Part 14
»Y, nunca de venganzas satisfecha, Con la izquierda azuzando sus serpientes Y del látigo armada la derecha, Corre los sentenciados delincuentes Tisífone á azotar, y los estrecha, Llamando sus hermanas inclementes; Y ábrense á devorarlos, y crujiendo Giran las sacras puertas con estruendo.
CXVII.
»Contempla á la cruel, que allí se asienta Y el vestíbulo guarda de ese mundo: ¿Qué, si vieses, abiertas las cincuenta Negras fauces, el monstruo sin segundo, La Hidra feroz que adentro guarda atenta? Luégo el Tártaro se abre, tan profundo Al medio de su abismo, cuanto dista El alto Olimpo de la humana vista.
CXVIII.
»Allí, humilladas las soberbias vidas, Los antiguos engendros de la Tierra Revuélvense en recónditas guaridas A donde el rayo su ambicion encierra: Vi á par los dos enormes Alöidas Que el Cielo con sus manos, ¡loca guerra! Descargar intentaron, y en su encono A Jove mismo derrocar del trono.
CXIX.
»Vi allí tambien yacer, de angustias lleno, Á Salmoneo, por su error insano, Que de Jove el relámpago, y el trueno Quiso imitar de Olimpo soberano: De cuatro brutos gobernando el freno Y antorchas sacudiendo con su mano, A Elis cruzó, y en su triunfal camino Culto pedia como á sér divino.
CXX.
»Fingir quiso el demente (¡mal pecado!) Al sentar de sus potros con rüido Los cascos, con el bronce golpeado, Inimitable luz, sacro estampido: Envuelto Jove en lóbrego nublado Venablo duro le lanzó ofendido, No humosa tea ni exhalada llama, Y á la sima arrojóle donde brama.
CXXI.
»Yugadas nueve allí cubriendo yace, Alumno de la Tierra creadora, Ticio: el hígado eterno le renace, Pasto al buitre cruel que le devora, No le consume, y sus entrañas pace Y fiero en lo hondo de su pecho mora: Ni el corvo pico en el roer se amansa, Ni de brotar la víscera se cansa.
CXXII.
»¿Qué, si á Ixïon y Piritoo á cuento Trajese? ¿ó los que roca ven colgante Pronta siempre á caer? Áureo aposento, Regalado festin miran delante; Mas la Furia mayor vela de asiento Al lado, y como alguno se levante Las mesas á tocar, corre, y vocea, Y airada amaga con su horrible tea.
CXXIII.
»Allí gimiendo están los que al hermano Profesaron, en vida, odio demente; Los que hicieron ultraje al padre anciano, Los que en fraude envolvieron al clïente; Allí los solitarios que, la mano Cerrada siempre al mísero pariente, Sobre el oro enterrado hicieron nido: Infame grey en número crecido.
CXXIV.
»Y allí aguardan castigo los que amores Adúlteros pagaron con la vida; Los que hicieron traicion á sus señores; Los que en guerra se alzaron fratricida: No cures de su pena los horrores Ni las causas saber de su caida. Quién vuelca enorme risco; atado esotro Gira en rueda veloz, su eterno potro.
CXXV.
»Está sentado y en perpétuo duelo Teseo lo estará.--_¡Mirad si presta La justicia ultrajar, reir del Cielo!_ Flégias clamando á todos amonesta Entre las sombras. El nativo suelo Este por oro enajenó, funesta Tiranía elevando: esotro puso A precio de la ley uso y desuso.
CXXVI.
»Y áun hubo ya con ciego desatiento Quien de su hija el tálamo invadiera. Todos formaron criminal intento Y corona ciñeron en su esfera. No si cien bocas yo, si lenguas ciento Tuviese y férrea voz, contar pudiera Las especies sin fin de los delitos, Los nombres de las penas infinitos.»
CXXVII.
