Eneida; v.1 de 2

Part 5

Chapter 53,615 wordsPublic domain

»En medio del silencio, á la imprevista, Reputándolo yo por caso cierto, Héctor en sueños muéstrase á mi vista, De polvo vil y amarillez cubierto: Mustia la faz, que el ánimo contrista, Mustia y llorosa; y, cual despues de muerto Y arrastrado por rápidos bridones, Taladrados los piés de correones.

LV.

»¡Cuán trocado de aquél que á nuestros ojos Resplandeció tras recias embestidas, Ó de Aquíles trujese los despojos O incendiase las naves combatidas! Yerta barba; cuajados los manojos Del pelo en sangre; vivas las heridas Que en torno recibió de la muralla;-- Y aquí en sueños mi voz en llanto estalla:

LVI.

«¡Gran Héctor, que de gloria y de consuelo »Astro por siempre á los Troyanos fuiste! »¿De cuál remoto y olvidado suelo »Tornas al fin á nuestra playa triste? »¿Y tras fatiga tanta, estrago, duelo, »Hoy de nuevo tu brazo nos asiste? »¿Mas por qué herido así? Tu faz serena »¿Por qué se cubre de sangrienta arena?»

LVII.

»Nada contesta: con mortal gemido «¡Vuela! ¡huye!» exclama: «el Griego se apodera »De la ciudad: incendio embravecido »Estalla: ¡Troya se desploma entera! »Mucho á la patria y al monarca ha sido »Sacrificado: si algo la valiera, »Salvárala este brazo: en su agonía, »Su culto, hijo de Vénus, te confía.

LVIII.

»Mansion busca á sus Dioses tutelares »Que fundarás, y grande, finalmente, »Audaz cruzando procelosos mares.» Y miéntras habla entrégame impaciente La alma Vesta que arranca á los altares, Y los velos y el fuego indeficiente. Por la ciudad en tanto se extendia El estruendo confuso y vocería.

LIX.

»Y aunque distante de la puerta Escea Yacia de mi padre la morada, Opaca de un jardin que la rodea, De la invasora muchedumbre armada Llega sordo el rumor; mi sien golpea; Salto veloz, el ánima azorada, Y á la azotea trepo, y al rüido Que crece más y más, tiendo el oido.

LX.

»Tal cuando en mieses subitánea llama, Soplando el Austro, enfurecida prende; Ó bien si desbordado se derrama Y valles, surcos y sembrados hiende Bravo raudal, y en remolinos brama Arboles arrastrando que desprende; Sobre un peñon, de la tormenta aquella Testigo inmóvil el pastor descuella.

LXI.

»Bien á mis ojos lo que en torno pasa, Bien la aviesa traicion se patentiza. Con estampido el gran palacio arrasa De Deífobo, el fuego, y se encarniza Sin detenerse, en la contigua casa De Ucalegonte, y de su luz rojiza Parece arder abierto el mar Sigeo: Suenan trompetas, cunde el clamoreo.

LXII.

»Echo mano á las armas alterado, Y á discurrir no acierto á mi albedrío: Al alcázar volar con un puñado De compañeros, en confuso ansío; Mal ciego de furor, desatentado En manos de la muerte la honra fio;-- Cuando al Otrida, del altar febeo Ministro en el alcázar, llegar veo.

LXIII.

»Él los Dioses vencidos, casi á vuelo, Trae, y sacros adjuntos que á la saña Hurtó enemiga su piadoso celo; Y un nieto pequeñuelo le acompaña. «¡Panto!» al verle clamé con vivo anhelo: «¡Habla! ¿qué pide adversidad tamaña? »¿En dónde haremos la defensa? ¿en dónde?» Dando un hondo gemido me responde:

LXIV.

«¡La hora que los hados previnieron »Llegó de asolacion! ¡Jove inclemente »Trastorna la balanza! Fueron, fueron »Troya, su gloria, su esplendor potente! »Todo los enemigos lo invadieron: »Del caballo intramuros eminente »Griegos brotan armados: triunfante »Sinon propaga el fuego devorante.

LXV.

»Por las ya francas puertas á oleadas »Cuantos vinieron de la gran Micénas »Tantos que entran parece: están tomadas »Las avenidas: de reposo ajenas »Amenazan fulgentes sus espadas: »La primer guarnicion ensaya apénas »Al tropel oponerse que la embiste, »Y en ciega riña desigual resiste.»

