Part 11
No allí Niso olvidó su amistad bella; Mas álzase en el pérfido terreno; Salio síguele incauto, se atropella, Y yéndose de piés rueda en el cieno. Euríalo veloz como centella Adelante de todos, de ardor lleno, Entre aplausos sin número se lanza, Y, merced de amistad, el lauro alcanza.
LXIII.
Llega Helimo despues, y en fin Dïores. Salio á engaño se llama, visto aquello; Pide el prez, y á la flor de espectadores Con su aplauso da en cara á voz en cuello. A Euríalo protegen, sin clamores, Virtud llena de gracia en rostro bello, Virtud que encanta y pundonor que llora, Y el sufragio de un pueblo que le adora.
LXIV.
Favorécenle á par altas razones Que hace Dïores, que su palma espera: Palma, si Salio de los grandes dones Ninguno ha de llevar, suya y postrera. Y dijo Eneas: «No temais, garzones: El órden de los premios nadie altera; Ni vuestros fueros mi amistad lesiona Si al valor desgraciado galardona.»
LXV.
Y una piel de leon da á Salio, armada Con áureas garras y hórridas guedejas. Niso entónces habló con voz turbada: «Si ese honor á vencidos aparejas Y tanto un contratiempo te apïada, Para Niso, señor, ¿qué premio dejas? Mio es el triunfo, si la suerte esquiva Que á Salio hirió despues, no me derriba.»
LXVI.
Habla, y del golpe el afeante signo Muestra, hablando, en el cuerpo y triste cara. Oyóle el Rey y sonrió benigno, Y un rico escudo le ordenó llevara: Fue éste del mozo egregio premio digno: Lo hizo Didameon con arte rara, Y al templo de Neptuno do pendia, Argivo brazo lo arrancara un dia.
LXVII.
Cesó la competencia de esta suerte; Y Enéas señalando férreo guante: «Ahora,» dijo, «el que se sienta fuerte, Ceñido el puño indómito levante. Lucio novillo al que á vencer acierte, Con cintas y oro el asta rutilante, Daré por galardon: gentil celada, Por consuelo, al vencido, y una espada.»
LXVIII.
Con murmullo del vulgo circunstante, Lleno Dáres alzóse de ufanía: Él solo, en Troya, á Páris arrogante A contrastar lidiando se atrevia; Y él solo á Bútes, triunfador gigante, Que, de orígen bebricio, pretendia Llevar sangre de Amico, invicto en guerra, Cabe el túmulo de Héctor echó á tierra.
LXIX.
Tanto como en la fúnebre palestra Soberbio entónces levantarse pudo Cuando dejó al jayan sola su diestra Tendido en la sangrienta arena y mudo. Soberbio ahora se levanta, y muestra Los hombros fornidísimos desnudo; Y un brazo y otro vigoroso extiende, Y los aires azota por do hiende.
LXX.
En medio del innúmero gentío Otro igual campeon se busca en vano: Nadie á aceptar se atreve el desafío, Nadie del cesto á rodear la mano. El, sin par, á su juicio, en poderío, Saluda á Enéas y prosigue ufano Sin que en mudo homenaje instantes pierda. De una asta asiendo al toro con la izquierda:
LXXI.
«¿Qué más quieres que aguarde, hijo de Diosa? El dón se me adjudique, pues ninguno Su fuerza con mis fuerzas medir osa.» Los Teucros barbotaban de consuno Apoyando la súplica orgullosa. Con ruego en tanto Acéstes importuno Reprende, incita á Entelo, que á su lado Yace en el verde césped reclinado:
LXXII.
«Tu nombre de valiente entre valientes ¿Qué sirve, Entelo, sin tan buenos dones Con tanta calma en paz llevar consientes? Hoy de Erice divino y sus lecciones ¿No es deber patrio que el honor sustentes? La fama que asombraba estas regiones ¿A dónde se oscurece? ¿Qué se han hecho Los despojos pendientes de tu techo?»
LXXIII.
Entelo respondió: «No son extraños Valor y amor de gloria al pecho mio; Mas siento ya de la vejez los daños, Mis miembros ciñe ya rígido frio. Yo si hoy tuviese el que en mis verdes años, Cual le goza ese audaz, ardiente brío, No el premio disputara, sí la palma; Que ocupe el premio vil, lo llevo en calma.»
