Estados Unidos

Part 7

Chapter 73,957 wordsPublic domain

Tan fatigado lo considero de seguirme en estas excursiones que al rápido andar de las ideas hago por los extremos aportados de la Unión, tras de alguna manifestación de la vida de este pueblo, que para su solaz quiero en adelante, en vías de puntos de descanso, poner epígrafes a las materias que iré tratando. Usted ha comprendido, sin duda, que el que precede anuncia que voy a hablar del carácter moral de esta nación. En aquellas dos palabras se reasume, en efecto, el reproche que hacen, más bien diré, el tizne que afea el carácter moral yankee, y el entusiasmo por las instituciones democráticas se resfría al ver las brechas que a la moral individual hacen, y no hay pueblo medio civilizado que no se sienta superior a los yankees por este lado al menos, al revés de las grandes naciones antiguas y modernas, de Roma y la Inglaterra, en que el Estado era un bandido famoso, mientras los individuos que lo componían practicaban las virtudes más austeras.

Los Estados Unidos como gobierno son irreprochables en sus actos públicos, mientras que los individuos que lo forman adolecen de vicios repugnantes de que se creen menos sujetas las demás naciones. ¿Dependerá esto de una peculiaridad de la raza sajona? ¿Vendrá de la amalgama de tantos pueblos diversos? ¿Será fruto ingrato de la libertad y de la democracia?

No se espante si muestro que a esta última causa más que a otra ninguna atribuyo el mal moral que aqueja a aquellos pueblos. La avaricia es hija legítima de la igualdad, como el fraude viene ¡¡cosa extraña al parecer!! de la libertad misma. Es la especie humana que se muestra allí, sin disfraz alguno, tal como ella es, en el período de civilización que ha alcanzado, y tal como se mostrará todavía durante algunos siglos más, mientras no se termine la profunda revolución que se está obrando en los destinos humanos, cuya delantera llevan los Estados Unidos.

El mundo se transforma, y la moral también. No se escandalice usted. Como la aplicación del vapor a la locomoción, como la electricidad a la transmisión de la palabra, los Estados Unidos han precedido a todos los demás pueblos en añadir un principio a la moral humana en relación con la democracia. ¡Franklin! Todos los moralistas antiguos y modernos han seguido las huellas de una moral que, dando por sentada, por fatal y necesaria la existencia de una gran masa de sufrimientos, de pobreza y de abyecciones, localizaba el sentimiento moral, dando por atenuaciones la limosna del rico y la resignación del pobre. Desde las castas inmóviles de indios y egipcios, hasta la esclavitud y el proletariado normal de la Europa, todos los sistemas de moral han flaqueado por ahí. Franklin ha sido el primero que ha dicho: bienestar y virtud; sed virtuosos para que podáis adquirir; adquirid para poder ser virtuosos. Mucho se aproximaba Moisés en sus doctrinas morales a estos principios, cuando decía: honrad a vuestros padres para que así viváis largo tiempo sobre la tierra prometida. Todas las leyes modernas están basadas en este principio nuevo de moral. Abrir a la sociedad en masa, de par en par, las puertas al bienestar y a la riqueza.

