Part 6
--Tiene usted un hijo de mucho provecho, don Lino. Bien que, siendo republicano, no hay para qué añadir que es un joven excelente.
D. Lino tosió otras tres veces y dejó trascurrir bastante espacio entre la tos y el discurso.
--¿Qué se os alcanza á vosotros todavía sobre los altos asuntos de la política? Como sois unos muchachos (Paco tenía treinta años), camináis desenfrenados persiguiendo un ideal de todo punto imposible. (D. Lino vuelve á toser y prosigue su oración firme y pausadamente, como hombre que posee una renta de cinco mil duros en bienes raíces.)--¿Nunca observasteis cómo el hombre que corre mucho para llegar á un punto á menudo cae y se inutiliza y no consigue jamás su propósito? ¿Y cómo el que á su lado camina lenta pero seguramente suele dar cima á su empresa y logra ver colmados sus deseos?...
--Pero, D. Lino, ese argumento no tiene fuerza, porque...
--Espera, hombre, espera; déjame terminar; los jóvenes sois muy precipitados. (Nueva y prolongada pausa.) Pues de la misma suerte que entre estos dos caminantes el segundo es el juicioso y el primero el insensato, y el uno consigue su intento, mientras el otro derrocha estérilmente sus fuerzas y las consume, así en el gobierno de las naciones...
Enredóse una discusión política que se prolongó bastante tiempo. Repitiéronse hasta la saciedad todos los lugares comunes que á la sazón llenaban las columnas de los periódicos.
Si á D. Lino le faltase este cachito de discusión que por su edad y prestigio venía siempre á reducirse á un monólogo conservador, no tendría ganas de cenar al irse á casa. Paco Ruiz le respetaba mucho más de lo que podía esperarse de su carácter díscolo y desvergonzado, lo cual no sabemos si procedía de la amistad que le unía á su hijo Homobono ó de otra mayor razón.
Durante la discusión de Paco y D. Lino, fueron entrando en la tienda y sentándose en los bancos forrados de gutapercha algunas figuras silenciosas, que resultaron ser las del juez, don Ignacio Valcárcel, el promotor, el médico y otros dos caballeros.
Callaron buen rato y atendieron á las razones que ambos contendientes se arrojaban al rostro; pero observando su escasa ó ninguna novedad, se pusieron á hablar entre sí. D. Ignacio fué el primero que se volvió hacia sus compañeros entablando conversación.
No le gustaba escuchar, según decía, sino cuando le enseñaban algo. Por eso él, siempre que hablaba vertía raudales de ciencia enseñando á sus oyentes á qué hora se había levantado, si el chocolate le había producido algún ardor en el estómago, cuál era su paseo favorito, si las últimas botas que le hicieron habían resultado buenas, en qué postura dormía más á su gusto, etc., etc. Estos conocimientos no salían de la esfera de su personalidad. Si D. Ignacio fuera un poeta inspirado ó un gran filósofo ó un estadista notable, tendrían, á no dudarlo, bastante importancia, sobre todo cuando se tratase de escribir su biografía; pero, desgraciadamente, no sentía ninguna afición á las musas, odiaba á los filósofos, y en cuanto á la política, quedaba reducida su actividad á leer _El Tiempo_, por lo cual no diremos más de su carácter ni de la influencia que ha ejercido sobre su siglo.
Un grupo de mujeres, abrigadas con mantones grises y envuelta la cabeza en sereneros de estambre de varios colores entró en la tienda, animándola repentinamente con una ráfaga de saludos y movimientos desordenados. D.ª Feliciana y Carmen se levantaron y salieron á recibirlas. Hubo por breve rato besos sonoros en las mejillas, risas descompasadas y preguntas sin fin. Todas aquellas señoras querían hablar á un tiempo, todas tenían en su cabeza un mundo de pensamientos referentes á si habían salido ó no de casa el día anterior, á si habían traído el calzado fuerte por causa de la humedad, á si habían cenado primero que otras noches ó si estaban acatarradas ó no habían tenido humor para peinarse, etc., etc., que necesitaban echar fuera cuanto más antes y sin darse punto de descanso. Ya un tanto sosegadas, D.ª Feliciana propuso que se pasara á la trastienda, y allá se fueron las hembras acompañadas de Paco Ruiz, el promotor y Octavio. Los caballeros quedáronse en sus puestos. Y es fama que en toda la noche el infeliz D. Ignacio no pudo aprender nada, gracias á la prodigiosa facundia de D. Lino.
