Eneida; v.1 de 2

Part 8

Chapter 83,748 wordsPublic domain

»Miéntras huir de esta ímpia costa emprende »Hé aquí mi gente me dejó en olvido, »En un antro que lóbrego se extiende »De manjares sangrientos esparcido: »El antro de un Ciclope. El monstruo hiende »(Oh, qué monstruo cien veces maldecido!) »Las nubes, si la frente alza espantosa; »Y nadie hablarle ni áun mirarle osa.

CXVII.

»Crudos devora á cuantos tristes caza. »Tendido en medio al antro donde espía, »Con la mano feroz con que atenaza »Asir dos de los nuestros vile un dia: »A golpe en un peñon los despedaza; »El umbral de la sangre se mecia; »Vi humor los miembros destilar, y ardiente »Tremer la carne al dar diente con diente.

CXVIII.

»No tal Ulíses soportó; ni en ese »Trance á su fama desmintió su pecho; »Mas aguardó á que el monstruo se rindiese »De manjares y vino satisfecho: »Rindióse al fin, doblando el cuello, y fuése »Adurmiendo en la cueva, su amplio lecho; »Y su boca brotaba entre rumores, »Trozos de vianda, y de licor vapores.

CXIX.

»Á los Dioses llamando en nuestra ayuda, »Sorteado el peligro, á un mismo instante »Corremos en redor, y una asta aguda »Clavamos en el ojo del gigante: »Ojo, al metal que á Argivos combo escuda, »O al gran disco de Febo semejante; »Ojo único, bajo hosca ruga oculto;-- »Y así vengámos su brutal insulto.

CXX.

»¡Huid, tristes, huid! todo os conjura! »Cortad los cables sin perder momento; »Pues como ese, que agora por ventura »Ordeña, consolando su tormento, »Su grey lanosa en su caverna oscura, »Como ese horrendo Polifemo, hay ciento, »Y en magna procesion la prole infanda »Ronda esta costa, y por los montes anda.

CXXI.

»Ya por tercera vez brillar he visto »Las fases de la luna renovadas, »Desde que en esta soledad existo »Y á las fieras disputo sus moradas. »Cauto los monstruos de una peña avisto, »Y su voz tiemblo y tiemblo sus pisadas; »Y zonzas nutren mi existencia acerba »Silvestres bayas y arrancada hierba.

CXXII.

»Vi llegar vuestra flota á esta ribera, »Miéntras miradas de ansiedad dirijo »Cuan en léjos logro; y fuese lo que fuera, «Palpitando volé de regocijo. »Ya, ya estoy libre de esta raza fiera: »¡Ahora matadme si quereis!» Tal dijo; Y ya un bulto, áun no bien de hablar acaba, En los vecinos montes descollaba.

CXXIII.

»Obeso Polifemo se movia En medio del lanígero ganado, Y á la usada ribera el paso guia: ¡Gran monstruo, informe, atroz, de luz privado! Hácenle sus ovejas compañía, Consuelo solo de su adverso estado, Sírvele de baston desnudo un pino, Y con resuelto pié cata el camino.

CXXIV.

»Llega á la playa de su ruta al cabo; Y al mar entrando, con sus ondas lava Del ojo, herido del ardiente clavo, La sangre que grumosa chorreaba. Crujir los dientes le hace el dolor bravo Que el mal renueva y el enojo agrava; Y más y más se interna en la agua, y ésta Le moja apénas la cintura enhiesta.

CXXV.

»Temblando, y á par nuestro recibido El que, eso visto, la verdad decia, Las amarras soltamos sin rüido, Y el mar los remos barren á porfía. Sintió el gigante, y se volvió al sonido; Mas vió que con el brazo no podia Tocarnos ya, ni competir tampoco Con las jónicas ondas, de ira loco.

CXXVI.

»Gimió entónces: el ponto se estremece Al inmenso clamor, el viento zumba; Italia toda retemblar parece; Etna en sus hornos cóncavos retumba. Y de montes y selvas se aparece, Al són de alarma, la feroz balumba De los otros Ciclopes, que se ordenan En largas filas, y las playas llenan.

CXXVII.

