El señor de Bembibre

Part 27

Chapter 274,111 wordsPublic domain

Dos cosas se concertaron en su favor, además, que no le ayudaron poco en sus propósitos. Fué la primera, el aniquilamiento total de la pujanza del Temple en Europa, pues sus guerreros, donde no condenados, estaban presos y desarmados; y la segunda, la llegada de Aymerico, el inquisidor del concilio de Salamanca, que después de haber obrado al tenor de las instrucciones de la Sede romana, venía resuelto a cumplir la palabra dada al abad de Carracedo y a los obispos y a seguir el impulso de su corazón, que a despecho de sus muchas prevenciones contra el Temple, se había aficionado a la bizarría y caballerosidad de don Álvaro, durante el juicio. Cuanto había tenido de inflexible su conducta dictada por el rigor de la obediencia, tuvieron ahora de fervorosos sus servicios; así fué que, disipados los recelos que el poder de aquella arrogante milicia había inspirado, y merced a la eficaz mediación de Aymerico, obtuvo el señor de Arganza la anhelada dispensa en tiempo infinitamente más breve del que buenamente pudiera esperar; con lo cual se le dobló el contento. Tal era su ansiedad por llegar él mismo con la dichosa nueva a los brazos de su hija, que en cortísimo espacio cruzó parte de la Francia y la España casi entera, llevado como en alas de la alegría, y enteramente olvidado del peso de los años. Cuál fué el término de tan presuroso viaje ya lo vimos, pues la sangre del corazón de doña Beatriz fué las rosas que alfombraron su camino, y el estertor de su agonía, los festejos por su llegada. Tal había de ser el paradero de tantos esfuerzos, y sobre esto giraban sus desolados pensamientos, mientras sentado a los pies de la cama de su hija aguardaba deshecho en llanto su postrer suspiro.

El reposo de la joven tuvo poco de largo y menos de sosegado, pero, tal como fué, bastó a disipar las nubes que obscurecían su razón para hacer más dolorosos de este modo sus postreros momentos, y derramar al mismo tiempo un fulgor divino sobre la caída de aquel astro, en cuyos benéficos resplandores tantos infelices habían encontrado alivio y consuelo. Cuando abrió los ojos comenzaban a entrar por la entreabierta ventana las pálidas claridades del alba, junto con aquel ligero cefirillo que parece venir a despertar las plantas adormecidas antes de la salida del sol. En el jardín de la quinta gorjeaban jilgueros alegres, calandrias y un sin fin de pajarillos, y las flores, abriendo sus cálices, llenaban el aire de perfumes. Desde la cama de doña Beatriz se divisaba el oriente, donde una porción de caprichosos celajes se coloreaban y esmaltaban con indecible pompa y esplendor, y casi todo el lago cuya transparente llanura, reflejando los accidentes del cielo, parecía de oro líquido y encendida púrpura. Los lavancos y gallinetas revoloteaban tumultuosamente por su superficie levantando a veces el vuelo con alegres aunque ásperos graznidos, y precipitándose en seguida con sonoro ruido entre los juncos y espadañas. En suma, el día amanecía tan risueño y alegre, que nadie pudiera creer que en medio de su claridad hubiera de eclipsarse una obra tan perfecta y hermosa.

Este fué el espectáculo que encontraron al abrirse los ojos de doña Beatriz y en él se clavaron ávidamente. Tenían una especie de cerco ligeramente azulado alrededor, con lo cual resaltaban más los rayos que despedían: el semblante, aunque algo ajado, manifestaba la misma pureza de líneas y angelical armonía que en sus mejores tiempos.

—¡Hermoso día!—exclamó en fin, con voz melancólica, aunque bastante entera.

