El señor de Bembibre

Part 4

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Al cabo de un viaje de hora y media se apeó la cabalgata delante del monasterio, a cuya portería salió la abadesa, acompañada de la mayor parte de la comunidad, a recibir a su sobrina. Las religiosas todas la acogieron con gran amor, prendadas de su modestia y hermosura, y don Alonso, después de una larga conversación con su cuñada, se partió a escondidas de su hija, desconfiando de su energía y resolución, harto quebrantada con las escenas de aquel día. Nuño y Mendo se despidieron de su joven ama con más enternecimiento del que pudiera esperarse de su sexo y educación. Aquellos fieles criados, acostumbrados a la presencia de doña Beatriz, que como una luz de alegría y contento parecía iluminar todos los rincones más obscuros de la casa, conocían que con su ausencia, la tristeza y el desabrimiento iban a asentar en ella sus reales. Conocían que don Alonso se entregaría más frecuentemente a los accesos de su malhumor, sin el suave contrapeso y mediación de su hija; y por otra parte, no se les ocultaba que los achaques, ya habituales de doña Blanca, agravados con el nuevo golpe, acabarían de obscurecer el horizonte doméstico. Así, pues, entrambos caminaron sin hablar palabra detrás de su amo, no menos adusto y silencioso que ellos; y al llegar a Arganza, Mendo se fué a las caballerizas con el caballo de su señor y el suyo, y Nuño, después de piensar su jaca y cenar, salió cerca de media noche, con pretexto de aguardar una liebre en un sitio algo lejano, y de amaestrar un galgo nuevo de excelente traza; pero en realidad, para llegar a Bembibre a deshora y entregar con el mayor recato la carta de doña Beatriz, que poco más o menos decía así:

«Mi padre me destierra de su presencia por vuestro amor, y yo sufro contenta este destierro; pero ni vos ni yo debemos olvidar que es mi padre, y, por lo tanto, si en algo tenéis mi cariño y alguna fe ponéis en mis promesas, espero que no adoptaréis ninguna determinación violenta. El primer domingo después del inmediato, procurad quedaros de noche en la iglesia del convento, y os diré lo que ahora no puedo deciros. Dios os guarde y os dé fuerzas para sufrir.»

Nuño desempeñó con tanto tino como felicidad su delicado mensaje, y sólo pudo hacerle aceptar don Álvaro una cadena de plata de que colgar el cuerno de caza en los días de lujo, para memoria suya. Por lo demás, el buen montero todavía tuvo tiempo para volver a su aguardo y coger la liebre, que trajo triunfante a casa muy temprano, deshaciéndose en elogios de su galgo.

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CAPÍTULO VII

El medio de que el señor de Arganza se había valido para arrancar del corazón de su hija el amor que tan firmes raíces había echado, no era a la verdad el más a propósito. Aquella alma pura y generosa, pero altiva, mal podía regirse con el freno del temor ni del castigo. Tal vez la templanza y la dulzura hubieran recabado de ella cuanto la ambición de su padre podía apetecer, porque la idea del sacrificio suele ser instintiva en semejantes caracteres, y con más gusto la acogen a medida que se presenta con más atavíos de dolor y de grandeza; pero doña Beatriz, que según la exacta comparación del abad se asemejaba a las aguas quietas y transparentes del lago azul y sosegado de Carracedo, fácilmente se embravecía cuando la azotaba su superficie el viento de la injusticia y dureza. La idea sola de pertenecer a un tan mal caballero como el conde Lemus, y de ser el juguete de una villana intriga, la humillaba en términos de arrojarse a cualquier violento extremo por apartar de sí semejante mengua.

Por otra parte la soledad, la ausencia y la contrariedad, que bastan para apagar inclinaciones pasajeras o culpables afectos, sólo sirven de alimento y vida a las pasiones profundas y verdaderas. Un amor inocente y puro acrisola el alma que le recibe, y por su abnegación insensiblemente llega a eslabonarse con aquellos sublimes sentimientos religiosos que en su esencia no son sino amor limpio del polvo y fragilidades de la tierra. Si por casualidad viene la persecución a adornarle con la aureola del martirio, entonces el dolor mismo lo graba profundamente en el pecho, y aquella idea querida llega a ser inseparable de todos los pensamientos, a la manera que una madre suele mostrar predilección decidida al hijo doliente y enfermo que no la dejó ni un instante de reposo.

