Part 8
Don Álvaro dijo entonces a su tío que pensaba partir al punto a Castilla, y el anciano se lo aprobó, no sólo porque como señor mesnadero estaba obligado a servir al rey en la ocasión que se ofrecía, sino también con el deseo de que los peligros y azares de la guerra, que tan bien cuadraban a su carácter, le divirtiesen de sus sinsabores y pesares. Por esta vez, su bandera, compañera inseparable de la del Temple, tenía que ir sola en busca del enemigo, pues los caballeros, recelosos con sobrado fundamento de la potestad real, y pendientes del giro que tomasen en el vecino reino de Francia los atropellos cometidos en la persona de su maestre ultramarino y demás caballeros, juzgaron prudente mantenerse neutrales en la guerra intestina de que iba a ser teatro la desventurada Castilla.
Al día siguiente salió don Álvaro de Bembibre camino de Carrión con parte de su mesnada, dejando el cuidado de conducir la otra parte a Melchor Robledo, uno de sus oficiales, y su castillo en manos de los caballeros templarios de Ponferrada. En tanto que allá llega y se junta a la hueste del rey don Fernando IV, forzoso será que demos a nuestros lectores alguna idea de las nuevas turbulencias que en diversos sentidos llamaban a los pueblos y a los ricos hombres, a las armas.
La familia de los Laras, poderosísima en Castilla, tenía vinculados en su casa la turbulencia y el desasosiego, no menos que la nobleza y la opulencia. El jefe actual de este linaje, don Juan Núñez de Lara, había estado largo tiempo desnaturalizado de Castilla, y entrado en ella a mano armada cuando la gloriosa reina doña María tenía las riendas del Gobierno; pero desbaratado su escuadrón por don Juan de Haro, cayó en poder de la reina prisionero. Despojáronle entonces de todos sus castillos y heredades, pero poco tardaron en volvérselas, y para sellar más fuertemente esta avenencia le hicieron mayordomo del rey, puesto el más aventajado y codiciado de su casa. Corrían, empero, los tiempos tan turbios y alterados, y el carácter de Núñez de Lara era tan enojadizo y revoltoso, que todas estas mercedes no fueron bastantes a corregir sus malas propensiones. El infante don Juan, que tan funesto nombre ha dejado en nuestra historia para servir de sombra y de contraste a la resplandeciente figura de Guzmán el Bueno, malhallado con la pérdida de su soñado reino de León, tardó poco en trabar con él amistad y alianza, deseoso de fundar en ella sus pretensiones al señorío de Vizcaya, que pertenecía a su mujer doña María Díaz de Haro, como heredera de su padre el conde don Lope, pero que, sin embargo, no había salido de las manos de don Diego, su tío, poseedor de él a la sazón. Era este pleito muy ajeno y difícil de componer y pocos señores además lo deseaban sinceramente, porque con semejantes bandos y desavenencias el poder de la corona se enflaquecía al compás de sus usurpaciones y desafueros, y no llegaba el caso de poner coto a este germen de debilidad que atacaba el corazón del estado. Las revueltas de la menor edad del rey habían enseñado a los señores el camino de la rebelión, y así el brazo como el discurso del rey eran ambos flojos en demasía para atajar tan grave daño.
A pesar de todo, por la discreción y habilidad de la reina doña María llegó a sosegarse la diferencia de don Diego de Haro y del infante don Juan, entregando aquél el señorío de Vizcaya a su sobrina doña María Díaz, y recibiendo éste en trueque las villas de Villalba y Miranda; pero el rey, cuyo natural ligero y poco asentado fué causa gran número de veces de que se desgraciasen muy sabias combinaciones políticas, excluyó de esta avenencia y concierto, en que mediaron los principales señores de su corona, a su mayordomo don Juan Núñez de Lara, con quien comenzaba a disgustarse y desabrirse. Según era de esperar de sus fueros y altanería, mirólo Lara como un ultraje sangriento, y despidiéndose del rey con palabras ásperas y descomedidas, fuese a encerrar en Tordehumos, lugar fuerte. Repartió su gente por Iscar, Montejo y otros lugares, y proveyéndose de armas, víveres y pertrechos, se preparó a arrostrar la cólera del rey.
