Part 13
Quizás sepas por los periódicos que vamos á tener elecciones para el mes de Diciembre. Es el caso que me he comprometido á apoyar con todas mis fuerzas la candidatura del señor conde de Trevia, persona de quien me habrás oído hablar más de una vez, muy amigo mío, de sanas ideas y excelentes sentimientos. En estos tiempos de desorden conviene que los hombres que no queremos la destrucción de la religión de nuestros mayores, nos unamos y votemos personas de respeto para oponernos al torrente impetuoso que nos arrebata al ateísmo y á la demagogia. Te lo digo para que me contestes á la vuelta de correo si puedo disponer de los votos que tienes en la Meruca y en Cayacente. La mayor parte de ellos están obligados también á la fábrica, pero creo que si les presento una carta tuya amenazándoles con el desahucio no tendrán más remedio que hacer lo que se les mande. Cuento que no me faltarás en esta ocasión, pues ya sabes el interés que tengo en el asunto.
Pues hablando de otra cosa, te diré que las judías del Danubio que me has enviado han salido riquísimas, y que todos andan detrás de mí para que les proporcione algunas para sembrar. Parece mentira lo que aumentan de tamaño después que se cuecen. Los perales se los regalé á D. Lino Pereda, pero todos se secaron, lo cual me ha disgustado mucho, aunque presumo que habrá sido porque los plantó en tierra demasiado húmeda. Lo mismo se peca por lo mucho que por lo poco. No dejes de mandarme en tiempo oportuno algunos otros de buena casta, pues se los he prometido al cura de la Segada. El nabicol aquí no ha gustado gran cosa, pero es que no entienden una palabra de legumbres. Si lo hubieran comido á tiempo y no lo hubiesen dejado endurecerse en la tierra, estoy seguro de que dirían otra cosa. No sucedió lo mismo con la col de Bruselas, pues ha gustado tanto que no se cansan de alabar su finura y agradable sabor; pero como no se aprovechan de ella mas que los repollitos que nacen en el tronco, dicen que para comer algo es necesario segar un cuadro entero. En esto me parece que no dejan de tener razón. Es una legumbre muy rica, pero cara.
No tengo más que decirte por hoy. Consérvate bueno y recibe muchos recuerdos de tu tía y de toda la demás familia, y un fuerte y cariñoso abrazo de tu tío
PRIMITIVO ALONSO.
Vegalora 18 de Setiembre de 187...
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Del provisor de la Diócesis al párroco de la Segada y arcipreste del concejo de Vegalora.
Mi estimado arcipreste: Suma alegría y regocijo nos han causado las noticias que en su última nos comunica, y es en verdad cosa para alabar á Dios el ver cuán fácilmente se van venciendo en ésa, como en todas partes, los obstáculos que antes parecían insuperables. Porque ciertamente, nadie pudiera creer que una comarca tan revoltosa como ésa, donde el masonismo ha conseguido echar hondas raíces, esté á punto ahora de mandar á las Cortes un diputado neto y de buena casta. Su ilustrísima, á quien hice presente los fructuosos trabajos que está usted ejecutando en pro de la santa causa, se ha dignado recibirlos con benevolencia, y me encarga le trasmita su bendición para que persista en ellos con el mismo celo y entusiasmo.
La cuestión de proporcionar misa á los de Cayacente y Romeral, que como usted me indica nos dará ciento cincuenta votos, puede usted considerarla como resuelta, y está usted autorizado para decirlo así en el ofertorio de la misa cuando lo crea oportuno. Á pesar de que usted cuenta como seguro el apoyo de ese D. Baltasar Rodríguez, yo no me fío. Tengo las peores noticias de tal individuo, y aunque no sé en qué forma le tendrá usted cogido, nada más fácil que á la postre tire la cabra al monte. De todos modos, procure que no se le vea en público con ese sujeto, y esparza bien la creencia entre la gente de que el apoyo que nos presta obedece sólo á los remordimientos de su conciencia y á los deseos de ponerse en paz con la Iglesia.
