Part 7
Por lo que toca al Corregidor, dicho se está que había guardado silencio durante aquel episodio.--El rugido de la señá Frasquita y su aparición en la escena no habían podido menos de sobresaltarlo.--¡Aquella mujer le causaba ya más terror que la suya propia!
--Conque vamos, tío Lucas... (prosiguió Doña Mercedes, dirigiéndose a su marido). Ahí tiene V. a la señá Frasquita.... ¡Puede V. volver a formular su demanda! ¡Puede V. preguntarle aquello de su honra!
--Mercedes, ¡por los clavos de Cristo! (gritó el Corregidor). ¡Mira que tú no sabes de lo que soy capaz! ¡Nuevamente te conjuro a que dejes la broma y me digas todo lo que ha pasado aquí durante mi ausencia!--¿Dónde está ese hombre?
--¿Quién? ¿Mi marido?... Mi marido se está levantando, y ya no puede tardar en venir.
--¡Levantándose!--bramó D. Eugenio.
--¿Se asombra V.? ¿Pues dónde quería V. que estuviese a estas horas un hombre de bien, sino en su casa, en su cama, y durmiendo con su legítima consorte, como manda Dios?
--¡Merceditas! ¡Ve lo que te dices! ¡Repara en que nos están oyendo! ¡Repara en que soy el Corregidor!...
--¡A mí no me dé V. voces, tío Lucas, o mandaré a los alguaciles que lo lleven a la cárcel!--replicó la Corregidora, poniéndose de pie.
--¡Yo a la cárcel! ¡Yo! ¡El Corregidor de la Ciudad!
--El Corregidor de la Ciudad, el representante de la Justicia, el apoderado del Rey (repuso la gran señora con una severidad y una energía que ahogaron la voz del fingido Molinero), llegó a su casa a la hora debida, a descansar de las nobles tareas de su oficio, para seguir mañana amparando la honra y la vida de los ciudadanos, la santidad del hogar y el recato de las mujeres, impidiendo de este modo que nadie pueda entrar, disfrazado de Corregidor ni de ninguna otra cosa, en la alcoba de la mujer ajena; que nadie pueda sorprender a la virtud en su descuidado reposo; que nadie pueda abusar de su casto sueño....
--¡Merceditas! ¿Qué es lo que profieres? (silbó el Corregidor con labios y encías). ¡Si es verdad que ha pasado eso en mi casa, diré que eres una pícara, una pérfida, una licenciosa!
--¿Con quién habla este hombre? (prorrumpió la Corregidora desdeñosamente, y paseando la vista por todos los circunstantes). ¿Quién es este loco? ¿Quién es este ebrio?... ¡Ni siquiera puedo ya creer que sea un honrado molinero como el tío Lucas, a pesar de que viste su traje de villano!--Sr. Juan López, créame V. (continuó, encarándose con el Alcalde de monterilla, que estaba aterrado): mi marido, el Corregidor de la Ciudad, llegó a esta su casa hace dos horas, con su sombrero de tres picos, su capa de grana, su espadín de caballero y su bastón de autoridad.... Los criados y alguaciles que me escuchan se levantaron, y lo saludaron al verlo pasar por el portal, por la escalera, y por el recibimiento. Cerráronse en seguida todas las puertas, y desde entonces no ha penetrado nadie en mi hogar hasta que llegaron Vds.--¿Es esto cierto?--Responded vosotros....
--¡Es verdad! ¡Es muy verdad!--contestaron la nodriza, los domésticos y los ministriles; todos los cuales, agrupados a la puerta del salón, presenciaban aquella singular escena.
--¡Fuera de aquí todo el mundo! (gritó D. Eugenio, echando espumarajos de rabia).--¡Garduña! ¡Garduña! ¡Ven y prende a estos viles que me están faltando al respeto! ¡Todos a la cárcel! ¡Todos a la horca!
Garduña no parecía por ningún lado.
