Eneida; v.1 de 2

Part 6

Chapter 63,624 wordsPublic domain

»Torno á las armas, y el arnes requiero, Y á morir batallando me preparo; Ni más alivio á mi dolor espero, Ni otra salida, ni mejor reparo. «¡Oh padre mio!» en mi dolor profiero; «¿Y pudiste idear que en desamparo »Te abandonase por salvarme? ¿Agravios »Vierten cual éste paternales labios?

CXXVIII.

»Si es que completa asolacion previene »A Troya el Cielo en su insaciable enojo, »Si la medida quieres que se llene »Con nuestros restos, cumplirás tu antojo »Ya vendrá Pirro; franco el paso tiene: «Pirro con sangre del Monarca rojo, »De cuyo brazo matador no ampara »Ni al hijo el padre, ni al anciano el ara.

CXXIX.

»¿Y á ésto sólo me sacas, alma Dea, »Salvo por medio del adverso bando? »¿A que testigo en mis hogares sea, »No ya en la lid, de su rencor infando? »¿A que, uno entre la sangre de otro, vea »Hijo, padre y esposa agonizando? »¡Al arma! ¡al arma! ¡La postrera hora »Llama al vencido, amigos, vengadora!

CXXX.

»¡Tornar dejadme á la ardua lid! Mi diestra »Renovará el conflicto: al fin, vengada »Corra, si ha de correr, la sangre nuestra.» Dije, á la cinta acomodé la espada, Y el escudo embrazando á la siniestra, Ya iba á salir, cuando mi esposa amada Se echa á mis piés en el umbral de hinojos, Y nuestro dulce hijo alza á mis ojos.

CXXXI.

«Si es morir lo que atentas,» me decia, «Todos iremos á morir contigo; »Mas si áun tu brazo de las armas fia, »Primero es que defiendas este abrigo. »¡Cómo! tu hijo, tu padre, la que un dia »Buena esposa llamaste, ¿al enemigo »Así vas á entregar?» Tal su desgracia Gime; el eco en los ámbitos se espacia.

CXXXII.

»Súbita maravilla sorprendente De todos luégo las miradas llama: En medio del abrazo y el doliente Coloquio paternal, brota una llama De Ascanio en la corona, y por su frente E ilesos rizos mansa se derrama: Quién, al verle, el cabello le sacude; Quién ya con agua, en su temor, le acude.

CXXXIII.

»Mas mi padre con plácida alegría El rostro augusto eleva; ambas las manos Tiende, y al cielo esta plegaria envía: «¡Omnipotente Júpiter, si humanos »Ruegos te mueven á clemencia pia, »Una mirada compasiva dános! »Si merecemos proteccion, propicio »Sénos, y sella el venturoso auspicio.»

CXXXIV.

»Á estas voces en súbita estampida Tronó á la izquierda; y por el vago cielo Rápida estrella de esplendor vestida Hendió á la noche el nebuloso velo: Llegaba hácia nosotros, cuando al Ida, Alumbrando el camino, tuerce el vuelo; Su luengo sulco blanda luz señala, Y humo sulfúreo al esconderse exhala.

CXXXV.

»Convéncese mi padre, se levanta, Da gracias á los Númenes, y adora La luz divina. «Gobernad mi planta,» Dice: «no más suscitaré demora.-- »Y ¡oh patrios Dioses! vuestra mano santa »Reconozco que á Troya cubre ahora: »¡Mi familia guardad, guardad mi nieto! »Partamos, hijo; la Deidad respeto.»

CXXXVI.

»Mas ya el calor sofoca; ya se escucha Más y más cerca el fuego turbulento Que con los muros y edificios lucha Su furor avivando y movimiento. «Sube en mis hombros, padre: á fe que mucha »No ha de serles la carga: en todo evento, »Uno sea el peligro á entrambos; una, »O piadosa ó adversa, la fortuna.

CXXXVII.

»Ascanio venga de su padre al lado; »Tú, Creusa, seguir mis huellas cuida; »Y todos en los ánimos grabado »Tened lo que os encargo en esta huida: »Bien sabeis, servidores, de un collado »Que está de la ciudad á la salida, »Do de Céres ruinoso un templo antiguo »A un vetusto cipres yace contiguo:

CXXXVIII.

