Part 6
Prodigando sonrisas, Que aplausos demandaban, Apareció en la escena, alta la frente, Soberbia la mirada, Y sin ver ni pensar más que en sí misma, Entre la turba aduladora y mansa Que la aclamaba sol del universo, Como noche de horror pudo aclamarla, Pasó á mi lado y arrollarme quiso Con su triunfal carroza de oro y nácar; Yo me aparté, y fijando mis pupilas En las suyas airadas: —¡Es la inmodestia!—al conocerla dije, Y sin enojo la volví la espalda.
Mas tú cree y espera, ¡alma dichosa!, Que al cabo ése es el sino Feliz de los que elige el desengaño Para llevar la palma del martirio.
LAS CAMPANAS
Yo las amo, yo las oigo, Cual oigo el rumor del viento, El murmurar de la fuente Ó el balido del cordero.
Como los pájaros, ellas, Tan pronto asoma en los cielos El primer rayo del alba, Le saludan con sus ecos.
Y en sus notas, que van prolongándose Por los llanos y los cerros, Hay algo de candoroso, De apacible y de halagüeño.
Si por siempre enmudecieran, ¡Qué tristeza en el aire y el cielo! ¡Qué silencio en las iglesias! ¡Qué extrañeza entre los muertos!
* * *
En la altura los cuervos graznaban, Los deudos gemían en torno del muerto, Y las ondas airadas mezclaban Sus bramidos al triste concierto.
—
Algo había de irónico y rudo En los ecos de tal sinfonía, Algo negro, fantástico y mudo Que del alma las cuerdas hería.
—
Bien pronto cesaron los fúnebres cantos; Esparcióse la turba curiosa; Acabaron gemidos y llantos Y dejaron al muerto en su fosa.
Tan sólo á lo lejos, rasgando la bruma, Del negro estandarte las orlas flotaron, Como flota en el aire la pluma Que al ave nocturna los vientos robaron.
* * *
Ansia que ardiente crece, Vertiginoso vuelo Tras de algo que nos llama Con murmurar incierto. Sorpresas celestiales, Dichas que nos asombran; Así cuando buscamos lo escondido, Así comienzan del amor las horas.
Inacabable angustia, Hondo dolor del alma, Recuerdo que no muere, Deseo que no acaba, Vigilia de la noche, Torpe sueño del día Es lo que queda del placer gustado, Es el amargo fruto de la vida.
***
Aunque mi cuerpo se hiela Me imagino que me quemo, Y es que el hielo algunas veces Hace la impresión del fuego.
***
Á las rubias envidias Porque naciste con color moreno, Y te parecen ellas blancos ángeles Que han bajado del cielo. ¡Ah!, pues no olvides, niña, Y ten por cosa cierta, Que mucho más que un ángel siempre pudo Un demonio en la tierra.
***
De este mundo en la comedia Eterna vienen y van Bajo un mismo velo envueltas La mentira y la verdad; Por eso al verlas el hombre Tras del mágico cendal Que vela la faz de entrambas, Nunca puede adivinar Con certeza cuál es de ellas La mentira ó la verdad.
***
Triste loco de atar el que ama menos Le llama al que ama más; Y terco impenitente, al que no olvida El que puede olvidar; Del rico el pobre en su interior maldice, Cual si él rico no fuera si pudiese, Y aquél siente hacia el pobre lo que el blanco Hacia las razas inferiores siente.
***
Justicia de los hombres, yo te busco, Pero sólo te encuentro En la _palabra_, que tu nombre aplaude, Mientras te niega tenazmente el _hecho_.
—¡Y tú, dónde resides?—me pregunto Con aflicción—, justicia de los cielos, Cuando el pecado es obra de un instante Y durará la expiación terrible ¡Mientras dure el infierno!
* * *
Sed de amores tenía, y dejaste Que la apagase en tu boca ¡Piadosa samaritana! Y te encontraste sin honra, Ignorando que hay labios que secan Y que manchan cuanto tocan.
