Part 3
Y la pluma batiendo fugitiva En la region inmensa, por do hiende, Presto á las costas líbicas arriba, Y á cumplir el mandato sólo atiende: Y ya los Penos su rudez nativa, Por él, remiten; y ante todo enciende En Dido un vago y tierno sentimiento, Prenda de hospitalario acogimiento.
LVIII.
Enéas, que la noche pasó entera Cavilando, áun no bien la luz celeste Mira nacer al mundo placentera, Ya ansioso sale á ver qué clima es éste Do el viento le ha arrojado: si hombre ó fiera Habita en él, segun le ve de agreste: Todo saberlo, averiguarlo intenta, Y á los suyos tornar á darles cuenta.
LIX.
La flota deja so el peñon antiguo Que las aguas socavan sin estruendo, Y de las corvas selvas al abrigo Con sombra en torno de negror horrendo: Sólo á Acátes llevándose consigo, Cada cual ancha pica entra blandiendo: Ya en medio el bosque, Vénus de sorpresa Vestida de espartana se atraviesa.
LX.
Por su aire y armas lo parece; ó nueva Harpálice gentil, que de vencida A sus caballos en su esfuerzo lleva Y al Euro alado en su veloz corrida: Cual puesto al hombro á cazadores prueba, Cuelga el arco; el cabello al aura olvida; Y deja la rodilla ver desnuda Do undosos pliegues lazo breve anuda.
LXI.
«¡Hola! mancebos,» díceles la Diosa: «¿A una de mis hermanas por ventura Visto habeis por ahí, que vagarosa Lleva aljaba, y pintada vestidura De piel de lince? ó que tal vez acosa A un jabalí soberbio en la espesura Con agudo clamor?» Tal Vénus dijo; Y de Vénus así respondió el hijo:
LXII.
«En verdad no hemos visto aquella hermana Tuya, á quien buscas, ni sabemos de ella. Mas ¿cuál te nombraré? nos es cosa humana Lo que suena tu voz, tu faz destella. ¿Eres alguna Ninfa? ¿eres Dïana? Yo diosa te presumo, y fausta estrella, Quienquier fueres, mi labio te saluda: ¡Oh! da propicia á náufragos tu ayuda!
LXIII.
»Y por piedad, qué clima es éste, dínos, Ó qué zona del mundo, qué campaña; Que sin saber ni gentes ni caminos, Vamos perdidos en region extraña A donde, infortunados peregrinos, De olas y vientos nos lanzó la saña; Y, grata á recibidos beneficios, Mi mano hará en tus aras sacrificios.»
LXIV.
«No merezco ese honor,» Vénus contesta: «Siempre de Tirias fué, si os maravilla, De aljaba ornadas vaguear, cual ésta, Con borceguí purpúreo á la rodilla. Púnico imperio aquí se os manifiesta, Pueblos fenicios, de Agenor la villa; Empero, esta region parte fronteras Con las tribus del Africa altaneras.
LXV.
»De Tiro vino huyendo del hermano, La que reina hoy aquí, por nombre Dido.-- El largo drama á desflorar me allano:-- Esta tuvo á Siqueo por marido, Rico en tierras cual no otro comarcano; Con vivo amor de la infeliz querido; A quien, bella con gracias virginales, La unió el padre en primeros esponsales.
LXVI.
»Su hermano en Tiro entónces dominaba, Pigmalïon, el más feroz malvado: Enemistad entre los dos se traba, Y él á Siqueo, ante el altar sagrado, Sacrílego y traidor á hierro acaba, Y tambien de codicia estimulado; Y á la sencilla enamorada hermana Oculta el crímen de su diestra insana.
LXVII.
»Y con ficciones la entretiene en duda, Y su amor de esperanzas alimenta; Cuando en sueños por fin á la vïuda De Siqueo insepulto se presenta La sombra misma, alzando la faz muda Con tétrico misterio macilenta; Y el ara le señala enrojecida, El pecho abierto y la profunda herida.
LXVIII.
»Y el arcano espantoso que contrista Y un rincon recataba, muestra entero; Y la excita á buscar con planta lista Más humano país, clima extranjero: Para ayuda de viaje, abre á su vista En sótano ignorado, de dinero Antiguo y vasto acopio. Conmovida Dido despierta á apercibir la huida.