»Yo los vi, yo, los étneos hermanos, En pié, con sendos ojos imponentes, ¡Junta horrenda! mirándonos insanos, Al cielo alzadas las soberbias frentes. Tales inmoble ostentan los ancianos Cipreses y los robles eminentes Cima piramidal ó copa vana, En los bosques de Jove ó de Dïana.

CXXVIII.

»Con el vivo temor que nos aguija, Al sacudir el cable, al dar la vela, Torcemos á do el viento nos dirija, Y á do el viento sopló, la nave vuela. Mas porque no el azote nos aflija Entre Scila y Caríbdis, que revela La voz de Heleno, que á evitarlo exhorta, Volver y el rumbo enderezar importa.

CXXIX.

»Bóreas en tanto de la estrecha boca De Peloro enviado, nos ampara. El Pantágias pasamos, que entre roca Viva desagua; el seno de Megara, Y Tapso humilde. Nuestra quilla toca En sitios que Aqueménides declara; Que en rumbo inverso los corrió primero, Ya del mísero Ulíses compañero.

CXXX.

»Hay en el golfo siciliano, en frente Del undoso Plemirio, una isla bella, Y quiso ya la primitiva gente Con el nombre de Ortigia noble hacella. Fama es que Alfeo de Élide, latente Vino y errante bajo el mar á ella; Y ya unido, Aretusa! á tus raudales Vuela ufano á los sículos cristales.

CXXXI.

»Habiendo allí los Númenes honrado. Y el campo atras dejado peregrino Que el Heloro fecunda remansado, Los salientes peñascos de Paquino Raemos. Léjos aparece el vado Que un Dios vedó moviesen Camarino; Y el gran pueblo de Gela, y su campaña, A quien dió nombre el rio que lo baña.

CXXXII.

»Tierra de nobles potros afamada, Acragas en seguida se presenta, Y de léjos fijó nuestra mirada El ancho muro de que está opulenta. Selínos, la de palmas coronada, Ya atras te quedas: la onda fraudulenta Del rocalloso Lilibeo corto, Y á Drépano ¡ay, llorosa playa! aporto.

CXXXIII.

»Tras tanto afan, en extranjero suelo, El hado á Anquíses me robó tirano; Era en mis penas mi único consuelo, Él daba aliento á mi cansada mano. ¡Oh padre bondadoso! ¡oh acerbo duelo! ¡De cuántos riesgos escapaste en vano! No me anunció, entre tanto mal, Heleno Desgracia tal, ni la cruel Celeno!

CXXXIV.

»Meta de viajes, causa de gemidos En Drépano encontré. De ahí del viento Vinimos por el piélago impelidos, Merced de un Dios, á vuestro ilustre asiento.»-- Tal sucesos del Cielo dirigidos Narraba el héroe al auditorio atento, Contratiempos, errores y peleas: Calló, en fin, y descanso tomó Enéas.

LIBRO CUARTO

I.

Herida en breve de dolencia aciaga, Pábulo da la Reina en cada hora Al placer mismo de enconar la llaga, Y de fuego secreto se devora: Del héroe, su valor, su alcurnia, halaga El pensamiento, y de su voz sonora El eco, y de su faz guarda el trasunto; Y tregua el vivo afan no sufre un punto.

II.

Húmida el alba sonrió, y el dia Con luz roja entre nieblas despuntaba, Cuando á su amante hermana el paso guia Dido, y con ella así coloquio traba: «¿Qué sueño tentador, querida mia, El sueño fué que de agitarme acaba? Mas este huésped que tenemos, díme, ¿Cuál corazon habrá que no le estime?

III.

»¿Qué brío á su alma y brazo no acompaña? ¡Cuál se pinta en su frente su destino! Yo, si mis ojos la ilusion no engaña, Que desciende de Dioses adivino; Pues torpe miedo que el semblante empaña, Siempre delata al corazon mezquino; Y él, tras tanto conflicto y prueba tanta, ¡Qué de combates concluidos canta!

IV.

»Eterno, irrevocable es mi desvío De un nuevo enlace al criminal deseo; Que mi esperanza en flor y el amor mio Yacen con las cenizas de Siqueo. Mas si á mis ojos sin fulgor sombrío Pudiese arder la antorcha de Himeneo, Sólo de este héroe la gentil presencia Capaz fuera á vencer mi resistencia.

V.

