Part 6
Cuando uno lee la narración de aventuras como estas, se siente sin duda orgulloso de pertenecer a la raza humana. Ninguna de las grandes pasiones que han obrado los prodigios de la historia, está aquí en juego para fanatizar el espíritu: ni la desesperación de los restos del grande ejército, ni el amor a la patria de los 10.000 espartanos echados entre los bárbaros, ni la sed de oro, de gloria y de sangre de los conquistadores españoles. Hombres de aquel temple tenían en los Estados tierras de propiedad pública para afincarse; familias que los ayudasen; ganados para auxiliarse en las rudas labores de la tierra. Atraviesan 600 leguas de desiertos para realizar una grande idea, ellos, el desecho del pueblo norteamericano, quieren que la Unión ostente sus estrellas en el firmamento del Pacífico, que se realice el sueño dorado de acercar la India y la China, y arrebatar estos mercados a la Inglaterra. Se sacrifican, pues, a una idea de porvenir nacional, porque el yankee no ignora que la primera generación de las nuevas plantaciones, abona solo la tierra con su sudor para que gocen las venideras; y cuando en el Oregón se han reunido algunos centenares de familias, los jefes, dejando a un lado el hacha con que destruyen lentamente los bosques para labrarse un campo, y crear su propiedad, se reunen en asamblea deliberante, “con el objeto de fijar los principios de libertad civil y religiosa, como la base de todas las leyes y constituciones que puedan en adelante adoptarse”, y estatuyen:
“Artículo 1.º Ninguna persona que se conduzca de una manera regular y ordenada, será molestada a causa de su modo de adoración o sus sentimientos religiosos.
“Art. 2.º Los habitantes de dicho territorio gozarán siempre de los beneficios del escrito _habeas corpus_, del juicio por jurados, de una proporcionada representación del pueblo en la legislatura, y de procedimientos judiciales conformes a la secuela de las leyes ordinarias. Todas las personas podrán dar fianzas, excepto por delitos capitales y cuando las pruebas sean evidentes, y las presunciones graves. Ningún hombre será privado de su libertad sino por juicio de sus pares, o la ley de la tierra...
“Art. 3.º Siendo necesarias para el buen gobierno y felicidad de la especie humana, la religión, moralidad e instrucción, serán siempre fomentadas las escuelas y todos los medios de educación.
“Art. 5.º Ninguna persona será privada de llevar armas para su propia defensa; no se autoriza pesquisas ni registros sin motivo fundado; la libertad de la prensa no será restringida; ni el pueblo será privado del derecho de reunirse pacíficamente a discutir los asuntos que halle por conveniente.
“Art. 6.º Los poderes del gobierno serán divididos en tres distintos departamentos: el legislativo, el ejecutivo y el judicial, etc., etc.”
_Ley de tierras_: “Toda persona que posea o en adelante pretenda poseer tierra en este territorio, designará la extensión de su propiedad por medio de límites naturales, o por mojones en las esquinas y sobre los costados del lote, y hará registrar la extensión y límites de tal lote en la oficina del escribano del lugar, en un libro que será llevado para aquel objeto, en el término de veinte días después de hecho el pedido; proveyéndose, que los que están en posesión del territorio, tendrán doce meses contados desde la sanción de esta ley, para hacer la descripción del lote de tierras en el libro de los registros; proveyéndose, además, que el dicho poseedor declarará el tamaño, forma y ubicación del terreno.
“2.ª Todo poseedor, en los seis primeros meses después de registrado su lote, habrá hecho permanentes mejoras en el terreno, ya edificando o cercando, o bien ocupando el terreno en un año de la data del registro; o en caso de no ocuparlo, pagar en tesorería cinco pesos anuales, y en caso de no ocuparlo o no pagar la suma antedicha, el título será considerado como abandonado; proveyéndose que los no residentes en este país no pueden aprovechar de esta ley; y proveyéndose, además que los residentes en este territorio que se ausentasen por negocios particulares por dos años, podrán conservar la propiedad pagando cinco pesos anuales al tesoro.
“3.ª Ningún individuo podrá tomar posesión de más de un cuarto de milla cuadrada, o 640 acres, en una forma cuadrada u oblonga. Ningún individuo podrá poseer dos lotes a un mismo tiempo.
