Part 12
«Hijo, más caro que mi propia vida Miéntras las auras respiré vitales; Tú, á quien prueba Fortuna encrudecida, A partir de Ilïon, con tantos males! Jove en tu auxilio de enviarme cuida; Jove, que de las sedes celestiales Del afan se conduele que te aqueja, Y el voraz fuego de la flota aleja.
CXXXV.
»Vé, y cumple sin temblar las prevenciones Que anciano consultor te hace sinceras: Flor de mancebos, recios corazones Llevar debes de Italia á las riberas: Allí con tus valientes campeones Gentes has de postrar duras, guerreras. Mas ántes avendrá que te regales Bajando á las moradas infernales.
CXXXVI.
»Harás, en pos de mí yendo, hijo mio, Cruzando el hondo Averno, oficio grato Que yo no habito el Tártaro sombrío, Mas los campos Elíseos moro y trato, Deliciosa comarca, gremio pio: Una maga de púdico recato, Si hartas víctimas negras inmolares, Te llevará á los místicos lugares.
CXXXVII.
»Y la prole y ciudad que te destina Fortuna, entónces mirarás presente. Mas ahora, adios: la Noche ya declina Y con soplos me acosa el Orïente De sus potros fogosos, que avecina.» Así hablaba la sombra, y de repente Húrtase al hijo y á su amante empeño Cual humo vano ó fábrica de un sueño.
CXXXVIII.
Y él, «¿Por qué de mis brazos se desliza Tu imágen? ¿no te curas de mi ruego? ¿Huyes? ¿me dejas?» clama; y la ceniza Resucitando incontinente, el fuego Que aletargado dormitaba, atiza: Sacra masa y colmado incienso luégo Al Dios ofrece que á su pueblo ampara, Y humilde á la alma Vesta honra en el ara.
CXXXIX.
Consumó el sacrificio, y convocados Sus amigos, Acéstes el primero, Repite los oráculos sagrados De su padre, de Jove mensajero; La voluntad pronuncia de los hados Y su propia intencion franco y sincero: No hay á sus planes quien demoras teja; Acéstes coronarlos aconseja.
CXL.
Madres se alistan que en los nuevos techos Fundar asientos de familias deban: Quédanse á par cuantos vulgares pechos De grandes cosas ambicion no llevan. Tostados bancos, mástiles deshechos, Vuelan los otros á mudar; renuevan Remos, jarcias, con mano diligente; Número escaso, mas resuelta gente.
CXLI.
Marca el troyano Rey con el arado De la ciudad el ámbito; sortea Los solares del campo rodeado Para edificios, y esto manda sea Troya, y eso Ilïon. Alborozado, Cordial troyano, Acéstes, á la idea Del nuevo reino, tribunal y plaza Designa, y al Senado fueros traza.
CXLII.
Luégo á Vénus Idalia, venerada De su pueblo, en el vértice Ericino Dedica, por pacífica morada, Un templo de los astros convecino: De Anquíses al sepulcro hace se añada Culto, y ministro, y bosque peregrino; Y banquetes ordena, y alegrías, Y piadosos oficios nueve dias.
CXLIII.
Ya llegaba el momento: el Austro insiste Convidando á la mar blanda y serena: Alzase lloro femenil, y triste La corva playa con lamentos suena: En el abrazo último resiste Amor á desatar dulce cadena: Las madres mismas que la mar temian, Ni áun la osaban nombrar, partir querrian.
CXLIV.
Cuantos han de quedarse, en sus fatigas Parte al troyano Rey piden ahora: El con palabras los consuela amigas, Hijos á Acéstes los entrega, y llora. Manda á las Tempestades enemigas Matar una cordera; á Érice adora; Tres becerros tambien manda le maten, Y que en órden los cables se desaten.
CXLV.
Yérguese él en la prora, coronado De hojas menudas de sagrada oliva: Un vaso empuña, al piélago salado Intestinos arroja, y néctar liba. En popa aura terral hiere de grado Alejando las naves de la riba; Bogan el remo, y al batir contino Cubren de espuma el líquido camino.
CXLVI.
