Part 3
En cambio las conferencias consagradas á los descubridores y conquistadores han resultado esencialmente armónicas en la exposición de las empresas y en el juicio de los héroes que las llevaron á cabo. Cortés, Balboa, Pizarro, Valdivia, Magallanes, Elcano, Solís, Quirós, se destacan del fondo de esas doctas lecciones con la grandeza y majestad que corresponde á sus hechos inmortales. Cabe decir otro tanto del Pacificador del Perú y del venerable Obispo de la Puebla de los Ángeles, cuyos grandes merecimientos han sido noble é imparcialmente patentizados en elocuentes conferencias. Ovando, Bobadilla, la condición social de los indios, la propagación del Cristianismo, el Consejo y las leyes de Indias, el Virreinato, el apostolado redentor de los misioneros, las campañas jurídicas de Fr. Bartolomé de las Casas, el influjo científico del descubrimiento; en suma, la obra civilizadora de España en el Nuevo Mundo, han tenido inteligentes intérpretes en nuestras conferencias. Y para que nada faltase, ha venido á tomar parte en ellas ilustre escritora que ha mantenido con gloria la doble representación de su sexo y de su elevada inteligencia.
Sólo en el orden político y religioso ha existido alguna vez disconformidad verdadera al apreciar la bondad y alcance de la civilización española, y, sobre todo, al compararla con la de los pueblos germánicos. El Ateneo ha escuchado con el mayor respeto y con la más afectuosa consideración las doctrinas sustentadas por todos los conferenciantes, demostrando una vez más que tiene bien ganado el nombre de culto y tolerante que disfruta.
Resta sólo que el magnífico espectáculo de fraternidad y unión que hemos venido ofreciendo sirva de ejemplo y estímulo á todos los actos del Centenario, y que la conmemoración de la mayor empresa de nuestra historia sea principio de una nueva edad de amor y de concordia entre todos los españoles, y entre los españoles, portugueses y americanos.
HE DICHO.
[Ilustración]
LOS REYES CATÓLICOS EN EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
I
Así como en lo pasado y en lo presente han pretendido algunos menoscabar la legítima gloria del descubridor del Nuevo Mundo, en provecho de subalternas figuras, no han faltado, ni faltan, por desgracia, quienes intenten de igual modo amenguar la obra de la Corona de Castilla en el descubrimiento, atribuyendo soñadas participaciones á la Corona de Aragón en esta hazaña incomparable.
El colmo de la arbitrariedad en este punto corresponde de derecho á la especie consignada en unas _Gestas Catalanas_, que vieron la luz pública en el _Calendari Catalá_ de 1864, en las cuales, hablando del primer viaje de Colón, se dice «_que había ido al Nuevo Mundo bajo la protección del Rey Don Fernando el Católico, y con los dineros que le había dado la ciudad de Barcelona_.»
Por fortuna, no ya los historiadores más autorizados, sino los padres mismos del descubrimiento, á quienes hay que suponer mejor enterados de los hechos que el novísimo autor de las _Gestas Catalanas_, nos han dejado abundantes y concluyentes testimonios para saber á qué atenernos en la materia, de la manera más evidente y positiva. Á un lado historiadores y críticos. Interroguemos directamente á Colón y á los Reyes Católicos.
El conquistador de Granada, en su testamento, otorgado el 20 de Enero de 1516, al instituir heredera de sus reinos de la Corona de Aragón á su hija Doña Juana, no comprende entre ellos en modo alguno las islas y tierra firme del mar Océano, esto es, el Nuevo Mundo. Sin duda no pertenecía, ni en todo ni en parte, á su Corona aragonesa, cuando no lo menciona. No cabe atribuirlo á olvido, porque no los hay de tanta monta, ni menos aún en documentos de esta clase.
En cambio su egregia esposa, la magnánima Reina de Castilla, en su testamento, fechado en Medina del Campo el 12 de Octubre de 1504, habla de las islas y tierra firme del mar Océano como parte integrante de sus reinos de Castilla. Y ¿por qué? Sea la gloriosa Reina quien nos responda. «_Por quanto..... fueron descubiertas e conquistadas á costa destos Regnos e con sus naturales dellos._»
Véase, pues, cuánta verdad encierra la vieja letra:
Por Castilla y por León Nuevo Mundo halló Colón.