“5.ª Las líneas de los límites de todos los lotes se conformarán tan aproximadamente cuanto sea posible con los puntos cardinales.”[2]
Este pueblo, lleva, como Vd. ve, en su cerebro, orgánicamente, cual si fueran una conciencia política, ciertos principios constitutivos de la asociación: la ciencia política pasada a sentimiento moral complementario del hombre, del pueblo, de la chusma; la municipalidad convertida en regla de asociación espontánea; la libertad de conciencia y de pensamiento; el juicio por jurados. Si quiere Vd. medir el camino que ha andado aquel pueblo, reuna Vd. un grupo, no del vulgo de ingleses, franceses, chilenos o argentinos, sino de las clases cultas, y pídales de improviso que se constituyan en asociación, y no sabrán qué se les pide, cuanto y más fijar con precisión, como aquellos aventureros del Oregón, las bases en que ha de reposar el gobierno de una sociedad que va a nacer, y que, por la distancia y los desiertos que la dejan separada del resto de la Unión, queda de hecho y de derecho desligada de la patria común.[3] Algunos años más tarde de estos rudimentos dispersos, surgirá un territorio; y del territorio un Estado para aumentar una nueva estrella en la constelación de los Estados Norteamericanos, con sus mismas leyes, sus prácticas, sus instituciones civiles y políticas, y sobre todo, con su carácter peculiar de nacionalidad, marcado con el sello enérgico de aquel coloso.
Hay un fenómeno que se realiza en los Estados Unidos, y que no obstante de referirse a principios fundamentales inherentes a la especie humana, no ha sido hasta hoy de una manera precisa establecido. Hasta de palabra adecuada carecen para indicarlo los idiomas. Pretender señalarlo en dos páginas sería el índice o el plan de un gran libro. ¿Qué es la moral? El código de preceptos que ha dado en seis mil años el contacto de un hombre con otro, a fin de que vivan en paz sin hacerse mal, amándose, procurándose el bien. La moral que nos liga a Dios por nuestros padres, está después de Confucio, de Sócrates y Franklin, adivinada, encontrada. Si algo le falta para ser perfecta por el estudio humano y los sentimientos del corazón, la revelación la completa en cuanto a la parte de los hombres más desligada de nosotros mismos, que es el prójimo, el extranjero, el enemigo, clasificaciones que distinguen tres grados de separación; por las leyes el prójimo es indiferente; el extranjero, la tela de que se hizo siempre el esclavo; para el enemigo, cesan todos los vínculos de la familia humana, la muerte está pronta para él, sin remordimiento, con gloria. Cuando el hombre se llame el enemigo, entonces deja de formar parte de nuestra especie; ni las leyes, ni religión alguna han podido hasta hoy nada contra los efectos morales de esta clasificación.
Pero la moral se refiere a las acciones de los individuos solamente. ¿Cómo se llama aquella otra parte de la vida del hombre, en cuanto a miembro de un rebaño, de una colmena, o de una bandada, puesto que pertenece a la especie de los animales gregarios? Preguntádselo al czar de Rusia, a un lord del parlamento, a Rousseau, a Rosas, a Franklin, y cada uno os dará un bellísimo sistema de política, esto es, de preceptos, de obligaciones, derechos y deberes que sirvan de regla a los individuos en relación con la masa, con la sociedad. Los unos pretenderán que el _uno_ que gobierna hará para el bien común todo lo que le dé la gana; otros sostendrán que los lores son los que tienen el derecho de hacer su soberana voluntad, y no faltará quien sostenga que cada individuo tiene su parte de ingerencia en los negocios de todos, bien que esto dependerá de la cantidad de bienes que haya acumulado, o bien del estado de su razón. La política humana, pues, no ha hecho tantos progresos como la moral, y puede ser todavía puesta aquella ciencia primordial en el número de las especulativas, no obstante referirse al hecho más antiguo, más duradero, más actual, que es la sociedad en que vivimos. A la especie humana en general le falta un sentido, si es posible decirlo. A la _conciencia_ que regla las acciones morales entre los hombres, falta añadir otra cosa que indique con la misma seguridad los deberes y derechos que constituyen la asociación, la moral en grande, obrando sobre millones de hombres, entre familias, ciudades, estados y naciones, completada más tarde por las leyes de la humanidad entera. La ciudad de Atenas parece que había adquirido este sentimiento; más tarde lo tuvieron los patricios romanos; pero aquéllo lo destruyeron éstos, hiriéndolo por la abertura que deja hasta hoy la moral, a saber, por la clasificación del _enemigo_; y a los últimos los destruyó y dispersó la _plebe_, que adquiría a la sombra del patriciado el mismo sentimiento, y por los _extranjeros_, que de enemigos conquistados, pasaron a sentir la gana de formar parte del senado romano.