LXVI.

»Ardo á su voz: el corazon me inflama No sé cuál Dios ó aliento sobrehumano: Do la ira impele, do el rumor me llama Corro el hierro á arrostrar y el fuego insano. Á la luz vaporosa que derrama La blanca luna, de Ífito el anciano, De Hípanis, de Dímas y Rifeo, Que se me allegan, los semblantes veo.

LXVII.

»Corebo, el hijo de Migdon, partido Tomó tambien, y se nos puso al lado: Estaba en Ilïon recien venido, Con pasion de Casandra enamorado; Y de Príamo yerno prometido, Su espada nos brindó como alïado. ¡Ay! ¡cuán diverso su destino fuera Si á la inspirada profetisa oyera!

LXVIII.

»Yo así á todos les dije en el momento Que en órden los vi puestos de pelea: «¡Mancebos de alma grande, que de aliento »Heroico, pero estéril, se rodea! »Si seguir pretendeis mi osado intento, »Igualad el peligro con la idea: »Los Dioses que este reino custodiaran »Hoy altares y templos desamparan.

LXIX.

»Á una ciudad, oh pechos denodados, »Acorreis que en pavesas se convierte: »La muerte, pues, busquemos, y arrojados »Entre enemigos, generosa muerte; »¡Quien con el cielo lucha y con los hados »Sólo desnudo de esperanza es fuerte!» Así exaltado les hablé, y mi acento Su denuedo redobla y su ardimiento.

LXX.

»Cual del hambre al furor lobos rapaces, Miéntras que los cachorros por su vuelta Anhelan, seca la garganta, audaces Corren en sombras la campaña envuelta; Por medio de los hierros y las haces Enemigas así la planta suelta, De la muerte lanzados al encuentro Tocamos ya de la ciudad al centro.

LXXI.

»La noche miéntras con su negro manto Nos cobijaba. ¡Oh noche de tormentos! ¿Quién podrá darte el merecido llanto Ó el número decir de tus lamentos? ¡La alta, antigua ciudad, de lauro tanto Coronada, flaquea en sus cimientos! Por calles, plazas, templos invadidos, Cadáveres se ven yacer tendidos.

LXXII.

»Mas no toda la sangre que se vierte Sangre es troyana. Amenazante aviva Tal vez el ántes abatido; inerte El vencedor en tanto se derriba. Igual á entrambas partes la ímpia suerte Terror, desolacion sembrando iba Por acá y por allá: la muerte toma Miles semblantes, y doquier se asoma.

LXXIII.

»Al paso Andrógeo nos salió el primero Con gente mucha entre la sombra espesa, Y creyéndonos suyos, delantero, «Amigos,» dice, «¿qué indolencia es ésa? »¡Apresurad! Cuando Ilïon entero »Es ya ceniza y dividida presa »Al ímpetu feliz de nuestras tropas, »¿Vos apénas dejais las altas popas?»

LXXIV.

»Haber caido entre enemiga gente Nuestra respuesta adviértele indecisa, Y cortando el discurso de repente, Arredra el pié con azorada prisa; Bien cual trémulo salta el que serpiente Inesperada entre malezas pisa, Que se le vuelve enfurecida de ello Y enhiesta ensancha el azulino cuello.

LXXV.

»Andrógeo así despavorido huia; Y á su tropa nosotros con denuedo Cargámos, que el lugar desconocia, Y á más temblaba en vergonzoso miedo: Cargámosla, y en ellos á porfía Matar pudimos. Animoso y ledo Al aura de fortuna lisonjera, Corebo razonó de esta manera:

LXXVI.

«Bien la fortuna apunta, amigos; ¡ea! »El camino sigamos que señala: »Con los Griegos cambiemos de librea; »En mal del enemigo, ¿quién no iguala »Fuerza y astucia? ¡El mismo armas provea!» Dice, y ciñe el estoque argivo, y cala El almete de Andrógeo penachudo, Y ornado de blason prende el escudo.

LXXVII.

Rifeo le imitó; ni hacerlo dudan Dímas al punto y los demas presentes: Todos en armaduras propias mudan Los trofeos magníficos recientes. Así ajenos auspicios nos escudan Y oscuro el aire: á su favor frecuentes Choques de paso aventurando á tiento, Despeñámos al Orco almas sin cuento.

