El señorito Octavio

Part 11

Chapter 114,055 wordsPublic domain

--No encuentro motivo para que usted desee la muerte, Octavio. Una pasión, por imposible que sea, arrastra consigo muchos y dulces placeres. Solamente el amar es ya una felicidad inmensa... á mi entender mucho mayor que la de ser amado. Si es verdad que usted siente una pasión, y esa pasión es noble, procure usted encerrarla en el fondo del alma como una joya preciosa, como una flor delicada. Las flores no crecen en los parajes infectos ó áridos. Quizá le preserve de cometer malas acciones; y aunque no fuese más que por esto, debe usted bendecirla.

No me cabe duda que entendió mi declaración. Su mirada huía de la mía al decirme estas palabras; su voz temblaba; su paso era precipitado... ¡Oh, sí, me ama, me ama!... Siento no obstante una turbación... Me encuentro tan agitado... Todas las noches sueño cosas espantosas...

Agosto 15.

Me causa vergüenza escribir lo que acaba de sucederme; pero ¿no ha de ser este libro solamente para mí? No quiero dejar de apuntarlo, aunque me cueste trabajo. Tendré siempre á la vista la historia exacta de mi vida.

Hemos estado en el monte á cazar. Salimos á las cinco y media de la mañana y regresamos á las siete de la tarde. El conde se empeña en que _ella_ cace también: ¡y por qué sitios! Por mucho que la imaginación trabaje, es imposible que se forje nada tan fragoso y espantable. Hemos estado en la misma Peña Mayor; pero antes de llegar allá necesitamos atravesar bosques espesos de hayas, donde se deja en pedazos la ropa y hasta la piel, senderos labrados en la roca sobre negros abismos, donde un tropezón cuesta la vida, y puentes rústicos, formados á veces de un solo tronco de árbol, que por maravilla no se va uno cien veces al torrente. Las montañas se elevan á menudo perpendicularmente sobre nuestras cabezas, dejando sólo un estrecho paso que se reparten el hombre y el arroyo. En otras ocasiones los peñascos se aglomeran en un punto, los unos sobre los otros, de tal suerte que el hombre y el arroyo se ven obligados á dar mil vueltas y rodeos para hallar salida. Ella pasa por los sitios más peligrosos sin ningún miedo. Á veces parece gozar desafiando á la muerte. Verdad que lleva consigo á Pedro el mayordomo, que conoce todos aquellos parajes al dedillo y anda por ellos lo mismo que por una sala. Le he visto hoy coger á la condesa como si fuese una muñeca y atravesar de dos brincos un puente hecho de troncos podridos. Después de andar inútilmente bastante tiempo, y ya bien mediada la tarde, echamos un rebaño de nueve corzos. Ni ella ni yo, por haber disparado con precipitación, conseguimos tocar á ninguno. El conde esperó con calma que estuviesen cerca y dejó dos muertos de dos disparos. La impasibilidad con que este hombre lo ejecuta todo es para sorprender á cualquiera. Ella le tiene miedo, y esto me obliga á odiarle con todo mi corazón, por más que reconozca que es un hombre distinguido. No creo que la maltrate, pues al fin y al cabo «nobleza obliga», pero me da el corazón que no la quiere. ¡Qué sacrilegio! ¿Dónde tendrá los ojos el señor conde de Trevia?

Después que presenciamos las últimas convulsiones de los corzos (cuando contemplé el dolor de aquellos inocentes animalitos, por nada en el mundo hubiera querido ser su matador), subimos aún más para ver el lago _Ausente_, que es un capricho grandioso de la Naturaleza. Está rodeado de altas y descarnadas montañas que forman un anfiteatro en el cual la superficie tranquila del agua forma el redondel. Nos asomamos por uno de los peñascos que lo circundan. La soledad de aquel sitio es aterradora y oprimió mi corazón. Parece el lugar donde los genios de la montaña vienen á llorar sus tristezas, y aquellas aguas opacas y pesadas como el plomo, las lágrimas que derraman. El conde, apenas hubo arrojado sobre él una mirada, se volvió con Pedro. Quedamos ella y yo en pie sobre el abismo. ¡Qué hermosa estaba sobre su pedestal granítico! Después de Dios, jamás contempló aquellas aguas un ser tan bello. Sentí que el corazón me latía fuertemente; me pasó como un carbón encendido por la garganta; turbóseme la vista, y sin saber cómo, me encontré á sus pies, diciendo:

--Más vale morir una vez que morir mil veces cada día. Hace un mes que tengo un infierno en el corazón... Una palabra, una mirada, un gesto de usted puede elevarme repentinamente al cielo... Porque quiero que usted sepa que la amo... sí... la amo como un insensato que soy. Soy un insensato... pero ya no tiene remedio... Si esa palabra ó esa mirada no viene, tendrá usted la triste satisfacción de verme rodar ahora hasta esas negras aguas que me taparán para siempre.

Quedó un momento suspensa, mostrando gran sorpresa. Me dirigió una mirada altiva y prolongada; y sin proferir palabra volvió la espalda y echó á andar lentamente.

No sé lo que pasó por mí. Cuanto tenía delante, el lago, la tierra, el cielo, quedaron confundidos y se oscurecieron. Sentí que era necesario morir, y vi la muerte delante de los ojos. Pero un pensamiento maldito de temor se alzó en mi corazón con poder invencible. Vi de improviso y en un solo instante todo mi pasado: los sitios donde corrieron las dulces horas de mi infancia, el pequeño lecho donde me dormía oyendo los cuentos de la criada; sentí sobre la frente los tiernos besos de mi madre y en las mejillas la áspera caricia de la mano de mi padre, más suave para mí que el ala de un ángel... ¡El lago estaba tan negro!... ¡Qué rumor lúgubre levantaría mi cuerpo ensangrentado al penetrar en él!... ¡Ay! Faltóme el valor... ¡Qué vergüenza!... Metí el rostro entre las manos y rompí á llorar como un niño.

Noté que ya no andaba, y sin verla sentí que su mirada se posaba sobre mí más dulce y compasiva.

Durante el camino no me atreví á despegar los labios. Ella también iba silenciosa. El conde y Pedro charlaban de las ocurrencias de la caza. Cuando llegamos á casa era ya noche. Lo primero que vimos en el portal fué á la monísima Emilia que extendió los bracitos hacia su madre gritando de alegría. Ésta se apresuró á levantarla y le dió un sonoro beso en la frente. Después, señalándomela con ademán imperioso, me dijo: «¡Ahí!»

Obedecí sumiso y besé también la frente de la niña.

Agosto 16.

Salgo de la cama en este instante. No he soñado monstruosidades como otras veces, pero ha sido tan triste mi sueño, que aún estoy conmovido. Siento dentro del alma una melancolía honda y desgarradora como si me encontrase solo en el mundo.

Soñé que me hallaba en medio de un salón de baile espléndido y hermoso y profusamente iluminado. Pero lo raro es que en aquel salón no había nadie más que yo, que me paseaba en traje de etiqueta, viendo repetirse mi imagen en todos los espejos. El silencio era casi absoluto. Mis pies se hundían en la mullida alfombra sin producir ruido. Al cabo de algún tiempo observé que se abría una puerta y aparecía en ella la torneada figura de la condesa, rica y elegantemente vestida. Dirigióse á mí sonriendo y me dijo: «¿Quiere usted que bailemos un poco?» Al mismo tiempo escuché los acordes de un vals de Strauss, tocado admirablemente por una orquesta invisible. Nos pusimos á bailar. Ella se abandonó en mis brazos como una niña y corrimos el salón de un cabo á otro sin tocar apenas en el suelo. Yo, sin gastar preámbulos, le declaré mi amor con palabras fogosas y apasionadas. Me respondió que su amor era tan grande como el mío y empezó á estrecharse más contra mi pecho. Turbado y ebrio de voluptuosidad, quise acercar mis labios á los suyos; pero en aquel momento me sentí cogido por unas manos de hierro. Volví la cabeza y se me figuró ver el rostro pálido del conde. Todo desapareció y mi sueño quedó disipado, como las imágenes de un cuadro disolvente.

Desperté muy agitado. Aunque estoy mejor, aún me dura la alteración nerviosa. No sé si llegaré á presentarme otra vez en la Segada. Quisiera tener fuerzas para huir de estos sitios.