--Además, señor... (continuó Doña Mercedes, cambiando de tono y dignándose ya mirar a su marido y tratarle como a tal, temerosa de que las chanzas llegaran a irremediables extremos). Supongamos que V. es mi esposo.... Supongamos que V. es D. Eugenio de Zúñiga y Ponce de León....
--¡Lo soy!
--Supongamos, además, que me cupiese alguna culpa en haber tomado por V. al hombre que penetró en mi alcoba vestido de Corregidor....
--¡Infames!--gritó el viejo, echando mano a la espada, y encontrándose sólo con el sitio o sea con la faja de molinero murciano.
La navarra se tapó el rostro con un lado de la mantilla para ocultar las llamaradas de sus celos.
--Supongamos todo lo que V. quiera... (continuó Doña Mercedes con una impasibilidad inexplicable). Pero dígame V. ahora, señor mío: ¿Tendría derecho a quejarse? ¿Podría V. acusarme como fiscal? ¿Podría V. sentenciarme como juez? ¿Viene V. acaso del sermón? ¿Viene V. de confesar? ¿Viene V. de oír misa? ¿O de dónde viene V. con ese traje? ¿De dónde viene V. con esa señora? ¿Dónde ha pasado V. la mitad de la noche?
--Con permiso...--exclamó la señá Frasquita, poniéndose de pie como empujada por un resorte, y atravesándose arrogantemente entre la Corregidora y su marido.
Éste, que iba a hablar, se quedó con la boca abierta al ver que la navarra entraba en fuego.
Pero Doña Mercedes se anticipó, y dijo:
--Señora, no se fatigue V. en darme a mí explicaciones... ¡Yo no se las pido a V., ni mucho menos!--Allí viene quien puede pedírselas a justo título... ¡Entiéndase V. con él!
Al mismo tiempo se abrió la puerta de un gabinete, y apareció en ella el tío Lucas, vestido de Corregidor de pies a cabeza, y con bastón, guantes y espadín, como si se presentase en las Salas de Cabildo.
XXXII
LA FE MUEVE LAS MONTAÑAS
TENGAN Vds. muy buenas noches,--pronunció el recién llegado, quitándose el sombrero de tres picos, y hablando con la boca sumida, como solía D. Eugenio de Zúñiga.
En seguida se adelantó por el salón, balanceándose en todos sentidos, y fue a besar la mano de la Corregidora.
Todos se quedaron estupefactos.--El parecido del tío Lucas con el verdadero Corregidor era maravilloso.
Así es que la servidumbre, y hasta el mismo Sr. Juan López, no pudieron contener una carcajada.
D. Eugenio sintió aquel nuevo agravio, y se lanzó sobre el tío Lucas como un basilisco.
Pero la señá Frasquita metió el montante, apartando al Corregidor con el brazo de marras, y Su Señoría, en evitación de otra voltereta y del consiguiente ludibrio, se dejó atropellar sin decir oxte ni moxte.--Estaba visto que aquella mujer había nacido para domadora del pobre viejo.
El tío Lucas se puso más pálido que la muerte al ver que su mujer se le acercaba; pero luego se dominó, y, con una risa tan horrible que tuvo que llevarse la mano al corazón para que no se le hiciese pedazos, dijo, remedando siempre al Corregidor:
--¡Dios te guarde, Frasquita! ¿Le has enviado ya a tu sobrino el nombramiento?
¡Hubo que ver entonces a la navarra!--Tirose la mantilla atrás, levantó la frente con soberanía de leona, y, clavando en el falso Corregidor dos ojos como dos puñales:
--¡Te desprecio, Lucas!--le dijo en mitad de la cara.
Todos creyeron que le había escupido.
¡Tal gesto, tal ademán y tal tono de voz acentuaron aquella frase!
