Esbozos y rasguños

Part 2

Chapter 24,006 wordsPublic domain

--Tengo que dar á ustedes una noticia que, _me parece_, les ha de ser agradable.

--Si lo es para ustedes, desde luego,--contesta el auditorio.

--Sí por cierto... Pues la noticia es... que se casa mi hija Mercedes.

--¡Que sea enhorabuena mil veces!--grita á doña Narcisa su amiga doña Circuncisión, estrujándole la mano y mirando con cierta languidez á sus dos hijas.

Éstas, al mismo tiempo, abrazan á Carolina, colmándola de plácemes y asediándola á preguntas.

--¡Pero qué callado se lo tenían ustedes!--dice doña Circuncisión.

--No hay tal cosa--replica doña Narcisa.--Crean ustedes que hasta hace tres días no se ha espontaneado _ese señor_.

--¿Y quién es él?... si se puede saber, se entiende.

--Claro está que sí... Pues un tal don Simeón Carúpano, sujeto muy recomendable, aunque poco conocido aquí.

--Efectivamente; yo no recuerdo... ¿Le conocéis vosotras, chicas?

Las dos polluelas, después de reflexionar un rato, dicen que no; pero la mayor de ellas, arrepintiéndose en seguida, exclama:

--Espere usted; creo que le conozco. ¿Es un señor... de alguna edad?

--Ése mismo--contesta Carolina;--cetrino, bajito... no conoceréis otra cosa.

--¡Eh, mujer!--repone su mamá con disgusto;--no es para tanto. Es verdad que no es alto, pero tampoco choca por lo bajo; y si no fuera tan cargado de hombros, sería hasta esbelto. El color, cierto que no es de rosa, ni muy sano; pero sería preciso un cutis de cera para que no perdiese muchísimo al lado de un pelo tan blanco como el suyo. La edad no es la de un joven; pero no es tan avanzada como cualquiera creería al oir á esta chiquilla: cincuenta años... poco más.

--¡Bah!... ¿eso qué vale?--contesta doña Circuncisión, como si hablara con la mayor sinceridad.

--Es que las mujeres de ahora no quieren más que donceles; como si la vida de un matrimonio estuviese reducida al día de la boda. Lo que yo le dije á Mercedes: «mira que en el día hay muchas necesidades, y el amor de un hombre hermoso no puede satisfacerlas todas; y cuando hay privaciones, hasta el amor se entibia. Por el contrario, cuando hay recursos, todos los obstáculos se allanan; y el hombre que los tiene, si además es honrado y caballero, acaba por hacerse amar, aunque no sea un Adonis. Ahora haz tu gusto». Y como dió la casualidad de que don Simeón es tan rico como hombre de bien, y Mercedes no es tonta, no ha habido más dificultades para el asunto que las que usted acaba de oir.

--Ni era de creer otra cosa, ¡Ave María!

--Adivine usted, doña Circuncisión, lo que se dirá por ahí: lo menos que su padre, porque el pretendiente es rico, la ha obligado, «la ha sacrificado», que es la frase de moda entre la gente sensible.

--¡Cómo se va á creer eso, doña Narcisa? No sea usted aprensiva.

--¡Ay, doña Circuncisión! yo conozco bien el mundo y sé cómo juzga de las cosas.

--Sí; pero el mundo les conoce bien á ustedes, y no puede, en justicia, atribuirles ciertas miras... Yo, por mi parte, encuentro muy en su lugar la boda, pues que es del gusto de toda la familia, y especialmente de la novia; y la vuelvo á felicitar á usted con todo mi corazón.

--Y yo se lo agradezco á usted con el mío, porque sé lo mucho que ustedes nos aprecian.

--Ustedes se merecen eso y mucho más.

--Usted nos honra demasiado, doña Circuncisión.

--Les hago á ustedes justicia, doña Narcisa.

--Gracias, amiga mía.

Á la vez que las dos mamás en este diálogo, se han ido enredando en otro muy animado las tres polluelas, y separando poco á poco del sofá hasta formar grupo aparte.

--¿Sabes, Carolina, hablándote con franqueza, que yo no esperaba esta noticia?--dice muy bajito la mayor de las dos hermanas.

--Ni yo tampoco,--añade la pequeña.

Carolina mira hacia su mamá, y viéndola engolfada en conversación con la otra señora, se vuelve hacia sus amigas, y haciendo un graciosísimo gesto, en el que se revela su disgusto, les dice lacónicamente:

--Ni yo.