Esto era cabalmente lo que sucedía con doña Beatriz. En el silencio que la rodeaba se alzaba más alta y sonora la voz de su corazón, y cuando su pensamiento volaba al que tiene en su mano la voluntad de todos y escudriña con su vista lo más obscuro de la conciencia, sus labios murmuraban sin saber aquel nombre querido. Tal vez pensaba que sus oraciones se encontraban con las suyas en el cielo, mientras sus corazones volaban uno en busca del otro en esta tierra de desventuras, y entonces su imaginación se exaltaba hasta mirar sus lágrimas y tribulaciones como otras tantas coronas que la adornarían a los ojos de su amado.

Su tía, que también había amado y visto deshojarse en flor sus esperanzas bajo la mano de la muerte, respetaba los sentimientos de su sobrina y procuraba hacerle llevadero su cautiverio, dándole la posible libertad y tratándola con el más extremado cariño, porque su femenil agudeza le daba a entender claramente que sólo este proceder podía emplearse con aquella naturaleza a un tiempo de león y de paloma. La prudente señora quería dejar obrar la lenta medicina del tiempo antes de arriesgar ninguna otra tentativa.

El día que doña Beatriz había señalado a don Álvaro en su carta, estaba elegido con gran discreción, porque en él se celebraban después de las vísperas los funerales de los regios patronos de aquella santa casa, que comúnmente solían atraer numeroso concurso, a causa de la limosna que se repartía; y de ordinario duraban hasta de noche. Fácil le fué, por lo tanto, al caballero deslizarse a favor de un disfraz de aldeano por entre el gentío y meterse en un confesonario, donde se escondió como pudo, mientras los paisanos del pueblo oían el sermón con la mayor atención. En las iglesias de aquel país había, y hay aún en algunas, confesonarios cerrados por delante con unas puertas de celosía, y más de una vez han sucedido ocultaciones semejantes a la de nuestro caballero. Por fin, después de acabados los oficios, la iglesia se fué desocupando, las monjas rezaron sus últimas oraciones y el sacristán apagó las luces y salió de la iglesia cerrando las puertas con sus enormes llaves.

Quedóse el templo en un silencio sepulcral y alumbrado por una sola lámpara, cuya llama débil y oscilante, más que aclaraba los objetos los confundía. Algunas cabezas de animales y hombres que adornaban los capiteles de las columnas lombardas, parecían hacer extraños gestos y visajes, y las figuras doradas de los santos de los altares, en cuyos ojos reflejaban los rayos vagos y trémulos de aquella luz mortuoria, parecían lanzar centelleantes miradas sobre el atrevido que traía a la mansión de la religión y de la paz otros cuidados que los del cielo. El coro estaba obscuro y tenebroso, y el ruido del viento entre los árboles y el murmullo de los arroyos que venían de fuera, junto con algún chillido de las aves nocturnas, tenían un eco particular y temeroso debajo de aquellas bóvedas augustas.

Don Álvaro no era superior a su siglo, y en cualquiera otra ocasión, semejantes circunstancias no hubiesen dejado de hacer impresión profunda en su ánimo; pero los peligros reales que le cercaban si era descubierto, el riesgo que corría en igual caso doña Beatriz, el deseo de aclarar el enigma obscuro de su suerte, y, sobre todo, la esperanza de oir aquella voz tan dulce, se sobreponían a toda clase de temores imaginarios. Oyó, por fin, la campana interior del claustro que tocaba a recogerse; luego voces lejanas como de gentes que se despedían, pasos por aquí y acullá, abrir y cerrar puertas, hasta que por último todo quedó en un silencio tan profundo como el que le envolvía.