Ó esta otra, no menos exacta:
Á Castilla y á León Nuevo Mundo dió Colón.
¿Á qué intentar hoy reformarlas, contra toda verdad y justicia?
Hoy la gloria del descubrimiento de América es de toda España, porque no hay ya ni Castilla, ni Aragón, ni León, ni Navarra, sino, afortunadamente, provincias de la Nación española; pero cuando se trata de recordar el origen de su descubrimiento, fuerza será que todos reconozcan, en justo homenaje de admiración y gratitud á sus héroes, que este acontecimiento, tan capital en la Historia, fué obra tan exclusiva de la Corona de Castilla como las empresas de aragoneses y catalanes otros días, orgullo igualmente hoy de todos los españoles, de la Corona de Aragón.
Oigamos ahora al primer Almirante de las Indias, tocante á sus negocios con los Soberanos de Castilla; ¡qué autoridad más competente y decisiva que la suya! Después de referir á los Reyes sus navegaciones y estudios, añade: «_Me abrió Nuestro Señor el entendimiento con mano palpable á que era hacedero navegar de aquí á las Indias, y me abrió la voluntad para la ejecucion dello_.» «_Con este fuego vine á vuestras Altezas....._» «_Siete años se pasaron en la plática_», «_disputando el caso con tantas personas, de tanta autoridad, y sabios en todas artes, y en fin concluyeron que todo era vano_.» «_Dios fue en mi favor, y después de Dios sus Altezas_.» «_Plugo á sus Altezas de me dar aviamiento y aparejo de gentes y navios_» «_y de me hacer su Almirante en el mar Océano..... Virrey y Gobernador de la tierra-firme é islas que yo fallase y descubriese....._»
Sirvan estas frases de Colón, entresacadas fielmente de sus documentos, de cumplida respuesta á los que, por ignorancia ó por malicia, privan de toda participación en las negociaciones colombinas á uno de los dos Monarcas reinantes, quiénes á Don Fernando, quiénes á Doña Isabel. Los dos, de hecho y de derecho, intervinieron en aquellas negociaciones inmortales; los dos autorizaron las capitulaciones con el gran navegante: en nombre de los dos partió á descubrir; en nombre de los dos tomó posesión de las tierras descubiertas; á los dos alabanza y gloria.
Pero ¿fué igualmente efectivo en los dos Reyes el favor que dispensaron á los proyectos de Colón? Ó en otros términos: ¿cabe atribuirles la misma participación, el mismo apoyo en la iniciativa, curso y resolución de las negociaciones? Salgamos del terreno legal y político, y entremos en el orden privado. Prescindamos ahora de los documentos oficiales de Colón á los dos Reyes, y acudamos á las cartas del gran descubridor. De estas cartas se deduce con la mayor evidencia que, no sólo en los tratos para el descubrimiento, sino en todo y siempre, fué incomparablemente más grande el patrocinio de la Reina.
Recordando la acogida que tuvieron al principio sus proyectos, decia: «_En todos hobo incredulidad, y a la Reina mi Señora dió dello el espíritu de inteligencia y esfuerzo grande, y lo hizo de todo heredera como á cara y muy amada hija._» Refiere los inconvenientes que todos oponían á su pensamiento, y añade: «_Su Alteza lo aprobaba al contrario y lo sostuvo hasta que pudo._» «_El esfuerzo de Nuestro Señor y de su Alteza fizo que yo continuase._»
En los días tristes en que el desposeído Virrey y Gobernador de las Indias procuraba con ahinco el cumplimiento de las reparaciones ofrecidas, al saber que la gran Reina estaba en trance de muerte, escribía: «_Plega á la Santa Trinidad de dar salud á la Reina nuestra Señora, porque con ella se asiente lo que ya va levantando._» Muerta Doña Isabel, daba rienda suelta á su dolor en estas sentidas y elocuentes palabras, verdadero retrato de la gloriosa Reina: «_Lo principal es de encomendar afectuosamente con mucha devoción el ánima de la Reina nuestra Señora á Dios. Su vida siempre fué católica y santa, y_ PRONTA Á TODAS LAS COSAS DE SU SANTO SERVICIO; _y por eso se debe creer que está en su santa gloria, y fuera del deseo deste áspero y fatigoso mundo_.»
