Eneida; v.1 de 2

Part 13

Chapter 133,688 wordsPublic domain

Del ramo inerte el Rey ase impaciente Y vuela á la mansion de la adivina. Sigue entretanto la llorosa gente Tristes honras haciendo en la marina A la insensible víctima presente: De maderas copiosas en resina, Y duros troncos de que rajas llevan, Ingente pira desde luégo elevan.

XLIV.

Y de mustias guirnaldas guarnecida Y de rectos cipreses custodiada, De adorno sobrepónenle en seguida El limpio arnes y la desnuda espada. En calderas de bronce recogida Llegan agua á la lumbre aderezada, Y ántes de que las llamas lo consuman, El cuerpo helado lavan y perfuman.

XLV.

Unos, en medio del comun gemido, Le extienden sobre el fúnebre tablado, De su lujosa púrpura ceñido; Otros (¡penoso ministerio!) á un lado Vuelto el rostro, por rito establecido, Pegan la antorcha al féretro enlutado: Viandas, incienso, aceite rebosante, Todo el fuego lo envuelve en un instante.

XLVI.

Cuando en pavesas descansó la llama, Corineo balsámica ambrosía En las reliquias cálidas derrama, Y á una urna de metal los huesos fia: De noble olivo consagrada rama Blandiendo leve, á los demas rocía Con lustral aspersion que hace tres veces; Llora, y pronuncia las finales preces.

XLVII.

El Rey, de gratitud y piedad lleno, Manda erigir soberbia sepultura; Y, «Al túmulo fijar,» les dice, «ordeno Su clarin y su remo y su armadura.» Se hizo al pié de un peñon, que de Miseno Recibió el nombre que inmortal le dura. Enéas á cumplir vuela, tras eso, El sagrado mandato en su alma impreso.

XLVIII.

Hay en aquel confin una honda sima, Vasta caverna de escabrosa roca: Negro bosque, que en torno se arracima, Guarda, y medroso lago, la gran boca. No impune el ave que revuele encima El torpe aire con sus alas toca Que en columna de fétidos vapores Sale á infestar los cercos superiores.

XLIX.

Trajo allí el Rey de la troyana gente Cuatro negros novillos, á quien riega Con vino la Sibila la alta frente; Entre las astas elegido siega Vellon cerdoso, que á la llama ardiente, Dón primerizo y breve pasto, entrega; Y á Hécate á grandes voces llama, Diosa En Cielo y en Averno poderosa.

L.

Quién apresta al degüello la cuchilla; Quién vasos llena en sangre que chorrea: Enéas mismo con su espada humilla Lúcia cordera cuya piel negrea, Porque la Noche, de furial cuadrilla Madre, y su hermana al par, fácil le sea; Inmolando despues estéril vaca, Tu númen, Proserpina, honra y aplaca.

LI.

Nocturnas aras en seguida eleva Al Rey estigio: enteras á la llama De los novillos las entrañas lleva, Y encima óleo abundante les derrama. Y hé aquí, ántes de rayar aurora nueva, Treme la tierra, su hondo seno brama, Oscilan selvas y vecinos cerros, Y en la sombra ulular se oyen los perros.

LII.

Ya llega la Deidad. Con voz sonora Grita la profetisa: «¡Huid, profanos! Desamparad la selva; y solo ahora Vén tú conmigo, ¡oh Rey de los Troyanos! ¡Vén, desnuda la espada vencedora, Rodeado de alientos sobrehumanos!» Dijo y hundióse: á su furente guia Enéas con pié intrépido seguia.

LIII.

¡Oh los que de las almas inmortales Teneis, Dioses, el cetro y monarquía! ¡Cáos! ¡Flegeton! ¡Tinieblas sepulcrales! ¡Lugares de silencio y noche umbría! ¡Concededme salvar vuestros umbrales, Y que al orbe revele la voz mia Lo que vi, lo que oí, cuanto misterio Guarda vuestro hondo, funeral imperio!

LIV.

Opacos bajo noche alta y desierta, Cruzando iban, los dos, reinos vacíos Que allende yacen de la odiosa puerta: Tal en bosques callados y sombríos Al viajero señala senda incierta Maligna luna con sus rayos frios, Cuando atristan el Cielo alas nublosas Y hosca el color la noche hurta á las cosas.