LXIX.
»Busca auxiliares; llegan á porfía Quiénes que temen del cruel tirano, Quiénes que odian la infame tiranía; Apañan, cargan de oro las que á mano Naves dispuestas por ventura habia; Y ya cruza los campos de Oceano De Pigmalion avaro la riqueza; Y una débil mujer va á la cabeza.
LXX.
»Y aquí al sitio pararon do ahora vese Muralla colosal; do se levanta La fortaleza de Cartago: en ese Sitio compraron tanta tierra cuanta La piel de un buey en derredor cogiese;-- De _Brisa_ el nombre la aventura canta.-- Mas ¿quiénes sois? ¿de dónde vuestra flota, Ó á dónde encaminaba la derrota?»
LXXI.
Enéas respondiéndola, doliente La voz arranca, y con suspiro dice: «¡Diosa! si de su orígen al presente La serie de mis lances infelice Narro á tu corazon condescendiente, Primero que mi labio finalice, Su luz robando al mundo y su alegría Habrá su giro completado el dia.
LXXII.
»De Troya procedentes (si ya sabes Lo que fué un tiempo la ciudad que digo), Tras largas vueltas y fatigas graves Golpe de airados vientos enemigo Lanzó sobre estas costas nuestras naves. Yo soy el pio Enéas, que conmigo Voy llevando doquier, del mar por medio, Dioses salvados de voraz asedio.
LXXIII.
»Enéas, en las célicas esferas Famoso ya; que por el mundo ando De la Italia por patria, las riberas, Y el linaje de Júpiter buscando: Confié al frigio mar veinte galeras, El camino mi madre señalando, Yo su enseñanza celestial siguiendo; ¿Qué hallámos? bravo mar y Euro tremendo.
LXXIV.
»Y hé aquí con siete buques mal librados, Llego al cabo, ignorado, desvalido, Del África á correr los despoblados, Ya del Asia y Europa repelido!» ... Mas aquí, con afectos reavivados, Vénus interrumpióle en su gemido: «Tú, quienquier seas, que á Cartago vienes, Las simpatías de los Dioses tienes.
LXXV.
»Ellos dan que los hálitos vitales Respires para bien: feliz sendero De la reina te lleva á los umbrales: Vendrán á puerto nave y marinero, Vueltos en su favor los vendavales; Y si no falta el arte del agüero En que hubieron mis padres de instruirme, No dudes tú lo que mi labio afirme.
LXXVI.
»Vé esos cisnes, en número de doce, Del éter, donde Júpiter la asila, A darles caza el águila veloce Se lanzó por la atmósfera tranquila: De alegre libertad vueltos al goce, Míralos descender en larga fila; Ya del campo se adueñan los primeros, Ya á flor de tierra asoman los postreros.
LXXVII.
»Cual el cielo cubrieron en bandada, Y baten ora las festivas aves La ala ruidosa, y cantan su llegada; Tal la flor de los tuyos, tal tus naves O entran al puerto, ó llegan ya á la entrada Con vela abierta y céfiros süaves. Tú sigue en tanto; y por do aquesta via Conduciéndote va, los pasos guia.»
LXXVIII.
Tal Vénus dice; y vuélvese, y el cuello Con el matiz le brilla de la rosa; Y partiéndose en ondas, el cabello Mana esencia de cielo deliciosa: Cae la veste á los piés, sublime sello; Y, andando, ser mostró de véras diosa. El héroe, al descubrir su madre en ella, Clamando sigue la fugace huella:
LXXIX.
«¿Y así burlado una vez más me dejas, ¡Oh madre mia! con falaz semblanza, Tú tambien, tú cruel? ¿Y así te alejas Sin que hablemos con dulce confianza Ni estrechemos las manos?» Tal sus quejas Al aire da, y á la ciudad se avanza; Y ella, esparciendo opaca niebla en tanto, Los ciñe en torno de nubloso manto.
LXXX.
Y así los cubre porque nadie pueda Ni verlos ni ofenderlos en mal hora, Ni curioso se cruce en la vereda Con sus preguntas á tejer demora; Y por los aires se remonta, y leda Vuela al templo de Páfos, donde mora, Do aras ciento en su honor mezclan olores De arabio incienso ardiente y tiernas flores.