El rostro del Molinero se transfiguró al oír la voz de su mujer. Una especie de inspiración, semejante a la de la fe religiosa, había penetrado en su alma, inundándola de luz y de alegría... Así es que, olvidándose por un momento de cuanto había visto y creído ver en el molino, exclamó, con las lágrimas en los ojos y la sinceridad en los labios:
--¿Conque tú eres mi Frasquita?
--¡No! (respondió la navarra fuera de sí). ¡Yo no soy ya tu Frasquita!--Yo soy... ¡Pregúntaselo a tus hazañas de esta noche, y ellas te dirán lo que has hecho del corazón que tanto te quería!...
Y se echó a llorar, como una montaña de hielo que se hunde y principia a derretirse.
La Corregidora se adelantó hacia ella sin poder contenerse, y la estrechó en sus brazos con el mayor cariño.
La señá Frasquita se puso entonces a besarla, sin saber tampoco lo que se hacía, diciéndole entre sus sollozos, como una niña que busca amparo en su madre:
--¡Señora, señora! ¡Qué desgraciada soy!
--¡No tanto como V. se figura!--contestábale la Corregidora, llorando también generosamente.
--¡Yo sí que soy desgraciado!--gemía al mismo tiempo el tío Lucas, andando a puñetazos con sus lágrimas, como avergonzado de verterlas.
--Pues ¿y yo? (prorrumpió al fin Don Eugenio, sintiéndose ablandado por el contagioso lloro de los demás, o esperando salvarse también por la vía húmeda; quiero decir, por la vía del llanto).--¡Ah, yo soy un pícaro! ¡un monstruo! ¡un calavera deshecho, que ha llevado su merecido!
Y rompió a berrear tristemente, abrazado a la barriga del Sr. Juan López.
Y éste y los criados lloraban de igual manera, y todo parecía concluido, y, sin embargo, nadie se había explicado.
XXXIII
PUES ¿Y TÚ?
EL tío Lucas fue el primero que salió a flote en aquel mar de lágrimas.
Era que empezaba a acordarse otra vez de lo que había visto por el ojo de la llave.
--¡Señores, vamos a cuentas!... dijo de pronto.
--No hay cuentas que valgan, tío Lucas... (exclamó la Corregidora).--¡Su mujer de V. es una bendita!
--Bien..., sí..; pero...
--¡Nada de pero!... Déjela V. hablar, y verá cómo se justifica.--Desde que la vi, me dio el corazón que era una santa, a pesar de todo lo que V. me había contado...
--¡Bueno; que hable!...--dijo el tío Lucas.
--¡Yo no hablo! (contestó la Molinera). ¡El que tiene que hablar eres tú!... Porque la verdad es que tú...
Y la señá Frasquita no dijo más, por impedírselo el invencible respeto que le inspiraba la Corregidora.
--Pues ¿y tú?--respondió el tío Lucas, perdiendo de nuevo toda fe.
--Ahora no se trata de ella... (gritó el Corregidor, tornando también a sus celos). ¡Se trata de V. y de esta señora!--¡Ah, Merceditas!... ¿Quién había de decirme que tú?...
--Pues ¿y tú?--repuso la Corregidora midiéndolo con la vista.
Y durante algunos momentos, los dos matrimonios repitieron cien veces las mismas frases:
--¿Y tú?
--Pues ¿y tú?
--¡Vaya que tú!
--¡No que tú!
--Pero ¿cómo has podido tú?...
Etc., etc., etc.
La cosa hubiera sido interminable, si la Corregidora, revistiéndose de dignidad, no dijese por último a D. Eugenio:
--¡Mira, cállate tú ahora! Nuestra cuestión particular la ventilaremos más adelante. Lo que urge en este momento es devolver la paz al corazón del tío Lucas: cosa muy fácil, a mi juicio; pues allí distingo al Sr. Juan López y a Toñuelo, que están saltando por justificar a la señá Frasquita.
--¡Yo no necesito que me justifiquen los hombres! (respondió ésta).--Tengo dos testigos de mayor crédito, a quienes no se dirá que he seducido ni sobornado...
