El señor de Bembibre

Part 7

Chapter 74,146 wordsPublic domain

—Yo no tengo fuerzas, Martina—replicó doña Beatriz, acongojada—; mejor es que vayas tú sola y le digas mi determinación.

—¿Yo, eh?—respondió ella con malicia—. ¡Pues no era mala embajada! Mujer soy, y él un caballero de los más cumplidos; pero mucho sería que no me arrancase la lengua. Vamos, señora—añadió con impaciencia—: poco conocéis el león con quien jugáis. Si tardáis, es capaz de venir a vuestra misma celda y atropellarlo todo. ¡Sin duda queréis perdernos a los tres!

Doña Beatriz, no menos atemorizada que subyugada por su pasión, salió apoyada en su doncella y entrambas llegaron a tientas a la puerta del jardín. Abriéronla con mucho cuidado, y volviendo a cerrarla de nuevo, se encaminaron apresuradamente hacia el sitio de la cerca por donde salía el agua del riego. Como la reja, contemporánea de don Bermudo el Gotoso, estaba toda carcomida de orín, no había sido difícil a un hombre vigoroso como don Álvaro arrancar las barras necesarias para facilitar el paso desahogado de una persona, de manera que cuando llegaron ya el caballero estaba de la parte de adentro. Tomó silenciosamente la mano de doña Beatriz, que parecía de hielo, y la dijo:

—Todo está dispuesto, señora; no en vano habéis puesto en mí vuestra confianza.

Doña Beatriz no contestó y don Álvaro repuso con impaciencia:

—¿Qué hacéis? ¿Tanto tiempo os parece que nos sobra?

—Pero don Álvaro—preguntó ella, con sola la mira de ganar tiempo—, ¿adónde queréis llevarme?

El caballero le explicó entonces rápida pero claramente todo su plan tan juicioso como bien concertado, y al acabar su relación, doña Beatriz volvió a guardar silencio. Entonces la zozobra y la angustia comenzaron a apoderarse del corazón de don Álvaro, que también se mantuvo un rato sin hablar palabra, fijos los ojos en los de doña Beatriz, que no se alzaban del suelo. Por fin, acallando en lo posible sus recelos, le dijo con voz algo trémula:

—Doña Beatriz, habladme con vuestra sinceridad acostumbrada. ¿Habéis mudado por ventura de resolución?

—Sí, don Álvaro—contestó ella con acento apagado y sin atreverse a alzar la vista—; yo no puedo huir con vos sin deshonrar a mi padre.

Soltó él entonces la mano, como si de repente se hubiera convertido entre las suyas en una víbora ponzoñosa, y clavando en ella una mirada casi feroz, le dijo con tono duro y casi sardónico:

—¿Y qué quiere decir entonces vuestro dolorido y extraño mensaje?

—¡Ah!—contestó ella con voz dulce y sentida—, ¿de ese modo me dais en rostro con mi flaqueza?

—Perdonadme—respondió él—porque cuando pienso que puedo perderos, mi razón se extravía y el dolor llega a hacerme olvidar hasta de la generosidad. Pero decidme, ¡ah! decidme—continuó arrojándose a sus pies—que vuestros labios han mentido cuando así queríais apartarme de vos. ¿No vais con vuestro esposo, con el esposo de vuestro corazón? Esto no puede ser más que una fascinación pasajera.

—No es sino verdadera resolución.

—¿Pero lo habéis pensado bien?—repuso don Álvaro—. ¿No sabéis que mañana vendrán por vos para llevaros a la iglesia y arrancaros la palabra fatal?

Doña Beatriz se retorció las manos lanzando sordos gemidos, y dijo:

—Yo no obedeceré a mi padre.

—Y vuestro padre os maldecirá; ¿no lo oísteis ayer de su misma boca?

—¡Es verdad, es verdad!—exclamó ella espantada y revolviendo los ojos—; él mismo lo dijo. ¡Ah!—añadió en seguida con el mayor abatimiento—, hágase entonces la voluntad de Dios y la suya.