LXXVIII.

»Cuáles en tanto, de peligro ajenos, Merced de presta fuga, en la ribera Se acogen á las naves: cuáles llenos De vil temor, del monstruo de madera En los profundos conocidos senos Trepan á guarecerse. Mas ¿qué espera El mortal infeliz, ó en qué confía, Si al brazo de los Dioses desafía?

LXXIX.

»Hé aquí entre ásperas puntas, falleciente, Casandra, hija de Príamo, iba envuelta: Del sagrario de Pálas por furente Ciego invasor arrebatada: suelta La cabellera; al cielo vanamente Con vivísimo ardor los ojos vuelta ... ¡Los ojos, ay, que las hermosas manos Con cadena oprimieron los villanos!

LXXX.

»No tal sufrió Corebo arrebatado, Y entre el tumulto, de morir sediento, Precipitóse: en escuadron cerrado Seguimos los demas su movimiento. Mas, ¡ay dolor! los nuestros del terrado Del templo, observan en fatal momento Nuestro arreo y crestones, y en su engaño Presto nos hacen lastimoso daño.

LXXXI.

»Como vientos alígeros que en roto Torbellino se encuentran frente á frente, Y Zéfiro combate, y Euro, y Noto, --Euro, que en sus bridones del Oriente Va ufano;--y gime estremecido el soto, Y, de espumas cubierto el gran tridente, Nereo en su furor no da reposo, Y mueve desde el fondo el mar undoso:

LXXXII.

»Así brama, con fiera arremetida Correspondiendo á nuestro audaz embate Caterva que á vengar salta ofendida De la doncella el súbito rescate: Ayax violento, y uno y otro Atrida, Y los Dólopes todos. En combate Entran tambien los que esparcido habia Por la oscura ciudad nuestra artería.

LXXXIII.

»Tornan éstos á hallarnos cara á cara, Y el habla que nos oyen diferente El disfraz de las armas les declara. Al número sucumbe, en fin, mi gente. Peneleo á Corebo al pié del ara Inmoló de la Diosa armipotente; ¡Ay! de los suyos recibiendo heridas Rinden Dímas é Hípanis las vidas.

LXXXIV.

»Ni tu piedad ni el apolíneo velo Te hurtaron, Panto, á la enemiga hueste; Y el justo, el santo del troyano suelo, Rifeo, cae, sin que amparo preste A su virtud (¡misterio grande!) el Cielo. Conmigo Ífito y Pélias quedan: éste Mal herido de Ulíses, tardo el paso; Esotro por la edad de fuerza escaso.

LXXXV.

»Con ellos en forzosa retirada Abandoné la desigual porfía. ¡Oh pira extrema de mi Patria amada, Sacras cenizas de la gente mia! Testigos sed que en la infeliz jornada Tanto arrostré cuanto arrostrar debia, Y, á consentirlo el fallo de la suerte, Ganara por mi mano honrosa muerte.

LXXXVI.

»Torcemos al estruendo sin tardanza Al palacio del Rey, do tan horrenda Refriega hallamos, cual si aquella estanza Fuese el único campo á la contienda; ¡Tal era el brío y la marcial pujanza! ¡Así en masa á los Griegos estupenda Precipitarse vemos, y la entrada Asediar bajo densa empavesada!

LXXXVII.

»De un lado y otro el edificio ascienden. Por pilares y escalas; con los brazos, El escudo al izquierdo, se defienden De pedradas sin cuento y saetazos; Suelto el derecho, en el remate prenden Del edificio altísimo. En pedazos En tanto los troyanos campeones Las techumbres derruecan y bastiones.

LXXXVIII.

»De tales armas su defensa fian, Áureas trabes lanzando en su despecho Que de antiguos monarcas dado habian Noble decoro al admirado techo. Otros abajo á resguardar se alían Las puertas, y tras ellas en estrecho Grupo, puñal en mano, se aglomeran, Y apercibidos la avenida esperan.

LXXXIX.

»Al palacio escalado se convierte Mi atencion toda: diligente acudo A esforzar á quienquier se desconcierte Y alientos dar contra el asalto crudo. Un portillo hubo atras, que á buena suerte Al ciego sitiador hurtarse pudo; Tras él los tramos del palacio unia Tránsito oscuro, oculta galería.

XC.