--Y ¿dónde están?--preguntó el Molinero.
--Están abajo, en la puerta...
--Pues diles que suban, con permiso de esta señora.
--Las pobres no podrían subir...
--¡Ah! ¡Son dos mujeres!... ¡Vaya un testimonio fidedigno!
--Tampoco son dos mujeres. Sólo son dos hembras...
--¡Peor que peor! ¡Serán dos niñas!... Hazme el favor de decirme sus nombres.
--La una se llama _Piñona_ y la otra _Liviana_.
--¡Nuestras dos burras!--Frasquita: ¿te estás riendo de mí?
--No: que estoy hablando muy formal. Yo puedo probarte, con el testimonio de nuestras burras, que no me hallaba en el molino cuando tú viste en él al señor Corregidor.
--¡Por Dios te pido que te expliques!...
--¡Oye, Lucas!..., y muérete de vergüenza por haber dudado de mi honradez. Mientras tú ibas esta noche desde el Lugar a nuestra casa, yo me dirigía desde nuestra casa al Lugar, y, por consiguiente, nos cruzamos en el camino. Pero tú marchabas fuera de él, o, por mejor decir, te habías detenido a echar unas yescas en medio de un sembrado...
--¡Es verdad que me detuve!...--Continúa.
--En esto rebuznó tu borrica...
--¡Justamente!--¡Ah, qué feliz soy!... ¡Habla, habla; que cada palabra tuya me devuelve un año de vida!
--Y a aquel rebuzno le contestó otro en el camino...
--¡Oh! sí... sí...--¡Bendita seas! ¡Me parece estarlo oyendo!
--Eran Liviana y Piñona, que se habían reconocido y se saludaban como buenas amigas, mientras que nosotros dos ni nos saludamos ni nos reconocimos...
--¡No me digas más!... ¡No me digas más!...
--Tan no nos reconocimos (continuó la señá Frasquita), que los dos nos asustamos y salimos huyendo en direcciones contrarias...--¡Conque ya ves que yo no estaba en el molino!--Si quieres saber ahora por qué encontraste al señor Corregidor en nuestra cama, tienta esas ropas que llevas puestas, y que todavía estarán húmedas, y te lo dirán mejor que yo.--¡Su Señoría se cayó en el caz del molino, y Garduña lo desnudó y lo acostó allí!--Si quieres saber por qué abrí la puerta..., fue porque creí que eras tú el que se ahogaba y me llamaba a gritos. Y, en fin, si quieres saber lo del nombramiento...--Pero no tengo más que decir por la presente. Cuando estemos solos, te enteraré de ese y otros particulares... que no debo referir delante de esta señora.
--¡Todo lo que ha dicho la señá Frasquita es la pura verdad!--gritó el señor Juan López, deseando congraciarse con Doña Mercedes, visto que ella imperaba en el Corregimiento.
--¡Todo! ¡Todo!--añadió Toñuelo, siguiendo la corriente de su amo.
--¡Hasta ahora..., todo!--agregó el Corregidor, muy complacido de que las explicaciones de la navarra no hubieran ido más lejos...
--¡Conque eres inocente! (exclamaba en tanto el tío Lucas, rindiéndose a la evidencia).--¡Frasquita mía, Frasquita de mi alma! ¡Perdóname la injusticia, y deja que te dé un abrazo!...
--Esa es harina de otro costal... (contestó la Molinera, hurtando el cuerpo).--Antes de abrazarte, necesito oír tus explicaciones...
--Yo las daré por él y por mí...--dijo Doña Mercedes.
--¡Hace una hora que las estoy esperando!--profirió el Corregidor, tratando de erguirse.
--Pero no las daré (continuó la Corregidora, volviendo la espalda desdeñosamente a su marido) hasta que estos señores hayan descambiado vestimentas...; y, aun entonces, se las daré tan sólo a quien merezca oírlas.
