Part 4
Y, á su idea presente sin desvío Juno cruel que la robara el sueño, «Tú á quien debo mi fuerza y señorío,» Dice, humilde apelando á Amor risueño: «Tú, el único que ves, dulce hijo mio, Libre y seguro de mi Padre el ceño Que de Titanes quebrantó el arrojo! Merced vengo á pedir, y á tí me acojo.
CXXX.
»Enéas sabes tú cuánto ha sufrido; Cuál Juno en oprimirle atroz persiste, De todo viento en todo mar barrido; Que áun de él conmigo hermano te doliste: Huésped agora la sidonia Dido Con regio halago liberal le asiste; Mas temo que á inclinarse en contra empiece Hospedaje que á Juno á par se ofrece.
CXXXI.
»Que no su odiosidad terná arrendada En tan ardua ocasion. Y así primero Poner de Dido al corazon celada Y de mi llama rodealle quiero; Porque otra inspiracion no la disuada, Y, con afecto al cabo verdadero Asida á Enéas, de mi lado quede: Oye cuál finjo que lograrse puede.
CXXXII.
«El infante real la voz de Enéas Va á seguir, y de Acátes las pisadas, A Cartago llevando las preseas De Troya, al fuego y á la mar ganadas. Porque él nada presuma, y de él no seas Turbado de la Reina en las moradas, A Citera ó á Idalia llevaréle, Do sacra oscuridad su sueño cele.
CXXXIII.
»Toma esta noche su figura, y lazo, Niño en disfraz de niño, á armar vé á Dido: Que ella habrá de acogerte en su regazo Gozosa entre los bríndis y el rüido; Y tú á vueltas podrás del blando abrazo, En la miel de sus ósculos, Cupido, Depositar la punta que á su seno Oculto del amor lleve el veneno.»
CXXXIV.
Manso á la tierna madre Amor da oidos, Y marcha, á Ascanio igual, depuesta el ala; Miéntras de Ascanio Vénus los sentidos Con plácido sopor vence y regala; Y abrigado en su seno, á los erguidos Idalios bosques llévale, do exhala Su aroma, y con sus sombras le guarece El blando almoraduj que allí florece.
CXXXV.
En tanto de Cartago en seguimiento, Obediente de Vénus al mandado, Cupido va con dones opulento, Con el favor de Acátes bien hallado. Cuando llegado hubieron, fué el momento En que en el centro de grandioso estrado Dido en cojines recamados de oro Se reclinaba con gentil decoro.
CXXXVI.
Enéas, que tras ella se avecina, Entra, y con él la juventud troyana, Que en órden se desparte, y se reclina En muelles lechos de soberbia grana. Agua da para manos cristalina La servidumbre, y de suave lana Toallas brinda, y de la rubia Dea El dón en canastillos acarrea.
CXXXVII.
Cincuenta esclavas dentro, los manjares, Puestas en fila, en sazonar se emplean, Y con incienso en propiciar los Lares; Copas ministran, viandas acarrean Otras cien, y en la edad cien mozos pares. Entran, llamados, Tirios que pasean Densos en los alegres corredores, Y los lechos ocupan de colores.
CXXXVIII.
Admiran de los dones la hermosura, Admiran al garzon, su faz que brilla, Y de su falsa labia la dulzura; Ven la áurea veste, el oro que amarilla La flor de acanto con primor figura: Mas Dido en especial se maravilla, Y de gozar no acaba;--ella, ¡ay! no sueña Que á un abismo, gozando, se despeña!
CXXXIX.
Y en el niño y los dones se recrea, Los mira, y cuanto mira, eso se inflama. ¿Qué hace el rapaz? Al cuello se rodea Del héroe, que en su error hijo le llama; Mas luégo que feliz le lisonjea, Déjale en paz, y con su activa llama Va á Dido, que en su error, niño inocente Jovial le invita con risueña frente.
CXL.
¡Ay! ya al seno le estrecha dulce y blanda, ¡Y es un gran Dios lo que en su seno anida! De la Reina en el seno, lo que manda La gran Diosa, su madre, Amor no olvida: De Siqueo la imágen veneranda Sin sentir borra, y sin sentir convida Con nuevo halago á nueva lid á un alma Que retirada há tiempo vive en calma.
CXLI.
