El señorito Octavio

Part 12

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Las costumbres del Canelo no podían ser más sencillas y metódicas. En el invierno se tumbaba al sol, y en el verano á la sombra. La única variante que á veces introducía en este régimen saludable, era el tumbarse también al sol por el verano exponiéndose á tomar un tabardillo ó unas calenturas gástricas. Adoptaba siempre para acostarse posturas diversas y tan fantásticas en ocasiones, que excitaba la admiración de los que le miraban. Si no fuese por las pulgas y las moscas, el Canelo se hubiera juzgado con razón el perro más dichoso de la tierra. Pero estos inicuos animalejos le habían declarado una guerra cruel; no perdonaban medio de molestarle y exasperarle, consiguiendo á veces ponerle en un estado de irritación vecino de la locura.

Los rasgos sobresalientes de su carácter eran la honradez y la independencia. Mas no dejaba de ser afable con todo el mundo y se dejaba acariciar de cualquiera, aunque sin hacer aspavientos. Era pacífico por naturaleza y de un temperamento tan conciliador, que nadie podía venir á las manos con otro en su presencia: en seguida saltaba hecho una furia sobre los contendientes, y los obligaba á separarse con grave detrimento de sus pantalones, cuando no de las pantorrillas. Gozaba de mucha popularidad en la comarca, siendo conocido por su nombre lo mismo en la villa que en los caseríos del concejo. Entre los perros también era bien quisto. Todos confesaban que tenía una razón muy clara y le juzgaban incapaz de jugar una perrada á nadie. Si la raza canina convocase un parlamento, el Canelo sería indudablemente el candidato indicado para aquel distrito.

Mas como al fin no hay mortal que esté libre de defectos, nuestro Canelo tenía algunos, aunque de poca monta, que la imparcialidad obliga á confesar. Decíase, con razón, que era un tanto caprichoso y no bastante justificado en sus antipatías. Todo el mundo, por ejemplo, censuraba la conducta inconveniente y grosera que seguía con el licenciado Velasco de la Cueva, al cual sin motivo alguno ladraba, gruñía y hasta pretendía morder. El pobre D. Juan Crisóstomo no acertaba á explicarse el por qué de esta aversión, y se le erizaba el cabello cada vez que necesitaba ir á la Segada. Apeló al recurso de los mendrugos, llevando siempre buena provisión de ellos en los bolsillos, que se apresuraba á donar liberalmente al inhumano perro, así que le tenía cerca; mas éste, que mientras duraba la pitanza movía la cola en señal de amistad y gratitud, lo mismo era concluir, que tornaba á gruñir de un modo más cruel, sin consentir por ningún concepto que el licenciado le pasase la mano por la cabeza. Peor resultado dió todavía el bastón de estoque que D. Juan Crisóstomo tuvo á bien comprar. El furor del Canelo, cuando se hizo cargo de que el licenciado había adquirido un nuevo bastón, no tuvo límites. Era una ofensa que sólo podía lavarse con sangre. Fué menester que Pedro le machacase á golpes y después le atase para conseguir apaciguarlo.

Además de esta desigualdad de carácter, que por fortuna sólo se mostraba de raro en raro, es necesario manifestar que era uno de los perros menos religiosos que se hubiesen visto nunca. No sabemos si por estar inficionado de los últimos errores de la filosofía alemana, ó por su mismo natural refractario á toda idea teológica, es lo cierto que era muy poco respetuoso con los misterios de nuestra religión. No se dió vez que hallándose en misa no se hubiera levantado en el instante más crítico y solemne para desperezarse groseramente abriendo una boca horrorosa y echando un palmo de lengua fuera. Hecho lo cual con mucha sangre fría y la cola tiesa, se salía _pian pianito_ del templo. Todo el mundo censuraba fuertemente estos alardes de impiedad.