LV.

Ante el mismo vestíbulo, manida Hicieron las Congojas vengadoras, Las Dolencias de faz descolorida, Y tú, arada Vejez con ellas moras: Dolor, Terror, Necesidad raida, Hambre, que induce á criminales horas: Todos ellos, terríficas figuras, Guardan las fauces del Averno oscuras.

LVI.

Y el Trabajo, y la Muerte, y compañero El Sueño de la Muerte, su impía hermana, Vense, avanzando hácia el umbral frontero, Y malos Goces de la mente humana: De las Furias los tálamos de acero Allá están, Guerra atroz, Discordia insana: Esta (¡qué horror!) con sanguinosas hebras Crina en torno su frente de culebras.

LVII.

Lleno de años, con sombras halagüeño Convida un olmo en la mitad; y es fama Que acude en derredor del firme leño Aerio enjambre que el silencio ama: Subsiste asido un mentiroso ensueño En cada hoja fugaz de cada rama; Y en torno hórridas fieras, monstruos viles Tienen cabe las puertas sus cubiles.

LVIII.

Centauros hay allí; silbante y fiera Hidra; Scilas biformes que el mar cria; Briareo, el de cien brazos; la Quimera Que de llamas armada desafía; Con sus hermanas Górgona guerrera, Con sus iguales pestilente Arpía, Con tres cabezas Gerïon gigante: ¿Quién habrá que los mire y no se aspante?

LIX.

Sintió Enéas pavor: el fuerte acero Esgrime osado, y con su punta amaga Al escuadron de monstruos, que severo Llega delante ó revolando vaga: Que sombras son sin cuerpo verdadero Prudente á tiempo le advirtió la maga; Él, á no detener la voz su brío Hiriera ciego el ámbito vacío.

LX.

Parte de allí para Aqueron camino: Vasto abismo que en lecho hondo de cieno Hierve, y en el Cocito de contino El arena descarga de su seno. Guardian del territorio convecino, El mustio rio y márgen inameno El barquero Caron adusto cuida Con ceño horrible y faz descolorida.

LXI.

El cual sucia caer al pecho deja La blanca barba; es fuego su mirada; Cuélgale de los hombros rota y vieja Con un nudo su túnica enlazada; Con tardas velas y un varal maneja El ferrugíneo barco en que traslada Los muertos: es su edad, si bien anciana, Vejez propia de un Dios, recia y lozana.

LXII.

Allí, nube de imágenes ligera, Cuantos dejan del suelo las mansiones Vuelan sobre la fúnebre ribera: Austeras madres; nobles campeones; Vírgenes que en su dulce primavera Segadas fueron; cándidos garzones A quienes ya cabe la alzada pira Lloró el padre infeliz que arder les mira.

LXIII.

Tantos van los espíritus y tales Como las hojas que en la selva, al hielo De los últimos dias otoñales Ruedan precipitadas por el suelo; O cual, climas buscando más geniales, A traves de la mar en largo vuelo, Del tiránico invierno desterradas, Huir vemos las aves en bandadas.

LXIV.

Y hé aquí la turba que llegó primera Pasar quiere, ántes que otros, lago allende; Con vivo amor de la ulterior ribera Esfuerza ruegos y las palmas tiende. Caron, de tanta multitud que espera, Ya á éste toma, ya á aquél; á nadie atiende; Mas á muchos tambien, ¡desventurados! Léjos rechaza de los tristes vados.

LXV.

Viendo el tropel, «¡Oh vírgen veneranda!» Dice asombrado Enéas; «¿á qué llegan A este rio las almas? ¿Qué demanda Esa gran multitud? ¿Por qué navegan Ledos los unos hácia la otra banda, Y éstos, exclusos, en dolor se anegan? ¿Qué los distingue? di.» Y así de prisa Respondió la senil sacerdotisa:

LXVI.

«Hijo de Anquíses, semidios troyano! El lago Estigio y lóbrego Cocito Mirando estás, por quien jurar en vano Temen los Dioses como gran delito. A éstos no honró, al morir, piadosa mano, Turba doliente en número infinito: Ese es Caron; trasporta á opuestos lados Los que fueron en muerte sepultados.

LXVII.

