Part 1
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto sin formatear, el texto en cursiva está encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en versalitas se representa en mayúsculas como en VERSALITAS y el texto precedido por el signo ^ simboliza un superíndice.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.
La cubierta del libro fue modificada por el transcriptor y ha sido añadida al dominio público.
El Índice ha sido reposicionado al principio de la obra.
Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.
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OBRAS COMPLETAS DE D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA
OBRAS COMPLETAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA
DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
TOMO VII
ESBOZOS Y RASGUÑOS
SEGUNDA EDICIÓN
MADRID VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO 1898
_Es propiedad del autor._
[Ilustración]
AL SR. D. MANUEL MARAÑÓN
Queridísimo _amigo é inolvidable conterráneo: Perdone usted la franqueza con que le elijo para presentar al bondadoso público, á quien tantas atenciones inmerecidas debo, estos rebuscos de mis cartapacios, obras, las más de ellas, que ni siquiera tienen el atractivo de ser inéditas; pero precisamente para las malas causas es para lo que se necesitan los_ buenos abogados; _y he aquí por qué, en la presente ocasión, le cargo con el peso de esta dedicatoria. Mas no se entienda por ello que reputo el libro por enteramente indigno de andar en letras de molde, porque si tal creyera no le publicara: observación que se me ocurre cada vez que leo al frente de una obra pueriles é insistentes declaraciones del autor, de que la tal obra no vale un pito. Pues si tal cree, ¿para qué la da á luz?; y ya que la da, ¿para qué lo dice? Con franqueza, amigo mío: creo que entre mucho, menos que regular, hay en este libro algo que merece los honores de la imprenta, y por eso no comienzo poniéndole á los pies de los caballos, aunque lamente de todo corazón que no sea, en conjunto, tan excelente como yo quisiera, para que el público le recibiera con palmas, y usted me agradeciera el cargo que le encomiendo._
_Lo que podrá muy bien ocurrir (y aquí está lo grave del negocio) es que el lector y yo discordemos grandemente en lo relativo á la_ bondad _de lo que yo reputo por_ no malo.
_Él no verá, pongo por caso, donaire, ni color, ni dibujo, ni ingenio en tal_ RASGUÑO _ó en cuál_ ESBOZO, _y yo le pondré sobre mi cabeza porque me recuerda tiempos, hombres, cosas, motivos y ocasiones que, al pasar por mi memoria, tócanme en el corazón y me remozan el espíritu. Me dirá que nada de esto le sucede á él, y que, por ende, la obra es mala; á lo cual replico que pasan de media docena los lectores que la esperan y han de juzgarla por el mismo lado que usted y yo, porque fueron unos actores y otros testigos presenciales de los sucesos, y hasta de la pintura de ellos, y saben y aprecian el por qué de cada trazo y el motivo de cada línea... y no digamos tan mal de un libro que cuenta con siete lectores, por lo menos, hoy que tantos mueren intonsos, pasto de polillas y ratones._
_Hay, además, otra razón que justifica la aparición de este volumen; y es la de habérsele ofrecido al público en dos ocasiones, llevado yo de esta candorosa sinceridad que no me consiente ocultarle el más mínimo propósito que tenga alguna conexión con éstas mis literarias aficiones..._
_De todas maneras, ruégole á usted, mi buen amigo, que si oye lamentarse á alguien del dinero que invirtió en comprar el libro, le excite á volver los ojos al rótulo de la portada: verá entonces cómo no tiene derecho á pedirme más de lo que le doy, ó miente el diccionario de la Academia; y hasta le sería á usted fácil demostrarle que me debe gratitud, puesto que, al limpiar los fondos de mis cartapacios, no agregué á los presentes papelejos más de otros tantos que, en su obsequio, condené á perpetua obscuridad._
_Conste, pues, que, al salir á luz este libro, pago una deuda contraída con el público, y que la pago con cosa que, aunque no buena, encaja perfectamente en los términos de la oferta. La recta justicia no obliga á más._
_Y si, á pesar de éstas y de las otras razones, aún insiste el huraño lector, tentado del demonio, en dar una silba al libro, ¿qué hemos de hacerle?... En este triste caso, ruéguele usted, amigo mío, en nombre de los dos, que la reserve para un poco más adelante; pues entre manos traigo asunto de mayor empeño, y más digno que esta pequeñez, de encender sus iras ó de alcanzar sus alabanzas._
_Deme Dios bríos para merecer las últimas; inspírele á Él, y no la idea de la silba; guárdele á usted, y reciba estos renglones y la pobre ofrenda que los acompaña, en testimonio de lo mucho que le quiere su amigo y paisano_
JOSÉ MARÍA DE PEREDA. SANTANDER, enero de 1881.