Éste, por su parte, no menos resentido de las demasías de don Juan Núñez, después de tener consejo con los suyos envió a requerirle con un caballero, que, pues, tan mal sabía agradecer sus mercedes, saliese al punto de la tierra y le entregase las villas de Moya y Cañete en que le heredara poco antes. Contestóle don Juan Núñez, con su acostumbrada insolencia, que no saldría de una tierra donde era tan natural como el más natural de ella, y que, en cuanto a las villas, harto bien ganadas las tenía. Con esto, el rey juntó sus tropas y se preparó a cercarle en Tordehumos.
A pesar de estas disensiones, tanto el monarca como los señores del partido de Lara, estaban acordes en un punto: el odio a los templarios, y, sobre todo, en el deseo de repartirse sus despojos. Cierto es que el rey no había recibido daño de la Orden en las pasadas turbulencias y que los caballeros se habían mantenido neutrales cuando menos, durante aquella época azarosa, pero no lo es menos que un miembro de ella, el comendador Martín Martínez, había entregado al infante don Juan, el castillo y plaza del puente de Alcántara. El rey, sin embargo, tuvo más en cuenta este hecho aislado que el comportamiento decoroso de toda la Orden; y por otra parte, el deseo de reparar con sus bienes los descalabros de la corona, y de acallar con ellos la codicia de sus ricos hombres, acabaron de inclinar la balanza de su ánimo en contra de tan ilustre milicia. No obstante, como el papa Clemente IV no acababa de fulminar sus anatemas, ni se atrevía a tomar bajo su protección a aquella tan perseguida caballería, estaban los ánimos en suspenso y con la espada a medio sacar de la vaina. De todas maneras, no se cesaba un punto de minar en la opinión los cimientos del Temple y de urdir sordas cábalas para el día en que hubiesen de romperse las hostilidades. El infante don Juan, centro de todas ellas, no reposaba un momento, y como dejamos ya indicado, los proyectos del conde de Lemus y las amarguras de doña Beatriz y de don Álvaro, eran obra de aquellas manos, que así asesinaban en la cuna los niños inocentes, como las esperanzas más santas y legítimas. Los templarios eran dueños de las entradas de Galicia por la parte del puerto de Piedrafita, Valdeorres, con los castillos de Cornatel y del Valcarce. Las fortalezas de Corullón, Ponferrada, Bembibre, dominaban las llanuras más pingües del país, y, por otra parte, si las casas de Yáñez y Ossorio llegaban a enlazarse, sus numerosos vasallos montañeses de las fuentes del Boeza y del Burbia cerrarían gran porción de entradas y desfiladeros y harían casi inexpugnable la posición de la Orden en aquella comarca. Harto claro veían esto el infante y los suyos, y de ahí nacían las persecuciones del conde, que, lejos de venir a la jornada de Tordehumos, se quedó en los confines de Galicia y en el Bierzo, así para llevar adelante su particular propósito, como para juntar fuerzas contra los templarios, con quienes parecía inevitable un rompimiento.
Encontróse, pues, solo don Álvaro en medio de la hueste de Castilla, o por mejor decir, acompañado de la natural ojeriza y recelo que inspiraba su alianza estrecha y sincera con el Temple, su valor, su destreza en las armas y la nombradía que había sabido alcanzarse de antemano. Por fin, junto al ejército real, y completa ya la gente del señor de Bembibre, que con el segundo tercio, acaudillado por Robledo, se le había incorporado, moviéronse de Carrión y fueron a ponerse sobre Tordehumos con grandes aprestos, bagajes y máquinas de guerra.