»Ni el linde ingrato y aguas murmurantes Logran salvar las ánimas que vagan Desprovistas de honores, sin que ántes Enterrados en paz sus huesos yagan; O cien años arreo andando errantes Sobre esta zona, su esperanza halagan; Y al cabo de ellos admitidas, vuelan A ver, en fin, los sitios por que anhelan.»

LXVIII.

Paróse con doliente fantasia Enéas, y en la gente desechada Ve á Leucáspis, ve á Oronte, antiguo guia Del bajel licio en la troyana armada: Con él salieron de Ilïon un dia, Y bogando á par de él, á su mirada Los hundió en crespas ondas Austro impío Que al nauta sacudió, volcó el navío.

LXIX.

Hé aquí de entre éstos viene Palinuro, Aquel que en la reciente travesía Por el líbico golfo, al mar oscuro Cayó, cuando en mirar se embebecia Los altos astros de temor seguro. Así que Enéas en la niebla umbría Reconoció al llorado compañero, Tornóse á condoler, y habló él primero.

LXX.

«¿Cuál Dios,» le dice, «Palinuro amado, Ahogándote con mano traicionera Te vino á arrebatar de nuestro lado? Faltóme en cuanto á ti, por vez primera, Fiel ántes siempre Apolo á lo anunciado, Prometiendo que salvo á la ribera Deseada de Italia tocarias: Mal coronó las esperanzas mias!»

LXXI.

La sombra respondió: «Ni fraudulento Fué contigo el oráculo divino, ¡Oh hijo de Anquíses! ni en el mar sediento Númen odioso á sepultarme vino. Yendo yo, en vela, á mi deber atento, Casual golpe en la popa sobrevino, Y en medio de las ondas, sin soltalle, Caí con el fiado gobernalle.

LXXII.

»Y juro por la negra mar, Rey mio, Que, perdido el asiento, el timon roto, Más que por mí cuidé que tu navio, Privado de defensa y de piloto, Mal pudiese del piélago bravío Los golpes contrastar. Violento Noto Tres noches borrascosas de ardua brega Me arrastró léjos sobre la onda ciega.

LXXIII.

»Vi las costas de Italia al cuarto dia, Encumbrado por hórrida oleada: Poco á poco nadaba, y salvo habria Hollado, en fin, la playa deseada; Mas, ¡triste! como á presa de valía Me embiste horda feroz blandiendo espada No bien de húmedas ropas agobiado Trepaba, uñas hincando, agrio collado.

LXXIV.

»Hoy, desecho del mar, en sus riberas Vientos me azotan. Por la luz del cielo Y las auras que áun gozas placenteras, Por tu hijo amado, y por su ilustre abuelo, Si á éste das honras que de aquél esperas, Tu invicta mano de tan grande duelo En el puerto de Velia me redima Piadosa arena derramando encima.

LXXV.

»Ó ya, supuesto que, de Olimpo santo Por favor especial, bajado hayas A visitar los reinos del espanto Y de tu madre encaminado vayas, La diestra alarga, si merezco tanto, Y arrástrame contigo á opuestas playas, Porque al cabo, rendido de fatiga, En muerte al ménos reposar consiga.»

LXXVI.

Y dijo la adivina: «¿Estás demente, Oh sombra temeraria? ¿Por ventura Querrás el lago Estigio, la corriente Pasar de las Euménides oscura, Tú que no ostentas divinal presente Ni gozas en la tierra sepultura? ¡Triste! no esperes á poder de ruegos Los hados ablandar sordos y ciegos.

LXXVII.

»Mas escucha mi voz, y tus dolores Consuela recordando anuncios tales: Habrá de ancha region habitadores Que, en fuerza de prodigios celestiales, Tu sombra aplacarán, daránte honores, Te alzarán monumentos sepulcrales; Y el sitio, Palinuro, que te guarde Hará por siglos de tu nombre alarde.»

LXXVIII.

Al són de estas palabras, un momento Mitigó Palinuro su agonía, Y fuése, revolviendo el pensamiento Que un país de su nombre se gloría. Ellos siguen en tanto á paso lento. Caron su barca á la sazon movia, Y de en medio del lago divisólos La muda selva atravesando solos.

LXXIX.

Y en recia voz prorumpe: «Tú, quienquiera Que armado invades mis dominios, tente, Y qué quieres, dí luégo, en mi ribera. Aquí en horror profundo eternamente Moran los Sueños y la Noche impera: No admite el bote estigio alma viviente; Ni de atinado, si exenté, me loo, Ya á Alcídes, ya á Teseo y Piritoo.