Mucho me ha sorprendido lo que usted me cuenta del párroco de Solano, pues nunca pude imaginarme que tratándose de una elección en que está interesado el Palacio llegara á cerdear; pero á bien que le tengo cogido por el cuello con motivo de cierta denuncia que nos han remitido hace tiempo, y si no se decide á trabajar como Dios manda, lo dicho dicho, mi amigo, que ya le cayó encima tarea para divertirse un rato. ¡Vaya todo por Dios!
Escribí en nombre de su ilustrísima á ese capellán de la Seo de Urgel para que recomendara la candidatura del señor conde á su hermano el estanquero de Romeral. Hasta ahora no se ha recibido contestación.
Suplicándole muchísima reserva, le diré que hemos tocado también la tecla del gobernador, el cual, á pesar de ser un republicano desorejado, ha respondido admirablemente. Á su señora, que es hija de un prendero de la calle del Rubio, le da mucho por la aristocracia y llama _chusma_ á los partidos avanzados: conque no le digo más, porque esto basta y sobra: _intelligentibus pauca_.
Los quesos que me ha mandado salieron excelentes, sobre todo el amarillo. Si puede encargar otros dos, hágalo por mi cuenta, pues los necesito para regalar á una persona de respeto; no le molesto más por hoy. Consérvese bueno y no deje de enterarme minuciosamente de todo cuanto ocurra, pues dará gusto con ello á su amigo y superior, q. b. s. m.,
JOAQUÍN LLAGOSTERA.
N*** 1.º de Octubre de 187...
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De Homobono Pereda á su amigo Manuel Ruiz Pérez, secretario primero de la sección de literatura del Ateneo de Madrid.
Mi querido Manolo: He leído tu carta con el mismo placer y atención que si fuese un artículo de Tiberghien ó Leonardi. Eres tan erudito y piensas tan derecho, que la ciencia fluye de tu pluma hasta cuando tratas los asuntos más insignificantes. Los párrafos que en tu epístola dedicas al contenido necesario de la voluntad y á la existencia del principio sobre-individual en el _yo_ son admirables y me han causado profunda impresión.
Lo mismo digo de las palabras que consagras al desenvolvimiento de nuestras facultades interiores, cada una en sí misma y todas en relación armónica entre sí. Juzgo como tú que es imprescindible apartarse de toda falsa relación entre estas facultades si se quiere evitar el desorden interior que es su consecuencia indeclinable. No puede darse la armonía en las relaciones exteriores del hombre mientras la vida interior no esté rectamente ordenada en sus facultades y diversas tendencias; y para que este orden se establezca, precisa que concibamos el destino del hombre en su unidad, como abrazando todos los fines particulares que en él se contienen. Tanta mella han hecho en mi espíritu tus atinadas observaciones, y tanto he meditado sobre ellas, que al cabo me he decidido á realizar importantes reformas en mi modo de vida. No puedo ocultarme por más tiempo que hay en ella un principio de desorden que ya está produciendo notables desequilibrios, el cual desorden se halla sostenido, á no dudarlo, por un predominio nocivo del pensamiento sobre las otras facultades interiores. ¡Y cuán cierto es que el cultivo exclusivo del pensamiento conduce al orgullo!
Mi padre me significó el deseo de que me presentase candidato para diputado á Cortes en las próximas elecciones. He visto en ello un medio muy adecuado para ejercitar mi voluntad desmayada, y le respondí que tendría mucho gusto. Hemos empezado ya nuestros trabajos electorales, que, entre paréntesis, no puedes figurarte lo que repugnan á mi educación científica, pues en todos ellos se atacan directa ó indirectamente las bases fundamentales del derecho público, coartando de un modo ó de otro la libertad del elector. Tengo por contrincante al conde de Trevia, apoyado por todos los elementos reaccionarios del distrito. Los curas me hacen una guerra encarnizada propalando que soy un impío. Si el ser impío consiste en detestar la forma histórica que actualmente reviste la religión, es verdad lo que dicen, pero de ningún modo si consiste en no tenerla. Los que creemos, como tú y yo, que la religión es uno de los fines racionales de la vida, ¿cómo hemos de ser irreligiosos?