Una vez en la trastienda, que era una sala cuadrada bastante sucia, vestida de estantería de madera llena de piezas de paño y sembrada, sobre todo hacia los rincones, de multitud de objetos polvorientos y enmohecidos, las señoras se despojaron de sus abrigos. En el centro había una gran mesa cubierta con tapete azul, y colgando sobre ella una lámpara idéntica á la de la tienda. Sentáronse todos con gran algazara moviendo las sillas mucho más de lo necesario. Octavio se sentó al lado de Carmen, sin que nadie se acordase de disputarle el sitio, antes por el contrario, se observó por varias de las señoras que D.ª Feliciana, distraídamente sin duda, soltó velozmente la silla que tenía cogida al lado de la de su hija cuando nuestro joven se acercó á ella.
--Venga esa bolsa, Carmelita--dijo Paco, que andaba dando vueltas alrededor de la mesa, metiendo la cabeza entre las señoras, hablando y riendo con todas;--¿dónde la ha puesto usted?
--Ahí, en el segundo estante, á la izquierda... cójala usted.
--Señoras, yo llevo la voz cantante esta noche. Les participo que he tomado antes de venir dos huevos crudos. Ninguna de ustedes está en situación de hacerme la competencia. Daré el do de pecho y haré algunas _fermatas_ de última novedad.
Sacó de la enorme bolsa de percal un enjambre de cartones de lotería y los dejó sobre la mesa. Las señoras se apresuraron á tomarlos y ponerlos delante de sí, uniéndolos simétricamente. Después sacó un plato de metal que quedó fijo en el centro.
--Vamos, señoras, dinero al plato--dijo doña Feliciana.
Los tertulios fueron sacando de sus faltriqueras un crecido número de monedas de cobre y otro mucho más escaso de plata.
--Yo no tomo hoy más que un cartón--dijo una señora que tenía cara de lagartija.--El domingo perdí seis reales... Ahí va un perro chico.
--Doña Demetria--apuntó Paco,--es usted muy desgraciada en el juego. Debe usted ser dichosa en amores.
--Sí lo he sido, porque nunca tuve un novio tan insignificante como usted.
--Por más que usted piense otra cosa, doña Demetria, sigo creyendo que usted y yo haríamos una pareja muy linda... Ya sabe usted que en cuanto esos labios de coral pronuncien el ansiado sí, encargo el _trousseau_ á Madrid... ¿Le gustan las camisas abiertas, D.ª Demetria?
--Vaya, vaya, callen los novios y empiece ya á cantar--manifestó D.ª Feliciana.
--Vamos allá.
Paco empezó á remover con mucha prisa y donaire la bolsa. Las bolas de madera de boj que había dentro produjeron un ruido desagradable.
Octavio acercó la boca al oído de Carmen y le dijo suavemente en voz muy baja:
--¿Te has acordado de mí hoy?
La niña sonrió y siguió mirando para los cartones que tenía delante.
¡Hola, hola! ¿Pero el señorito Octavio es novio de la niña de D. Marcelino? ¡Quién lo hubiera pensado hace pocas horas al verle tan rendido y melifluo al lado de la condesa de Trevia! Y no es un novio cualquiera, según todas las señales, sino un novio consentido y aceptado por los padres; un novio oficial. ¡Qué bien se conoce que D. Baltasar Rodríguez ganó mucho dinero á la abogacía y aún más con algunos negocios de minas en que estaba metido! D. Marcelino poseía un buen capital, pero tenía varios hijos, mientras D. Baltasar acumulaba riquezas para uno solo. He aquí el secreto de que nuestro señorito se hallase sentado tan á sus anchas al lado de la hermosa Carmen.