»Cipres que nuestros padres reverentes »Honraron siempre en sus felices dias;-- »Allí nos juntaremos, diligentes »Sendereando por diversas vias.-- »Toma, ¡oh padre! los Dioses: yo de ardientes »Refriegas salgo; si las manos mias »Pusiese en ellos, en corriente clara »No lustradas aún, los profanara.»

CXXXIX.

»Callo; y encima del comun vestido, Con una piel bermeja leonina Los anchos hombros encubrirme cuido, Y al grato peso mi cerviz se inclina. El tierno Ascanio, de mi mano asido, Conmigo á paso desigual camina: Quedóse atras mi esposa: opaca niebla En torno nuestro los espacios puebla.

CXL.

»Mas yo que en la ciudad momentos ántes No temí de la lid el alto estruendo, No las armas, no griegos batallantes Remolinados en tropel horrendo, Ahora al sonar las auras oscilantes, Al más leve rüido me suspendo, No temeroso por la vida mia, Sí por mi dulce carga y compañía.

CXLI.

»Parecíame ya llegar seguro Al deseado fin, cuando repente Cual de veloces piés que el suelo duro Batiesen, sordo estrépito se siente; Y mi padre mirando de lo oscuro, «Hijo,» dice, «huye, hijo; asoma gente: Desvía; el temeroso centelleo De las rodelas y corazas veo.»

CXLII.

»¡Ah! en tanto que mi pié medroso excusa Por ignoradas vueltas el camino, No sé qué ínvido Dios mi ya confusa Razon de lleno á desquiciarme vino: No supe más qué fué de mi Creusa; Si la detuvo mi cruel destino, Si erró la via, ó se sentó cansada;-- De entónces más, á mi clamor negada.

CXLIII.

»Ni la eché ménos hasta haber llegado Todos los mios, con turbada huella, Al templo antiguo y salvador collado: Reunímonos; ¡faltaba sola ella! Faltaba á su hijo, en lágrimas bañado; Faltaba á mí, que en áspera querella, ¡Oh entre males tamaños mal supremo! De hombres y Dioses con furor blasfemo.

CXLIV.

»Hijo, y padre, y penates encomiendo, Puestos y ocultos en profundo valle, A mis amigos: despechado emprendo La ciudad recorrer hasta que halle La infelice consorte; y no temiendo Volver á abrirme entre enemigos calle, Me ciño de la fúlgida armadura, Y entrégome al dolor y á la ventura.

CXLV.

»Llego primero al murallon oscuro, Puerta y umbral por do pasado habia; Esfuérzome á mirar, y mal seguro Sigo por rastros una y otra via. Horror, silencio en el desierto muro Sólo hallar pude. Á la morada mia Acudo, por si allá mi compañera Tal vez, tal vez la planta dirigiera.

CXLVI.

»Mas de los enemigos mi morada Presa era ya: la llama devorante Por el Ábrego rápido aventada, Crece, sube, revuélvese ondeante. Enderezo al alcázar, y en la entrada Del sagrario de Juno (en lo restante Abandonada ya la ciudadela), Hacen Fénix y Ulíses centinela:

CXLVII.

»De los templos tornados en pavesas Custodian el espléndido tesoro, Vestes sacerdotales, sacras mesas, Macizos vasos de luciente oro. Víanse en torno de las ricas presas Niños sumidos en confuso lloro, Mustias las madres que el dolor embarga, Cautiva muchedumbre en rueda larga.

CXLVIII.

»Allí sin fruto y por doquier demando El bien perdido: una vez y otra al viento Su nombre doy, los ámbitos llenando Con la cascada voz de mi lamento. Así por las sombrías calles ando En su busca con ciego desatiento, Cuando al paso atraviésase y me nombra, Pálido, alto fantasma;--era su sombra.

CXLIX.

»Tiémblame el corazon, se me eneriza El cabello, la sangre se me hiela: Mas ella hablando así me tranquiliza Y futuros destinos me revela: «¿Por qué tu corazon se martiriza, »Ó á dó tu loca fantasía vuela? »Templa el furor: no temerario oses »Al imperio oponerte de los Dioses.

CL.

»Vencer no pienses mi eternal reposo, »No contigo llevarme á otra ribera: »Védalo _aquél_ que todopoderoso »En las sedes olímpicas impera. »Vasto mar que surcar, amado esposo, »Largo destierro que cumplir te espera; »Mucho errarás; empero, finalmente, »Llegarás á las playas de Occidente:

CLI.