Me pides que te sugiera algún pensamiento para un drama, pues quieres hacer tus primeras armas en el teatro, y me preguntas si entre estas ásperas montañas no encontrarías alguna acción interesante que pueda servirte de tema. No, amigo mío. Aquí hallarás la belleza objetiva de la naturaleza en todo su esplendor, la cual no sirve gran cosa para expresar adecuada y completamente el complejo organismo de la vida humana, que es lo que tú intentas. La poesía dramática, como sabes mejor que yo, no expresa la belleza objetiva exterior (aun cuando se den en ella elementos objetivos), sino la belleza objetivo-subjetiva, donde se hallan indisolublemente unidos hechos interno-externos y psico físicos en enlazado concierto. Lo que estas fragosas sierras te pueden proporcionar es una decoración grande, imponente, pero no el hecho de la vida humana que constituye el fondo de toda composición dramática, porque aquí los afectos y las pasiones no se elevan al grado de energía y dignidad necesario para que exista ese juego encontrado de sentimientos y caracteres sin el cual no es posible que se produzca la emoción estética. Por lo demás, con los vastos conocimientos filosóficos que tú posees y los especialísimos estudios que has hecho en la estética, no dudo por un momento que escribirás una obra maestra y que alcanzarás un éxito ruidoso en el teatro. Á mi entender, están haciendo falta obras macizas, con un fin objetivo, con un pensamiento trascendental que las informe y las preste consistencia. Las obras más celebradas hoy á mí me suenan á hueco y no veo en ellas otra cosa que una forma bella guardando un pensamiento muy frívolo. Mientras los hombres de ciencia no se apoderen del teatro, no pasará éste de ser un fútil y agradable entretenimiento.
Nada más por hoy. He estudiado todo el día y tengo la cabeza como un horno.
HOMOBONO.
Vegalora 3 de Octubre de 187...
XIII
El cáliz.
Octavio besó la firma de la carta, dejó caer las manos sobre las rodillas y la cabeza sobre el pecho. Así estuvo largo espacio inmóvil como una estatua, delante de su escritorio. Al volver en sí, escapósele del pecho un suspiro blando y prolongado. Era la nota final, triste y moribunda de una melodía del corazón. Alzóse de la silla y con paso vacilante fué á abrir la ventana. El día empezaba á declinar. Su mirada vagó algún tiempo por los contornos de la casa; por el jardín, cuyos árboles se iban tornando amarillos; por los prados, que como un cinturón de esmeraldas lo circundaban; por las tierras dilatadas de maíz que ostentaban ya con orgullo sus mazorcas rebujadas. Al cabo se detuvo con insistencia en un grupo de casas que apenas se distinguía en el fondo del valle. Después alzó los ojos á los adustos riscos de la Peña Mayor y se estremeció. Creyó sentir una corriente de aire glacial por el corazón. Quedóse pálido, cual si acabase de ver algo muy espantoso.
--¿Qué será esto?--murmuró mientras cerraba apresuradamente la ventana.
Se fué otra vez al escritorio y apoyó sobre él ambos codos, metiendo la cabeza entre las manos.
--Sí--tornó á decir en voz baja:--yo debí morir en aquel momento... ¡Gran ocasión!... Hubiera conservado de mí memoria amarga, pero punzante, como el olor de un cadáver... Ahora me desprecia por cobarde... Ahora ya no es ocasión de morir, sino de seguir siendo lo que he sido... un cobarde. Me manda que huya; pues huyamos. Quiero cumplir su voluntad con el mismo afán que si fuese la de Dios... Sí, sí, huyamos... Ella lo manda...
Se alzó de la silla vivamente, y dió algunos paseos rápidos por la sala. Después arrastró desde su cuarto un baúl-maleta, y se puso á introducir en él ropa que sacaba con precipitación del armario. Cuando vió el equipaje hecho, lo contempló con ojos de espanto, como si no comprendiese para qué servía. Acordóse de que aún le faltaba algo, y sacando una llavecita del bolsillo abrió el cajón central del escritorio. Inmediatamente tropezó su vista con una relojera que Carmen le había regalado el día de su santo. Estaba bordada por su mano. La puso sobre la mesa y la envolvió en una mirada tierna y compasiva.