LXXX.

»En su abono, su orígen sobrehumano Mostraban, cierto, y generoso brío: ¡Ah, y aquél ante el trono del tirano Fué el guarda á encadenar del reino umbrío, Y temblando arrastróle con su mano; Y estotros en furioso desvarío Por robar nuestra Reina, ¿quién tal osa? El tálamo invadieron de la Diosa!»

LXXXI.

En breves frases respondió prudente La inspirada de Anfriso: «Insidias viles No temas, no, que anide nuestra mente, Ni armas contemplas á tu imperio hostiles: El encovado can salvo amedrente Con eternos baladros sombras miles: Hécate, sin temor de agravio impío, Casta guarde el umbral del regio tio.

LXXXII.

»Y es que Enéas de Troya, á quien la fama En piedad, en valor, no dió segundo, Tan sólo el padre á ver que tanto ama Viene al riñon del Érebo profundo: Si eres sordo á tan bello amor, la rama Mira en que justas esperanzas fundo.» Y diciendo y haciendo, el tallo santo Sacaba de los pliegues de su manto.

LXXXIII.

Al ver, tras largos años, que áureo brilla El dón que misterioso el labio nombra, Manso el barquero su altivez humilla, Cesa el debate, y con placer se asombra: Tuerce el batel cerúleo, y á la orilla Vuelto ya, do saliera el fondo escombra, Las tenues almas arrojando fuera Que sentadas bogaban en hilera.

LXXXIV.

Recibe, en fin, la cavidad vacía Al fuerte huésped. Rechinando opreso, Ya anchas grietas al agua negra abria Flaco el esquife para humano peso. Mas el barquero con tenaz porfía A par que á la Sibila, al héroe ileso Trasporta, y abordando, le enajena Sobre ovas verdes y movible arena.

LXXXV.

Enfrente á do saltaron, guarecido En la ancha gruta en que á placer se extiende, El can trifauce con feroz ladrido Los ámbitos atruena que defiende: Viéndole que de víboras ceñido Sacude el cuello y ya en furor se enciende, Narcótico manjar con miel dorado Echa la maga al monstruo espeluznado.

LXXXVI.

El cual tragó la torta engañadora Con triple boca y con voraz garganta, Y, largo cuanto el antro donde mora, Le abate el sueño. Con ligera planta, Aprovechando la oportuna hora, A las puertas Enéas se adelanta, Y traspone volando la ribera Deaguas que nadie repasar espera.

LXXXVII.

En esto empiezan el comun vagido De almas de niños á sentir; las cuales, Léjos, muy léjos del süave nido, Sollozan de ese mundo en los umbrales: De tierna infancia en el verdor florido Negra un hora á los brazos maternales Arrebatólos, y á la luz del Cielo, ¡Ay! para hundirlos en acerbo duelo.

LXXXVIII.

Están despues los que, torciendo el fuero, Testimonio falaz llevó á la muerte; Mas no á sus puestos van sin que primero Tornen sentencia á dar Justicia y Suerte: Mínos preside el tribunal severo; La urna aleatoria agita; indaga, advierte, Convoca al vulgo que delante calla; Pesa los cargos, y las causas falla.

LXXXIX.

Arrepentidos yacen, en seguida, Los que movidos de tedioso enfado Quitarse osaron sin razon la vida. Hoy, por volver al mundo, ¡con qué agrado Trabajos y pobreza aborrecida Subieran á sufrir! Lo veda el hado; Cierra el Estigio el paso á sus suspiros Con nueve vallas en oblicuos giros.

XC.

Tendidos campos se abren luégo, aquellos Que la fama _llorosos_ apellida: Los que doblaron al amor los cuellos, Los que murieron de amorosa herida Vienen allí; y entre sus mirtos bellos El bosque cruzan que les da guarida, Por veredas ocultas. ¡Ay! los hieren Penas de amor que ni en la muerte mueren.

XCI.

Muéstranse al héroe entre la selva umbría Fedra, Prócris; Erífile doliente, Cuyo seno áun la llaga descubria Que el hijo vengador abrió inclemente; Evadne, Pasifae, Laodamía; Cénis, mancebo un tiempo floreciente, Y ahora, por decreto del destino, Vuelto al sexo primero femenino.