»Por allí sola Andrómaca en su duelo, Cuando áun cetro empuñaba el Rey anciano, Ir solia á sus suegros, y al abuelo Llevaba el hijo tierno de la mano. A entrar por allí mismo ahora yo vuelo; Calo el postigo, y la eminencia gano, Do abajo (¡vano ardor!) los Teucros echan Cuanto á la mano ven, cuanto destechan.

XCI.

»Á plomo allí con la pared se erguia Excelsa torre en la region del viento, Que toda la ciudad mandaba un dia Y la enemiga armada y campamento. Por do fácil de herir aparecia Batímosla en redor: del alto asiento Al combinado impulso desprendida, Cede, y precipitamos su caida.

XCII.

»Ella rodando con fragoso estruendo En fragmentos veloz se despedaza, Y abajo ámplio escuadron tapa cayendo, Que otro, cual ola súbita, reemplaza. Sigue sin tregua el combatir tremendo: Ya ante el mismo vestíbulo amenaza Pirro animoso, en el umbral primero, Con metálica luz radiante y fiero;

XCIII.

»Cual dragon que aterido, soterrado, De venenosas hierbas se sustenta, Mas de nuevo arreándose, en el prado Sale á campar cuando el calor le alienta: Voluble el lomo en roscas arrollado Miles colores con la luz ostenta; Al sol mirando, el cuello al aire libra, Y la trisulca lengua hórrido vibra.

XCIV.

»Automedonte, que de Aquíles fuera Auriga, ora escudero, y Perifante Corpulento acomete, y la guerrera Esciria juventud, y á un mismo instante Llama arrojan que al aire va ligera: Pirro, hacha en mano, abócase adelante, Quiciales estremece, vigas raja, Y las ferradas puertas desencaja.

XCV.

»Las trabes á su empuje crujen, ruedan; Enorme boqueron dan los tablones, Ni cosa abrigan que ocultarle puedan Dentro los vastos atrios y salones: De los antiguos soberanos quedan Francas y descubiertas las mansiones, Y afuera comparecen los soldados Que las puertas guardaban atropados.

XCVI.

»¡Oh cuánta turbacion adentro! ¡oh cuánto Terror! Los huecos artesones llena Femenil alarido, ronco planto, Grita confusa y vária al cielo suena. Cruzan matronas con afan y espanto Las anchas salas que el rumor atruena, Y las colunas á abrazar se arrojan, Las besan, y en sus lágrimas las mojan.

XCVII.

»Mas Pirro igual al padre se adelanta. ¿Qué arma, qué brazo atajará el pujante Hierro esgrimido con braveza tanta? Postes ni cerraduras son bastante; Ferrada maza á golpes los quebranta. Plaza abre á fuerza: á quien le va delante Atierra, y su cohorte furibunda A la redonda el edificio inunda.

XCVIII.

»Así de altiva cumbre se desata De pronto hinchado un espumoso rio, Y oleadas horrísonas dilata Hundiendo el malecon, creciendo en brío; Y establos y ganados arrebata Impetüoso. Yo, yo vi al impío Cebarse airado en el estrago horrendo; Vi á los Atridas el umbral cubriendo.

XCIX.

»Vi á Hécuba y sus hijas, sus amores Vi á Príamo, del ara en el sagrado, El fuego que adoraron sus mayores Matar en sangre suya mal su grado; Vi los cincuenta lechos, que de flores Habia la esperanza engalanado En pro del trono, y las soberbias puertas De oro y rico botin rodar cubiertas.

C.

»Griegos el campo ocupan que áun da el fuego. --Mas ya ansiosa querrás, augusta Dido, De Príamo saber. Príamo, luégo Que de las puertas oye el estallido, Y encima siente al desbordado Griego, Ciñe al endeble cuerpo envejecido Inútil hierro y olvidada malla, Y aguija á perecer en la batalla.

CI.

»Al raso en medio del palacio habia Ancho altar, y por cima un lauro anciano Asombrando á los Lares, descogia Denso follaje de verdor lozano. Hécuba en la marmórea gradería Con sus hijas los Dioses ciñe en vano, Bien cual palomas que en bandada avienta El repentino són de la tormenta.

CII.

»Como á recursos el Monarca apele Ya ajenos á su edad, «¿Qué desvarío,» Hécuba clama, «á perdicion te impele? »Hoy de mi Héctor la fuerza y poderío »Fuera en vano; pues ¿qué ese brazo imbele »Hará en el caso extremo? Esposo mio, »Vén: este altar refugio á todos sea, »O á todos juntos sucumbir nos vea.»