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CAPÍTULO XIII
Justamente el señor de Bembibre se alejaba del Bierzo cuando la fiebre se cebaba en doña Beatriz con terrible saña, y la infeliz le llamaba a gritos en medio de su delirio. ¿Quién le dijera a él, cuando en lo más alto de la sierra que divide al Bierzo de los llanos de Castilla volvió su caballo para mirar otra vez aquella tierra, cuyos recuerdos llenaban su corazón; quién le dijera que aquella doncella angelical, su único amor y su única esperanza para el porvenir, yacía en el lecho del dolor mirando con ojos encendidos y extraviados a cuantos la rodeaban y consumidos sus delicados miembros por el ardor de la calentura? Tal era, sin embargo, la tremenda realidad, y mientras la cuchilla de la muerte amagaba a la una, corría el otro por su parte a innumerables riesgos y peligros. Así, de dos hojas nacidas en el mismo ramo y mecidas por el mismo viento, cae la una al pie del árbol paterno, en tanto que la compañera vuela con las ráfagas del otoño a un campo desconocido y lejano.
Figúrense nuestros lectores la consternación que causaría en Arganza la triste noticia de la enfermedad de su única heredera. Doña Blanca, por la primera vez de su vida, soltó la compresa a su dolor y a sus quejas y se desató en reproches e invectivas contra la obstinación de su esposo y contra los planes que así amenazaban a aquella criatura tan querida, en términos que aun al conde, a pesar de la hospitalidad, le alcanzó parte de su cólera. Inmediatamente declaró su resolución de ir a Villabuena, a pesar de sus dolencias, y de asistir a su hija; y don Alonso, temeroso de causar una nueva desgracia contrariándola en medio de su agitación, ordenó que en una especie de silla de manos la trasladasen al monasterio. En cuanto llegó, sus miembros casi paralíticos parecieron desatarse, y sus dolores habituales cesaron; por manera que todos estaban maravillados de verlo. ¡Admirable energía la del amor maternal, santo destello del amor divino, que para todo encuentra fuerzas y jamás se cansa de los sacrificios y fatigas más insoportables!
Doña Beatriz no conoció ya a su madre, aunque sus miradas se clavaban incesantemente en ella y parecía poner atención a todas las palabras de ternura que de sus labios salían; pero era aquella especie de atención a un tiempo intensa y distraída que se advierte en los locos. Su delirio tenía fases muy raras y diversas: a veces era tranquilo y melancólico, y otras lleno de convulsiones y de angustias. El nombre de su padre y el de su amante eran los que más frecuentemente se le escapaban; y aunque el del conde se le escuchaba alguna vez, siempre era tapándose la cara con las sábanas o haciendo algún gesto de repugnancia.
Un monje anciano de Carracedo, muy versado en la física y que conocía casi todas las plantas medicinales que se crían por aquellos montes, estaba constantemente a su cabecera observando los progresos del mal, y había ya propinado a la enferma varias bebidas y cordiales; pero el mal, lejos de ceder, parecía complicarse y acercarse a una crisis temible. Una noche en que su tía, su madre y el buen religioso estaban sentados alrededor de su lecho, se incorporó, y, mirando a todas partes con atención, se fijó en la escasa luz de una lámpara que en lo más apartado de la pieza lanzaba trémulos y desiguales resplandores. Estuvo un rato contemplándola, y luego preguntó con una voz débil, pero que nada había perdido de su armonioso metal:
—¿Es la luz de la luna?... Pero yo no la veo en las ondas del río... ¡Tampoco la dicha baja del cielo para regocijar nuestros corazones!—Aquí dió un profundo suspiro, y luego exclamó vivamente:—¡No importa, no importa! Desde el firmamento nos alumbrará... ¡sí, sí; venga tu caballo moro!... ¡Ay! me parece que he perdido la vida y que un espíritu me lleva por el aire; pero los latidos de tu corazón han despertado el mío. Voy a perder el juicio de alegría... Déjame cantar el salmo del contento: «Al salir Israel de Egipto...» Pero mi madre, mi pobre madre—exclamó con pesadumbre—, ¡ah! yo la escribiré, y cuando sepa que soy feliz, se alegrará también...
Sonrióse entonces melancólicamente; pero cambiando al punto de ideas, gritó desaforadamente con espanto y arrojándose fuera de la cama con una violencia tal, que la abadesa y su madre apenas podían sujetarla:
—¡La sombra! ¡la sombra!... ¡Ay! ¡yo he caído del cielo!... ¿Quién me levantará?... ¡Adiós!... ¡No vuelvas la cabeza atrás para mirarme, que me partes el corazón! ¡Ya se ha perdido entre los árboles!... Ahora es cuando debo morirme... ¡Alma cristiana, prepara tu ropa de boda y ve a encontrar tu celestial esposo!
