Part 2
No menos diligencia A la elección de los caballos debes. Tú, desde tierna edad á los que fíes El incremento de la raza, aplica Laboriosa atención. El potro nuevo De estirpe generosa, Gallardo ya campea. Y en noble porte y numerosos pasos Las blandas coyunturas ejercita: Toma la delantera en el camino, A la crespa corriente vado tienta, A puente ignoto avánzase el primero, Ni de estrépitos vanos se intimida. La cerviz tiene erguida, Aguda la cabeza, el vientre breve, Grupa redonda, el pecho Con músculos soberbios que le abultan. Noble es el rucio azul, noble el castaño, De blancos y melados desconfío. ¡Con qué ingénito brío El pisador lozano Sale del puesto y sosegar no sabe Si armas de lejos resonar ha oído! Las orejas aguza, se estremece, El encendido aliento Por la abierta nariz bramando arroja; El cabello sacude aborrascado, Le esparce al diestro lado; Y doble mueve la dorsal espina, Y recios cascos sobre el suelo asienta Que batido á compás hueco retumba. Sofrenado de Pólux Amícleo Tal Cílaro soberbio braveaba, La copia de trotones Que Marte unció, tal era; tales fueron, Ya de griegos poetas celebrados, Los del caro veloz del grande Aquiles; Y Saturno agilísimo la hermosa Crin derramando sobre el cuello equino, Así también, al asomar su esposa, Hirió, rápido huyendo, El alto Pelion con relincho agudo.
Al que así contemplaste Animoso corcel, cuando agobiado Por las enfermedades, ó vencido Le vieres de la edad, ponle á cubierto, Y da á su honrada senitud descanso. Para enlaces de Venus Frío el caballo viejo, afán estéril Apura en ellos, y tal vez se llega A la amorosa lid, se enciende en vano, Cual sin fuerza en la paja un alto fuego. Observa de antemano Los bríos y la edad de cada potro, Su raza y vocación discierne luego; Mira si causa en él y en qué manera, La ignominia dolor, celo la gloria. ¿No has visto cuando en rápida carrera Parten de la barrera A cubrir el palenque émulos carros? Mancebos en la faz muestran bizarros El ansia de vencer, mientras el pecho La duda palpitante les devora, Con retorcido látigo aguijando, Tendido el cuerpo van, suelta la brida; En férvido volar arden las ruedas; Y ora se inclinan, y ora Parecen remontarse arrebatados En vuelo aéreo á superior esfera. No hay descanso, no hay paz. La arena roja En nubes se levanta: Fogoso al delantero el de atrás moja Con la espuma que arroja; ¡Tanto es el pundonor, la ambición tanta!
Estos versos, fuerza es confesarlo, no se parecen en nada á los que generalmente nos regala la musa sudamericana, libertina, indómita, sin más consejero que el oído, á veces mal educado y excesivamente democrático en el estilo, en la elocución y en las formas sintáxicas, casi siempre cortadas al talle de la prosa. Si muchos han de saborearlos y deleitarse con ellos, no faltarán quienes los hallen desabridos al paladar, obscuros á la inteligencia y aun ásperos para leídos corrientemente. Pero nosotros, que nos declaramos pertenecer á los primeros, es decir, á los admiradores de la noble versificación del Sr. Caro, entendemos que el verso debe tener también poesía en su estructura, y participar, hasta en la ordenación de las palabras, del juego de la imaginación, que es la primera de las facultades distintivas del poeta. El verso debe pasar por delante de la vista como el diamante bruñido, destellando luz por cada una de sus facetas; ondear como airosa culebra ó como la corriente de las aguas, y sorprender por la novedosa variedad de sus movimientos, para que, como la música á la letra, acompañe armoniosamente los giros originales é inspirados del pensamiento. Desdéñase sin razón esta parte material de la versificación, y ni se reflexiona sobre ella, ni se estudian sus condiciones, como si no constituyera parte del arte de escribir en verso, del mismo modo que es en el pintor la distribución de los tonos del colorido, y las gradaciones de la modulación en el músico. Hay idiomas en que la frase en el verso sigue la misma línea recta que en la prosa, y toda la poesía consiste en ellos en el fondo ó en la substancia de la idea. Pero el castellano no es de este número. En la prosa misma es garboso, lujoso, erguido, y exige de quienes lo usen en verso y con intenciones de poetas, que levanten y acentúen esas cualidades, defectos ó virtudes de su índole, según quiera juzgarlos el juicio humano, generalmente vario y voluminoso.