Así la anciana profetisa habia Hablado, y «¡Sús!» añade: «hora es preciso Que el paso abrevies, y por esta via Á cumplir tu deber vayas sumiso: Los muros que los Cíclopes un dia Sacaron de su fragua, allá diviso; Ya, bajo el arco que se eleva enfrente, Las puertas veo de Pluton potente.
CXXVIII.
»Vé; obsequios debes al dintel frontero.» Tal dijo, y con el héroe se adelanta, Y el intermedio espacio, y el sendero Sin luz, dejan atras con ágil planta. Acércanse á las puertas: él primero Entra el zaguan; con gotas de agua santa Casto los miembros á rociar atiende, Y el áurea rama en el portal suspende.
CXXIX.
Puesto el dón á la Diosa, y alongados Del sitio, ya pisaban los amenos Jardines y los bosques fortunados Donde con grande paz moran los buenos: Abrense allí sobre inocentes prados Tintos en rósea luz cielos serenos; Regiones siempre iguales, siempre bellas, Tienen su sol y tienen sus estrellas.
CXXX.
Aquéllos juegan en verjel florido; Éstos combaten en la roja arena; Otros saltan en coros, y el sonido De sus cantos el ánimo enajena: El tracio vate, con talar vestido, Los siete tonos de su lira suena, Moviendo acordes con su voz canora Ya el plectro de marfil, los dedos ora.
CXXXI.
Brilla de Teucro allí la estirpe clara Robustez ostentando y lozanía: Egregios héroes á quien ver tocara En siglo más feliz la luz del dia. A Ilo, á Asáraco, á Dárdano repara Autor de la troyana monarquía, Enéas, y armas léjos ve, y baldíos Carros que honraron ya marciales bríos.
CXXXII.
Hincados por el campo ve lanzones, Y que arrogantes la verdura pacen Por acá y por allá sueltos bridones. ¡Oh! los que en mundo subterráneo yacen No renuncian sus viejas aficiones: Armas y carros sus delicias hacen Si armas, carros amaron: cuidan fieles, Si los criaron ya, régios corceles.
CXXXIII.
Luégo, á izquierda y derecha, ve adelante Los que á dulces festines se abandonan Tendidos en la hierba verdeante; Los que en honor de Apolo himnos entonan Intrincando los pasos en fragante Bosque, á quien cimas de laurel coronan, Donde brota y por selva ámplia y risueña Erídano soberbio se despeña.
CXXXIV.
Están allí los que á la patria amaron, Y heridas por la patria recibieron; Allí los sacerdotes que guardaron Austera castidad miéntras vivieron; Vates dignos que á Febo interpretaron; Maestros que el vivir embellecieron Con artes nuevas; los que haciendo bienes Vencieron del olvido los desdenes.
CXXXV.
Todos éstos con ínfulas nevadas Ceñidos van las sienes y cabellos. Con los cuales confunde sus pisadas La profetisa por sus campos bellos; Y volviendo la voz y las miradas A Museo ante todos, que alza entre ellos Con majestad serena la cabeza De muchos rodeado, á hablar empieza:
CXXXVI.
«Oid, almas felices, ruegos píos; Y tú, máximo vate, ¿dó se esconde Anquíses, por quien ya los grandes rios Cruzamos del Erebo; dínos, dónde? ¡Ah! ¿qué sitios repuestos y sombríos Nos le ocultan?» Museo la responde: «Aquí moramos bajo hojosos techos, Y son márgenes blandas nuestros lechos;
CXXXVII.
»Frescos prados tratamos por recreo, Y á nadie se fijó mansion segura; Mas pues tanto interes traer os veo, Venid conmigo á la vecina altura Y camino hallará vuestro deseo.» Dice; ante ellos los pasos apresura, Y horizontes de luz les manifiesta: De ahí, descienden de la erguida cresta.
CXXXVIII.
En un valle cubierto de verdura, Anquíses, en el fondo, atento via Guardadas almas que del aura pura Subirán á gozar llegado el dia; Allí en sombra numera su futura Cara prole, y mirando se extasía La fortuna y valor hereditarios, Glorias, triunfos, virtudes, lances varios.
