El señor de Bembibre

Part 28

Chapter 282,083 wordsPublic domain

Pocos días antes de su misteriosa llegada había fallecido el ermitaño de la Aquiana, santo varón muy dado a la penitencia; pero como la ermita está cubierta de nieve gran parte del año y la cerca tan grande soledad y desamparo, ninguno se sentía con fuerzas para vida tan áspera y rigurosa. Como quiera el nuevo religioso no bien se hubo enterado de lo más necesario al reciente estado, se partió con consentimiento del abad a morar en la ermita, dejando avergonzada nuestra flaqueza con su valerosa resolución. Era esto a principios del otoño cuando caen en aquella eminencia las primeras nieves, y nubarrones casi continuos comienzan a ceñirla como un ropaje flotante; pero sin arredrarse por eso, tomó posesión al punto de su nuevo cargo.

Los resplandores de su virtud y caridad no pudieron estar largo tiempo ocultos, y así, pronto se convirtió en el ídolo de la comarca. Partía con los pastores pobres su escasa ración de groseros alimentos, y cuando se arrecían con el frío, les cedía la porción de vino que le daban en el convento y que sin duda recibía con este objeto, pues nunca lo llegaba a los labios. Acontecía algunas veces que una res vacuna o alguna cabra se perdía a boca de noche en aquellas soledades, y él entonces, a trueque de ahorrar a su dueño el disgusto de su pérdida, salía de la ermita pisando la nieve endurecida y la llevaba al pueblo a riesgo de ser devorado de los lobos, osos y otras alimañas de que tan gran abundancia se cría en estas breñas.

Con estas y otras buenas obras, de tal manera se llevó tras sí el respeto y los corazones de esta gente sencilla, que sus palabras eran para ellos como las que Moisés oyó de boca del Señor en el monte Oreb. El los consolaba en sus aflicciones, componía sus diferencias, les daba instrucciones para sus cacerías como persona muy entendida, y era, por fin, como la luz de estas obscuras y enriscadas asperezas.

Los fríos del invierno y el rigor de sus penitencias acabaron de destruir su salud ya quebrantada: así es que la dulce estación de la primavera no le restauró en manera alguna. Sin embargo, salía muy a menudo de la ermita, y paseando, aunque con trabajo, llegaba a las rocas de Ferradillo, desde donde se registran las cárcabas y pirámides de las Médulas y el plácido y tranquilo lago de Carucedo. Allí se pasaba las horas como arrobado, y hasta que se declinaba el día casi nunca volvía a su estrecha celda. El abad, viendo cómo decaían sus fuerzas, le rogó repetidas veces que dejase vida tan penosa y bajase a recobrarse al monasterio, pero nunca lo pudo recabar de él.

Por fin, la noche antes de los idus de Agosto (14), víspera de la función de la Virgen de la Aquiana, se oyó tocar a deshora la campana del ermitaño con gran priesa, como pidiendo socorro. Alborotóse con esto, no sólo la comunidad, sino el pueblo entero, y apresuradamente subieron a la ermita; pero por priesa que se dieron, cuando llegaron los delanteros ya le encontraron muerto. Grandes llantos se hicieron sobre él, pero aunque registraron su pobre ajuar, no encontraron sino una cartera destrozada, con una porción de páginas desatadas al parecer y sin concierto, llenas de doloridas razones y sembradas de algunas tristísimas endechas, por las cuales nada podían rastrear sobre el nombre y calidad del desconocido.

Al otro día, según dejamos dicho, era la romería de Nuestra Señora, y tanto para que recayesen sobre el difunto las oraciones de los fieles, cuanto por ver si había alguno que le conociese entre aquel numeroso concurso, lo pusieron en unas andas tendidas de negro a los pies de la ermita, amortajado con su propio hábito y con la cartera de seda encima.

Las gentes que vinieron aquel año fueron muchísimas; pero entre ellas llegó una familia que por el vistoso arreo de su traje llamaba la atención. Componíase de un anciano que pasaba ya de los sesenta; de un mozo como de treinta y dos, muy gallardo; de una mujer como de veinticinco, rubia, de ojos azules y tez blanca, de extraordinaria gracia y gentileza, que traía de la mano, después que se apearon de sus yeguas, una niña como de siete años, con una túnica blanca de lienzo y una gran vela de cera en la mano. La especie de mortaja que la cubría, la ofrenda que llevaba en la mano, y más que todo su color un poco quebrado, pero que en nada menguaba su hermosura de ángel, daban a conocer que venía con sus padres a cumplir algún voto hecho a la Virgen en acción de gracias, por haberla sacado de las garras de la muerte en alguna enfermedad no muy lejana. Era una familia en cuya vista se recreaba el ánimo involuntariamente, porque se conocía que la paz del corazón y los bienes de fortuna contribuían a hacerlos dichosos en este valle de lágrimas.

