Part 9
Fué uno verle y ponérsele delante: «¿Tú á echar las bases de Cartago atento? ¿Tú ornando esta ciudad, postrado amante? ¿Tú de tus hados sordo al llamamiento: Pues díme--que de Olimpo radiante Me envía á ti por sobre el raudo viento El que el mundo gobierna y las esferas-- ¿Qué es lo que en Libia descuidado esperas?
LV.
»Que si no te da impulsos la memoria De tus altos destinos, ni te afanas Por ceñirte el laurel de la victoria, Mira á Ascanio crecer: las italianas Comarcas son su herencia; allí su gloria ¿De un hijo harás las esperanzas vanas?... Calló, y la vista deslumbrada deja, Y cual sombra en el aire huye y se aleja.
LVI.
Quedó Enéas absorto, híspido el pelo, Hecha un nudo la voz en la garganta. Ya en dejar piensa aquel amado suelo, Que la divina inspiracion le espanta. Mas ¡duro trance! ¡amargo desconsuelo! ¡Ir á anunciar que el áncora levanta A aquella que por él de amor fallece!... Cómo, no sabe, ni por dónde empiece.
LVII.
Propónese mil cosas, y cuan presto Se fija en una, á esotra vuelve en tanto; Vacila: al fin resuelve, y á Sergesto Y á Mnesteo convoca, y á Cloanto: Que hagan, les manda, sin rumor apresto De embarcaciones; que su gente á canto Reunan de zarpar; armas prevengan, Y sus intentos bajo sello tengan.
LVIII.
Que él entre tanto con mesura y tiento-- Pues la espléndida Dido nada sabe, Ni espera que en eterno alejamiento Aquel tan grande amor tan presto acabe-- Para hablarle, buscando irá momento El más propicio, y modo el más süave: Esta es su voluntad. Todos aprueban, Y alegres el mandato á cabo llevan.
LIX.
¿Cómo engañar á un corazon que ama? Ella todo lo sabe, lo adivina; Fué quien primero descubrió la trama, Y, áun en horas serenas, de rüina Amagos presintió. ¿Qué más? La Fama Sus ocultos recelos amotina, Maligna susurrando que aparejan Naves los Teucros; que á Cartago dejan.
LX.
Fuera de tino la soberbia amante Corre por la ciudad, como se agita En las órgias solemnes la bacante Cuando oye en torno la vinosa grita. Y los tirsos descubre, y resonante A sus misterios Citeron la invita: Tal va la Reina, y tal sin más recato Vuela á afrentar al amador ingrato.
LXI.
«¿Disimular ¡oh pérfido! esperaste Tu malvada intencion, tu felonía? ¿Y tu nave en mi puerto imaginaste Que en silencio las velas soltaria? ¿Cosa no habrá que á disuadirte baste? ¿Ni mi amor, ni la fe jurada un dia? ¿Ni reparar en Dido sin ventura, Que por ti morirá de muerte dura?
LXII.
»¡Y que en lo crudo de hibernales meses Quieras de presto aderezar tu flota! ¡Que tanto en levar ferro te intereses Cuando más Aquilon la espuma azota! Díme, cruel, si en lejanía vieses No extraños campos, no ciudad ignota, Mas renaciente á Troya, ¿á tus hogares Cruzando irias procelosos mares?
LXIII.
»¡Huyes de mí! Mas nuestra union te pido Que recuerdes; y este único tesoro Que reservé, mi corazon herido, Mírale aquí, y las lágrimas que lloro! Si algo te merecí, si hallaste en Dido Algo de amable, tu clemencia imploro! ¿Mi trono hundirse ves sin sentimiento? ¡Ah! ¡si áun vale rogar, muda de intento!
LXIV.
»Nómades reyes, gentes confinantes Me odian por ti; mi pueblo me desama; Por ti inmolé el pudor, y la que ántes Me alzaba á las estrellas, limpia fama. ¡Oh huésped! en mis últimos instantes Me abandonas; y ¿á quién? Mi voz te llama Huésped; fuiste mi esposo. Mas ¿qué tardo? ¿Al extranjero ó al hermano aguardo?
LXV.
»¿Yárbas feroz, que mi persona aprese? ¿Pigmalïon, que mi nacion arrase? ¡Oh! ¡si ántes de esa fuga al ménos de ese Amor alguna prenda me quedase: Un tierno Enéas que en mi hogar corriese Que en su rostro infantil tu faz copiase! No tan desamparada me veria; No fuera tan cruel tu accion impía!»