—
¡Lo ignorabas!..., y ahora lo sabes, Pero yo sé también, pecadora Compasiva, porque á veces Hay compasiones traidoras, Que si el sediento volviese Á implorar misericordia, Su sed de nuevo apagaras, Samaritana piadosa.
—
No volverá, te lo juro; Desde que una fuente enlodan Con su pico esas aves de paso, Se van á beber á otra.
***
Sintiéndose acabar con el estío La desahuciada enferma, —¡Moriré en el otoño!— Pensó entre melancólica y contenta, Y sentiré rodar sobre mi tumba Las hojas también muertas.
Mas... ni aun la muerte complacer la quiso, Cruel también con ella: Perdonóle la vida en el invierno, Y cuando todo renacía en la tierra La mató lentamente, entre los himnos Alegres de la hermosa primavera.
***
Una cuerda tirante guarda mi seno, Que al menor viento lanza siempre un gemido, Mas no repite nunca más que un sonido Monótono, vibrante, profundo y lleno.
Fué ayer y es hoy y siempre: Al abrir mi ventana, Veo en Oriente amanecer la aurora, Después hundirse el sol en lontananza. Van tantos años de esto, Que cuando á muerto tocan, Yo no sé si es pecado, pero digo: —¡Qué dichoso es el muerto, ó qué dichosa!
* * *
Al caer despeñado en la hondura Desde la alta cima, Duras rocas quebraron sus huesos, Hirieron sus carnes agudas espinas, Y el torrente de lecho sombrío Rasgando sus linfas, Y entreabriendo sus húmedos labios Con negra sonrisa, Vino á darle un beso de muerte, Cerrando en los suyos el paso á la vida.
—
Despertáronle luego, y temblando De angustia y de miedo, —¡Ah!, ¡por qué despertar?—preguntóse Después de haber muerto.
—
Al pie de su tumba Con violados y ardientes reflejos, Flotando en la niebla Vió dos ojos brillantes de fuego Que al mirarle ahuyentaban el frío De la muerte, templando su seno. Y del yermo sin fin de su espíritu Ya vuelto á la vida, rompiéndose el hielo, Sintió al cabo brotar en el alma La flor de la dicha, que engendra el deseo. Dios no quiso que entrase infecunda En la fértil región de los cielos; Piedad tuvo del ánimo triste Que el germen guardaba de goces eternos.
* * *
Desde los cuatro puntos cardinales De nuestro buen planeta —Joven, pese á sus múltiples arrugas—, Miles de inteligencias Poderosas y activas, Para ensanchar los campos de la ciencia, Tan vastos ya que la razón se pierde En sus frondas inmensas, Acuden á la cita que el Progreso Les da desde su templo de cien puertas.
Obreros incansables, ¡yo os saludo! Llena de asombro y de respeto llena, Viendo cómo la Fe que guió un día Hacia el desierto al santo anacoreta, Hoy con la misma venda transparente Hasta el umbral de lo imposible os lleva. ¡Esperad y creed!, _crea_ el que cree, Y ama con doble ardor aquel que espera.
Pero yo en el rincón más escondido Y también más hermoso de la tierra, Sin esperar á Ulises (Que el nuestro ha naufragado en la tormenta), Semejante á Penélope Tejo y destejo sin cesar mi tela, Pensando que ésta es del destino humano La incansable tarea, Y que ahora subiendo, ahora bajando, Unas veces con luz, otras á ciegas, Cumplimos nuestros días y llegamos Más tarde ó más temprano á la ribera.
* * *
Aún otra amarga gota en el mar sin orillas, Donde lo grande pasa de prisa y lo pequeño Desaparece ó se hunde, como piedra arrojada De las aguas profundas del estancado légamo.
Vicio, pasión, ó acaso enfermedad del alma, Débil á caer vuelve siempre en la tentación. Y escribe como escriben las olas en la arena, El viento en la laguna y en la neblina el sol.