LXXIV.
Habló Entelo; y volviendo por sus fueros, Se alza, y dos cestos en el campo lanza Con que Érice ostentara en golpes fieros Con los ligados brazos su pujanza. Ven los siete boyunos recios cueros Graves de plomo y hierro á hercúlea usanza, Y todos se imaginan con asombro Del buey la talla, y del atleta el hombro.
LXXV.
Más que de paso el mismo Dáres cía; Y mudo con la mano el grande Enéas El enorme volúmen revolvia De los gruesos anillos y correas, Y díjole el anciano: «¿Qué sería Si de Hércules las armas giganteas Hubieses visto, y la espantosa hazaña Que hizo estas playas funeral campaña?
LXXVI.
«Fué hijo Érice, cual tú, de Vénus, y esos Los correones son que usaba en lides: ¿Esparcidos los ves de sangre y sesos? Los mismos son con que paró ante Alcídes; Y yo tambien con vigorosos huesos Los blandí contra fuertes adalides Guando áun léjos la edad miraba ingrata Que ambas mis sienes esmaltó de plata.»
LXXVII.
Y á Dáres retorciendo la mirada: «Mas si rehuyes, campeon troyano,» Prosigue; «si á tu Rey piadoso agrada, Y al mio, que combate por mi mano, Fuerzas equiparar en la estacada, Gustoso á justos términos me allano: ¡Ea! las armas de Érice te cedo; Las troyanas depon, y pon el miedo.»
LXXVIII.
Áun bien no lo hubo dicho, se adelanta, Y del doble ropaje se desnuda, Y en pecho, brazos, músculos, espanta Ver su nerviosa robustez membruda: Ya, en medio el campo, colosal se planta; Y dando Enéas término á la duda, Trae de iguales cestos sendos pares, Y á Entelo de ellos arma y arma á Dáres,
LXXIX.
Y en simultáneo arranque de osadía Ya éste en puntas de piés y aquél se adreza; Los brazos uno y otro al aire envía, Cautelosa hácia atras la alta cabeza: Trábanse por las manos; á porfía Crecen amagos, y la lucha empieza Entre el púgil que mueve ágil la planta Y el jayan que disforme se levanta.
LXXX.
Va el jóven en su edad esperanzado; Fia el viejo en su mole, aunque flaquean Las rodillas y el cuerpo treme helado; Y ambos con vano afan tiran, golpean: Hiérense aprisa al cóncavo costado: Ronco el pecho resuella: menudean Por orejas y sienes las puñadas: Las mandíbulas crujen martilladas.
LXXXI.
Firme está Entelo; mas con pronta vista Ve por do heridas, ladeando, ahorre; El otro el campo mide, y por do embista Entradas busca, á embestir acorre: Tal tropa audaz, de máquinas provista, Soberbio muro ó enriscada torre Que medite arruinar, asalta, embiste; Torna á atacar, y el torreon resiste.
LXXXII.
El brazo Entelo, amenazando estrago, Alza descomunal; mas ve de arriba Venir, Dáres, con tiempo, el fiero amago, Y hurta el cuerpo veloz y el golpe esquiva: Hirió el furioso combatiente en vago, Y enorme por su peso se derriba, Cual rueda hueco pino, dando espanto, En bosques de Ida ó cumbres de Erimanto.
LXXXIII.
Levántanse ambos campos con rüido, Y un grito al cielo lanzan simultáneo: Acude Acéstes, viéndole caido, A ayudar al amigo y coetáneo: Surge él sin quiebra de ánimo ó sentido; Antes fuego de cólera espontáneo Arde en su pecho, el pundonor le pica, Y el probado valor fuerzas duplica.
LXXXIV.
Y ya en rápida fuga, impetüoso, Tirando golpes de una y otra mano, Sin parada, sin vado, sin reposo, Persigue á Dáres por el ancho llano; Cual turbion que los techos fragoroso Azota con granizo, el héroe insano Hiere á ciegas con furia borrascosa, Y á Dáres acomete, envuelve, acosa.
LXXXV.
No sufre Enéas que adelante siga La encarnizada obstinacion de Entelo, Y del campo, ya muerto de fatiga Saca á Dáres con voces de consuelo: «¿Demente estabas? ¡Ah, infeliz! te hostiga No humana fuerza, pero el mismo Cielo; Cedes á un Dios; rendirte no te pese.» Dijo; y manda su voz que la lid cese.