Los cuatro, pues, entraron en la ermita, y viendo tanta gente agolpada alrededor del muerto, se acercaron, también llevados a un tiempo de la curiosidad y de la piedad. Trabajo les costó romper el cerco de aldeanos para rodear aquel humilde ataúd; pero apenas llegaron a él los dos jóvenes esposos, cuando fijando ella la vista en la cartera y él en el semblante del muerto, se pintó en sus rostros al mismo tiempo la sorpresa y el terror. Estaba la cartera muy descolorida, como si sobre ella hubiesen caído muchas gotas de agua, y el cadáver, como es uso entre los monjes, tenía cubierto el rostro hasta la barba con la capucha; pero así y todo, y con la seguridad que una voz interior los daba, abalanzóse él a descubrir la cara del muerto, y ella se apoderó con ansia de la cartera, que comenzó a registrar.

—¡Virgen Santísima de la Encina!—exclamó la mujer dando un descompasado grito—: ¡la cartera de mi pobre y querida ama doña Beatriz Ossorio!

—Dios soberano—gritó él por su parte abrazándose estrechamente con el cadáver—¡mi amo, mi generoso amo, el señor de Bembibre!

—¿Quién decís?—exclamó el viejo atropellando por la gente—¿el esposo de aquel ángel del cielo que yo vi nacer y morir? Los tres entonces, asiéndose de las manos y del hábito del difunto, comenzaron un tierno y doloroso llanto, en que muchos de los circunstantes, conmovidos a vista del no pensado caso, no tardaron en acompañarles.

—Madre—preguntó la niña con los ojos llenos también de lágrimas, y medio aturdida con lo que veía—¿es este aquel señor tan bueno de que hablas tantas veces con mi padre?

—Sí, Beatriz mía, hija de mi alma—exclamó su madre alzándola en sus brazos—, ese es vuestro bienhechor. Besa, alma mía, besa el hábito de ese santo, porque si esta virgen divina te ha concedido la salud y guardádote a nuestro amor, fué porque él, sin duda, se lo pedía.

Los romeros entonces dijeron ser Nuño García, montero que había sido del señor Arganza, Martina del Valle, camarera de su hija doña Beatriz, y Millán Rodríguez, escudero paje de lanza de don Álvaro Yáñez, señor de Bembibre, que era el que allí muerto a la vista tenían. En esto llegó el abad de esta santa casa, vestido con ropa de iglesia para bajar en procesión la santa imagen, según era costumbre, y diciendo muchas palabras de consuelo a los afligidos criados, les aseguró ser cierto lo que veían y creían. Don Álvaro, según lo que contó, había ido a meterse fraile a un convento de la Tierra Santa; pero habiéndolo entrado los infieles a saco antes de cumplir el año del noviciado, fatigado del deseo de la patria, y atraído por la sepultura de su esposa, había venido a Montes, donde había confiado todas estas cosas al abad bajo secreto de confesión, hasta que otro no descubriese su nombre.

Comoquiera el pesar que aquellas gentes recibieron, fué muy grande, y aun Millán pidió que le dejasen llevar el cuerpo a Bembibre, pero el abad no lo consintió, así por no ir contra la voluntad expresa del difunto, que quería ser enterrado entre sus hermanos, como porque creía que sus reliquias habían de traer bien a este monasterio. A los huéspedes los agasajó y regaló con mucho amor, y en especial al viejo Nuño, a quien vió afligidísimo el día del entierro de doña Beatriz, y cobró afición muy particular desde entonces por su lealtad. El pobre montero, viejo ya y sin familia, se vió desamparado de todo punto cuando se acabó la casa de su amo, dado que rico con sus mandas y larguezas; y se fué a vivir con Martina y Millán, en cuya casa pasaba los últimos años de su vida muy querido y estimado. Al cabo de dos días se volvieron todos a Bembibre, donde vivían bien y holgadamente colmados de regalos y finezas.

Tal fué este extraño suceso que me pareció conveniente asentar aquí, y que duró mucho tiempo en la memoria de estas gentes. De los ya nombrados criados, tengo oído decir a muchas personas que aunque vivieron muy dichosos, rodeados de hijos muy hermosos y bien inclinados, y muy ricos para su clase, sin embargo, aun pasados muchos años, se les anublaban los ojos en lágrimas cuando recordaban el fin que tuvieron sus buenos amos, y, sobre todo, el señor de Bembibre.»

