Part 4
Los proyectos de Colón entraban de lleno en la tradición y en las aspiraciones del pueblo castellano: ensanchar los dominios de la patria y llevar la fe católica á nuevas tierras. ¿Cómo, pues, podían ser nunca indiferentes estos proyectos ni al Rey ni á la Reina de Castilla?
Para precisar en lo posible la intervención de Don Fernando en los asuntos colombinos, importa distinguir en ellos la cuestión científica y la empresa política. Ahora bien: la primera era de todo en todo ajena á las condiciones personales de Don Fernando. La esfericidad de la tierra, los antípodas, la posibilidad ó imposibilidad de navegar á las Indias, competían á los doctos y podían interesar en algún modo á la ilustrada Reina, amantísima de las Ciencias y las Letras, favorecedora incesante de sabios y letrados; mas era imposible que hallasen eco en Don Fernando, hombre de Estado y de guerra como pocos, pero al propio tiempo uno de los Reyes más iletrados de su época.
El insigne autor _Del Rey y de la Institución Real_, tratando de lo necesarias que son las letras á los Príncipes, después de mencionar algunos que las cultivaron poco ó nada, escribía: «Tenemos ahora recientemente el ejemplo de Fernando el Católico, que no sólo ha logrado arrojar á los moros de toda España, sino también sujetar á su imperio muchas naciones; más ¿quién duda que si á su excelente índole se hubiese añadido el estudio, hubiera salido mucho más grande y aventajado?»
Y cuenta, que Mariana no es ciertamente parco en alabanzas para el Rey Católico, sino, por el contrario, abundante en elogios. En su _Historia de España_ lo califica de «varón admirable, el más valeroso y venturoso caudillo que de muchos años atrás salió de España.» «Príncipe el más señalado en valor y justicia y prudencia que en muchos siglos España tuvo.» «Tachas--añade--á nadie pueden faltar, sea por la fragilidad propia ó por la malicia y envidia ajena, que combate principalmente los altos lugares. Espejo, sin duda, por sus grandes virtudes, en que todos los Príncipes de España se deben mirar.»
La carencia de letras de Don Fernando fué tan evidente, que Guicciardini lo califica de _iliterato_ sin ambajes ni rodeos, en términos categóricos y precisos. En esta parte, contrastaba extraordinariamente Don Fernando, no sólo con su esposa, sino con su padre Don Juan II de Aragón, y mucho más todavía con su sabio tío Don Alfonso V. En aquellos días clásicos del Renacimiento, y en persona de las cualidades del Rey Católico, debía maravillar mucho más su incultura.
Cabe formar cabal idea de ella con saber que encontró excelente una de las crónicas más indigestas y destartaladas que conocemos, la _Crónica de los Reyes de Aragón_, de Fray Gauberto Fabricio de Vagad, hasta el punto de aumentar á su autor el salario que como cronista disfrutaba.
No es, por consiguiente, aventurado creer que Don Fernando no debió mezclarse en modo alguno en las disputas científicas á que dieron tanto motivo los proyectos de Colón, ni para favorecerlos ni para contrariarlos en este punto. Cuando las cosas pasaron del dominio de la ciencia al terreno de la política; cuando llegó el caso de negociar la empresa, no es creíble que dejase de intervenir en ella, si no en el grado y medida de la Reina, en algún modo. La oposición resuelta que se le atribuye es tan infundada como la protección decidida que otros le suponen.
Si Don Fernando hubiese sido adversario de Colón, éste, así como nos dejó dicha la protección especial de la Reina, nos habría contado ó indicado siquiera la oposición del Rey, á lo menos en sus documentos familiares. Por el contrario, á su hijo D. Diego, después de lamentar la muerte de Doña Isabel, escribía lo siguiente: «_Después_ (de encomendar á Dios el alma de la Reina) _es de en todo y por todo de se desvelar y esforzar en el servicio del Rey nuestro Señor, y trabajar de le quitar de enojos. Su Alteza es la cabeza de la cristiandad: ved el proverbio que diz: cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen. Ansí que todos los buenos cristianos deben suplicar por su larga vida y salud_, Y LOS QUE SOMOS OBLIGADOS Á LE SERVIR MÁS QUE OTROS, DEBEMOS AYUDAR Á ESTO CON GRANDE ESTUDIO Y DILIGENCIA.»