»A Hesperia, patria de ínclitos varones, »A donde ameno y dilatado ondea »El lidio Tibre, que en besar los dones »De sus fértiles ribas se recrea. »Ancho imperio, magníficos blasones, »Régia consorte encontrarás; ni sea »Mi memoria á tu pecho dolorosa: »Harto has llorado á tu apartada esposa.

CLII.

»Que no á la nuera de la cipria Diva, »La hija del frigio Rey, reduce el hado »A sierva humilde de matrona aquiva: »¡No irá á ver, no, del vencedor airado »Soberbios techos mísera cautiva! »La madre de los Dioses á su lado »Me acoge. ¡Adios! por nuestro Ascanio vela; »¡Amale siempre, y tu dolor consuela!»

CLIII.

»Yo que la oia en lágrimas deshecho, Mil cosas fuí á decir, cuando en sombríos Celajes se encubrió. Tres veces le echo Al cuello los amantes brazos mios, Y tres veces, ¡oh pena! los estrecho Contra el burlado corazon vacíos, Desvanecida á mi anheloso empeño Cual humo vano ó fábrica de un sueño.

CLIV.

»La noche terminó con mi porfía, Y torné. Con portátiles haberes Notable multitud llegado habia, Ausente yo, cabe el altar de Céres. Apellídanme todos jefe y guia: «Contigo,» dicen, «á doquier esperes »¡Ay! alejarnos del confin troyano, »Rostro haremos al lóbrego Oceano.»

CLV.

»Allí varones y hembras, niños, viejos, Y larga y miserable muchedumbre. Y ya anunciaban pálidos reflejos Al sol, del Ida sobre la ardua cumbre. Ocupadas las puertas á lo léjos, Huye de auxilio la postrer vislumbre: Cedo á la suerte: á recibir me inclino Mi padre, y á los montes me encamino.

LIBRO TERCERO.

I.

«Despues que el Cielo la inculpada gente De Príamo y troyana monarquía Derribó en tierra, y la ciudad potente En círculos de humo perecia; Tambien por alta inspiracion presente, Mas sin saber por dónde el hado guia O dó hemos de parar, labramos pinos Que á otras playas nos lleven peregrinos.

II.

»Éramos cabe Antandro congregados Al pié de Ida, y no bien pintó el estío, Manda mi padre en brazos de los hados Soltar velas del viento al albedrío. Con llanto el puerto dejo, y los amados Campos do Troya fué; y á la onda fio Mi pueblo, y prole, y Dioses tutelares, Y empiézome á engolfar en altos mares.

III.

»Cae por allá un país que Marte ampara Y el austero Licurgo rigió un dia; Extensas tierras son que el Trace ara, A quien ley de hospedaje nos unia; Y viéronse sus Dioses en un ara Con los Dioses de Troya en compañía Cuando imperio feliz fuimos: ahora Allí arribamos con humilde prora.

IV.

»Fundé en su corva orilla la primera Ciudad, y á sus colonos apellido, En mi memoria, Enéadas; mas era Infausto el punto. Mal correspondido, A mi madre la Diosa de Citera, Y á los electos Númenes convido; Y en balde un toro albo, como á solo Rey de los Dioses, al Saturnio inmolo.

V.

»Era allí un cerro, y en su cima habia De puntas erizado un mirto: atento La ara á vestir de verde lozanía, Acudo, y ramas arrancar intento. Miéntras raíces desvolver porfía Mi mano (¡oh singular, oh atroz portento!) Brotar contemplo de las ramas rotas Sangre que el suelo empapa en negras gotas.

VI.

»De espanto helado el corazon flaquea; Mas recobrado tiro de otra rama Por descubrir lo que el prodigio sea, Y otra vez sangre el vástago derrama. Confuso, dando de una en otra idea, Ya á Marte invoco que á los Getas ama, Ya á las huéspedas Ninfas de la selva Porque el signo de horror fausto se vuelva.

VII.

»Con esta mira y con esfuerzo nuevo Tercera rama desraigar decido; Mas cuando, hincada la rodilla, pruebo Su rigor á vencer, siento un sonido (No sé si ose decir, ó callar debo): Una voz funeral hiere mi oido: «¡Ay! ¿por qué, Enéas, las entrañas mias »Rompes? ¡No manches más tus manos pias!

VIII.