Don Álvaro al oírla se levantó del suelo, donde todavía estaba arrodillado, como si se hubiese convertido en una barra de hierro ardiendo, y se plantó en pie delante de ella con un ademán salvaje y sombrío, midiéndola de alto a bajo con sus fulminantes miradas. Ambas mujeres se sintieron sobrecogidas de terror, y Martina no pudo menos de decir a su ama casi al oído:—¿Qué habéis hecho, señora?—Por fin don Álvaro hizo uno de aquellos esfuerzos que sólo a las naturalezas extremadamente enérgicas y altivas son permitidos, y dijo con una frialdad irónica y desdeñosa que atravesaba como una espada el corazón de la infeliz:

—En ese caso, sólo me resta pediros perdón de las muchas molestias que con mis importunidades os he causado, y rendir aquí un respetuoso y cortés homenaje a la ilustre condesa de Lemus, cuya vida colme el cielo de prosperidad.

Y con una profunda reverencia se dispuso a volver las espaldas; pero doña Beatriz, asiéndole del brazo con desesperada violencia, le dijo con voz ronca:

—¡Oh, no así, no así, don Álvaro! ¡Cosedme a puñaladas si queréis, que aquí estamos solos y nadie os imputará mi muerte; pero no me tratéis de esa manera, mil veces peor que todos los tormentos del infierno!

—Doña Beatriz, ¿queréis confiaros a mí?

—Oídme, don Álvaro: yo os amo, yo os amo más que a mi alma, jamás seré del conde... pero escuchadme y no me lancéis esas miradas.

—¿Queréis confiaros a mí y ser mi esposa, la esposa de un hombre que no encontrará en el mundo más mujer que vos?

—¡Ah!—contestó ella congojosamente y como sin sentido—; sí, con vos, con vos hasta la muerte—y entonces cayó desmayada entre los brazos de Martina y del caballero.

—¿Y qué haremos ahora?—preguntó éste.

—¿Qué hemos de hacer—contestó la criada—sino acomodarla delante de vos en vuestro caballo y marcharnos lo más aprisa que podamos? Vamos, vamos, ¿no habéis oído sus últimas palabras? Algo más suelta tenéis la lengua que mañosas las manos.

Don Álvaro juzgó lo más prudente seguir los consejos de Martina, y acomodándola en su caballo con ayuda de Martina y Millán, salió a galope por aquellas solitarias campiñas, mientras escudero y criada hacían lo propio. El generoso _Almanzor_, como si conociese el valor de su carga, parece que había doblado sus fuerzas y corría orgulloso y engreído, dando de cuando en cuando gozosos relinchos. En minutos llegaron como un torbellino al puente del Cúa, y atravesándolo comenzaron a correr por la opuesta orilla con la misma velocidad.

El viento fresco de la noche y la impetuosidad de la carrera habían comenzado a desvanecer el desmayo de doña Beatriz, que asida por aquel brazo a un tiempo cariñoso y fuerte, parecía transportada a otras regiones. Sus cabellos, sueltos por la agitación y el movimiento, ondeaban alrededor de la cabeza de don Álvaro como una nube perfumada, y de cuando en cuando rozaban su semblante.

Como su vestido blanco y ligero resaltaba a la luz de la luna más que la obscura armadura de don Álvaro, y semejante a una exhalación celeste entre nubes, parecía y desaparecía instantáneamente entre los árboles, se asemejaba a una sílfide cabalgando en el hipogrifo de un encantador. Don Álvaro, embebido en su dicha, no reparaba que estaban cerca del monasterio de Carracedo, cuando de repente una sombra blanca y negra se atravesó rápidamente en medio del camino y con una voz imperiosa y terrible gritó:

—¿Adónde vas, robador de doncellas?

El caballo, a pesar de su valentía, se paró, y doña Beatriz y su criada por un común impulso, restituída la primera al uso de sus sentidos por aquel terrible grito, y la segunda casi perdido el de los suyos de puro miedo, se tiraron inmediatamente al suelo. Don Álvaro, bramando de ira, metió mano a la espada, y picando con entrambas espuelas, se lanzó contra el fantasma, en quien reconoció con gran sorpresa suya al abad de Carracedo.

—¡Cómo así—le dijo en tono áspero—; un señor de Bembibre trocado en salteador nocturno!

—Padre—le interrumpió don Álvaro—, ya veis que os respeto a vos y a vuestro santo hábito; pero por amor de Dios y de la paz dejadnos ir nuestro camino. No queráis que manche mi alma con la sangre de un sacerdote del Altísimo.