--¡Pobre niña!--murmuraron sus labios.--¡Por qué andarán tan mal arregladas las cosas de este mundo!
Y saltaron á su memoria de improviso los instantes felices de aquellos amores serenos y límpidos como los pensamientos de la infancia, desde aquella tarde en que su manecita blanca le arrojó una rosa de Alejandría, estando en el jardín, hasta la noche reciente en que aquella misma mano le dió un pellizco, mientras su dueño le decía al oído: «¿Qué tienes? Andas muy triste de algún tiempo á esta parte».
Sintióse conmovido por estos recuerdos. Luego se enfureció contra el destino, la Providencia, ó lo que sea, que nos hace insensibles para los que nos aman y nos inflama de amor por los que nos desprecian.
--¿Por qué, por qué no he de querer yo á esta niña como ella me quiere?--se decía.--Si me fuera posible sentir por ella lo que siento por la otra, ni en la tierra ni en el cielo habría un ser más feliz que yo.
Recordó con enternecimiento el primer beso que la dió por sorpresa viniendo de paseo, y el rubor que se apoderó de ella instantáneamente. Recordó cuando estuvo enferma, hacía ya tiempo, y le permitieron verla en su lecho diminuto, donde reposaba pálida y ojerosa, pero más bella que nunca. Recordó también la vez primera que vino á visitar á su madre, quien la recibió en la escalera y la echó los brazos al cuello cubriéndola de caricias y llamándola hija. Poco á poco, y por virtud de estas memorias, se fué apaciguando la violenta desesperación en que ardía su espíritu; fué penetrando en él un pensamiento melancólico y suave que le reconcilió por un instante con la vida. El sentirse amado, mucho más siendo por una mujer hermosa, aplaca siempre un poco el odio de la existencia.
«¡Cuántos elementos de dicha perdidos y desbaratados!» pensó mientras daba vueltas entre los dedos á la relojera. «¡Pobre niña! volvió á murmurar; ¡qué lejos estarás de presumir lo que te espera!» La compasión penetraba en su pecho como un torrente, y lo llenaba de inquietudes. «No; no me escaparé como un ladrón después de haberme introducido traidoramente en el santuario de su alma inocente. Iré á despedirme de ella y achacaré mi viaje á un mandato paterno, á un negocio urgente. Desde allá podré ir poco á poco desengañándola, y tal vez la ausencia mitigue la aspereza del golpe. Ya que me vea precisado á herir, procuraré hacer el menor daño posible.»
Tomada esta resolución, encendió una bujía y se aliñó los cabellos frente á un espejo. Cogió el sombrero y el bastón, apagó la luz y bajó la escalera velozmente. En un instante salvó el corto espacio que le separaba de la casa de su novia y penetró en la tienda, dando las buenas noches con menos aplomo que otras veces.
Había ya alguna gente, porque era noche de lotería. Paco Ruiz se hallaba sentado sobre el mostrador mordiendo un cigarro, como la vez primera que le vimos. Escuchaba con suprema indiferencia, guiñando los ojos á menudo, la historia circunstanciada de un catarro pulmonar que hacía ya media hora le estaba relatando don Ignacio Valcárcel. D. Lino Pereda conversaba en un rincón con el promotor, haciéndole saber que su hijo había recibido el mismo día por el correo un paquete de pruebas de imprenta que le enviaban de Madrid. No comprendía cómo el chico tenía cabeza para corregirlas en el plazo que le señalaban.