Mas á pesar de tales y otros defectos, no es posible negar que era un perro simpático y de excelente fondo. Desde la llegada de los condes á la Segada, había experimentado su vida algunas modificaciones que no eran de su gusto. Confesaba, como no podía menos, que la comida era más abundante y escogida, pero en cambio se veía obligado á sufrir la soba continua de los niños que no le dejaban á sol ni á sombra. En todo el día no cesaban: Canelo para aquí, Canelo para allí; unas veces montándosele sobre el espinazo, otras tirándole de las orejas y otras del rabo. Era cosa para desesperarse. Mas todo lo sufría con paciencia por ser los verdugos hijos de tal madre. Porque es de saber que el Canelo había tomado grandísimo amor á la condesa desde el punto en que la vió, sin que para ello hubiese ningún motivo de interés, pues ya conocemos la generosidad y limpieza de su corazón. Lo mismo era verla que ya perdía su continente grave y reposado: saltaba y brincaba y movía la cola haciendo mil suertes de carocas lo mismo que un ruin cachorro. Algunas veces, sin decir oste ni moste, le ponía las patas sobre el pecho, y en poco estaba que no la hiciese caer; otras, cuando la veía sentada en el campo, se acercaba sigilosamente por detrás y le pasaba la lengua por la cara. La condesa daba un grito y después se echaba á reír mientras él la contemplaba de hito en hito á distancia respetable, un poco asustado de lo que había hecho. Verdad que la condesa le pagaba su afición prodigándole grandes cuidados culinarios y librándole en no pocas ocasiones de la justa cólera de su dueño. Y basta de noticia biográfica.

Acaeció que una mañana de los últimos días del mes de Agosto salió la condesa con sus hijos á solazarse á la pomarada, donde las espesas copas de los árboles brindaban sombra fresca y deleitable. Reclinada debajo de uno, sobre un almohadón que le trajo Pedro, miraba con semblante risueño corretear á los niños y divertirse con el Canelo. Éste, contra lo que pudiera presumirse, se hallaba de humor excelente: se prestaba de buena voluntad á que le tirasen por el rabo, sin dejar por eso de hacerse el enfadado y correr detrás de los muchachos como una fiera que los fuese á devorar. Pero los niños, que sabían á qué atenerse sobre esta fiereza, se paraban de repente y le metían sus manos pequeñísimas en la boca con la mayor tranquilidad del mundo. Miss Florencia paseaba sola en uno de los parajes más apartados de la finca con un libro abierto en la mano.

La condesa había cambiado bastante desde su llegada á la aldea. Había en su persona modificaciones sensibles que todo el mundo notaba, y otras que sólo un ojo perspicaz y avezado á sondar las profundidades del corazón pudiera distinguir. El cambio de color en las mejillas era lo que primero saltaba á la vista. Los aires del campo y el ejercicio las habían tornado más frescas y rosadas: las ojeras madrileñas habían desaparecido totalmente. Pero la mirada de las gentes que ordinariamente frecuentaban el palacio deteníase aquí, sin observar los matices delicados, los detalles casi imperceptibles de esta trasformación. No observaban, por ejemplo, que sus ojos estaban velados á la continua por una humedad cristalina que los hacía más brillantes y tiernos y que sus labios, en cambio, se hallaban casi siempre secos. No observaban que su marcha era más lenta y sus ademanes más tímidos; que le gustaba mucho estar sola y que á menudo se la encontraba distraída con los ojos puestos en el vacío; que vagaba, en fin, constantemente por su boca hermosa una sonrisa beata muy lejana de aquella aciaga y melancólica del tiempo en que por primera vez la vimos. Para cualquier hombre aficionado al estudio y observación de los caracteres, no ofrecía duda que la condesa de Trevia era feliz. Caso raro, en verdad, dados los precedentes que de ella tenemos. ¿Cómo se había operado una trasformación tan súbita en el espíritu de nuestra heroína? ¿Qué acontecimiento singular y poderoso había conseguido despedir la nube de tristeza que la envolvía y despertar nuevamente la música dulce de su temperamento risueño? Para la mujer sólo hay un acontecimiento capaz de producir tales y tan instantáneos efectos: nuestros lectores lo saben y aún mejor nuestras lectoras. ¿Estaría la condesa enamorada? Dejemos que los acontecimientos, próximos por fortuna, vengan á esclarecerlo.