Mas nunca nos asombra que trine ó cante el ave, Ni que eterna repita sus murmullos el agua; Canta, pues, ¡oh poeta!, canta, que no eres menos Que el ave y el arroyo que en ondas se desata.
***
En incesante encarnizada lucha, En pugilato eterno, Unos tras otros al palenque vienen Para luchar, seguidos del estruendo De los aplausos prodigados siempre De un modo igual á todos. Todos genios Sublimes é inmortales se proclaman Sin rubor; mas bien presto Al ruido de la efímera victoria Se sucede el silencio Sepulcral del olvido, y juntos todos, Los grandes, los medianos, los pequeños, Cual en tumba común, perdidos quedan Sin que nadie se acuerde que existieron.
***
Glorias hay que deslumbran, cual deslumbra El vivo resplandor de los relámpagos, Y que como él se apagan en la sombra, Sin dejar de su luz huella ni rastro.
Yo prefiero de ese brillo de un instante La triste soledad donde batallo, Y adonde nunca á perturbar mi espíritu Llega el vano rumor de los aplausos.
***
¡Oh gloria!, deidad vana cual todas las deidades, Que en el orgullo humano tienen altar y asiento, Jamás te rendí culto, jamás mi frente altiva Se inclinó de tu trono ante el dosel soberbio.
En el dintel obscuro de mi pobre morada, No espero que detengas el breve alado pie; Porque jamás mi alma te persiguió en sus sueños, Ni de tu amor voluble quiso gustar la miel.
¡Cuántos te han alcanzado que no te merecían! Y ¡cuántos cuyo nombre debiste hacer eterno, En brazos del olvido más triste y más profundo Perdidos para siempre duermen el postrer sueño!
* * *
I
Tú para mí, yo para ti, bien mío —Murmurabais los dos—; «Es el amor la esencia de la vida, No hay vida sin amor.»
¡Qué tiempo aquel de alegres armonías!... ¡Qué albos rayos de sol!... ¡Qué tibias noches de susurros llenas, Qué horas de bendición!
¡Qué aroma, qué perfumes, qué belleza En cuanto Dios crió, Y cómo entre sonrisas murmurabais: «No hay vida sin amor.»
II
Después, cual lampo fugitivo y leve, Como soplo veloz, Pasó el amor..., la ciencia de la vida... Mas... aun vivís los dos.
_Tú de otro y de otra yo_—dijisteis luego. ¡Oh mundo engañador! Ya no hubo noches de serena calma, Brilló enturbiado el sol...
¿Y aún, vieja encina, resististe?, ¿aún late, Mujer, tu corazón? No es tiempo ya de delirar; no torna Lo que por siempre huyó.
No sueñes, ¡ay!, pues que llegó el invierno Frío y desolador. Huella la nieve, valerosa, y cante Enérgica tu voz. ¡Amor!, llama inmortal, rey de la tierra, Ya para siempre ¡adiós!
1867.
* * *
I
Tiemblan las hojas, y mi alma tiembla, Pasó el verano... Y para el pobre corazón mío, Unos tras otros ¡pasaron tantos!
—
Cuando en las noches tristes y largas Que están llegando Brille la luna, ¡cuántos sepulcros Que antes no ha visto verá á su paso!
—
Cuando entre nubes hasta mi lecho Llegue su rayo, ¡Cuán tristemente los yermos fríos De mi alma sola, no irá alumbrando!
II
Pobre alma sola, no te entristezcas, Deja que pasen, deja que lleguen La primavera y el triste otoño, Ora el estío y ora las nieves.
—
Que no tan sólo para ti corren Horas y meses; Todo contigo, seres y mundos, De prisa marchan, todo envejece.
—
Que hoy, mañana, antes y ahora, Lo mismo siempre, Hombres y frutos, plantas y flores, Vienen y vanse, nacen y mueren.
—
Cuando te apene lo que atrás dejas, Recuerda siempre Que es más dichoso quien de la vida Mayor espacio corrido tiene.
* * *
No va solo el que llora. No os sequéis, por piedad, lágrimas mías; Basta un pesar al alma, Jamás, jamás le bastará una dicha.