En seguida rodeó la estancia con la vista, y viendo a todos desemblantados y la mayor parte llorosos a causa de las fatigas y dolorosas escenas de la noche anterior, y que con ojos espantados la miraban, las lágrimas se agolparon a sus párpados. Reprimiólas, sin embargo, con un esfuerzo de que sólo era capaz un alma de tan subido temple como la suya, y llamándolos con la mano en derredor de su cama, y asiendo la de su padre, le dijo con acento sosegado:

—Esta muerte que tan de súbito me coge en la primavera de mi vida, más me duele por vos, padre mío, por este noble y generoso don Álvaro y por todos estos buenos amigos que han puesto en mí su cariño, que no por mí. Al cabo, hace más de un año que una voz secreta me está pronosticando este paradero, y aunque ayer lo sufrí con impaciencia, queriendo volverme locamente aun contra el cielo, hoy que se han disipado las nieblas de mi entendimiento, con humildad me postro delante de la voluntad suprema. Ya lo veis, señor, qué pasajera es la luz de nuestros deseos y grandezas: ¿quién le dijera a mi madre que había de seguirla tan en breve? ¿Por qué habéis, pues, de acongojaros de ese modo, cuando vos mismo caminaréis muy pronto por mis huellas, adonde yo con mis hermanos y mi madre os salga a recibir para nunca más apartarnos de vos?

—¡Oh, hija de mi dolor!—exclamó el anciano—; tú eras mi postrer esperanza en la tierra, pero no es tu temprano fin el que abreviará mis cortos días, sino la ponzoñosa memoria de mi falta. ¡Ah, santo religioso—continuó volviéndose al abad—, ved, ved cómo se cumple vuestra profecía! ¡Quiera el cielo perdonarme!

—¿Eso dudáis, padre mío—continuó doña Beatriz—cuando yo, no sólo os he perdonado, sino que lo he olvidado todo, y cuando este joven, harto más infeliz que yo, os respeta y venera como yo misma? ¿No es verdad, noble don Álvaro? Acercaos, esposo mío en la muerte, venid a decírselo vos mismo para que el torcedor del remordimiento no atormente los escasos días que de vivir le quedan. ¿No es verdad que le perdonáis?

—Si le perdono... ¡así me perdone Dios la desesperación que me va a traer vuestra muerte!

—¡La desesperación!—le dijo ella como con asombro afectuoso—, ¿y por qué así? Nuestro lecho nupcial es un sepulcro, pero por eso nuestro amor durará la eternidad entera. ¡Ah, don Álvaro!, ¿esperábais mejor padrino para nuestras bodas que el Dios que va a recibirme en su seno?, ¿concierto más dulce que el de las arpas de los ángeles?, ¿cortejo más lucido que el coro de serafines que me aguarda?, ¿templo más suntuoso que el empíreo? Si vuestros ojos estuviesen alumbrados como los míos, por un rayo de la divina luz, seguro es que las lágrimas se secarían en ellos o que las que corriesen serían de agradecimiento.

Hizo aquí una breve pausa durante la cual sus ojos se clavaron en los de su amante con expresión singular, y, por fin, le dijo:

—Leyendo estoy en ese corazón hidalgo como en un libro abierto. ¿No es verdad que querríais quedar en este mundo con el título de mi esposo? Vuestra alma me ha seguido por mi sendero de espinas y dolores, y ni aun en la muerte me abandona. ¡Ah, gracias, gracias!... Padre mío—añadió dirigiéndose al señor de Arganza—, y vos, reverendo abad, sabed que yo también quiero comparecer ante el trono del Eterno adornada de tan hermoso dictado. Unidnos, pues, antes que se apague la llama de mi vida.

El abad, aunque poseído de consternación, se acercó entonces, y como para templar un poco su ardiente exaltación, le dijo cuán conveniente era que una confesión de entrambos precediese a tan augusta ceremonia.

—Tenéis razón—contestó ella—; pero he aquí la mía, que bien puede decirse en alta voz: Yo he amado y sufrido; cuantos beneficios han estado en mi mano, ésos he derramado; cuantas lágrimas he podido enjugar, ésas he enjugado; si alguna vez he odiado, sedme testigo de que me arrepiento y perdono.

—Otro tanto sé decir de mí—añadió don Álvaro—: unos han sido nuestros sentimientos, una nuestra vida: ¡pluguiese al cielo que la muerte nos igualase del mismo modo!