--Yo esperaba _otra cosa_.

--Y yo.

--Y yo también.

--César es un chico muy guapo, muy fino y de talento, según dicen. No tiene una gran fortuna; pero está bien _acomodado_, quería mucho á Mercedes... y Mercedes á él, si no me engañó cuando me lo dijo.

--No te engañó.

--Pues, hija, no comprendo lo que está pasando.

--Ni yo.

--Ni yo.

--Pues yo sí lo comprendo, vamos, ¿á qué te he de engañar? Apostaría una oreja á que á César se le despidió en cuanto se presentó ese hombre.

--Algo ha habido de eso.

--¡Lo ves?

--¡Eh! ¿por qué no se ha de decir la verdad entre amigas de confianza como nosotras? ¿Queréis saber lo que hubo?

--Sí.

--Sí.

--Pues bien: César era muy bien recibido en casa, como sabéis; Mercedes le quería... y toda la familia le quería también. En esto, viene recomendado á papá _ese hombre_, da en visitarnos á todas horas... y yo no sé lo que pasaría en el escritorio y con mamá; pero es lo cierto que á _ellos_ todo se les volvía hablar de los hombres ricos, y de lo buenos que eran para las jóvenes; decir que «oro es lo que oro vale», ponderar á don Simeón y marear á Mercedes con sus gracias. Á todo esto, no se le ponía muy buena cara á César; y tan cierto es, que él lo conoció, tuvo una pelotera con Mercedes y faltó algunos días de casa. Dióse Mercedes por ofendida, riñó algo con él, y como al mismo tiempo mamá no se cansaba en obsequiarle, creyó el infeliz que mi hermana no le quería ya... y se largó para no volver. Entonces apretó de firme el otro, mamá le ayudó más que nunca, y Mercedes, por pique, dijo que _sí_. Le pesó al principio; pero dice que ha encontrado luego tan fino y tan complaciente á don Simeón, que se casa con él muy á gusto. Ahí tenéis todo lo que ha pasado.

--Ya me sospechaba yo algo de eso... Pero, hija, francamente, aunque me lo jures, no creo que Mercedes llegue á querer á ese vejestorio.

--Ella lo asegura.

--Ella dirá lo que quiera... Y puede que tenga razón después de todo; que, según yo voy viendo, las mujeres, cuando se trata de mejorar de fortuna, nos dejamos convencer en seguida...

* * * * *

Pero doña Narcisa ha concluido su párrafo con su amiga, y quiere marcharse.

--Pon los huesos de punta, Carolina; que tu papá nos estará esperando.

--¡Tan pronto!--exclaman las tres niñas.

--Para vosotras, cuando estáis reunidas, nunca alcanza el tiempo. Otra vez hablaréis más despacio... Vámonos, hija.

Nuevo estrépito en la casa, nueva confusión.

--Conque repito la enhorabuena, y désela usted de mi parte á Mercedes.

--Y de la mía.

--Y de la mía... ¡Que no se te olvide, Carolina!

--Gracias.

--Gracias.

--Ya iremos un día de éstos á verla.

--Cuando ustedes gusten. (_Muchos besos._)

--Adiós, doña Circuncisión.--Adiós, doña Narcisa.--Adiós, niñas.--No me olvidéis, ingratas.--Ven á vernos á menudo. (_Siguen los besos._)--¡Hija, qué gruesa te vas poniendo, Carolina!--Es muy precoz esta chica; tiene más pantorrilla que yo.--Lo dicho, y memorias.--¡Agur!...--¡Adiós!...--¡Adiós!...

Los últimos ósculos resuenan en la escalera.

Dejemos en ella á nuestras conocidas, y vámonos á otra parte.

III

--¿Está la señora?

--Creo que sí.

--Pero ¿está _visible_?

--Debe de estar acabando de vestirse.

--Pásela usted recado.

--Tenga usted la bondad de _pasar_ á la sala, caballero.

El que _pasa_ al estrado, lector, es Alfredito, pollo incipiente con aspiraciones á hombre formal; Alfredito, con el pelo escarolado, pantalón con crecederas, gabán con más vuelos que una golondrina, sombrero abarquillado, guantes de color de calamina, botas de flamante charol y bastón de sándalo.