—
Juguete del destino, arista humilde, Rodé triste y perdida; Pero conmigo lo llevaba todo: Llevaba mi dolor por compañía.
* * *
«¡La copa es de oro fino, El néctar que contiene es de los cielos!» Dijo, y bebió con ansia Hasta el último sorbo de veneno.
—
¡Era tarde!; después ardió su sangre Emponzoñada, y muerto, Aun rojiza brillaba en su sepulcro La llama inextinguible del deseo.
* * *
¡Ea!, ¡aprisa subamos de la vida La cada vez más empinada cuesta! Empújame dolor, y hálleme luego En su cima fantástica y desierta.
—
No, ni amante, ni amigo, Allí podrá seguirme; ¡Avancemos!... ¡Yo ansío de la muerte La soledad terrible!
—
Mas ¿para qué subir?; fatiga inútil Cuando es la vida fatigosa llama, Y podemos, ¡poder desventurado!, Con un soplo levísimo apagarla.
—
Ruge á mis pies el mar, ¡soberbia tumba! La onda encrespada estréllase imponente Contra la roca, y triste muere el día Como en el hombre la esperanza muere.
—
¡Morir!; esto es lo cierto; Y todo lo demás mentira y humo; Y del abismo inmenso, Un cuerpo sepultóse en lo profundo.
—
Lo que encontró después posible y cierto El suicida infeliz, ¿quién lo adivina? ¡Dichoso aquel que espera Tras de esta vida hallarse en mejor vida!
* * *
Yo no he nacido para odiar, sin duda, Ni tampoco he nacido para amar, Cuando el amor y el odio han lastimado Mi corazón de una manera igual.
Como la peña oculta por el musgo De algún arroyo solitario al pie, Inmóvil y olvidada, yo quisiera Ya vivir sin amar ni aborrecer.
* * *
Cayendo van los bravos combatientes Y más se aclaran cada vez las filas. No lloréis, sin embargo; En el vacío que los muertos dejan Otros vendrán á proseguir la liza.
—
¡Vendrán!...; mas presto del vampiro odioso Destruid las guaridas, Si no queréis que los guerreros vuelvan Tristes y obscuros á morir sin gloria Antes de ver la patria redimida.
* * *
Viendo que, semejantes á las flores Que el huracán en su furor deshace, Éstos, después de aquéllos, Llenos de vida y de esperanzas caen Al entrar en la lid donde con gloria Por la patria combaten,
Tal como el pobre abuelo que contempla Del nietezuelo amado los despojos, Exclamó alzando la mirada al cielo De angustia lleno y doloroso asombro: —¡Pero es verdad, Dios mío, que ellos mueren Y quedamos nosotros!
En la _Corona fúnebre_ de Andrés Muruais, 1883.
* * *
Más rápidos que el rayo, Más alados que el viento, Inquietos vagamundos que no pueden Refrenar nunca el inconstante vuelo, Así descienden de la mar al fondo Como escalan la altura de los cielos.
Mas si son impalpables é incorpóreos Y múltiples y varios, ¿Por qué llamarles pensamientos negros Ó pensamientos blancos, Si no tienen color, esos del alma Invisibles Eternos é invisibles soberanos?
* * *
Hora tras hora, día tras día, Entre el cielo y la tierra que quedan Eternos vigías, Como torrente que se despeña Pasa la vida.
Devolvedle á la flor su perfume Después de marchita; De las ondas que besan la playa Y que unas tras otras besándola expiran, Recoged los rumores, las quejas, Y en planchas de bronce grabar su armonía.
Tiempos que fueron, llantos y risas, Negros tormentos, dulces mentiras, ¡Ay! ¿En dónde su rastro dejaron, En dónde, alma mía?
* * *
Tan sólo dudas y terrores siento, Divino Cristo, si de Ti me aparto; Mas cuando hacia la Cruz vuelvo los ojos, Me resigno á seguir con mi calvario. Y alzando al cielo la mirada ansiosa Busco á tu Padre en el espacio inmenso, Como el piloto en la tormenta busca La luz del faro que le guíe al puerto.