»Hijo yo fuí de la nacion troya, »¿Y al que ya conociste ofendes muerto? »¡Esa sangre no es de árboles do mana! »¡Ah! ¡que de esta region huyas te advierto, »Aurívora region, playa inhumana! »Yo Polidoro soy: yace cubierto »Mi cuerpo aquí de flechas homicidas, »Ahora en ásperas ramas convertidas.»

IX.

»Adolorido, absorto me suspendo, Sin voz, yerto el cabello. ¡Polidoro! El mismo ¡ay! á quien Príamo, sintiendo Vacilar en su mano el cetro de oro Al amago de ejército tremendo, Fió en secreto espléndido tesoro, Y á que ajeno creciese á la desgracia, A cargo le envió del Rey de Tracia.

X.

»Mas el perverso príncipe, copiando En su porte mudanzas de la suerte, Triunfante al ver de Agamemnon el bando En contra del caido se convierte; Y todo fuero con furor nefando Atropella, y al mísero da muerte, Y le asalta el caudal. ¿Qué de maldades, Sacrílega sed de oro, no persuades?

XI.

»Vuelto en mí del espanto que me hiela Hablo á mi padre, y á los jefes junto, Lo que voz misteriosa me revela Narro, y el parecer comun pregunto. Todos proponen darnos á la vela Y aquel sitio de horror dejar al punto; No sin que al desdichado compatricio Pagado hayamos el postrer oficio.

XII.

»Túmulo, pues, alzámosle de arena, Y á los manes dos aras que guarnecen Cipres y tristes fajas; la melena Sueltan matronas que en redor parecen. Altos vasos que ó leche tibia llena, Ó sangre consagrada, allí se ofrecen: La tumba al alma errante da acogida, Y clamamos la eterna despedida.

XIII.

»Así las sacras ceremonias, graves Cumplido habiendo, á la señal primera Que el Austro da con hálitos suaves De que onda masa nuestra flota espera, Corremos á la mar: sacan las naves Mis compañeros, cubren la ribera; Cruzamos ya los líquidos desiertos, Y atras irse miramos playas, puertos.

XIV.

»Allá en mitad de los Egeos mares Hay una isla entre todas la más grata, Que, Númenes por siempre tutelares, A Dóris bella y á Neptuno acata: Ella un tiempo rondaba los lugares Convecinos; ya errante el mar no trata: Apolo entre las Cíclades fijóla, Y allí inmóvil contrasta viento y ola.

XV.

»Allí abordamos, y el dichoso abrigo Gozamos con que el puerto nos convida; Miéntras de Apolo la ciudad bendigo, A darnos sale el Rey franca acogida. Anio en mi padre abraza á un viejo amigo; Anio, á quien, porque al par que le apellida Ministro un Dios, un pueblo Rey le nombra, Con la ínfula el laurel la sien le asombra.

XVI.

»Yo al templo secular devoto llego: «¡Buen Dios!» exclamó, «¡término seguro »Dá á nuestro error, á nuestro afan sosiego, »Dá fundar feliz prole y propio muro! »Nueva Troya lo llames, ó del fuego »Hurtados restos y de Aquíles duro, »Salva el tesoro, tú, que va conmigo; »Dí, ¿cuál norte, cuál voz, cuál rumbo sigo?

XVII.

»Señal dá, en fin, y á nuestra mente envía »Tu inspiracion.» Callé, y en tal momento Ya el pórtico, ya el lauro se movia, Y el monte en torno retembló en su asiento. El velo que la trípo de cubria Gimió, abrióse el sagrario: al pavimento Inclinamos las frentes confundidos, Y sacra voz hirió nuestros oidos:

XVIII.

«¡Fuertes Troyanos! ved que la fortuna »Hinchado el seno de la patria os muestra »Que á vuestra raza fomentó en la cuna; »¡Buscad, buscad la antigua madre vuestra! »Id; allí Enéas, sin mudanza alguna, »Cimentará su casa, y de su diestra »El cetro heredarán sobre las gentes »Hijos, nietos, lejanos descendientes.»

XIX.

»Habló Apolo; y llenó los corazones, Amargada por dudas, la alegría, Pues «¿Dó aquellas están patrias regiones?» Preguntábamos todos á porfía. Mi padre ya de viejas tradiciones Recuerdos en su mente revolvia: «¡Oid, nobles!» prorumpe; «yo el secreto, »Á vuestras esperanzas interpreto.