--Vamos... Vamos a descambiar... (díjole el murciano a D. Eugenio, alegrándose mucho de no haberlo asesinado, pero mirándolo todavía con un odio verdaderamente morisco).--¡El traje de Vuestra Señoría me ahoga! ¡He sido muy desgraciado mientras lo he tenido puesto!...
--¡Porque no lo entiendes! (respondiole el Corregidor). ¡Yo estoy, en cambio, deseando ponérmelo, para ahorcarte a ti y a medio mundo, si no me satisfacen las exculpaciones de mi mujer!
La Corregidora, que oyó esta palabras, tranquilizó a la reunión con una suave sonrisa, propia de aquellos afanados ángeles cuyo ministerio es guardar a los hombres.
XXXIV
TAMBIÉN LA CORREGIDORA ES GUAPA
SALIDO que hubieron de la sala el Corregidor y el tío Lucas, sentose de nuevo la Corregidora en el sofá; colocó a su lado a la señá Frasquita, y, dirigiéndose a los domésticos y ministriles que obstruían la puerta, les dijo con afable sencillez:
--¡Vaya, muchachos!... Contad ahora vosotros a esta excelente mujer todo lo malo que sepáis de mí.
Avanzó el cuarto estado, y diez voces quisieron hablar a un mismo tiempo; pero el ama de leche, como la persona que más alas tenía en la casa, impuso silencio a los demás, y dijo de esta manera:
--Ha de saber V., señá Frasquita, que estábamos yo y mi Señora esta noche al cuidado de los niños, esperando a ver si venía el amo y rezando el tercer Rosario para hacer tiempo (pues la razón traída por Garduña había sido que andaba el señor Corregidor detrás de unos facinerosos muy terribles, y no era cosa de acostarse hasta verlo entrar sin novedad), cuando sentimos ruido de gente en la alcoba inmediata, que es donde mis señores tienen su cama de matrimonio. Cogimos la luz, muertas de miedo, y fuimos a ver quién andaba en la alcoba, cuando ¡ay, Virgen del Carmen! al entrar, vimos que un hombre, vestido como mi señor, pero que no era él (¡como que era su marido de V.!), trataba de esconderse debajo de la cama.--«_¡Ladrones!_» principiamos a gritar desaforadamente, y un momento después la habitación estaba llena de gente, y los alguaciles sacaban arrastrando de su escondite al fingido Corregidor.--Mi Señora, que, como todos, había reconocido al tío Lucas, y que lo vio con aquel traje, temió que hubiese matado al amo, y empezó a dar unos lamentos que partían las piedras...--«_¡A la cárcel! ¡A la cárcel!_» decíamos entre tanto los demás.--_«¡Ladrón! ¡Asesino!_» era la mejor palabra que oía el tío Lucas; y así es que estaba como un difunto, arrimado a la pared, sin decir esta boca es mía.--Pero, viendo luego que se lo llevaban a la cárcel, dijo... lo que voy a repetir, aunque verdaderamente mejor sería para callado:--«Señora, yo no soy ladrón ni asesino: el ladrón y el asesino... de mi honra está en mi casa, acostado con mi mujer.»
--¡Pobre Lucas!--suspiró la señá Frasquita.
--¡Pobre de mí!--murmuró la Corregidora tranquilamente.
--Eso dijimos todos... «¡Pobre tío Lucas y pobre Señora!»--Porque... la verdad, señá Frasquita, ya teníamos idea de que mi señor había puesto los ojos en V..., y, aunque nadie se figuraba que V....
--¡Ama! (exclamó severamente la Corregidora). ¡No siga V. por ese camino!...
--Continuaré yo por el otro... (dijo un alguacil, aprovechando aquella coyuntura para apoderarse de la palabra).--El tío Lucas (que nos engañó de lo lindo con su traje y su manera de andar cuando entró en la casa; tanto que todos lo tomamos por el señor Corregidor), no había venido con muy buenas intenciones que digamos, y si la Señora no hubiera estado levantada..., figúrese V. lo que habría sucedido...