La justicia y el cariño de Colón á su gran protectora son comparables únicamente á los de ésta con su protegido, «_home sabio é que tiene mucha plática é experiencia en las cosas de la mar_», como le llama la misma Reina en una de sus cartas. Es el juicio más verdadero y compendioso que conozco del descubridor del Nuevo Mundo.
No es de extrañar que en las negociaciones relativas al descubrimiento tuviese participación tal y tan grande la Reina Católica. En los asuntos de sus reinos de Castilla y de León, singularmente los de mayor magnitud y alcance, como el presente, ejerció siempre el mismo influjo. Verdad es esta que reconocen por entero, no ya los escritores castellanos, sino los mismos historiadores aragoneses, si bien, como tales aragoneses, atribuyendo el origen, no á las verdaderas causas, sino, como hace Zurita, «á la condición de la Reina, que era de tanto valor y de tan gran punto, que no parecía contentarse con tener con Don Fernando el Gobierno del Reyno como con su igual», por cuyo motivo el Rey «se vió forzado á llevar aquel Gobierno en su compañía con tanta disimulación y mansedumbre.»
Semejantes juicios son tan inexactos como los de algunos historiadores castellanos referentes al Rey Católico. Más adelante, en que he de tratar exclusivamente de Don Fernando y de su participación personal en el descubrimiento, me haré cargo de estas injusticias, para desvanecerlas con pruebas y documentos de igual clase de los que empleo en el presente estudio.
La pasión de Zurita es tan ciega, por amor á su Rey, que le lleva hasta el extremo de atribuir por entero á Don Fernando la gloria de la expedición descubridora, omitiendo en absoluto, al tratar de este hecho, no sólo la participación, sino hasta el nombre de la Reina Isabel. Pase que se hubiera hecho en las ediciones romanas de la traducción latina de la relación de Colón de su primer viaje. Pase igualmente que autores extranjeros, como el italiano Paolo Giovio y el portugués Juan de Barros, incurran en el mismo error, engañados acaso por las ediciones romanas que acabo de indicar. Pase, por último, que historiadores aragoneses y catalanes de segunda fila lo reproduzcan ó lo inventen de nuevo. Pero ¡historiador tan circunspecto y bien informado, ordinariamente, como el insigne analista aragonés!... Verdaderamente es doloroso cuanto incomprensible, tanto más teniendo en cuenta la admiración justísima que tributa á la Reina en diferentes lugares de su _Historia de Don Hernando el Cathólico_, sobre todo en el cap. LXXXIV, donde, al referir la muerte de la Reina, dice que «ella fué tal, que la menor de las alabancas que se le podía dar era, aver sido la más excelente y valerosa muger que huvo, no sólo en sus tiempos, pero en muchos siglos.»
Con verdadera imparcialidad, por su cualidad de extranjero, el más eminente de los historiadores de Italia, Francisco Guicciardini, Embajador de la Señoría de Florencia en la corte del Rey Católico, poco después de la muerte de la Reina, en la _Relación_ de su viaje, traducida y publicada en la colección de _Libros de antaño_, al tratar de los grandes hechos de España en el reinado de los Católicos Reyes, escribía estas palabras, no tenidas hasta ahora en cuenta para el estudio de aquél período: «Y en esas acciones tan memorables no fué menor la gloria de la Reina, sino que, antes al contrario, todos convienen en atribuirle la mayor parte de estas cosas, _porque los negocios pertenecientes á Castilla se gobernaban principalmente por su mediación y autoridad_. Despachaba los más importantes, y en los ordinarios no era menos útil persuadirla á ella que á su marido. Ni esto se puede atribuir á falta de capacidad del Rey, pues por lo que hizo después se comprende fácilmente cuánto valía; por cuya razón, ó hay que decir que la Reina fué de mérito tan singular que hubo de aventajar al mismo Rey, ó que siendo suyo el reino de Castilla, su esposo, con algún fin loable, lo dejase encomendado á su gobierno.»
