Part 3
Gracias a la velocidad de _Almanzor_, que don Álvaro había ganado en la campaña de Andalucía de un moro principal a quien venció, pronto se halló a la puerta del convento. Guardábanla dos como maceros, más por decoro de la casa que no por custodia o defensa, que hicieron al señor de Bembibre el homenaje correspondiente a su alcurnia; y tirando uno de ellos del cordel de una campana, avisó la llegada de tan ilustre huésped. Don Álvaro se apeó en el patio y, acompañado de dos monjes que bajaron a su encuentro, y de los cuales el más entrado en años le dió el ósculo de paz, pronunciando un versículo de la Sagrada Escritura, se encaminó a la cámara de respeto en que solía recibir el abad a los forasteros de distinción. Era ésta la misma donde la infanta doña Sancha, hermana del emperador don Alonso, había administrado justicia a los pueblos del Bierzo, derramando sobre sus infortunios los tesoros de su corazón misericordioso: gracioso aposento con ligeras columnas y arcos arabescos, con un techo de primorosos embutidos al cual se subía por una escalera de piedra adornada de un frágil pasamano. Una reducida pero elegante galería le daba entrada, y recibía luz de una cúpula bastante elevada y de algunos calados rosetones; todo lo cual, junto con los muebles ricos, pero severos, que la decoraban, le daban un aspecto majestuoso y grave.
Los religiosos dejaron en esta sala a don Álvaro por espacio de algunos minutos, al cabo de los cuales entró el abad. Era éste un monje como de cincuenta años, calvo, de facciones muy acentuadas, pero en que se descubría más austeridad y rigor que no mansedumbre evangélica; enflaquecido por los ayunos y penitencias, pero vigoroso aún en sus movimientos. Se conocía a primera vista que su condición austera y sombría, aunque recta y sana, le inclinaba más bien a empuñar los rayos de la religión que no a cubrir con las alas de la clemencia las miserias humanas. A pesar de todo, recibió a don Álvaro con bondad y aun pudiéramos decir con efusión, atendido su carácter, porque le tenía en gran estima, y después de los indispensables cumplimientos se puso a leer la carta del maestre. A medida que la recorría iban amontonándose nubarrones en su frente dura y arrugada, tristes presagios para don Álvaro; hasta que, concluída, por último le dijo con su voz enérgica y sonora:
—Siempre he estimado a vuestra casa: vuestro padre fué uno de los pocos amigos que Dios me concedió en mi juventud, y vuestro tío es un justo, a pesar del hábito que le cubre; pero ¿cómo queréis que yo me mezcle ahora en negocios mundanos, ajenos a mis años y carácter, ni que vaya a desconcertar un proyecto en que el señor de Arganza piensa cobrar tanta honra para su linaje?
—Pero, padre mío—contestó don Álvaro—, la paz de vuestra hija de penitencia, el amor que la tenéis, la delicadeza de mi proceder y tal vez el sosiego de esta comarca son asuntos dignos de vuestro augusto ministerio y del sello de santidad que ponéis en cuanto tocáis. ¿Imagináis que doña Beatriz encuentre gran ventura en brazos del conde?
—Pobre paloma sin mancilla—repuso el abad con una voz casi enternecida—: su alma es pura como el cristal del lago de Carucedo, cuando en la noche se pintan en su fondo todas las estrellas del cielo, y ese reguero de maldición acabará por enturbiar y amargar este agua limpia y serena.
Quedáronse entrambos callados por un buen rato, hasta que el abad, como hombre que adopta una resolución inmutable, le dijo:
—¿Seríais capaz de cualquier empresa por lograr a doña Beatriz?
—¿Eso dudáis, padre?—contestó el caballero—; sería capaz de todo lo que no me envileciese a sus ojos.
—Pues entonces—añadió el abad—, yo haré desistir a don Alonso de sus ambiciosos planes, con una condición: y es que os habéis de apartar de la alianza de los templarios.