--Esta noche he soñado--continuó Octavio en voz apenas perceptible--que te habías muerto. Estabas tendida sobre un lecho de hojas de laurel y sándalo y tenías ceñida la frente por una corona de azahar. Tu madre me llevó de la mano adonde yacías y me dijo: «Mira qué hermosa está; ¡si parece que está dormida!» Yo me incliné sobre ti y te contemplé algún tiempo y se me saltaron las lágrimas. Mis lágrimas cayeron sobre tu rostro y levantaste la cabeza con un movimiento rápido, «¡Está viva, está viva!» gritó tu madre...
--¡Sabes que sueñas unas cosas divertidas! Habrías cenado fuerte.
--Entonces yo me incliné aún más, mucho más, metí las manos suavemente por debajo de tu cabeza y la aproximé mucho, muchísimo á la mía. Después hice una cosa que quisiera estar haciendo á todas horas...
--¡Qué tonto eres!--dijo la niña ruborizándose.
--El once; el cuarenta y tres; el setenta pelado, y revuelvo--gritó Paco.
Mientras agitaba las bolas, todas las miradas se posaron en los dos amantes, que instantáneamente dejaron de conversar. Paco volvió á sacar y á gritar los números.
--¿Me quieres mucho?
--¿No te lo he dicho bastantes veces? Ya debías estar cansado de saberlo.
--Díme, cuando te despiertas por la noche, ¿en qué piensas?
--Yo nunca despierto por la noche, querido. En cuanto apago la luz quedo como un leño, y si alguna vez, por casualidad, despierto, al día siguiente no me acuerdo de lo que estuve pensando. Ya sabes que no soy tan poética como tú... Apunta ese diez y siete que acaba de salir... Creo que para querer bien no es necesario tener esas ideas románticas.
--Pues yo creo que sí.
--Pues yo creo que no.
--Vaya, no riñamos y mírame un poco. Tú no sabes las cosas que yo veo al través de tus pupilas azules. Lo más hermoso que existe en la creación es azul: el cielo, el mar y tus ojos. ¿No has observado qué afición tengo al color azul desde que te quiero? Mira mi traje; mira mi corbata...
--El veintiocho; el tres; el cinco; el ochenta pelado, y revuelvo--gritó Paco.
--Ya tengo terno--dijo D.ª Feliciana.--Oiga, Paco; no ha contado usted á estas señoras la escena de la llegada de los condes. ¡Si vieran ustedes qué bien imita á Laura! Es morirse de risa. Vamos, Paco, describa usted la escena.
--Sí, sí, que la describa--dijeron todos.
--Ahora estamos jugando; más tarde--repuso Paco.
--No, no, ahora--clamaron todos.
El jugador se hizo todavía un poco de rogar; pero al fin, cediendo á las instancias reiteradas del concurso, dejó la bolsa sobre la mesa y dijo á D.ª Feliciana:
--Pues bien, ofrézcame usted las rosquillas. D.ª Feliciana se levantó con la sonrisa en los labios, tomó el plato de los cuartos y se fué hacia él en ademán humilde y presentándoselo. Entonces el jugador, con modales grotescos y atiplando la voz, comenzó á remedar á la condesa de Trevia (que en aquella tertulia se llamaba siempre Laura á secas), contrahaciendo sus nobles y sencillas palabras y poniendo en caricatura sus graciosos ademanes. Los tertulios todos, exceptuando á Octavio, reían con estrépito. Paco Ruiz tomaba con la punta de los dedos, y como temiendo mancharse, una moneda del plato y figuraba morderla con mucha delicadeza, diciendo:
--Están muy buenas, D.ª Feliciana; ¿las ha hecho usted? No podía usted ofrecerme regalo mejor, señora.