LXXXVI.
En torno del vencido en ese instante Llega fiel uno y otro camarada, Y, flacas sus rodillas, vacilante La cabeza, la boca ensangrentada Y el ornato dental roto y nadante, Llévanle al puerto. Morrïon y espada Reciben advertidos, y se alejan, Y el toro al vencedor y el lauro dejan.
LXXXVII.
El cual del lauro y con su toro ufano, «Ved, pues, ahora, y ponderad,» decia, «¡Oh hijo de Diosa! ¡oh ejército troyano! Cuál en mi juventud la fuerza mia Hubo de ser, y Dáres de mi mano Cuál muerte, á no salvarle, probaria.» Dijo, y plantóse del novillo enfrente, En alto puesto el brazo prepotente;
LXXXVIII.
Y á plomo entre ambos cuernos, guarnecida La mano descargó cual duro hierro: Húndese el cráneo, y trémulo, sin vida, En tierra con su mole da el becerro. «¡Salve, Erice inmortal!» clamó en seguida: «Puestas las armas, con que triunfos cierro, Más bien que la de Dáres, en memoria, Yo dó y consagro esta ánima á tu gloria.»
LXXXIX.
Luégo al juego del arco el Rey troyano Invita, y premios pone. De la nave Que Seresto gobierna, con su mano Va él mismo y fuerte arbola el mástil grave; Y alígera paloma al aire vano En el tope suspende (atada el ave A una cuerda, la cuerda al mástil fija) A donde el tiro el flechador dirija.
XC.
Llegan de ellos; y un casco que reciba Las suertes, traen en medio. La primera, La de Hipocon, el de Hírtaco, con viva Aclamacion del vulgo, saltó fuera. Coronado la sien de verde oliva, Reciente prez de la naval carrera, Oyó, en segundo término, Mnesteo Grato sonar su nombre á su deseo.
XCI.
Tocóle á Euritïon salir tercero: Hermano tuyo, oh Pándaro divino, (¡Tú que al campo de Aquivos, el primero, Lanzaste, compelido del destino, El dardo de discordia mensajero!) Del fondo del almete al aire vino, Postrer nombre, el de Acéstes, que ahora ufano En lid de mozos á terciar va anciano.
XCII.
Todos con brazo en arco arman pujante, Y sacan primas flechas del aljaba: Ante todas, del nervio rechinante Arrancó la que el de Hírtaco ajustaba: Hiere el viento, y al mástil que delante Mira, parte veloz, y en el se clava: Al golpe tembló el palo; alas agita Medrosa el ave, y el concurso grita.
XCIII.
Tendió el arco avanzándose forzudo Mnesteo, vuelto á lo alto ojos y flecha; Mas no tanto que al ave hiriese, pudo La férrea punta encaminar derecha: Rompió empero la cuerda y líneo nudo; Y libre el pié de la atadura estrecha, La paloma veloz sacude el vuelo Entre nubes plomizas por el Cielo.
XCIV.
Euritïon, ya el arco apercibido, Tiró, invocando á Pándaro en su ayuda, Al ave que de nublo opaco vido Salir aleteando, flecha aguda: Alcanzóla en su vuelo envanecido; Ella el hincado astil trayendo muda, Dejando por allá la dulce vida, Al suelo vino en mísera caída.
XCV.
Solo Acéstes quedaba, ya baldío, Y la palma perdida y la esperanza; Mas del brazo ostentando el arte y brío Y del arco sonante la pujanza, Vuelta la faz al ámbito vacío, Apunta en vago, la saeta lanza, Y ocasiona, no entonces entendido, Milagro aéreo de infeliz sentido.
XCVI.
Confirmaron despues con voz tardía Adustos vates el infausto agüero: Y fué así que inflamado discurria Entre celajes el volante acero; Con fuego señaló su etérea via Y apagóse en los aires; cual lucero Que vaga desquiciado por la esfera Arrastrando su ardiente cabellera.
XCVII.
Al Cielo los medrosos corazones Ambos pueblos levantan juntamente; Mas no igualó con fúnebres visiones El gran Enéas la vision presente; Antes sonrie cumulando dones, Y á Acéstes abrazando, al par rïente, Aunque grave el semblante, de alegria, «Lleva, ilustre monarca,» le decia:
XCVIII.