X

Síntomas graves.

EL calor había alcanzado su grado máximo. Los árboles y las plantas, poco acostumbrados á él, empezaban á sentirse sofocados y demandaban á las nubes, que pasaban volando sobre ellos, algunas gotas de agua; pero las nubes se hacían las sordas y seguían inflexibles su camino por el espacio. Los frutos comenzaban á amarillear; los riachuelos se secaban dejando al descubierto su lecho de guijarros que los rayos del sol tornaba blancos. Si se aplicaba un fósforo encendido á la hierba, ardía como estopa. La gente de la Segada tenía que andar un kilómetro para ir á la fuente, porque la del pueblo se había agotado.

La vida en el palacio era monótona, pero dulce y amable. Laura tenía perfectamente distribuído el tiempo, y lejos de aburrirse se encontraba como el pez en el agua. La idea de su vuelta á Madrid la estremecía. Se levantaba muy temprano y salía á la huerta, donde hizo por su mano algunas notables mejoras, como fué la de trasplantar algunos claveles que estaban demasiado prietos y se molestaban, y limpiar el polvo con delicado esmero á las hojas de una enredadera: también colocó una esterita de quitaipón sobre los alelíes para que el sol no los quemase á ciertas horas del día. Tornaba al palacio siempre fatigada y se apresuraba á lavarse las manos manchadas de tierra. Después se desayunaba en compañía de sus hijos, con los cuales permanecía encerrada en sus habitaciones toda la mañana, alternando los juegos con el trabajo. Eran las horas más deliciosas de su existencia. Pero venían á avisarla que el almuerzo estaba servido y era fuerza resignarse otra vez á ver sonrisas ambiguas, miradas crueles, semblantes odiados.

Por la tarde, cuando no tomaba el álbum y los lápices para ir á dibujar al campo, salía á dar una vuelta por el pueblo. Entraba en las casas de los vecinos y se pasaba á veces dos ó tres horas en alguna de aquellas miserables viviendas sentada sobre un cofre sucio, escuchando sin pestañear las relaciones de las mujeres gárrulas que no acababan jamás ó ayudándolas en sus fatigosas tareas. Al principio la trataban con mucho respeto. Á medida que la conocían, iban tomando confianza, que hubo de tocar no pocas veces en familiaridad. Pedro solía acompañarla en estas excursiones, lo mismo que en los trabajos matinales de jardinería. El pobre debía de aburrirse de un modo lastimoso en aquellas sesiones en que la condesa servía de paño de lágrimas, pero no lo demostraba. Antes parecía estar como en la gloria sentado frente á su señora, callando, sonriendo y sin quitarla ojo. Á las cinco, poco más ó menos, la condesa volvía á casa para recibir las visitas de los amigos de Vegalora. Al oscurecer comían y después de rezar el rosario y acostar á los niños se encerraba en su cuarto y pasaba gran rato leyendo antes de irse á la cama. Así era la vida que la opulenta condesa de Trevia, gloria y admiración de los salones de la corte, verdadera estrella Sirio de la sociedad madrileña, encontraba dulce y amable. Algunos días salía de caza, con no poca pesadumbre, pues aunque amaba el ejercicio y los campos, aborrecía la muerte de los animales inocentes. Además, se veía precisada á estar con _él_ algunas horas.

En cuanto á la manera que el conde tenía de pasar el tiempo en su palacio, sólo la blonda institutriz pudiera dar cuenta perfecta de ella.