El rostro de don Álvaro se encendió en ira, y en seguida perdió el color hasta quedarse como un difunto, en cuanto oyó semejante proposición. Pudo sin embargo contenerse, y se contentó con responder, aunque en voz algo trémula y cortada:
—Vuestro corazón está ciego, pues no ve que doña Beatriz sería la primera en despreciar a quien tan mala cuenta daba de su honra: la dicha siempre es menos que el honor. ¿Cómo queríais que faltase en la hora del riesgo a mi buen tío y a sus hermanos? ¡Otra opinión creí mereceros!
—Nunca estuvo la honra—respondió el abad con vehemencia—en contribuir a la obra de tinieblas, ni en hacer causa común con los inicuos.
—¿Y sois vos—le preguntó el caballero con sentido acento—, vos, un hijo de San Bernardo, el que habla en esos términos de sus hermanos? ¿Vos obscurecéis de esa manera la cruz que resplandeció en la Palestina con tan gloriosos rayos, y que ha menguado en España las lunas sarracenas? ¿Vos humilláis vuestra sabiduría hasta recoger las hablillas de un vulgo fiero y maldiciente?
—¡Ah!—repuso el monje con el mismo calor, aunque con un acento doloroso—; ¡pluguiera al cielo que sólo en boca de la plebe anduviese el nombre del Temple! Pero el papa ve los desmanes del rey de Francia sin fulminar sobre él los rayos de su poder, y ¿pensáis que así abandonaría a sus hijos, no ha mucho tiempo de bendición, si la inocencia no los hubiera abandonado antes? El jefe de la iglesia, hijo mío, no puede errar, y si hasta ahora no ha recaído ya el castigo sobre los delincuentes, culpa es de su corazón benigno y paternal. ¡Oh dolor!—añadió levantando las manos y los ojos al cielo—. ¡Oh vanidad de las grandezas humanas! ¿Por qué han seguido los caminos de la perdición y de la soberbia, desviándose de la senda humilde y segura que les señaló nuestro padre común? Por su desenfreno acabamos de perder la Tierra Santa, y ya será preciso pasar el arado sobre aquel alcázar a cuyo abrigo descansaba alegre la cristiandad entera; pero se ha convertido ya en templo de abominación.
Don Álvaro no pudo menos de sonreirse con desdén, y dijo:
—Mucho será que a tanto alcancen vuestras máquinas de guerra.
El abad le miró severamente, y sin hablar palabra le asió del brazo y le llevó a una ventana. Desde ella se divisaba una colina muy hermosa, sombreadas sus faldas de viñedo al pie de la cual corría el Cúa, y cuya cumbre remataba no en punta, sino en una hermosa explanada con el azul del cielo por fondo. Un montón confuso de ruinas la adornaba: algunas columnas estaban en pie, aunque las más sin capiteles: en otras partes se alcanzaba a descubrir algún lienzo grande de edificio, cubierto de yedra, y todo el recinto estaba rodeado aún de una muralla por donde trepaban las vides y zarzas. Aquel «campo de soledad mustio collado» había sido el _Bergidum_ romano.
Bien lo sabía don Álvaro; pero el ademán del abad y la ocasión en que le ponía delante aquel ejemplo de las humanas vanidades y soberbias le dejó confuso y silencioso.
—Miradlo bien—le dijo el monje—, mirad bien uno de los grandes y muchos sepulcros que encierran los esqueletos de aquel pueblo de gigantes. También ellos en su orgullo e injusticia se volvieron contra Dios como vuestros templarios. Id, pues, id como yo he ido en medio del silencio de la noche, y preguntad a aquellas ruinas por la grandeza de sus señores; id, que no dejarán de daros respuesta los silbidos del viento y el aullido del lobo.
El señor de Bembibre, antes confuso, quedó ahora como anonadado y sin contestar palabra.
—Hijo mío—añadió el monje—, pensadlo bien y apartaos, que aún es tiempo; apartaos de esos desventurados, sin volver la vista atrás, como el profeta que salía huyendo de Gomorra.
—Cuando vea lo que me decís—respondió don Álvaro con reposada firmeza—, entonces tomaré vuestros consejos. Los templarios serán tal vez altaneros y destemplados, pero es porque la injusticia ha agriado su noble carácter. Ellos responderán ante el soberano pontífice y su inocencia quedará limpia como el sol. Pero en suma, padre mío, vos que veis la hidalguía de mis intenciones, ¿no haréis algo por el bien de mi alma y por doña Beatriz, a quien tanto amáis?