«Cuéntase, añadía, que la Reina fué muy amante de la justicia, muy casta, y que se hacía amar y temer de sus súbditos; muy ansiosa de gloria, liberal y de ánimo muy generoso.» En su _Historia de Italia_, decía que fué la gran Reina (lo dejaré en italiano para conservar la hermosura de la frase) «_donna di onestissimi costumi, e in concetto grandissimo nei Regni suoi di magnanimità e prudenza_.»
La prudencia de la Reina fué tal siempre, que no conozco un sólo hecho en que no se manifestasen juntamente el cariño y la consideración debidas á su marido. Básteme recordar aquí un hecho que habla por todos, precisamente de historia aragonesa. Asistió una vez á una fiesta de toros, y fué tal la repugnancia que este espectáculo le produjo, que, según escribía á su confesor, «_luego, allí propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, ni ser en que se corran;» pero_--añade--«_defenderlos_ (prohibirlos) _no_, PORQUE ÉSTO NO ERA PARA MÍ Á SOLAS», esto es, sin que fuese también en ello su marido.
Mas ¿qué ejemplo de prudencia mayor que el que nos ofrece su conducta en lo relativo á las negociaciones colombinas? Creyente en los proyectos de Colón, más que por ningún otro motivo por la causa suprema que inspiró siempre sus grandes acciones, la Religión Católica, por llevar la fe de Cristo á nuevas tierras, lejos de proceder novelescamente á impulsos de irreflexivos arrebatos de su corazón de mujer, como tanto se ha supuesto infundadamente, obró, por el contrario, con la gravedad y circunspección de una gran Reina, haciendo que asunto tan dudoso se examinase detenidamente en su Real Consejo y se discutiese por las personas más entendidas, hasta que las cosas tuvieron la madurez necesaria y la Corona de Castilla, conquistada Granada, estuvo en condiciones de acometer tan singular aventura.
Ya veremos, en artículos consagrados á los verdaderos favorecedores de Colón cerca de los Católicos Reyes, singularmente de la Reina, cómo la influencia real y efectiva de todos ellos se inspiró siempre en los ejemplos de religiosidad y de prudencia de su católica Soberana, y en el cariño, confianza y respeto que en todos infundían sus admirables virtudes.
Huérfana de padre á los tres años de edad, viviendo con una madre loca en el apartamiento de Arévalo, educada en la escuela de la adversidad y de las privaciones, entregada á sí misma, la extraordinaria prudencia de su entendimiento y la inmensa fe religiosa de su corazón fueron desde la infancia los maravillosos resortes de aquella voluntad invencible, de aquel carácter magnánimo, admiración y encanto de sus vasallos, como después de los españoles todos, que vieron y verán siempre en ella la encarnación más sublime de las ideas y sentimientos, de los ideales y aspiraciones eternas de nuestra patria.
Su nombre, pronunciado siempre con filial ternura, de siglo en siglo, por la familia española de la Península, que exaltó á su mayor grandeza, como de la tierra americana, que ayudó á descubrir, ha sido igualmente siempre admiración de las naciones extrañas. Los elogios de Paolo Giovio y Justo Lipsio, de Bayard y de Comines, de Guicciardini y Navagero, así como los modernos de Robertson y Gervinus, de Prescott, Irving y tantos otros, acreditan sobremanera la merecida universalidad de alabanzas tributadas á su gloria.