¿Se quiere prueba mayor de que Don Fernando, lejos de ser para Colón lo que las calumnias de algunos inventaron, fué, por el contrario, y por confesión del primer Almirante de las Indias, favorecedor verdadero é indiscutible?
Del mismo modo, Bernáldez y Oviedo, que conocieron á Colón, nada dicen de la supuesta oposición de Don Fernando. Es cierto que habla ya de ella en 1512, viviendo aún el Rey Católico, Juan Rodríguez Mafra, en su declaración en el famoso pleito de la Corona y los Colones; pero esta declaración aislada, eco de algún rumor infundado, no basta por sí sola para constituir prueba positiva. Es cierto, igualmente, que en la _Historia del primer Almirante_, atribuida á su hijo D. Fernando, se dice que Colón halló siempre al Rey «_poco apacible, aun contrario á sus negocios_;» mas no consta de un modo auténtico que esta obra saliese á luz tal y como la escribió D. Fernando, debiendo creerse, por el contrario, que hay en ella alteraciones y errores de bulto que no cabe atribuir en justicia al fundador de la Biblioteca Colombina.
Por último, la oposición de Don Fernando, tal y como nos la pintan sus autores, está en abierta contradicción con el carácter y condiciones de Don Fernando. Guicciardini (por no citar autores españoles), que trató y conoció muy bien al gran Monarca, escribía que «sus acciones, sus palabras y hábitos, y la opinión común que existe hoy, prueban que es un hombre muy prudente y muy reservado;» añadiendo en otro lugar: «es fácil llegar hasta él, y sus respuestas son gratas y muy atentas, y pocos son los que no salen satisfechos á lo menos de sus palabras.» «Me consta que sabe disimular más que todos los demás hombres.» «No es jactancioso, ni sus labios pronuncian nunca sino palabras pensadas y propias de hombres prudentes y rectos.»
Con estos antecedentes, podemos asegurar, sin temor de equivocarnos, que el Rey Católico, aun en el caso de ser contrario á los proyectos de Colón, no habría procedido nunca con la violencia y arrebato que se le supone; del mismo modo que su esposa, al abogar con entusiasmo por aquellos proyetos, no se habría nunca empeñado en contrariar abiertamente la voluntad de su esposo, ella, tan prudente en sus actos, tan respetuosa y amante de su marido. ¿Qué idea es esa que tienen algunos de las cualidades intelectuales y morales de la excelsa Soberana, suponiéndola, y en són de elogio, obrando por corazonadas y terquedades de heroína de folletín?
En suma: Don Fernando entró como debía entrar en la empresa descubridora, convencido y gustoso. Quizás en algunos puntos de las negociaciones, sobre todo en lo tocante á los extraordinarios privilegios que el gran navegante exigía (tanto ó más celoso de su provecho que de su gloria), opusiera, al principio, algún reparo el previsor y sagaz monarca. Sea de ello lo que fuere, es lo cierto que Don Fernando autorizó, por su parte, la empresa, sin lo cual las capitulaciones no habrían llegado jamás á feliz término.
Esto dicho, supongamos por un instante que no hubiese obrado así el gran Rey: ¿serían por eso menos grandes sus merecimientos, anteriores y posteriores al descubrimiento de las Indias? Tendría una gloria menos, y nada más. Sólo los servicios prestados á Castilla en otras empresas y de muchos modos, bastarían á conquistarle imperecedera nombradía. Oigamos á su magnánima compañera. Son sus palabras la mejor hoja de servicios que tenemos del Rey Católico. Recomendando á sus hijos la obediencia y amor que debían á su padre, les dice que era mucha razón que éste fuera «_servido e acatado e honrado más que otro padre, así por ser tan excelente Rey e Príncipe, e dotado e insignido de tales y tantas virtudes, como por lo mucho que ha fecho e trabajado con su Real Persona en cobrar estos mis Reynos que tan enagenados estaban al tiempo que yo en ellos sucedí, e en evitar los grandes males e daños e guerras que con tantas turbaciones e movimientos en ellos había e non con menos afrenta de su Real Persona: En ganar el Reyno de Granada e echar dél los enemigos de nuestra santa Fe Católica, que tantos tiempos habia que lo tenian usurpado e ocupado: en reducir estos Reynos á buen regimiento e gobernación e justicia, segun que hoy por la gracia de Dios están_.»