XX.

»Hay una isla en el mar, Creta nombrada, »Cuna ya nuestra, con su monte Ida, »Cuna tambien de Júpiter sagrada, »De cien ricas ciudades guarnecida. »Trocó el gran Teucro esa feliz morada »Con la retea costa: á su venida »Ni allí á Pérgamo halló, ni halló poblados, »Sino hombres por los valles derramados.

XXI.

»Él, si éstas que aprendí no son infieles »Memorias, los cimientos socïales »De Troya echó, y el culto de Cibéles »Trajo, con sus misterios y atabales, »Los carros con leones por corceles, »Los bosques sacros, y áun en nombre iguales. »¡Partamos! el oráculo dichoso »Allá nos llama, á la region de Gnoso.

XXII.

»Ni estamos léjos de su orilla grata; »Tres luces gastaremos. Falta sólo »Que aplaquen dones al que el mar maltrata, »Que amparo preste el que serena el polo.» Dice, y en la ara sendos toros mata A Neptuno y á tí, divino Apolo; Sendas ovejas al Invierno negra, Blanca á Favonio que la mar alegra.

XXIII.

»La voz se esparce que del patrio suelo Proscrito Idomeneo huido habia, Que á huéspedes librando de recelo, Creta sus puertas solitaria abria. Y así á Ortigia dejando, hendiendo á vuelo El mar, á Náxos báquica y sombría Costeando vencemos, á Oleáros, Verde Donisa y albicante Páros.

XXIV.

»Entrambos por las Cíclades ligeros Y el mar corremos de islas esparcido, Y emúlanse, al pasar, mis compañeros Con clamores y náutico ruido; «¡A Creta! á Creta!» gritan vocingleros; «¡A nuestra patria, á nuestro antiguo nido!» E hiriéndonos en popa aura serena, Al fin tocamos la anhelada arena.

XXV.

»Fundé una villa, mi dorado sueño, Que Pérgamo llamé: del nombre ufanos A los colonos miro, y los empeño A alzar el muro y á arraigarse hermanos. Yace en la enjuta orilla el hueco leño: Yo dicto comun ley, reparto llanos; Y á cultivar se entregan los mancebos Nuevos lazos de amor y campos nuevos.

XXVI.

»Hé aquí, el aire infestando de repente, El contagio cruel sacude el ala; Infausto nuncio de estacion doliente, Los arboredos y sembrados tala: La vida va arrastrando falleciente Quien ya el aliento último no exhala: El Can ardiente estrago sordo hace; Marchito el lustre de los campos yace.

XXVII.

»Y, sustento negando yermo el suelo, Mi padre del oráculo divino Manda que vamos á implorar consuelo Tornando á abrirnos por el mar camino: Que cuál término, diga, al mustio duelo De este pueblo reserva peregrino; A quién habemos de acudir; á dónde Enderezar el rumbo corresponde.

XXVIII.

»Era alta noche y muda: en mi retiro Yacia yo, la mente aletargada, Cuando delante á los Penates miro Que hurté al incendio en la fatal jornada. Por mis ventanas, en su errante giro Lograba á la sazon la luna entrada, Y del brillo bañados macilento Ellos me hablaban con benigno acento:

XXIX.

«No temas,» me decian; «pues de parte »De Apolo, que oficioso nos envía, »Los destinos venimos á anunciarte »Que él, volviendo tú allá, te anunciaria. »Tu brazo nos salvó de adverso Marte, »Librónos tu piedad de llama impía; »Hemos seguido tu fortuna, y fieles »Navegamos contigo en tus bajeles.

XXX.

»En grato premio á tu favor, mañana »Al cielo hemos de alzar tus descendientes; »Mas hoy, á esa ciudad que soberana »Herencia haremos de invencibles gentes »(Que esto es tuyo, no nuestro), el paso allana: »Lo harás, si en largo viaje no consientes »Reposo: asiento muda: el Dios profeta »No te brindó con descansar en Creta.

XXXI.

»Hay de antiguo un país, con apellido »De Hesperia por los Griegos señalado, »Pueblo en trances de guerra asaz temido, »Tierra asaz grata á la labor de arado. »Fué primero de Enotrios poseido, »Y hoy Italia se nombra, por dictado »De famoso caudillo procedente, »Si ya constante tradicion no miente.