[Ilustración]
[Ilustración]
ÍNDICE
Página
Dedicatoria 5
Las visitas 9
¡Cómo se miente! 49
Las bellas teorías 73
Fisiología del baile 99
Los buenos muchachos 111
El primer sombrero 137
La Guantería 155
El peor bicho 177
La mujer del ciego ¿para quién se afeita? 195
El tirano de la aldea 215
Reminiscencias 243
Más reminiscencias 269
Las tres infancias 297
Manías 321
La intolerancia 339
El cervantismo 359
[Ilustración]
[Ilustración]
LAS VISITAS[1]
I
Ponte los guantes, lector; sacude el blanco polvo de la levita que llevabas puesta cuando _despachaste_ el último correo (supongamos que eres hombre de pro); calza las charoladas botas que, de fijo, posees; ponte _majo_, en fin, porque hoy es día de huelga, no hay negocios en la plaza y nos vamos á _hacer visitas_.
Este modo de pasar el tiempo no será muy productivo que digamos; no _rendirá partidas_ para el _debe_ de un libro de caja; pero es preciso hacer un pequeño sacrificio, lo menos una vez á la semana, en pro del _hombre-especie_ de parte del _hombre-individuo_; es decir, dejar de ser comerciante para ser una vez _sociable_.
Y para ser sociable, es de todo punto necesario atender á las exigencias del gran señor que se llama _Buen tono_. Ser vecino honrado, independiente y hasta elector, son cualidades que puede tener un mozo de cuerda que haya _sacado_ un premio gordo á la lotería.
Para vivir dignamente en medio de esta marejada social, es indispensable tener muchas «relaciones», _hacer_ muchas visitas, aunque entre todas ellas no se tenga un amigo.
Porque amistad es hoy una palabra vana: es un papel sin valor, que nadie _toma_, aunque le encuentre en medio de la calle.
La amistad, tal como la comprenden los hombres de buena fe, es una señora que, si bien produce algunas satisfacciones, en cambio acarrea muy serios compromisos, y no es esto lo que nos conviene. Hállese un afecto, llámese como quiera, que aparentando las primeras evite los segundos, y entonces estaremos montados _á la dernière_. En esta época de grandes reformas todo lo viejo debe desaparecer como innecesario, si no quiere pintarse al uso moderno.
Dar los días á la señora de A.; despedirse de la condesa de B.; apretar la mano al barón de C.; refrescar con el capitalista D.; hablar en calles, plazas y cafés de la última reunión de las de Tal, del _te_ de las de Cual; decir «á los pies de usted» á cuantas hembras crucen por delante de uno, y no conocer á fondo á nadie, es lo que se llama vivir _á la alta escuela_ moderna; ser un _fuerte apoyo_ de la flamante sociedad.
¡No se concibe cómo se arreglaban las gentes cuando no se conocían las tarjetas, ni se _pagaban_ los afectos con _papel-visita_!
Por eso tenemos el derecho de reirnos de su crasa ignorancia.
Pero no te rías, lector, en este momento, porque vamos á entrar de lleno en el asunto, y el asunto es tan serio, que la menor sonrisa le profana.
Descúbrete, pues, y chitito.