Salió entonces del confesonario y se acercó a la reja del coro bajo, aplicando el oído con indecible ansiedad y engañándose a cada instante creyendo percibir el leve sonido de los pasos y el crujido de los vestidos de doña Beatriz. Por fin, una forma blanca y ligera apareció en el fondo obscuro del coro, y adelantándose rápida y silenciosamente, presentó a los ojos de don Álvaro, ya un poco habituados a las tinieblas, los contornos puros y airosos de la hija de Ossorio.

Más fácil le fué a ella distinguirle, porque el bulto de su cuerpo se dibujaba claramente en medio de los rayos desmayados de la lámpara que por detrás le herían. Adelantóse, pues, hasta la verja con el dedo en los labios, como una estatua del silencio, que hubiese cobrado vida de repente, y volviendo la cabeza como para dirigir una postrera mirada al coro, preguntó con voz trémula:

—¿Soy vos don Álvaro?

—¿Y quién sino yo—respondió él—vendría a buscar vuestra mirada en medio del silencio de los sepulcros? Me han dicho que habéis sufrido mucho con la separación de vuestra madre, y aunque en esta obscuridad no distingo bien vuestro semblante, me parece ver en él la huella del insomnio y de las lágrimas. ¿No se ha resentido vuestra salud?

—No, a Dios gracias—respondió ella casi con alegría—, porque como penaba por vos, el cielo me ha dado fuerzas. No sé si el llanto habrá enturbiado mis ojos, ni si el pesar habrá robado el color de mis mejillas; pero mi corazón siempre es el mismo. Pero somos unos locos—añadió como recobrándose—en gastar así estos pocos momentos que la suerte nos concede, y que sin gran peligro nuestro tal vez no volverán en mucho tiempo. ¿Qué imagináis, don Álvaro, de haberos yo llamado de esta suerte?

—He imaginado—respondió él—que leíais en mi alma y que con vuestra piedad divina os compadecíais de mí.

—¿Y no habéis meditado algún proyecto temerario y violento? ¿No habéis pensado en romper mis cadenas con vuestras manos atropellando por todo?

Don Álvaro no respondió y doña Beatriz continuó con un tono que se parecía al de la reconvención:—Ya veis que vuestro corazón no os engañaba y que yo leía en él como en un libro abierto; pero sabed que no basta que me améis, sino que me creáis y aguardéis noblemente. No quiero que os volváis contra el cielo, cuya autoridad ejerce mi padre, porque ya os dije que yo jamás mancharía mi nombre con una desobediencia.

—¡Oh, Beatriz!—contestó don Álvaro con precipitación—, no me condenéis sin oirme. Vos no sabéis lo que es vivir desterrado de vuestra presencia; vos no sabéis, sobre todo, cómo despedaza mis entrañas la idea de vuestros pesares, que yo, miserable de mí, he causado sin tener fuerzas para ponerles fin. Cuando os veía dichosa en vuestra casa, de todos acatada y querida, el mundo entero no me parecía sino una fiesta sin término, una alegre romería adonde todos iban a rendir gracias a Dios por el bien que su mano les vertía. Cuando los pájaros cantaban por la tarde, sólo de vos me hablaban con su música; la voz del torrente me deleitaba, porque vuestra voz era la que escuchaba en ella, y la soledad misma parecía recogerse en religioso silencio sólo para escuchar de mis labios vuestro nombre. Pero ahora la naturaleza entera se ha obscurecido, las gentes pasan junto a mí silenciosas y tristes, en mis ensueños os veo pasar por un claustro tenebroso, con el semblante descompuesto y lleno de lágrimas, y el cabello tendido; y el eco de la soledad que antes me repetía vuestro nombre, sólo me devuelve ahora mis gemidos. ¿Qué queréis? La desesperación me ha hecho acordar entonces de que era noble, de que penabais por mí, de que tenía una espada y de que con ella cortaría vuestras ligaduras.

—Gracias, don Álvaro—respondió ella enternecida—; veo que me amáis demasiado; pero es preciso que me juréis aquí, delante de Dios, que a nada os arrojaréis sin consentimiento mío. Sois capaz de sacrificarme hasta vuestra fama; pero ya os lo he dicho: yo no desobedeceré a mi padre.