Don Alonso hizo entonces una señal al abad para que se apresurase a dar fin a un acto que podía servir en cierto modo de alivio a entrambos, y el anciano juntó la mano poderosa de don Álvaro con la débil y casi transparente de doña Beatriz, y con voz conmovida pronunció las palabras del sacramento, después de las cuales quedaron ya esposos ante el Dios que debía juzgar al uno de ellos dentro de pocas horas. Las reflexiones que en seguida les hizo fueron bien diferentes de las que en tales casos se acostumbran, pero en lugar de hablarles del amor que podía dulcificar las amarguras de su vida, y hacerles más llevadero el camino del sepulcro, sólo les puso delante las esperanzas de otro mundo mejor, lo deleznable de las terrenas felicidades y el premio inefable de la resignación y la virtud.

Acabada la sagrada ceremonia, y cual si hubiese sido un bálsamo para su llagado corazón, doña Beatriz quedó muy sosegada y serena. A nadie engañó, sin embargo, esta engañosa tregua de su enfermedad, y mucho menos a la llorosa Martina, que sobradamente penetrada del riesgo inminentísimo de su señora, no apartaba los ojos de ella ni un punto. Advirtió la enferma su solicitud e inquietud dolorosa, y atrayéndola a sí por la mano, y enjugándole con la suya las lágrimas, que la atribulada doncella no acertaba a contener, le dijo:

—¡Pobre muchacha, que eras más viva y alegre que el cabritillo que trisca por estos montes! Un año entero has pasado lleno de angustia y de pesares, sin que tu amor y tu fidelidad se hayan desmentido ni un instante. Tu felicidad me ha ocupado muchas veces, y ahora mismo quiero asegurártela por entero.

El llanto y los sollozos de la pobre niña se redoblaron entonces, y no pudo articular ni una sola palabra de agradecimiento.

—Padre mío, a vuestra liberalidad la encomiendo; mirad que he encontrado en ella toda la sumisión de una sierva y el cariño de una hermana. Y vos, don Álvaro, dulce esposo mío, tomadla a ella y a su futuro marido bajo vuestro amparo, pues su lealtad y ternura hacia vos no han sido menores, y ya que el mundo no se ha puesto de por medio en el camino de su sencilla inclinación, gocen en paz una vida que tal vez hubiéramos gozado nosotros, si hubiéramos vestido su humilde hábito. Y vosotros, amigos míos—añadió dirigiéndose a los criados (porque todos habían acudido a aquella escena de dolor, y la presenciaban como si se les cayese las alas del corazón)—, fiel Nuño, honrado Mendo, a todos os doy las gracias por el amor que me habéis mostrado, y a todos os encomiendo igualmente a la generosidad de mi padre y de mi esposo.

Aquellas pobres gentes, y sobre todo las mujeres, rompieron en alaridos y llantos tales, que hubo que echarlos de la estancia para que no perturbasen a la señora en sus últimos instantes.

A medida que el sol iba subiendo, las ligeras nubes que había sembradas por el cielo, se disiparon, y por último, se quedó el firmamento tan azul y puro, que como en el _Ensueño de Byron_, «Dios solo se veía en medio de él.» El lago estaba terso y unido como un espejo, y sus riberas silenciosas y solas: los pájaros del jardín habían callado también, pero sus flores con el seno desabrochado a los ardientes rayos del sol, inundaban el aire de aromas, que llegaban hasta el lecho de doña Beatriz.

—¡Cuántas veces—le dijo a don Álvaro—habrás comparado mis mejillas a las rosas, mis labios al alhelí, y mi talle a las azucenas que crecen en ese jardín! ¿Quién pudiera creer entonces que la flor de mi belleza y juventud se marchitaría antes que ellas? ¡Vana soberbia la de los pensamientos humanos!

El hombre se figura rey de la naturaleza, y sin embargo, él sólo no se reanima, ni florece con el soplo de la primavera.