XCII.

En medio de ellas la fenicia Dido, Su herida áun fresca, andaba en la espesura. Cuando la hubo al pasar reconocido Mal cierto Enéas en la sombra oscura, Como el que alzarse entre nublados vido La luna nueva, ó verlo se figura, Así á hablarle empezó con tierno acento Y lágrimas que brota el sentimiento:

XCIII.

«¡Infeliz Dido! ¿Conque no mentia En nuevas que me trajo funerales La fama? ¿Tú empuñaste daga impía? ¿Yo causa hube de ser de tantos males? Mas por todos los astros, Reina mia, Te juro, y por los Dioses celestiales, Y por estas mansiones justicieras, Que partí á mi pesar de tus riberas.

XCIV.

»La férrea voluntad del Cielo santo Que á esta abismosa eternidad me envía, Lo mismo allá, con invencible encanto Me arrancó de tu lado y compañía. Ni pensé nunca que á delirio tanto Te pudiese arrastrar la ausencia mia. ¡Mas ten! ¡vuelve! ¿á quién huyes? ¡Ley severa Permite vernos por la vez postrera!»

XCV.

Tal dice el héroe á la infelice amante, Por si en su ánimo airado tierno cava Ó amansa su mirada centellante; Las razones el llanto entrecortaba. Mas ella, vuelto el tétrico semblante, Torvos los ojos en el suelo clava, Y tanto muestra que la voz la toca Cual si ya mármol fuese ó firme roca.

XCVI.

Y de pronto indignada huye y se esconde En la parte del bosque más espesa, Entre acopados árboles, en donde Al renovado amor que le profesa, Siqueo como de ántes corresponde. Enéas, de piedad el alma opresa, A la sombra siguió por trecho largo Llorando para sí su lloro amargo.

XCVII.

Mas andando el camino, á los postreros Campos llegaban cuya igual alfombra Van á solas hollando los guerreros A quien la fama por sus hechos nombra. Entre los capitanes que primeros Al paso Enéas encontró, la sombra Vió del pálido Adrastro, vió á Tideo, Vió al ínclito en la lid Partenopeo.

XCVIII.

Vió tambien los Troyanos que segados En duras lizas los soberbios cuellos, Fueron con llanto de la patria honrados: Glauco, Medon, Tersíloco; y con ellos Los tres hijos de Anténor afamados; Y Polifétes, que tus dones bellos Honró, Céres; é Ideo, que áun regía El carro y armas que rigiera un dia.

XCIX.

Tantas sombras al ver en larga hilera Enéas, conociéndolas, suspira; Mas á izquierda y derecha se aglomera La multitud, que con pasion le mira; Ni á su curiosidad satisficiera Mirarle sólo, á detenerle aspira, Y mil ánimas llegan voladoras Con sus preguntas á tejer demoras.

C.

Entanto viendo al héroe, y la armadura Del héroe, que cruzando centellea El vacuo espacio de su estancia oscura, Tiemblan los cabos de la gente aquea: Tratan unos de huir, cual con pavura Ya al mar lo hicieron en campal pelea; Gritan otros, y á médias sólo acierta Clamor tenue á exhalar la boca abierta.

CI.

Sigue; y hé aquí, las manos mutiladas, Llagado el cuerpo y con la faz hendida, Ambas sienes de orejas despojadas, Y rota la nariz con torpe herida, Deífobo se ofrece á sus miradas; Y al ver que triste, avergonzado cuida De ocultar de su afrenta las señales, Hablóle en tono amigo y voces tales:

CII.

«¡Valeroso Deífobo, esperanza De Troya, hijo de reyes! ¿Quién fué osado En tí á ejercer insólita venganza? ¿Quién consumó tan bárbaro atentado? Oí que de combate y de matanza Aquella horrenda noche tú cansado, Sobre enemigos que humilló tu acero Caido habias á morir postrero.

CIII.

»¡Mísero amigo! yo en la playa nuestra Te alcé entónces funéreo monumento Que áun hoy tus armas y tu nombre muestra Tres veces te llamé con alto acento. Mas ¡ay! ni verte pude, ni mi diestra En suelo de la patria acogimiento Mullir á tu ceniza.» Enéas dijo; Y de Príamo así respondió el hijo:

CIV.