»Confesártelo quiero: desde el dia Que el doméstico altar fué enrojecido Por la venganza del hermano impía Con la inocente sangre del marido, Sólo aqueste extranjero á simpatía Ha logrado moverme, y su latido Volver al corazon, que ya se inflama; El calor siento de la extinta llama.

VI.

»Mas hiéndase y sepúlteme en su seno La tierra; el padre del Olimpo santo Me precipite al retumbar del trueno En la mansion de noche eterna y llanto, Si es ¡oh pudor! que mi deber no lleno, Si tu sagrado código quebranto. Pues de todo mi amor hice á él promesa, Amar debo su sombra, honrar su huesa!»

VII.

Dice; y baña en sus lágrimas, vencida, El seno amigo. Respondióle Ana: «Tú, á quien más amo que mi propia vida, Qué, ¿pasarás la juventud lozana Sin coger flores con que amor convida, Sin lograr frutos de que amor se ufana? ¿Piensas que de los vivos los cuidados Van el sueño á inquietar de los finados?

VIII.

»Fuese así, ¿qué les debes? No hubo amante, Ni hoy en esta nacion, ni ántes en Tiro, Que tu pecho ablandase de diamante: Á Yárbas desdeñaste, y el suspiro De tantos de que al África arrogante, Claros guerreros, alabarse miro. ¿Mas á tu amor y utilidad te opones? Oye á ese amor y mira á estas regiones.

IX.

»Las gétulas ciudades aguerridas De una parte amenazan al Estado; Ves allá los indómitos Numidas, La Sirte inhospital: por otro lado Los Barceos errantes y homicidas, El árido desierto y abrasado; ¿Y lo que ha de venir de Tiro sabes? ¿Qué, si el airado hermano apresta naves?

X.

»Fué de los Dioses voluntad, no dudo, Favor de Juno, que en tu bien se esmera, Que frigios buques tras embate rudo Saludasen al fin nuestra ribera. ¿Qué no promete tan dichoso nudo? Con la troyana juventud guerrera ¡Cuánto en gloria y poder la patria gana! ¡Qué gran nacion la que verás mañana!

XI.

»En tanto á la Deidad en los altares Inclina en tu favor con sacrificios, Miéntras al extranjero en tus hogares Obligas con benévolos oficios. Causas proponle de aguardar: los mares Agitados de vientos impropicios, La flota inhábil para alzar el vuelo, El pluvioso Orïon y ambiguo el cielo.»

XII.

Ana habló así; y el reprimido fuego Torna de Dido en llamas encendidas, Y en esperanzas del amor más ciego Las timideces de pudor nacidas. Juntas, altares visitando, el ruego Cantan de paz, y ovejas escogidas Ofrecen, segun rito, á Febo, á Céres Que leyes da, y al Dios de los placeres

XIII.

Más que á todos á Juno, la que enlaza Cuellos de amantes con feliz cadena, La Reina acude, y si ofrecerle traza Blanca novilla, que inmolar ordena, Entre uno y otro cuerno ella la taza De sagrado licor derrama llena; Y si, ornado el altar, favores pide, La sacra ceremonia ella preside.

XIV.

Torna á iniciar con cada nueva aurora Nueva fiesta. Con labios anhelantes Su destino en las víctimas explora Consultando las fibras palpitantes. La ciencia del augur ¡oh cuánto ignora! Ni ¿cuál rito sanó pechos amantes? Consume fuego halagador la vida, Fresca recata el corazon su herida.

XV.

Tal la Reina abrasada incierta gira: Así tambien en la selvosa Creta Algun vago pastor de léjos tira A cierva incauta rápida saeta; El, que clavó el arpon tal vez no mira; Ella en bosques y valles huye inquieta, Y en vano huyendo de librarse trata, Que va con ella el dardo que la mata.

XVI.

Y ya á Enéas á ver los muros guia Y primores le enseña por do viene; Empezados proyectos le confía, Va á hablar tal vez, y al pronto se detiene; O ya en festines, en cayendo el dia, Con preguntas, cual ántes, le entretiene; Que lances torne á referir le agrada, Y torna á oirle, de su voz colgada.

XVII.

Tambien á veces la infeliz, hallando El semblante del héroe en su semblante, Estrecha á Ascanio contra el seno blando, Por si engañado Amor duerme un instante. Y cuando todos se retiran, cuando Su móvil faz, á trechos radïante, Con velo funeral cubre la luna Y se hunden las estrellas una á una;

XVIII.