«Lleva esta copa, de labores rica (Que del Olimpo el reinador, no en vano Con esa aparicion me significa El honor que te debo soberano): Mi anciano genitor te la dedica; Recíbela, dón suyo, de mi mano: A él el tracio Ciseo ántes la diera Insigne prenda de amistad sincera.»
XCIX.
Dice; y ciñe á su sien envejecida Verde rama, y triunfante le pregona. A Euritïon, que disputar no cuida, Cual pudo, muerta el ave, la corona, Premió inferior á Acéstes. En seguida Al que nudos deshizo galardona; Y á aquel con recompensa honra postrera Que la flecha en el palo hincó primera.
C.
Enéas, no el cértamen concluido, Llamado habia al de Epito á su lado, Tutor del tierno Yulo, y á su oido, Fiel á secretos, confió un recado: «Vé, corre; á Ascanio dí que si instruido Tiene y á la carrera adeliñado Su escuadron de muchachos, más no tarde, Y honre al abuelo con vistoso alarde.»
CI.
Él mismo á la esparcida concurrencia Manda dejar los campos escombrados: Llegan ya, y con gallarda continencia, En caballos del freno bien guïados, Avanzan de sus padres en presencia Niños de hoja menuda coronados; Y al verlos desfilar, rumor que halaga A un tiempo en ambos pueblos sordo vaga.
CII.
Dos de agreste cerezo jabalinas Con punta herrada llevan todos ellos: Aljaba al hombro, algunos: de oro finas Cadenas caen de los ceñidos cuellos. Despártense en tres bandas peregrinas, Doce en cada una, los garzones bellos; Y, en competencia igual de su edad tierna, Agil cada una un capitan gobierna.
CIII.
¿Veislo? mandando va su compañía, Hijo, Polítes, tuyo, el pequeñuelo Príamo, que del nombre se gloría (Cual de él ítalos nietos) de su abuelo: Monta un corcel de los que Tracia cria, Gallardo, bicolor, que el duro suelo Con alba mano denodado huella, Y lleva en la alta frente alba una estrella.
CIV.
Por segundo caudillo Átis figura, Claro abolengo vuestro, Acios romanos: Iguales en la edad y la ternura Andan Atis y Ascanio cual hermanos. Llega éste al fin, primero en la hermosura, En un potro de climas africanos: A él la cándida Dido ántes lo diera Insigne prenda de aficion sincera.
CV.
Los demas en sicanos pisadores Vienen, del viejo Acéstes, cabalgantes, Agólpanse en tropel espectadores Troyanos, desfilando los infantes; Y al ver á éstos de antiguos genitores Los semblantes copiando en sus semblantes Que la esperanza y el temor demudan, Con estruendo de aplausos los saludan.
CVI.
Luégo que el circo hubieron recorrido Tal que viese cada uno al que aguardara, El de Epito de léjos un silbido Dió de repente, y sacudió su vara: A galope lanzándose, al chasquido, Cada banda, del centro se separa; Mas, no bien la segunda seña oida, Vuelven, blandiendo el dardo, fácil brida.
CVII.
Y á hacer tornando lo que hicieron ántes Las cuadrillas se apartan, se avecinan; Vueltas dan y revueltas elegantes; Giros, tornos, enredan y combinan: Y en juegos á combates semejantes, Ya dan la espalda; ya á volver atinan, Y amagando, venablos abalanzan; Ya, hechas las paces, de concierto avanzan.
CVIII.
Como hienden delfines la onda fria; Nadando, al mar Carpacio, en varios modos; Cual marañada, inextricable via En la alta Creta con sus mil recodos El laberinto pérfido tejía Porque, en calando, se perdiesen todos; Así los pequeñuelos se cruzaban Y tal madeja, entrando, huyendo, traban.
CIX.
Estas fiestas á imágen de batallas Fué Ascanio el que en los campos italianos Primero instituyó, cuando en murallas Ciñó á Alba Longa y protegió sus llanos: Enseñados pudieron practicallas Los Latinos, y luégo los Albanos: Hoy de Troya apellido el juego toma Y el escuadron que lo ejercita en Roma.
CX.