Casi al mismo tiempo que Octavio, entraron algunas señoras, lo que sirvió de señal para trasladarse los jugadores á la trastienda. Al llevarlo á cabo hubo apretura á la puerta y Carmen tuvo ocasión para estrechar con disimulo la mano de su novio. Octavio le devolvió la caricia afectuosamente y le dirigió una mirada tierna y grave á la vez. Estaba un poco pálido, como el cirujano que va á acometer una operación importante. Sentáronse todos con el estruendo acostumbrado, y como de costumbre también quedaron juntos los novios. Del otro lado de Carmen se colocó D.ª Demetria. Paco Ruiz, en su carácter de ídolo de la tertulia, andaba haciendo de las suyas en torno de la mesa. Mas al poco tiempo se acercó á D.ª Demetria y con su desenfado habitual le dijo en voz alta:
--Doña Demetria, yo no puedo vivir sin usted. Nada pueden contra mi amor los desprecios. ¿Me concede usted un sitio á su lado?
La vieja, poniendo cara de vinagre y refunfuñando, apartóse hacia un lado, y el joven introdujo su silla entre ella y Carmen. Estaba empeñada á la sazón entre ésta y su novio una plática suave como el gorjeo de las tórtolas. Octavio, á modo de un goloso que, ahito y empachado por los confites, todavía, antes de retirar el plato, lleva las manos á él y se obstina en comer más, preguntaba á la niña blonda con acento melifluo:
--¿Me quieres mucho?
--¡Pero, hombre, qué matraca eres! ¡Cuántos millones de veces lo habrás oído en tu vida!
--Es que, vida mía, necesito oirlo hoy otra vez. Nunca lo he necesitado tanto como ahora.
Dijo estas palabras con voz un poco temblorosa. Carmen le dirigió una mirada de sorpresa.
--Pues si tanto lo necesitas, te lo diré otra vez. Sí: te quiero, te quiero... Ya está usted serbido, don Caprichoso. Pero no pongas esa cara, hombre de Dios. ¡Si parece que estás haciendo testamento!
--¿Estas segura de que no lo estoy haciendo allá en mis adentros? Mira, Carmen, ya conocerás en mi semblante que me pasa algo grave. Te he querido y te quiero muchísimo, porque eres una niña buena y hermosa, y porque sé el cariño que me profesas. El afecto que me inspiras es dulce y profundo, y tiene algo del amor fraternal. Todos los días risueños de mi existencia van unidos indisolublemente á tu imagen bella. En el curso de nuestros amores, puedo decir que no tuve motivo serio para quejarme una sola vez de ti. Nuestras reyertas han sido siempre las de dos niños y han terminado con la misma brevedad que las de los pájaros que riñen en el aire. Los pensamientos honrados que abrigo y las pocas acciones virtuosas que en mi vida pueda llevar á cabo, también creo debértelas á ti, y suena tu nombre en mis oídos tan suave...
La afortunada D.ª Faustina dió el alto en aquel momento. Carmen, que había estado escuchando con semblante inquieto y distraído el discurso de su novio, tomó parte en el alboroto que se armó en la mesa con tal motivo. Las señoras decían, medio en broma, medio en serio, que aquello no se podía sufrir. D.ª Feliciana odiaba á D.ª Faustina con todo su corazón, pero se reprimía. Después que el orden se hubo restablecido, Carmen se puso á charlar como una cotorra con Paco Ruiz. Los chistes del jugador la hacían desternillarse de risa, hasta el punto de que algunas veces le mandaba callar, porque le dolía el pecho. Octavio habló también un rato con la señora que tenía al lado. Mas aunque aparentase indiferencia, claramente se leía en su rostro el disgusto que la conducta ligera de su novia le causaba. Irritado al fin le dió un golpecito en el brazo y le dijo con acento irónico:
--¿Con cuál de los dos te quedas?
La niña mostróse un poco cortada y respondió mirando para los cartones:
--¡Qué tonto eres!
--Es que como te veo tan entusiasmada...
--Vamos, no digas disparates. ¿Qué tiene de particular que hable un instante con Paco? Me parece que después del tiempo que llevamos en relaciones ya podías tener alguna mayor confianza en mí.