XXXII.

»¡Ésta, ésta es nuestra patria verdadera! »Que allí Dárdano y Yasio nacimiento »Tuvieron; aquel Dárdano, primera »Cepa de nuestra raza. Tú contento »Vé, y de ello al viejo genitor entera »Por cierto. Y de Corito en seguimiento »A los ausonios términos navega. »Mansion en Dicte Júpiter te niega.»

XXXIII.

»Como esto ví y oí (no en sueños vanos Eran; que bien las sienes discernia Veladas, y los rostros soberanos, Y áun bañaba en sudor mi frente fria), Salto del lecho atónito: las manos Extiendo suplicante; ofrezco pia Libacion en mi hogar: de ahí contento Corro á mi padre, y la vision le cuento.

XXXIV.

»Del doble orígen la falacia siente Él, y confiesa que sufrido habia Con la antigua señal error reciente: «¡Hijo,» así hablaba, «á quien la suerte impía »Burla cruel! Casandra solamente »Hizo de estos sucesos profecía; »Y á menudo se oyó, recuerdo ahora, »_¡Hesperia! ¡Italia!_ de su voz sonora.

XXXV.

»¿Mas quién iba á pensar que á Hesperia iria »Nuestra gente jamás? ¿Ni quién pudiera »A Casandra creer? ¡Hoy, hoy nos guia »Voz infalible que partir impera!» Tal dijo, y aplaudimos á porfía. Quedan algunos en la infiel ribera; Y el áncora levando y la esperanza El hueco leño al piélago se lanza.

XXXVI.

»Cuando ya nos hubimos engolfado, Y entre agua y cielo, al fin, no vemos cosa Sino el cielo y el agua, azul nublado Sobre mi nave sólido se posa De lobreguez y tempestad cargado. Con tristes amenazas espantosa La ecuórea inmensidad se entenebrece, Esfuérzanse huracanes, la onda crece.

XXXVII.

»¡Tristes! que arrebatándonos el viento en la vasta extension, á golpe duro, Relámpagos cruzando el firmamento, Ciegos erramos sobre el ponto oscuro. Todo es horror el húmedo elemento: ¿Es dia? ¿es noche? el mismo Palinuro Nada distingue; en negro torbellino Sacudido del rumbo, perdió el tino.

XXXVIII.

»Ya tres dias llevábamos enteros Y tres noches á oscuras, desmandados, Cuando léjos notamos placenteros Visos de tierra, y asomar collados, Y humo al cielo subir. Los marineros Las antenas calando arrebatados, Asen del remo, y al batir contino Cubren de espuma el líquido camino.

XXXIX.

»Al suyo las Estrófades, del seno Librados de las ondas, nos invitan: Ínsulas son que con renombre heleno En el vasto mar Jonio se acreditan. Allí, allí la terrífica Celeno Y las arpías de su casta habitan, Del tiempo en que de Fíneo y sus moradas Las alejó el temor, nunca saciadas.

XL.

»¡Arpías, horda atroz, monstruos furiales! Generacion igual jamás vió el mundo, Ni peste más cruel á los mortales Envió el cielo ni abortó el profundo: Alado el cuerpo, rostros virginales; Arroja el seno vil vestigio inmundo; Corvas manos y piés, garfios rapantes; Pálidos siempre de hambre los semblantes.

XLI.

«Áun no bien nuestra flota anclado habia, Cuando notamos por allí ganados Vacunos y lanares ir sin guia Ledos paciendo en abundosos prados. Hicimos en la grey carnicería; Brindamos con los fáciles bocados A los Dioses, á Júpiter; y á priesa Aderezamos la campestre mesa.

XLII.

»Ya el manjar suculento en sillas blandas De céspedes gustábamos. En ésto Dejan sus montes las aéreas bandas Con ala resonante y salto presto; Nos rapan de revuelo las viandas; Todo lo manchan con su aliento infesto; Y fuera de ofender vista y olfato, El viento hieren con aullido ingrato.

XLIII.

»De ahí en el hueco de un peñon antigo Otra vez el banquete cauto extiendo, De corvas selvas al repuesto abrigo Con sombra en torno de negror horrendo. Ya ponia en el ara el fuego amigo, Y otra vez de cien partes con estruendo Baja improviso el escuadron nefando, Y royendo revuela y escarbando.

XLIV.