La del mayordomo había cambiado notablemente desde la llegada de sus amos. Pedro era un buen muchacho, un poco brusco, un poco altivo, un mucho cándido y noble. Las vicisitudes de su carrera militar, aunque breve, gloriosa y variada, no le habían enseñado más de lo que ya tenía aprendido de la naturaleza: á callar pocas veces sus sentimientos y á ser intrépido y firme en todas ocasiones. Su figura anunciaba claramente estas cosas. Aquellos ojos negros velados por largas pestañas, aquel cabello encrespado, los rasgos pronunciados de su rostro trigueño, la anchura de su cuello y lo fornido de sus hombros acusaban sin ninguna duda el temperamento sanguíneo puro. En toda la comarca era temido por sus ímpetus y amado por su franqueza y generosidad. La vida de Pedro antes era la de un labrador bien acomodado. Odiaba las cifras y las cuentas y procuraba despachar las que le estaban encomendadas en el menor tiempo posible y por el procedimiento más breve. En cambio era apasionadísimo de los trabajos del campo, de la caza, de los caballos y de los toros. Le costaba mucho trabajo estarse quieto, sobre todo en casa. Parecía que sus pulmones de gigante no encontraban aire ni aun en los espaciosos salones del palacio. Pero desde que los señores habitaban en la Segada, ó mucho habían cambiado sus aficiones, ó muy contrariado debía estar, pues sus costumbres no eran las mismas. Ya no salía de caza sino con los condes. Dejó en manos de los criados los trabajos de la labranza. Apenas visitaba las cuadras y pasaba mucho más tiempo en casa. La condesa le tenía secuestrado para todas sus excursiones y arreglos de jardín. Los niños también le retenían como un compañero que les servía en sus juegos.

Las relaciones entre Pedro y la condesa habían experimentado asimismo algunos altibajos dignos de atención. Durante los primeros días, el respeto y la veneración tenían cohibido al mayordomo en presencia de su señora y le obligaban, contra su natural, á mostrarse tímido y reservado. Vino después un período de confianza del cual hemos visto ya una muestra en la excursión á la romería. Su carácter franco y enérgico concluyó por sobreponerse al espíritu infantil de la condesa. En sus conversaciones casi llegó á borrarse la línea infranqueable que los separaba. Mas de repente, y sin que Laura diera motivo para ello, Pedro cayó de nuevo en una timidez y una reserva inexplicables. No sólo prescindió de las frases familiares y de los modales descuidados en su presencia, sino que hasta evitaba el mirarla frente á frente. Á pesar de esto no se notó que huyera las ocasiones de acompañarla; antes al contrario, parecía que las solicitaba. Mas, una vez á su lado, dejaba pasar las horas sin despegar los labios, apresurándose á cumplir sus órdenes más insignificantes. La timidez del mayordomo no era en verdad de la misma índole que antes. Había en ella más idolatría á la mujer que respeto á la señora. La condesa, ó no observaba tal cambio de modales, ó si lo observaba no quería fijar la atención en ello.

La actividad de Pedro había decrecido notablemente. Aquel Hércules se enervaba á ojos vistas en los cuidados del jardín. El perfume que la condesa despedía de su persona había mermado sus fuerzas y el roce fugaz de su vestido turbado mucho sus costumbres. Cuando quedaba sólo no buscaba al momento, como antes, una ocupación manual en que entretenerse. Permanecía grandes ratos contemplando sin pestañear cualquier objeto que tuviera delante de los ojos y (cosa que hasta entonces nunca le había sucedido) le llamaban poderosamente la atención las cimas lejanas y vacilantes de las montañas que cortaban la niebla del horizonte. Quiso atribuir al calor esta singular postración que experimentaba, y cuando algún vecino después de sorprenderle con los brazos cruzados le dirigía alguna pulla, echaba pestes contra el verano, que le quitaba las ganas de emprender ningún trabajo. Y en realidad, no mentía. Nunca había sufrido tanto calor. La sangre hervía dentro de sus venas produciéndole gran desasosiego. Pasaba las noches en claro dando vueltas en la cama sin lograr prender los ojos. Y de vez en cuando solía levantarse en lo más hondo de sus entrañas un rumor extraño, doloroso, que le desazonaba sin acertar á comprender de dónde venía ni qué expresaba. Parecía el ruido de la sangre al invadir con ímpetu lugares donde nunca hubiese entrado.