Niño entónces Ascanio todavía, Con esotros mozuelos sus iguales Al glorïoso abuelo estos hacía Honores, si festivos, funerales: Celebraba la alegre compañía En los sículos campos juegos tales; Mas trocó la Fortuna en un instante Con torvo ceño el plácido semblante.
CXI.
Fué así que en ese medio, rencorosa, Mal sanada la llaga que encubria, Juno del Cielo á Íris vaporosa A las naves ilíacas envía: A la húmida ninfa la gran Diosa Impetu añade en la region vacía Y del arco la adorna de colores, Miéntras vuelve en secreto sus dolores.
CXII.
Ella parte invisible, vuela aprisa, Ve el inmenso concurso, tuerce al puerto; Las anchas playas vacilante pisa Y todo siente estar mudo y desierto: Al fin las damas de Ilïon divisa Que en cóncavo remoto, al mar abierto, Honrando á Anquíses lágrimas le daban, Y en el lóbrego mar la vista clavan.
CXIII.
Y así, con mustia faz y ojos inmotos, Con una voz, la que el dolor les presta, «Mares cruzamos ya,» dicen, «ignotos; ¡Oh, y cuánto de agua por salvar nos resta!» Por lograr firme asiento elevan votos; Hablar de un más allá, pesar les cuesta; Y hé aquí, miéntras derraman sus querellas, Íris astuta se desliza entre ellas.
CXIV.
Veste aérea y gentil fisonomía Poniendo la Deidad, la frente anciana De Beroe usurpó, que, esposa un dia Del ismario Doriclo, andaba ufana Con su nombre, su prole y su hidalguía; Y, entre ancianas ilustres falsa anciana, «¿Qué aguardamos, ah míseras!» les dice: «¡Pobre generacion! ¡suerte infelice!
CXV.
»Fortuna impía del acero griego Nos reservó para mayores males: Cumplidos van, desde que á Troya el fuego Devoró, siete círculos añales: La tierra hemos corrido, el ponto ciego, Y medido los cercos siderales; Y áun vamos por el mar, nao combatida, A Italia que burlando nos convida.
CXVI.
»Érice fraternal está presente; Aquí Acéstes bondoso nos ampara; Y podemos en base permanente La Patria restaurar. ¡Oh Patria cara! ¡Oh Dioses rescatados vanamente! ¡Qué! ¿y nunca el patrio muro, nunca un ara Troyana hemos de ver, ni un Janto amigo? ¡Venid! ¡Las naves incendiad conmigo!
CXVII.
»Yo en sueños ví que antorchas esgrimia La sombra ilustre de Casandra fiera, Y, «A Troya aquí reedificad!» decia: «Ésta, ésta es nuestra patria verdadera.» No consiente demoras, á fe mia, Tan gran vision, ni la ocasion da espera. Hé aquí ofrezco á Neptuno cuatro altares: ¡Hachas dános y ardor, Dios de los mares!»
CXVIII.
Dice, y de fuego resplandece armada; Alza la mano, y de piedad desnudo Flamígero tizon lanza á la armada; Pásmanse todas con asombro mudo. Pirgo, entre ellas en años avanzada, Que á la prole de Príamo fué escudo, Nodriza á tantos hijos oficiosa, «No es de Doriclo,» dice, «no, la esposa;
CXIX.
»Ni es sér mortal, matronas, lo que veo: Notad de insigne majestad señales, El porte, de la vista el centelleo, Voz divina y fragancias celestiales. La retea Beroe su deseo De hacer á Anquíses honras funerales Con nosotras aquí, distante ahora (Yo enferma la dejé) frustrado llora,»
CXX.
Ellas perplejas á la flota en tanto Revuelven maliciosas las miradas: El interpuesto mar les causa espanto, Mas las llaman regiones anunciadas. Oscilan entre amor y deber santo, Cuando Íris de repente á sus miradas Toma vuelo, y una ala y otra ala, Trazando un arco inmenso, abre é iguala.
CXXI.
En frenesí convierten sus arrojos Con la vision espléndida las damas: Teas clamando lanzan, y, despojos Del consagrado altar, hojas y ramas: Van ministros de estrago los manojos; Y dando rienda á las voraces llamas Remos trepa y escálamos Vulcano, Cruje y las gayas popas lame ufano.
CXXII.