Hubo el primer banquete terminado, Y la mesa se sirve de licores, Y festejan el vino regalado Los hondos vasos adornando en flores. Cien arañas del áureo artesonado Penden: crecen sonando los clamores; Y las hachas con luces triunfadoras Quitan el campo á las nocturnas horas.
CXLII.
En este instante la sidonia Dido La copa demandó que usar solia Belo, y que en órden desde allá traido Cada progenitor usado habia: Copa del oro sustentada, unido Con finas piedras en igual porfía; Y de vino la llena, y al momento Calla el concurso á su palabra atento:
CXLIII.
«¡Júpiter! si ya diste á los humanos De la hospitalidad el sacro fuero, Haz este dia á Tirios y á Troyanos Grato por siempre y de felice agüero! Lo aplaudan nuestros nietos más lejanos: Benigna Juno y Baco placentero Lo honren presentes; y en gozoso grito, Tirios, á saludarlo ahora os invito.»
CXLIV.
Dice; y sobre la mesa el néctar liba Que generoso desbordaba, y luégo La taza al labio toca fugitiva: La alarga á Bícias con señal de ruego; Toma, empínala él con ánsia viva, Y el espumoso vino agota ciego: Alzan todos los próceres sus copas, Y el canto empieza del crinado Yópas.
CXLV.
El cual describe con laud divino Lo que Atlas le enseñó por gran fortuna: Cómo el sol desfallece en su camino; Por qué altera su faz la móvil luna; Deónde la bestia de los campos vino; Cuál fué del hombre la primera cuna; Qué fuente al mundo suministra el agua; Dó está de los relámpagos la fragua.
CXLVI.
Canta eso mismo á Arturo, las dos Osas, Y las Híadas tristes; el arcano Que las noches alarga perezosas; Por qué los soles del invierno cano Con ruedas se despeñan presurosas A bañarse en el líquido Oceano. Cesa; y acogen su cantar sonoro Tirios y Teucros aplaudiendo en coro.
CXLVII.
Y vuela el tiempo en pláticas sabrosas, Y Dido, platicando, amor apura; Mil cosas sobre Príamo, y mil cosas A preguntar sobre Héctor se apresura: Ya qué huestes trujera pavorosas El hijo de la Aurora, oir procura; Ya la historia saber de los gentiles Potros de Reso, ó el poder de Aquíles.
CXLVIII.
«¡Que en fin,» exclama, «por ventura mia Desde el principio en relatar vinieses Los pasos de la griega alevosía, Huésped, y vuestras glorias y reveses! Tambien tus viajes entender querria, Ya que contemplas los estivos meses Tornar séptima vez desde que yerras Mares cruzando y extranjeras tierras.»
LIBRO SEGUNDO.
I.
Todos callan; y Enéas, que cautiva De todos la atencion, desde alto lecho Comienza: «¡Oh Reina! mandas que reviva Inefable dolor mi herido pecho; Que cómo á manos de la hueste aquíva El troyano poder cayó deshecho Recuerde: horrores que podré pintarte, De ello testigo y no pequeña parte.
II.
«Mas ¿quién, ya que secuaz de Ulíses fuera, Si á tan largo dolor velos levanto, Qué Mirmidon, qué Dólope lo oyera Sin dar, á su pesar, tributo en llanto? Acercándose al fin de su carrera Hé aquí la húmeda Noche rueda en tanto, Y extinguiendo en la mar sus luces bellas A descanso convidan las estrellas.
III.
»Mas pues tu noble corazon consiente En ser de este dolor particionero; Pues mandas que de Pérgamo te cuente El afan congojoso postrimero En breve narracion; aunque se siente Horrorizado el ánimo, y del fiero Espectáculo aparta la memoria, Principiaré la miseranda historia.
IV.
»Yacian con el cerco prolongado Rotos los jefes de la hueste aquea, Maltrechos siempre del adverso hado; Cuando Minerva en su favor emplea Artificio sagaz. Por su mandado Hueca mole fabrican gigantes Que gran caballo al parecer figura, De recia tablazon y contextura.
V.
»Simulan y propalan que se eleva Por voto á Pálas hecho, de tranquilo Viaje en demanda: por doquier la nueva Mentirosa se esparce; y en sigilo, Echadas suertes entre gente á prueba, A ocupar suben el oscuro asilo Del vasto seno y cóncavos costados, Provistos de sus armas los llamados.