Perdóneme Vd. esta tirada pedantesca, sin la cual no puedo explicar mi idea. La población en masa de los Estados Unidos ha adquirido este sentimiento, esta conciencia política, pues no sé qué nombre darle. El cómo lo ha adquirido lo barruntará Vd. en la historia de los Estados Unidos por Bancroft. Es un hecho que se ha venido preparando de cuatro siglos; es la práctica de doctrinas y partidos vencidos y rechazados en Europa, y que con los peregrinos, los puritanos, los cuáqueros, el _habeas corpus_, el parlamento, el juri, la tierra despoblada, la distancia, el aislamiento, la naturaleza salvaje, la independencia, etc., se ha venido desenvolviendo, perfeccionando, arraigando. En Inglaterra hay libertades políticas y religiosas para los lores y los comerciantes; en Francia para los que escriben o gobiernan; el pueblo, la masa bruta, pobre, desheredada, no _siente_ nada todavía sobre su posición como miembros de una sociedad; serán gobernados monárquicamente, aristocráticamente, teocráticamente, según lo quieran, o no puedan resistirlo, los propietarios, los abogados, los militares, los literatos.
En Norte América, el yankee será fatalmente republicano, por la perfección que adquiere su sentimiento político, que es ya claro y fijo como la conciencia moral; porque es de dogma que la moral es adquirida, sin lo cual la revelación era inútil, y no se ha hecho revelación alguna a los hombres para guiarse en sus relaciones con la masa. Si una parte de la Union defiende y mantiene la esclavitud, es porque en esa parte la conciencia moral en cuanto al extranjero de raza, aprisionado, cazado, débil, ignorante, está en la categoría del _enemigo_, y por tanto, la moral no le favorece; pero, en todos los demás Estados, en todas las clases, o más bien, en la clase única que forma la sociedad, el sentimiento _político_, que debe ser inherente al hombre, como la razón y la conciencia, está completamente desenvuelto. De aquí nace que donde quiera que se reunan diez yankees, pobres, andrajosos, estúpidos, antes de poner el hacha al pie de los árboles para construirse una morada, se reunen para arreglar las bases de la asociación; un día llegará en que no se escriba este pacto, porque estará sobre-entendido siempre: y este pacto es, como ha visto usted en la ley orgánica del Oregon, una serie de dogmas, un decálogo. Cada uno creerá lo que cree; cada uno nombrará quien haya de gobernarlo; cada uno dirá de palabra y por escrito su pensamiento; será juzgado por un jurado, y se le admitirá fianza de cárcel segura por todo delito que no merezca pena capital.
Pero esta parte es solo la que puede formularse, que hay otra que está en las ideas y en las adquisiciones hechas; y es la más digna de estudiarse. Por ejemplo: un hombre no llega a la plenitud de su desenvolvimiento moral e inteligente sino por la educación; luego la sociedad debe completar al padre en la crianza de su hijo. Las escuelas gratuítas son coetáneas y a veces anteriores a la fundación de una villa. La sociedad necesita tener una voz suya, como cada individuo tiene la que le sirve para expresar sus sentimientos, opiniones y deseos; luego habrá _meetings_ y cámara de representantes que _enacte_ todos los quereres, y prensa diaria que se ocupe de los intereses, pasiones e ideas de grandes masas. Como la sociedad, aunque naciendo en el seno de los bosques, es hija y heredera de todas las adquisiciones de la civilización del mundo, aspirará a tener desde luego, o lo más pronto, posta diaria, caminos, puertos, ferrocarriles, telégrafos, etc., y de pieza en pieza llega usted hasta el arado, el vestido, los utensilios de cocina perfeccionados, de patente, el último resultado de la ciencia humana para todos, para cada uno.