Hétele contemplándose ante un espejo, en tanteos de una seductora sonrisa y de una reverencia de verdadero _gentleman_, para presentarse ante el objeto de su _visita_, ó examinando uno á uno los cuadros de la sala, después que se ha convencido de su belleza y desenvoltura. No te extrañes si ves que en medio de la delicadeza con que se atusa el cabello y arregla el pantalón sobre la bota, deja escapar un suspiro de angustia y se tira con agitación de los cuellos de la camisa: es que pisa por primera vez aquel terreno, y recuerda entonces que quizá no esté para ello debidamente autorizado.

Ocho días hace que en un _tren de placer_ se halló colocado entre una mamá... como todas, y una hija, rubia como un doblón, rolliza como una muñeca, fresca y lozana como una rosa.

Desde el muelle de Maliaño hasta Renedo, hay más que suficiente distancia para que un pollo endose un centenar de _fascinadoras_ miradas, para que reciba otras tantas _incendiarias_, y para que crea que ha hecho _efecto_.

Por otra parte, la flamante raza femenil no escrupuliza mucho en materia de _aceptaciones_: en vistiendo á la europea, todo es papel corriente.

Esta circunstancia justifica las ilusiones de Alfredito, que, tan pronto como llegó á la estación, ofreció sus servicios á las dos señoras, porque los tres llevaban igual destino; y como el día era _de campo_, los servicios fueron aceptados mientras pasaban las horas hasta el retorno del tren. Dudar que Alfredo echó los bofes para hacerse necesario y cumplido caballero á los ojos de las damas, sería lo mismo que decir que éstas hallaron el _placer_ que habían soñado; que no bostezaron trescientas veces, sentadas en el viejo tronco de una cajiga, mientras dirigían la vista hacia el Oeste en busca de una columna de humo, mensajera de una locomotora, y lo mismo que negar que al día siguiente, aun contra la experiencia y la verdad de los hechos, sostenían las mismas señoras que se habían divertido.

La hora del retorno llegó, y nuestro visitante se colocó en un coche de primera con sus acompañadas.

Ya sabía que _ella_ se llamaba Luisita, y su mamá doña Tadea, y que eran hija y esposa de un gran contribuyente, circunstancia que no dejó de animar bastante al galán para sus futuros propósitos.

Cuando se despidieron en el Muelle, Alfredito se prometió á sí mismo que _aquello no había de quedar así_; y aunque no le ofrecieron la casa, no dudó que en ella sería bien recibido.

Aquella noche soñó con Luisita, con el párroco y con la luna de miel.

Desde el día siguiente se dedicó á recorrer bailes, reuniones, teatros y paseos con el objeto de encontrarse con su _conquista_, ponerse á su lado y echarla un discurso sentimental que llevaba estudiado. Pero todo fué en vano: _ella_ no pareció por ninguna parte.

Un día le dijo su papá que en cuanto se lo permitieran los negocios de la casa, iba á hacer un viaje... lo menos hasta Torrelavega, y que él, Alfredito, le acompañaría.

Para el que nunca pasó de Cajo ó de Renedo, un viaje hasta Torrelavega es un acontecimiento vital.

Alfredito, pues, se echó á la calle para contárselo á sus amigos y consultarles sobre la forma de un traje al caso, y acerca de otros preparativos indispensables.

Como además de pollo era enamorado, pensó que el viaje le prestaba cierta aureola de interés. En su consecuencia, trató de hacer sus _visitas de despedida_, y consultó si debería ir á casa de Luisita, ¡único remedio que le quedaba á su abatida esperanza!

--¡Vete y sobre mí los resultados!--le dijo otro pollo que no tenía por dónde cogerse, en fuerza de ser flaco y encanijado.

--¡Oh magnífico amigo!--exclamó entusiasmado Alfredo, como se entusiasman los chiquillos siempre que encuentran un apoyo á sus antojos;--¡tú me reconcilias con el mundo que ya me hastía sin _ella_!... ¡Corro ahora mismo á verla!...

Poco después salía de su casa con lo más selecto de sus galas, en dirección á la morada de _su conquista de Renedo_, como él la llama aún.

Ya le hemos visto llegar hasta el estrado, y casi arrepentirse de tanta temeridad.

Los instantes que pasan sin que aparezca lo que él desea, los cree siglos. ¿Si vendrá _ella_? ¿si saldrá su madre? ¿si hará el diablo que salga el papá?