La heredera de Arganza, lo mismo en medio de sus vasallos, que lejos de ellos, era la madre de los menesterosos y el ángel consolador de las familias: la noticia de su peligro, llenó por lo tanto de desolación los pueblos de Lago, Villarrando y Carracedo, de los cuales acudieron infinitas gentes a la quinta.

En una especie de plazuela que había delante de la puerta principal se fueron juntando todos, y aunque se les encargó el silencio, era tal su ansiedad que no podían acallar un rumor sordo sobre el cual se alzaba de cuando en cuando un grito de alguno recién venido y que ignoraba el encargo o de otro que no podía reprimirse.

Poco tardó en percibirlo doña Beatriz, en cuyo corazón encontraban tanto eco todas las emociones puras, y no pudo menos de enternecerse con aquella muestra de cariño tan sencilla y verdadera.

—¡Pobres gentes—dijo conmovida—; y cómo me pagan con creces el amor que les he mostrado! Cierto que me echarán de menos más de una vez, pero este es uno de los mayores consuelos que puedo recibir en este instante.

Entonces significó a su padre y al abad por más extenso las mandas y dádivas que en su nombre se habían de hacer, y manifestó al prelado con vivas expresiones su agradecimiento por su amor paternal nunca desmentido y lo mismo al anciano médico que en su larga enfermedad había mostrado un celo que sólo la caridad podía encender en su corazón entibiado por los años. Así mismo encargó con el mayor encarecimiento que la enterrasen en la capilla de la quinta, a orillas de aquel lago retirado y tranquilo tan lleno de memorias para su corazón.

No parecía sino que aquella existencia de tantos adorada pendía en aquella ocasión de uno de los rayos luminosos del sol, porque declinaba hacia su ocaso al compás del astro del día. Púsose éste por fin detrás de las montañas y entonces doña Beatriz levantando hacia él su lánguida mirada, dijo a su esposo:

—¿Os acordáis del día que os despedísteis de mí por primera vez en mi casa de Arganza? ¿Quién nos dijera que el mismo sol que alumbró nuestra primera separación, había de alumbrar en tan breve espacio la postrera? No obstante, la suerte se muestra más benigna conmigo en este instante, pues entonces me apartaba de vuestro lado y ahora de entre los brazos de mi esposo vuelo a los de Dios.

Al acabar estas palabras inclinó suavemente la cabeza sobre el hombro de don Álvaro, sin hacer extremo ni movimiento alguno, como acostumbraba en los frecuentes deliquios que padecía: pero pasado un rato, y viendo que no se sentía su respiración, la apartó de sí azorado. El cuerpo de la joven cayó entonces inanimado y con los ojos cerrados sobre la cama, porque sobre su hombro acababa de exhalar el último suspiro...

* * * * *

En la misma noche despachó correos el abad a Carracedo y al monasterio benedictino de San Pedro de Montes, y a la mañana siguiente acudieron un crecido número de monjes de entrambos, con lo cual pudo hacerse el entierro de la malograda joven con toda la suntuosidad correspondiente a su clase. Don Álvaro, que desde que vió muerta a su esposa se encerró en un silencio pertinaz, se empeñó en acompañar su cadáver a la capilla. Durante el oficio estuvo tranquilo aunque echando de cuando en cuando miradas vagarosas al féretro y a la concurrencia, pero cuando llegó el caso de depositar en el sepulcro aquellos restos inanimados, dando un tremendo alarido se precipitó para arrojarse en él. Acudieron al punto los circunstantes y le detuvieron mal su grado. Viendo entonces burlado su intento se desasió de sus brazos y sin cesar en sus alaridos y con todas las trazas de un demente, corrió con planta ligera a emboscarse en lo más cerrado del monte a la parte de las Médulas. Su razón había sufrido un fiero golpe, y al cabo de algunos días, el fiel Millán le encontró en una de las galerías de las antiguas minas con el cabello descompuesto y la ropa desgarrada. Con gran maña lo restituyó a la quinta donde, aplicándole muchos remedios, volvió pronto a su juicio al cabo de algunos días. En cuanto se vió libre de su acceso rogó que le dejasen bajar a la capilla, pero todos se opusieron fuertemente, temerosos de que la vista de aquel sepulcro, no bien cerrado, desatase otra vez la vena de su locura; sin embargo, tantas y tan concertadas fueron las razones que dió, que al cabo hubieron de dejarle cumplir aquel triste gusto. Arrodillóse sobre la sepultura y en oración ferviente pasó más de una hora: besó por último la losa y levantándose en seguida sin pronunciar palabra, ni hacer extremo alguno de dolor, se salió y montando en su arrogante caballo se partió de la quinta, sin despedirse de don Alonso y seguido de Millán y otros dos o tres criados más antiguos, que al rumor de su enfermedad y locura acudieron desalados a la quinta.