Estos detalles, que pueden parecer triviales, constituyen, sin embargo, un hecho único en la historia del mundo. Vengo de recorrer la Europa, de admirar sus monumentos, de prosternarme ante su ciencia, asombrado todavía de los prodigios de sus artes; pero he visto sus millones de campesinos, proletarios y artesanos viles, degradados, indignos de ser contados entre los hombres; la costra de mugre que cubre sus cuerpos, los harapos y andrajos de que visten, no revelan bastante las tinieblas de su espíritu; y en materia de política, de organización social, aquellas tinieblas alcanzan a obscurecer la mente de los sabios, de los banqueros y de los nobles. Imagínese usted veinte millones de hombres que saben lo bastante, leen diariamente lo necesario para tener en ejercicio su razón, sus pasiones públicas o políticas; que tienen que comer y vestir, que en la pobreza mantienen esperanzas fundadas, realizables de un porvenir feliz, que alojan en sus viajes en un hotel cómodo y espacioso, que viajan sentados en cojines muelles, que llevan cartera y mapa geográfico en su bolsillo, que vuelan por los aires en alas del vapor, que están diariamente al corriente de todo lo que pasa en el mundo, que discuten sin cesar sobre intereses públicos que los agitan vivamente, que se sienten legisladores y artífices de la prosperidad nacional; imagínese usted este cúmulo de actividad, de goces, de fuerzas, de progresos, obrando a un tiempo sobre los veinte millones, con rarísimas excepciones, y sentirá usted lo que he sentido yo, al ver esta sociedad sobre cuyos edificios y plazas parece que brilla con más vivacidad el sol, y cuyos miembros muestran en sus proyectos, empresas y trabajos una virilidad que deja muy atrás a la especie humana en general. Los norteamericanos sólo pueden ser comparados hoy a los romanos antiguos, sin otra diferencia que los primeros conquistan sobre la naturaleza ruda por el trabajo propio, mientras los otros se apoderaban por la guerra del fruto creado por el trabajo ajeno. La misma superioridad viril, la misma pertinencia, la misma estrategia, la misma preocupación de un porvenir de poder y de grandeza.
Su buque es el mejor del mundo, el más barato, el más grande. Si en alta mar encontráis en un día de bolina una nave que cruza arrebatada por la borrasca, cuyas bocanadas inflan a reventar las velas, juanetes, alas y arrastraderas, el capitán francés, español o inglés de vuestro buque que ha tomado rizos a la vela mayor, os dirá a qué nación pertenece; os dirá, rechinando los dientes de cólera que es yankee; lo conoce en el tamaño, en la audacia, y más que todo en que pasa rozando su buque sin izar la bandera para saludarlo.
En los puertos o docks europeos vuestra vista tropezará con un departamento especial en que están reunidas fragatas colosales, que parecen pertenecer a otro mundo, a otros hombres; son los buques yankees que principiaron por agrandarse para contener mayor número de balas de algodón y han concluído por hacer un género en la construcción naval. Quince buques de vapor de los que hacen el servicio del Hudson, unidos por sus quillas y proas describen una calle de madera de una milla de largo. Si en un día de tempestad veis en el Havre o en Liverpool un buque empeñado en tomar la mar, es un buque yankee que tenía anunciada para aquel día su salida, y que el honor al pabellón, la gloria de las estrellas de su bandera, le prohiben aguardar, como lo harán los buques de otras naciones, a que el viento abonance. ¿Qué buques son los que persiguen las ballenas en los mares polares? Son casi exclusivamente los norteamericanos; y dentro de ese casco solitario, de aquel _squatter_ de las aguas, encontraréis una tripulación escasa, que no bebe licores, porque pertenece a la sociedad de templanza, hombres endurecidos en las fatigas, que arrancan a los peligros de la muerte un peculio para establecerse en los Estados cuando vuelvan, para tomar un lote de tierra y labrarse una propiedad y levantar una casa, y contar a sus hijos alrededor de la estufa de hierro colado sus aventuras de mar. El año pasado la reina Victoria se paseaba en su suntuoso _yacht_, acompañada del príncipe Alberto, por la bahía de Falmouth. Los buques todos estaban empavesados para honrar a las regias visitas. Sobre el tope del palo mayor de una fragata norteamericana veíase un marinero yankee parado en un pie, balanceándose con el buque que se mecía sobre sus anclas y tendiendo al aire su sombrero en una mano en señal de saludo. He aquí la expresión jeroglífica de la marina yankee. La reina se enfermó a la vista de aquel espectáculo. Un marinero inglés hubo, picado de amor nacional, de repetir la prueba. La reina lo prohibió con sus señales de espanto. ¿Lo habría hecho? No lo hizo, y eso basta. Era una imitación de la audacia ajena; el hombre es capaz de eso y mucho más; pero sólo el genio de un pueblo inspira la idea y el coraje de ejecutarlo.
Me detengo en este punto de la marina norteamericana, porque el buque es para el yankee su medio internacional, la prolongación de su nación para ponerse en contacto con todas las otras de la tierra; y en esta época de movimiento universal, el pueblo que tenga buques más ligeros, de construcción más barata y por tanto de fletes menos subidos, es el rey del universo. En el Mediterráneo, en los mares de la India y el Pacífico, anulan, suprimen y alejan de día en día toda otra marina y todo otro comercio que el suyo. Oh, reyes de la tierra, que habéis insultado por tantos siglos a la especie humana, que habéis puesto el pie de nuestros esbirros sobre los progresos de la razón y del sentimiento político de los pueblos revolucionarios, dentro de veinte años, el nombre de la República norteamericana será para vosotros como el de Roma para los reyes bárbaros. Las teorías, las utopías, de vuestros filósofos, desacreditadas, ridiculizadas por la tradición, la legitimidad, el _hecho consumado_, bien entendido que apoyados en medio millón de bayonetas, para que el ridículo sea eficaz, encontrarán el hecho también luminoso y triunfante.