LXVI.
Él, que de Jove, miéntras ella hablaba, Guarda en su mente el mandamiento impreso, Fijos los ojos en el suelo clava, Mudo resiste del dolor al peso. «Mi gratitud tu esplendidez alaba,» Esto al fin dijo apénas; «y confieso Que si arguyes ¡oh Reina! con mercedes, Muchas y grandes recordarme puedes.
LXVII.
»Yo llevaré al recuerdo de esos dones La imágen tuya dulcemente unida, Miéntras guarde mis propias tradiciones, Miéntras mi pecho aliente aura de vida. Mas oye, en la cuestion, breves razones: No pensaba ocultarte mi partida, Ni de union conyugal te hice promesa; No así te engañes: mi mision no es ésa.
LXVIII.
»¿No ves que si el destino me otorgara Guiar las cosas, reparando males, Ya hubiera visto por mi patria cara? ¡Podria de sus héroes los mortales Restos honrar; al golpe de mi vara Se alzaran sus alcázares reales, Y poderosa, como en ántes era, Troya de sus cenizas renaciera!
LXIX.
»Mas ¡ay! la voz de oráculo divino Fuerza mi voluntad, Febo me guia; Navegar para Italia es mi destino, Ya éste es mi amor, y esta es la patria mia! Cual hoy Troyano á Ausonia me encamino, Tiria á Cartago tú viniste un dia; Ya en paz la riges: en igual manera Buscarlos, do reinar, zona extranjera.
LXX.
»Mi padre Anquíses, cuando en alto vuelo La noche entolda el orbe de la tierra Y brillan las estrellas por el cielo, En sueños me habla, y su actitud me aterra: Mi hijo Ascanio me es causa de desvelo, Y en él mirando, el corazon se cierra; Que aquí, distante del confin hesperio, Yo le defraudo el prometido imperio.
LXXI.
»No há mucho el nuncio de los Dioses vino; Por vida de ambos que le vi te juro, Enviado por Júpiter, camino Por los aires abrir, y entrar el muro: Estoy mirando su esplendor divino; Oyendo estoy su mandamiento duro! No me des más, no más te des tormento; Llévanme á Italia, y con dolor me ausento!»
LXXII.
Miéntras hablaba, fiera y desdeñosa Con ardiente inquietud ella le mira; Mirándole en silencio, ira rebosa, Y luégo á voces se desata en ira: «No fué tu madre, ¡pérfido! una Diosa, Que desciendes de Dárdano es mentira; Cáucaso te engendró entre hórridos lechos, Hircana tigre te crió á sus pechos!
LXXIII.
»Ya ¿qué hay que disfrazar? ¿qué más espero? Ve llorando á su amante, ¿y se contrista? ¿Le merecí una lágrima, un ligero Signo de compasión? ¿volvió la vista? ¡Cielos! ¿Qué agravio acusaré primero? ¿Cuál Dios habrá que á vindicarme asista? Ni Juno ya, ni Jove, ¡oh desengaño! Con justa indignación miran mi daño.
LXXIV.
»¡Oh justicia! ¡oh lealtad! ¡nombres vacíos! ¡Yo náufrago, desnudo, falleciente Le recogí, le abrí los reinos mios, El imperio con él partí demente! Yo los restos salvé de sus navíos, Yo libré de morir su triste gente!... ¿A dónde me despeña el pensamiento? ¡Llevada de furor, arder me siento!
LXXV.
»¡Y ahora la voz de oráculo divino Fuerza su voluntad! ¡Febo le guia! Ni há mucho el nuncio de los Dioses vino, ¡Y es heraldo que Júpiter le envía! ¡Y en los aires abriéndose camino Le trae la órden fatal! ¡Quién pensaria Que hubiesen de alterar cuidados tales La alta paz de los Dioses inmortales!
LXXVI.
»Nada te objeto, ni partir te impido: Vé, y por medio del mar, en seguimiento Camina de ese imperio prometido; ¡Busca esa Italia con favor del viento! Mas si justas deidades, fementido, Algo pueden, te juro que el tormento Hallarás, entre escollos, que mereces, Y á Dido por su nombre allí mil veces
LXXVII.