Y las frases incisivas y groseras volaban de boca en boca, mientras el jugador, como un notable comediante, seguía parodiando la escena breve en la cual aquella D.ª Feliciana que ahora reía con tanto gozo, había salido á la calle toda sofocada con una bandeja de confites, prodigando á la condesa las más extremadas y serviles lisonjas. Una señora exclamaba: «¡Ya lo creo que estarían buenas! ¡Que se acuerde de las que comía en casa de su padre!» Otra decía: «¡Vaya por Dios, señor; yo con estas cosas me mareo!» Más allá murmuraba una vieja: «¡Qué mundo éste y cuántas vueltas da!» Y todas ellas hacían coro con sus risas maliciosas y sus dichos punzantes á la mímica del jugador, el cual, así que concluyó de representar la escena, volvió á coger la bolsa y dijo como hablando consigo mismo en tono entre compasivo y desdeñoso: «Á esta pobre Laura le sienta el condado como á un Cristo un par de pistolas». Las señoras le miraron con respeto y rieron discretamente este chiste que cerraba la serie de los pronunciados con tal motivo. Octavio dijo á Carmen en voz baja pero irritada:
--¡Parece mentira que te rías de estas payasadas!
La niña le miró con ojos muy abiertos y asombrados, como si no acertara á comprender la posibilidad de que fuese malo y feo lo que solazaba á tanta gente respetable. Desde que tuviera uso de razón no había escuchado en su tienda otras conversaciones.
--El treinta y dos; el siete; el setenta y uno; la niña bonita...
--Es decir, Carmen--sopló Octavio al oído de su novia, la cual le pagó con una mirada risueña que sin duda significaba: «¡Acabaras de decir algo de provecho!»
--Los anteojos de Mahoma; el uno; arriba y abajo...
--¡Alto! ¡alto! ¡alto!--exclamó atropellándose una señora que tenía una verruga en la nariz y gastaba sortijas de pelo en las sienes.
--Ya principia D.ª Faustina--exclamó D.ª Feliciana con mal humor.--¡Bendito sea Dios, señora, qué suerte tiene usted!
Mientras se confrontaban los números del cartón con los de las bolas que se hallaban esparcidas encima de la mesa, tarea que duró buen rato, porque Paco se complacía en atormentar á la afortunada señora, los amantes no cruzaron la palabra. Cuando el jugador volvió á agitar la bolsa comenzó otra vez su arrullo suave.
--Te voy á pedir una cosa.
--¿Qué es?
--¿Me la concederás?
--Díme antes lo que es.
--No, no; quiero que me digas primero si has de concedérmela.
--Mientras no sepa de qué se trata, no te lo puedo decir. Ya comprendes que si es una cosa que no deba concederte...
--Pues bien, te lo diré; dame un zapatito tuyo.
--¡Ave María Purísima! ¿Y para qué quieres tú eso?
--Para tenerlo guardado siempre como una reliquia en un cofrecito de cristal y ponerlo al lado de mi cama; para sacarlo cuando me vaya á acostar y acordarme de ti y darle un millón de besos...
--¡Calla, calla!--exclamó la niña sonriendo ruborizada.
--El diez y seis; el treinta y nueve; el setenta pelado, y revuelvo.
--¡Jesús, qué setenta--interrumpió D.ª Demetria;--ni una sola vez deja de salir!
--¿Me lo concederás, hermosa?
--No.
--¿Por qué?
--Porque es una suciedad... Apunta ese cuarenta y nueve.
--Todo es límpido y bello tratándose de ti.
--¿Te figuras que soy cuerpo santo? Espera, espera un poco--dijo mirando para los cartones de Octavio;--has dejado pasar el trece sin dar el alto.
--¿Qué es eso? ¿qué es eso?--preguntó doña Feliciana introduciéndose en la conversación.
--Que Octavio ha dejado pasar el trece que le faltaba sin dar el alto.
--Pues ahora ya no tiene derecho--exclamó precipitadamente y lanzando miradas ansiosas al plato D.ª Faustina.
--¿Y por qué no la ha de tener, si estaba distraído?--repuso D.ª Feliciana.
--Pues por lo mismo; el juego es juego y se ha de atender á él con formalidad.
--No se apure usted tanto, señora, que no es puñalada de pícaro. Si tuviera los cinco sentidos puestos en el cartón, como usted, no le sucedería eso.
--No se necesita tener puestos los cinco sentidos para apuntar los números que salen, y es triste gracia que, porque una persona se distraiga, los demás suframos las consecuencias.
--Más triste es la gracia de ganar una lotería y que otro se la lleve.
--Mire usted--dijo Paco al oído de la señora que tenía á su lado--con qué energía defiende D.ª Feliciana los perros chicos de su yerno.