No halla en tanto á su afan Vénus sosiego; Vuela á Neptuno, y «El que Juno abriga Odio irreconciliable,» gime, «al ruego, Neptuno ilustre, á descender me obliga; Que no su ira cruel, su rencor ciego Amansan años ni piedad mitiga, Ni lo que ordena el hado ó Jove manda Su indómita ambicion quiebra ni ablanda.
CXLVII.
»Eterno es el furor que su alma siente; Que no bastó á su cólera sombría Haber talado la ciudad potente Que en la ancha Frigia dominaba un dia, Ni arrastrar las reliquias de su gente Por senda de martirio. Todavía Al pueblo hundido en perseguir no cesa En sus huesos nadantes y pavesa!
CXLVIII.
»La causa ella sabrá de tanta saña: Yo sé, y las ondas líbicas tú mismo Viste cómo á manera de montaña Encrespó amenazando cataclismo; De Eolo en el favor fió; se engaña; Mas era su intencion cielo y abismo En uno confundir; y así la impía Insolente tus reinos invadia.
CXLIX.
«Hoy, ¡qué horror! á las hembras roba el tino, Y las naves ardiendo á los Troyanos, Fuerza á Enéas, cerrándole el camino, A dejar en destierro á sus hermanos. Haz siquiera que al Tibre laurentino Estos últimos restos lleguen sanos, Si ya al muro las Parcas prometido No han de negarles; si lo justo pido.»
CL.
Respondió el Dios que el ponto señorea: «Pon confianza en el imperio mio, Que en mis reinos naciste, Citerea, Y ya á Enéas mostré mi afecto pio: Yo mil veces, por él, si el mar ondea Las nubes conjurando á estrago impío, Serené la amenaza; y no hice ménos En tierra que del piélago en los senos.
CLI.
»Janto y Símois me saquen verdadero: Cuando Aquíles con furia impetüosa Por la espada inmoló tanto guerrero Que contra el muro de Ilïon acosa; Cuando, enfrenando su ímpetu ligero El álveo, que en cadáveres rebosa, El Janto por las márgenes gemia Ni hallar lograba hácia mis reinos via.
CLII.
»Yo á tu hijo entónces arranqué á la muerte En nube con que entorno le rodeo, Viéndole ménos bienhadado y fuerte Combatir con el hijo de Peleo; Ni vacilé en librarle de esa suerte A pesar del furor de mi deseo, Que hundir yo ansiaba la ciudad perjura, Ya (¡mal pecado!) de mi mano hechura.
CLIII.
»¿Qué dudas, pues? ¿qué temes por Enéas? Yo lo mismo que entónces, ahora siento: El al puerto de Averno que deseas Llegará con su gente á salvamento: Habrá sólo uno que anegarse veas, Escogido holocausto.» Así el aliento Neptuno á Vénus vuelve; y ya bizarro Con arreos de oro orna su carro.
CLIV.
Pone á los brutos el bañado freno, Dales con fácil mano suelta brida, Y por el mar, magnífico y sereno, En su carroza va de azul teñida: Tiéndese igual sobre el materno seno Bajo el eje tonante la onda erguida, Y cuanto nublo encapotó la esfera Su fuga por los aires acelera.
CLV.
Acompañan en torno al Dios marino Grandes cetos y rápidos tritones; Glauco y su coro, y Palemon de Ino, Y Forco y sus revueltos escuadrones: Hienden á izquierda el reino cristalino Las hijas de sus húmidas mansiones: Talía allí, Cimódoce campea, Tétis, Melite, y blanda Panopea.
CLVI.
En la mente de Enéas indecisa Bullen en tanto imágenes amenas: Manda arbolar los mástiles aprisa Y las velas tender por la entenas: No hay, lonas al izar, mano remisa; Ya á este lado, ya á aquél las sueltan llenas; Tuercen cabos, retuércenlos á una; Mueve miéntras la escuadra aura oportuna.
CLVII.
Palinuro adelante firme guia La flota, que á su espalda se aglomera: Marchan, y á la órden obediente, fia Cada nave en la nave delantera. Casi la vaporosa Noche habia Tocado á la mitad de su carrera; Y al pié del remo, de temor seguros, Duermen los nautas en los bancos duros.
CLVIII.