LXXXI.
Ellos con planta intríncanse ligera Por do advierte la senda, y la colina Coronan ya, que á la ciudad frontera, De lleno allá sus cúpulas domina. Enéas con asombro considera La fábrica estupenda y peregrina Do un tiempo fueron chozas; y suspenso, Puertas ve, y calles, y el bullicio inmenso.
LXXXII.
No descansan los Tirios: ó se empleen En alzar el alcázar y dirijan El giro á la muralla, y acarreen Gruesos cantos á empuje; ó puesto elijan Para casa, y con zanja le rodeen: Sobre traza soberbia sitio fijan Propio al legislador, al magistrado, Y al augusto recinto del Senado.
LXXXIII.
Quiénes, formando un muelle, cavan fosas; Quiénes, para un teatro, anchos solados Extienden, y columnas prodigiosas Cortan, adorno á escénicos tablados. Tales, en suma, suelen oficiosas Ir las abejas por floridos prados Cuando sacan al sol adultas crias De estacion bella en los primeros dias;
LXXXIV.
Tales la miel fabrican rica; y llena Las celdillas al cabo el néctar blando; Y ya salen de paz, la carga ajena A recibir ufanas; ya cerrando En trabado escuadron, de la colmena Los zánganos alejan, torpe bando: Con afan vario la labor se enciende, Y á tomillo vivaz la miel trasciende.
LXXXV.
«¡Qué gran dicha á unos hombres se depara Que alzarse ven el suspirado muro!» Dice Enéas á tiempo que repara En las altas techumbres; y seguro, Gracias, ¡oh maravilla! á que la ampara Contino en derredor celaje oscuro, Entra por la ciudad con paso listo; Anda entre todos, y de nadie es visto.
LXXXVI.
Antiguo bosque de frescor ameno Habia en medio á la imperial Cartago: Lanzados ya los Tirios á su seno De ondas y vientos por furioso amago, Hallaron en las capas del terreno De un corcel la cabeza, don presago Que allí Juno les puso de victoria, Prenda de salvacion, señal de gloria.
LXXXVII.
Grata la Reina á auxilios singulares, Alzaba allí á la Diosa un templo extenso, Que á la vez ilustraba sus altares Con favor sacro y con devoto incienso: Escalonado el atrio entre pilares Y trabes bronceadas, daba ascenso A la alta puerta de metal bruñido Que el quicio oprime, y gira con rüido.
LXXXVIII.
En este bosque el héroe al pecho laso Halló aliento, á sus penas lenitivo, Y alta leccion de que en adverso caso Hay siempre de esperanza algun motivo; Pues, ya en el templo suntuoso, al paso Que todo lo registra pensativo, Y aguardando á la Reina, allá en su mente Mide el poder de la ciudad naciente;
LXXXIX.
Miéntras nota á un plan mismo convertidas Manos de artistas y el primor del arte, Por órden halla en cuadros repartidas Leyendas de Ilïon, lances de Marte, Que al orbe ocupan ya. Ve á los Atridas, Ve á Príamo, é igual á cada parte Aquíles en los rayos de su ira; Párase aquí, y con lágrimas suspira;
XC.
«¡Acátes! ¿qué region, de nuestra fama No hay ya en el mundo, ó nuestros hechos, llena? Mira á Príamo: aquí la gloria llama Al que allá injusta adversidad condena: El sentimiento aquí llantos derrama, Y aquí se siente en la desgracia ajena! Animo, pues; nuestro renombre claro Presta esperanzas de feliz reparo.»
XCI.
Dice, y con mil recuerdos embebece En la inerte pintura los sentidos, Y mudo llanto el rostro le humedece; Que en ella, muro afuera, en lid tejidos, Ya la troyana juventud parece, Que á los Griegos acosa despavoridos; Ya á los Frigios, Aquíles, que bizarro Con plumaje gentil vuela en su carro.
XCII.
Reconoce con lágrimas, tras eso, Las tiendas, con sus lonas cual de nieve, Que Diomédes taló, vendido Reso Del primer sueño en el regazo aleve: Allí el cruel en sanguinario exceso Huelga; y medroso de que alguno pruebe Pastos de Troya ó en el Janto beba, Los caballos indómitos se lleva.