Allá va el mundo en masa, y sabe Dios los dolores que va a costar habituar a los goces de la vida, despertar la inteligencia de esos millones de seres humanos que durante tantos miles de años han servido para abrigar con el calor de sus entrañas los pies de los nobles que volvían de la caza. ¿Qué es el capital? preguntan hoy los economistas. El capital es el representante del trabajo de las generaciones pasadas legado a las presentes; tienen capitales los que han heredado el fruto del trabajo de los siglos pasados, como las aristocracias, y los que lo han adquirido en este y el pasado siglo con los descubrimientos de las ciencias industriales y las especulaciones del comercio; es decir, poquísimos en proporción de la masa pobre de las naciones. He aquí, en mi humilde sentir, el origen de la desenfrenada pasión norteamericana. Veinte millones de seres humanos, todos a un tiempo, están haciendo capital, para ellos y para sus hijos; nación que nació ayer en suelo virgen y a quién los siglos pasados no le habían dejado en herencia sino bosques primitivos, ríos inexplorados, tierras incultas. Despertad en Francia o en Inglaterra, por ejemplo, esos veinte millones de pobres que trabajando veinte horas diarias, se amotinan por conseguir solamente que el salario les baste para no morir de hambre, sin aspirar a un porvenir mejor, sin osar soñarlo siquiera, como pretensiones impropias de su esfera; poned a los rotos de Chile en la alta esfera de las especulaciones, con la idea fija de hacer pronto una fortuna de cincuenta mil pesos, y veréis mostrarse entonces las pasiones infernales que están aletargadas en el ánimo del pueblo. El roto os pide diez reales por el objeto que venderá por uno, si le ofrecen uno, y todavía os habrá engañado. Un chileno cree honrada a la masa de su nación por serlo él y por desprecio al miserable roto, que, sin embargo, forma la gran mayoría. Tal es la explicación del fenómeno que llama la atención en los Estados Unidos. Toda la energía del carácter de la nación en masa está aplicada a esta grande empresa de las generaciones actuales, acumular capital, apropiarse el mayor número de bienes para establecerse en la vida. La revolución francesa vió por otro camino, aunque conduciendo al mismo fin, desenvolverse la energía moral de la nación; la gloria militar puesta al alcance de quién supiera conquistarla, el bastón de mariscal en la boca de los cañones del enemigo, y sabe usted los prodigios obrados por aquella nación.

El norteamericano lucha con la naturaleza, se endurece contra las dificultades por llegar al supremo bien que su posición social le hace codiciar: el bienestar; y si la moral se pone de por medio cuando él iba a tocar su bien, ¿qué extraño es que la aparte a un lado lo bastante para pasar, o la dé un empellón si persiste en interponerse? Porque el norteamericano es el pueblo, es la masa, es la humanidad no muy moralizada todavía, cubierta allí en todas sus graduaciones de desenvolvimiento bajo una apariencia común. ¿Quién es este hombre? se preguntará usted en cualquiera parte del mundo; y su fisonomía exterior le responderá: es un roto, un labriego, un mendigo, un clérigo, un comerciante. En los Estados Unidos todos los hombres son a la vista un solo hombre, el norteamericano. Así, pues, la libertad y la igualdad producen aquellos defectos morales, que no existen tan aparentes en otras partes, porque el grueso de la nación está inhabilitado para manifestarlos. ¡Qué escándalo dieran si llegasen de improviso a ser picados por la tarántula!

Contribuyen a hacerlo más manifiesto las peculiaridades de la organización de aquel país. Es tal el sentimiento de vida que se experimenta en los Estados Unidos, tal la confianza en el porvenir, tal la fe que se tiene en los resultados del trabajo, y tan grande la esfera del movimiento, que el crédito reposa en la existencia del individuo más bien que en la garantía de la propiedad. Un hombre trabajando adquirirá infaliblemente. La estadística de la progresión en que va la riqueza lo demuestra; luego, todo hombre que trabaja tiene crédito. Ejemplo: un individuo remonta el Mississipi en un vapor y propone la compra de 4000 barricas de harina. El vendedor dice su precio y queda aceptado, después de preguntar quién es el banquero del comprador. El vendedor escribe a Nueva York al banquero indicado, pidiendo la solvibilidad del individuo, y con la respuesta: posee 4000 pesos, crédito bueno, el contrato queda concluído a cuatro meses de plazo, a pagar en Londres, donde se venderá la harina al banquero del vendedor. Llegado el término del contrato el vendedor ve el precio corriente de las harinas en Londres, en la época en que ha debido efectuarse la venta y ya sabe a qué atenerse en cuanto a la solvibilidad de su deudor. ¡Cuántos tropezones ha dado un yankee para llegar a tener fortuna! Aquí llamamos quiebras; allá negocios frustrados solamente, que irritan la actividad en lugar de paralizarla.