CIII.

»Dice; á su lado le reduce, y puesto Sobre las losas á ocupar le obliga. Desacordado y jadeante, en ésto, Polítes, de ellos hijo, á quien hostiga Pirro desaforado, el pié, tan presto Como lo sufre su mortal fatiga, Por los vacíos atrios acelera, Y señala con sangre su carrera.

CIV.

»Ya con la pica por detras le toca, Ya entre las manos el cruel le mira, Cuando en faz de sus padres desemboca, Y dando en tierra ensangrentado espira. El venerable viejo, á quien provoca El duro lance á generosa ira, No en lo sumo del riesgo el labio sella, Mas respetos y amagos atropella:

CV.

«Si justo el cielo de los hombres cura »Darános,» dice, «por tamaña ofensa, »A mí venganza á colmo; larga y dura »A tí la merecida recompensa! »Poner te place al padre en angostura »De ver caido al hijo sin defensa, »Y no acatando encanecidas sienes »A darle en rostro con su sangre vienes.

CVI.

»Calla de hijo de Aquíles el dictado, »Que le desmiente tu cobarde encono: »Él supo dar la mano al que postrado »Miró á sus piés en mísero abandono; »Tornóme el hijo muerto, que enterrado »Fuese en fúnebre pompa, y á mi trono »Me concedió volver.» Dijo, y con tardo »Aliento el Rey de allí soltóle un dardo

CVII.

»Que rebotado al punto con sonido Ronco, al tocar el defendido acero, Quedó en el centro del broquel prendido. Pirro repuso con sarcasmo fiero: «¡Sí, vé á mi padre, y que su ejemplo olvide »Díle; que de su sangre degenero; »Que oprobio eterno de mi porte espere; »Eso y más dile; y por ahora muere!»

CVIII.

»Y diciendo y haciendo, el inhumano Al mismo altar impávido arrastraba Al noble Rey, que, trémulo de anciano, En la sangre del hijo resbalaba: Le ase del pelo con la izquierda mano, Y con la diestra á su placer le clava Hasta el pomo la daga en el costado, Fúlgida en alto habiéndola vibrado.

CIX.

»Tal rodó su corona refulgente; Tal vino á ver su antigua fortaleza Humo y polvo tornarse de repente, Aquél que al esplendor de su grandeza Miró á cien pueblos inclinar la frente! Su cuerpo, tronco informe, la cabeza Cercenada por bárbara cuchilla, Yace sin nombre en solitaria orilla.

CX.

»Horror profundo allí por vez primera Sobrecogióme, viendo la agonía Penosa de mi Rey, y la manera Como el postrero anhélito rendia. Mi padre, que cuanto él anciano era, Delante me fingió la fantasía: La dulce esposa, el hijo tierno, á rudo Ultraje abandonados sin escudo.

CXI.

»Por ver con quiénes cuento, en torno paso Las miradas; á nadie ya diviso: Dieron unos al fuego el cuerpo laso, Arrojáronse otros de alto piso. Así todo oteándolo de paso, Al claror de las llamas, de improviso Observo un bulto en el umbral de Vesta;-- Erase Elena en lo escondido puesta.

CXII.

»Esa ahora á las aras acogida, Furia que al mundo le nació ominosa, De Troyanos y Griegos maldecida, De Griegos y Troyanos temerosa, Salvar tentaba la infelice vida Huéspeda ingrata, amancillada esposa; Matar pensé la infame advenediza Por vengar de la Patria la ceniza:

CXIII.

»¿Cómo? ¿habrá de salvarse la menguada »Rastrándose en oscuros escondrijos? »¿Y en Micénas y Esparta hará su entrada »Reina ella entre marciales regocijos, »De troyanos esclavos acatada »Tornando á ver esposo, padres, hijos? »¿Y Troya en bravas llamas consumida? »¿Y triunfante el acero regicida?

CXIV.

»¿Y para esto tornada ardiente lago »Tantas veces la playa en sangre nuestra? »¡Oh! ¡no! que si en matar una hembra, no hago »De varonil valor gloriosa muestra, »Dar á tal monstruo el merecido pago »Hazaña es justa y digna de mi diestra: »No ya sedienta al envainar mi espada, »Más de una sombra dejaré vengada!»