XCIII.
Tróilo en pos viene: juvenil locura Ha hecho que fuerzas inferiores mida Con Aquíles: perdida la armadura, Derribado de espaldas, de la brida Traba, que al vacuo carro le asegura: Tiran los potros en veloz corrida; Arrastra el cuello y cabellera suelta, Y el polvo fácil marca el asta vuelta.
XCIV.
Más allá al templo de Minerva, en tanto, Teucras matronas á ofrecerle llegan, Por vencer su rigor, un regio manto: El tendido cabello al aire entregan; Hieren el seno en muestra de quebranto Las palmas; los humildes ojos ruegan: Sorda la Diosa á la oracion prolija, Torvas miradas en el suelo fija.
XCV.
Enéas adelante á Aquíles halla Volviendo, á trueco de oro, el insepulto Cadáver que en redor de la muralla Tres veces arrastró con fiero insulto: Hondo gemido de su pecho estalla El muerto amigo viendo allí de bulto, Y el carro vencedor y los despojos, E inerme suplicando el Rey de hinojos.
XCVI.
Él mismo en noble puesto allá campea Par del negro Memnon, que con su banda De Oriente, cierra. Al fin Pentesilea Las huestes amazónicas comanda De corvo escudo: el cíngulo rodea Aureo so el pecho descubierto; y anda Furiosa entre los gruesos escuadrones, Y hembra y todo, armas hace con varones.
XCVII.
Miéntras con viva admiracion encuentra Tales cuadros el héroe, y cada asunto Le detiene, y la vista reconcentra Luégo y la admiracion toda en un punto; Dido, la hermosa Dido al templo entra, La cual doquiera penetrando, junto Con damas de copiosa comitiva, La labor colosal risueña activa.
XCVIII.
Tal del Eurótas por la vega umbría Ó ya del Cinto por el halda amena, Gentil Dïana leves coros guia Y la aljaba pendiente al hombro suena. Ninfas en torno agrúpanse á porfía, Y á todas ella en majestad serena Se aventaja al andar: delicia vaga El seno de Latona oculta halaga.
XCIX.
Ya á las puertas la Reina se presenta De do la Diosa estableció morada, Y en el trono magnífico se asienta Que el ámbito promedia de la arcada: Rodéanla sus guardias: ella, atenta, En dar la ley y hacer la paz se agrada; Y ya á cada uno igual la carga mide, Ya, echando suertes, la labor divide.
C.
Mas entre inmensa multitud, que en esto Ansiosa al paso acude, al templo santo Ha columbrado Enéas que Sergesto Y Anteo viene, con el gran Cloanto, Y otros que oscuro el Ábrego interpuesto Lanzó á playas distintas. Con espanto Entremezclado de alborozo vivo, Ven los dos del embozo el fausto arribo.
CI.
Y aunque las manos estrechar anhelan, Mas lo raro del caso los detiene, Y en la cóncava nube se cautelan, Do á los que llegan atender conviene, Que dó surgieron digan, ó qué apelan, Pues embajada forman en que viene De cada nave un noble personaje, Y audiencia al paso claman y hospedaje.
CII.
Como entraron, y el real asentimiento Logrado hubieron de que alguno hable, «¡Salve, oh Reina!» empezó con grave acento Ilioneo, entre todos venerable: «Tú, á quien fundar concede ilustre asiento Jove, y justa regir gente intratable, Hijos de Troya ves, ya há largos años Agitados en piélagos extraños.
CIII.
»Hoy de incendio amenaza gente osada Nuestros bajeles: tu poder lo impida! De un pueblo religioso te apïada Que con su historia tu amistad convida! No á hacer riza venimos por la espada En comarca á tu imperio sometida, No á la costa á volver con rica presa; Ni es de vencidos tan soberbia empresa.
CIV.
»Hay de antiguo un país, con apellido De Hesperia por los Griegos señalado, Pueblo en trances de guerra asaz temido, Tierra asaz grata á la labor de arado: Fué primero de Enotrios poseido; Y hora Italia se nombra, por dictado De famoso caudillo procedente, Si ya constante tradicion no miente.
CV.