D.ª Feliciana comprendió por el movimiento de los labios del jugador y por la sonrisa de su compañera que había servido de tema á una burla, y no dijo otra palabra. El juego continuó y volvió á escucharse el cántico de los números en medio de religioso silencio. Al cabo de unos instantes D.ª Faustina dió el alto.
Considere el lector lo que entonces pasó por el corazón de D.ª Feliciana. Si no fuese porque Paco la miraba fijamente y sonriendo, es seguro que aquella noche D.ª Faustina hubiera oído las verdades del barquero. Otras cinco veces entraron de golpe las bolas de boj en la bolsa, y otras tantas salieron una á una y con pausa. Con la vista fija en los cartones y un grano de maíz entre los dedos, los tertulianos permanecían silenciosos y atentos, excepto nuestro señorito que á menudo se inclinaba hacia la oreja nacarada de Carmen para decirle algunas palabras. Aunque parezca mentira, aquel senado gozaba placeres infinitos mientras alguno de sus miembros no gritaba «¡alto! ¡alto!» El único que se aburría soberanamente era Paco, quien procuraba ostentar su aburrimiento y presentarlo á la tertulia como un nuevo derecho á su gratitud y admiración. Su grito bronco y desafinado llegaba perfectamente hasta la tienda y hacía sonreir á los padres graves en los momentos de silencio. La charla de éstos sólo llegaba á la trastienda cuando degeneraba en disputa. Á las diez se levantó una señora diciendo que era muy tarde. Las demás lograron convencerla de que debía esperar la última lotería. Cuando concluyó, todos empujaron los cartones hacia adelante. Paco comenzó á tirar granos de maíz á las señoras, que se alborotaron como gallinas en el corral, y muertas de risa dispararon iguales proyectiles contra el agresor, quien, haciendo muecas y contorsiones cómicas, fué á refugiarse en un rincón de la estancia. Mientras tanto Octavio separaba un lápiz de oro que pendía como dije de la cadena de su reloj, y volviendo un cartón del revés escribió estas palabras: «Adiós, dueño mío; voy á pensar en ti». Después presentó el cartón á su novia. La niña se rió, y pidiéndole el lápiz comenzó á borrar lenta y cuidadosamente lo escrito.
--Vaya, vaya, que es muy tarde--dijo con impaciencia la señora que primero se había levantado.
Empezaron á ponerse los abrigos. Paco tomó el serenero de una señora, se envolvió la cabeza con él y salió de esta traza á la tienda, donde fué recibido con risas protectoras y benévolas. Las señoras á su vez chillaban y soltaban carcajadas agudas que provocaban á reir. Hubo, lo mismo que á la entrada, apretones de manos, besos sonoros y mucho ruido. Todas las damas hablaban á un tiempo. Octavio aprovechó la confusión para mandar un beso á su novia con la punta de los dedos. Por fin el bullicioso grupo salió á la tienda, y de allí, después de haber tomado en su compañía la parte masculina de la tertulia, á la calle. En la puerta encontraron á Homobono Pereda, que era un muchacho de veintidós años con las piernas torcidas y cara de niño llorón. En Vegalora le llamaban el _Feto_. Acababa de concluir la carrera de Filosofía y Letras en Madrid y tenía ya escrito y publicado un volumen sobre los _Orígenes de la vida_; otro, que comprendía sólo la parte general, sobre el _Libre albedrío_, y un folleto de sesenta páginas titulado _¿Adónde vamos?_ en el cual se esclarecían de todo en todo las más famosas teorías y sistemas que han nacido para defender la inmortalidad del alma. D. Lino deploraba en público «las ideas extraviadas y los sueños» de su hijo, pero en realidad no dejaba de considerarlo como un milagro y como á tal lo sacaba á pasear casi todas las tardes por la villa, ofreciéndolo á la admiración de sus convecinos con la misma unción que el sacerdote al presentar el Santísimo Sacramento á la vista del pueblo.
--¡Á buena hora llega usted!--dijeron á un tiempo dos señoras, así que vieron á Homobono.--De seguro estaría usted estudiando... Los libros le sacan á usted loco.