—No puedo jurároslo, señora—respondió el caballero—, porque ya lo estáis viendo: la persecución y la violencia han empezado por otra parte, y tal vez sólo las armas podrán salvaros. Mirad que os pueden arrastrar al pie del altar y allí arrancaros vuestro consentimiento.

—No creáis a mi padre capaz de tamaña villanía.

—Vuestro padre—replicó don Álvaro con cólera—tiene empeñada su palabra, según dice, y además cree honraros a vos y a su casa.

—Entonces yo solicitaré una entrevista con el conde y le descubriré mi pecho, y cederá.

—¿Quién, él? ¿ceder él?—contestó don Álvaro fuera de sí y con una voz que retumbó en la iglesia—. ¡Ceder cuando justamente en vos estriban todos sus planes! ¡Por vida de mi padre, señora, que sin duda estáis loca!

La doncella se sobrepuso al susto que aquella voz le había causado, y le dijo con dulzura, pero con resolución:

—En ese caso, yo os avisaré; pero hasta entonces, juradme lo que os he pedido. Ya sabéis que nunca, nunca seré suya.

—¡Doña Beatriz!—exclamó de repente una voz detrás de ella.

—¡Jesús mil veces!—exclamó acercándose involuntariamente a la reja mientras don Álvaro, maquinalmente, echaba mano a su puñal—. ¡Ah! ¿eres tú, Martina?—añadió, reconociendo a su fiel criada, que había quedado de acecho, pero de la cual se había olvidado por entero.

—Sí, señora—respondió la muchacha—; y venía a deciros que las monjas comenzarán a levantarse muy pronto, porque ya está amaneciendo.

—Preciso será, pues, que nos separemos—dijo doña Beatriz con un suspiro—; pero nos separaremos para siempre si no me juráis por vuestro honor lo que os he pedido.

—Por mi honor lo juro—respondió don Álvaro.

—Id, pues, con Dios, noble caballero; yo recurriré a vos si fuere menester, y estad seguro de que nunca maldeciréis la hora en que os confiasteis a mí.

Ama y criada se apartaron entonces con precipitación, y don Álvaro, después de haberlas seguido con los ojos, se escondió de nuevo. A poco rato las campanas del monasterio tocaron a la oración matutina con regocijados sonidos, y el sacristán abrió las puertas de la iglesia, dirigiéndose a la sacristía; por manera que don Álvaro pudo salir sin ser visto. Encaminóse luego precipitadamente al monte, donde Millán había pasado la noche con los caballos, y montando en ellos, por sendas y veredas excusadas llegaron prontamente a Bembibre.

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CAPÍTULO VIII

Cuantos días siguieron al encierro de doña Beatriz fueron efectivamente para el señor de Bembibre todo lo penosos y desabridos que le hemos oído decir, y aún algo más. Sin embargo, su natural violento e impetuoso mal podía avenirse con un pesar desmayado y apático, y día y noche había estado trazando proyectos a cuál más desesperados. Unas veces pensaba en forzar a mano armada el asilo pacífico de Villabuena al frente de sus hombres de armas en mitad del día y con la enseña de su casa desplegada. Otras resolvía enviar un cartel al conde de Lemus. Ya imaginaba pedir auxilio a algunos caballeros templarios, y sobre todo al comendador Saldaña, alcaide de Cornatel, que sin duda se hubieran prestado en odio del enemigo común, y ya finalmente, aunque como relámpago fugaz, parto de la tempestad que estremecía su alma, llegó a aparecérsele la idea de una alianza con un jefe de bandidos y proscritos llamado el Herrero, que de cuando en cuando se presentaba en aquellas montañas a la cabeza de una cuadrilla de gentes, restos de las disensiones domésticas que habían agitado hasta entonces la corona de Castilla.