Cuando los Estados de la Unión se cuenten por centenares, y los habitantes por cientos de millones, educados, vestidos y hartos, ¿qué váis a oponer a la voluntad tan soberana de la gran República en los negocios del mundo? ¿Vuestros guardianes de pordioseros? ¡Pero os olvidáis de las naves americanas que os bloquearían en todos los mares, en todos los puertos! Dios ha querido, al fin, que se hallen reunidos en un solo hecho, en una sola nación, la tierra virgen que permite a la sociedad dilatarse hasta el infinito, sin temor de la miseria; el hierro que completa las fuerzas humanas; el carbón de piedra que agita las máquinas; los bosques que proveen de materiales a la arquitectura naval; la educación popular, que desenvuelve por la instrucción general la fuerza de producción en todos los individuos de una nación; la libertad religiosa que atrae a los pueblos en masa a incorporarse en la población; la libertad política que mira con horror el despotismo y las familias privilegiadas; la República, en fin, fuerte, ascendente como un astro nuevo en el cielo; y todos estos hechos se eslabonan entre sí, la libertad y la tierra abundante; el hierro y el genio industrial; la democracia y la superioridad de los buques. Empeñaos en desunirlos por las teorías y la especulación; decid que la libertad, la educación popular, no entran por nada en esta prosperidad inaudita, que conduce fatalmente a una supremacía indisputable; el _hecho_ será siempre el mismo, que en las monarquías europeas se han reunido la decrepitud, las revoluciones, la pobreza, la ignorancia, la barbarie y la degradación del mayor número. Escupid al cielo, y ponderadnos las ventajas de la monarquía. La tierra se os vuelve estéril bajo las plantas, y la República os lleva sus cereales para alimentaros; la ignorancia de la muchedumbre sirve de base a vuestros tronos, y la corona que orna vuestras sienes brilla cual flor sobre ruinas; medio millón de soldados guardan el equilibrio de los celos y de la envidia de unos soberanos con otros, mientras la República, colocada por la Providencia en terreno propicio, como colmena de abejas, ahorra esas sumas inmensas para convertirlas en medios de prosperidad que da su rédito en acrecentamiento de poder y de fuerza. Vuestra ciencia y vuestras vigilias sirven sólo para aumentar el esplendor de aquélla. _Sic vos non vobis_ inventáis telégrafos eléctricos para que la unión active sus comunicaciones; _sic vos non vobis_ creasteis los rieles para que rodasen las producciones y el comercio norteamericano. Franklin tuvo la audacia de presentarse en la corte más fastuosa del mundo con sus zapatos herrados de labriego y sus vestidos de paño burdo; vosotros tendréis un día que esconder vuestros cetros, coronas y zarandajas doradas para presentaros ante la República, por temor de que no os ponga a la puerta, como a cómicos o truhanes de carnestolendas.
¡Oh! me exalta, mi querido amigo, la idea de presentir el momento en que los sufrimientos de tantos siglos, de tantos millones de hombres, la violación de tantos principios santos, por la fuerza material de los hechos elevados a teoría, a ciencia, encontrarán también el _hecho_ que los aplaste, los domine y desmoralice. ¡El día del grande escándalo de la República fuerte, rica de centenares de millones, no está lejos! El progreso de la población norteamericana lo está indicando; ella aumenta como ciento, y las otras naciones sólo como uno; las cifras van a equilibrarse y a cambiar en seguida las proporciones; y ¿estas cifras numéricas no expresarán lo que encierra en sí de fuerzas productoras y de energía física y moral del pueblo avezado a las prácticas de la libertad, del trabajo y de la asociación?
[1] _Journal of Travels over the Rocky Mountains to the Mouth of the Columbia River, made the years 1845 and 1846._
[2] Ley orgánica del Oregón, sancionada el 5 de julio de 1845.
[3] El presidente de Estados Unidos, en el Mensaje de 1848, pedía que se invitase a los habitantes del Oregón a entrar en relaciones con la Unión y reconociesen la autoridad común, como un territorio.
AVARICIA Y MALA FE