APÉNDICE
EN LAS ORILLAS DEL SAR
POESÍAS POR DOÑA ROSALÍA CASTRO DE MURGUÍA
Mucho hace ya que, gracias á atenta deferencia de su autora, ocupa este libro un puesto en mi modesta biblioteca; pero ocupaciones imprescindibles que me llevaron muy lejos del campo de las letras; la escasez de tiempo consiguiente, y una cierta pereza para escribir de que me encuentro acometido, fueron causa de que este artículo salga un tanto trasnochado: sírvame esto de disculpa ante la dulce poetisa que me distingue con su consideración.
Que el artista que lo es de veras imprime á sus obras el indeleble sello de su personalidad, cosa es indudable; y á través de ellas ve, el que de esto entiende, el carácter, el genio, la persona, en fin, del que las crea. No otra cosa que este sello es lo que se llama la _manera_ del artista, modo de hacer que los mediocres y más ó menos vulgares toman de su maestro ó de su modelo favorito, pero que los grandes crean siempre, haciéndole original y propio. Y, como no puede ser menos, esta _manera_ ó esta _factura_, según ahora se dice, está íntimamente ligada con el modo de sentir, de pensar y de querer, y hasta con las condiciones exteriores de la vida del artista. Así se explica que muchos hayan tenido dos ó más _maneras_, en relación acaso con las distintas épocas de su vida, quién sabe si en consonancia con las revoluciones de su espíritu.
Cosa curiosa es, por cierto, cuando se estudian las obras de un artista renombrado, seguir paso á paso el desarrollo de su genio, verle nacer é iniciarse, quizá tímido é indeciso, en sus primeros destellos, crecer después en ulteriores ensayos, mostrarse más tarde en todo su esplendor y lozanía, y llegar, por fin, á su ocaso precedido ó no de desmayo y decadencia. Estudio interesante el que puede hacerse de este modo, asistiendo á todos los aciertos y á todas las debilidades, adivinando las vacilaciones, descubriendo los momentos de valor, y contemplando, en fin, la vida del genio escrita en sus obras con imborrables caracteres.
Y este estudio es más completo y profundo si, á la par que las obras, conocemos al autor y la historia de su vida; porque entonces de tal suerte nos parecen concordadas las unas y la otra; á tal punto hacemos llegar el lazo de unión que las estrecha, que nos parecen ellas la representación animada de la vida del artista. Y vemos en los tonos de luz las alegrías de su alma; las dudas de su espíritu abatido en los trazos más seguros y en los perfiles indecisos; las vicisitudes de su suerte en los vaivenes de su estilo; y las amarguras de su corazón en las tintas obscuras, en las sombras recargadas y en los manchones informes, rastros acaso de la huella de sus lágrimas.
No es posible desechar estas ideas al leer las poesías de Rosalía Castro; de tal manera se ven en ellas confirmadas. _Cantares gallegos_, _Follas novas_ y _En las orillas del Sar_, son los tres libros que señalan las etapas de su vida literaria. Destila el primero toda la fragancia y la frescura de los primeros años: vese á su través á la mujer joven y mimada de la fortuna, á quien su fantasía se complace en pintar un porvenir de rosas. Son aquellos _Cantares_ el primer gorjeo del ruiseñor que despierta para saludar á la aurora, el primer rayo que el sol envía á la tierra para acariciarla, el primer beso que la brisa deposita en el cáliz de la flor. Alegres como la inocencia y juguetones como la infancia, atraen y seducen como seduce y atrae lo más seductor que Dios crió en el universo: los ángeles y los niños.