Cuando el especulador es un Estado, el pícaro se presenta más desfachatado. El Estado agencia capitales en Inglaterra para abrir caminos de hierro, los obtiene y realiza su empresa; pero como es un Estado naciente del Oeste, donde la población y la riqueza no son grandes, los peajes no producen por largos años el interés del dinero, el Estado deudor promete, aplaza de hoy a mañana el pago sinceramente, miente, en seguida, por necesidad, se enfada de que le estén exigiendo, y últimamente, un día amanece de mal humor, pone a la puerta al acreedor importuno, y le declara en sus propias barbas, y a la faz de todo el mundo, que _repudia_ la deuda, es decir que no paga. ¿Demandarlo? ¿Ante quién? He aquí el primer pícaro que se presenta en el mundo, que no conoce juez en la tierra; el pueblo soberano. El Presidente, el Congreso, el Juez supremo nada pueden contra esta clase de bellacos. El gobierno mismo del Estado nada puede; ni la clase culta y por tanto con vergüenza, porque emanando el poder del voto de la muchedumbre ignorante y bribona, no acepta esta contribución nueva para pagar la deuda contraída. Así se han conducido Mississipi, Illinois, Indiana, Michigan, Arkansas y algunos otros más. ¡Qué bulla han metido los banqueros en Londres con aquella magnífica muestra de la más insigne felonía! Y, ¿qué remedio?

Aquí principia el reverso de la medalla. Los diarios de Europa hacen llover como sobre Sodoma y Gomorra el fuego de la execración universal, y los Estados alzados se ríen con insolencia de tales bravatas. Mas en los Estados que no han participado del crimen, principia una reacción en nombre de la dignidad nacional, del honor de la Unión mancillado, y los delincuentes soberanos empiezan a ponerse serios. Una línea de circunvalación se establece en torno de ellos, y desde allí la opinión pública los fulmina a mansalva. La clase ilustrada de los Estados que han _repudiado_ las deudas siente la indignidad del procedimiento; pero ¿qué hacer contra la mayoría que lo sostiene? Un diario entra tímidamente en la cuestión; copia como por incidente algún artículo censorio. Desde luego reconoce que dadas las circunstancias en que el Estado se halló, y la insolencia de los ingleses, hizo perfectamente bien, y les ha dado una lección severa, para que en adelante respeten mejor la dignidad de un Estado soberano (tramposo). Pero las circunstancias empiezan a cambiar felizmente la propiedad se desarrolla rápidamente. ¿No convendría, _to repeal_ la _repudiación_? ¿Al menos reconsiderar el asunto, arbitrar medios, etc.?

El pueblo soberano oye ya sin enojarse. Al día siguiente le insinúan ideas de honor, sentimientos de generosidad, hasta que al fin la opinión pública se forma, la reprobación excitada afuera halla ecos en el Estado, un sentimiento de vergüenza apunta en los semblantes; voces enérgicas se levantan en la minoría del Congreso, el movimiento se generaliza, y el Estado criminal vuelve sobre sus pasos, entabla negociaciones con los banqueros defraudados, y concluye por reconocer por legítima la deuda del capital, y ofrece un 60 por ciento de los intereses. Otro Estado, no habiendo podido terminar el canal en que invirtió los capitales, pide que se le den las sumas necesarias para llevarlo a cabo, y pagará todo. Un Estado, en fin, permanece inerte en despecho del clamoreo universal, porque es muy pobre, muy apartado, y no se admire usted, muy bruto.

Esto último requiere explicaciones.

GEOGRAFIA MORAL

Había pintado el plan iconográfico de la viabilidad de los Estados Unidos, que si no es la base de la prosperidad de aquel país, es su instrumento, como los dedos del hombre son los fieles ejecutores de su pensamiento. Hay, también, una geografía moral en aquel país, cuyas facciones principales necesito señalar. Conocido el suelo, verá usted las corrientes civilizadoras que llevan a todos los extremos de la Unión la mejora, la luz y el progreso moral.