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Apenas llegó a Bembibre hizo dejación de todos los bienes que poseía en feudo y mejorando considerablemente la herencia de su escudero, repartió lo demás entre sus criados y vasallos más pobres. Hecho esto, una mañana le buscaron por todo el castillo y no pareció: lo único que se había llevado consigo, era el bordón y sayal de peregrino de uno de sus antepasados que había ido a la Tierra Santa en aquel hábito, y para memoria se guardaba en una de las piezas del castillo. De aquí dedujeron unos que él también se habría encaminado a la Palestina, otros que no era allí sino a Santiago de Galicia donde iba con ánimo de quedarse en algún retirado monasterio de aquella tierra, y no faltó, por último, quien dijo que la locura había vuelto a apoderarse de él.

El señor de Arganza, por su parte, sobrevivió poco a su interesante y desdichada hija, como era de esperar de sus años y de su profunda aflicción. Con su muerte se extinguió aquella casa ilustre que pasó a unos parientes muy lejanos y quedó un vivo cuanto doloroso ejemplo de la vanidad, de la ambición y de los peligros que suelen acompañar a la infracción de las leyes más dulces de la naturaleza.

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CONCLUSIÓN

El manuscrito de que hemos sacado esta lamentable historia, anda muy escaso en punto a noticias sobre el paradero de los demás personajes, en cuya suerte tal vez no faltarán lectores benévolos que se interesen. Por desgracia no pocos de ellos eran viejos cuando les conocimos, y así el manuscrito ya citado se contenta con decirnos que después de la extinción final del Temple, que Clemente V decretó en el concilio de Viena, no por vía de sentencia, sino como providencia de buen gobierno, la mayor parte de los caballeros fueron destinados a monasterios de diferentes órdenes, y entre ellos el anciano maestre de Castilla, don Rodrigo Yáñez, vino a concluir sus breves días a Carracedo. Díjose, y no sin fundamento, que la desgracia de su sobrino, añadida a los infinitos pesares que le había traído el triste fin de su Orden, acortó el hilo de su vida. El buen abad tardó poco en seguirle, colmado de bendiciones por todos sus vasallos a quienes miraba como a hijos.

Por lo que hace al comendador Saldaña, fiel a su propósito, abandonó la Europa degenerada y cobarde, como siempre la llamaba, y pasó a la Siria donde acabó sus días en una revuelta de los cristianos oprimidos que caudillaba. En resumen, el tal manuscrito no parece sino un libro de defunciones; porque, según él, hasta el mismo Mendo el palafrenero, fué víctima de una apoplejía fulminante que le trajo su obesidad, cada vez mayor.

De la suerte posterior del señor de Bembibre, de la linda Martina, de Millán y de Nuño, nada más de lo que sabemos contenía; pero en el año pasado de 1842, visitando en compañía de un amigo las montañas meridionales del Bierzo hicimos en el archivo del monasterio de San Pedro de Montes un hallazgo de grandísimo precio sobre el particular, que nos aclaró nuestras dudas. Era el tal una especie de códice antiguo, escrito en latín por uno de los monjes de la casa, pero como los sucesos que en él se refieren exigen cierto conocimiento de los lugares, nuestros lectores pueden perdonarnos, mientras les enteramos de lo más preciso, haciéndose cargo de que habiendo tenido paciencia para seguirnos hasta aquí, bien pueden decir con el refrán vulgar: «dónde se fué el mar que se vayan las arenas».