La visita _de rigor_ es un vínculo _sui géneris_ que une á dos familias entre sí. De estas dos familias no puede decirse que son _amigas_, ni tampoco simplemente _conocidas_: son bastante menos que lo uno y un poco más que lo otro; es decir, están autorizadas recíprocamente para no saludarse en la calle, para hacerse todo el daño que puedan; pero no deben prescindir entre sí del ofrecimiento de la nueva habitación, ni de la despedida al emprender un viaje, ni de la visita al regreso, ni del regalo de los dulces después de una boda ó de un bautizo.
Esta definición parecerá un poco ambigua á primera vista; pero si se reflexiona un poco sobre ella, se comprenderá menos.
Y lo peor es que no se puede dar otra más clara, porque lo definido es incomprensible.
Vaya un ejemplo, en su defecto.
Doña Epifanía Mijo _de_ Soconusco, y doña Severa Cueto _de_ Guzmán, _son visita_.
Ricas hasta la saciedad y envidiadas de cuantas se quedaron unos grados más abajo en la rueda de la voluble diosa, son la esencia de _buen tono_ provinciano, que es la equivalencia ó copia de la etiqueta cortesana, si bien, como todas las copias, bastante _amanerada_, ó, como diría un pintor, _desentonada_. Mas la entonación de cuya falta adolece el cuadro, está perfectamente compensada con la riqueza del marco que le rodea; lo cual, en los tiempos que alcanzamos, vale algo más que los rancios pergaminos de un marqués tronado.
Y no se crea por esto que doña Epifanía despreciaría una ejecutoria si la hubiera á sus alcances. Dios y ella saben lo que ha trabajado para encontrar, entre las _facturas_ de su marido don Frutos, algún viejo manuscrito que la autorizara para pintar en sus carruajes algún garabato heráldico; ya que no _león rampante_ en campo de _gules_, siquiera una mala barra de bastardía entre un famélico raposo y una caldera vieja en _campo verde_; pero siempre tan nobilísimos deseos han tenido un éxito desdichado. Los únicos manuscritos que parecieron de algún valor, eran _efectos á cobrar_; las barras eran más de las precisas, pero de hierro dulce y ya estaban vendidas; la caldera se halló en la cocina, pero era la de fregar; por lo que hace al raposo, le dijeron que, aunque abundaban en el país, eran muy astutos y difíciles de atrapar.
Á pesar de tan funestos desengaños, no vayan ustedes á creer que doña Epifanía desistió de su proyecto. Persuadida, por lo que había oído alguna vez, de que la heráldica es una farsa, y que cada cual se la aplica según le parece, concibió un proyecto magnífico si se le hubieran dejado llevar á cabo. Ideó cruzar en una gran lámina de oro, la barra, colgando de ella la caldera; en el cuartel que quedaba vacío, retratar el gato, ya que el raposo no se prestaba á ello, y para orla, á manera de toisón, encajar un rosario de peluconas de _don Félix Utroque_. Todo esto cubierto por detrás con un pañolón de Manila, en defecto de un manto santiagués, debía hacer un efecto sorprendente, y sobre todo, un escudo que si aristocráticamente valía poco, en cambio, en riqueza intrínseca, mal año para todos los más empingorotados de la historia. Tal fué el proyecto de doña Epifanía; mas á don Frutos, que, aparte de ser hombre de _gran peso_, es bastante aprensivo con sus puntas de visionario, se le antojó que aquel grupo de figuras era una batería de cocina; que el gato mayaba; que la caldera sonaba contra la barra, y que por debajo de los pliegues del pañuelo asomaba la punta de un estropajo, lo cual era hablar _muy recio_ en heráldica y exponer á grave riesgo su _posición entonada_.
Don Frutos negó su consentimiento, por primera vez en su vida, á un capricho de doña Epifanía. Por eso no gasta librea su servidumbre.