Comoquiera, a cada una de estas quimeras salía al paso prontamente ya la noble figura de doña Beatriz, indignada de su audacia; ya el venerable semblante de su tío el maestre, que le daba en rostro con los peligros que acarreaba a la orden; ya finalmente la voz inexorable de su propio honor, que le vedaba otros caminos; y entonces el caballero volvía a su lucha y a sus angustias, temblando por su única esperanza y entregado a todos los vaivenes de la incertidumbre. En tal estado sucedió la escena de que hemos dado cuenta a nuestros lectores, y don Álvaro hubo de ceder en sus desmandados propósitos, por ventura avergonzado de que la elevación de ánimo de una sola y desamparada doncella así aleccionase su impaciencia. De todas maneras aquella conversación que había descorrido enteramente el velo y manifestado el corazón de su amante en el lleno de su virtud y belleza, contribuyó no poco a sosegar su espíritu, rodeado hasta allí de sombras y espantos.

Así se pasó algún tiempo sin que don Alonso hostigase a su hija, siguiendo en esto los consejos de su mujer y de la piadosa abadesa; y doña Beatriz, por su parte, sin quejarse de su situación y convertida en un objeto de simpatía y de ternura para aquellas buenas religiosas, que se hacían lenguas de su hermosura y apacible condición. Gozaba, como hemos dicho, de bastante libertad y paseaba por las huertas y sotos que encerraba la cerca del monasterio, y su corazón llagado se entregaba con inefable placer a aquellos indefinibles goces del espíritu que ofrece el espectáculo de una naturaleza frondosa y apacible. Su alma se fortificaba en la soledad, y aquella pasión pura en su esencia se purificaba y acendraba más y más en el crisol del sufrimiento, ahondando sus raíces a manera de un árbol místico en el campo del destierro y levantando sus ramas marchitas en busca del rocío bienhechor de los cielos.

Esta calma, sin embargo, duró muy poco. El conde de Lemus volvió a presentarse reclamando sus derechos, y don Alonso entonces intimó a su hija su última e irrevocable resolución. Como este era un suceso que forzosamente había de llegar, la joven no manifestó sorpresa ni disgusto alguno, y se contentó con rogar a su padre que le dejase hablar a solas con el conde, demanda a que no pudo menos de acceder.

Como nuestros lectores habrán de tratar un poco más de cerca a este personaje en el curso de esta historia, no llevarán a mal que les demos una ligera idea de él. Don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemus, y señor el más poderoso de toda Galicia, era un hombre a quien venían por juro de heredad la turbulencia, el desasosiego y la rebelión, pues sus antecesores, a trueque de engrandecer su casa, no habían desperdiciado ocasión, entre las muchas que se les presentaron cuando el trono glorioso de San Fernando se deslustró en manos de su hijo y de su nieto con la sangre de las revueltas intestinas. Don Pedro, por su parte, como venido al mundo en época más acomodada a estos designios, pues alcanzó la minoría turbulenta de don Fernando el Emplazado, aumentó copiosamente sus haciendas y vasallos con la ayuda del infante don Juan, que entonces estaba apoderado del reino de León, y sin reparar en ninguna clase de medios. Por aquel tiempo fué cuando, con amenaza de pasarse al usurpador, arrancó a la reina doña María la dádiva del rico lugar de Monforte con todos sus términos, abandonándola en seguida y engrosando las filas de su enemigo. Esta ruindad, que, por su carácter público y ruidoso, de todos era conocida, tal vez no equivalía a los desafueros de que eran teatro entonces sus extendidos dominios. Frío de corazón, como la mayor parte de los ambiciosos; sediento de poder y riquezas con que allanar el camino de sus deseos; de muchos temido, de algunos solicitado y odiado del mayor número, su nombre había llegado a ser un objeto de repugnancia para todas las gentes dotadas de algún pundonor y bondad. A vueltas de tantos y tan capitales vicios no dejaba de poseer cualidades de brillo: su orgullo desmedido se convertía en valor siempre que la ocasión lo requería; sus modales eran nobles y desembarazados, y no faltaba a los deberes de la liberalidad en muchas circunstancias, aunque la vanidad y el cálculo fuesen el móvil secreto de sus acciones.

Este era el hombre con quien debía unir su suerte doña Beatriz. Cuando llegó el día de la entrevista se adornó uno de los locutorios del convento con esmero para recibir a un señor tan poderoso y presunto esposo de una parienta inmediata de la superiora. La comitiva del conde, con don Alonso y algún otro hidalguillo del país, ocupaban una pieza algo apartada, mientras él, sentado en un sillón a la orilla de la reja, aguardaba con cierta impaciencia, y aun zozobra, la aparición de doña Beatriz.