»Invocarás; y Dido abandonada, Con tea humosa aterrará tu mente; Y cuando á manos de la muerte helada Salga del cuerpo esta ánima doliente, Yo, vengadora sombra, á tu mirada En todas partes estaré presente! Tu crímen pagarás; sabráse, oirélo: ¡Eso en el Orco irá á acallar mi duelo!»
LXXVIII.
Ella súbito aquí la voz detiene, Y huye la luz odiosa con gemido; El, que á oponer razones se previene, Queda atónito, absorto, atontecido. Y hé aquí un grupo de esclavas la sostiene En brazos; y la llevan sin sentido Al tálamo, de mármoles labrado, Y la reclinan sobre el regio estrado.
LXXIX.
Cierto que con palabras de dulzura El religioso príncipe quisiera Mitigar de la triste la amargura Y el dolor suavizar que la exaspera. Gime él de corazon su desventura, Que amor le oprime con angustia fiera; Todo, empero, lo vence, y determina Recto cumplir la voluntad divina.
LXXX.
Ya á revistar su armada acude al puerto, Y ya las altas popas de la orilla Los Troyanos alanzan de concierto; Flota liviana la embreada quilla. Remos y tablas da, de hoja cubierto, Tronco informe, áun no bien la hacha le humilla; Y en este afan por coronar la empresa, Salen de la ciudad todos de priesa.
LXXXI.
Tal las hormigas próvidas saquean Riquezas que en sus antros acumulan; Y, en la hierba cruzándose, negrean, Y en senda angosta, por do van, pululan: Unas á empuje granos acarrean, Otras, á la que tarda ora estimulan, Corrigen ora á la que pierde el tino; Con tanta agitacion hierve el camino.
LXXXII.
¡Tu pobre corazon qué sentiria! ¡Cuán grande hubo de ser, Dido, tu pena, Cuando hirviente la playa en lejanía Atalayabas desde la alta almena! ¡Qué, al sentir la confusa vocería Con que al mar asordaba la faena!... Tú ¿á qué un alma no obligas, amor ciego? Por ti ella al lloro vuelve, y vuelve al ruego.
LXXXIII.
Con interpuestas súplicas ensaya Ir á amansar rebeldes sentimientos; Que morir no es prudente sin que haya Esforzado los últimos intentos: «¡Ay, Ana! ¿ves bullir toda la playa? Míralos: corren, vuelan; ya contentos Las popas adornaron de coronas; Ya convidan al céfiro sus lonas.
LXXXIV.
»Yo que pude esperar dolor tan fiero Lo sabré soportar, hermana mia. Este único favor te pido, empero: Pues te preciaba en tanto, y ser solia El pérfido contigo verdadero, Y tú hallabas sazon de entrarle y via, Anda, y doblar con súplicas procura Esa cerviz cual de enemigo dura.
LXXXV.
»Que no con Griegos, le dirás, la guerra Juré en Áulide, naves á hacer riza No envié á Troya, no moví la tierra Que cubre de su padre la ceniza. ¿Pues por qué oidos á mi llanto cierra? ¿Qué huye azorado así? ¿Quién le hostiliza? Buen viento espere y que la mar se ablande: Es gracia, y la postrera que demande.
LXXXVI.
»No ya que vuelva por la fe de esposo Ni á ese Lacio renuncie tan querido, Que le costara asaz, pedirle oso, Tiempo (nada le cuesta) es cuanto pido! ¡Tregua al dolor, momentos de reposo Dé, en que el pecho á sufrir se avece herido! Esto ruego; sé, hermana, compasiva; Haz esto, y soy tu esclava miéntras viva.»
LXXXVII.
Tal la triste con lágrimas decia; Tal á Enéas con lágrimas la hermana Habla, y vuelve, y retorna, y su porfía (No hay con él argüir) fatiga es vana; Que ni por llantos su intencion varía, Ni á ruegos ya su voluntad se allana; Rigor del hado: al penetrar su oido Embota un Dios la fuerza del gemido.
LXXXVIII.
Cual recio, antiguo roble á quien trabada Legion de vientos en el Alpe embiste; Braman; cruje la rama atormentada Y de hoja el suelo en derredor se viste; Mas él, asido de peñascos, nada Teme, y á opuestos ímpetus resiste, Y el cielo con su copa hiriendo altiva, Con raíz honda en el Averno estriba;
LXXXIX.
Él así de querellas golpeado, Cuando su angustia divertir no pueda Tenaz resiste de constancia armado; Inútil llanto de los ojos rueda. Mas Dido, á quien temblar hace su hado, Morir quiere que el cielo la conceda; Ni la bóveda espléndida celeste Torna á mirar sin que pesar le cueste.