¿Cabe elogio más exacto y cumplido de los merecimientos de Don Fernando? Está visto que los mismos Reyes Católicos han de ser siempre los que defiendan el uno al otro de injustos olvidos ó infundadas suposiciones.
Es inútil que algunos se esfuercen en divorciar el matrimonio más afortunado y bien avenido que ha podido existir sobre la tierra. Sus hechos, sus palabras, protestarán siempre, aun desde el fondo del sepulcro, donde, unidos, descansan. Y si en monumentos modernos, olvidando la antigua y loable costumbre, aparece uno solo de los egregios consortes; si se ha creído de este modo enaltecer las glorias de la gran Reina, olvidando ó desconociendo las no menos grandes del vencedor de Toro y del conquistador de Granada, provocando futuras represalias, no menos injustas, todo español protestará siempre contra tales arbitrariedades, y más alto que nadie la Reina Católica con aquellas palabras de su voluntad postrera, en que decía: «_Quiero que mi cuerpo sea sepultado junto con el cuerpo de Su Señoría, porque el ayuntamiento que tovimos viviendo, y que nuestras ánimas espero en la misericordia de Dios ternán en el cielo, lo tengan é representen nuestros cuerpos en el suelo._»
[Ilustración]
EL CARDENAL MENDOZA EN EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
Después de los Reyes Católicos, el personaje naturalmente llamado á intervenir en primer término en la empresa colombina era el gran Cardenal de España D. Pedro González de Mendoza, Canciller mayor de Castilla, que hoy diríamos primer ministro; el cual, como escribía el Padre Las Casas, «por su gran virtud, prudencia, fidelidad á los Reyes y generosidad de linaje y de ánimo, y eminencia de dignidad, era el que mucho con los Reyes privaba;» en tales términos, que bien pudo apellidarle el cronista contemporáneo Pedro Mártir de Angleria: _Tertius Hispaniae Rex_, Tercer Rey de España.
Se dirá que no conocemos documento alguno de la época que nos hable de la intervención real y efectiva del Cardenal en las negociaciones colombinas, siendo como son muchos los que han llegado á nosotros referentes á otros hechos de su vida. Es no menos cierto que ni el cronista de los Reyes Católicos, Bernáldez, ni el primitivo historiador del descubrimiento, el ya citado Pedro Mártir de Angleria, hacen mención alguna del Cardenal al tratar de este punto. Es verdad, por último, que el biógrafo más antiguo del célebre Purpurado, Francisco de Medina y Mendoza, con referirnos hasta la parte _non sancta_ de la vida de su biografiado, por ejemplo, sus amores con Doña Mencía de Lemos, siendo ya Obispo de Sigüenza, y lo que es más, atribuyendo como atribuye al Cardenal eminente participación en los hechos de su época, nada nos dice de su intervención en la empresa descubridora, mencionada después por los biógrafos posteriores Salazar y Mendoza, Porreño, Sánchez Gordillo y otros.
Con arreglo á estas observaciones podrían tal vez algunos, cuando no negar, poner al menos en tela de juicio la participación natural y legítima del Canciller en el asunto que examinamos. Pero al proceder así, con visos de justicia, obrarían realmente de ligero, porque todos esos argumentos negativos carecen de consistencia, como vamos á ver.