Cierta noche en que se revolvía en el lecho medio sofocado por el calor y la desesperación de no dormirse, después de haber aligerado la ropa en vano y abierto de par en par la ventana, concibió el proyecto de salir á darse un baño en el río. Y como para nuestro mayordomo los proyectos eran resoluciones, y más tratándose de algo peligroso, dicho y hecho: levantóse velozmente, abrió una de las puertas traseras del palacio y se encaminó sin vacilar á las orillas del Lora. Despojóse inmediatamente del vestido y se zambulló en los cristales opacos del río con estrépito. La noche era despejada, pero sin luna. El remanso donde se bañaba estaba envuelto en sombras espesas que los árboles arrojaban. Permaneció más de media hora tendido de cara al cielo contemplando las estrellas que flotaban en el éter como él en el agua. Pensaba, ó por mejor decir, soñaba cosas disparatadas, pero suaves y hermosas. El calor, sin embargo, no huía de su cuerpo. Dejó pasar más tiempo, y viendo que no conseguía refrescarse enteramente, salió del baño. Cuando se puso la ropa sintió un fuerte temblor de frío, que desapareció al instante. En el camino sintió otros dos ó tres cada vez más prolongados. Al entrar en la cama tiritaba atrozmente y no consiguió producir la reacción por más que se echó gran cantidad de ropa encima. Al amanecer se le fijó un agudo dolor en el costado izquierdo que le obligó á llamar al médico. Á las diez de la mañana estaba declarada la pulmonía, y el médico de la villa le daba un fuerte lancetazo y le extraía buena porción de sangre.

La condesa, á las doce del mismo día, asomó su carita graciosa y sonrosada por la puerta del cuarto y preguntó con interés:

--¿Qué es eso, Pedro, qué te pasa?

--Me he puesto malo, señorita, pero ya estoy bien.

--¡Qué has de estar bien, hombre, si me han dicho que te acaban de sangrar! ¿Cómo has hecho la atrocidad de bañarte por la noche? Te está bien empleado por majadero. ¿Crees que se puede jugar con la salud? Lo que no sucede en un año sucede en un día. Los que estáis robustos os figuráis que no podéis enfermar jamás, pero cuando menos lo pensáis os viene el latigazo encima. Voy á preparar el calmante que el médico ha recetado. Ten cuidado de no sacar los brazos fuera. Gracias á Dios, eso no será nada. No tengas aprensión.

Desapareció después de pronunciar este sermoncito, que el mayordomo encontró delicioso.

Al día siguiente á la misma hora volvió á asomar la cabeza.

--¿Cómo va?

--Mejor; ya me ha desaparecido el dolor.

--¿Has dormido?

--Regularmente.

--Ya sé que te probó bien el calmante. Hay que repetir la dosis. Lo que importa es que sudes mucho. He mandado calentar unas botellas de agua para los pies, y que te las renueven cada hora. ¡Pero qué majadería has hecho, Pedro! ¿Cómo se te ha ocurrido la idea de bañarte por la noche?...

La condesa pronunció un nuevo sermón contra los hombres que juegan con su salud.

Al otro día, después de preguntarle cómo seguía, Laura observó que la ropa de la cama se había caído un poco, y sin poder contenerse se acercó al enfermo.

--¡Ave María Purísima, cómo has puesto la ropa!--exclamó mientras la arreglaba con solicitud maternal.--Si no te movieses tanto, criatura, no te sucedería esto. No tienes tú toda la culpa, sino esas torpes de criadas que no saben hacer una cama.

Al tirar por la ropa hacia arriba, los dedos de la condesa rozaron la boca del mayordomo, el cual dejó escapar un beso tímido sobre ellos. Laura quitó rápidamente la mano, se puso colorada y continuó, sin decir palabra, arreglando la cama.

Al día siguiente sólo asomó la nariz por la puerta para preguntarle cómo seguía, y se fué sin entrar en conversación. Pero al otro volvió á notar con disgusto que las almohadas se hallaban completamente fuera de su sitio.

--Debes de estar muy incómodo, Pedro. Espera... alza un poco la cabeza.... Así.... ¿No estás mejor ahora?

Arregló después un poquito el lecho, y allá, para concluir, tiró otra vez por la ropa hacía arriba. La casualidad hizo que otra vez rozasen sus dedos con la boca del joven. La casualidad también que Pedro apretase sus labios contra ellos. La condesa no pareció notarlo.