[Ilustración]

ÍNDICE

CAPÍTULO PRIMERO 5 CAPÍTULO II 11 CAPÍTULO III 21 CAPÍTULO IV 31 CAPÍTULO V 41 CAPÍTULO VI 47 CAPÍTULO VII 53 CAPÍTULO VIII 63 CAPÍTULO IX 71 CAPÍTULO X 81 CAPÍTULO XI 91 CAPÍTULO XII 107 CAPÍTULO XIII 115 CAPÍTULO XIV 123 CAPÍTULO XV 129 CAPÍTULO XVI 137 CAPÍTULO XVII 145 CAPÍTULO XVIII 151 CAPÍTULO XIX 167 CAPÍTULO XX 179 CAPÍTULO XXI 187 CAPÍTULO XXII 197 CAPÍTULO XXIII 209 CAPÍTULO XXIV 217 CAPÍTULO XXV 229 CAPÍTULO XXVI 241 CAPÍTULO XXVII 251 CAPÍTULO XXVIII 259 CAPÍTULO XXIX 273 CAPÍTULO XXX 283 CAPÍTULO XXXI 293 CAPÍTULO XXXII 303 CAPÍTULO XXXIII 315 CAPÍTULO XXXIV 325 CAPÍTULO XXXV 337 CAPÍTULO XXXVI 353 CAPÍTULO XXXVII 361 CAPÍTULO XXXVIII 373 CONCLUSIÓN 385

RENACIMIENTO S. A. E.

COLECCIÓN «GIL-BLAS»

DIRIGIDA POR DON RICARDO LEÓN DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

OBRAS PUBLICADAS

DON AMÓS DE ESCALANTE:

AVE, MARIS STELLA.

FRAY DIEGO DE ESTELLA (S. XVI):

_Meditaciones devotísimas del Amor de Dios._

CONCHA ESPINA:

_La niña de Luzmela._ _Despertar para morir._ _Agua de Nieve._ _La Esfinge Maragata._ _La Rosa de los Vientos._ _Al amor de las estrellas_ (mujeres del Quijote). _Ruecas de marfil._ _El jayón._ _Pastorelas._ _El metal de los muertos._

RICARDO LEÓN (Obras Completas):

_Lira de bronce._ _Casta de hidalgos._ _Comedia sentimental._ _Alcalá de los Zegríes._ _El amor de los amores._

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas como MAYÚSCULAS.

* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha añadido al final del libro un Índice del que carece el original impreso.

* Las ilustraciones han sido desplazadas a ubicaciones próximas a los textos que ilustran.

* Se han añadido ilustraciones de adorno al final de todos los capítulos, pese a que en el original solo existían donde quedaba suficiente espacio libre.

* Se han realizado, de modo global, los siguientes cambios: Alvaro → Álvaro (para facilitar su lectura) Valcárcel → Valcarce (para unificar la toponimia) como quiera → comoquiera (cuando tiene valor adverbial) rigorosa → rigurosa (para unificar la grafía) Cua → Cúa (para actualizar la toponimia) Carracedo → Carucedo (cuando sigue a “lago de”, de acuerdo con la geografía del lugar y las ediciones recientes)

* Se han realizado, además, los siguientes cambios puntuales: p. 34: Don Alvaro → Don Rodrigo (“Don Rodrigo caminaba, pues”, restaurando el texto de la primera edición) p. 43: don Alvaro → don Alonso (“contestó don Alonso con moderación”, para preservar el sentido en el diálogo) p. 44: quedo → puedo (“pero no puedo ser esposa”) p. 64: don Alvaro → don Alonso (“sin que don Alonso hostigase a su hija”, para preservar el sentido de la narración) p. 104: Blanca → Beatriz (“para acompañar a doña Beatriz y a su criada”, exigido por el sentido de la narración) p. 170: envahidores → embaidores (“atadme al punto a esos embaidores”, grafía utilizada por diccionarios y ediciones recientes) p. 176: infalible → inefable (“cuán inefable es el consuelo”, restaurando el texto de la primera edición) p. 287: Alvaro → Alonso (“Don Alonso acompañó a los templarios”, para preservar el sentido y de acuerdo con ediciones recientes)

End of Project Gutenberg's El señor de Bembibre, by Enrique Gil y Carrasco