En primer lugar, el silencio de Bernáldez y Angleria se explica fácilmente con decir que uno y otro hablan únicamente de Colón y los Reyes Católicos, omitiendo por completo los nombres de los intermediarios entre el marino genovés y los Reyes de Castilla; por lo cual, de su silencio en esta parte no podrá inferirse nunca que no existieran tales mediadores.
Consta del modo más positivo la intervención de algunos de ellos, aun por testimonios del propio Colón y de los mismos Reyes Católicos. La omisión del biógrafo más antiguo del Cardenal corre parejas con otra por el estilo, en hechos probados, tales como la toma de Loja, en cuyos hechos tuvo mucha parte el insigne Arzobispo de Toledo.
Y por lo que toca á la carencia de documentos, es cierta, entendiendo por tales únicamente las cartas, los diplomas y otros documentos oficiales y privados de igual clase, pero no lo es si consideramos como documentos de idéntico valor y alcance las declaraciones y memorias de historiadores de la época, en cuyo caso se encuentra, afortunadamente, el importante testimonio del cronista Fernández de Oviedo, testigo de mayor excepción de los sucesos, criado en la Corte de los Reyes Católicos, paje del Príncipe Don Juan, y que conoció á Colón y al Cardenal, así como á otras muchas personas conocedoras de los hechos.
Ahora bien: Oviedo, no sólo menciona la intervención de Mendoza en las negociaciones colombinas, sino que la concreta y precisa en términos convincentes, diciendo que Colón, recién llegado á la Corte, por intercesión de Alonso de Quintanilla, Contador mayor de los Reyes, «fué conosçido del reverendíssimo é ilustre cardenal de España, arçobispo de Toledo, D. Pedro Gonçalez de Mendoça, el qual començó á dar audiencia á Colom, é conosçio dél que era sabio e bien hablado, y que daba buena raçon de lo que decía. Y túvole por hombre de ingenio é de grande habilidad; e concebido esto, tomóle en buena reputación é quísole favoresçer. Y como era tanta parte para ello, por medio del Cardenal y de Alonso de Quintanilla fue oydo del Rey e de la Reyna; é luego se prinçipió á dar algun crédito á sus memoriales y peticiones é vino á concluirse el negoçio.»
En las palabras que acabo de transcribir está el origen y la fuente de cuanto después se ha escrito sobre la materia, desde Fray Bartolomé de Las Casas y Francisco López de Gómara hasta los historiadores de nuestros días, españoles y extranjeros. Lo que tiene es, que no todos se han contentado con referir puntualmente las cosas tal y como las cuenta Fernández de Oviedo, permitiéndose, por el contrario, como en otros tantos puntos de la historia colombina, alteraciones y ensanches; más aún: innovaciones de pura imaginación, abiertamente opuestas á la verdad de los hechos.
En este último caso se hallan la especie consignada por el abad Gordillo al afirmar que el Cardenal «aiudó á los Reies Cathólicos con dineros que por medio de Christóual Colon tratasen del descubrimiento de las Indias;» la no menos fantástica, que leemos en W. Irving, de que Mendoza, cuando se le habló de los proyectos de Colón, se alarmó vivamente, creyendo vislumbrar en ellos algunas proposiciones heréticas; y por último, la novelesca suposición del Conde Roselly de Lorgues, de que el Cardenal «dès qu’il eut vu Colomb, il comprit sa supériorité», sin necesidad siquiera de conocer sus intentos, «_au premier coup d’œil_» únicamente.
Hay que añadir á estas patrañas la popular conseja, que aún hoy circula so color de hecho histórico, á pesar de las sólidas impugnaciones de Navarrete, vulgarmente conocida con el nombre de _El huevo de Colón_, que se supone haber ocurrido en un banquete con que obsequió en Barcelona al primer Almirante de las Indias, al regreso de su primer viaje, el gran Cardenal de España. Banquete imaginario, á cuya divulgación ha contribuído no poco la conocida estampa de Teodoro Bry, tan imaginario como las invenciones mencionadas en el párrafo precedente.