Esta idea le hizo temblar, y hasta le indujo á marcharse á la calle; pero entonces oyó crujir el vestido de seda de alguna persona que se acercaba á la sala, y se quedó. Era doña Tadea.

--Á los pies de usted, señora.

--Beso á usted la mano, caballero... No tengo el gusto de...

¡En buena me he metido!--se dijo el otro;--¡ya no me conoce!--Y perdiendo el color, dejóse caer en una butaca.

--Señora--balbuceó,--me he tomado la libertad de...

--Me parece--le interrumpió doña Tadea, después de reflexionar unos instantes,--que no es la primera vez que nos vemos; pero no recuerdo cuándo ni dónde.

--Hemos _viajado_ juntos,--añadió el pollo, más animado ya.

--Ya recuerdo: hasta Renedo, ¿no es verdad?

--Justamente, señora.

--¿Y decía usted que?...

--Que pensando _marchar_ dentro de unos días, me he tomado la libertad de venir á despedirme de ustedes.

--Gracias, amiguito. ¿Y va usted solo?

--No, con papá.

--¿Para dejarle á usted en algún colegio?

Hacer á un pollo galanteador capaz de ser colegial, es el mayor insulto que se le puede dirigir. Alfredito se mordió los labios de coraje, y pasando la diestra por su bigote... futuro, contestó ahuecando la voz:

--No, señora, voy á viajar por gusto.

--¡Ah! ya. ¿Y adónde van ustedes?

--Pues, por ahora, á Torrelavega.

--¿Hola? ¿Por mucho tiempo?--repuso doña Tadea, disimulando la risa.

--Pues por lo que quiera papá.

--Se va usted á divertir.

--Así lo espero; tengo muy buenas noticias de ese país: dicen que la gente es muy animada.

--¡Yo lo creo!

--Sin duda que me voy á divertir.

--Bien hecho: deben aprovecharse todas las ocasiones de dar expansión al ánimo, aunque el de usted no debe estar muy combatido.

--¡Quién sabe!--exclamó Alfredo con dolorido acento.

--¡Será posible?

--¡Ay, señora! las pasiones no reconocen edad ni categoría.

--Es cierto. Y ¿hace mucho que padece usted?

--Muy poco tiempo--contestó él con intención, por si Luisa estaba escuchando detrás de alguna puerta.--Libre y feliz vivía procurando estudiar el mundo al través de un prisma por el cual las pasiones y las flaquezas, apareciendo en toda su desnudez mezquina y reflejándose en la mente del profundo observador cuyo corazón palpitara al abrigo de... pues las... y los... en lucha tenaz, y luego á la seducción de los atractivos...

--Dispense usted, amiguito, que me llama la cocinera,--dijo doña Tadea, cortándole su inspirado discurso y lanzándose fuera de la sala para reir á sus anchas.

Alfredo se quedó estupefacto, y, herido en su amor propio, juró marcharse en seguida si no iba Luisa á la visita. Al mismo tiempo sacó su reló y vió con espanto que señalaba la una y media. En su casa se comía infaliblemente á la una, y conocía muy bien el genio de su papá: un retraso de media hora siempre le había valido una caricia con la punta de una bota paterna por debajo de los faldones del gabán.

Este recuerdo excitó su materialidad de una manera tan notable, que, olvidándose de su Filis y de que aún no se había despedido de doña Tadea, caló el sombrero y se dispuso á marcharse. En esto volvió á entrar aquella señora.

--¿Se retira usted ya?

--Si usted no dispone otra cosa...

--Que lleve usted feliz viaje, y...

--Gracias, gracias. Á los pies de usted.--Y sin aguardar contestación, escapó hacia la escalera.

Entonces, al fin del corredor, por la estrecha puerta de un cuarto adyacente á la cocina, salió una mujer desgreñada, con una bata de percal de color de polvo, y en chancletas. Era Luisa. Pero Alfredo, como iba buscando á la _elegante_ viajera de Renedo, pensó que aquélla era la cocinera, y se fué sin saludarla.

IV

Supongamos que la escena pasa en un salón, á media luz, adornado _comm'il faut_.

En el centro de un muelle sofá está una señora vestida de rigoroso luto; á sus dos lados y en otros varios asientos, formando semicírculo, hay muchos personajes de ambos sexos, de distintas edades y parecidas condiciones. Todas sus fisonomías están graves é impasibles.

Los hombres miran al suelo mientras tocan en el bastón una marcha con los dedos, ó se afilan las puntas del bigote, ó se pasan la mano por la barba, ó juegan con los sellos del reló.