XC.
Fortuna, que en su daño se encruelece, Porque su infausto fin seguro sea Hace que á tiempo que devota ofrece Dones en la ara do el incienso humea, Note el agua lustral que se ennegrece Y en sangre el vino corromperse vea. ¡Oh vista horrible! Atónita, confusa, Áun á su hermana declararlo excusa.
XCI.
Dedicado á Siqueo un templo habia, Todo de mármol, al palacio adjunto: Ella le ama, ella le honra, y le atavía Con velos blancos como nieve, junto Con tiernas ramas. En la noche umbría Parecióle que el cónyuge difunto La llama, del oscuro monumento Con misteriosa voz, con hondo acento.
XCII.
Oyó á un buho tambien que se lamenta Solitario en los altos torreones Con lloroso clamor; su duelo aumenta El recuerdo de aciagas predicciones. Enéas mismo en sueños la atormenta; Y por largo camino, por regiones Aridas, siempre sola, peregrina, Ir buscando á los suyos se imagina.
XCIII.
Tal las huestes de Euménides Penteo Y dos soles, dos Tébas mira insano; Tal Oréstes con ciego devaneo Comparece en la escena huyendo en vano: Con fuego y sierpes tras el hijo reo Arma una sombra la terrible mano, Y vengadoras Furias las entradas Sitian del templo, en el umbral sentadas.
XCIV.
El dolor la ha vencido; la despeña El furor: el partido extremo abraza; Y en su mente los trámites diseña, Acuerda el modo, y el momento aplaza. Su intento oculta, y con la faz risueña Dice á la triste hermana: «Hallé la traza Como al ingrato á reducir acierte, Ó de él mi atado corazon liberte.
XCV.
»Me des la enhorabuena, hermana, espero; Mas oye el caso. En el país lejano Que ve del sol el resplandor postrero Y el límite final del Oceano, Allí demora el último lindero Que posee atezado el Africano; Allí el cielo con fuego rutilante Rueda en los hombros del eterno Atlante.
XCVI.
»Hija de esos incógnitos confines, Con fuerte encanto vindicarme fia Negra maga que el templo y los jardines Guardó de las Hespérides un dia: Ella daba sustento á los mastines, Y el árbol milagroso defendia, Y de amapola soporosa, y blanda Miel, esparcia la eficaz vïanda.
XCVII.
»Que ardores hiela con sus cantos jura, Y da al helado fuego en que se queme; Ataja los torrentes, y en la altura Suspenso el astro sus hechizos teme; Sombras evoca entre la noche oscura, Y oirás bajo sus piés cuál muje y treme La tierra; y cuál, verás, los fresnos bajan, Que al conjuro, del monte se descuajan.
XCVIII.
»Tú, en lo interior, si mi salud deseas, Alza al raso una hoguera sin testigo (Séalo el Cielo, y tú, mi bien, lo seas, Que á usar de esta arte á mi pesar me obligo). La espada que dejó pendiente Enéas, El lecho que en mi mal nos fuera amigo, Ponlo allá todo; la adivina aguarda Que no quede reliquia sin que arda.»
XCIX.
En sus labios aquí se heló la risa, Y ocupa el rostro palidez funesta; Mas ¡ay! en balde en su silencio avisa Que un nuevo estilo funerario apresta; Ana ciega áun no en Dido aquel divisa Mental furor; ni la imagina expuesta Á golpe más cruel, dolor más crudo Que en muerte del marido estarlo pudo.
C.
Y así ignorante la infeliz jornada Va á preparar. La Reina, en cuanto mira Al cielo descubierto levantada En el patio interior la triste pira, Con leños resinosos solidada Y con rajas de roble, en torno gira Tendiendo hojosa amenidad, y al muro Guirnaldas cuelga de verdor oscuro.
CI.
Y sobre el lecho, con fingido intento La efigie y armas del traidor coloca: En torno hay aras: con horrible acento La hechicera, en cabello, al Cielo toca; Y deidades allí tres veces ciento, Y al negro Caos y al Erebo invoca, Y, vírgen en tres fases conocida, En tres formas á Hécate apellida.
CII.