»Bogaban para allá nuestros navíos Cuando Orïon, que cóleras desata, Surge infausto del mar, y entre bajíos Con subitáneo golpe nos maltrata; Y servido á placar de austros impíos, Entre espuma y fragor nos arrebata Por todo el mar. Muy pocos, cuasi á nado Habemos á tus costas arribado.
CVI.
»Mas ¿qué raza cruel, señora, es ésta? ¿No rige ley que su barbarie elida? Que áun no bien nos divisa, á lid dispuesta, Conjúrase á estorbarnos la acogida Que á náufrago infeliz la arena presta. Oh! si á hombre no temeis que cuenta os pida, Que hay Dioses recordad que nunca mueren, Y premian la virtud y al crímen hieren!
CVII.
»Rey nuestro fué, de príncipes modelo, Enéas, que otro igual no vió la tierra, Quier en la paz por su piadoso celo, Quier por su brazo poderoso en guerra. Que si áun aura vital le otorga el Cielo, Si hado adusto en tinieblas no le encierra, Acabóse el temor, y á ti en agrado Vendrá, fio, el favor anticipado.
CVIII.
»Mas oye: en la poblada, en la guerrera Comarca siciliana poseemos De Acéstes el favor, que en ella impera. Y troyana es su sangre. Que arrimemos Nuestros restos, consiente, á la ribera, Y en tus bosques cortar tablaje y remos, Y á Italia iremos, nuestro Rey al frente, Si salva el hado vuelve nuestra gente.
CIX.
»Mas si ya feneció nuestra ventura; Si ya, ¡oh amado Rey de los Troyanos! Te dan líbicas olas sepultura, Ni á Ascanio logran nuestros votos vanos; Buscaremos siquier mansion segura Navegando á los términos sicanos, De do ya nuestra flota el vuelo alzara, Que allí Acéstes bondoso nos ampara.»
CX.
Dice, y todos barbotan de consuno Oscura frase que el asenso explica; Y con modestia y dignidad en uno La culta Reina al orador replica: «¡Troyanos! desterrad el que importuno Vago recelo el alma os mortifica: Mis fronteras guardar por fuerza debo; Dura es mi situacion, y el reino es nuevo.
CXI.
»Mas ¿quién no sabe á Troya y sus varones? No de tantas virtudes el tesoro, Los nombres de tan nobles campeones, Ni ya esa guerra gigantesca ignoro: No solemos los Penos corazones Tan incultos llevar; ni al carro de oro Sus caballos el Sol tan léjos ata De una ciudad que vuestra gloria acata.
CXII.
»Quier vuestro anhelo la region prefiera De Hesperia, y campos que Saturno escuda; Quier la de Érice os llame lisonjera, A do el favor de Acéstes os acuda; Doquiera ir presumais, ireis doquiera Seguros con mi amparo y con mi ayuda. ¿O hacer mansion conmigo os acomoda? Esta ciudad que fundo, es vuestra toda.
CXIII.
»Meted la flota: un mismo tratamiento Tendrá el Teucro en Cartago y el de Tiro. Y ¡oh si arribase con el propio viento El héroe que nombró vuestro suspiro! Pues yo daré á emisarios mandamiento Que exploren la comarca en largo giro, Por si, náufrago Enéas, mueve acaso, Ó en selva ó en poblado, incierto el paso.»
CXIV.
De la arenga tocados, rato habia Los de la nube ansiaban salir fuera; Y, á Enéas vuelto, Acátes le decia: «Falta el que hundirse viste en la onda fiera; Cúmplese en lo demas la profecía, Hijo de Vénus, que tu madre hiciera: ¿Qué aguardas?» Suelta en esto se evapora La opaca nube en la aura brilladora.
CXV.
Y el héroe apareció, de luz cercado, A un Dios en aire y en miembros semejante; Pues le habia su madre aderezado La copia de cabellos arrogante; Bañó sus ojos de inefable agrado, Y dió luz rósea al juvenil semblante, Bien cual bruñe el marfil, ó mármol pario Ó argento engasta en oro el lapidario.
CXVI.
«Ved salvo al que buscais; yo soy Enéas!» Dice; y á Dido se convierte luégo: «Tú, sensible mujer, dichosa seas, Sensible á nuestra historia, á nuestro ruego; Que reino y casa á náufragos franqueas, De la espada reliquias y del fuego, Juguetes de la mar, de la fortuna, Ya sin arrimo ni esperanza alguna!