En el caso presente existe una razón más para que los versos que quedan copiados merezcan la aprobación de las personas instruídas y de buen gusto, por cuanto traducen al más encumbrado y más delicadamente noble y pulcro de los poetas latinos, en quien brilla la tersura de la palabra y el pudor de la imagen. Sienta bien á su intérprete el dejo clásico, la solemnidad antigua, de que tan discretamente hace uso, logrando acercarse, cuanto es posible á un moderno, á semejante original.
JUAN MARÍA GUTIÉRREZ.
(_Revista del Río de la Plata_, número correspondiente al 1.º de Febrero de 1875.)
ENEIDA.
_(Yo aquel que ya con flauta campesina_ _Libre de afanes modulé canciones,_ _Y dejando la selva peregrina,_ _Causa fuí que con ricas producciones_ _Satisficiese la región vecina_ _De exigente cultor las ambiciones_ _--Obra grata á la gente labradora--_ _Los horrores de Marte canto ahora)_
ENEIDA.
LIBRO PRIMERO.
I.
Canto asunto marcial; al héroe canto Que, de Troya lanzado, á Italia vino; Que ora en mar, ora en tierra, sufrió tanto De Juno rencorosa y del destino; Que en guerras luégo padeció quebranto, Conquistador en el país latino, Hasta fundar, en fin, con alto ejemplo, Muro á sus armas, y á sus dioses templo.
II.
De allá trajo su sér el trono albano, Su nombre el pueblo á quien el orbe admira Roma de allá su cetro soberano..... Mas tú á mi osado verso, Musa, inspira! Abre de estos sucesos el arcano; ¿Qué ofensa suscitó la excelsa ira Que á la errante virtud sigue y quebranta? ¿Cupo en celestes pechos furia tanta?
III.
En frente, aunque á distancia, de la riba Donde el Tibre en el mar su onda derrama, Tiria de orígen, opulenta, altiva, Alzóse la ciudad que Juno ama. Más que á Sámos la Diosa vengativa La amó: Cartago la ciudad se llama: En ella la armadura pavorosa, El carro en ella estuvo de la Diosa.
IV.
Y ya anhelaba Juno y pretendia Hacer del orbe á esta ciudad señora Si consintiese el hado. Oido habia Que, corriendo los tiempos, en mal hora Para alcázares tirios, se alzaría De troyana raíz, dominadora Nacion potente, en los combates fiera; Que así lo urdido por las Parcas era.
V.
Eso la Diosa recelaba; y luégo De irritantes recuerdos ocupada, Ella no olvida que á vengar al Griego Fué la primera en desnudar la espada: Del troyano pastor el fallo ciego; Su ofendida beldad, la raza odiada, El alto honor á Ganimédes hecho, Memorias son para afligir su pecho.
VI.
Por eso avienta á términos distantes Del ítalo confin, á los que á vida Dejó incendio voraz, salvados ántes Del acero de Aquíles homicida. Por largos años sobre el ponto errantes, Cerrando el paso á su virtud sufrida El hado vengador ¿dónde no asoma? ¡Fué empresa colosal fundar á Roma!
VII.
Haciendo nueva tentativa ahora, De la orilla zarpando siciliana, Ya á la vela se daban; ya la prora Cortando iba veloz la espuma cana. Mas la llaga cruel que la devora Guardaba fresca la deidad tirana En el fondo del alma; y sin testigo Así comienza á razonar consigo:
VIII.
«¿Y será que vencida retroceda En la intentada empresa? ¿y que al troyano Aborrecido príncipe no pueda Léjos tener del límite italiano? ¿Conque adverso el destino me lo veda? Pálas un dia, del insulto insano Tan sólo de Áyax ofendida, airada, ¿No hundió á los Griegos y abrasó su armada?
IX.