Cuando todo á los vivos aconseja Tomar descanso, en la desierta sala Pasea sus congojas, y honda queja, Consigo á solas, de su pecho exhala; Ó en el lecho tal vez caer se deja Que ocupó en el festin, y se regala Con el amado, que al amado ausente Presente le ve allí; le oye, le siente.

XIX.

Suspensa en tanto la comun tarea, Ni en ejercicios de armas se solaza La juventud, ni en concluir se emplea Nadie ya el puerto, ni en murar la plaza: No se alza más la torre gigantea; Inconcluso, rüinas amenaza Todo el muro, y la máquina que osa Hasta el cielo empinarse, asombra ociosa.

XX.

La hija de Saturno, la que al lado Reina de Jove, ha visto á la infelice; Ve que al amor inmola ya el cuidado De su fama, y á Vénus llega, y dice: «Rica presa hijo y madre habeis logrado Que una mujer la planta en red deslice Que dos Dioses le armaron de concierto, ¡Es gran conquista y memorable, cierto!

XXI.

»Mal pudiera ignorar que sospechosas Tú de Cartago las mansiones hallas; Yo sé que en tus recelos no reposas Cuando ves de Cartago las murallas. Mas ¿no habrá fin á tan acerbas cosas? ¿Siempre hemos de reñir duras batallas? Justo es ya que finquemos, si te place, Eterna paz en venturoso enlace.

XXII.

»Cuanto pudo halagar tu fantasía, Todo lo tienes á sabor cumplido: Dido muere de amor: la llama impía Cala y consume el corazon de Dido. Que esta nacion rijamos tuya y mia Con igual potestad, es lo que pido: Dido al Troyano obedecer se vea; Dote fiada á ti Cartago sea.»

XXIII.

Vénus, cual si no hubiese en sus razones La mira penetrado traicionera De llevar á las líbicas regiones El reinado feliz que á Italia espera, «Acojo,» respondió «lo que propones; Que en vez de ello altercar, demencia fuera: Falta sólo que el vínculo que dices Efectos logre, cual prevés, felices.

XXIV.

»Yo, yo temo del Hado los arcanos; Ni decir sé si Júpiter se paga De que, uniéndose Tirios y Troyanos, Solo un pueblo la union de entrambos haga. Mas tú los pensamientos soberanos Del mismo Jove suplicante indaga; Que es derecho de esposa; y de consuno Obraremos despues.» Respondió Juno:

XXV.

«Fíalo á mi prudencia, que lo aplaza Para su tiempo. A lo que está primero Por el pronto atendamos: con qué traza Lograremos el fin, decirte quiero. Salir han concertado al monte á caza Dido y Enéas: que saldrán espero Cuando el sol tienda desde la alta cumbre Los primeros destellos de su lumbre.

XXVI.

»Yo, en viendo las garzotas de colores Agitarse, y que empiezan la espesura Con cuerdas á ceñir los cazadores, Recia borrasca moveré en la altura, El cielo en torno asordaré á rumores, Granizo lanzaré de nube oscura; Dispersos correrán, y á todos lados Con ciega sombra toparán cerrados.

XXVII.

»Dido y el Rey de la troyana gente En una gruta entónces á deseo Reparo buscarán: seré presente, Y haré, si tu favor cordial poseo, Que á consorcio se obliguen permanente, Y el juramento sellará Himeneo.» Tal su ardid Juno expone á Vénus; y ésta Sonrisa de adhesion dió por respuesta.

XXVIII.

Aurora en tanto de la mar salia Hermosa: y redes ya de claros hilos La alegre multitud trae á porfía, Y lonas, y venablos de anchos filos: A la vez llegan con sagaz jauría A caballo los ágiles Masilos; Y á Dido, que en la régia alcoba áun tarda, Region florida en el umbral aguarda.

XXIX.

Soberbio de oro y grana, el campo huella, Y espumoso un bridon tasca el bocado: Ya ella sale á montarle, y va con ella El juvenil cortejo alborozado. Su clámide purpúrea franja bella Pinta; es áureo el carcaj que lleva al lado; La veste ciñe en áureo broche; en oro Coge de sus cabellos el tesoro.