Con aguas ya que del Averno el cieno Mustias figuran, libacion se hizo; Y alléganse, cargados de veneno, La hierba pubescente, el tallo rizo Que de la luna al esplendor sereno Cortó segur de cobre; y el hechizo Que, hurtado á la cerviz de potro tierno, Falto dejóle del amor materno.
CIII.
Dido misma la sal ofrenda y trigo, Un pié descalzo, desceñido el manto, É invoca á las estrellas, por testigo Tomando de su fin al Cielo santo: Ellas su historia saben, y si amigo Hubo algun Dios á quien moviese el llanto De amantes mal pagados, ése pide Vea en su causa y de vengarla cuide.
CIV.
Era la noche: al medio del camino Iban los astros por el alto Cielo; Calla el bosque y el piélago marino; Yacen los brutos que sustenta el suelo: Ni en breñas ni por lago cristalino Se ve de ave esmaltada salto ó vuelo: Todo está en calma, y todo mal se olvida; Naturaleza yace adormecida.
CV.
Sólo Dido sus penas no adormece; No se hizo el sueño para angustia tanta Ni sus ojos ni su alma favorece Muda la noche con su sombra santa: Amor entre su pecho se embravece Y nuevas olas sin cesar levanta; Y de ellas combatida, de esta suerte Torna consigo á disputar su muerte:
CVI.
«¿Qué he de hacer? ¡Oh tormentos inhumanos! ¿Buscaré mis antiguos amadores? ¿Iré humilde á los reyes comarcanos? ¡Yo pisé su esperanza y sus amores! ¿Seguiré, triste sierva, á los Troyanos? ¡Harto gratos han sido á mis favores! ¿Ni á bordo su altivez me sufriria? Qué, ¿áun no he probado bien la alevosía
CVII.
»De esa de Laomedonte infame raza? ¿Sola iré tras su pompa? ¿Ó con los mios Volaré armada en pos á darles caza? Mas si á éstos de sus términos natío. Arranqué á viva fuerza, ¿con qué traza Los moveré á tornar á los navíos? No, no; mi salvacion la muerte sea; ¡Calle á hierro el dolor de una alma rea!
CVIII.
»¡Tú, hermana, tú á mis llantos indulgente, Márgen diste á tan grande pesadumbre, Tú doblaste al amor mi dócil frente!... ¡Yo que pude, ejerciendo la costumbre De la bestia del campo independiente, Libre vagar de acerba servidumbre!... Muere, infiel de tu esposo á la ceniza!...» Querellándose así, Dido agoniza.
CIX.
En tanto Enéas, todo ya dispuesto, Ajeno él mismo de temor, dormido Quedóse en la alta popa: al Dios en esto Torna á mirar, que en las murallas vido: Con la propia actitud, la voz, el gesto Viene, en todo á Mercurio parecido; Aureo cabello y juvenil belleza Ornan sus blandas formas, y así empieza:
CX.
«En mal punto en sus brazos te entretiene El sueño, hijo de Vénus! ¡Alza y mira, Torna el daño á mirar que sobreviene, Y oye á Favonio que oportuno espira! ¿Los lazos sabes tú que ella previene? Fragua es su pecho de furente ira; Y ya, de perecer determinada, Nada respeta, ni le espanta nada.
CXI.
»¿Y no será que por el ponto vueles Ganando estos momentos? ¡Guay si esperas Á la luz de la aurora! ¡Hachas crueles Arder verás, y levantarse hogueras, Y en la mar encontrarse los bajeles, Y ocupar el incendio las riberas! ¡Acude, iza la vela, corta el cable! Sér vario es la mujer siempre y mudable.»
CXII.
Dijo; y si ántes radioso, se incorpora En las lóbregas sombras. El durmiente Con la total oscuridad se azora, Abre los ojos y álzase impaciente. «¡Sús,» clama, «compañeros! ¡Á la hora Acorred á los bancos! ¡No consiente Tardanzas la ocasion: las velas pronto Dad á los vientos, y la flota al ponto!
CXIII.
»¡Otra vez de los reinos celestiales Esto nos manda santo mensajero: Quienquier seas ¡oh Númen! con triunfales Aplausos otra vez el fausto agüero Seguimos de tu voz. ¡Así señales El deseado rumbo al marinero! ¡Así hagas por el Cielo que nos rian Las lumbres bellas que al errante guian!»
CXIV.