Al poco rato de hallarse disfrutando de la amenidad de la pomarada llegó también el conde, vestido como siempre de modo caprichoso, con un traje de franela blanca y gorra negra de caza. Traía pintados en el semblante el cansancio de todo y la sequedad de su alma. Después de haber contemplado breves instantes á sus hijos, que ya no corrían, sino que formaban grupo silencioso, dentro del cual estaba el Canelo, hizo que Pedro le trajese la escopeta para tirar al blanco. Fijóse éste en el tronco de un manzano, y por algún tiempo estuvieron resonando tiros en la finca. Todos los presentes fueron invitados á tirar, exceptuando los niños. La condesa acertó muchos blancos, lo mismo que Pedro y miss Florencia. El único que estuvo desgraciado fué el conde, á pesar de ser un tirador habilísimo en toda clase de armas, de lo cual había dado más de una brillante muestra en los tiros de pistola y salas de armas de París y Madrid. Pero aquel día estaba nervioso ó no sabía lo que le pasaba. Tenía motivos para estar irritado por su torpeza, y no obstante, su fisonomía no daba señales de alteración, apareciendo fría y tranquila como siempre y plegada por la misma ambigua sonrisa, aunque un poco más definida.

El Canelo, desde que oyera los primeros tiros, no paraba ni tenía sosiego, figurándose, sin duda, que aquello tocaba ya á su ministerio. Pero estaba sumamente sorprendido de no ver caer ni un miserable pájaro, y deploraba en su interior la detestable puntería y la torpeza de los cazadores.

Las carreras y los saltos que daba eran incesantes y prodigiosos. El conde, que estaba apuntando al blanco, se distrajo una de las veces mirándole correr, y sin decir palabra movió el cañón y lo dirigió hacia él. Sonó el tiro. El Canelo se detuvo en su carrera y cayó herido mortalmente.

El conde soltó una carcajada y dijo alargando la escopeta á miss Florencia: «Veo que aún no he perdido enteramente la puntería». Todos los circunstantes quedaron atónitos. Pedro se puso blanco como el papel; después le subió una ola de sangre á la cara y pasó un relámpago de ira por sus ojos. Todo su cuerpo se estremeció como el mástil de un barco al golpe del viento. Por un instante pudo creerse que el fiero león caía sobre el gato y lo deshacía entre sus garras; mas la chispa se apagó sin causar estrago. Quedóse otra vez pálido, bajó los ojos y de ellos brotó una lágrima ardiente y silenciosa. Lo único que sus labios trémulos murmuraron fué: «¡Señor!» de un modo casi imperceptible. El conde le arrojó una mirada altiva, volvió la espalda y se fué hacia casa. La condesa y Pedro corrieron al sitio donde yacía el perro luchando con las ansias de la muerte. El pobre animal levantó la cabeza lentamente, y pareció decirles con una mirada angustiosa: «¿Por qué me habéis matado?» Pedro dijo sordamente:

--Hace falta agua.

La condesa agarró el sombrero del mayordomo y voló á uno de los charcos cercanos. Después, ambos de rodillas, se pusieron á lavar la herida del animal. La bala le había atravesado de parte á parte, entrándole por el vientre cerca de las patas traseras y saliéndole por el pecho. Todos los esfuerzos fueron inútiles. La sangre corría con tal abundancia, á pesar de los pañuelos que le ataron, que en breve se hizo un charco á su alrededor. Los niños, á cierta distancia, contemplaban con ojos de espanto y dolor la muerte de su fiel amigo. La respiración del Canelo era cada vez más fatigosa y anhelante: después se fué poco á poco amortiguando, escuchándose un estertor débil y profundo. Se le vidriaron los ojos. Levantó, por último, con suavidad la cabeza, que la condesa se apresuró á tomar entre sus manos. El moribundo perro alargó un poco el hocico, lamió una de aquellas manos y expiró....