--No lo crean ustedes--repuso el Feto ruborizándose.--No hice más que entretenerme un rato... Pensaba venir á jugar, pero se me pasó la hora sin saber cómo... Aunque ya era tarde, como estaba fatigado, salí á tomar un poco el fresco... Tengo la cabeza como un horno...
--Eso no puede ser bueno, Homobono--dijo una señora.
--Se está usted matando--añadió otra.
--Todos los extremos son malos--apuntó una tercera.
--¡Sí, sí, estudia, querido,--exclamó Paco Ruiz,--que ya verás cómo te paga este país!
D. Lino sonreía bienaventuradamente diciendo al promotor «que bueno era estudiar; que brutos demasiados había en Vegalora». El grupo siguió marchando por las calles oscuras y mal empedradas, riendo cuando alguno tropezaba y charlando animadamente. Poco á poco se fué reduciendo el pelotón por ir deteniéndose cada cual á la puerta de su casa. Octavio no se fué á la suya hasta después de acompañarlos á todos. Ya sabemos el trabajo que le costaba despedirse de un concurso. Cuando llegó á ella, su madre le esperaba y la cena también. D. Baltasar se había ido á la cama. Durante la cena, madre é hijo hablaron como dos amigos en tono discreto y confidencial. No diremos lo que hablaron, porque se va haciendo muy largo este capítulo. Sólo apuntaremos que Octavio llevó casi todo el tiempo la palabra y que su madre le escuchaba atentamente y con satisfacción. Los ojos de D.ª Rosario expresaban un orgullo inocente al posarse sobre el rostro de su hijo, mas lánguido y ojeroso que de costumbre.
Finalmente, entróse nuestro mancebo en el cuarto donde por la mañana le encontramos, y mientras se desnudaba perezosamente y arreglaba con voluptuosidad las cortinas del lecho, no dejó de pensar un instante... ¿En quién, en quién pensaba el hijo único de D. Baltasar Rodríguez? Las palabras fugaces que se le escapaban una que otra vez de los labios eran incoherentes. Sólo cuando alzó la ropa del lecho y metió una pierna dentro se le oyó claramente decir: «¡Que elegancia, qué distinción!» Y más tarde, cuando apagó de un soplo la luz de la bujía y se zambulló en las sábanas, también se le oyó murmurar: «Muy linda: tiene un tipo ideal, pero ¡es tan cursi la pobre!»
VI
Un día más.
La doncella que á la mañana siguiente entró en el dormitorio de la condesa de Trevia hizo el menor ruido posible al entreabrir los balcones. Dirigió una mirada triste y compasiva al lecho de su señora y salió sobre la punta de los pies como había entrado. La condesa se incorporó y estuvo buen rato paseando la vista por los objetos que en torno suyo yacían con insistente y extraña curiosidad, como si la hubiesen trasportado durante el sueño á un paraje que jamás hubiera visto. Tenía las mejillas encendidas: sus ojos brillaban de un modo sombrío debajo de la primorosa cofia que mantenía prisioneros los cabellos. Bien se echaba de ver que no había despertado en aquel momento. El sueño dulce de la juventud no arrebata de tal suerte las mejillas; no infunde en los ojos semejante brillo ni deja, sobre todo, tal expresión aciaga sobre el rostro.
Por delante de aquellos ojos inmóviles y resplandecientes como el acero bruñido había desfilado durante la noche una procesión de fantasmas. La mirada de Laura guardaba aún restos del terror y el extravío que las visiones infunden en el alma.
¿Qué había pasado aquella noche? Sería lo que otras veces. Porque la joven condesa, en los años que llevaba de matrimonio, había visto desfilar muy á menudo sobre su lecho la misma procesión de fantasmas pálidos. Un criado indiscreto dijo al cabo de algún tiempo á un vecino de Vegalora que aquella noche había visto por la rendija de una puerta á la condesa de rodillas ante miss Florencia. El conde, con el rostro más pálido que nunca, los brazos cruzados y un poco tembloroso, estaba en pie mirándola fijamente. Antes había percibido en el gabinete de sus amos ruido de pasos precipitados, voces y gemidos.