--¡Vamos! ¡Cállate tú también! (interrumpió la cocinera).--¡No estás diciendo más que tonterías!--Pues, sí, señá Frasquita: el tío Lucas, para explicar su presencia en la alcoba de mi ama, tuvo que confesar las intenciones que traía... ¡Por cierto que la Señora no se pudo contener al oírlo, y le arrimó una bofetada en medio de la boca, que le dejó la mitad de las palabras dentro del cuerpo!--Yo misma lo llené de insultos y denuestos, y quise sacarle los ojos... Porque ya conoce V., señá Frasquita, que, aunque sea su marido de V., eso de venir con sus manos lavadas...
--¡Eres una bachillera! (gritó el portero, poniéndose delante de la oradora).--¿Qué más hubieras querido tú?...--En fin, señá Frasquita; óigame V. a mí, y vamos al asunto.--La Señora hizo y dijo lo que debía...; pero luego, calmado ya su enojo, compadeciose del tío Lucas y paró mientes en el mal proceder del señor Corregidor, viniendo a pronunciar estas o parecidas palabras:--«Por infame que haya sido su pensamiento de V., tío Lucas, y aunque nunca podré perdonar tanta insolencia, es menester que su mujer de V. y mi esposo crean durante algunas horas que han sido cogidos en sus propias redes, y que V., auxiliado por ese disfraz, les ha devuelto afrenta por afrenta. ¡Ninguna venganza mejor podemos tomar de ellos que este engaño, tan fácil de desvanecer cuando nos acomode!»--Adoptada tan graciosa resolución, la Señora y el tío Lucas nos aleccionaron a todos de lo que teníamos que hacer y decir cuando volviese Su Señoría; y por cierto que yo le he pegado a Sebastián Garduña tal palo en la rabadilla, que creo no se le olvidará en mucho tiempo la noche de San Simón y San Judas!...
Cuando el portero dejó de hablar, ya hacía rato que la Corregidora y la Molinera cuchicheaban al oído, abrazándose y besándose a cada momento, y no pudiendo en ocasiones contener la risa.
¡Lástima que no se oyera lo que hablaban!...--Pero el lector se lo figurará sin gran esfuerzo: y, si no el lector, la lectora.
XXXV
DECRETO IMPERIAL
REGRESARON en esto a la sala el Corregidor y el tío Lucas, vestido cada cual con su propia ropa.
--¡Ahora me toca a mí!--entró diciendo el insigne D. Eugenio de Zúñiga.
Y, después de dar en el suelo un par de bastonazos como para recobrar su energía (a guisa de Anteo oficial, que no se sentía fuerte hasta que su caña de Indias tocaba en la tierra), díjole a la Corregidora con un énfasis y una frescura indescriptibles:
--¡Merceditas..., estoy esperando tus explicaciones!...
Entretanto, la Molinera se había levantado y le tiraba al tío Lucas un pellizco de paz, que le hizo ver estrellas, mirándolo al mismo tiempo con desenojados y hechiceros ojos.
El Corregidor, que observara aquella pantomima, quedose hecho una pieza, sin acertar a explicarse una reconciliación tan _inmotivada_.
Dirigiose, pues, de nuevo a su mujer, y le dijo, hecho un vinagre:
--¡Señora! ¡Todos se entienden menos nosotros! Sáqueme V. de dudas... ¡Se lo mando como marido y como Corregidor!
Y dio otro bastonazo en el suelo.
--¿Conque se marcha V.? (exclamó Doña Mercedes, acercándose a la señá Frasquita y sin hacer caso de D. Eugenio).--Pues vaya V. descuidada, que este escándalo no tendrá ningunas consecuencias.--¡Rosa!: alumbra a estos señores, que dicen que se marchan...--Vaya V. con Dios, tío Lucas.