—Mozo atropellado—respondió el monje—, que no respetas ni la santidad de la casa del Señor, ¿cómo pudiste creer que yo no temería tus desafueros y procuraría salirte al paso?

—Pues habéis hecho mal—replicó don Álvaro, rechinando los dientes—. ¿Qué derecho tenéis vos sobre esa dama ni sobre mí?

—Doña Beatriz—respondió el abad con reposo—estaba en una casa en que ejerzo autoridad legítima y de donde fraudulentamente la habéis arrancado. En cuanto a vos, esta cabeza calva os dirá más que mis palabras.

Don Álvaro, entonces, se apeó, y envainando su espada y procurando serenarse, le dijo:

—Ya veis, padre abad, que todos los caminos de conciliación y buena avenencia estaban cerrados. Nadie mejor que vos puede juzgar de mis intenciones, pues que no ha muchos días os descubrí mi alma como si os hablara en el tribunal de la penitencia; así, pues, sed generoso, amparad al afligido y socorred al fugitivo, y no apartéis del sendero de la virtud y la esperanza dos almas a quienes sin duda en la patria común unió un mismo sentimiento antes de llegar a la patria del destierro.

—Vos habéis arrebatado con violencia a una principal doncella del asilo que la guardaba, y este es un feo borrón a los ojos de Dios y de los hombres.

Doña Beatriz, entonces, se adelantó con su acostumbrada y hechicera modestia, y le dijo con su dulce voz:

—No, padre mío; yo he solicitado su ayuda, yo he acudido a su valor, yo me he arrojado en sus brazos, y heme aquí.

Entonces le contó rápidamente, y en medio del arrebato de la pasión, las escenas del locutorio, su desesperación, sus dudas y combates, y exaltándose con la narración, concluyó asiendo el escapulario del monje con el mayor extremo del desconsuelo y exclamando:

—¡Oh, padre mío, libradme de mi padre, libradme de este desgraciado a quien he robado su sosiego y, sobre todo, libradme de mí misma porque mi razón está rodeada de tinieblas y mi alma se extravía en los despeñaderos de la angustia que hace tanto tiempo me cercan!

Quedóse todo entonces en un profundo silencio, que el abad interrumpió por fin con su voz bronca y desapacible, pero trémulo a causa del involuntario enternecimiento que sentía.

—Don Álvaro—dijo—, doña Beatriz se quedará conmigo para volver a su convento y vos tornaréis a Bembibre.

—Ya que tratáis de arrancarla de mis manos, debiérais antes arrancarme la vida. Dejadnos ir nuestro camino, y ya que no queráis contribuir a la obra de amor, no provoquéis la cólera de quien os ha respetado aun en vuestras injusticias. Apartaos os digo o, por quien soy, que todo lo atropello, aun la santidad misma de vuestra persona.

—¡Infeliz!—contestó el anciano—. Los ojos de tu alma están ciegos con tu loca idolatría por esta criatura. ¡Hiéreme y mi sangre irá en pos de ti gritando venganza, como la de Abel!

Don Álvaro, fuera de sí de enojo, se acercó para arrancar a doña Beatriz de manos del abad, usando si preciso fuese de la última violencia, cuando ésta se interpuso y le dijo con calma:

—Deteneos, don Álvaro; todo esto no ha sido más que un sueño de que despierto ahora, y yo quiero volverme a Villabuena, de donde nunca debí salir.

Quedóse don Álvaro yerto de espanto y como petrificado en medio de su colérico arranque, y sólo acertó a replicar con voz sorda:

—¿A tanto os resolvéis?

—A tanto me resuelvo—contestó ella.

—Doña Beatriz—exclamó don Álvaro con una voz que parecía querer significar a un tiempo las mil ideas que se cruzaban y chocaban en su espíritu; pero como si desconfiase de sus fuerzas, se contentó con decir:—Doña Beatriz... ¡adiós!—Y se dirigió adonde estaba su caballo con precipitados pasos.

La desdichada señora rompió en llanto y sollozos amarguísimos, como si el único eslabón que la unía a la dicha se acabase de romper en aquel instante. El abad entonces, penetrado de misericordia, se acercó rápidamente a don Álvaro, y asiéndole del brazo le trajo, como a pesar suyo, delante de doña Beatriz.