»Ella misma del cerco nebuloso Vibró de Jove la veloz centella, Y alteró de los mares el reposo Y dispersó los navegantes; ella En torbellino súbito, furioso, Arrebatando al infeliz, lo estrella, Cuando áun abierto el pecho llameaba, Contra un agrio peñon, y allí le clava.
X.
»Y yo, que entre los Númenes campeo De los Númenes todos soberana; Yo, que los altos títulos poseo De consorte de Júpiter y hermana, Ya tantos años há que en lid me empleo Con solo un pueblo, y mi insistencia es vana! ¿Y habrá de hoy más quien me venere? ¿alguno Que humilde ofrende en el altar de Juno?»
XI.
Tal medita la Diosa, y sus sollozos Ahogando en su furor, á Eolia vuela, Region nublada en lóbregos embozos, Region que aborta la hórrida procela: Eolo allí en inmensos calabozos Las roncas tempestades encarcela Y los batalladores aquilones, Y hace pesar su imperio en sus prisiones.
XII.
Ellos dentro la hueca pesadumbre Ruedan bramando, amenazando estrago; Él, cetro en mano, sobre la alta cumbre, Resuelve en aire el comprimido amago, Que si aquella legion de servidumbre Salir lograse, por el éter vago La tierra, el mar, el ámbito profundo Rauda barriera aniquilando el mundo.
XIII.
El alto Jove recelando eso, Al ejército aéreo abrió esta sima, Y ahí en tinieblas le envolvió, y el peso De altísimos collados le echó encima; Y un rey impuso al elemento opreso Que con tacto severo, ya reprima, Ya dé medida libertad. Ahora Juno ante él llega, y su favor implora:
XIV.
«Éolo, á quien el Rey de cielo y tierra Calmar concede y sublevar los mares, Oye: aquel pueblo á quien juré la guerra, Surca el Tirreno, y sus vencidos lares Lleva, y su imperio, á Italia. Desencierra, Éolo, tus alados auxiliares, Y envíalos con ímpetus violentos A romper naves y á esparcir fragmentos.
XV.
»Catorce Ninfas sírvenme doncellas, De hermosura dotadas milagrosa; La que en encantos sobresale entre ellas, Deyopeya gentil, será tu esposa: Eternas gozarás sus gracias bellas; Yo te la doy, porque de prole hermosa Afortunado fundador te haga; Y así el favor mi gratitud te paga.»
XVI.
Éolo reverente la responde: «Reina, escudriña cuanto ansiar pudieres, Dí cuanto oculta voluntad esconde, Pues son tus voluntades mis deberes. De ti no fuesen dádivas, ¿de dónde Mi cetro, mi privanza, mis poderes? Tú en las mesas olímpicas me sientas; Rey por ti soy de rayos y tormentas!»
XVII.
Dice; y la hueca mole con el cuento Hiere del cetro, y la voltea á un lado; Y al ver el ancha puerta, cada viento Quiere salir primero alborotado; Y Noto á un tiempo, y Euro, y turbulento Abrego con borrascas, monte y prado Corren, barren el suelo, al mar se entregan, Y ondas abultan que la playa anegan.
XVIII.
Y remueven el ponto, el ponto gime; Y silban cuerdas y la gente clama; Roba las formas y la luz suprime La oscuridad que en torno se derrama; Noche tremenda el horizonte oprime; El éter cruza intermitente llama; Truena el polo, y suspenso el navegante La pompa del terror tiene delante.
XIX.
En este instante de la muerte el hielo Siente Enéas que embarga sus sentidos, Y entrambas manos extendiendo al cielo, Clama con voz ahogada entre gemidos: «¡Dichosos, ay, los que en el patrio suelo, Al pié del alto muro, en liza heridos, A vista de sus padres espiraron, Y allí cual buenos su mision finaron!
XX.
»¡Oh tú entre aquivos héroes el primero, Diomédes esforzado! ¿qué impía suerte Me negó bajo el filo de tu acero En los campos de Troya hallar la muerte? Do al ímpetu de Aquíles Héctor fiero Cayó; do el grande Sarpedon; do inerte Tanto noble adalid, rota armadura, El Simois vuelca en su corriente oscura!»
XXI.