Dejó en esto las célicas regiones Ligero un Sueño que las sombras hiende; Mudo vuela, y fatídicas visiones Trayendo, ¡oh Palinuro! á tí desciende: Sentado en la alta popa, las facciones De Fórbas toma, y seducirte emprende: ¡Mísero! que con voces de dulzura Ya el falso diosecillo te conjura:
CLIX.
«¡Hijo de Yasio, Palinuro mio! Mira cómo resbala blandamente Llevado de las ondas el navío; ¡Qué propicio que espira el manso ambiente! Un rato al soporífero rocío Inclina ya la fatigada frente; Hora es de descansar: duerme sin miedo, Que yo en tanto por tí velando quedo.»
CLX.
Alzó el otro los párpados apénas Y dijo: «¿Lo que vale la semblanza, Quieres que olvide yo, de olas serenas? ¿Que ponga en monstruo aleve confianza Pretendes por ventura? ¿Me encadenas Porque entregue mi Rey á la mudanza De mar y viento, de quien tantas veces Probé las veleidades y dobleces?»
CLXI.
Dice, é inmóvil se afianza, y traba Del gobernalle con ahincado empeño; Mira á los astros, y en los astros clava Los mustios ojos resistiendo al sueño. Mas ya una y otra sien le golpeaba El Dios con su balsámico beleño En las aguas del Lete humedecido, Y los ojos le anega en alto olvido.
CLXII.
No bien los miembros el sopor le afloja Cuando el sueño sobre él se precipita; Mas no del gobernalle le despoja Ni de su asida posicion le quita, Antes al mar con el timon le arroja Y áun parte de la popa: llama, grita Cayendo el triste; nadie oyó su acento; Y el Dios aleteando huye en el viento.
CLXIII.
Segura, empero, prosiguió la flota Del favor de Neptuno protegida. Mas hé aquí ya se acerca en su derrota A la roca, otro tiempo tan temida, De las Sirenas, que la mar azota, De albos huesos de náufragos guarida; Y léjos con monótonos bramidos Resuenan los escollos combatidos.
CLXIV.
Notó Enéas entónces que á la armada Falta el piloto y perecer podria; Y con mano acudiendo acelerada La noche toda él mismo el timon guía; Y entónces exclamó con voz ahogada: «¡Pobre amigo! ¡fiaste en demasía De cielo bonancible y mar serena; Yacerás insepulto en triste arena!»
LIBRO SEXTO.
I.
Así hablaba y lloraba juntamente. Ya, riendas dando, por el mar navegan, Y á las costas de Cúmas (cuya gente De Eubea vino) sin tardanza llegan. Tornan proas al mar: con tenaz diente La ancla fija el bajel, y á tierra apegan Las corvas popas, que en la orilla alzadas La bordan de colores varïadas.
II.
Ledos embisten en hesperia tierra: Quién hiere el pedernal, que en sus entrañas De la llama los gérmenes encierra; Quién penetra las ásperas montañas Y leños corta, ó por su seno yerra, Intrincada guarida de alimañas, Y vuelve, y dando de placer señales Enseña los hallados manantiales.
III.
Mas Enéas piadoso á las alturas En que Apolo descuella, se encamina, Y las cuevas recónditas, oscuras, Busca de la terrífica adivina Que, inflamada del Dios, cosas futuras En estro rebosando vaticina: ¿Veisle? entrando con otros va derecho Ora el bosque avernal, ya el áureo techo.
IV.
Dédalo de comarcas sanguinosas Huyendo, es fama, y del furor de Mínos, Fiarse osó con alas vagarosas A los reinos del aura cristalinos: A la region helada de las Osas Su vuelo por insólitos caminos Tendió, y moviendo las nadantes plumas, Fué en el alcázar á parar de Cúmas.
V.
Por vez primera allí devuelto al suelo, Grato, Apolo, al favor, logró ofrecerte Sanas las alas que bogó en su vuelo Y un templo dedicarte hermoso y fuerte. En las puertas, de Andrógeo el fin, el duelo Grabó de los Cecrópidas, que á muerte Siete hijos tributaban cada un año; La urna ciega allí está do sale el daño.
VI.
En frente, en medio al mar, se representa Creta: allí lo cruel de sus amores, Del toro esclava, Pasifae ostenta; Monumento de estúpidos furores Allí el biforme Minotauro asienta La planta; con sus vueltas, sus errores, Incierto entorno el laberinto gira, Y á la amante princesa horror inspira.