Las mujeres agitan el abanico, se arreglan la mantilla, tosen de vez en cuando y miran de reojo á la presidenta del mustio cortejo. Ésta lanza un hondo suspiro, levanta los ojos al cielo y hace un gesto como si tratase de contener una lágrima que asomara entre sus párpados, rojos como los de una cocinera que ha picado cebolla.

Su marido, sentado entre los concurrentes y á corta distancia de ella, contesta con un rugido que bien pudiera tomarse por el resuello de un cetáceo, saca el pañuelo del bolsillo, cruza las piernas y murmura:

--¡Cómo ha de ser!

Los demás personajes, por hacer algo, cambian de postura en sus respectivos asientos, suspiran por lo bajo y exclaman:

--¡Válgate Dios!

Después sigue un intervalo en que no se percibe otro ruido que el de las respiraciones y el de los abanicos que no cesan de agitarse.

Nuevos personajes aparecen en escena. Es un matrimonio.

Todos se levantan para recibirle.

Los recién venidos penetran en el semicírculo; la señora enlutada y su marido dan dos pasos al frente y, sin cambiar con ellos una frase, les tienden la mano.

Luego se estrechan las señoras del sofá para hacer lugar á la que llega, la cual toma asiento y dice:

--No se molesten ustedes.

Su marido se coloca más abajo.

--Con permiso,--murmura, y se deja caer.

Después vuelve todo á quedar en silencio.

Ahora me preguntas tú, impaciente lector, ¿qué significa ese cuadro lúgubre? ¿Se ha muerto alguno?

--Sí, amigo: doña Casilda Guriezo, la señora enlutada, acaba de perder un tío en San Francisco de la Alta California; un tío á quien nunca conoció más que _de oídas_. Sólo sabe de él que hace cuarenta años marchó de su pueblo, en calidad de grumete, en un bergantín, á Matanzas, y que acaba de morir en remotos climas, legando su inmensa fortuna á los pocos parientes que le quedan en la madre patria.

--¿Y por eso--me replicas,--está tan llorosa y abatida; por un tío á quien nunca conoció, cuando hay padres cuya muerte no deja en el corazón de sus hijos más huella que la que dejó en el Océano el bergantín que condujo al grumete á Matanzas?

--¿Y eso qué, malicioso? ¿No ves que ese tío ha dejado á su sobrina la miseria de _ciento cincuenta talegas_, mientras aquellos padres han tenido la desfachatez de morirse _ab intestato_, por no tener _de qué_? ¿Qué menos ha de hacer doña Casilda que llorar unos días y vestirse seis meses de negro?

--¿Y esa gente que ahora la rodea?

--Son sus _visitas_ que van á darle el _pésame_, después de haber rogado á Dios por el alma del difunto en las pomposas honras que se acaban de celebrar en la mejor iglesia de la población.

--¿Y por qué se presentan todos con cara de _herederos_?

--Porque, «donde estuvieres, haz como vieres».

La escena sigue muda algunos instantes más, hasta que doña Casilda se vuelve á la señora que tiene á su derecha para hacerla algunas preguntas.

Esto es para la reunión lo que el «_rompan filas_» para un pelotón de quintos; el «_hasta mañana, señores_» en una cátedra de humanidades. Cada uno se dirige hacia la persona más inmediata; y aunque á media voz, el semicírculo se fracciona en varias porciones y en otras tantas conferencias.

--¿Ha visto usted el correo de hoy, don Tiburcio?

--¡Ojalá no lo viera!

--¿Otra tenemos?

--No fuera malo... quiero decir que... que no sé cuál es peor.

--¿La expedición de harinas acaso?

--Sí, señor... ¡desgraciadísima!

--¡Hombre, qué lástima!

--Y aún hay más.

--¡Conque... hay más!

--Lo de Alaejos...

--¡Aprieta!

--¡Ni un garbanzo!

--Hombre, ¿qué me cuenta usted!... Conque ni un garbanzo.

--Bien sé yo quién tiene la culpa; pero deje usted, que á cada puerco, como usted sabe, le llega su San Martín.

--¡Oh! perfectamente, sí, señor; vaya si le llega... Conque todo, todo desgraciado... ¡Hombre, qué lástima!

--Sí, señor... ¡todo!

--¡Vea usted... qué demonio!