Cállale aquí borrasca bramadora Que hosca en las velas da, la onda agiganta; Quiébranse remos, tuércese la prora, La onda el costado del bajel quebranta: Álzase el agua en cimas, y á deshora Rómpese: quién en vago se levanta; Quién la ola henderse ve que lo encadena, Y ve el fondo mostrarse, hervir la arena.
XXII.
Noto tres buques á su cargo toma Y en adustos escollos los estrella (Cuya espalda á flor de agua inmensa asoma, Y _ara_ el nauta la nombra, y huye de ella). Sobre otros tres rugiente se desploma Euro (¡escena de horror!), los atropella, Y dales, entre puntas destrozados, Tumba de arena en los hirvientes vados.
XXIII.
Al bajel que á los Licios aportaba, El mismo en que el leal Oróntes iba, Súbito hiere en popa una ola brava Descargada con ímpetu de arriba. Enéas el embate viendo estaba Que de un vuelco el piloto al mar derriba, Tres vueltas da el bajel, la angustia crece, Y el vórtice lo traga, y desaparece.
XXIV.
Vense dispersos que en lo inmenso nadan; Maderos y reliquias de combates, Y troyanas riquezas sobrenadan. De Ilioneo, aunque fuerte, á los embates La nave ya, y las de Abas se anonadan, Del viejo Alétes y el valiente Acátes; Que, hondas las grietas, desligado el brío, Abren su seno al elemento impío.
XXV.
En tanto los rumores, los bramidos, La inmensa agitacion Neptuno siente; Siente los hondos sótanos movidos, Y alza alarmado la serena frente Por cima de las ondas. Esparcidos Los buques ve de la troyana gente, Por todas partes maltratada y rota, Que el cielo la acribilla, el mar la azota.
XXVI.
Ni ya de Juno se ocultó al hermano, Industrioso el rencor que horrores trama; Y al punto con acento soberano Al Céfiro y al Euro á cuentas llama; «¿Y así,» les dice, «os ciega orgullo vano? Ya hundís los cielos sin mi vénia, y brama El agua en cerros que encrespais gigantes; ¡Guay!... Mas el mar apacigüemos ántes.
XXVII.
»¡Huid, vientos! ¡huid avergonzados; Ni espereis de piedad segunda muestra; Y á vuestro Rey decidle que los hados No el tridente pusieron en su diestra: Los reinos de la mar son mis estados! Riscos él tiene allá, guarida vuestra; Que respetoso á ajenos elementos, Reine guardian de encadenados vientos!»
XXVIII.
Dice; nubes disuelve, el sol desnuda, Y pone en paz las olas que batallan: Cimotoe y Triton de roca aguda Los míseros navíos desencallan; Con su tridente él mismo les ayuda, Las sirtes abre, y cielos y aguas callan; Y por cima del mar, que apénas riza, En levísimo carro se desliza.
XXIX.
¿Quién vió tal vez con la rabiosa ira Que la plebe en motin ruge y revienta? Teas, guijarros por el aire tira; La fuerza del enojo armas inventa: Mas si á un prócer piadoso alzarse mira, Se contiene, se acalla, escucha atenta; Sola esa voz los ánimos ablanda, Lleva la paz, y la obediencia manda.
XXX.
Neptuno así de una mirada enfrena Del piélago insolente los furores, Y gira por la atmósfera serena Dóciles sus caballos voladores. Entre tanto, de la áspera faena Cansados los troyanos viadores, A las vecinas, líbicas orillas Vuelven prudentes las cascadas quillas.
XXXI.
Vese allí en una cómoda ensenada Formando puerto, una isla: á sus costados Del piélago se rompe la oleada. Y rota, entra á morir por ambos lados. Guardando opuestos émulos la entrada, Dos peñones, remate de collados, Torvos se empinan: plácidas, á solas, Tiéndense al pié las sombreadas olas.
XXXII.
Luégo, al entrar, divísase eminente, Del sol quebrando el trémulo destello, Hórrido bosque, y negro, y grande; en frente Cóncava peña cierra un antro bello. Y allí hay bancos de piedra; allí una fuente De agua dulce; es de Ninfas gruta aquello! No aquí el cansado esquife ata la amarra; No del áncora el garfio el fondo agarra.
XXXIII.