Llevó al anfiteatro y sepultura Santa de Anquíses, la noticia Eumelo; Vuelven luégo á mirar, y en nube oscura Ven trémulas pavesas ir al Cielo. Tuerce al campo de horror y desventura De su alegre carrera Ascanio el vuelo; Con vano afan por detenerle, al paso Salen sus ayos con aliento escaso.
CXXIII.
Y él, «¡Desgraciadas! ¿qué furor extraño, Qué error,» les dice, «os precipita ciego? ¿Pensais que á argivos campos haceis daño? ¡Oh, á vuestras esperanzas pegais fuego! Yo vuestro Ascanio soy: ved si os engaño.» Dice, y el morrïon, disfraz del juego, Deposita á sus plantas, y les muestra La faz amiga y la inocente diestra.
CXXIV.
En pos de Ascanio presurosos tiran Su padre mismo y los demas Troyanos. Mas ya las tristes en lo que hacen miran, Y á ocultar su vergüenza, por los llanos Que extiende la ribera, mustias giran Huecas peñas buscando: á sus hermanos, Vueltas en sí conocen, y les pesa, Libres de Juno, de la aleve empresa.
CXXV.
Pero el voraz incendio, áun no contento, Sus indómitos ímpetus no afloja: De las húmedas tablas el asiento Arde estoposo, y grueso humo arroja: Consume las carenas fuego lento: Vana es la onda esparcida que las moja, Ni hay ya luchar con la arraigada llama, Cuando hé aquí suplicante el Rey exclama:
CXXVI.
«¡Oh Júpiter supremo! Si de humanos Males, cual usas, áun piedad hoy tienes; Si no en uno maldices los Troyanos, Esta última porcion de nuestros bienes Salva de azar cruel, fuegos insanos: Mas si á muerte merezco me condenes, Destruye de una vez nuestra esperanza, Y húndame el rayo aquí de tu venganza!»
CXXVII.
Rasgado de sus hombros el vestido Y ambas las manos extendiendo al Cielo, Así Enéas con férvido alarido, O muerte ó salvacion pide en su duelo; Y áun bien no hablara, cuando nublos vido Con que el aire oprimir amaga al suelo; La esfera en un momento se ennegrece, Ronco trueno las cumbres estremece.
CXXVIII.
Y ya sin más tardar, de los collados, Acompañados del fragor del viento Rios descienden á inundar los prados Furiosos con hinchado movimiento: Ciego á los buques va medio abrasados, Las popas cubre el rápido elemento, Y oprimiendo el vapor, que al fin apaga, Libra las naves de la peste aciaga.
CXXIX.
Cuatro habia el incendio devorado; Con cuyo acerbo caso que intimida, Enéas vacilante, acobardado, No sabe por cuál rumbo se decida: Si en Sicilia su nido asiente, al hado Mal sumiso, que léjos le convida, O si á Italia persiga, al hado atento; Y la duda tenaz le da tormento.
CXXX.
Náutes entónces, venerable anciano Por la tritonia Pálas adivino, A quien ella dotó con larga mano De ingenio insigne y de infalible tino, Interrogado respondió, no en vano, Ya sobre muestras del furor divino, Ya lo que el hado inevitable ordena, Y al héroe hablando, su inquietud serena:
CXXXI.
«¡Hijo de Diosa! al fin llegar porfía Que una vez y otra vez marcó tu síno: Tenaz luchando un dia y otro dia, Vencerás los rigores del destino. Ahí Acéstes está que se gloría De su orígen superno: en tu camino Te dé su luz, y á su favor sincero Los restos fia del estrago fiero.
CXXXII.
»Quienquier de tu alta empresa lleve enfado, Las matronas, cansadas de los mares, Los ancianos; en fin, cuanto á tu lado Mezquino, flojo, inválido notares, Quede todo de Acéstes al cuidado: Funden ellos aquí muros y altares, Y de Acéstes merced, de Acesta el nombre Al nido que afiancen, grato asombre.»
CXXXIII.
Alentó el sabio al Rey; mas le destroza Con nuevas dudas que á su mente inspira. Y ya la húmida Noche en su carroza Que negra copia de caballos tira, Ocupa el firmamento. En esto goza Ensueño seductor el héroe, y mira La apariencia bajar del padre amado Que á hablarle empieza con benigno agrado:
CXXXIV.