--Sí la tengo, querida mía--repuso suavizándose de repente,--pero no se pueden evitar ciertos impulsos de celos que nacen, sin saber cómo, en el corazón. Por lo demás, debes convenir en que has obrado con ligereza, y que sin querer me has colocado en una situación ridícula... Pero dejemos esto: tengo que hablarte de cosas serias, de las cuales tal vez dependa tu felicidad y la mía. Necesito que me escuches con atención. No sé qué profundidad habrán alcanzado las raíces de tu amor, porque esto jamás lo llega á averiguar un amante. Eres aún muy niña y en tu edad los afectos suelen ser más bien caprichos que pasiones. Aunque hoy me quieras con toda el alma, si mañana dejases de verme y estuvieses separada de mí por algún tiempo, quizá ese amor se fuera debilitando y al cabo concluyera por extinguirse. No es que deje de tener confianza en ti, hermosa, pero todo cabe en lo posible. Esa separación acaso esté próxima... quizá empiece mañana mismo.
El joven daba vueltas entre los dedos desde el comienzo de su discurso á una bola de la lotería, y al proferir estas palabras se le cayó al suelo. Bajóse rápidamente á cogerla, mas al hacerlo pudo observar con estupefacción que las manos de Paco Ruiz y de Carmen se hallaban enlazadas y que se soltaban á toda prisa al notar su movimiento. Sintió la misma impresión que si hubiese tocado una víbora. Al levantarse lanzó una mirada fulminante, abrasadora, sobre ambos. Paco Ruiz parecía atender con cuidado al juego, mientras en sus labios se dibujaba vagamente una sonrisa sarcástica. Carmen también atendía á sus cartones, pero roja y confundida.
El efecto que de repente produjeron á nuestro señorito no sólo aquellos dos seres miserables que tenía cerca, sino todos los allí congregados, no es fácil de describir. La indignación en que rebosaba su alma le hizo ver en ellos, por arte mágico, no una asamblea de seres humanos, sino una piara de animales inmundos. Acometióle un asco invencible y un sentimiento vivo y enérgico de la superioridad de su persona. Ninguna de aquellas almas pequeñas podía gozar el privilegio de ofenderle. De buena gana les hubiera escupido á todos en la cara. Contentóse con arrojar á la tertulia una profunda mirada de desprecio, y tomando el sombrero salió de la trastienda y de la tienda sin percatarse de la sorpresa de los circunstantes. Una vez en la calle detuvo el paso, y volviendo la vista atrás murmuró:
--Al fin no pudo desmentir su casta... ¡Su casta de villanos!--añadió con acento más colérico.
Su cólera cedió, no obstante, muy pronto. No había sido más que una irritación pasajera levantada por el amor propio. Como la hija de don Marcelino no había vivido jamás en el fondo de su corazón (por más que él tratara de engañarse á sí mismo suponiéndolo), la herida no podía tener mucha profundidad. Después de todo, en el instante de contemplar su perfidia, ¿no iba él también á engañarla y á hacerla una traición? Cierto que no era tan grosera, pero al fin era una traición. Por otra parte, tenía el espíritu tan henchido de sentimientos nebulosos y filigranas espirituales, que no es maravilla si á los pocos minutos de vagar por las calles se olvidase enteramente de la escena vergonzosa en que acababa de jugar papel tan desairado. ¡Ay! Otras escenas más lejanas se le representaron inmediatamente con mayor energía! Acudieron en tropel á su mente los pensamientos dolorosos que á la tarde le habían asaltado en su habitación cuando el sol se ponía y las sombras iban envolviendo lentamente los ámbitos de la sala.
La imagen celeste de la condesa vino sobre las alas del viento á soplar la llama que le estaba consumiendo. Era preciso alejarse ó morir. La carta lo decía... la carta que estaba guardada en su bolsillo. Llevó la mano allá y la sacó con violencia. No había claridad bastante para descifrar sus caracteres, pero los tenía bien descifrados. Los estaba leyendo con los ojos del alma tan perfectamente como si los rayos del sol del mediodía cayesen de plano sobre ellos. La linda mano de la condesa había pasado por encima de aquel papel. Lo llevó á los labios con trasporte y lo tuvo largo espacio sobre ellos. La carta despedía un perfume suave y delicado. El joven lo aspiró con delicia cerrando los ojos. Tornó á guardar la carta y siguió andando á la ventura.