En cambio, los hechos que nos cuenta Fernández de Oviedo, aun prescindiendo de la autoridad que les presta el testimonio de su autor, conforman perfectamente con las condiciones y prendas personales del Cardenal Mendoza, y se comprueban al mismo tiempo por hechos análogos y por circunstancias históricas íntimamente relacionadas con ellos.
La privanza de Alonso de Quintanilla con el Cardenal, y la de éste con los Reyes, hechos son de absoluta evidencia en la historia de aquella época. Nada, pues, menos extraño que fuese conocido Colón del Cardenal por intercesión de Quintanilla, y de los Reyes por mediación del Cardenal, ó del Cardenal y Quintanilla á un tiempo.
Las audiencias dadas por Mendoza á Colón, aun sin recomendaciones especiales al efecto, habrían seguramente existido, no sólo por la naturaleza del asunto de que se trataba y las obligaciones que el alto cargo que el Canciller Mayor de Castilla desempeñaba le imponían, sino también porque en aquellos tiempos era quizá más fácil que hoy el acceso á los grandes personajes, incluso los mismos Reyes, máxime por lo que respecta al gran Cardenal, de quien sabemos que «notóse mucho dél que nunca tuvo ora ynpedida ni retirada para el que le hubiese menester hablar, ni nunca negó su ayuda ni haçienda al que llegase á él con neçesidad della.»
Es posible, mejor dicho, natural y lógico, que en dichas audiencias conociese los talentos de Colón; más todavía: la naturaleza é importancia de sus proyectos, si no con la profundidad y amplitud que las personas especialmente versadas en las ciencias, al menos con perspicacia y cultura propias de su elevada inteligencia.
Habituados como estamos á representarnos solamente al gran Canciller en los consejos de la Corona y en los campos de batalla, hemos llegado á olvidar ó desconocer al hombre inteligente y culto en otros órdenes, y al favorecedor de las ciencias y de las letras. Heredero de las aficiones literarias de su ilustre padre el gran Marqués de Santillana, fué Mendoza de todos los hijos del docto prócer el que mostró más favorables disposiciones para los estudios, por cuya razón fué enviado á Salamanca, donde cursó Cánones y Leyes y se ejercitó en el manejo de los clásicos, con tal aprovechamiento, que su padre le encargaba la traducción de algunas obras (son sus palabras) «por consolaçión y utilidat mía e de otros», «En la prosa castellana tenía harto buena elegancia clara, donde se muestra su entendimiento y eloquencia», escribía el más antiguo de sus biógrafos. De su protección á los estudios habla por todas las memorias que podría citar aquí la fundación del colegio de Santa Cruz de Valladolid, uno de los más notables que España ha tenido. Especialista, digámoslo así, para distinguir los hombres de mérito, y generoso sin medida para favorecerlos, Cisneros, Deza, Talavera, Quintanilla, y tantos otros varones insignes como enaltecieron el reinado de los Reyes Católicos, debieron, en todo ó en parte, su encumbramiento al insigne Prelado de Toledo. ¿Qué extraño, pues, que quisiese favorecer también los proyectos de Colón? Lo extraño, precisamente, hubiera sido lo contrario.
Pero los proyectos del gran navegante, así en el orden de la ciencia como en la esfera política, requerían amplias y maduras deliberaciones por parte de los sabios y estadistas, y á ellos debían ser y fueron confiados. Ni los Reyes ni el Cardenal-Ministro debían resolver de plano, por pura simpatía, cuestiones tan nuevas y tan graves. Así, pues, la obra personal de Mendoza, como la de la Reina, sobre todo en los comienzos de la negociación, no podía ir más allá de las favorables inclinaciones que sentían en pro de la empresa, dejando su resolución á la competencia de los doctos.