—Nada—contestó el monje—: yo no contribuiré a consolidar el alcázar de la maldad y del orgullo.
El caballero se levantó entonces y le dijo:
—Vos sois testigo de que me cerráis todos los caminos de paz. ¡Quiera Dios que no os lo echéis en cara alguna vez!
—El cielo os guarde, buen caballero—contestó el abad—y os abra los ojos del alma.—En seguida le fué acompañando hasta el patio del monasterio y después de despedirle se volvió a su celda, donde se entregó a tristes reflexiones.
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CAPÍTULO V
Aunque don Álvaro no fundase grandes esperanzas en su entrevista con el abad, todavía le causó sorpresa el resultado: flaqueza irremediable del pobre corazón humano, que sólo a vista de la realidad inexorable y fría, acierta a separarse del talismán que hermosea y dulcifica la vida: la esperanza. El maestre por su parte conocía harto bien el fondo de fanatismo que en el alma del abad de Carracedo sofocaba un sin fin de nobles cualidades para no prever el éxito; pero así para consuelo de su sobrino como por obedecer a aquel generoso impulso que en las almas elevadas inclina siempre a la conciliación y a la dulzura, había dado aquel paso. Iguales motivos le determinaron a visitar al señor de Arganza, aunque la crítica situación en que se encontraba la orden por una parte, y por otra la conocida ambición de don Alonso, parecían deber retraerle de este nuevo esfuerzo; pero la ternura de aquel buen anciano por el único pariente que le quedaba, rayaba en debilidad, aunque exteriormente la dejaba asomar rara vez.
Así, pues, un día de los inmediatos al suceso que acabamos de contar, salió de la encomienda de Ponferrada con el séquito acostumbrado y se encaminó a Arganza. La visita tuvo mucho de embarazosa y violenta, porque don Alonso, deseoso de ahorrarse una explicación cordial y sincera sobre un asunto en que su conciencia era la primera a condenarle, se encerró en el coto de una cortesía fría y estudiada, y el maestre, por su parte, convencido de que su resolución era irrevocable, y harto celoso del honor de su Orden y de la dignidad de su persona para abatirse a súplicas inútiles, se despidió para siempre de aquellos umbrales que tantas veces había atravesado con el ánimo ocupado en dulces proyectos.
Comoquiera, el señor de Arganza, un tanto alarmado con la intención que parecía descubrir el afecto de don Álvaro hacia su hija, resolvió acelerar lo posible su ajustado enlace a fin de cortar de raíz todo género de zozobras. Poco temía de la resistencia de su esposa, acostumbrado como estaba a verla ceder de continuo a su voluntad; pero el carácter de la joven, que había heredado no poco de su propia firmeza, le causaba alguna inquietud. Sin embargo, como hombre de discreción, a par que de energía, contaba a un tiempo con el prestigio filial y con la fuerza de su autoridad para el logro de su propósito. Así, pues, una tarde que doña Beatriz, sentada cerca de su madre, trabajaba en bordar un paño de iglesia que pensaba regalar al monasterio de Villabuena, donde tenía una tía abadesa a la sazón, entró su padre en el aposento, y diciéndola que tenía que hablarle de un asunto de suma importancia, soltó la labor y se puso a escucharle con la mayor modestia y compostura. Caíanla por ambos lados numerosos rizos negros como el ébano, y la zozobra, que apenas podía reprimir, la hacía más interesante. Don Alonso no pudo abstenerse de un cierto movimiento de orgullo al verla tan hermosa, en tanto que a doña Blanca, por lo contrario, se le arrasaron los ojos de lágrimas, pensando que tanta hermosura y riqueza serían tal vez la causa de su desventura eterna.
—Hija mía—la dijo don Alonso—, ya sabes que Dios nos privó de tus hermanos, y que tú eres la esperanza única y postrera de nuestra casa.
—Sí, señor—respondió ella con su voz dulce y melodiosa.