CXXXIX.
Y viendo que hácia allá se dirigia Hollando Enéas el gramoso prado, Abre Anquíses los brazos, de alegría Lágrimas vierte y clama enajenado: «¿Conque venciste intransitable via, Hijo, á fuerza de amor? ¿Conque á mi lado Hoy tornas? ¿Es posible que consigo Verte, oirte, tocarte, hablar contigo?
CXL.
»Yo, tiempos computando, aqueste día Fausto acercarse vi: cumplióse el voto. ¡Mas cuánta extraña tierra en tu porfía Habrás medido, y cuánto mar ignoto, Y qué de riesgos arrostrado, en via De confin tan profundo y tan remoto! De los líbicos pueblos, hijo amado, ¡Cuánto temblé por tí funesto hado!»
CXLI.
Enéas contestóle en tal manera: «Tu imágen veneranda, padre mio, Siguiéndome doliente por doquiera, Forzóme á visitar el reino umbrío. Ocupan mis bajeles la ribera Tirrena. Mas tú ahora, con desvío No á mi mano, señor, robes la tuya; No á mi abrazo filial tu cuello huya.»
CXLII.
Dice, y llorando, con amante empeño Tres veces va á abrazar al padre anciano; Cual humo huye la sombra ó como sueño Y él tres veces aprieta el aire vano. Tornó á mirar, y un bosque vió risueño En un valle repuesto comarcano: Gárrulo bosque, plácido retiro Que manso baña el Lete en blanco giro.
CXLIII.
En torno vagan del durmiente rio Gentes, pueblos, enjambres voladores, Y cual abejas que en sereno estío Rondan fugaces peregrinas flores, Y á los lirios de cándido atavío Asedian, confundiendo sus rumores, Tal llenando de estruendo la campiña La aérea multitud vuela y se apiña.
CXLIV.
Maravillado de la extraña escena, Medroso Enéas á entender aspira Qué es aquella corriente tan serena; Quién la infinita multitud que gira Á par del rio y sus florestas llena. El padre Anquíses respondióle: «Mira: Antiguas almas á quien guarda el hado Nuevos velos corpóreos, nuevo estado,
CXLV.
»Esas son las que afluyen al Leteo Y en raudal bienhechor beben olvido. Tiempos hace, hijo amado, que deseo Mostrarte mi linaje esclarecido En estas sombras que delante veo, Porque, absorto en destino tan subido, De haber llegado á la que áun mal conoces Itálica region, conmigo goces.»
CXLVI.
«Mas ¿es creible que al sabido cielo,» Enéas contristado así murmura, «Alguna alma de aquí remonte el vuelo Y á informar torne la materia oscura? ¡Mísera humanidad! ¡Qué inmenso anhelo De vida y goces! ¡qué cruel locura!» Anquíses acudiendo á su sorpresa, Ordenadas razones así expresa:
CLXVII.
«Porque en luz de verdad tu mente aclares, Hijo, escucha: En los cielos y en la tierra, Y en las líquidas capas de los mares, En la alba luna que inconstante yerra Y en el sol y en los grandes luminares, Espíritu eternal dentro se encierra: Todo hínchelo él, vago y profundo; Alma y centro comun, él mueve el mundo.
CXLVIII.
»Y en él tiene su orígen el humano, Y el bruto, el ave, y cuanto monstruo cria En sus senos marmóreos Oceano. Centella celestial, ígnea energía Vida á esos séres da, gérmen temprano, En cuanto no los rinden á porfía, El fardo de la carne, los mortales Órganos y ataduras mundanales.
CLXIX.
»De ahí es que ansian y temen, y ó padecen Ó envueltos gozan en su cárcel dura: No ven la luz; ni quedan, si fallecen, Limpios del todo de la mancha impura De las miserias que al mortal empecen. ¡Pobres almas! la sombra en ellas dura De usos viles en años adquiridos En su lucha y su union con los sentidos.
CL.