—No os partiréis de ese modo—le dijo entonces—; no quiero que salgáis de aquí con el corazón lleno de odio. ¿No tenéis confianza, ni en mis canas, ni en la fe de vuestra dama?

—Yo sólo tengo confianza en las lanzas moras y en que Dios me concederá una suerte de cristiano y de caballero.

—Escúchame, hijo mío—añadió el monje con más ternura de la que podía esperarse de su carácter adusto y desabrido—; tú eres digno de suerte más dichosa y sólo Dios sabe cómo me atribulan tus penas. Gran cuenta darán a su justicia los que así destruyen su obra; yo que soy su delegado aquí y ejerzo jurisdicción espiritual, no consentiré en ese malhadado consorcio, manantial de vuestra desventura. He visto qué premio dan a tu hidalguía, y en mí encontrarás siempre un amparo. Tú eres la oveja sola y extraviada, pero yo te pondré sobre mis hombros y te traeré al redil del consuelo.

—Y yo—repuso doña Beatriz—renuevo aquí delante de un ministro del altar el juramento que tengo ya hecho, y de que no me hará perjurar ni la maldición misma de mi padre. ¡Oh, don Álvaro! ¿por qué queréis separaros de mí en medio de vuestra cólera? ¿Nada os merecen las persecuciones que he sufrido y sufro por vuestro amor? ¿Es esa la confianza que ponéis en mi ternura? ¿Cómo no veis que si mi resolución parece vacilar es que mis fuerzas flaquean y mi cabeza se turba en medio de la agonía que sufro sin cesar, yo, desdichada mujer, abandonada de los míos, sin más amparo que el de Dios y el vuestro?

El despecho de don Álvaro se convirtió en enternecimiento cuando vió que el desabrimiento del abad y el inesperado cambio de doña Beatriz se trocaban en bondad paternal y en tiernas protestas. Su índole natural era dulce y templada, y aquella propensión a la cólera y a la dureza que en él se notaba hacía algún tiempo provenía de las contrariedades y sinsabores que por todas partes le cercaban.

—Bien veis, venerable señor—dijo al abad—, que mi corazón no se ha salido del sendero de la sumisión sino cuando la iniquidad de los hombres me ha lanzado de él. Han querido arrebatármela, y eso es imposible; pero si vos queréis mediar y me ofrecéis que no se llevará a cabo ese casamiento abominable, yo me apartaré de aquí como si hubiera oído la palabra del mismo Dios.

—Toca esta mano, a que todos los días baja la Majestad del cielo—replicó el monje—, y vete seguro de que mientras vivas y doña Beatriz abrigue los mismos sentimientos, no pasará a los brazos de nadie, ni aunque fueran los de un rey.

—Doña Beatriz—dijo, acercándose a ella y haciendo lo posible por dominar su emoción—, yo he sido injusto con vos, y os ruego que me perdonéis. No dudo de vos, ni he dudado jamás; pero la desdicha amarga y trueca las índoles mejores. Nada tengo ya que deciros, porque ni las lágrimas, ni los lamentos, ni las palabras os revelarían lo que está pasando en mi pecho. Dentro de pocos días partiré a la guerra que vuelve a encenderse en Castilla. Con Dios, pues, os quedad, y rogadle que nos conceda días más felices.

Doña Beatriz reunió las pocas fuerzas que le quedaban para tan doloroso momento, y, acercándose al caballero, se quitó del dedo una sortija y la puso en el suyo, diciéndole:

—Tomad ese anillo, prenda y símbolo de mi fe, pura y acendrada como el oro—y en seguida, cogiendo el puñal de don Álvaro, se cortó una trenza de sus negros y largos cabellos, que todavía caían deshechos por sus hombros y cuello, y se la dió igualmente. Don Álvaro besó entrambas cosas y la dijo:

—La trenza la pondré dentro de la coraza, al lado del corazón, y el anillo no se apartará de mi dedo; pero si mi escudero os devolviese algún día entrambas cosas, rogad por mi eterno descanso.

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—Aunque así fuera, os aguardaré un año; y pasado él, me retiraré a un convento.

—Acepto vuestra promesa; porque si vos muriéseis igualmente, ninguna mujer se llamaría mi esposa.

—El cielo os guarde, noble don Álvaro; pero no os entreguéis a la amargura. Mirad que la esperanza es una virtud divina.