Á la derecha de este señor que con todo conviene y de todo se admira, así se trate de la elocuencia de Bellini como de la música de Demóstenes, pero que todo lo escrupuliza si puede terminar en el _Diario_ de su casa, se ventila otro asunto cuya índole nos evita revelar el sexo, y hasta el seso, de las personas que en él toman parte.

--Desengáñese usted, que todas son á cual peor...

--Si parece mentira que se porten así después que tanto se hace por ellas... Mire usted que en mi casa jamás se las reprende; todo lo contrario: tienen cuanta libertad desean.

--Así paga el diablo á quien le sirve.

--Si por más que usted se empeñe, no puedo creer...

--En hora buena; pero sírvale á usted de gobierno que la puse de patitas en la calle en cuanto empezó con esas historias.

--¿Nada más que por eso la despidió usted?...

--Es que hoy por ti y mañana por mí.

--Pero, ¿qué es lo que dijo? ¡Alguna tontería!

--Por supuesto; pero irrita oirlas.

--Á mí no me importaría tres cominos.

--Cuando son cosas serias...

--En mi casa hago lo que me da la gana.

--Mucho que sí; pero... cuando se aumenta...

--Por eso quisiera saber lo que ha dicho.

--¡Dios me libre! Soy muy enemiga de mezclarme en chismes ni en cuentos. Además, tal fué la rabia que me dió su descaro, que ni siquiera la escuché. ¿Qué me importa á mí si en casa de usted nunca se come á la hora; ni si hay madres de tres hijos que pasan el día haciendo moños y ensayando pasos al espejo para ir por la noche al baile; que no saben en dónde están los calcetines del marido, ni los pañales del último retoño, que está gimiendo á los pies de la cama de la nodriza, mientras ésta despide á un _primo_ que va á la Isla de Cuba; ni si hay mujeres que aprecian más un vestido que al padre de sus hijos? No, amiga, esas cosas no las oigo yo nunca de boca de una mujer así... Como yo la dije: «ésa no es cuenta que hemos de ajustar nosotras: si hay mujeres tan simples y madres tan frívolas, con su pan se lo coman... Vaya usted con Dios, que no me conviene usted».

--¿Y eso es todo lo que pasó?

--¿Y cree usted que es poco?

--¡Bah! ¿Y qué tengo yo que ver en ello?

--Nada, si á usted le parece...

--Por supuesto... Y hablando de otra cosa: cuando salgamos de aquí va usted á ver un vestido que acabo de comprar en la tienda de enfrente... verá usted qué bonito es... Eso de la cocinera ya lo arreglaremos otra vez.

--Como usted quiera.

Tampoco falta allí quien habla con su vecino del tiempo, á falta de otro asunto más importante; del tiempo, que es siempre el refugio de un diálogo agotado ya de materiales; la rama de salvación de un enamorado cuando al frente de su ídolo no sabe por dónde empezar, en fuerza de ser mucho lo que tiene que decirle; el amparo del que se las ha con un prójimo á quien apenas conoce, ó le merece pocas simpatías, y está deseando que se largue; del tiempo, en fin, que ha sido, es y será el objeto de la conversación de todos los aburridos y de todos los tontos.

También hay quien, muy bajito y con una cara muy triste, dice á su vecino:

--¡Cuidado si hay personas de suerte!... Vea usted, meterse en caja, de sopetón, un _pico_ de dos ó más milloncejos...

--Lo dice usted por...

--Chitón, que mira doña Casilda.

Estos personajes son inherentes á toda sociedad, por pequeña que sea; y téngase presente que si hay algo que echar á perder, como ellos dicen, son los primeros que llegan y los últimos que se van.

El aspecto de la visita, en general, es animado, pero grave. Á veces apunta la risa en los labios de los visitantes y retoza vergonzante en los de los visitados; pero en seguida desaparece. Alentado por el rumrum de la concurrencia, no falta quien aventure un chiste; mas al punto se retira dos pasos atrás, como diciendo: «yo no he sido». El cuadro no tiene carácter propio: ríe con un ojo y llora con el otro.

Doña Casilda ha preguntado á una amiga que en dónde hallará buenos lutos para sus niñas.

--Encárguelos usted á París--le responde ésta:--son más baratos y mejores que aquí.

--¡Les hacen tanta falta! Ya se ve, ¡como no contábamos con este _golpe_! ¡Ayyyyy... qué desgracia!

Estupefacción en la visita; todos suspiran.