CXV.

»Rugia yo con voz tempestüosa Cuando espléndida toda de hermosura, Me apareció mi madre bondadosa Radiante entre la sombra de luz pura, Con el encanto y majestad de Diosa Con que se muestra en la celeste altura; Súbito el vengador brazo me toca, Y abre entre aromas la purpúrea boca:

CXVI.

«¡Cálmate, hijo! ¡tus palabras mide: »Tu pecho hirviente su ímpetu reporte! »Dí, ¿será justo que el rencor te olvide »De la familia nuestra, y no te importe »Saber si el genitor, á quien impide »Vejez cansada, el hijo, la consorte »Vivos están? ¿No ves que los circunda »La multitud que la ciudad inunda?

CXVII.

»Por mí, el hierro su sangre no devora; »Por mí, el fuego sus huesos no calcina. »¿Y á qué la faz baldonas seductora »De esa Lacedemonia que abomina »Tu corazon? Y á Páris á deshora »¿Por qué oprobias? No tiene la rüina »De Troya la opulenta humano orígen: »Airados Dioses son quienes la afligen.

CXVIII.

»Es fuerza superior la que derriba »Sus altos techos. Si cejar te duele, »Yo esa que lenta en derredor te priva »De luz, haré que de tus ojos vuele, »Húmida, opaca niebla, y la cautiva »Vista dilates. Quién, verás, demuele »Aquestos muros, y al materno aviso »La frente inclinarás grato y sumiso.

CXIX.

»Allá, do envuelto en polvo el humo ondea, »Y en pié no hay mole ya ni canto alguno, »La ciudad en su asiento bambalea »A golpes del tridente que Neptuno »Sacude. Acá sobre la puerta Escea »Ante todos sañuda avanza Juno, »Y audaz, cubierta de acerada escama, »La amiga tropa de las naves llama.

CXX.

»Torna, torna á mirar: Pálas cruenta »Ya los altos alcázares domina. »Y envuelta en nimbo centelloso, ostenta »La terrible cabeza serpentina. »A los Dánaos el Padre mismo alienta, »El Padre universal, y en la divina »Legion contra tu Patria iras enciende. »Tu el hierro envaina, pues; la fuga emprende.

CXXI.

»Nada temas: tu planta irá segura »De la paterna casa á los umbrales; »¡Contigo soy!» Y bajo sombra oscura Encubrióse, al decir palabras tales. Entónces la terrífica figura Vi de adversas deidades colosales; La hoguera vi donde Ilïon se abrasa; Y Troya conmovida por su basa,

CXXII.

»Cual viejo fresno que la ufana frente Señorease sobre el monte enántes, Y hora en redor la campesina gente Le diese al tronco hachazos incesantes; Que la alta copa temerosamente Estremece á los golpes resonantes, Y amenaza, y restalla, y de la cumbre Desploma con fragor su pesadumbre.

CXXIII.

»Desciendo, en fin; mis piés mi madre guia; Campo las armas dan, receja el fuego. Mas no bien de la antigua casa mia Á los umbrales anhelante llego, Mi padre, ¡ay! el primero á quien queria Fuera llevarme, niégase á mi ruego Pues sobre tantas ruinas apellida Vil el destierro y mísera la vida:

CXXIV.

«¡Huid los que en lozana primavera »Corazon abrigais esperanzado: »No así el Cielo mi nido destruyera »Si fuese mi existencia de su agrado! »¿Qué aguarda el que la Patria ya á extranjera »Cadena vió doblarse? demasiado «Sobrevivo al estrago de los mios; »¡Oh! ¡dadme el adios último, y partíos!

CXXV.

»Avara del botin, condolecida »De mi miseria, el fin dará que aguardo »Alguna mano á mi cansada vida; »Ni por falta de tumba me acobardo. »A mi inútil vejez, aborrecida »De los Dioses, el término retardo »Desde que plugo al brazo omnipotente »Lanzarme un rayo y aturdir mi mente.»

CXXVI.

»Mi padre así tendido en tierra dijo; Y vanamente en lágrimas bañados Yo, mi Creusa, mi inocente hijo, Todos le suplicamos apiñados No así mal tanto consumase, fijo En afrontar los inminentes hados; Mas él, sordo al solícito lamento, Mantiénese en su puesto y firme intento.

CXXVII.