VI.
»Frontera á Troya Ténedos se ostenta, Que otro tiempo gozó de nombradía: Isla famosa, fértil, opulenta Durante la troyana monarquía: En su abandono y soledad presenta Hora á las naves pérfida bahía: A sombra de sus costas sin testigo Los bajeles enseña el enemigo.
VII.
»Pensamos que, la vela dada al viento, Bogando irian por la mar serena Para la patria: el largo abatimiento La ciudad de sus hijos enajena: Las puertas abre; al griego acampamento Rápida corre de alborozo llena La multitud, y visitar le agrada Yermo el campo, la playa abandonada.
VIII.
»Aquí los batallones del furioso, Del fuerte Aquíles; acullá su tienda: Allí tomaban plácido reposo, Acá trabámos áspera contienda. Así van discurriendo; y el coloso Infausto, reputado por ofrenda A la casta Minerva, hace que, muda De asombro, turba inmensa en ruedo acuda,
IX.
»Fuese traicion, ó que la adversa suerte Para entónces el golpe reservase, Timétes clama que la mole al fuerte Se lleve al punto, y las murallas pase. Cápis, empero, que el peligro advierte, Aconseja con otros que la abrase Fuego voraz, y la vecina onda, El sospechoso dón trague y esconda;
X.
»Ó que el oscuro seno se barrene Para indagar lo que en el fondo encela. Indecisa la turba se mantiene. En esto de la excelsa ciudadela Con numerosa muchedumbre viene Laoconte, al campo arrebatado vuela, Y, «¡Oh desgraciados!» desde léjos grita: «¿Qué demencia á la muerte os precipita?
XI.
»¿Pensais que el enemigo nuestra tierra »Dejó? ¿Fiais en sus mentidos dones? »¿Cuán poco á Ulíses conoceis? Ó encierra »Esta fábrica aquivos campeones, »O artificiosa máquina de guerra »Es: nuestra situacion y habitaciones »Por cima intentan registrar del muro, »Para luégo caer sobre seguro.
XII.
»Ello, hay engaño. ¡Oh Teucros, confianza »Negad á ese caballo! Como quiera, »Yo temo de los Griegos la asechanza »A vuelta de sus dones traicionera.» Dijo; y desembrazó fornida lanza Hácia un lado del cóncavo; certera Vuela, clávase, vibra: conmovido Dió el seno cavernoso hondo bramido.
XIII.
»¡Ay! á no ser por la fortuna impía Que nos robaba libertad y acierto, Laoconte en su furor logrado habria Que pusiésemos luégo en descubierto, Hendiendo la armazon, la alevosía. Aun hoy tu alcázar descollara yerto, ¡Oh Patria! ¡al filo de traidora espada No cayera tu pompa derribada!
XIV.
»Frigios pastores con tumulto y grita, Atras ambas las manos, prisionero Traen ante el Rey un mozo. Audaz medita Abrir el muro con ardid artero A los suyos; ni el ánimo le quita El peligro de infame paradero; Resuelto á todo, el pérfido se hizo Con aquellos pastores topadizo.
XV.
»La multitud agólpase, y denuesta Al prisionero que curiosa mira. (Reina, las artes de los Griegos de esta Traicion colige; su maldad admira.) Inerme se detiene, manifiesta Medrosa turbacion: los ojos gira La turba rodeando que le oprime, Abre los labios, y temblando gime:
XVI.
«¡Cielos! ¿á dónde me arrojais? ¿qué puerto »Queda ya á mi infortunio? La cadena »Del Griego á quebrantar áun bien no acierto, »Y ya el Troyano á muerte me condena.» Compone á su gemido el desconcierto La multitud, el ímpetu serena, Y con instancia á declarar le mueve Patria, linaje, y la intencion que lleve.
XVII.
»Títulos aguardamos con que abone Palabras de cautivo. Reparado De la sorpresa, el impostor repone: «¡Rey! la verdad confesaré de grado: »No á mi labio veraz candado pone, »Aunque adverso me fuere, el resultado: »Yo Griego soy, no ocultaré mi cuna; »Me hizo infeliz, no falso, la fortuna.
XVIII.