VII.
Cediendo de la triste á la porfía, Allí Dédalo mismo de Teseo El paso indocto con el hilo guia: Ícaro, y tú tambien lograras, creo, Insigne asiento en la áurea galería; Mas de padre el dolor ganó al deseo Del artífice audaz, que, el brazo alzando, Caer dos veces le dejó, llorando.
VIII.
Enéas con su gente asaz tuviera En cada cuadro la mirada fija, Si, enviado adelante, no volviera Turbando Acátes su atencion prolija: Con Acátes, graciosa compañera, Deífobe llegó, de Glauco hija, Intérprete de Apolo y de Dïana; Que vuelta al Rey de la nacion troyana.
IX.
«No es sazon de admirar primores tales.» Le dice: «importa que inmolar decidas De grey vacuna siete recentales Y á par siete ovejuelas escogidas.» Esto dijo: Troyanos principales Van á cumplir las órdenes oidas; Y mostrándoles sigue ella el camino Al elevado templo Sibilino.
X.
Hay en la roca eubea un lado hendido, Antro de cien entradas y cien puertas Que cien voces arrojan con rüido, De la oculta Deidad respuestas ciertas. Cuando llegaban al umbral temido, «¡Tiempo es que el ruego á consultar conviertas Tus hados, huésped!» la doncella exclama; Hé aquí el Dios, hé aquí el Dios! mi mente inflama.»
XI.
Esto la vírgen pronunció en la entrada De la inmensa caverna: en ese instante Tartamudea, la color mudada, Crespo el cabello, atónito el semblante: Enfurecida, aérea, agigantada, Hínchale el Dios el seno jadeante, Y ya llena del númen soberano, Vibró puro su acento áun más que humano:
XII.
«¡Eneas! ¿no será que al Númen santo Con tus votos y súplicas regales? No han de abrirse á tus pasos entretanto Del pavoroso templo los umbrales.» Calló: los Teucros con glacial espanto Oyeron resonar palabras tales, Y postrándose el Rey, con hondo acento Oró así en religioso arrobamiento:
XIII.
«Febo, que de infortunios y pesares De los hijos de Troya te apïadas; Tú que al cuerpo del de Éaco, de Páris Las flechas dirigiste enherboladas: Salvo, merced es tuya, hendí anchos mares Que á ceñir van regiones apartadas; Yo he cruzado las costas africanas; Yo las hórridas sirtes vi cercanas.
XIV.
»Hoy piso en fin el límite italiano, Tierra de promision que ántes huia; ¡Así el signo maléfico troyano Haya hasta aquí llegado en su porfía! Y ¡oh cuantos con furor visteis insano Crecer la gloria de mi patria un dia! ¡Dioses todos y diosas! sin enojos Volved ya en fin á Troya vuestros ojos!
XV.
»Y ¡oh tú que en siglos ves áun no llegados, Santa sacerdotisa! (yo no pido Imperio no ofrecido por mis hados) Da á mis Teucros gozar reposo y nido Con los Dioses de Troya fatigados; Y á Hécate y á Apolo, agradecido, De mármol fundaré templo y altares Y fiestas en su honor apolinares.
XVI.
»Tú en mi reino tambien ilustre asiento Tendrás, y tus sagradas predicciones Guardando con solemne acatamiento, Tu culto servirán dignos varones. Mas oye: á la merced irán del viento Tus palabras si en hojas las dispones; Canta tú misma lo que cierto veas.» Aquí dió fin á su oracion Enéas.
XVII.
En tanto la Sibila áun se subleva Por sacudir el númen que la oprime, Y feroz se revuelve en la ancha cueva: Fogoso corazon, labio que gime El Dios le doma, que sobre ellos lleva Hasta grabarla, inspiracion sublime; Y dan su voz en ecos las cien puertas Todas á un tiempo sin esfuerzo abiertas.
XVIII.
Diciendo: «¡Oh tú hasta ahora libertado De los riesgos del piélago marino, Hoy de riesgos de tierra amenazado! Vendrá tu gente al reino de Lavino (No temas, no, que lo revoque el hado); Mas tiempo habrá que llore porque vino; Guerras, ásperas guerras estoy viendo; Miro al Tibre ondear, de sangre horrendo.