XXX.

Asoma ya la juventud troyana; Gozoso llega Ascanio, Enéas llega Radiante de hermosura soberana, Y las bandas, cual príncipe, congrega. No en gentileza ó majestad le gana Apolo, cuando hurtándose á la vega Del Janto, ó á la Licia envuelta en hielos, Fiestas instaura en la materna Délos:

XXXI.

Honran al Dios, su altar ciñendo santo, Y Cretenses y Dríopes en coro, Y abigarrados Agatirsos, canto Mezclando y danzas en tropel sonoro; El de Cinto en las cumbres vaga en tanto; Orna el suelto cabello, á par del oro, Con tiernas hojas de gentil guirnalda, Y los dardos retiemblan á la espalda.

XXXII.

Cuando al monte llegaron y al sagrado De hojosos laberintos, á deshora Del risco descolgándose empinado Ven la silvestre cabra trepadora. Mueve á los ciervos súbito cuidado, Y la manada al campo voladora Cruza; nube de polvo en torno crece, Y los montes dejando, desparece.

XXXIII.

Ascanio revolviendo va á doquiera Su brioso caballo por el llano, Y ya á los unos en veloz carrera, Ora á los otros se adelanta ufano. Entre inermes rebaños, aplaudiera Un jabalí espumoso haber á mano, Y ruega que del áspero boscaje Algun rojo leon al campo baje.

XXXIV.

Hé aquí el cielo amenaza, óyense truenos, Sigue granizo y tempestad oscura; Y, Tirios y Troyanos de afan llenos, Cada cual por su lado huir procura: Ni de Vénus al nieto acosa ménos El cielo: albergues van por la llanura Buscando: de las sierras eminentes Se despeñan las aguas á torrentes.

XXXV.

Iba el troyano capitan con Dido, Y á una gruta se acogen á deseo: Presagia la alma Tierra con rüido, Y Juno, al rito atenta, el himeneo: El cielo en los misterios instruido, Alumbró con siniestro centelleo; Las Ninfas á que el monte da moradas, Gimieron en las cumbres elevadas.

XXXVI.

¡Oh raíz de infortunio, hora funesta! No alimenta en su amor furtiva llama La Reina ya, ni miramiento presta A lo que honor ó la opinion reclama: Por velo da á su culpa manifiesta Nombre de matrimonio. Y ya la Fama Por cuantas villas Africa numera Canta con voz los hechos pregonera.

XXXVII.

Fama aquella malvada se apellida Que es veloz como igual no ha visto el cielo, En su movilidad está su vida, Y le crecen las fuerzas con el vuelo: En los primeros pasos va encogida; Luégo se alza ambiciosa: por el suelo Humildemente rateando empieza; Luégo esconde en las nubes la cabeza.

XXXVIII.

Llena de ardor contra los Dioses, creo, La Tierra hubo á la Fama hija postrera, Póstuma hermana á Encélado y á Ceo, Agil de miembros y de piés ligera. Cuantas plumas, enorme monstruo y feo, Ciñendo al cuerpo va, ¿quién tal creyera? Tantos debajo oculta ojos despiertos, Tantas bocas y oidos siempre abiertos.

XXXIX.

Estridente en la sombra mueve el ala De noche, y entre tierra y cielo vuela; Nunca el sueño sus párpados regala! De dia, misterioso centinela, En techo ó torre altísima se instala, Y asombro dando á las ciudades, vela, Y con ardor igual, doquier que gira, Divulga la verdad y la mentira.

XL.

Lo mismo ahora, ufana, diligente. Mezcla verdades y ficciones vanas, Y esparciéndolas vuela entre la gente Corriendo las provincias comarcanas: Que ha arribado, de Troya procedente, Enéas á las playas africanas; Que le acoge, y consiente en ser su esposa, La soberana de Cartago hermosa;

XLI.

Más: que olvidando públicos cuidados. En la red del placer entretenidos, Gozan los dias del invierno helados, Por amor, lo que duren, encendidos: La ímpia Diosa por campos y poblados Va esto poniendo en bocas y en oidos, Y al rey Yárbas torciendo, llega en breve, Le inflama el alma, y á furor le mueve.

XLII.