—Tu posición, por consiguiente—continuó su padre—, te obliga a mirar por la honra de tu linaje.
—Sí, padre mío, y bien sabe Dios que ni por un instante he abrigado un pensamiento que no se aviniese con el honor de vuestras canas y con el sosiego de mi madre.
—No esperaba yo menos de la sangre que corre por tus venas. Quería decirte, pues, que ha llegado el caso de que vea logrado el fruto de mis afanes y coronados mis más ardientes deseos. El conde de Lemus, señor el más noble y poderoso de Galicia, favorecido del rey, y muy especialmente del infante don Juan, ha solicitado tu mano, y yo se la he concedido.
—¿No es ese conde el mismo—repuso doña Beatriz—que después de lograr de la noble reina doña María el lugar de Monforte en Galicia, abandonó sus banderas para unirse a las del infante don Juan?
—El mismo—contestó don Alonso poco satisfecho de la pregunta de su hija—; y ¿qué tenéis que decir de él?
—Que es imposible que mi padre me dé por esposo un hombre a quien no podría amar ni respetar tan siquiera.
—Hija mía—contestó don Alonso con moderación, porque conocía el enemigo con quien se las iba a haber, y no quería usar de violencia sino en el último extremo—, en tiempo de discordias civiles no es fácil caminar sin caer alguna vez, porque el camino está lleno de escollos y barrancos.
—Sí—replicó ella—, el camino de la ambición está sembrado de dificultades y tropiezos; pero la senda del honor y la caballería es lisa y apacible como una pradera. El conde de Lemus sin duda es poderoso, pero aunque sé de muchos que le temen y odian, no he oído hablar de uno que le venere y estime.
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Aquel tiro, dirigido a la desalmada ambición del de Lemus, que sin saberlo su hija venía a herir a su padre de rechazo, excitó su cólera en tales términos que se olvidó de su anterior propósito, y contestó con la mayor dureza:
—Vuestro deber es obedecer y callar y recibir el esposo que vuestro padre os destine.
—Vuestra es mi vida—dijo doña Beatriz—y si me lo mandáis, mañana mismo tomaré el velo en un convento; pero no puedo ser esposa del conde de Lemus.
—Alguna pasión tenéis en el pecho, doña Beatriz—contestó su padre dirigiéndola escrutadoras miradas—. ¿Amáis al señor de Bembibre?—le preguntó de repente.
—Sí, padre mío—respondió ella con el mayor candor.
—Y ¿no os dije que le despidiérais?
—Y ya le despedí.
—Y ¿cómo no despedísteis también de vuestro corazón esa pasión insensata? Preciso será que la ahoguéis entonces.
—Si tal es vuestra voluntad, yo la ahogaré al pie de los altares; yo trocaré por el amor del esposo celeste el amor de don Álvaro, que por su fe y su pureza era más digno de Dios, que no de mí, desdichada mujer. Yo renunciaré a todos mis sueños de ventura; pero no le olvidaré en brazos de ningún hombre.
—Al claustro iréis—respondió don Alonso—, fuera de sí de despecho, no a cumplir vuestros locos antojos, no a tomar el velo de que os hace indigna vuestro carácter rebelde, sino a aprender, en la soledad, lejos de mi vista y de la de vuestra madre, la obediencia y el respeto que me debéis.
Diciendo esto salió del aposento airado, y cerrando tras sí la puerta con enojo, dejó solas a madre y a hija, que por un impulso natural y espontáneo, se precipitaron una en brazos de la otra; doña Blanca, deshecha en lágrimas, y doña Beatriz comprimiendo las suyas con trabajo, pero llena interiormente de valor. En las almas generosas despierta la injusticia fuerzas cuya existencia se ignoraba, y la doncella lo sentía entonces. Había tenido bastante desprendimiento y respeto para no representar a su padre, que si amaba a don Álvaro era porque todo en un principio parecía indicarle que era el esposo escogido por su familia; pero este silencio mismo contribuía a hacerle sentir más vivamente su agravio. Lo que quebrantaba su valor era el desconsuelo de su madre, que no cesaba un punto en sus sollozos, teniéndola estrechamente abrazada.