Más afortunada doña Severa por haber dado su mano á un Guzmán, le ha sido muy fácil llenar su antesala y sus carruajes de coronas y blasones, sin más trabajo que encargar á un pintor unas cuantas copias de las armas del defensor de Tarifa, armas que, dicho sea de paso, apenas fueron expuestas á la pública consideración, produjeron terribles disgustos al infeliz que las consideraba como su mejor obra. ¡Pobre Apeles, y cómo le pusieron las visitas de doña Severa, y hasta gentes que nada tenían que ver con ella! ¡En mal hora para su fama emprendiera aquella obra! Nadie quiere reconocer en los cuarteles del escudo el pensamiento de la de Guzmán. Quién toma la torre por un barril de aceitunas; quién por un balde de taberna; á unos recuerda el tajo de un herrador; á otros el yunque de un herrero; á éste un cuévano pasiego; al otro la cubeta de un zapatero; y en ese afán de simbolismos, no falta quien le compare con el tamboril del _Reganche_. El puñal del héroe, que aparece en el espacio, también varía de nombre á medida que le van observando. Ya es una lezna, ya una navaja de afeitar, el flemen de un albéitar... en lontananza, es decir, allá á lo lejos, como existen en la mente los recuerdos de lo ya pasado.
Entre tantas divergencias, doña Epifanía endereza su opinión hacia otro lado. Sostiene, siempre que viene á pelo y aunque no venga, que las alhajas y las blasones valen tanto como el que los lleva; lo cual en el asunto de que se trata podrá ser un poco exagerado, pero en tesis general es la mayor verdad que ha salido de los labios de la señora de don Frutos. El fragmento de un vaso sobre la pechera de un rico negociante, pone en grave riesgo la reputación de un diamantista, al paso que el mismo _Soberano_, lanzando sus rayos de luz bajo las solapas del humilde gabán de un hortera, parece un cristal mezquino; la espada de Alejandro en la diestra de un cocinero, no vale más que un asador. Todo lo cual, traducido libremente, significa que _el hábito no hace al monje_.
Pero sea de esto lo que fuere, es indudable que la blasonada señora figura en el _gran mundo_ (no se olvide que estamos en una provincia), y es _individua_ de cuantas asociaciones filantrópicas se crean; circunstancia que, por sí sola, constituye el crisol en que se prueba hoy el verdadero valor social de las gentes principales.
Al grano, lector.
La señora de don Frutos ha dado la última mano á su prendido; y enterada, por su libro de memorias, de las visitas con quienes está _en descubierto_ (técnicas), se ha decidido á _cumplir_ (id.) primero con doña Epifanía, ó expresándonos á mayor altura, con _la de_ Guzmán.
Provista la visitante de todo lo necesario para el caso (sombrilla, abanico y tarjetero), sale á la calle á pie, no por falta de carruaje, sino porque la distancia no le exige; y sin alterar por nada ni por nadie su grave marcha, llega á pisar el lujosísimo estrado de su visita, que aparece, á poco rato, con la sonrisa en los labios.
Oprímense ligeramente las manos (la etiqueta no permite más); y, después de las preguntas de ordenanza, añade doña Epifanía:
--¿Y _ese_ caballero?
(Con permiso del dómine de mi lugar, _ese_ caballero es Guzmán).
--Bien, gracias--dice su costilla:--está en el escritorio y _siente mucho_ no poder saludar á usted. ¿Y Soconusco?
--_Pues_ está bien, gracias: ocupado, como siempre, en sus negocios.
Aquí se constipa doña Epifanía, y su abanico revuelve un huracán. Hay que advertir que esta señora trata, siempre que puede, de mencionar á su marido con el nombre de pila, y por lo mismo sus visitas se empeñan en usar el apellido.
Como de ordinario le sucede, esta vez le amargó el _Soconusco_, y quedó la conversación interrumpida un breve rato, hasta que doña Severa, algo más diplomática y traviesa, volvió á anudarla.
--¿Conque usted, según eso, no se ha movido de su casa este verano?--dijo la de Guzmán, después de haber tocado el capítulo de los viajes.
--¡Como pienso ir muy pronto á París por dos ó tres meses, ó por todo el _ivierno_, si me acomoda!...--contestó la de don Frutos, poniendo un gesto que quería decir: «chúpate ésa».