Saca Enéas, en suma, á salvamento Siete naves. La gente, que desea De la tierra el materno acogimiento, Salta al césped que el céfiro recrea, Y allí á los miembros húmidos da asiento. Acátes hiere el pedernal; chispea; Hoja menuda allega, adusta rama, Y, el fómes atizando, arde la llama.
XXXIV.
Mojados sacan las cansadas manos El dón de Céres y su tren; y aprestan Piedras allí para moler los granos Que en seco extienden y que al fuego tuestan. Sube Enéas á un pico, y los lejanos Horizontes registra, por si enhiestan Las popas de Caïco allá su arreo, Ó bien sus velas el bajel de Anteo;
XXXV.
Ó ya á remo avanzando los navíos Frigios parecen, ó el de Cápis. Nada Por los ecuóreos límites vacíos Descubre á su esperanza su mirada. Mas tres ciervos divisa que baldíos Recorren la ribera: la manada, Al sabroso pacer vagando atenta, Por acá y por allá los sigue lenta.
XXXVI.
El arco y leves flechas, al instante, Armas del fiel Acátes, arrebata Enéas; y á los tres que van delante Con orgullosa cornamenta, mata; A tiros luégo el escuadron restante Entre el frondoso bosque desbarata; Ni desiste hasta ver de los venados Siete grandes por tierra derribados.
XXXVII.
Así el número iguala al de bajeles; Al puerto vuelve, do el botín divida Entre sus tristes compañeros fieles; Y con vino, de aquél que á su partida De las riberas sículas, toneles Bondoso Acéstes les hinchió, convida; Y cura consolar los corazones El obsequio apoyando con razones:
XXXVIII.
«¡Antiguos compañeros! sabedores Ántes de ahora de aventuras tales: Ya visteis acabar otros mayo es, Dios dará fin á los presentes males. De Scila atroz escollos ladradores: De impios Ciclopes playas funerales: ¿Qué no habeis arrastrado? Alzad la frente, Y ahogue su pena el corazon valiente!
XXXIX.
»Desgracias de hoy, mañana son memorias Que despiertan secretas simpatías: Senda de rudas pruebas transitorias Nos lleva al Lacio y sus riberas pias: Renacerán nuestras antiguas glorias; Sufrid, guardáos para mejores dias!» Dice; rie esperanzas, y hondamente Sella el fiero dolor que el alma siente.
XL.
Presta la gente á aderezar la caza Pieles arranca, entrañas desaloja; Quién la carne, que á miembros apedaza, Fija en el asador, tremente y roja; Quién da en la orilla á las calderas plaza, Y fuego allega; y ya en el musgo y hoja Cobran tendidos el vigor postrado Con vino añejo y nutridor bocado.
XLI.
Calla el hambre; y locuaz la fantasía Recuerda á los ausentes: teme; alienta; Y ya salvos, ya en la última agonía, Ya sordos al clamor los representa. Consigo Enéas, de la suerte impía Del animoso Oróntes se lamenta, Y de Amico, y de Licio, y de héroe tanto; Del grande Gias y del gran Cloanto.
XLII.
Tarde era ya, cuando del alto cielo Oteando el olímpico monarca, Tierras y costas, el tendido suelo, Y el mar de velas erizado, abarca De una mirada, que con vivo anhelo Fijó, en fin, en la líbica comarca; Y, los ojos brillando humedecidos, Vénus así le hablaba con gemidos:
XLIII.
«Padre y señor de dioses y mortales; Rey, cuyo brazo con el rayo aterra! ¡Oh! mira al hado, tras acerbos males, Cuál á mi Enéas y á los Teucros cierra, No del país que guarda, los umbrales, Mas los ángulos todos de la tierra! Para sufrir contrariedad tan fuerte, ¿Con qué crímen pudieron ofenderte?
XLIV.
»Tú prometiste que de aquí, algun dia-- ¿Lo recuerdas?--de _aquí_, de la troyana Estirpe restaurada, se alzaria Reina del mundo la nacion romana. ¿Qué nuevo plan la ejecucion desvía? Yo usaba con las dichas del mañana, Del ayer y sus ruinas consolarme; Mas ¿vemos hoy que el hado se desarme?
XLV.