* * * * *

* * * * *

Acababan de sonar las dos de la noche. El reloj del salón principal, oculto en su caja de madera negra, había vacilado algún tiempo antes de darlas. Las tinieblas envolvían el salón y toda la casa. Reinaba el silencio en todas partes. El latir grave y acompasado del reloj era el único ruido sedicioso que turbaba la majestad de aquel silencio. Se había estremecido dentro de su armadura, como si quisiera despertar de algún sueño triste, y había exhalado un suspiro ronco: después se escucharon en lo interior de su vientre algunos ruidos huecos y mecánicos. Por último, lanzó dos campanadas firmes y solemnes que vibraron largo tiempo por los espacios tenebrosos del palacio. Después todo quedó otra vez en silencio.

Trascurrieron algunos instantes. Una de las puertas del salón, la que daba á las habitaciones de la condesa de Trevia, empezó á abrirse suavemente, y apareció en ella una figura blanca. Cerró tras sí la puerta y avanzó cautelosamente hasta la mitad de la estancia. El reloj no la dijo una palabra: se contentó con mirarla desde su rincón oscuro asomando el rostro por encima de la negra caja de madera. La figura blanca, después de pararse un instante, avanzó de nuevo y salió por otra puerta que daba á un pasillo. Siguió avanzando por él cada vez con más cautela y apoyándose en la pared; subió después una escalera interior y entró en otro pasillo. En la mitad de él tropezó con un mueble, produciendo fuerte ruido. Detúvose, quedando inmóvil como una estatua. Sólo se escuchaba su respiración anhelante y comprimida. Después de un rato siguió marchando, y cruzó todavía otro pasillo más estrecho y más largo. Al final de él se paró ante una puerta y aplicó el oído. Dentro se oía una respiración tranquila y acompasada. Al cabo de buen rato alzó con la mano suavemente el pestillo, empujó la puerta y penetró silenciosamente en la estancia. Con los brazos extendidos hacia adelante, avanzó algunos pasos hasta tropezar con una cama. Quedó inmóvil otra vez, y con voz apagada dijo:

--Pedro... Pedro...

Nadie contestó. Volvió á repetir más fuerte:

--Pedro... Pedro...

Esta vez la voz de Pedro contestó:

--¿Qué es eso?... ¿Quién va?

--Soy yo; no te asustes.

El joven se incorporó violentamente en la cama y exclamó espantado, aunque en voz baja también:

--¡Usted, señorita!... ¿Ocurre algo?... ¿Qué es lo que quiere?...

La figura blanca le echó los brazos al cuello y acercando la boca á su oído le dijo con acento tembloroso, en el cual se percibía al mismo tiempo cierta ferocidad:

--Quiero... ¡quiero que te vengues de ese infame!

Y acabando de decir estas palabras, volvió la cabeza hacia la puerta, y sus ojos hermosos, rasgados, centellearon de indignación.

XII

Un paquete de cartas.

De Octavio Rodríguez á la condesa de Trevia.

SERÁ forzoso, pues, que sucumba? ¿El cáliz de la vida habrá agotado para mí su licor dulce y chispeante? ¿No he de apurar ya más que sus heces amargas? Cuando torno la vista al pasado, condesa, y contemplo lo que era hace pocos meses y lo que ahora soy, me acometen deseos inmensos de odiar á usted. ¡Ah, si esto pudiera ser! ¡Ah, si pudiera borrar, aunque fuese con mi sangre, la pasión fatal que me atormenta!

Si usted comprendiera mi felicidad pasada, cuando bañado por el sol de la alegría y dormido suavemente sobre risueñas ilusiones esperaba que mi alma despertase al rumor de una pasión embriagadora que iluminase mi espíritu y lo encendiese en placeres celestiales; si usted alcanzara ahora toda la fuerza de mi desgracia, quizá no fuese tan cruel conmigo. Yo conocía el amor por las novelas. Nunca vi en él otra cosa que un sentimiento purísimo, encanto de la vida, sacado por Dios del seno de la luz para regalo del universo. Todas las melancolías y tristezas que de él escuchaba referir, todos sus anhelos, dolores y martirios, me parecían un acompañamiento obligado que servía tan sólo para hacer más dulce y sonora su música. No había sospechado jamás que los dolores del amor podían lastimar el alma, que sus lágrimas eran verdaderas lágrimas, amargas y calientes como las demás que se vierten en el mundo. Era que aún no había amado.