--¡Ay, dichosa de usted que sale de este destierro! Yo también había pensado en ese viaje; mas con el trastorno de los baños primero, y ahora con la indisposición de la niña, temo no poder hacerle hasta la primavera.
--Pero lo de Mariquita no es cosa de importancia.
--¡Jesús! ya se ve que no; pero, con todo, ¿cómo había de salir yo de casa dejándola tan delicada?... ¡La pobre!... ¡Quince días con dolor de muelas! ¡Bien tranquila estaría yo!...
--Eso se le pasará pronto,--insistió doña Epifanía, que á todo trance quería obligarla á confesar la verdadera causa que le impedía el viaje.
--También yo lo creo así; pero á la convalecencia...
--Cuestión de dos días, hija...
--No le hace: siempre quedará algo delicada... y ¡qué sé yo!--añadió ya picada,--la inquietud... y... porque el amor de madre...
--(¡Á quién se lo cuentas!)--díjose la otra señora; y en voz alta:
--Tiene usted razón: para no ir con toda libertad, más vale quedarse en casa.
Doña Severa no contestó. Esta vez venció doña Epifanía, que en seguida mudó de conversación.
--¿Y cómo han estado los baños?
--_Pues_ como siempre: mucho barullo y nada en limpio. Aquello se va poniendo incapaz... Yo, gracias á que estaban allí la marquesa A, la generala B y la condesa Z, con quienes pasaba el rato, que si no, me hubiera vuelto en cuanto llegué. ¡Qué bromas! ¡Qué bailes! Aquella gente parece que no tiene _prencipios_.
--Por supuesto que no los tiene, y por aquí sucede lo mismo; hay una mezcolanza que nadie la entiende.
--Pero por Dios, señora, que sepan distinguir de colores tan siquiera.
--Á buena parte va usted.
--¡Si yo estoy atontada con lo que veo! Esa gente de todo saca partido: lo mismo de una boda que de un _intierro_.
--Así anda ello--dice la de don Frutos con cierto retintín.--Por algo menos se ha visto muchas veces intervenir á _los de_ policía.
--¡Ya se desengañarán alguna vez!--exclama entonces en tono profético la de Guzmán.
--Sí; pero entre tanto, como dicen ellas, «gozamos y vivimos».
--Y luego extrañarán que... Más vale callar.
--Dice usted bien: hay cosas que no valen la pena de que una trate de ellas.
La conversación toma otro giro nuevo; pero le toma como la tijera de un sastre, sobre el mismo paño.
Cuando la visitante cree que ha pasado el tiempo preciso para la visita (la de rigor le tiene rigorosamente marcado), cambia el abanico á la mano izquierda, pónese de pie, tiende la diestra á la visitada, asegúranse por la milésima vez sus _profundas simpatías_, danse el último adiós en la escalera, y poco después está doña Epifanía en la calle, haciendo rumbo á otra visita, con quien se halla también en descubierto.
No trataremos de seguirla, porque las visitas _de rigor_ todas son lo mismo, con ligerísimas variantes.
Despidámonos, pues, de ella con toda la galante gravedad que el caso exige, y vamos á _hacer_ otra de distinto carácter.
II
Si te estorban los guantes, amigo lector, puedes quitártelos; si el charol te oprime los pies, puedes sustituirle con anchas botas de becerro; si las tirillas te sofocan, aflójate sin reparo la corbata; si el _negligé_, en fin, te gusta más que el acicalamiento, adóptale enhorabuena, que la visita que vamos á hacer es de _confianza_ y admite la comodidad en todas sus formas, como no le falte el aseo.