Entre los homenajes rendidos á sus admirables excelencias, hay uno que de intento he reservado para lugar aparte y preferente: el homenaje que el no extinguido afecto, y acaso los remordimientos de haber subido al tálamo y al trono de la gran Reina á otra mujer después de ella, dictaban al Rey Católico, moribundo, en su testamento:
«Entre las muchas y grandes mercedes, bienes y mercedes--dice--que de Nuestro Señor, por su infinita bondad, y no por nuestros merecimientos, habemos rescebido, una é muy señalada ha sido en habernos dado por muger é compañía á la Serenísima Señora Reina Doña Isabel, nuestra muy cara y muy amada mujer, que en gloria sea, el fallescimiento de la qual sabe Nuestro Señor quánto lastimó nuestro corazón, é el sentimiento entrañable que dello tuvimos, como es muy justo; que allende de ser tal persona, y tan conjunta á Nós, merecia tanto por sí, en ser dotada de tantas y tan singulares excelencias, que ha sido su vida exemplo en todos actos de virtud é del temor de Dios, _é amaba é celaba tanto nuestra vida, salud é honra, que nos obligaba á quererla y amarla sobre todas las cosas de este mundo_.»
He aquí, noblemente declarados por el Rey Católico, los motivos verdaderos del valimiento y del influjo que en él ejercieron las excepcionales cualidades de su augusta esposa. Sirvan de respuesta las frases del Rey de Aragón á sus panegiristas aragoneses, y veamos todos en ellas la explicación cumplida del «_amor é unión é conformidad en que el Rey mi Señor é yo estuvimos siempre_», que decía Doña Isabel en su testamento, proponiéndolos como ejemplo á sus hijos; conformidad, unión y amor que hicieron posibles una nueva edad de prosperidad y de unión entre todos los españoles, y el engrandecimiento y gloria de España en ambos continentes.
II
Si la Reina Católica favoreció decididamente los proyectos de Colón, mereciendo, en justicia, el título de protectora del gran navegante; si su participación en las negociaciones colombinas fué mucho mayor sin duda que la de su augusto esposo, ¿hemos de inferir por ello que ha de corresponder necesariamente al gran Monarca el papel contrario, esto es, el de adversario de Colón, como algunos suponen? ¿Hemos de reconocer tampoco, como otros afirman, que la participación de Doña Isabel excluye por entero la de Don Fernando?
La especie más extendida, sobre todo fuera de España, es la que coloca al Monarca de Aragón y de Castilla en abierta oposición á la empresa descubridora, más aún á todos los actos de Cristóbal Colón antes y después del descubrimiento; llegándose en este punto, en menguados escritos como los del Conde Roselly de Lorgues, hasta el extremo de presentarnos al gran Rey como el peor de los hombres y de los reyes, monstruo de perversidad y de envidia, de avaricia y de falsía, no ya enemigo, sino perseguidor y verdugo del primer Almirante de las Indias.
Y, sin embargo, para vergüenza de nuestra patria, hay quienes, presumiendo de historiadores y de españoles, admitan sin reparo, divulguen con amor y encomien con entusiasmo semejantes patrañas, mejor dicho, miserables calumnias, tan opuestas á la verdad como atentatorias al honor y la gloria del Rey Católico por excelencia, uno de los monarcas más insignes que hemos tenido, y uno también de los más grandes que registra la historia.
Por lo que toca á la participación del Rey en el descubrimiento de América, examinadas y comprobadas una por una las doctrinas sustentadas hasta el presente, es ante todo cierto que no cabe suponer, en justicia, á Don Fernando ni protector entusiasta, ni enemigo declarado de los proyectos de Colón.
La protección del Rey Católico ha sido, y aun es hoy, mantenida por algunos escritores de la Corona de Aragón. Obra del cariño al Monarca aragonés, cuando no de tendencias regionalistas más ó menos pronunciadas, las afirmaciones de estos autores carecen de toda prueba. Así se explica que otros escritores, naturales también de los antiguos reinos de Aragón, se hayan creído obligados á rebatirlas, poniendo más alto los sagrados derechos de la verdad que los apasionamientos infundados.
Dormer, Argensola y Lasala, en otros días, y en los presentes escritores que no nombraré, pretenden distribuir á su capricho entre Aragón y Castilla, Doña Isabel y Don Fernando, la gloria del descubrimiento, alegando en apoyo de sus pretensiones el hecho supuesto de haber mandado librar Don Fernando por la Tesorería de Aragón los fondos necesarios para la empresa, á causa de la penuria del Erario de Castilla, disponiendo después que del primer oro que se trajo de las Indias se diese parte á Aragón, que se empleó luego en dorar los techos y artesones de la Sala mayor de la _Aljafería_ de Zaragoza.