»Quizá en conversacion por accidente, »De Palamédes, generosa rama »Del linaje de Belo floreciente, »Llegó á tu oido el claro nombre y fama. »Porque la guerra no aprobó, demente »Llamóle el pueblo, y con indigna trama »Trájole al hierro de la muerte: ahora »Inmaculado le confiesa y llora.
XIX.
»Mi padre, escasa el arca de dinero, »Guerrero aventuróme, y al cuidado »De aquel varon fióme, compañero »Antiguo nuestro y próximo allegado. »Tomámos de esta playa el derrotero »Muy al principio. Prosperó el Estado »Miéntras honrarle y atenderle supo, »Y parte á mí de su esplendor me cupo.
XX.
»Mas el término vi de mi contento »Cuando de sus manejos el astuto »Itacense, el infame acabamiento »De Palamédes recogió por fruto. »Notorio el caso fué. Yo en aislamiento »Dime á vivir y en miserable luto: »Pensaba siempre en mi inocente amigo, »Y eterna indignacion iba conmigo.
XXI.
»Ni pudiendo tener contino á raya, »Demente ya, mi cólera sombría, »Clamé, juré que si á la amada playa »Tornase vencedor, me vengaria. »Odios que Ulíses en silencio ensaya »Hubo de acarrearme la osadía »De mis palabras: sin enmienda aquello »Vino á poner á mi desgracia el sello.
XXII.
»De entónces más, calumnias el aleve »Ideó nuevas: comenzó rumores »Vagos á propalar entre la plebe; »Ni pudo sosegar en los terrores »Con que el crímen persigue, hasta que en breve »Con Cálcas, el augur, á sus rencores ... »Mas ¿á qué, derramando el pensamiento, »Así os fatigo, y mi dolor aumento?
XXIII.
»Ya os dije, Griego soy: ¿qué más indicio, »Si á todos nos nivela vuestra saña? »Ea, pues: ¡consumad el sacrificio! »Bien los de Atreo os pagarán la hazaña; »Su triunfo, el Itacense.» El artificio No vemos con que á fuer de Griego engaña; Antes le instamos á explicarlo todo. Con fina astucia y misterioso modo,
XXIV.
«Los Griegos,» sigue, «no una vez la prora »Volver pensaron, y soltar la clava, »Del asedio cansados. En mal hora »Tornábalos á puerto la onda brava »Y el ala de los vientos bramadora. »Mas esa estatua al ver, que en pié se alzaba, »Con ira nueva y general tronido »Resonó el cielo en llamas encendido.
XXV.
»Eurípilo, que hicimos acudiera »Al apolíneo oráculo, tornando »Trajo esta, en solucion, voz lastimera: »_Griegos: los vientos aplacasteis, cuando_ »_Marchabais á Ilíon la vez primera,_ »_En el ara una vírgen inmolando:_ »_Si en la vuelta anhelais propicia calma,_ »_Sangre verted, sacrificad un alma._
XXVI.
»La voz á oidos de las gentes vino »Moviendo al corazon mortal recelo; »Todos el rigor tiemblan del destino; »Cuaja á todos la sangre torpe hielo. »En tal crísis á Cálcas adivino »Saca Ulíses con ímpetu y anhelo, »Y de la hueste aquéjale en presencia »A interpretar la funeral sentencia.
XXVII.
»Ya de aquel pecho de piedad desnudo »Sondando muchos el ardid secreto, »Me auguraban mal fin. Diez dias mudo »Difirió Cálcas el fatal decreto. »Cediendo al cabo al clamoreo agudo, »Y á la mente ajustando del inquieto »Instigador el fallo, lo pronuncia: »Yo la víctima soy; mi nombre anuncia.
XXVIII.
»Place á todos; y el golpe que temia »Cada uno enántes en su mal, en cuanto »Sobre un triste desciende, en alegría »Pública trueca el general quebranto. »Ya se acercaba el tenebroso dia »De la degollacion: con gozo, en tanto, »La salsamola alistan, y disponen »Fúnebres vendas que mi sien coronen.
XXIX.
»Libertéme, es verdad, de la atadura; »Y de un pantano entre la juncia y cieno »Logré ocultarme con la noche oscura, »Aguardando partiesen, si sereno »Lo comportaba el mar por mi ventura. »Mas la esperanza huyó de ver el seno »Antiguo de la patria, y á mi lado »El hijo dulce, el padre deseado.