Entonces, fatigada, cayó otra vez sobre las almohadas en medio de las lágrimas de las dos señoras, y comenzó a respirar con mucha congoja y anhelo. El monje le tomó entonces el pulso, y, mirándole a los ojos con mucha atención, se fué a sentar a un extremo de la celda con aire abatido y meneando la cabeza. Doña Blanca que lo vió, se arrojó de rodillas en un reclinatorio que allí había, y, asiendo un crucifijo que sobre él estaba y abrazándolo estrechamente, exclamaba con una voz ronca y ahogada:
—¡Oh, Dios mío, no a ella, no a ella, sino a mí! ¡Es mi hija única, yo no tengo otra hija! ¡Vedla, señor, tan joven, tan buena y tan hermosa! ¡Tomad mi vida! ¡Ved que no son mis lágrimas las solas que correrán por ella, porque es un vaso de bendición en quien se paran los ojos de todos! ¡Oh, Señor! ¡Oh, Señor! ¡Misericordia!
La abadesa, que, a pesar de que más necesidad tenía de consuelos que poder para darlos, acudió a sosegar a su hermana diciéndole que si así se abandonaba a su dolor, mal podía aprovechar las pocas fuerzas que le quedaban para asistir a su hija. Surtió este consejo el efecto deseado, pues doña Blanca, con esta idea, se serenó muy pronto; tal era el miedo que tenía a verse separada de su hija.
En tal estado se pasaron algunos días, durante los cuales no cesaron las monjas de rogar a Dios por la salud de doña Beatriz. Hubo que establecer una especie de turno para la asistencia, pues todas a la vez querían quedarse para velarla y asistirla. El luto parecía haber entrado en aquella casa sin aguardar a que la muerte le abriese camino. Sin embargo, después de doña Blanca, nadie estaba tan atribulada como Martina, de cuyo lindo y alegre semblante habían desaparecido los colores tan frescos y animados que eran la ponderación de todos. Por lo que hace al señor de Arganza, que a pesar de sus rigores amaba con verdadera pasión a su hija, oprimido por el doble peso del pesar y del remordimiento, apenas se atrevía a presentarse por Villabuena, pero pasaba días y noches sin gozar un instante de verdadero reposo, y a cada paso estaba enviando expresos que volvían siempre con nuevas algo peores.
Por fin el médico declaró que su ciencia estaba agotada y que sólo el auxilio celestial podría curar a doña Beatriz. Entonces se le administró la extremaunción, porque como no había recobrado el conocimiento, no pudo dársele el viático. La comunidad toda, deshecha en lágrimas, acudió a la ceremonia, y cada una se despidió en su interior de aquella tan cariñosa y dulce compañera, que en medio de los sinsabores que la habían cercado de continuo, mientras había vivido en el convento, no había dado a nadie el más leve disgusto.
No hubo fuerzas humanas que arrancasen a doña Blanca del lado de su hija la noche que debía morir; así, pues, hubieron de consentir en que presenciase el doloroso trance. Hacia media noche, sin embargo, doña Beatriz pareció volver en sí del letargo que había sucedido a la agitación del delirio, y clavando los ojos en su fiel criada, le dijo en voz casi imperceptible:
—¿Eres tú, pobre Martina? ¿Dónde está mi madre? ¡Me pareció oir su voz entre sueños!
—Bien os parecía, señora—replicó la muchacha reprimiéndose por no dejar traslucir la alegría tal vez infundada y loca que con aquellas palabras había recibido—: mirad al otro lado, que ahí la tenéis.
Doña Beatriz volvió la cabeza, y sacando ambos brazos tan puros y bien formados no hacía mucho, y entonces tan descarnados y flacos, se los echó al cuello, y apretándola contra su pecho con más fuerza de la que podía suponerse, exclamó, prorrumpiendo en llanto:
—¡Madre mía de mi alma! ¡Madre querida!