Estas parece que debían ser sus últimas palabras; pero, lejos de moverse, parecían clavados en la tierra y sujetos por su recíproca y dolorosa mirada, hasta que por fin, movidos de un irresistible impulso, se arrojaron uno en brazos de otro, diciendo doña Beatriz en medio de un torrente de lágrimas:

—Sí, sí, en mis brazos, aquí, junto a mi corazón... ¡Qué importa que este santo hombre lo vea!... ¡Antes ha visto Dios la pureza de nuestro amor!

Así estuvieron algunos instantes, como dos puros y cristalinos ríos que mezclan sus aguas, al cabo de los cuales se separaron, y don Álvaro, montando a caballo, después de recibir un abrazo del abad, se alejó lentamente volviendo la cabeza atrás, hasta que los árboles le ocultaron. Millán se quedó, por disposición de su amo, para acompañar a doña Beatriz y a su criada a Villabuena. El anciano entonces dió un corto silbido, y un monje lego, que estaba escondido tras de unas tapias, se presentó al momento. Díjole algunas palabras en voz baja, y al cabo de poco tiempo se volvió con la litera del convento, conducida por dos poderosas mulas. Entraron en ella ama y criada; retiróse el lego; asió Millán de la mula delantera, montó el abad en su caballo y emprendieron de esta suerte el camino de Villabuena, adonde llegaron todavía de noche. Por la brecha de la reja volvieron a entrar las fugitivas, y Martina, casi en brazos, condujo a su señora a la habitación, en tanto que el abad daba la vuelta a Carracedo, más satisfecho de su prudencia, con la cual todo se había remediado sin que nada se supiese, que su pedestre acompañante del término de su aventura nocturna.

Al día siguiente, cuando los criados del conde y del señor de Arganza fueron al convento llevando los presentes de boda, encontraron a doña Beatriz atacada de una calentura abrasadora, perdido el conocimiento y en medio de un delirio espantoso.

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CAPÍTULO XII

Extraño parecerá tal vez a nuestros lectores que tan a apunto estuviese el abad de Carracedo para destruir los planes de felicidad de don Álvaro y doña Beatriz, por quien suponemos que no habrá dejado de interesarse un poco su buen corazón, y, sin embargo, es una cosa natural. Cuando el señor de Bembibre se despidió de él en su primera entrevista, su resolución y sus mismas palabras le dieron a entender que su energía natural, estimulada por la violenta pasión que le dominaba, no retrocedería delante de ningún obstáculo, ni se cansaría de inventar planes y ardides. Era doña Beatriz su hija de confesión, y todas las cosas a ella pertenecientes excitaban su cuidado y solicitud; pero desde su ida a Villabuena, por honor de una casa de su Orden y que estaba bajo su autoridad, su vigilancia se había redoblado, y no sin fruto. Un criado de Carracedo había visto un aldeano montar en un soberbio caballo, en uno de los montes cercanos a Villabuena, y salir con uno, al parecer escudero, por trochas y veredas, como apartándose de poblado. Lo extraño del caso, le movió a contárselo al abad, y éste, por las señas y la dirección que llevaba, conoció que don Álvaro rondaba los alrededores, y que, en vista de la insistencia del conde de Lemus, trataría tal vez de robar a su amante. Comunicó, pues, sus órdenes a todos los guarda-bosques del monasterio, y al barquero de Villadepalos (pues la barca era del monasterio), también, para que acechasen con toda vigilancia, y le diesen parte inmediatamente de cuanto observasen. La escapatoria de la discreta y aguda Martina, sin embargo, no llegó a sus oídos; pero la venida de don Álvaro de Cornatel, el estudiado rodeo que le vieron tomar los guardas para apartarse del convento, y sobre todo, la idea de que al siguiente día expiraba el plazo señalado a doña Beatriz, fueron otros tantos rayos de luz que le indicaron aquella noche como la señalada para la ejecución del atrevido plan. Suponiendo, con razón que Cornatel fuese el punto destinado para la fuga, hizo retirar la barca al otro lado, y como el Sil iba crecido con las nieves de las montañas que se derretían, y no se podía vadear, desde luego se aseguró que su plan no saldría fallido. Cierto es que don Álvaro podía llevarse a doña Beatriz a Bembibre, o cruzar el río por el puente de Ponferrada, en cuyo caso burlaría sus afanes; pero ambas cosas ofrecían tales inconvenientes, que sin duda debían arredrar a don Álvaro. El puente estaba fortificado, y sin orden del maestre nadie hubiera pasado por él a hora tan desusada, cosa que nuestro caballero deseaba sobre todo evitar. Así, pues, las redes del prelado estaban bien tendidas, y el resultado de la tentativa de don Álvaro fué el que, por su desdicha, debía de ser necesariamente.