CXVII.
»Señora, á tu largueza, á tu hidalguía Corresponder nosotros mal podremos, Ni cuantos restos de la patria mia Errantes van del orbe en los extremos. Mas si hay Dioses que ven con simpatía La virtud; si áun justicia conocemos; Si el tribunal de la conciencia es algo, El Cielo premiará tu porte hidalgo!
CXVIII.
»¡Oh feliz hora en que la luz primera Viste del cielo! ¡oh ilustres genitores! Miéntras amen del monte la ladera Las sombras; miéntras corran bramadores Los rios á la mar; miéntras la esfera Alimente sus trémulos fulgores, Durará tu alabanza y tu memoria: Doquier yo aliente, vivirá tu gloria.»
CXIX.
Dice; y adelantándose del puesto Las manos da regocijado: en tanto Que una ofrece á Ilioneo, otra á Seresto, Y al gran Gias de ahí, y al gran Cloanto, Y á todos á la vez. Dido de presto Enmudeció de admiracion y encanto: Al presentarse el héroe, con su brillo; Luégo, al abrir los labios, con oillo.
CXX.
Recobrada, expresó razones tales: «¡Oh! ¿qué impía mano perseguirte osa Al traves de contrarios temporales? ¿Quién, ilustre mortal, hijo de Diosa, Á estas playas te impele inhospitales? ¿No eres tú á quien de Anquíses Cipria hermosa, Del frigio Símois en el valle ameno, Concibió grata en su amoroso seno?
CXXI.
»Recuerdo á Teucro, que en Sidon venido, Trocaba con destierro el patrio clima, Ya de mi padre Belo protegido, Que imperaba triunfante en Chipre opima. Troya y Grecia de entónces en mi oido Sonaron con tu nombre. En alta estima El tenía á los tuyos, si contrario, Y áun de Troya alabóse originario.
CXXII.
»¡Mas venid luégo á mi real morada, Mancebos! Cual vosotros combatida De ruda suerte y vária, al fin cansada, Donde agora os la doy, logré acogida De mis propias desgracias enseñada Miro por los que sufren condolida.» Dice; y honrando á la Piedad divina, Con el héroe á palacio se encamina.
CXXIII.
Y próvido tendiendo el pensamiento Á los que quedan en la playa, envía Veinte toros allá, por bastimento, Cien gruesos cuerpos de cerdosa cria, Y cien ovejas y corderos ciento; Y el dón de alegre Dios, por granjería; En tanto que el palacio se adereza Con vario alarde de imperial riqueza.
CXXIV.
Ya en el seno interior del edificio Previénese el opíparo convite: Lucen vestes, do el clásico artificio Con la soberbia púrpura compite; Brilla de plata sólido servicio, Y copas de oro, do el buril repite Desde era inmemorial las patrias glorias, Y los Reyes en serie, y sus historias.
CXXV.
En este medio Enéas (no tolera Amor, pecho de padre sosegado) A Acátes manda que en veloz carrera Lleve á Ascanio el obsequio, y á su lado Venga Ascanio;--que Ascanio cobra entera La ternura del padre y su cuidado,-- Y traiga cuanta rica prenda y joya A los escombros se arrancó de Troya.
CXXVI.
Acuérdale la veste de oro llena, Con sólidas figuras y labores, Y el rico velo de la argiva Elena Que de amarillo acanto esmaltan flores; El mesmo que ella, de rubor ajena, Volando en pos de ilícitos amores, Dón de Leda su madre peregrino, Trujo de Grecia cuando á Troya vino.
CXXVII.
Reliquias con que á par venir dispone El noble cetro que regir solia, Hija mayor de Príamo, Ilione, Y el collar de menuda pedrería, Y el diadema do el oro se compone Con finas perlas en igual porfía. Acátes, que cumplir el cargo anhela, Camino de las naves corre, vuela.
CXXVIII.
Nuevas trazas en tanto Citerea, Nueva industria medita: que Cupido Tome de Ascanio la figura, idea, Y que, atenta al obsequio, obsequie á Dido; Con que tocada de un incendio sea Que el corazon le invada inadvertido; Ca ese mixto hospedaje bajo un techo Teme, y dos amistades en un pecho.
CXXIX.