Un día vino á mí una niña hermosa, tierna y sencilla y me entregó su corazón. Yo fuí bastante bárbaro para no saber qué hacer de él. Por un momento creí amarlo, lo calenté contra mi pecho, lo perfumé con la poesía de mis sueños y lo cubrí con todas las flores de mi espíritu; pero fué en vano. Aquel corazón, en vez de calentar mi pecho, lo iba enfriando poco á poco. Mis esfuerzos para gozar la dicha inefable de amar fueron estériles. Sobre todo en este mundo se puede mandar; sobre la tierra oscura que pisamos, sobre los abismos recónditos del Océano, sobre los senos luminosos del aire, menos sobre nuestros propios sentimientos. Vino usted después, y sonó la hora de mi vida y de mi muerte. Aunque usted no lo crea, le diré que ya mi alma la había adivinado, que ya su imagen pura y graciosa flotaba vagamente en lo íntimo de mis pensamientos. ¡Pero qué lejos estaba de sospechar, cuando por vez primera fijó usted en mí sus ojos brillantes, lo que había de suceder tan presto! Tuve la audacia de amar á usted; tuve la audacia de decírselo y no la tuve para morir. ¡Cuánto debe usted despreciarme!

Soy muy desgraciado; no puedo serlo más, aunque el cielo se empeñase en ello; pero le juro por mi salvación que no trocaría mi desgracia por la felicidad de nadie. Y es porque va usted ligada á esta desgracia, porque es usted la causa de ella, porque en el fondo de este cáliz de amargura veo brillar sus ojos altivos y serenos. Es de tal suerte mi amor, que la quiero á usted más, altiva que risueña, que padezco horriblemente con sus desdenes y padecería aún más si, confundida con el vulgo de las coquetas, me otorgara los pequeños favores que halagan la vanidad, que gozo con que usted me desprecie y me haga llorar y que todas estas extravagancias se las cuento para que usted me desprecie todavía más y se acreciente el sabor dulce que percibo en el fondo de sus desprecios. ¡Seré insensato!

Debo confesarle también algo que me humilla, porque quiero que usted lea en mi alma como en un libro abierto. Yo me decidí á hablar á usted de amor, no porque me inspirara desde el punto en que la vi una pasión loca, sino por motivos de vanidad; porque me lisonjeaba ser amado de una dama hermosa y celebrada en el mundo cortesano. Hoy todos estos motivos se han ido marchando á la tierra, como la escoria, y ha quedado limpio y acendrado el oro puro de mi cariño ó, mejor dicho, de mi adoración. El amor es algo que iguala á los seres que lo sienten, y yo no quiero ser igual á usted, sino infinitamente inferior: quisiera ser el gusano que usted aplasta con el pie al caminar sobre la hierba. Voy á confesarle aún otra cosa, pero con mucho misterio, bajo secreto de confesión. Hay en el fondo de mi desgracia un pensamiento tan consolador, que casi no me atrevo á decírselo de miedo que usted me lo arrebate: es una luz suave que esclarece un poco las tinieblas en que yace mi espíritu acongojado. _Usted no ama á su marido._ No me arranque usted por Dios esta última ilusión. Usted no ama á nadie: no hay hombre en el mundo digno de tal honra. ¡Cuánto placer me causa el creer esto! Su espíritu sereno como las montañas que nos circundan y casto como la nieve que viene á caer sobre ellas, vive en contemplación eterna del firmamento azul. Me complazco en considerar á usted como una de aquellas diosas de mármol que habitaban en el seno de los bosques de la Grecia, comunicando su pensamiento augusto con la blanca luna que á la noche las visitaba. ¿Y sabe usted por qué me complazco? Porque aquellas diosas escuchaban la ferviente plegaria de los peregrinos que venían á postrarse al pie de su pedestal, inmóviles, frías, sin dignarse siquiera posar sobre ellos la mirada; porque aquellas diosas, como usted, no amaban á nadie. ¡Á nadie, á nadie! ¡Qué feliz me hace este pensamiento! Pero qué triste felicidad debe ser ésta, ¿verdad, condesa? Sí; estoy triste y de esta tristeza infinita que me oprime tal vez salga algo muy triste también. Vivo en tal confusión de ideas que ni sé lo que pienso, ni lo que hago, ó lo que es más cierto, pienso cuanto se puede pensar y no soy capaz de hacer nada. ¿Qué me aconseja usted? Estoy resuelto á llevar á cabo cuanto me ordene, menos dejar de adorarla. En sus manos adorables pongo mi pobre corazón.