Comoquiera no creía el buen religioso que la pasión de doña Beatriz hubiese echado en su alma tan hondas raíces, ni que a tales extremos la impeliese el deseo de huir de un matrimonio aborrecido. Acostumbrado a ver doblegarse a todas las doncellas de alto y bajo nacimiento delante de la autoridad paterna, imaginaba que sólo una fascinación pasajera podía mover a doña Beatriz a semejante resolución, y cabalmente, las consecuencias de esta falta fueron las que se propuso atajar. Pero cuando por sus ojos vió la violencia de aquel contrariado afecto, y el manantial de desdichas que podía abrir la obstinación del señor de Arganza, determinó oponerse resueltamente a sus miras. Su corazón, aunque arrebatado de fanático celo, no había desechado, sin embargo, ninguno de aquellos generosos impulsos, propios de su clase y estado, y además quería a doña Beatriz con ternura casi paternal. En el secreto de la penitencia, aquella alma pura y sin mancha se le había presentado en su divina desnudez y cautivado su cariño, como era inevitable. Por otra parte, bien veía que don Álvaro, caballero y pundonoroso, si en aquella época los había, sólo acosado por la desesperación y la injusticia, se lanzaba a tan violentos partidos. Así, pues, al día siguiente, muy temprano, salió a poner en ejecución su noble propósito, cosa de que con gran pesadumbre suya le excusó la enfermedad de doña Beatriz, que todo lo retardó por sí sola. No le pareció justo entonces amargar la zozobra del señor de Arganza, que ya empezaba a recoger el fruto de sus injusticias, pero no cejó ni un punto de lo que tenía determinado.

Don Álvaro, por su parte, desde Carracedo se fué en derechura a Ponferrada, donde llegó antes de amanecer; pero no queriendo alborotar a nadie a hora tan intempestiva, y con el objeto de recobrarse antes de presentarse a su tío, estuvo vagando por las orillas del río hasta que los primeros albores del día trocaron en su natural color las pálidas tintas de que revestía la luna las almenas y torreones de aquella majestuosa fortaleza. Entró entonces en ella, y con la franqueza propia de su carácter, aunque exigiéndole antes su palabra de caballero de guardar su declaración en el secreto de su pecho, y no tomar sobre lo que iba a saber providencia alguna, contó a su tío todos los sucesos del día anterior. Escuchóle el anciano con vivo interés, y al acabar le dijo:

—Buen valedor has encontrado en el abad de Carracedo, y la desgracia te ha traído al mismo punto en que yo quise ponerte cuando aún no se había desencadenado esta tormenta. Yo conozco al abad, y por mucha que sea la enemiga y el rencor con que mira a nuestra caballería, su alma es recta y no se apartará de la senda de la verdad. ¡Pero Saldaña!...—añadió con pesadumbre—¡uno de los ancianos de nuestro pueblo, encanecido en los combates, prestar su ayuda, y lo que es más, el castillo que gobierna, a semejantes propósitos! ¡Consentir que atravesase una mujer los umbrales del Temple, cuando hasta el beso de nuestras madres y hermanas nos está vedado!

Don Álvaro intentó disculparle.

—No, hijo mío—contestó el maestre—, esto que contigo ha hecho por el cariño que te tiene, hubiera él hecho igualmente por un desconocido, con tal de que de ello resultase crecimiento a nuestro poder y menoscabo al de nuestros enemigos. Harto conocido le tengo: su alma iracunda y soberbia se ha exasperado con nuestras desdichas, y sólo sueña en propósitos de ambición y en medios puramente humanos para restaurar nuestro decoro. En sus ojos todos son buenos si conducen a este fin. ¡En él se ofrece viva y de manifiesto la decadencia de nuestra Orden!