Y no se diga á este propósito que el Cardenal lo podía todo con los Reyes: que ni en la paz ni en la guerra determinaron nunca nada de importancia sin su parecer, ni se dió el caso de que le negaran jamás cosa que les suplicase. Todo esto es verdad; pero no lo es menos que el Cardenal-Arzobispo mereció siempre tal valimiento, no sólo por su fidelidad y sus servicios verdaderamente incomparables, sino ante todo y sobre todo por la madurez y prudencia con que trataba los negocios, oyendo siempre el dictamen de sabios y letrados, á los que tenía por costumbre encomendar el examen de las cuestiones arduas, entre las cuales ningunas tanto como las cuestiones colombinas. Lo que sí puede decirse que en la resolución de éstas, en el terreno político y de Estado, debió entrar por mucho la intervención y el parecer del Canciller Mayor de Castilla, no sólo por razón de su cargo, sino por sus merecimientos y prendas personales.
Era el Cardenal Mendoza como Ministro lo que los Reyes Católicos como soberanos. Pocas veces en la historia de España se ha dado el caso como entonces de adecuidad tan proporcionada y excelente. Noble, sacerdote, militar, político, letrado, Mendoza reunía en su persona las condiciones necesarias para estar al frente del Gobierno de Castilla en época como la suya, y ejercer universal influjo en todos los órdenes de la sociedad española.
Hijo de una de las casas más nobles y opulentas de Castilla, la aristocracia veía en él insigne representante á quien podía obedecer sin mengua de su orgullo; más todavía: sin la repugnancia con que resistió después el poder de Cisneros, cuyo humilde origen mortificó siempre la soberbia de los nobles castellanos.
Personaje ya influyente en la corte de Don Juan II y en la de Don Enrique IV, fué la más valiosa adquisición con que pudieron contar los Reyes Católicos en el principio de su reinado. En la batalla de Toro peleó como el más valiente soldado en compañía del Rey Católico, y lo mismo en la guerra de Granada, señaladamente en la toma de Loja. Su cruz fué puesta en la más alta torre de la Alhambra, en la conquista de Granada. Y las pingües rentas de sus dignidades eclesiásticas contribuyeron no poco á estas empresas.
Por último, si por la grandeza de los discípulos puede juzgarse la de los maestros, por la de Cisneros puede ser apreciada la de su maestro y protector especialísimo el gran Cardenal de España. La gloria de Cisneros, lejos de eclipsar, aumenta el brillo de la gloria de Mendoza. En estos días preparatorios de la celebración del Centenario, el nombre del Canciller mayor de los Reyes Católicos debe ser recordado, en justa veneración y cariño, no sólo como favorecedor del gran navegante, sino como una de las figuras más nobles de nuestra historia y de las que más han contribuído á la prosperidad y esplendor de nuestra patria.
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COLÓN Y FRAY DIEGO DE DEZA
Los modernos historiadores colombinos, todos, amigos como adversarios del gran descubridor, están contestes en contar entre los mayores favorecedores de Colón y de su empresa al sabio catedrático de la Universidad salmantina, maestro doctísimo del Príncipe Don Juan, D. Fr. Diego de Deza.
En cambio, ni los primitivos historiadores de Indias, ni el único cronista de los Reyes Católicos que trata del descubrimiento, ni los antiguos biógrafos del insigne dominico, nos han dejado noticia alguna referente á este punto. El silencio de Pedro Mártir de Angleria y el de Gonzalo Fernández de Oviedo son menos de notar que el del célebre Cura de los Palacios, que fué Capellán de Deza, y que, en su virtud, debía estar bien enterado en la materia, y tenía motivos de gratitud y respeto para no haber callado hechos que, de ser verdaderos, honraban sobremanera á su ilustre favorecedor y Prelado.
Todavía, por lo que toca á Fernández de Oviedo, es de advertir que no sólo en su _Historia general de las Indias_, sino en las noticias que escribió de Deza en sus _Quincuagenas_, omite por completo toda memoria concerniente á la participación del preceptor del Príncipe Don Juan en el descubrimiento del Nuevo Mundo. Y sube de punto la extrañeza teniendo en cuenta que Oviedo fué paje del primogénito de los Reyes Católicos, que conoció y trató mucho á Deza, y, sobre todo, que en las _Quincuagenas_ nos habla de diferentes protegidos de D. Fray Diego, y nada mas nos dice, ni de lejos ni de cerca, del primer Almirante de las Indias.