Conoce usted la historia y la colocación de los trece Estados primitivos de la Unión americana. Dos siglos habían depositado allí las grandes ideas políticas y religiosas que la Inglaterra había arrojado sucesivamente de su seno. Bancroft ha hecho el inventario de esas ideas, colocándolas cada una en la localidad que ocuparon desde su establecimiento, con los peregrinos en la Nueva Inglaterra, con los cuáqueros en la Pensilvania, con los católicos en el Maryland. Aquella colonización fué menos de hombres que se trasladaban de un país a otro, que de ideas políticas y religiosas que pedían aire y espacio para explayarse. Sus frutos han sido la república americana, frutos muy anteriores a la revolución francesa. La declaración de los derechos del hombre hecha por el Congreso de los Estados Unidos en 1776, es la primera página de la historia del mundo moderno, y todas las revoluciones políticas que se seguirán en la tierra, un comentario de aquellos simples dogmas del sentido común.

La declaración de la independencia fué como aquel creced y multiplicaos de Dios a los hebreos. Desde entonces las ideas y los hombres se pusieron en marcha hacia el interior; la república empezó a parir _territorios_ que se convertían luego en _Estados_, como un pólipo que echa al costado de su tronco nuevas ramas. Observe el movimiento de las repúblicas sudamericanas desde su independencia adelante, y verá cuán notable es la diferencia. Chile subdivide sus antiguas provincias, pero sin aumentar ni el territorio poblado, ni el número de sus ciudades. Las antiguas Provincias Unidas del Río de la Plata ven desmembrarse su territorio, y de sus fragmentos constituirse estados raquíticos y absurdos, mientras que las provincias que aún quedan llevando el nombre argentino, se despueblan de día en día, extinguiéndose sus antiguos planteles de ciudades como luces que se apagan. Maine tenía, por ejemplo, en 1790, 96.000 habitantes; 151.000 en 1800; 228.705 en 1810; 400.000 en 1830; 501.793 en 1840. Nueva York tenía 340.120 en 1790; 586.766 en 1800; 959.949 en 1810; 1.372.812 en 1820; 1.918.608 en 1830; 2.428.921 en 1840.

Pero a este movimiento de concentración se añade otro de dilatación. Mississipi aparece en 1800 con 8.850 habitantes; en 1840, contaba ya 375.651. Arkansas no suena hasta 1820, en que presenta una población de 14.273 habitantes; en 1840 tiene cerca de cien mil. Indiana contaba en 1810, 4.762; treinta años después, 685.866. Ultimamente Ohio, que en 1800 registró una población de 40.365, contaba en 1840 un acrecentamiento de más de millón y medio. Asómbrese usted de este diluvio de hombres que los primeros colonos en un desierto ven llegar y establecerse en los alrededores. Me han mostrado un hombre que no era viejo, el cual había visto nacer, desenvolverse y crecer uno de aquellos grandes estados. ¿De dónde salen estos hombres, desde que ya no hay Deucaliones que los produzcan tirando piedras hacia atrás? La inmigración europea figura en segundo plano en estas sucesivas inmigraciones, por más que aparentemente sea su número muy considerable. Los Estados viejos o adultos engendran a los que van apareciendo. El _indian hater_, odiador del indio, va adelante, esparciendo los miembros de esta singular secta instintiva, que tiene por único dogma perseguir al salvaje, por único apetito el exterminio de las razas indígenas. Nadie lo ha mandado; él va solo al bosque con su rifle y sus perros a dar caza a los salvajes, ahuyentarlos y hacerles abandonar las cacerías de sus padres. Detrás vienen los _squatters_, misántropos que buscan la soledad por morada, el peligro por emociones, y el trabajo de desmontar por solaz. Siguen a distancia los _pioneers_ abriendo las selvas, sembrando la tierra y diseminándose en una grande esfera. Vienen en seguida los empresarios capitalistas con emigrantes por peones, y fundando ciudades y aldeas según que los accidentes del terreno lo aconsejan. Sobre estos cuadros viene en seguida a colocarse la inmigración propietaria, mecánica, industrial, joven, que se desprende de los Estados antiguos a buscar y crear la fortuna.