El mayordomo era muy inquieto en la cama. La enfermedad le hacía serlo aún más, por lo que con mucha frecuencia se le revolvía y marchaba la ropa. Al menos, la condesa la encontraba siempre muy descompuesta. Las casualidades de que hablábamos repitiéronse varias veces, sin que Laura se diese por enterada ni acusase recibo del beso. ¡Era tan leve y tan tímido! Si hubiese mostrado enojo, el pobre Pedro hubiera empeorado y acaso sucumbido. Pero con aquella dulce medicina nuestro mancebo se fué mejorando de un modo rápido, hasta levantarse á los doce días del lecho. Nunca enfermedad se le hizo más corta á nadie.

Estuvo tres ó cuatro sin salir de la habitación. Durante ellos pudo observarse una cosa singular, y es que estaba menos contento en la convalecencia que lo había estado en la enfermedad. La gente del palacio lo atribuía al abatimiento que le dejara la extracción de sangre.

La condesa venía á verle todos los días, conversaba con él, le traía golosinas, le mimaba... pero ya no arreglaba la ropa. Su tristeza era visible para todos, que procuraban animarle, menos para ella.

Una tarde, sin embargo, cuando estaba ya casi sano, la condesa asomó, como de costumbre, la cabeza y le preguntó si no se decidía á dar una vuelta por la huerta. El día estaba muy hermoso y el ambiente seco; alguna vez era preciso salir del cuarto. Pedro contestó, sonriendo, que no se hallaba con ánimo todavía para pasear. Mas en la sonrisa que contrajo sus labios reflejábase una tristeza tan profunda y tan grande abatimiento, que la condesa se le quedó mirando un buen espacio tratando de sondarle el alma. Al fin, acercóse á él lentamente y le dijo en voz baja:

--Estás muy triste, Pedro. ¿Te encuentras peor?

--No, señorita, no; me encuentro bien.

--Vamos, no lo ocultes. ¿Te sientes mal?

--No; ya estoy completamente bueno.

--Entonces, ¿te hace falta algo?

Vaciló un instante y, apoderándose rápidamente de una mano de su señora, empezó á cubrirla de besos apasionados.

--Sí, me hace falta esto.

Á la pobre Laura se le encendió el rostro. Quedó confusa y temblorosa, y no supo más que decir mientras trataba de sustraer su mano á las apasionadas caricias del mayordomo:

--¡No, eso no... eso no!

XI

Lo que cuesta un perro de caza.

El Canelo no era uno de esos perros frívolos que se ponen en dos patas así que se lo ordenan con imperio, ni se entretenía en buscar un pañuelo cuando se lo ocultaban adrede, ni nunca se oyó que hubiese saltado por Francia, por Inglaterra ó por cualquier otro país extranjero. Tampoco era un perro cominero que llevase la cesta al mercado y la bolsa de los cuartos y viniese muy tranquilo para casa con la carne y el pan sin tocar de ellos. Había formado opinión muy severa sobre todas estas niñerías que no tienen inconveniente en ejecutar los perros sietemesinos. Si alguien le hubiera propuesto una cosa parecida, es seguro que lo hubiera rechazado enérgicamente. Mas en lo que toca al cumplimiento de las tareas que estaban encomendadas á su cuidado, bien puede decirse que ningún perro le ponía el pie delante. Era esclavo de sus deberes. Así que sentía en el cuello el cascabel de caza y veía á su amo tomar la escopeta, se le hinchaban las narices de contento y empezaba á ladrar como un energúmeno (como un perro energúmeno), manifestando por todos los medios posibles que el deber no era para él una carga, antes por el contrario estaba deseando ser útil en todo lo que pudiera. Por esta cualidad tan sobresaliente, y por su maravillosa aptitud y habilidad para quedar hecho una estatua delante de las perdices y para _cobrarlas_, aunque se ocultasen en el centro de la tierra, se había captado la estima y admiración de todos los cazadores del contorno. Alguno de ellos llegó á ofrecer por él dos onzas de oro; pero estaba tan lejos Pedro de enajenarlo á ningún precio, como de tirarse á la mar. Porque aunque no le escaseaba los puntapiés, tal cariño le profesaba, que primero le faltara el pan á él que á su perro. Razón poderosa tenía, pues, el Canelo para adorar á su amo y no separarse de su lado ni de día ni de noche.