»Por eso corren del dolor los grados, Y vicios propios cada cual expía: Hay unas que, purgando sus pecados, Expuestas penden en region vacía; Otras al fuego ó en profundos vados Residuos sueltan que la culpa cria: Y así los Manes, por diversos modos, Merecida pasion sufrimos todos.
CLI.
»Al Elíseo de ahí se nos envía, Y pocos alcanzamos los amenos Campos de llena paz y alma alegría; Que no se ganan por ventura, á ménos Que (cediendo á la edad, llegado el dia, El postrer resto de hábitos terrenos) El alma, redimida á la materia, Torne á ser mente pura y lumbre aeria.
CLII.
»Consumados mil años, al Leteo Almas acuden en tropel nutrido: Arrástralas un Dios, porque el deseo Nazca en ellas, envuelto en alto olvido, De volver á vestir corpóreo arreo, De subir á habitar terreno nido.» Tal dice, y lleva al héroe y la Sibila Entre el ruidoso pueblo que desfila.
CLIII.
Y porque logre, al avanzar la hilera, Ver de frente lo digno de memoria, Le conduce á un collado, y, «Considera, Hijo,» le dice, «la sublime gloria Que á la raza de Dárdano le espera; Oye los claros nombres que en la historia Nos guarda Italia; entre futuras gentes Mira pasar tus dignos descendientes.
CLIV.
»Ese, de asta de paz y augusto porte, Que á la luz va por suerte el más cercano, Será el primero que á la vida aporte, Con sangre mixta y con renombre albano: Mira, es Silvio: Lavinia tu consorte A luz darále, de tu amor, ya anciano, Póstumo dón: le criará su madre Rey en las selvas, y de reyes padre.
CLV.
»De ahí en Italia empezará el reinado De Troya. Honor de la Troyana gente, Prócas luégo aparece, y á su lado A Cápis ves y á Numitor presente; Y al otro Silvio, á quien tu nombre añado, Enéas, ya en virtudes eminente, Ya en armas, si reinare en Alba un dia: ¡Qué mancebos! ¡qué heroica bizarría!
CLVI.
»Contempla aquésos cuya sien serena Asombra en derredor cívica encina: Cuáles de ellos á Gabia y á Fidena Te alzarán, y la villa Nomentina; Y de ellos cuáles una y otra almena Fundarán sobre montes Colatina, Y á Pomecio y á Inuo, á Bole y Cora; Nombre á campos darán sin nombre ahora.
CLVII.
»Vé á Rómulo, hijo de Ilia, descendiente De Troya, hijo de Marte, que al abuelo Sigue; y mira ondear sobre su frente Crestones dobles con gallardo vuelo: Marca el padre en su noble continente Su propia, alta mision. Por él al cielo Levantará la frente pensadora Roma, del orbe militar señora.
CLVIII.
»La cual de siete alcázares murada, Con viriles renuevos en que abunda Rie, como en su carro alborozada De Berecinto la Deidad fecunda Por las frigias ciudades torreada Va, y su prole celeste la circunda: Cien nietos que amamanta y que la adoran; Todos son Dioses y entre Dioses moran.
CLIX.
»Los ojos torna: á tu nacion atento Contempla en Roma; á César mira; advierte Los racimos de Yulo tu sarmiento, Que á luz cabal predestinó la suerte. Éste es, éste es el que una vez y ciento Oiste á altos anuncios prometerte, César Augusto, hijo de un Dios, que al mundo El áureo siglo volverá fecundo.
CLX.
»Él á Italia honrará con tales dones Cual ya Saturno; y llevará su imperio Del Indo y Garamanta á las naciones, Su valor fatigando al hemisferio; Y abriránse á su paso las regiones Que allende el Sol se embozan en misterio, Á do el cielo con astros rutilante Rueda en los hombros del eterno Atlante.
CLXI.