—Hija mía, hija mía—dijo por fin en cuanto su congoja le dejó hablar—, ¿cómo te has atrevido a irritarle de esa manera, cuando nadie tiene valor para resistir sus miradas?
—En eso verá que soy su hija y que heredo el esfuerzo de su ánimo.
—¡Y yo, miserable mujer—exclamó doña Blanca haciendo los mayores extremos de dolor—, que con mi necia prudencia te he alejado del puerto de la dicha pudiendo ahora gozarte segura en la ribera!
—Madre mía—dijo la joven enjugando los ojos de su madre—; vos habéis sido toda bondad y cariño para mí, y el día de mañana sólo está en la mano de Dios; sosegaos, pues, y mirad por vuestra salud. El Señor nos dará fuerzas para sobrellevar una separación, a mí sobre todo, que soy joven y robusta.
La idea de la falta de su hija, que ni un solo día se había apartado de su lado, y que había desaparecido por un momento, hizo volver a la triste madre a todos sus extremos de amargura, en términos que doña Beatriz tuvo que emplear todos los recursos de su corazón y de su ingenio en apaciguarla. La anciana, que por su carácter suave y bondadoso estaba acostumbrada a ceder en todas ocasiones y cuyo matrimonio había comenzado por un sacrificio algo semejante, aunque infinitamente menor que el que exigían de su hija, bien quisiera indicarla algo, pero no se atrevía. Por último, al despedirse, le dijo:—Pero, hija de mi vida, ¿no sería mejor ceder?
Doña Beatriz hizo un gesto muy expresivo, pero no respondió a su madre; sino abrazándola y deseándole buen sueño.
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CAPÍTULO VI
La escena que acabamos de describir causó mucho desasosiego en el ánimo del señor de Arganza, porque harto claro veía ahora cuán hondas raíces había echado en el ánimo de su hija aquella malhadada pasión que así trastornaba todos sus planes de engrandecimiento. Poco acostumbrado a la contradicción y mucho menos de parte de aquella hija, dechado hasta entonces de sumisión y respeto, su orgullo se irritó sobremanera, si bien en el fondo y como a despecho suyo parecía a veces alegrarse de encontrar en una persona que tan de cerca le tocaba, aquel valor noble y sereno y aquella elevación de sentimientos. Sin embargo, atento antes que todo a conservar ilesa su autoridad paternal, resolvió, al cabo de dos días, llevar a doña Beatriz al convento de Villabuena, donde esperaba que el recogimiento del lugar, el ejemplo vivo de obediencia que a cada paso presenciaría, y sobre todo el ejemplo de su piadosa tía, contribuirían a mudar las disposiciones de su ánimo.
Por secreto que procuró tener don Alonso el motivo de su determinación, se traslució sobradamente en su familia y aun en el lugar, y como todos adoraban a aquella criatura tan llena de gracias y de bondad, el día de su partida fué uno de llanto y de consternación generales. El mismo Mendo, el palafrenero que tan inclinado se mostraba a favorecer los proyectos de su amo y a llevar las armas de un conde, apenas podía contener las lágrimas. Don Alonso daba a entender con la mayor serenidad posible, en medio del pesar que experimentaba, que era ausencia de pocos días, y no llevaba más objeto que satisfacer el deseo que siempre había manifestado la abadesa de Villabuena de tener unos días en su compañía a su sobrina. A todo el mundo decía lo contrario su corazón, y era trabajo en balde el que el anciano señor se tomaba.