Robó á la ninfa Garamanta un dia Jove Amon; de éstos hijo Yárbas era; El cual cien templos dedicado habia, En los vastos dominios en que impera, A su padre, y cien aras, donde ardia Velador fuego que morir no espera: El suelo en sangre víctimas coloran; Tiernas guirnaldas el dintel decoran.

XLIII.

El rumor revolviendo que le aqueja Yárbas allí, entre estatuas tutelares, Gime alzando las palmas; ni se aleja Sin fatigar con ruegos los altares: «¡Oh Jove omnipotente, á quien festeja Con obsequios del Dios de los lagares La gente maura en recamados lechos! ¿Ves, dí, la iniquidad de humanos pechos?

XLIV.

»¿Ves? ¿Ó cuando á las nubes rompe el seno El fuego, y tiembla el hombre, asombro es vano? ¿No es voz de tu furor el ronco trueno? ¿Ciegos salen los rayos de tu mano? Vino aquí errante una mujer: terreno Compró para ciudad pequeña: un llano La dí que cultivado la abastase; A su dominacion yo eché la base.

XLV.

»Y ella ayer desechóme por marido; ¡Ah! ¡y ella un huésped hoy sienta á su lado! Y éste que unge el cabello y va servido De eunucos, nuevo Páris, y el tocado Meonio ciñe, en vergonzoso olvido, Gozando libre está de un bien robado; ¡Y yo, que en darte culto no reposo, Llevo infeliz renombre de dichoso!»

XLVI.

Tal, asido al altar, Yárbas gemia; Y oyendo el Padre su clamor prolijo Vió la copia de amantes que yacia En torpes lazos, y á Mercurio dijo: «Óyeme, y cruza la region vacía; Los céfiros te ayuden, vuela, hijo; Vé al Rey troyano que en Cartago olvida Mansiones do Fortuna le convida.

XLVII.

»¡Que no así, le dirás, su madre hermosa Me le ofreció; ni para fin tan triste, Cuando la muerte entre la lid le acosa, Una vez y otra á remediarle asiste; Mas para que su raza glorïosa Restaure, y éntre á Italia, y la conquiste Henchida de poder, hirviente en guerra, Y leyes dicte al orbe de la tierra!

XLVIII.

»Que si no le da impulsos la memoria De sus altos destinos, ni se afana Por ceñirse el laurel de la victoria, Débele á Ascanio la ciudad romana. ¿Y querrá á un hijo defraudar su gloria? ¿Ó qué entre gente á su mision profana Proyecta? ¿Por lo suyo no suspira? ¿Ni allá los campos de Lavinio mira?

XLIX.

»¡Tú vé; intímale, pues, mi mandamiento: Yo mando, en conclusion, se haga á la vela!» Dijo; á su voz el mensajero atento, Cumplir el cargo presuroso anhela; Y la sandalia calza en el momento, La áurea sandalia con que alado vuela Cual soplo de los céfiros, lo mismo Sobre la tierra y sobre undoso abismo.

L.

Cobra en seguida el Dios su caduceo: Con él las sombras pálidas evoca Que yacen en el Orco, y al Leteo Lleva tambien las ánimas: provoca Y disipa los sueños á deseo; Los mustios ojos abre si los toca: Con él nublados trata, auras domina; Y ya volando á Atlante se avecina.

LI.

El cual con pinos hórrida levanta, Y de hoscas nubes guarnecida ostenta Su anciana frente, estriba en firme planta, Y el alto cielo sobre sí sustenta: Nieve arropa sus hombros; se quebranta En sus flancos rugiendo la tormenta, Y á trechos en arroyos se desliza El bronco hielo que su barba eriza.

LII.

Allí el cilenio Dios descanso toma; Paz da á las alas que al igual batia, Y luego al mar con fuerza se desploma; Y cual ave que al pez la gruta espía Y en las playas, rasando el alga, asoma, Tal á las costas líbicas venía, Distante en breve del materno abuelo, Entre agua y tierra el Dios á salto y vuelo.

LIII.

No bien chozas tocó su planta alada Muros trazando y casas al caudillo Troyano ve, cuya ceñida espada Puntas de jaspe esmaltan de amarillo, Y á quien clámide en púrpura bañada Los hombros cubre con ardiente brillo: Obsequios de la rica soberana Que con oro sutil bordó la grana.

LIV.