»Ya ven los Caspios reinos su venida, Por anuncios, con ánimo intranquilo; Ya la tierra Meótica trepida, Sus siete brazos estremece el Nilo. Tigres guiando con pampínea brida Y de Nisa impeliendo, excelso asilo, Su carro victorioso, Baco empero Llegar no pudo á ese último lindero.
CLXII.
»No corrió Alcídes mismo espacio tanto, Aunque prendió con rápida saeta La cierva piés-de-bronce, y de Erimanto Impuso paces en la selva inquieta, Y el lerneo confin cubrió de espanto. ¿Y dudamos vencer adversa meta Nuestra gloria ensanchando? ¿Harán temores Que no hollemos la Ausonia triunfadores?
CLXIII.
»¿Quién es aquél que coronado asoma De insigne oliva, y que con propia mano Ya sobre sí sacras ofrendas toma? Su barba anuncia y su cabello cano Al primer rey-legislador de Roma, Que de su humilde Cúres, aldeano, Y de su hogar, desnudo, imperio grande Saldrá á regir cuando el deber lo mande.
CLXIV.
»Tulo va en pos, que moverá á pelea, La paz quebrando, á ejércitos vecinos Ya al prez no usados que el valor granjea; Y Anco despues, que áun hoy en sus caminos El aura popular vano desea. ¿O quieres ver los príncipes Tarquinos, De Bruto vengador el alma fiera Y los fasces que al pueblo recupera?
CLXV.
»Bruto duras segures el primero Cobrará, y el honor del consulado; Y al ver que nuevo plan traman guerrero, El, de la bella libertad prendado, Muerte á sus hijos mandará severo. En él vencieron (¡padre infortunado!), Cualquier fallo que espere á su memoria, Amor de patria y ambicion de gloria.
CLXVI.
»Brillar Decios y Drusos vé lejanos; Torcuato, que levanta el hacha impía; Camilo, que del triunfo, con romanos Rescatados pendones, se gloría. Esas dos almas que cual dos hermanos En sombra armadas ves, rayando el dia ¿Qué guerra no se harán? ¡Cuánto de estragos! ¡Qué grandes huestes y sangrientos lagos!
CLXVII.
»De los Alpes el suegro se abalanza; Convoca sus legiones de Orïente El enojado yerno á la venganza. ¡Hijos! ¡no hirais el seno á la inocente Patria! ¡no eterniceis bárbara usanza! ¡Tú, el primero, de Olimpo procedente, Oh sangre mia, de rencores libre, No ya esa arma cruel tu mano vibre!
CLXVIII.
»Aquél, cuando á Corinto á su talante Haya tratado y al orgullo aquivo, Al Capitolio correrá triunfante; Éste, el país de Agamemnon nativo Subyugará, y en Pérses arrogante Verá á un nieto de Aquíles fugitivo: Tales desquites á Ilïon reserva Y al profanado templo de Minerva.
CLXIX.
»No al gran Caton olvidaré, no á Coso; Ni ya á los Gracos, ni á los dos Scipiones, Relámpagos de guerra, pavoroso Apellido á las líbicas regiones. Fabricio, en tu pobreza poderoso, ¡Salve! y tú, el oro en rústicos terrones Esparciendo, oh Serrano! ¡Salve, oh Fabios! No, aunque cansado, os callarán mis labios.
CLXX.
»Máximo, con tardanzas tú prudentes Salvarás la Nacion. Y esto adivino: Otros con más primor vultos vivientes Harán de bronce duro ó mármol fino; Oradores habrá más elocuentes; Sabios podrán con más seguro tino El cielo escudriñar y las estrellas, Y los cercos medir y el poder de ellas;--
CLXXI.
»Tú, Romano, regir debes el mundo; Esto, y paces dictar, te asigna el hado, Humillando al soberbio, al iracundo, Levantando al rendido, al desgraciado.» Habla Anquíses, y atiéndenle en profundo Silencio. «Ved,» añade, «señalado Con opimos despojos á Marcelo, Que alza entre todos vencedor su vuelo.
CLXXII.