Llegó, por fin, ésta acompañada de su tía y ataviada como aquel caso lo pedía, y haciendo una ligera reverencia al conde se sentó en otro sillón destinado para ella en la parte de adentro de la reja. La abadesa, después de corresponder al cortés saludo y cumplimientos del caballero, se retiró, dejándolos solos. Doña Beatriz, entretanto, observó con cuidado el aire y facciones de aquel hombre que tantos disgustos le había acarreado y que tantos otros podía acarrearle todavía. Pasaba de treinta años, y su estatura era mediana, su semblante de cierta regularidad; carecía, sin embargo, de atractivo, o por mejor decir repulsaba por la expresión de ironía que había en sus labios delgados, revestidos de cierto gesto sardónico; por el fuego incierto y vagaroso de sus miradas, en que no asomaba ningún vislumbre de franqueza y lealtad, y, finalmente, por su frente altanera y ligeramente surcada de arrugas, rastro de pasiones interesadas y rencorosas, no de la meditación ni de los pesares. Venía cubierto de un rico vestido y traía al cuello, pendiente de una cadena de oro, la cruz de Santiago. Habíase quedado en pie y con los ojos fijos en aquella hermosa aparición, que, sin duda, encontraba superior a los encarecimientos que le habían hecho. Doña Beatriz le hizo un ademán lleno de nobleza para que se sentase.

—No haré tal, hermosa señora—respondió él cortésmente—, porque vuestro vasallo nunca querría igualarse con vos, que en todos los torneos del mundo seríais la reina de la hermosura. ¡Ojalá fuérais igualmente la de los amores!

—Galán sois—respondió doña Beatriz—y no esperaba yo menos de un caballero tal; pero ya sabéis que las reinas gustamos de ser obedecidas, y así espero que os sentéis. Tengo, además, que deciros cosas en que a entrambos nos va mucho—añadió con la mayor seriedad.

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El conde se sentó no poco cuidadoso, viendo el rumbo que parecía tomar la conversación, y doña Beatriz continuó:

—Excusado es que yo os hable de los deberes de la caballería y os diga que os abro mi pecho sin reserva. Cuando habéis solicitado mi mano sin haberme visto y sin averiguar si mis sentimientos me hacían digna de semejante honor, me habéis mostrado una confianza que sólo con otra igual puedo pagaros. Vos no me conocéis y por lo mismo no me amáis.

—Por esta vez habéis de perdonar—repuso el conde—. Cierto es que no habían visto mis ojos el milagro de vuestra hermosura, pero todos se han conjurado a ponderarla, y vuestras prendas, de nadie ignoradas en Castilla, son el mayor fiador de la pasión que me inspiráis.

Doña Beatriz, disgustada de encontrar la galantería estudiada del mundo, donde quisiera que sólo apareciese la sinceridad más absoluta, respondió con firmeza y decoro:

—Pero yo no os amo, señor conde, y creo bastante hidalga vuestra determinación para suponer que sin el alma no aceptaríais la dádiva de mi mano.

—¿Y por qué no, doña Beatriz?—repuso él con su fría y resuelta urbanidad—: cuando os llaméis mi esposa, comprenderéis el dominio que ejercéis en mi corazón, me perdonaréis esta solicitud, tal vez harto viva, con que pretendo ganar la dicha de nombraros mía, y acabaréis, sin duda, por amar a un hombre cuya vida se consagrará por entero a preveniros por todas partes deleites y regocijos, y que encontrará sobradamente pagados sus afanes con una sola mirada de esos ojos.

Doña Beatriz comparaba en su interior este lenguaje artificioso, en que no vibraba ni un solo acento del alma, con la apasionada sencillez y arrebato de las palabras de su don Álvaro. Conoció que su suerte estaba echada irrevocablemente, y entonces, con una resolución digna de su noble energía, respondió:

—Yo nunca podré amaros, porque mi corazón ya no es mío.