¡Por Dios, no le haga usted mucho daño!

OCTAVIO.

* * * * *

De la condesa de Trevia á Octavio Rodríguez.

Le escribo á usted arrepintiéndome de antemano de hacerlo. No es en verdad prudente que escriba á un joven que se dice enamorado de mí, por más que sepa á qué atenerme sobre este amor. Pero dada la exaltación momentánea de su ánimo y su temperamento excesivamente impresionable, y como quiera que ya hace algunos días que no pone los pies en esta casa, tampoco sería prudente dejar de escribirle.

Y ante todo, ¿de dónde ha sacado usted que yo le desprecio? Repaso en mi memoria todos los momentos que nos ha hecho el honor de dedicarnos, y no creo que haya salido de mis labios una palabra ni que haya ejecutado acto ninguno que pueda inducirle á usted á creer cosa semejante. Y si alguna vez ha observado en mí señales de impaciencia, considere usted de lo que me estaba hablando y se hará cargo de que no podía menos de darlas.

Por lo demás, puede creer que, lejos de despreciarle, me ha inspirado usted siempre una profunda estimación fundada en su corazón generoso y sensible y en su carácter afable sobre todo elogio. Lo que hay es (y no se ofenda porque se lo diga) que tiene usted la cabeza llena de ideas romancescas, las cuales le turban y le hacen ver lo que no es. Ayer se creía enamorado de una niña de quince años; hoy se juzga usted apasionado de una mujer de treinta. ¿No comprende usted mismo que en ello juega muy poco papel el corazón, y que todo tiene su raíz en una fantasía inquieta y poderosa? Hoy forja usted sobre mi insignificante persona una novela tan complicada é interesante como la que hace poco tejía sobre la hermosa niña que es todavía su novia. ¿No se le ocurre que esta novela necesariamente ha de terminar como aquélla? Estoy muy lejos de ser lo que su mente exaltada se ha figurado. No soy esa diosa de la Grecia de que usted habla, que sólo se comunica con la luna y recibe la adoración de los mortales sin pestañear, sino una pobre mujer plagada de defectos y que está en el caso de agradecer cualquier prueba de atención que se le conceda.

Me pide usted que le diga lo que debe hacer. Es una carga superior á mis fuerzas. No sé lo que convendría que usted hiciese. Sin embargo, yo en su caso me iría de este país por una temporada hasta que nos hubiésemos partido á Madrid. Cuando volviera á verme el año que viene, le doy mi palabra de que se habría deshecho la diosa de la Grecia y de que usted se reiría grandemente de sí mismo. Haga la prueba y lo verá.

LAURA.

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De D. Primitivo Alonso á M. Baltasar Alonso.--27, _rue des Feuillantines._--Paris.

Querido sobrino: Leí tu grata del 14, y por ella veo que gozas de salud, de lo cual nos alegramos mucho, lo mismo tu tía que yo, pues es lo principal, porque de todo lo demás hay que hacer poco caso. Ya sé que marchan bien tus negocios, aunque nunca me dices una palabra. Eres lo mismo que tu padre, que cuando le sale bien una cosa se calla, y cuando le sale mal no tiene boca bastante para quejarse.