»En mar revuelta armado caballero Librará al pueblo de infeliz destino, Venciendo al Galo, al Peno, y el tercero Será que ofrenda igual cuelgue á Quirino.» Viendo Enéas que aquél por compañero Trae á un jóven de aspecto peregrino Y brillante armadura, mas la frente Mustia casi, ojos bajos, faz doliente;
CLXXIII.
«¿Y quién es el doncel, ¡oh padre!» exclama, «Que le sigue en amiga competencia? ¿Hijo suyo será, ó acaso rama Remota de su ilustre descendencia? ¿Qué són de córte en torno se derrama? ¡Cuán parecido en la marcial presencia! ¡Mas ay! que en torno de su frente vaga Odiosa noche con su sombra aciaga!»
CLXXIV.
Con lágrimas Anquíses respondia: «¿Quieres anticipar de los Romanos El eterno dolor? Fortuna un dia Ese jóven mostrando á los humanos Tornarále á ocultar en sombra impía. Tal vez, tal vez, oh Dioses soberanos, Si este dón inmortal nos franqueara, El trance vuestra diestra recelara!
CLXXV.
»Del Campo Marcio á la romana plaza ¡Cuántos gemidos herirán los cielos! Y si ya tu onda su sepulcro abraza, ¿Qué, oh Tibre, no verás de acerbos duelos? Ningun mancebo de troyana raza Tanto alzará, como él, de los abuelos Latinos la esperanza; hijo más bueno Nunca otro criarás, Roma, á tu seno.
CLXXVI.
»¡Oh tipo de fe antigua y piedad rara! ¡Oh, qué brazo invencible en lid guerrera! Ninguno, si viviese, le retara Impune, ó ya á pié firme combatiera Ó caballo brioso espoleara. Mas ¿qué suerte llorosa no le espera? ¡Ah! lograses trocar males por bienes! Tú un Marcelo serás, sombra que vienes:
CLXXVII.
»Azucenas me dad con mano larga; Que, á ilustre nieto fáciles honores, Cortos alivios de esparanza amarga, Quiero esparcir sobre su frente flores.» Dice, y la voz en lágrimas se embarga. Tal los campos hollando encantadores En que benigna luz mágica oscila, Míranlo todo el héroe y la Sibila.
CLXXVIII.
Y luégo que hubo el padre al hijo atento Aventuras y sitios explicado, Avivando en su pecho el patrio aliento Y ambicion santa de futuro estado, Nuevas guerras le anuncia, de Laurento Pueblos y muros do le cita el hado: Y maneras le enseña como eluda Ya caso extraño, ya fatiga ruda.
CLXXIX.
Allá en confines de misterio eterno El Sueño volador tiene dos puertas, Una de albo marfil, otra de cuerno, A ensueños varios á la vez abiertas. Transitan la primera, del Averno Fábricas de ilusion, sombras inciertas; Las visiones é imágenes reales Cruzan de la segunda los umbrales.
CLXXX.
Yendo hablando los tres, hé aquí despide Anquíses á los dos por el abierto Pórtico de marfil. Enéas mide Arrancando de allí, camino cierto Hácia amigos y naves, y decide Ir tierra á tierra de Cayeta al puerto. Ya, por fin, proa afuera áncoras tiran; Las popas en la costa alzar se miran.
FIN DEL TOMO PRIMERO.
NOTAS:
[A] Aquí transcribe el crítico, de la traducción de la _Eneida_ por el Sr. Caro, cinco actavas (LXXII á LXXVII), que el lector puede ver en este tomo á la pág. 172.
[B] _Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano_, por Rufino José Cuervo. Bogotá, 1867-1872. Un v. in 8.º, de 527 páginas.--(De esta obra ha salido á luz en este año en Bogotá, una 3.ª edición, considerablemente aumentada.)--_El Editor._
[C] Aquí sigue discurriendo el crítico sobre las transformaciones que en su concepto debe experimentar el castellano en América. Suprimimos esta parte como no pertinente al asunto. _El Editor_.
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