Doña Blanca, fuera de sí de gozo, pero procurando reprimirse, le respondió:
—Sí, hija de mi vida, aquí estoy; pero serénate, que todavía estás muy mala, y eso puede hacerte daño.
—No lo creáis—replicó ella—; no sabéis cuánto me alivian estas lágrimas, únicas dulces que he vertido hace tanto tiempo. Pero vos estáis más flaca que nunca... ¡ah, sí, es verdad, todos hemos sufrido tanto! ¡Y vos también, tía mía! Y mi padre, ¿dónde está?
—Pronto vendrá—replicó doña Blanca—; pero, vamos, sosiégate, amor mío, y procura descansar.
Doña Beatriz, sin embargo, siguió llorando y sollozando largo rato: tantas eran las lágrimas, que se habían helado en sus ojos y oprimían su pecho. Por fin, rendida del todo, cayó en un sueño profundo y sosegado, durante el cual rompió en un abundante sudor. El anciano se acercó entonces a ella, y reconociendo cuidadosamente su respiración, igual y sosegada, y su pulso, levantó los ojos y las manos al cielo, y dijo:—Gracias te sean dadas a ti, Señor, que has suplido la ignorancia de tu siervo y la has salvado.
Y cogiendo a doña Blanca, atónita y turbada, de la mano, la llevó delante de una imagen de la Virgen, y arrodillándose con ella, empezó a rezar la Salve en voz baja pero con el mayor fervor. La abadesa y Martina imitaron su ejemplo, y cuando acabaron, entrambas hermanas se arrojaron una en los brazos de otra, y doña Blanca pudo también desahogar su corazón oprimido.
El sueño de la enferma duró hasta muy entrada la mañana siguiente, y en cuanto se despertó y el médico volvió a asegurar que ya había pasado el peligro, las campanas del convento comenzaron a tocar a vuelo, y en el monasterio fué un día de gran fiesta. Don Alonso volvió a ver a su hija, pero aunque no había renunciado a su plan, tanto por la palabra empeñada, cuanto por lo mucho que lisonjeaba su ambición, resolvió no violentar su voluntad, siguiendo en esto los impulsos de su propio corazón y los consejos del prelado de Carracedo. El conde, por su parte, aunque momentáneamente, se alejó del país, y de todas maneras doña Beatriz no experimentó al salir de la enfermedad ningún género de contrariedad ni persecución. Sin embargo, la convalecencia parecía ir larga, y como el monasterio podía traerle a la imaginación más fácilmente las desagradables escenas de que había sido teatro, por orden del monje de Carracedo, que con tan paternal solicitud la había asistido, la trasladaron a Arganza, donde todos los recuerdos eran más apacibles y consoladores. El pueblo entero, que la había contado por muerta, la recibió como nuestros lectores pueden figurarse con fiestas, bailoteos y algazaras que la esplendidez del señor hacía más alegres y animados. Hubo su danza y loa correspondiente, un mayo más alto que una torre, y por añadidura una especie de farsa medio guerrera, medio venatoria, dispuesta y acaudillada por nuestro amigo Nuño el montero, que aquel día parecía haberse quitado veinte años de encima. Por lo que toca al rollizo Mendo, se alegró tanto de la vuelta de Martina, que no parecía sino que la taimada aldeana le correspondía decididamente. Muchos fueron los tragos y tajadas con que la celebró; pero si hubiera tenido noticia de sus escapatorias nocturnas, y sobre todo de la última, probablemente no se librara de una indigestión. De todas maneras la ignorancia le hacía dichoso como a tantos otros, y como él convertía en sustancia todas las burlas y aun los bufidos de la linda doncella, estaba que no cabía en su pellejo, harto estirado ya por su gordura. Añádase a esto que la mala sombra de Millán andaba lejos, rompiéndose la crisma contra las murallas de Tordehumos y que Martina volvía más interesante con la ligera palidez que le habían causado sus vigilias y congojas, y tendremos completamente explicado el regocijo del buen palafrenero.