Todos las horas del día y de la noche, hasta las diez, son hábiles para esta ceremonia, excepto la de la una de la tarde, que es la de comer, y la en que las señoritas de la casa se están vistiendo. En la primera suele transigirse algunas veces en obsequio á la _franqueza_; pero en la segunda no se abre la puerta, ni á cañonazos, especialmente á los que gastamos pelos debajo de la nariz. El tocador de una dama ha sido, es y será siempre una fortaleza inaccesible (no por ello inexpugnable); porque las mujeres, desde que la primera satisfizo aquel antojo que tan caro nos costó, han tenido, tienen y tendrán un misterio bajo cada pliegue, misterios que sólo conocen ellas y los que, por dejarse arrastrar del demonio de la curiosidad, no reparan en condiciones.
Por éstas y otras razones de no menor calibre, doña Narcisa y su linda polluela, la segunda de sus tres hijas, han ido al anochecer á casa de doña Circuncisión, madre de dos pimpollos que son el encanto de los paseos y la ilusión de su casa.
Dos meses hace que las visitantes y las visitadas no se han visto juntas; pero no por eso carece de oportunidad la visita, porque sobre ser ésta de confianza, las tres niñas han sido compañeras de _enseñanza_, y las dos mamás cuentan una amistad de muchos años. ¿Qué importa, con estas circunstancias solas, un olvido de dos meses?
La cara de doña Narcisa está radiante de elocuencia; su paso es decidido, su respiración visiblemente anhelosa. Su hija la sigue con dificultad y con menos risueño semblante, aunque no por eso le lleva triste. Llegan á la puerta de doña Circuncisión, llama con los nudillos de la mano doña Narcisa, abre una doncella, introduce á las visitantes en un gabinete, salen las visitadas, y lo que allí pasa es un verdadero motín, aunque sin la gravedad trágica de los que se usan en calles y plazuelas en estos días de confraternidad y bienandanza: refiérome al estrépito y al movimiento.--¡Carolina!--¡Doña Circuncisión!--¡Elisa!--¡Soledad!--¡Doña Narcisa!...--¡Pícara!--¡Ingratas!... Voces en todos los tonos, chillidos, exclamaciones, estallido de besos, crujido de muebles, ruido de seda... Todo ello junto hace temblar la casa por algunos instantes. Al fin se calma la tormenta. Las mamás se sientan en el sofá, y las tres polluelas en las sillas inmediatas, pero agrupadas, compactas, como las flores de un ramillete.
--¡Dos meses sin venir á vernos!
--Hijas, otros tantos habéis pasado vosotras sin poner los pies en mi casa.
--¡Anda, pícara!
--¡Andad, ingratas!
--¡Y al cabo de tanto tiempo vienes tú sola! ¿Por qué no te acompañó Mercedes?
Carolina contesta con una sonrisa particular, y mira de reojo á su mamá.
Doña Narcisa no lo ve, porque está hablando con su amiga, á quien dice en el mismo momento:
--¡Qué ganas traía de llegar!... Por supuesto, por ver á ustedes, en primer lugar, y después por descansar un rato... Como que ya había pensado dejar esta visita para mañana.
--Muchas gracias por la atención.
--Ya se ve que sí... Precisamente porque no me gusta venir á esta casa _de cumplido_. ¡Y como hoy tengo el tiempo tan escaso!... Hija, gracias á que _estas cosas_ suceden muy pocas veces en la vida, que si no... ¡Las escaleras que yo he subido hoy!
--¿Tantas visitas han hecho ustedes?
--Figúreselo usted, doña Circuncisión: desde mi casa hasta aquí, que es una regular distancia, he visitado á todas mis _relaciones_... y ya sabe usted que son algunas.
--¡Ave María Purísima! Comprendo que esté usted rendida... ¿Pero qué idea le ha dado á usted hoy de hacer tanta visita?
--Va usted á saberlo, que á eso he venido... y por lo mismo dije antes que estas cosas suceden pocas veces en la vida.
--¡Hola!--exclama doña Circuncisión, haciéndose toda oídos.
-Á ver, á ver,--dicen sus hijas con una sonrisilla maliciosa, acercándose más á doña Narcisa.
Carolina abre el abanico, le mira por ambos lados y se hace la distraída.
Doña Narcisa, después que es dueña de todo el auditorio, le dirige, sonriendo, estas palabras: