Part 7
Más bien que en esto, hallo yo pecado en el amargo desencanto, no sistemático, sin duda, sino espontáneo, que impera en todo el libro, desencanto y amargura que hace que la autora juzgue alguna vez con equivocado criterio las cosas y los hechos. Tiene, sin embargo, esta falta muy atendible explicación: cuando el espíritu y el cuerpo están atormentados por acerbísimos dolores, abundan las sombras en los ojos y en el alma, que es el pesar obscuro, prisma que todo lo ennegrece. Fuera de esto, son estas poesías de primer orden, y bastarían por sí solas para dar á su autora el merecidísimo renombre de que goza. Escritas con asombrosa facilidad, con una como frialdad aparente, con abandono, hasta con desdén, son todas ellas sentidas, profundas, _hondas_; y guardan, bajo la vestidura especial de su aderezo, dolores y desgarramientos tales, que quien las lea sin sentir enrojecidas las mejillas y ardientes los ojos, ha de ser insensible de veras.
En realidad, no se puede escoger entre ellas; pero á mí causáronme singular complacencia, entre otras varias, _Las campanas_ y _Los robles_. Es la primera una rima inocente, candorosa, llena de perfume y de fe, y también de amor y meditación. La segunda es una inspiración robusta y sostenida, donde el mágico pincel de Rosalía, rico en hechizos y vertiendo flores, aparece esplendoroso y lozano, pintando un cuadro lleno de vida y movimiento, de toques vigorosos y prodigiosos efectos de luz. Una y otra son también las más dulces.
Una palabra aún antes de terminar.
Á pesar del indisputable mérito que este libro encierra, y que soy el primero á reconocer, he de confesar que si á escoger me dieran entre los versos de la autora, preferiría sin duda alguna los gallegos. En esta preferencia, no sólo tendría grandísima parte del natural cariño que profeso á mi tierra y á cuanto á ella pertenece, sino también la mayor dulzura y sentimiento, que son el distintivo de las rimas gallegas de nuestra poetisa. No quiero disminuir el valer de las presentes poesías, antes por el contrario, lo admiro y reconozco; pero enamórame, sobre todo, cuanto es, como por acá decimos, _amorosiño_ y tierno.
En el amante nido donde vive, reciba el _ruiseñor gallego_ mi saludo cariñoso, ¡y quiera el cielo que mi tosca pluma tenga todavía nueva ocasión de celebrar sus trinos y gorjeos!
J. BARCIA CABALLERO.
Santiago, febrero de 1885.
UNA PRECURSORA
La fama de Rosalía Castro se funda en dos libros: _Cantares gallegos_ y _Follas novas_. En ellos, la dulce habla regional de suavísimas inflexiones, con sus giros llenos de encanto, con sus diminutivos mimosos, es intérprete de una poesía honda, llena de amor, que se traduce en nostalgias, ó de piedad, que, á las veces, llega á convertirse en odio. Los _Cantares_ son el alma de Galicia, tierra verde, jugosa y húmeda, mozas de clara hermosura y de maravillosa perfección corporal, mozos rudos, con una rudeza ribeteada de malicias; vida penosa de trabajo, escasez constante, usura, emigración. Las _Follas novas_ son el alma de Rosalía, depurada y sublimada entre todas las espinas de la aflicción, terreno fecundo que produce sin cesar flores de esperanza arrancadas de pronto por una mueca de escepticismo, por un grito de desesperación; alma lírica y sonora que vibra según la impresión del momento.
El lirismo, cualidad excelsa de los poetas grandes, de los que saben expresar directamente su alma, es cualidad predominante en Rosalía Castro. El elemento anecdótico no entra para nada en sus poesías, ó, por mejor decir, todas ellas son anécdotas espirituales.
Esta misma fuerza de profundo subjetivismo tiene otro libro suyo, menos conocido, y de él quiero hablar. Es el que encierra sus versos castellanos, uno de los más singulares de nuestra poesía. Se titula _En las orillas del Sar_, y se publicó en 1884. Del mismo año son algunos _Pequeños poemas_, de Campoamor; la _Pesca_, de Núñez de Arce, que ya había dado lo mejor de su ingenio; á la sazón Ferrari le pisaba los talones en _Pedro Abelardo_, también publicado entonces; Manuel del Palacio y José Velarde estaban en pleno florecimiento; Zorrilla rimaba deliciosamente composiciones de circunstancias. El libro de Rosalía era otra cosa. Cuando todos declamaban ó cantaban, ella se atrevía sencillamente á hablar. Cuando todos _cincelaban_ el verso, ella dejaba á los suyos un no sé qué de flojo y espontáneo, que fué como embalsamarlos para que conservaran más tiempo la poesía. Cuando todos se ceñían al endecasílabo y al octosílabo, con los otros versos que desde siempre se les combinaban, y á lo más empleaban el alejandrino zorrillesco, rico de acentuación, rotundo y sacudido, ella adoptaba metros inusitados y combinaciones nuevas.
De _suspirillos germánicos_ hubiera calificado Núñez de Arce la mayor parte de las composiciones castellanas de Rosalía, sin perjuicio de admirar sus similares gallegas; porque en éstas, al hacer literaria un habla popular, todo estaba permitido, al paso que en las otras había reglas sagradas que observar.
De absurda y desgraciada debió calificarse entonces la suplantación del heptasílabo por el octosílabo en combinación con el verso de once sílabas, contra lo que era uso:
Todo lo ves, y todos los mortales Cuantos en el mundo habitan, En busca del alivio de sus males, Tu blanca luz solicitan. Unos para consuelo de dolores; Otros tras de ensueños de oro Que con vagos y tibios resplandores Vierte tu rayo incoloro. Y otros, en fin, para gustar contigo Esas venturas robadas, Que huyen del sol, acusador testigo, Pero no de tus miradas.
Y el mismo octosílabo, combinándose en muchas composiciones del libro, también contra lo corriente, con el verso de diez, que sólo se empleaba con el de seis y el de doce sílabas:
Á través del follaje perenne Que oir deja rumores extraños, Y entre un mar de ondulante verdura, Amorosa mansión de los pájaros, Desde mis ventanas veo El templo que quise tanto.
El templo que tanto quise... Pues no sé decir ya si le quiero, Que en el rudo vaivén que sin tregua Se agitan mis pensamientos, Dudo si el rencor adusto Vive unido al amor en mi pecho.
Y no son sólo estas combinaciones llenas de armonía nueva lo que hoy nos asombra en el libro de Rosalía Castro. En él aparecen metros enteramente nuevos entonces: el verso de nueve sílabas, como hemistiquio de uno de diez y ocho, de esta manera:
Su ciega y loca fantasía corrió arrastrada por el vértigo, Tal como arrastra las arenas el huracán en el desierto. Y cual halcón que cae herido en la laguna pestilente, Cayó en el cieno de la vida, rotas las alas para siempre. Mas aun sin alas, cree ó sueña que cruza el aire, los espacios, Y aun entre el lodo se ve limpio cual de la nieve el copo blanco.
El de diez y seis, formado por dos hemistiquios de á ocho, verso que sólo se personaliza por la regularidad de los acentos, úsalo Rosalía tal como lo emplean nuestros poetas de hoy:
¡Pensamientos de alas negras! Huid, huid azorados, Como bandada de cuervos por la tormenta acosados, Ó como abejas salvajes en quien el fuego hizo presa; Dejad que amanezca el día de resplandores benditos, En cuya luz se presienten los placeres infinitos... ¡Y huid con vuestra perenne sombra que en el alma pesa!
¡Pensamientos de alas blancas! Ni gimamos ni roguemos Como un tiempo, y en los mundos luminosos penetremos, En donde nunca resuena la débil voz del caído, En donde el dorado sueño para en realidad segura, Y de la humana flaqueza sobre la inmensa amargura Y sobre el amor que mata sus alas tiende el olvido.
Y, sobre todo, el verso alejandrino, reconquistado y llevado á punto de flexibilidad por los poetas modernos de España, quitándole las ligaduras con que lo domeñó el maravilloso Zorrilla, y haciéndole apto, no sólo para el alto vuelo ditirámbico, sino para toda sensación y todo matiz, el verso alejandrino triunfa en Rosalía Castro, que casi siempre lo asonanta, en toda su íntima y humana amplitud. Leed estas estancias, que pueden compararse por la técnica y aun por el pensamiento á algunas de Rubén Darío en _Cantos de vida y esperanza_; que pueden competir con las mismas _Stances_, de Juan Moreas, creación de las más puras y perfectas en la poesía francesa contemporánea:
De la vida entre el múltiple conjunto de los seres, No, no busquéis la imagen de la eterna belleza, Ni en el contento y harto seno de los placeres, Ni del dolor acerbo en la dura aspereza. Ya es átomo impalpable ó inmensidad que asombra; Aspiración celeste, revelación callada; La comprende el espíritu y el labio no la nombra, Y en sus hondos abismos la mente se anonada.
Esta imagen de la eterna belleza es la que buscó siempre, la que vislumbró á ratos la excelsa Rosalía. Su poética, por lo mismo que es toda interior, por lo mismo que huye de toda pompa y exuberancia, porque es vestidura de un sentimiento y no llamativo disfraz de un inerte maniquí, parece haber formulado mucho antes de que Verlaine fuera conocido (_Jadis et Naguère_ es también de 1884) aquel precepto del _Arte poética_ verleniana:
Prends l’éloquence et tords-lui son cou!
Y al abandonar el arte amplio de orquestación sonora y algo hueca, haber adivinado, traduciéndolo en suaves melodías rotas, en acordes extraños y personalísimos, el otro principio:
De la musique avant toute chose.
Música es lo que hay, ante todo, en los versos de Rosalía Castro. Su vaguedad, su imprecisión, que les ha hecho sufrir el dictado de nebulosos y germanizados, proviene de ahí. Síntesis profundas de sentimiento son las composiciones de _En las orillas del Sar_. Al ensueño ó al dolor de cada uno se adaptan fácilmente, como un andante de Beethoven ó un trozo de Schumann.
Su parentesco con Bécquer y con Heine no se puede negar. Es de la misma familia poética; como lo son también Julio Laforgue y Verlaine, el Verlaine de la _Bonne Chanson_ y de _Romances sans paroles_. Pero la poetisa gallega, que es más varonil que Bécquer, tiene dignamente un lugar propio. Carece de ironía, aunque á veces llegue al sarcasmo; y hay en ella menos ternura que pasión. Espíritu apasionado debió ser el suyo, extremado en amores y en odios; de su choque con las dificultades y las tormentas del vivir saltaron, como espuma, las composiciones de sus _Follas novas_ y las que llenan su libro castellano.
Hay que dar á Rosalía, entre nuestros poetas, un lugar eminente. Hay que reconocer que nadie como ella fundió su espíritu en el crisol de la estrofa, y que de la abundancia de su inspiración nacieron sus extraordinarias adivinaciones métricas. Y los poetas de hoy, los que van dejando de llamarse modernistas, los que quieren decir cosas del alma en versos que sólo obedezcan á una ley interior de armonía, formulada por cada uno en cada caso, han de ver una precursora en la mujer extraordinaria que escribió, sin preocupaciones, dejando libres á su inspiración y á su técnica, el libro titulado _En las orillas del Sar_.
ENRIQUE DÍEZ-CANEDO.
Madrid, 1908.
ÍNDICE
Páginas
PRÓLOGO VII
Aunque no alcancen gloria 1
Orillas del Sar 3
Los unos altísimos 11
Margarita 21
Sedientas las arenas, en la playa 25
Los tristes 27
Los robles 33
Alma que vas huyendo de ti misma 39
¡Jamás lo olvidaré!... De asombro llena 43
Unos con la calumnia le mancharon 49
En su cárcel de espinos y rosas 51
Ya no mana la fuente, se agotó el manantial 53
Era la última noche 57
¡Volved! 59
Camino blanco, viejo camino 61
Las canciones que oyó la niña 67
La canción que oyó en sueños el viejo 71
Su ciega y loca fantasía corrió arrastrada por el vértigo 73
En el alma llevaba un pensamiento 75
Quisiera, hermosa mía 79
En mi pequeño huerto 87
Todas las campanas con eco pausado 89
Cuido que una planta bella 93
En los ecos del órgano ó en el rumor del viento 95
Santa Escolástica 97
Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros 105
Los que á través de sus lágrimas 109
Mientras el hielo las cubre 115
Á la luna 119
Yo en mi lecho de abrojos 123
Con ese orgullo de la honrada y triste 125
Viéndome perseguido por la alondra 127
De repente los ecos divinos 129
La palabra y la idea... Hay un abismo 131
Los muertos van de prisa 133
Las campanas 137
En la altura los cuervos graznaban 139
Ansia que ardiente crece 141
Sed de amores tenía, y dejaste 145
Al caer despeñado en la hondura 149
Desde los cuatro puntos cardinales 151
Aún otra amarga gota en el mar sin orillas 153
Tú para mí, yo para ti, bien mío 157
Tiemblan las hojas, y mi alma tiembla 159
No va solo el que llora 161
¡La copa es de oro fino! 163
¡Ea!, aprisa subamos de la vida 165
Yo no he nacido para odiar, sin duda 167
Cayendo van los bravos combatientes 169
Viendo que, semejantes á las flores 171
Más rápidos que el rayo 173
Hora tras hora, día tras día 175
Tan sólo dudas y terrores siento 177
APÉNDICE 179
«En las orillas del Sar», poesías por D.ª Rosalía Castro de Murguía 181
Una precursora 189