cuando ya lo considera muerto por el frío, el famoso _Pantaloncillos_ es hallado debajo de uno de esos cobertizos donde se refugian los corderos durante la noche, alegre y calentito, y su primera palabra es para pedir «una mascada». ¿Quién pudo llevarlo allí? se pregunta el padre de Pantaloncitos, y su ingenua filosofía encuentra inmediatamente la solución del problema: «Los ángeles. Nunca pudo haber marchado en medio de esa tormenta, si ellos no lo hubieran acarreado y conducido hasta el punto en que se encontraba sano y caliente. Y pienso que salvar a un muchachito de esa manera, es un negocio mejor que estar haraganeando alrededor del Santo Trono»:

_¿How did he git thar? Angels. He could never have walked in that storm. They jest scooped down and toted him To whar it was safe and warm. And I think that saving a little child And fotching him to his own, Is a derned sight better business Than loafing around the Throne._

Las observaciones del sargento Tilmon delante de un comité de la punta de Spunky, y que relata la acción heroica de _Banty Tim_, son aún más difíciles de saborear para un paladar extranjero y lo mismo sucede con el episodio del bizarro _Golier_, que cubre con su cuerpo el de un niño y le sirve de escudo, recibiendo las balas que podían haber cortado el hilo de aquella frágil existencia:

_Said he, «When they fired, I kivered the kid.-- Although I am’t pretty I’m middlin’ broad; ¡And look! he ant’t fazed by arrow nor ball,-- ¡Tank God! my own carcase stopped them hall.» Then we seen his eye glaze, and his lower jaw fall-- And he carried his thanks to God._

Pero no está de más repetirlo: la mención descarnada de los argumentos de estas canciones no da siquiera un pálido reflejo de su gracia, de su originalidad, de la perfección de sus versos repletos de _humour_ y de color local. Ninguna crítica puede definir y reproducir estos matices, a menos de comentar y explicar largamente, palabra por palabra, cada una de estas curiosas producciones. Pero al leerlas se comprende la justicia de la popularidad de que gozan y los elogios que su sola mención provoca en cualquier grupo literario.

Ningún contraste más marcado que el que existe entre las cinco _Baladas del Condado de Pike_, y el resto de los _Poems_ de John Hay. Las peculiaridades de su estilo le dan un puesto aparte en la literatura poética de su patria. Los temas que busca, el modo de tratarlos, su preocupación de asuntos políticos de actualidad, el cosmopolitismo de sus ideas, y de sus conocimientos literarios son otros tantos rasgos que definen sus personalidad y caracterizan su talento. Al final del volumen se encuentran algunas bellas traducciones de Henry Heine; y la predilección que John Hay muestra por este poeta arroja una nueva luz sobre su modalidad intelectual. Hay en muchas de sus composiciones, en efecto, algo que recuerda la manera alternativamente humorística y melancólica del autor del _Reisebilder_, una emoción contenida que se disfraza en una sonrisa burlona, un fino sentimiento de la ironía y un amor a la libertad que se manifiesta, por ejemplo, en _La esfinge de las Tullerías_ o en la _Aurora en la plaza de la Concordia_. El poeta alemán reclamaba como su mejor título a la gloria, el haber sido «un bravo soldado en la guerra libertadora de la humanidad». Creo que algo semejante puede decirse del distinguido autor americano, del secretario de Lincoln, aquel protector de los humildes y los esclavos, enemigo de todos los despotismos y de todos los lazos que traban la independencia moral y política de las naciones. Recorramos ligeramente la poesía últimamente citada. Es en el año 1865 y el poeta se encuentra al despuntar el alba en los Campos Elíseos. Los últimos girones de las sombras nocturnas cuelgan sus crespones en el techo de las Tullerías, y cubren con una nube vaporosa la espiral del obelisco de Luxor. A las dudosas claridades del alba «con sus crines de mármol encendidas, se encabritan los blancos caballos de Marly». La plaza de la Concordia «descansa en el silencio de la muerte debajo de los cielos cenicientos». La leyenda del pasado se presenta a sus ojos en una evocación solemne. «Ve la mística llanura en que el ejército de espectros sacrificados en la larga vida de guerra del emperador marchan con pasos sin resonancia al sonido de trompetas cuya voz ha muerto. Su jefe espectral todavía los encabeza--el relámpago de ultratumba de su acero, como un cometa, brilla distante a través de la bruma, y la hueste silenciosa corre, invisible a los ojos del gendarme, a lo largo de la ancha vía obscura y misteriosa donde tronó el ejército de Italia cruzando al marchar por el grande y pálido Arco de la Estrella»:

_I see the mistic plain Where the army of spectres slain In the Emperor’s life-long war March on with unsounding tread To trumpets whose voice is dead. Their spectral chief still leads them. The ghostly flash of his sword Like a comet through mist shines far. And the noiseless host is poured, For the gendarme never heeds them. Up the long dim road where thundered The army of Italy onward Through the great pale Arch of the Star._