El tiempo, que no sabe correr sin esparcir abrojos, hizo que á Rosalía le correspondiesen no pocos; y al publicar más tarde su libro _Follas novas_, aparece la que pudiera llamarse su segunda _manera_: á las poesías sueltas y bulliciosas como cascadas de notas, suceden las baladas melancólicas, en cuyo fondo se siente palpitar á veces la ironía intencionada, y aun el sarcasmo acerbo. Son también estas poesías más viriles y más sentidas: hay entre ellas prodigios de descripción y maravillas de sentimiento, cierta filosofía sutil en el fondo y dichosos atrevimientos de _factura_. Por aquel tiempo era también la época de esta clase de poesía. Bécquer, el inolvidable, el artista nunca bastante llorado, había dado ya la pauta del _idealismo racional_, y sus _rimas_ eran repetidas por todos los labios y repercutían en todos los corazones. Á este mismo género pertenecen la mayor parte de _Follas novas_.
Acaso no aparece tan marcada la distancia que de este libro separa al que ahora examinamos. Hay en aquél baladas que parecen como el atisbo de sentimientos que _En las orillas del Sar_ se desarrollan y medran desmesuradamente. Así y todo, hay entre ambos una diferencia radical. En _Follas novas_, en medio de la melancolía de que aparecen impregnadas, encuéntrase á menudo una nota festiva, último eco de pasadas alegrías, trazo final de juveniles desenfados. Aunque el dolor es lo que resalta en ellas, no es de ordinario el dolor amargo y sombrío, sino más bien el suave reflejo de una dulce tristeza. _En las orillas del Sar_, todo lo contrario: inútil es buscar allí ya nada plácido ni alegre. La amargura lo domina todo. Los versos de esta colección son hermosamente bellos, pero bellos como el arrullo de la tórtola, como la caída de la hoja, como la puesta del sol. Analicémoslos.
Lo primero que resalta en este libro es la forma peculiarísima en que está escrito. Á semejanza de esa música alemana que, quizá sobrado grande para caber en las estrecheces del pentagrama, amenaza á cada paso con destruir la armonía á fuerza de atrevimientos, así estos versos son, más que artificios literarios, quejas espontáneas de un alma dolorida; saltan por encima de todas las reglas y se forjan una medida y una rima que concuerde con la grandeza de su amargura. Ni las _Rimas_ de Bécquer, ni el _Intermezzo_ de Heine, le ganan en soltura y libertad, siquiera sean éstos á los que mejor pueden compararse. En efecto; Rosalía es, como ellos, poeta propiamente _subjetivo_, que no necesita para cantar inspirarse en el mundo exterior, sino que le basta recogerse y contemplar el mundo de su alma. Por esa razón, ellos y ella son al presente, según yo entiendo, la genuina expresión de la verdadera poesía lírica.
Y ya que hice mención de los poetas alemanes, he de añadir que encuentro grandes afinidades entre ellos y la poetisa gallega. Unos y otra son, ante todo, poetas de su país, cuyo ambiente, por decirlo así, respiran sus versos; la tristeza y la amargura son las notas dominantes, tanto en las canciones gallegas como en las _lieder_ germánicas, y unas y otras son producciones subjetivas y líricas. ¿Qué más? Cualquiera que haya leído un poco los poetas alemanes y lea los versos de Rosalía, notará que en ambos palpita vivo y lozano un sentimiento generoso que domina á todos los demás: el amor á su patria. ¿Quién al leer aquellas sentidísimas estrofas que comienzan
¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella,
no recuerda la _Lied vom Rhein_, de Matzerath, cuando dice:
Mein Heimatland, o du herrlicher Rhein!
Acaso en estas semejanzas, y más que nada en la forma especial que revisten los versos de este libro, encuentren algunos algo que censurar. Por mi parte confieso que, acostumbrado como estaba, y como están casi todos los españoles, á considerar los versos _como música_, me costó algún trabajo el aprender á estudiarlos _como escultura_. Encariñado el oído con la ingénita cadencia que nuestra lengua, armoniosa sobre todas (aunque alguien se escandalice al leerlo), imprime á la poesía, á duras penas se resigna á prescindir de cesuras y asonancias; conseguido esto, sin embargo, encuéntrase luego solaz y encanto en esos que antes parecían inarmónicos acordes.