»No; que se ensaña cada vez más crudo! ¿Término á tanto mal darás al cabo, Grande y buen rey? Con invisible escudo, Del Adria entrando por el golfo bravo, Al riñon mismo de Liburnia pudo Anténor penetrar, y del Timavo Las cabezas venció; de argiva hueste Salvado en ántes por favor celeste.
XLVI.
»Y en aquella region donde desata, Los cerros atronando, mar rugiente Por siete bocas su raudal de plata, Y los campos inunda en su corriente, Allí á Padua fundó: morada grata En ella, y patrio nombre dió á su gente, Y de Troya las armas; y tranquilo Bajó á dormir en sepulcral asilo.
XLVII.
»¿Y á nosotros, tus hijos, á quien silla Previenes celestial, se nos traiciona? ¿Y anegadas las naves, ¡oh mancilla! Porque de _álguien_ el odio lo ambiciona, Tocar nos vedas la latina orilla? ¿Así nos vuelves la imperial corona? ¿O premio es éste de virtudes digno?» Oyóla el Padre, y sonrió benigno;
XLVIII.
Y con la faz la besa con que el cielo Serenar suele en tempestad oscura; Y «Calma,» dice, «Citerea, el duelo; De los tuyos el hado eterno dura. Verás alzarse á coronar tu anhelo La ciudad de Lavinio: á etérea altura Tu heroico Enéas subirás un dia;-- Ni nuevo plan la ejecucion desvía.
XLIX.
»Él (pues voy á tu pecho, áun mal seguro, A revelar recónditos arcanos) Él hará guerra larga; el cuello duro Domará de los pueblos italianos; Dará á los suyos circundante muro, Y fundará costumbres. Tres veranos Contará de los Rútulos triunfante; Y tres inviernos le verán reinante.
L.
»Y su hijo Ascanio, que festivo y tierno Con renombre de Yulo se engalana, (Ilo nombróse en el solar paterno Cuando alzaba Ilïon la frente ufana), Treinta años llenará con su gobierno Mes á mes; y la sede soberana Mudando de Lavinio, hará á Alba Longa Robusta en fuerzas que al asalto oponga.
LI.
»De manos de la hectórea dinastía No habrá en tres siglos quien el cetro aparte: Ilia, real sacerdotisa, un dia Hijos gemelos parirá de Marte: Con la piel de la loba que los cria Ya al mayor miro ufano; baluarte Alzará eterno, y porque al mundo asombre, Rómulo á su nacion dará su nombre.
LII.
»Y término, ni linde, ni parada Fijo al poder de Roma: eterno sea! Juno misma, que alarma exasperada Cuanto baña la mar y el sol rodea; Con nuevo acuerdo, á la nacion togada Que al mundo, acerca el hado, señorea, Vendrá por fin en proteger conmigo; Y así se cumplirá cual yo lo digo.
LIII.
»Y siglo traerá el tiempo en que cadenas Dé la casa de Asáraco á la argiva; A Ptia vencerá; verá á Micénas, Si ántes gloriosa, ya á sus piés cautiva. Tan noble sangre llevará en las venas Julio--por nombre que de atras deriva; César--con gloria que hasta el cielo alcanza Él, cuyo imperio sobre el mar se avanza.
LIV.
»Y tú, segura de contrario insulto, Cargado con despojos de Orïente Le cogerás en el Olimpo; y culto Le dará el hombre en votos afluente. Y, sosegado el militar tumulto, La férrea edad se tornará clemente: Fe anciana reinará y amor divino, Y en union fraternal Remo y Quirino.
LV.
»Y por fin con estrechas cerraduras Y de hierro cargadas, de la Guerra Cegadas quedarán las puertas duras: El malvado Furor, que allí se encierra, Sentado sobre rotas armaduras, Con las manos atras, que el bronce aferra De cien cadenas, lanzará bramidos, Los dientes rechinando enrojecidos.»
LVI.
Dice, y al punto del Olimpo envía Al alígero dios hijo de Maya, Que á allanar á los náufragos la via Y el muro de Cartago á abrirles vaya; Pues de Dido recela, que podria Alejarlos tal vez de aquella playa Si los altos designios ignorase. Oyele el nuncio, y por el éter vase.
LVII.