«Tú hiciste tu deber; yo estoy pagado Y agradecido estoy. Suerte inhumana Es la que me hunde en tan horrible estado Y el crímen de la pérfida Espartana: ¡Éste, éste es de la pérfida el legado! Recordarás en la alegría insana Que pasámos la noche postrimera; ¿Quién no ha de recordarlo aunque no quiera

CV.

»Entónces, cuando el monstruo de madera De armas grave los muros dividia, Hembras ella ordenaba la primera En libre danza y bulliciosa orgía; Y una antorcha blandiendo traicionera Con que iba en torno al coro, falsa guia, De la alta torre en nuestro daño ¡ay ciegos! Señas hacía á los atentos Griegos.

CVI.

»Yo en mi tálamo infausto, sin cuidado Ya al cansancio buscando dulce olvido, Caí en brazos de un sueño regalado A una plácida muerte parecido. Mi noble esposa al punto de mi lado Las armas de mi estancia sin rüido Aleja: de mi lecho á la testera Ella mi espada hurtó, fiel compañera;

CVII.

»Las puertas abre, y obsequiosa llama Á Menelao, por si de mal la eximen Crímenes nuevos, y la negra fama A absolver bastan del antiguo crímen: El Eólida á par, que ardides trama, Acude: salvan de mi alcoba el límen ... ¡Dioses, si justas súplicas os mueven, Lo que entónces probé los Griegos prueben!

CVIII.

»Mas ¿á qué me detengo en mis pesares? Tú aquí, es posible? y con vital aliento? ¿Juguete de los vientos de los mares Vienes, ó por divino mandamiento? ¿Qué toques de fortuna singulares Te traen, el profundo apartamiento A visitar de la region sombría Que nunca vió la claridad del dia?»

CIX.

En medio de estas pláticas, ligera En su rósea cuadriga y gentil vuelo La Aurora la mitad de su carrera Traspuesto habia por el alto cielo; Y acaso el héroe consumido hubiera En estéril hablar y acerbo duelo El plazo volador, si no le echara La vírgen con afan su olvido en cara:

CX.

«Nosotros ¡ay! miéntras la noche avanza, Gastamos mudo el tiempo en lloro vano! La senda aquí se parte, y en balanza Está la suerte; de Pluton tirano Lleva la diestra á la valiente estanza, Y al encantado Elíseo: á izquierda mano Caen los muros do la gente impía En eterno sus crímenes expía.»

CXI.

«Perdon,» dice Deífobo, «si muevo Tu enojo, profetisa soberana! El número fatal que llenar debo Torno á llenar doliente sombra y vana. Tú vé en paz, gloriosísimo renuevo, ¡Oh luz, oh prez de la nacion troyana! Goza suerte mejor que fué la mia.» Y así diciendo á su ángulo volvia.

CXII.

Tornó Enéas á ver, y á izquierda mira Cerrada una ciudad de triple muro Al pié de una alta roca: en torno gira Con lenguas Flegeton de fuego puro, Y revuelca peñascos en su ira: Frente, gran puerta, de diamante duro Las jambas, cual ni de hombres quebrantada Ni áun de Dioses lo fuera por la espada.

CXIII.

Férrea una torre despreciando el viento Avánzase orgullosa: allí sentada, Ceñida un manto de color sangriento Guarda insomne Tisífone la entrada. Ruido de barras, en aquel momento, Y música de azotes despiadada A oirse empieza, y voces de horror llenas, Y el pesado arrastrar de las cadenas.

CXIV.

«¿Qué gritos de dolor hieren mi oido?» Dice Enéas parándose asombrado: «¿Quiénes llevan allí su merecido? »¿Cuál es ¡ay! su suplicio y su pecado?» Y la Sibila respondió: «No ha sido Nunca á justos varones otorgado, Magnánimo caudillo, entrar las puertas Sólo al delito por la pena abiertas.

CXV.

»Mas yo, cuando los bosques infernales Por Hécate guardaba, del espanto Vi el reino y sus tormentos eternales: Tiene el cetro el cretense Radamanto, Que interroga á las almas criminales, Castiga sus delitos, y de cuanto Ocultó hasta la muerte astucia fria, A hacer les fuerza confesion tardía.

CXVI.