El monasterio de San Pedro de Montes es antiquísimo, pues se remonta su origen a San Fructuoso y San Valerio, santos ambos de la época gótica; y su restauración después de la invasión sarracénica, pertenece a San Genadio, obispo de Astorga, cuya es la iglesia que aún en el día se conserva, con traza de durar no pocos años. Su situación, en medio de las asperísimas sierras que ciñen el Bierzo por el lado de mediodía, revela bien el terrible ascetismo de sus fundadores, pues está montado sobre un precipicio que da al riachuelo Oza y por todas partes le cercan montes altísimos, riscos inaccesibles y obscuros bosques. El rumor de aquel arroyo encerrado en su hondísimo y peñascoso cauce, tiene un no sé qué de lastimero, y los pájaros que comúnmente se ven son las águilas y buitres que habitan en las rocas. El pico de la Aquiana, cubierto de nieve durante siete u ocho meses y el más alto de todos los del Bierzo, domina el monasterio casi a vista de pájaro y dista poquísimo por el aire; pero son tales los derrumbaderos que por aquel lado lo cercan, que el camino para llegar allá tiene que serpentear en la ladera por espacio de más de una legua y tomar además grandes rodeos. Esta montaña es muy pelada, pero está cubierta de plantas medicinales y tiene en su misma cresta una ermita medio enterrada a causa de las nieves y ventarrones, en que se adoraba hasta la extinción del monasterio, la imagen de Nuestra Señora de la Aquiana, cuya función se celebraba el 15 de Agosto y era concurridísima romería.

La vista que desde aquella altísima eminencia se descubre, es inmensa, pues domina la dilatada cuenca del Bierzo llena de accidentes a cuál más pintorescos y hermosos, y desde allí se extiende la mirada hasta los tendidos llanos de Castilla por el lado de oriente y por el occidente hasta el valle de Monterey, semiadentro de Galicia. La Cabrera, altísima y erizada de montañas le hace espalda, y es, en suma, uno de los puntos de vista más soberbios de que puede hacer alarde la España, a pesar de que el lago de Carucedo y los barrancos y picachos encarnados de las Médulas, adornos de los más raros y preciosos que el Bierzo tiene, desaparecen detrás de las vecinas rocas de Ferradillo. Este, sin embargo, es pequeño inconveniente, porque están situadas a corta distancia de la ermita, y con un paseo se puede gozar de la perspectiva de entrambos objetos.

Hechas, pues, estas explicaciones que hemos juzgado necesarias, volvamos al códice latino cuyas palabras vamos a traducir fielmente haciendo antes una profunda cortesía a nuestros lectores, en señal de despedida, ya que después de ellas nada podemos contarles de nuevo. Dice así:

«Por los años de 1320, ocho después que el santo padre Clemente V, de santa memoria, disolvió la orden y caballería del Temple, acaeció que un peregrino que volvía de visitar el sepulcro del Salvador, mal perdido por los pecados de los fieles, apareció en la portería de esta santa casa, y habiendo pedido que le llevasen a la cámara del abad, así lo hicieron. Largo rato duró la plática con su reverencia, la cual al cabo vino a dar por resultado que el forastero de todo el mundo desconocido tomase el santo hábito del glorioso patriarca San Benito a los dos días con grande admiración de todos nosotros; pero el abad, con quien, según oímos de sus labios, se había confesado el peregrino, pasó por encima de todos los trámites y requisitos acostumbrados para entrar en religión, y nos impuso silencio con la voz de su autoridad. El nuevo monje podía tener como hasta treinta y dos años, y era alto, bien dispuesto y de hermosas facciones; pero las penitencias, sin duda, y tal vez los disgustos, le doblaban la edad al parecer. Era muy austero y taciturno, y su aire a veces parecía como de quien en el siglo había sido un poderoso de la tierra. Esto, sin embargo, no dañaba a la modestia y suavidad de trato que con todos usaba, si bien por muy poco tiempo disfrutamos el suyo.