XXX.
»Ellos, blanco al furor de mis tiranos, »Por mí habrán de lastar en roja pira! »Por los dioses del cielo soberanos »Que apartan la verdad de la mentira, »Por la noble lealtad, si ya en humanos »Pechos cupo lealtad, la suerte mira »No merecida, ¡oh Rey! que en mi se ceba; »Tanto infortunio á compasion te mueva!»
XXXI.
»La piedad que con lágrimas demanda, Con lágrimas le dan los corazones. Abogamos por él. Al punto manda Que los lazos le suelten y prisiones El Rey, y así le dice con voz blanda: «Olvida ya las bárbaras legiones, »Mancebo, y sus malvados procederes: »De hoy más, quienquier tú seas, nuestro eres.
XXXII.
»Mas la verdad declara sin rebozo: »¿Quién inventó esta mole? ¿Con qué intento? »¿Máquina amenazante de destrozo »Es? ¿ó bien religioso monumento?» Dice el buen Rey; y el atrevido mozo Mostrado, á usanza griega, al fingimiento, Exclama así, las manos desatadas Volviendo al cielo, y húmidas miradas:
XXXIII.
»¡Astros eternos! ¡Dioses que castigos »Al dolo reservais! ¡Cuchilla! ¡velo! »¡Aras del sacrificio! sed testigos »Del derecho cabal con que cancelo »Antiguos pactos: odio á los que amigos »Pude llamar; ¡sus crímenes revelo! »Mas ¡oh! ¡si en mí tu salvacion se apoya, »Guárdate fiel á tus promesas, Troya!
XXXIV.
»Los Griegos de Minerva en el robusto »Auxilio descansaron confiados »Hasta que el hijo de Tideo injusto »Y fraguador Ulíses de atentados, »Su estatua milagrosa al templo augusto »Se aunaron á robar; y, degollados »Los guardias del castillo, con sangrienta »Mano asieron de la alba vestimenta.
XXXV.
»Cayó miedo en los ánimos: su ayuda »Cambió la Diosa en no dudoso amago; »Que, al campo apénas se llevó, ceñuda »Los ojos clava con fulgor aciago; »¡Raro prodigio! humor amargo suda, »Y del suelo tres veces se alza en vago, »El escudo flamígero delante, »Y el asta blandeando retemblante.
XXXVI.
»Incontinente Cálcas determina »Que el sitio los guerreros abandonen; »Diz que en vano de Troya la rüina, »Por bien que la expugnaren, presuponen, »Si, tornando á cruzar la onda marina, »En Argos los auspicios no reponen, »Á la Diosa aplacando en sus desvíos »Que cuidaron llevar en los navíos.
XXXVII.
»Á Micénas ahora encaminados »(De Cálcas los auspicios tal declaran), »Prevenidos mejor y apertrechados, »La vuelta á dar de asalto se preparan, »Mas ántes que partiesen, avisados, »En igual de la que ímpios enojaran »Robada estatua, edificaron ésta »Para purgar la violacion funesta.
XXXVIII.
»Plúgole á Cálcas, además, que fuese »De trabes poderosas guarnecida »Y que las nubes con la frente hiriese, »Porque su peso y altitud impida »Que por las puertas quepa, y atraviese »Las murallas, no avenga que presida »A la ciudad, del Paladion vïuda, »Y con la antigua proteccion la acuda.
XXXIX.
»Que si este dón violais--el agorero »Pronostica (primero se convierta »En quiebra suya el malhadado agüero!)-- »Troya vencida quedará y desierta: »¿Qué es Troya? ¡el Asia! ¡Triunfareis, empero, »Si le internareis, la muralla abierta, »Y á las aguas de Grecia vuestras proras »Irán, andando el tiempo, vencedoras!»
XL.
»Así en un punto entre sus lloros viles, Caza Sinon con pérfidos amaños En red de muerte á los que el grande Aquíles, Ni el hijo de Tideo, ni diez años De terca opugnacion, ni naves miles Pudieron domeñar. Tras sus engaños, Con espanto de todos repentino, Oye el paso cruel que sobrevino.
XLI.
»Sacerdote por suerte designado Á honrar al Dios del húmedo elemento, Era Laoconte: ante el altar sagrado Degollábale un toro corpulento. Súbito á la sazon venir á nado Vemos (de horror estremecerme siento), De la ínsula vecina procedentes, Por sobre el mar tranquilo dos serpientes.