XIX.
»Otro Janto, otro Símois, y otra hogaño Campaña cual la griega rigurosa Verás, que el Lacio cria ya en tu daño Otro Aquíles feroz hijo de Diosa; Ni faltará á tu gente en suelo extraño De Juno el odio que jamas reposa; Y en tanto, ¿qué ciudades, ni qué playas Habrá, infeliz, donde á rogar no vayas?
XX.
»Y otra vez bodas en foráneo suelo Llorarán los Troyanos; y esa esposa ¡Cuánto traerá de afan! ¡cuánto de duelo! ¡A ti y á tus vasallos cuán costosa! Tú, hasta do el hado sufra, insta en tu anhelo, Y lograrás, mudanza milagrosa, Que ántes que no otra, á próspero destino Una griega ciudad te abra camino.»
XXI.
Tal desde su antro la Sibila fiera, Con voz que infunde admiracion y espanto, Hechos desvuelve, edades acelera, Y en sombras la verdad brilla en su canto; Tal de su labio el ímpetu modera El Dios que el corazon le aguija en tanto; Mas serenada al fin su ira espumante, A hablarle torna el héroe suplicante:
XXII.
«Áun no me has anunciado ¡oh vírgen! nada Ó nuevo ó imprevisto de mi vida. Mas oye: si hay aquí al Averno entrada, Si aquí está la laguna tan temida, Con sobras de Aqueronte sustentada, Concede que un favor solo te pida: Mi padre anhelo ver; guia mi planta, Y dígnate de abrir la puerta santa.
XXIII.
»¡Mi padre! Yo de en medio al enemigo Entre llamas y dardos libertélo; Yo le puse en mis hombros, y él conmigo Fué dándome doquier fuerza y consuelo: El fué en mis viajes mi mejor amigo; El los rigores de la mar y el cielo Con generosas muestras de osadía, Milagrosa en su edad, llevar solia.
XXIV.
»Y él, él me persuadió que reverente Llegase, y suplicante, á tus umbrales: ¡Oh! del padre y del hijo juntamente Te apiaden los trabajos inmortales; Que tú eres, vírgen santa, omnipotente, Y de los negros bosques infernales La pavorosa Hécate no en vano El cetro aterrador puso en tu mano.
XXV.
»La prenda de su amor el tracio Orfeo, Luégo que hondo el Erebo la devora, A salvar acertó, felice empleo Haciendo de su cítara sonora: Pólux, merced de enérgico deseo, Librar logró al hermano á quien adora, Y partiendo con él su sér divino Pasa y repasa el lóbrego camino.
XXVI.
»Callaré de Teseo; del tremendo Alcídes callo y su potente maza: ¡Yo, yo tambien de Júpiter desciendo!» Pronuncia el héroe, y al altar se abraza. Otra vez la adivina respondiendo, «Troyano hijo de Anquíses, de la raza De los supernos Dioses procedente, Oyeme,» dice, «y grábalo en tu mente:
XXVII.
»Fácil es del Averno la bajada; De dia y noche á la region oscura Patente está la pavorosa entrada; Mas volver y elevarse al aura pura, Esa es la parte trabajosa, osada: Muy pocos á quien Jove con ternura Vió, ó que ardiente virtud al Cielo eleva, Vencieron, raza de héroes, la ardua prueba.
XXVIII.
»Cubren selvas espesas y sombrías El centro del Averno; á la redonda Carcomiendo el Cocito ciegas vias Con su torpe caudal callado ronda. Mas si forzar el Tártaro porfías Y dos veces cruzar la estigia onda, Si en esto gozas que á otros acobarda, Cómo has de comenzar escucha y guarda.
XXIX.
»En medio de estas selvas donde moro Oculto un ramo está que el tallo tierno Tiene, y las hojas trémulas, de oro, Consagrado á la Juno del Infierno: Cierra en su seno el fúlgido tesoro Hojoso un árbol entre el bosque eterno, Y de valles en torno guarnecido, La amiga lobreguez le hurta al sentido.
XXX.
»Y nadie ya la subterránea ruta Pudo emprender á do el amor te llama, Si ántes no desgajó la rica fruta: La hermosa Proserpina esa áurea rama Apropiada á su gloria la reputa, Y es el obsequio que entre todos ama: Segado el tallo, el gérmen no perece; Retoña, y la áurea yema amarillece.