Ahora bien: un catalán, Bofarull (D. Antonio), y un aragonés, Nougués y Secall, han evidenciado respectivamente: el primero, que entre los papeles de la Tesorería de Aragón no existe orden ni registro de semejante libramiento; y el segundo, que el dorado de la Sala mayor de la Aljafería es anterior á la vuelta de Colón de su primer viaje, como lo prueban las inscripciones de la misma Sala. Por último, un valenciano, Danvila, ha ilustrado esta cuestión con razonamientos irrebatibles.
Digámoslo de una vez: ni Aragón ni su Rey, como tal Rey de Aragón, contribuyeron lo más mínimo á la empresa del descubrimiento, obra exclusiva de los reinos y los Reyes de León y de Castilla. Si no satisfacen las pruebas aducidas; si el testimonio mismo de los Reyes Católicos no basta, ahí están, por último, la Bula de Alejandro VI concediendo las tierras descubiertas á los Reyes de Castilla, descubridores, y á sus herederos en estos reinos, y la legislación primitiva de Indias no consintiendo pasar á ellas sino á los castellanos, en términos «que si algún aragonés allá iba era con licencia y expreso mandamiento», como escribe el doctísimo catalán Capmany. Sirva de muestra el permiso otorgado el 17 de Noviembre de 1504 por el Rey Católico al aragonés Juan Sánchez, de Zaragoza, para que pudiese llevar mercaderías á la isla Española, aunque no era natural de los reinos de Castilla. Hasta muy cerca de un siglo después del descubrimiento, reinando Felipe II, en 1585, en las Cortes de Monzón, no fueron derogadas las prohibiciones establecidas por los Reyes Católicos. ¿Hubieran jamás existido si Aragón, ó su Rey, como tal Rey, hubieran tenido alguna parte en el descubrimiento?
Túvola, sin duda, Don Fernando de hecho y de derecho, pero exclusivamente como Rey de Castilla. Dicen algunos que Don Fernando, por tradición, por herencia, por inclinación propia, sólo podía mirar con interés las empresas mediterráneas, y en su virtud, que ó debió oponerse abiertamente á las aventuras oceánicas, ó mostrarse al menos con ellas indiferente ó desdeñoso. Suposiciones semejantes provienen igualmente de considerar á Don Fernando exclusivamente como Rey de Aragón, desconociendo ú olvidando que el Rey Católico fué ante todo y sobre todo Rey de Castilla.
Hijo de padre y madre castellanos, casado muy joven con una Princesa castellana, Castilla fué su residencia continua, teatro de las glorias del militar y el gobernante, escuela de sus talentos políticos, plantel de sus grandes hombres, centro mayor y preferente de su actividad y de su vida. Muerto, su cadáver, por voluntad del regio finado, descansa en tierra de Castilla. Amólo ésta, no ya como Rey, sino como padre. El inicuo atentado que puso una vez en peligro su existencia, ni ocurrió en Castilla, ni era castellano el regicida.
Aun sin estas circunstancias, el hecho solo de ser Rey de Castilla había de llevar forzosamente su atención y sus cuidados al otro lado del Estrecho, para la prosecución de la política castellana, no sólo en la cruzada contra los infieles, sino para amparar y favorecer los intereses castellanos, máxime teniendo en cuenta las conquistas y descubrimientos portugueses en las islas y costas del Atlántico.
Gloriábase nuestro Rey de haber trabajado mucho «_por tener ganados en África puertos de mar_» y de que «_la guerra contra los infieles era_ (son sus palabras) _la cosa que sobre todas las del mundo he yo más siempre deseado y deseo_.» Los esfuerzos para la adquisición definitiva y completa de las Canarias, llevados á cabo por los Católicos Reyes, acreditan cumplidamente cuánto interesaban á uno y otro soberano las empresas oceánicas.