--¡Oh... no! (gritó el de Zúñiga, interponiéndose). ¡Lo que es el tío Lucas no se marcha! ¡El tío Lucas queda arrestado hasta que sepa yo toda la verdad!--¡Hola, alguaciles! ¡Favor al Rey!...
Ni un solo ministro obedeció a D. Eugenio.--Todos miraban a la Corregidora.
--¡A ver, hombre! ¡Deja el paso libre!--añadió ésta, pasando casi sobre su marido, y despidiendo a todo el mundo con la mayor finura; es decir, con la cabeza ladeada, cogiéndose la falda con la punta de los dedos, y agachándose graciosamente, hasta completar la reverencia que a la sazón estaba de moda, y que se llamaba _la pompa_.
--Pero yo... Pero tú... Pero nosotros... Pero aquellos...--seguía mascujando el vejete, tirándole a su mujer del vestido y perturbando sus cortesías mejor iniciadas.
¡Inútil afán! ¡Nadie hacía caso de Su Señoría!
Marchado que se hubieron todos, y solos ya en el salón los desavenidos cónyuges, la Corregidora se dignó al fin decirle a su esposo, con el acento que hubiera empleado una Czarina de todas las Rusias para fulminar sobre un Ministro caído la orden de perpetuo destierro a la Siberia:
--Mil años que vivas, ignorarás lo que ha pasado esta noche en mi alcoba... Si hubieras estado en ella, como era regular, no tendrías necesidad de preguntárselo a nadie.--Por lo que a mí toca, no hay ya, ni habrá jamás, razón ninguna que me obligue a satisfacerte; pues te desprecio de tal modo, que si no fueras el padre de mis hijos, te arrojaría ahora mismo por ese balcón, como te arrojo para siempre de mi dormitorio.--Conque, buenas noches, caballero.
Pronunciadas estas palabras, que Don Eugenio oyó sin pestañear (pues lo que es a solas no se atrevía con su mujer), la Corregidora penetró en el gabinete, y del gabinete pasó a la alcoba, cerrando las puertas detrás de sí; y el pobre hombre se quedó plantado en medio de la sala, murmurando entre encías (que no entre dientes) y con un cinismo de que no habrá habido otro ejemplo:
--¡Pues, señor, no esperaba yo escapar tan bien!...--¡Garduña me buscará otra!
XXXVI
CONCLUSIÓN, MORALEJA Y EPÍLOGO
PIABAN los pajarillos saludando el alba, cuando el tío Lucas y la señá Frasquita salían de la Ciudad con dirección a su molino.
Los esposos iban a pie, y delante de ellos caminaban apareadas las dos burras.
--El domingo tienes que ir a confesar (le decía la Molinera a su marido); pues necesitas limpiarte de todos tus malos juicios y criminales propósitos de esta noche...
--Has pensado muy bien... (contestó el Molinero). Pero tú, entretanto, vas a hacerme otro favor, y es dar a los pobres los colchones y ropa de nuestra cama, y ponerla toda de nuevo.--¡Yo no me acuesto donde ha sudado aquel bicho venenoso!
--¡No me lo nombres, Lucas! (replicó la señá Frasquita).--Conque hablemos de otra cosa. Quisiera merecerte un segundo favor...
--Pide por esa boca...
--El verano que viene vas a llevarme a tomar los baños del Solán de Cabras.
--¿Para qué?
--Para ver si tenemos hijos.
--¡Felicísima idea!--Te llevaré, si Dios nos da vida.
Y con esto llegaron al molino, a punto que el sol, sin haber salido todavía, doraba ya las cúspides de las montañas.
* * * * *
A la tarde, con gran sorpresa de los esposos, que no esperaban nuevas visitas de altos personajes después de un escándalo como el de la precedente noche, concurrió al molino más señorío que nunca. El venerable Prelado, muchos Canónigos, el Jurisconsulto, dos Priores de frailes y otras varias personas (que luego se supo habían sido convocadas allí por Su Señoría Ilustrísima) ocuparon materialmente la plazoletilla del emparrado.