En esta expansión de la población norteamericana se muestran grados de civilización muy marcados, desapareciendo casi del todo en los extremos, al oeste por la diseminación de los habitantes y la rudeza de las ocupaciones campestres, al sur por la presencia de los esclavos, y por las tradiciones españolas o francesas. Medio siglo bastaría para que la barbarie incurable de nuestras campañas argentinas se mostrase en las extremidades de la Unión, si los elementos vivos de regeneración que encierra aquel país no constituyesen un flujo y reflujo que tiene en actividad toda la masa, y evita que las partes lejanas o aisladas se estagnen y degeneren.

¡La inmigración europea es allí un elemento de barbarie, quién lo creyera! El europeo, irlandés o alemán, francés o español, salvo las excepciones naturales, sale de las clases menesterosas de Europa, ignorante de ordinario, y siempre no avezado a las prácticas republicanas de la tierra. ¿Cómo hacer que el inmigrante comprenda de un golpe aquel complicado mecanismo de instituciones municipales, provinciales y nacionales, y más que todo, que se apasione como el yankee por cada una de ellas, y las crea ligadas con su existencia y como parte de su ser, de tal manera que si descuidara ocuparse de ellas y de los intereses a que se ligan, temería que su vida y su conciencia estaban a un tiempo en peligro? ¿Cómo habituarlo al _meeting_ a que a cada instante recurre el pueblo para expresar _his sentiment;_ y una vez expresado, una vez votados una serie de _and to be further resolved_, sentir aquel desahogo y como descargo de un peso que experimenta el norteamericano, como si hubiera producido un hecho, o desvanecido la opinión que combate? Así es que los extranjeros son en los Estados Unidos la piedra de escándalo, y la levadura de corrupción que se introduce anualmente en la masa de la sangre de aquella nación tan antiguamente educada en las prácticas de la libertad. El partido _whig_, que es la parte más racional de la nación, ha intentado muchas veces poner trabas a la inmigración, y sobre todo prolongar por muchos años el aprendizaje, que requiere el uso de los derechos políticos. El partido nativista, hoy extinto, trató de crear una especie de fanatismo nacional, parecido, aunque por motivos contrarios, a nuestro _americanismo_; pero disiparon luego el interés de cada Estado naciente los primeros nubarrones de preocupación que empezaban a levantarse. Los Estados antiguos podían prescindir de los extranjeros, pues que ya estaban densamente poblados y ofrecen poco aliciente a los advenedizos. No así los estados del oeste, que pusieron desde entonces en pública subasta la ciudadanía, bajando a porfía los años de residencia y excusando requisitos para obtenerla.

Contra esta relajación de la disciplina de los mayores y la más sensible que trae la diseminación de la población de las campañas, la organización social de aquel país tiene medios eficacísimos y que ya hubieran producido sus resultados, si no fuese una obra interminable mientras continúen llegando _i barbari_ de Europa por centenas de miles, y hayan acres de bosques por descuajar por millares de millones. Estas fuerzas de atracción, depuración y pulimento, son tan importantes que me permitirá usted irlas enumerando.

La posta diaria es la que más sensiblemente obra. La posta sonará a las puertas de cada aldea lejana y depositará en ella, en algún papel público, un tópico de conversación, y una noticia de las novedades de la Unión. Usted concibe que es imposible barbarizarse donde la posta, como una gotera diaria, está disolviendo toda indiferencia nacida del aislamiento. No olvide que esta posta recorre 134.000 millas, y que en partes tiene por auxiliar el telégrafo.