Doña Beatriz se despidió de su madre a solas y en los aposentos más escondidos de la casa, y por esta vez ya no pudo sostenerla su aliento: así fué que rompió en ayes y en gemidos tanto más violentos cuanto más comprimidos habían estado hasta entonces. El corazón de una madre suele tener en las ocasiones fuerzas sobrehumanas, y bien lo mostró doña Blanca, que entonces fué la consoladora de su hija y la que supo prestarle ánimo. Por fin doña Beatriz se desprendió de sus brazos, y enjugándose las lágrimas bajó al patio, donde casi todos los vasallos de su padre la aguardaban; sus hermosos ojos, humedecidos todavía, despedían unos rayos semejantes a los del sol cuando después de una tormenta atraviesan las mojadas ramas de los árboles, y su talla majestuosa y elevada, realzada por un vestido obscuro, la presentaba en todo el esplendor de su belleza. La mayor parte de aquellas pobres gentes a quienes doña Beatriz había asistido en sus enfermedades y socorrido en sus miserias, que siempre la habían visto aparecer en sus hogares como un ángel de consuelo y de paz, se precipitaron a su encuentro con voces y alaridos lamentables, besándole unos las manos y otros la falda de su vestido. La doncella, como pudo, se desasió suavemente de ellos, y subiendo en su hacanea blanca, con ayuda del enternecido Mendo, salió del palacio extendiendo las manos hacia sus vasallos y sin hablar palabra, porque desde el principio se le había puesto un nudo en la garganta.
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El aire del campo y su natural valor le restituyeron por fin un poco de serenidad. Componían la comitiva su padre, que caminaba un poco delante, como muestra de su enojo, aunque realmente por ocultar su emoción; el viejo Nuño, caballero en su haca de caza, pero sin halcón ni perro; el rollizo Mendo, que aquel día andaba desatentado, y su criada Martina, joven aldeana, rubia, viva y linda, de ojos azules y de semblante risueño y lleno de agudeza. Como con gran placer suyo iba destinada a servir y a acompañar a su señora durante su reclusión, no sabemos decir a punto fijo si era esto lo que más influía en el malhumor del caballerizo que, a pesar de los celos y disgustos que le daba con Millán, el paje de don Álvaro, tenía la debilidad de quererla. Viendo, pues, doña Beatriz que habían entrado en conversación, dijo al montero, que por respeto caminaba un poco detrás:
—Acércate, buen Nuño, porque tengo que hablarte. Tú eres el criado más antiguo de nuestra casa, y como a tal sabes cuánto te he apreciado siempre.
—Sí, señora—contestó él con voz no muy segura—; ¿quién me dijera a mí cuando os llevaba a jugar con mis halcones y perros, que habían de venir días como estos?
—Otros peores vendrán, pobre Nuño, si los que me quieren bien no me ayudan. Ya sabes de lo que se trata, y mucho me temo que la indiscreta ternura de mi padre no me fuerce a tomar por esposo un hombre de todos detestado. Si yo tuviera parientes a quienes dirigirme, sólo de ellos solicitaría amparo; pero, por desgracia, soy la última de mi linaje. Preciso será, pues, que él me proteja, me entiendes; ¿te atreverías a llevarle una carta mía?
Nuño calló.
—Piensa—añadió doña Beatriz—que se trata de mi felicidad en esta vida y quizá en la otra. ¿También tú serías capaz de abandonarme?
—No, señora—respondió el criado con resolución—; venga la carta, que yo se la llevaré aunque hubiera de atravesar por medio de toda la morería. Si el amo lo llega a saber me mandará azotar y poner en la picota y me echará de casa, que es lo peor; pero don Álvaro, que es el mismo pundonor y la misma bondad, no me negará un nicho en su castillo para cuidar de sus halcones y gerifaltes. Y sobre todo, sea lo que Dios quiera, que yo a buen hacer lo hago, y él bien lo ve.
Doña Beatriz, enternecida, le entregó la carta, y casi no tuvo tiempo para darle las gracias, porque Mendo y Martina se le incorporaron en aquel punto. Así, pues, continuaron en silencio su camino por las orillas del Cúa, en las cuales estaba situado el convento de monjas de San Bernardo, hermano en su fundación del de Carracedo, y en el cual habían sido religiosas dos princesas de sangre real. El convento ha desaparecido, pero el pueblo de Villabuena, junto al cual estaba, todavía subsiste y ocupa una alegre y risueña situación al pie de unas colinas plantadas de viñedo. Rodéanlo praderas y huertas llenas las más de higueras y toda clase de frutales, y las otras cercadas de frescos chopos y álamos blancos. El río le proporciona riego abundante y fertiliza aquella tierra, en que la naturaleza parece haber derramado una de sus más dulces sonrisas.