XXXI.
»Vé, y de alto en torno el árbol investiga Con atenta mirada, y avistado, Allá tiende la mano; que si amiga La suerte rie, con sensible agrado Al punto hará que el vástago te siga; Pero si adusto te rechaza el hado, No habrá fuerte segur ni ahincado empeño Que el ramo aparte del materno leño.
XXXII.
»Mas ¡ah! miéntras al sacro umbral se inclina Tu oido, atento al deseado indulto, Un cadáver tus tropas contamina; Fué tu amigo y le ignoras insepulto: A honrarle ovejas negras vé y destina; Su cuerpo vé á librar de odioso insulto; Y así, en fin, á estas lóbregas moradas Bajarás, no á vivientes franqueadas.»
XXXIII.
Cesó, y quedóse la adivina muda. La medrosa caverna el héroe deja; Mirando al suelo va, y acerba duda Le roe el corazon. Con él se aleja Acátes, fiel amigo: igual la aguda Pena que á Enéas, al andar le aqueja: ¿Quién será, cada cual finge y cavila, El que muerto nos canta la Sibila?
XXXIV.
Hablando, pues, del mal que les espera, De dolor y ansiedad el pecho lleno, Allá tirado en la árida ribera Cadáver infeliz ven á Miseno: Miseno, hijo de Eolo, á quien diera Natura el arte de excitar al bueno A los combates, y el guerrero bando Llenar de fuego, su clarin tocando.
XXXV.
Él, cuando Troya, acompañado habia Á Héctor: los campos él, de Héctor al lado, Con su trompa y su lanza recorria En la lanza y la trompa ejercitado; Despues, cuando de la alma luz del dia Héctor fué por Aquíles despojado, De Enéas al mandar el fiel guerrero (Partido no inferior) puso su acero.
XXXVI.
Mas ahora que insensato en la ribera Retaba al són de cóncava bocina Al númen que á emularle se atreviera, Envidiando Titon su arte divina (Si no miente la fama vocinglera) Ahogóle en la espumosa onda marina. Cercándole los suyos danle en tanto, Enéas sobre todo, amargo llanto.
XXXVII.
Y llorando, el sagrado mandamiento A cumplir van, y fúnebres altares Con árboles á alzar al firmamento: Van á una antigua selva, hondos hogares De fieras: al herir de hachas violento, Los fresnos y los pinos seculares Vacilan, los hendibles robles gimen, Y los olmos rodando el bosque oprimen.
XXXVIII.
A los suyos el héroe, apercibido De iguales armas, guia en la faena Con la voz y el ejemplo, y con gemido Dice, el gran bosque al ver que en torno suena: «Ya el presagio cruel está cumplido En tí, amigo infeliz, ¡oh cruda pena! ¡Así á mis ojos se mostrase ahora El árbol que áureos frutos atesora!»
XXXIX.
Así exhala plegarias y querellas, Cuando á su vista, sobre el manso viento, Llegan iguales dos palomas bellas Abatiendo el süave movimiento A posarse en el césped verde. En ellas Mira Enéas atónito y atento Las mensajeras de su madre, y clama Con el acento del que espera y ama:
XL.
«¡Oh aves misteriosas! si camino Abre el hado, marcadle con el vuelo; Id al ramo que en torno peregrino Con rica sombra ampara el fértil suelo! Y tú en esta sazon, felice tino Concede, ¡oh madre! y el favor que anhelo.» Calla; y qué auguren al picar la hierba, O á dó tiendan las aves, fijo observa.
XLI.
Hasta do el ojo va, la copia alada Sigue el volar, sigue el volar rastrero; Mas asomando á la hedïonda entrada De Averno, se alza en ímpetu ligero: Buscan las dos la copa deseada, Y á un tiempo ocupan el feliz madero, Do entre pardos verdores amarillo El ramo desigual muestra su brillo.
XLII.
Como en bosques que invierno heló, enverdece El visco, y con la prole de que abunda, No hija del árbol á que asido crece, El tronco protector blondo circunda; Tal la ráfaga de oro resplandece; Tal, herida del aura vagabunda, Treme y cruje la lámina divina En medio allá de la copuda encina.
XLIII.