Paso por alto la influencia civilizadora e irritante de la prensa periódica.

El juicio por jurados llama a los hombres de las campañas a cada instante a reunirse, para juzgar causas criminales, y el payo juez oye la acusación y la defensa, pesa las razones, compulsa leyes, se habitúa a su mecanismo y juzga con toda seguridad de conciencia. El hábito del jurado ha creado el crimen civil, impune, horrible, que se llama la _Ley de Lynch_. Como Jesús decía: “Donde quiera que estaréis reunidos tres en mi nombre, yo estaré con vosotros”, la _Lynch’s law_ ha dicho al yankee de los bosques: “Donde quiera que os reunáis siete en nombre de la voluntad del pueblo, la justicia será con vosotros”. Guárdese usted en el Far-West o en los Estados de esclavos de encontrarse con siete hombres reunidos y provocar sus pasiones. Será usted colgado por aquellos jueces, más terribles y más arbitrarios que los jueces invisibles de los tribunales secretos de la Alemania antigua. La ley lo permite, y aquellas conciencias torvas quedan exentas de todo remordimiento, ni más ni menos que el inquisidor español que veía arder la víctima que con sus ardides había llevado a la hoguera; así la religión y la democracia caen en el crimen cuando se exageran sus principios y sus objetos.

No ejerce menor influencia civilizadora la elección de presidente. El norteamericano hace cincuenta elecciones al año. Derrotado en el consejo de instrucción pública, se echa con el mismo ardor en la de sacristán de su capilla; si pierde allí, espera con redoblado encarnizamiento la de _attorney_, la de diputados para su Estado o la de gobernador. No lo exalta menos la que requiere la renovación de las cámaras, e incuba un año entero su ojeriza contra un candidato para la presidencia y su amor por otro. Entonces la Unión se agita por sus cimientos; los _squatters_ salen de los bosques como sombras evocadas por un conjuro. La suerte de cada uno de aquellos galápagos, está comprometida en el éxito; amenaza no sobrevivir al triunfo del candidato _whig_, cual si dijéramos retrógrado; y si el escrutinio deja burladas sus esperanzas, aprieta los puños se alejan en dirección a su morada, jurando desquitarse en la elección de pastor de su doctrina.

La elección de presidente es, pues, el único vínculo que une entre sí a todos los extremos de la Unión, la preocupación nacional única que conmueve a un tiempo a todos los hombres y a todos los Estados. La lucha electoral, es, por tanto, un despertador, una escuela y un estimulante que hace revivir la vida adormecida por las distancias y la rudeza del trabajo.

Pero el mayor de todos los reactivos constitúyelo el sentimiento religioso. Pasma, sin duda, a un católico tibio que llega de nuestros países ver la escala extensa y elevada en que la religión obra, en medio de aquella extrema libertad. Desde luego la Biblia está en toda la Unión, desde el _loghouse_ del bosque hasta los hoteles de las grandes ciudades, obrando en bien y en mal, los efectos de su lectura diaria. Digo en mal, porque el apego a la letra del texto produce consecuencias desastrosas en los ánimos estrechos. Sábese que en la nueva Inglaterra rigieron por mucho tiempo las leyes de Moisés; tal era y es aún la idea de la perfección inmaculada de cada frase y de cada versículo de la Biblia. A bordo de un buque se hablaba de las maravillas del cloroformo. Un médico aseguraba que podía aplicarse sin peligro a los alumbramientos.--¿Y usted lo aplicará a su mujer? preguntaba un puritano presente.--¿Por qué no?--Pues yo no lo haría, replicó seriamente el interlocutor.--Eso depende del grado de confianza de cada uno en su eficacia.--No, señor; el Génesis dice: parirá la mujer con dolores; y usted contraría la voluntad de Dios. Como se ve, la cuestión del cloroformo era mirada por el lado de la conciencia, y medida su bondad en el cartabón de la Biblia.