Dice; y vuela, y la amarra del navío Corta de un tajo de fulmínea espada; A su ejemplo, á su impulso, el mismo brío A los pechos de todos se traslada. Ya arrancan, ya se llevan; ya vacío Quedó el playon: debajo de la armada La mar se oculta, y al batir contino Cubren de espuma el líquido camino.
CXV.
El áureo lecho de Titon la aurora Tímida deja, entre celajes raya, Y ya su lumbre, que horizontes dora, Ve la Reina infeliz de la atalaya; Ve la armada alejarse voladora Con las velas parejas; ve la playa Desamparada, y el desnudo puerto, Y todo siente estar mudo y desierto.
CXVI.
Y el tierno pecho ofende y los cabellos: «¿Y esos advenedizos mi esperanza Burlarán,» dice, «con erguidos cuellos? ¿Impune al ponto el pérfido se lanza? ¿No corre en armas mi ciudad á ellos? ¿Naves no parten á tomar venganza? ¡Id, hachas menead, asid los remos! ¡Soltad las velas! ¡por el mar volemos!
CXVII.
»¿Qué digo? ¿Dónde estoy? ¿Qué desvarío Trastorna mi razon? ¡Dido infelice! Ya el peso sientes de tu sino impío! Cuando partija de mi cetro hice, Convino este furor; ya, ya es tardío! ¡Traidor! ¡Y luégo de él que va se dice Con los patrios Penates; que de escombros Salvo al anciano padre sacó en hombros!
CXVIII.
»¡Ah! ¡sus cuerpos hacer trozos sin cuento Pude, y de ellos sembrar la onda bravía! Matar al hijo, y el manjar sangriento Pude al padre servir; ¿quién lo impedia? Peligro, ¿cuál? ¡Morir era mi intento! ¡Yo á sus tiendas llevara llama impía; Yo al padre, al hijo, á todos, muerte fiera! ¡Yo los matara allí; luégo, muriera!
CXIX.
»¡Sol, cuya luz los ámbitos visita, Tú que todo descubres, nada ignoras! Juno, que viste mi amorosa cuita Nacer, y hoy mides mis finales horas! ¡Hécate, á quien en calle tripartita Claman de noche! ¡Furias vengadoras! ¡Oh Dioses, cuantos veis mi afan postrero! ¡Yo imploro compasion, justicia espero!
CXX.
»Mi ruego oíd: si firme persevera El hado que á ese infame lleva á puerto; Si en esto Jove su querer no altera, Que el fijado confin le aguarde cierto; Mas tribu audaz contrástele siquiera, Y en peligro se mire y desconcierto, Y parta, el corazon vuelto pedazos, Del dulce nido y los filiales brazos.
CXXI.
»Y vague, auxilios mendigando; y vea Cómo á los suyos la fortuna humilla; Ni el reino goce y calma que desea Paz ajustando, á su valor mancilla. ¡Herido sin sazon de muerte sea! ¡Yazga insepulto en solitaria orilla! Esto, ¡oh Númenes! pido; ved en ello: Yo mi demanda con mi sangre sello.
CXXII.
»Vosotros, cual leales corazones, Tirios, haced de vuestros odios prueba Sobre esa raza en cien generaciones, Y honra tan grande mi ceniza os deba. Nunca amistad entre las dos naciones; No haya quien pactos de concordia mueva; Mas nacerá sobre mi tumba, fio, Quien aplaque la sed del furor mio.
CXXIII.
»Álzate, vengador amenazante, Acelera los tiempos; y ahora, y luégo, Tu sombra por do vayan los espante; Arróllalos feroz á sangre y fuego. Y muro contra muro se levante; Y un mar contra otro mar se ensañe ciego; Y pueblo contra pueblo alce la frente; Y guerra eterna mi rencor sustente!»
CXXIV.
Dice; y buscando al ánima salida, Á todas partes la atencion convierte; Y de Siqueo á la nutriz convida Al misterio, que encubre, de su muerte: (De Siqueo; la suya, reducida Yace há tiempo en la patria á polvo inerte) «Barce, mi fiel nodriza, vuela» exclama: «Vé, y al sacro festin mi hermana llama.
CXXV.
»Con agua rociándose primero, Que traiga, dí, las víctimas, y ofrenda Cual pide la expiacion: así la espero; Y tú ciñe á la sien piadosa venda. Ya celebrar la ceremonia quiero Que á Pluton ofrecí: mi pena horrenda Hoy debe de acabar; que de ese injusto Hoy tiro al fuego el ominoso busto.»
CXXVI.