XLII.
»El pecho entrambas enhestando iguales, Con encarnada cresta gallardean, Y en ruedas, al andar, descomunales El largo cuerpo sobre el ponto arquean: Rotos gimen los líquidos cristales Por do hienden: abordan ya y campean, La vista en sangre y rayos encendida: Todos huimos, la color perdida.
XLIII.
»Lamiéndose las bocas sibilantes Con la vibrante lengua, van derecho Para Laoconte: mas sus hijos ántes, Tiernos gemelos, en abrazo estrecho Aferran, y sus miembros palpitantes Apedazan, devoran. Pecho á pecho Y meneando la aguzada hoja, Encima el genitor se les arroja.
XLIV.
»¡Vano auxilio! ¡arduo afan! Ellas le abrazan Con doble, firme vuelta la cintura; Los escamados lomos le relazan Á la garganta, y á mayor altura Sobrealzando las crestas, amenazan. Con ambas manos él entre la impura Ponzoña que las ínfulas le afea, Por sacudir los ñudos forcejea.
XLV.
»Descoyuntado al fin, y cual pudiera El toro que del ara huyendo herido, De hacha insegura libertado hubiera Su manchada cerviz, en alarido Rompe horrible. Las sierpes de carrera Parten al templo de Minerva, y nido A los piés de la Diosa encrudecida Hallan seguro bajo el ancha egida.
XLVI.
»Nuevo motivo de terror asalta Los ánimos, que el miedo señorea; Supone el vulgo que Laoconte, al alta Estatua encaminando el asta rea, Mereció el golpe que siguió á su falta; Que el caballo se interne, clamorea, Y que á la Diosa con devotas preces Se persuada á poner sus altiveces.
XLVII.
»Presto aportillan el adarve: toma Movimiento el coloso: iguales giran Ruedas que al pié le ajustan: con maroma Atando el cuello, á competencia tiran. Ya grave de armas sobre el muro asoma: Todos con ánsia á la labor conspiran: Garzones y doncellas entre tanto Alzan en torno religioso canto.
XLVIII.
»Ya entra bamboneando, á tu firmeza Cierta amenaza, ¡oh Troya! ¡oh patria! ¡estancia Antigua de altos Dioses! ¡fortaleza Do vió un pueblo estrellarse su arrogancia! Sigue, y tres veces al umbral tropieza Con ronco són que retumbó á distancia; Mas insta el vulgo en su porfía loca, Y al fin en el alcázar le coloca.
XLIX.
»Vanamente Casandra entusiasmada Esforzando la voz--su voz divina, Por castigo de un Dios menospreciada-- Grandes calamidades vaticina. ¡Ay! sus anuncios estimando en nada, Al borde ya de la comun rüina, Nosotros sólo en decorar pensamos Templos y altares con festivos ramos.
L.
»Gira miéntras la esfera, y vase alzando La noche de las ondas, el desvelo Y fraudes enemigos ocultando En espantoso horror, la tierra, el cielo. Yacen mudos los Teucros: sueño blando Acá y allá los encadena. A vuelo Torna entre tanto la pelasga flota A las sabidas playas la derrota.
LI.
»A sordas con la luna y el sosiego De la noche, que muda las arropa, Marchan las naves ya, que ha dado el fuego, Concertada señal, la régia popa. Sinon, á quien, en daño nuestro ciego El hado guia, la escondida tropa Acude á libertar, y la honda cava Abre que tenebrosa los guardaba.
LII.
»Y por cables que lanzan de ligero, Desguíndanse de la hórrida guarida Esténelo, Tisandro, Ulíses fiero, Tornando á respirar aura de vida: Menelao; Macaon, que fué el primero, Y Acamante y Toante de seguida, Y Neoptólemo audaz el de Peleo, Y el trazador del artificio, Epeo.
LIII.
»Á entrar la muchedumbre se acelera En la ciudad, que yace en sueño y vino, Y matando las guardias, carnicera, Y las puertas abriendo, da camino Y se une á los que abordan. Tiempo era En que el sueño primero, dón divino, Los cuerpos sosegando fatigados Envuelve en manso olvido los cuidados.
LIV.