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CAPÍTULO XIV
Volvamos ahora a don Álvaro, que bien ajeno de semejantes sucesos, había llegado a Tordehumos con la hueste del rey. Este pueblo, que don Juan Núñez había provisto y reparado con la mayor diligencia, está en la pendiente de una colina dominada por un castillo, y no lejos pasa el río llamado Ríoseco. La posición es buena: las murallas estaban entonces en el mejor estado: la guarnición era valerosa y suficiente y su jefe diestro, experimentado y valiente. Ya en otro tiempo le había sitiado el rey en Aranda, de donde se salió a despecho de su cólera, y esta memoria le daba aliento para desafiarle desde Tordehumos, lugar más acomodado a la defensa. Tenía además la fundada esperanza de que nunca llegarían a estrecharle hasta el extremo, porque conservaba en el campo enemigo inteligencias y valimiento de que fiaba no menos que de su valor, el éxito de la empresa. El infante don Juan, aunque servía bajo las banderas de su sobrino, no por eso había desatado los antiguos vínculos de amistad que le unían con el de Lara, antes entre sus enemigos era donde pensaba servirle mejor, ruin manejo que sólo cabía en la doblez de aquel alma villana. Hernán Ruiz de Saldaña, Pero Ponce de León y algunos otros principales señores también estaban en el plan, si bien no encubrían sus pensamientos ni conducta bajo el manto de celo hipócrita por los intereses del rey en que se cobijaba el infante don Juan. Así es que el cerco emprendido con gran calor iba aflojándose y entibiándose de día en día con gran pesadumbre del rey, que no tardó mucho en caer en la cuenta de su daño.
Comoquiera, los caballeros más afectos a su persona o más leales no dejaban de pelear con ardor en las frecuentes salidas que hacían los sitiados, y don Álvaro, que por su aislamiento ignoraba parte de estas tramas y que por la rectitud de sus pensamientos era incapaz de entrar en ellas, andaba entre los que más se distinguían. Sucedió, pues, que una noche, saliendo los cercados con gran sigilo, dieron impensadamente sobre el real enemigo, cuya mayor parte estaba descuidada, cayendo con más furia sobre el ala del señor de Bembibre y demás caballeros fieles al rey. Don Álvaro, que no solía prescindir de las precauciones y vigilancia propias de la guerra, salió al punto con la mitad de su prevenida gente a rechazar la imprevista embestida, enviando aviso inmediatamente al cuartel del rey para que le sostuviesen en el ataque que emprendía. En el desorden introducido y en la dañada intención del infante consistió sin duda que el refuerzo pedido no llegase. La noche estaba muy obscura, los enemigos se aumentaban sin cesar: los gritos de rabia, de temor y de dolor se mezclaban con las órdenes de los cabos: las armas y escudos despedían chispas en la obscuridad con el incesante martilleo y la escena llegó a hacerse temerosa y horrible de veras. Por fin, los enemigos comenzaron a extenderse por las alas del reducido y abandonado escuadrón, y don Álvaro, estrechado entonces, comenzó a retirarse ordenadamente, resistiendo con su acostumbrado valor el empuje contrario. Su gente, por último, comenzó a desbandarse, y don Álvaro, herido ya en el pecho, recibió otra herida en la cabeza, con lo cual vino al suelo debajo de su noble caballo, que herido también hacía rato, parecía haber conservado su brío, sólo para ayudar a su jinete. Entonces sobrevino nueva pelea alrededor del caído caballero, pues sus soldados hacían desesperados esfuerzos para arrancarle del poder de los enemigos; pero el número de éstos era ya tan grande y el aliento que recibían de don Juan Núñez, que mandaba en persona esta encamisada, tal, que, por último, ensangrentados y rotos, hubieron de tomar la huída dejándolo en sus manos. Lara, que le reconoció y que ya de antemano le estimaba, hizo vendar sus heridas y transportarle con gran cuidado a su castillo. Por último, como los refuerzos del rey iban llegando, él mismo se retiró en buen orden sin experimentar daño ni escarmiento. Sus soldados, alegres con el botín recogido, dieron también la vuelta muy animosos, formando vivo contraste con las tropas del rey, mustias y descontentas de lo que había pasado.